miércoles, diciembre 16, 2009

Lectura: Winter in Madrid


Samson. C. J. : Winter in Madrid. London: Pan Books, 2006.
He leído este libro dentro de mis estudios de inglés. Creo que si no me lo hubiese encargado mi teacher, nunca habría sentido la pulsión de comprármelo por mí mismo. Y la razón de esa no-compra, muy probablemente, sería la sospecha que con la lectura he confirmado, y que es algo que suele pasar con la novela histórica: que sea más novela que histórica.

En su corto capítulo de agradecimientos, el autor de Winter in Madrid habla de la guerra civil española y del franquismo, y las lecturas que ha realizado para documentarse. Todas ellas son de libros escritos originalmente en inglés por autores sajones. Así las cosas, Winter in Madrid se convierte, probablemente sin quererlo, en un exponente de un mal que nos ha aquejado y nos aqueja a los españoles en lo que se refiere a nuestra Historia reciente: la convicción de que nadie la ha estudiado mejor que los hispanistas angloparlantes.
Verdaderamente, que Thomas, Preston, Payne, Elwood, Beevor, Graham, Howson y muchos nombres más que injustamente olvido, hayan decidido dedicar sus esfuerzos a entender la Historia de España y no la de Moldavia, es algo que debemos agradecer. Como también debemos reconocer que sus aportaciones son muchas e interesantes. Pero de ahí a que sea posible entender la Historia de España sin empaparse un poco de los hechos tal y como los cuentan (ergo los ven) los propios españoles, hay un trecho que Samson recorre y, a mi modo de ver, se le nota. Con este libro hará, supongo, si no lo ha hecho ya, una película incluso de éxito. De hecho, leyendo algunas escenas da la impresión de que eso es lo que intenta. Y no habrá de extrañar que se haga una versión fílmica de este manuscrito, porque adolece, como lo hace el cine casi entero, de cierta falta de respeto por los hechos históricos; no sé si la verdad histórica, pero eso es algo que yo, al menos, no he logrado encontrar.
Son varias las cosas que me gustaría comentar de este libro; de algunas de ellas no estoy seguro y tampoco creo que sea una lectura que merezca que yo invierta una o dos tardes en buscar el dato concreto. Pero son, a mi modo de ver, una demostración de que la documentación de esta obra es meramente superficial y, cómo decirlo, muy británica.
Lo primero que hay que decir es que el autor tiene muy escasos conocimientos de español. Lo cual no ha de extrañarnos, pues en su página de agradecimientos rinde un homenaje a La colmena, obra de Camilo José Cela, a la que cita en inglés. Así pues, si ha leído a Cela en inglés, eso debe de ser porque no habla español.
Los textos escritos en español en el original son muy escasos y, en su mayor parte, son construcciones erróneas que reflejan un conocimiento apenas superficial del idioma. Entre dichos ejemplos cabe señalar:

* Un brigadista que se rinde ante el enemigo dice: «Me entrego». Nadie dice «me entrego». «Me rindo» es la expresión correcta.

* Página 65: Redactado textual del libro: «¡Ay, inglés! ¿Por qué no juegues con nosotros?» Pues, básicamente, pensará el inglés, porque habláis como el culo.

* Página 296: Un sargento pregunta con incredulidad si un preso es quien verdaderamente quiere entrevistar el psiquiatra, y el soldado contesta: «Por cierto». La contestación lógica es «Por supuesto» o «Desde luego».

* Página 320: «¿Qué dicéis? ¡No es posible! ¡Estáis loco!». Esto no es español moderno. En algunos casos, ni siquiera antiguo.

* Página 329: Se describen los camiones al principio de la guerra yendo hacia el frente, con la inscripción «¡Abajo fascismo!» En español, el artículo es siempre necesario.

* Página 399: Alguien dice que hace mal tiempo y el otro contesta: «Sí, muy mal». Se escribe un adverbio donde va un adjetivo (malo).

* Página 500: Una persona insulta a otra llamándole «Cabrón rojo». Es exactamente al revés (rojo cabrón). Y aquí sí que el orden de los factores altera el producto.

Por lo demás, hay otros errores que no tienen que ver con el idioma.

Al inicio de la novela vemos a uno de los personajes, un brigadista inglés miembro del Partido Comunista, participando del lado republicano en la batalla del Jarama, que se produjo en los últimos meses de 1936. Y nos dice el autor: «Forty feet above him, projecting over the lip of the hill, was a tank. One of the German ones Hitler had given Franco» [Catorce pies sobre él, sobresaliendo del borde de la colina, había un tanque. Un tanque alemán de los que Hitler le había dado a Franco].
¿Cóooomor? ¿Hitler le dio a Franco carros de combate, y además en fecha tan temprana como el otoño-invierno del 36? Ya me extraña. La mayor parte de las fuerzas de la Legión Cóndor (principal ayuda alemana a Franco) no llegaron a España hasta noviembre del 36.

En otro punto de la novela, un personaje informa que Franco «drives everywhere in a bullet-proof Mercedes Hitler sent him» [va a todas partes en un Mercedes blindado que le envió Hitler]. No estoy completamente seguro, pero, y ya sé que parece contradictorio, juraría que el coche que Hitler le regaló a Franco era un Rolls-Royce.

En otro punto de la novela se describe la llegada de otro personaje a Madrid en septiembre del 36 y se habla de que las gentes se refugiaban de los bombardeos en el metro. Septiembre de 1936 me parece un poco pronto para eso, aunque puede ser que ya hubiese bombardeos serios contra Madrid.

Página 86: «He came back with two coffees and a plate of tapas» [Regresó con dos cafés y un plato de tapas]. Las tapas inglesas no sé, pero las españolas no se toman con café. Se toman con bebidas frías y, en aquel entonces, especialmente vino. De hecho, la tapa nació como un pequeño acompañante, habitualmente gratuito, del chato de vino.

Página 94: Un personaje habla de los falangistas y dice: «They want a state like Hitler’s» [Quieren un Estado como el de Hitler]. Éste es un error muy común, que se comete también en España (en los foros de internet, unas seis veces por minuto). Los falangistas de ideología nazi no eran muchos. El falangismo, lo que era, por encima de todo, era mussoliniano. «They want a state like Mussolini’s» habría sido la frase correcta.

Página 98. Se describe a unos jóvenes que protestan frente a la embajada británica. Dice el autor: «They were Falangists, young men mostly in bright blue shirts and red berets» [Eran falangistas, hombres jóvenes con camisa azul y boina roja]. Puede parecer una gilipollez, pero, si eran falangistas, lo que un autor bien informado debiera haber destacado no era que llevasen boinas rojas, sino que no las llevasen. Al unificar falangismo y tradicionalcarlismo, Franco unificó también la uniformidad, tomando, básicamente, la camisa azul joseantoniana y la boina roja carlista. Muchos falangistas odiaban esa boina y la llevaban por obligación o por disciplina, pero procuraban no ponérsela.

Página 123; «They turned into calle Montero» [Giraron hacia la calle Montero]. Pues no, porque es Montera. También en el aspecto callejero, una pareja inglesa que pretende ser rica y poderosa es situada en el elitista barrio de Vigo. Barrio que, que yo sepa, no existe en Madrid. Por la situación (norte de Madrid, casas caras) es posible que autor se refiera a la colonia de El Viso.

Página 199: En una escena producida durante la guerra, una persona le habla a otra de la creciente dominación de los comunistas sobre la República, e informa: «They’ve got their own torture chambers in a basement in the Puerta del Sol» [Han creado sus propias cámaras de tortura en un sótano de la Puerta del Sol].
Primero, el autor parece no haberse enterado de que el nombre por el que dichos centros de detención ilegal fueron y son universalmente conocidos es «checa». Segundo, que no hubo una, en la Puerta del Sol, sino muchas en diversos puntos de Madrid, de las cuales quizá las más famosas fueron la del Círculo de Bellas Artes y la de la calle Velázquez.

Página 211: Un funcionario de la embajada, hablando de los gobiernos de Franco, dice: «Half the government are ex-Legion now. It’s one thing that holds the Monarchist and Falangist factions together. A shared past» [La mitad del gobierno actual son veteranos de la Legión. Es una cosa que mantiene a las facciones monárquica y falangista unidas. Un pasado común].
La afirmación por parte del funcionario de que el pasado común en la Legión es lo que mantiene unidas a las facciones del franquismo demuestra que no sabía gran cosa de lo que hablaba. Lo dice como si todos los militares golpistas compartiesen un pasado en la Legión, cuando muchos de ellos nunca sirvieron en esas unidades. Quien tenía un hondo pasado legionario era Franco. Pero si el señor funcionario de la embajada no había logrado entender que lo que unía a las facciones del franquismo no era su presunto pasado legionario sino la persona de Franco, entonces le estaban regalando el sueldo.

Página 213: Durante una fiesta en la casa de un ministro franquista que se supone monárquico, uno de los protagonistas, inglés, es informado por dicho ministro de que no se ha invitado a ningún falangista; excepto, matiza, el general Millán Astray. Tomar a Millán Astray como representante de la Falange y sus valores demuestra poco conocimiento de su figura y de las figuras importantes de Falange. La verdad, ignoro si Millán fue algún día miembro de Falange. Supongo que de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, partido único del franquismo, lo sería. Pero falangista-falangista, de los que veneraban a José Antonio y tal, como que no.

Sofía, la novia española de Harry Brett, el protagonista de la novela, es una mujer de clase baja que trabaja en una vaquería y ni siquiera tiene dinero para pagar a un médico cuando su hermano resulta herido. Sin embargo… ¡se pasa toda la novela fumando! En un país como la España de principios de los cuarenta, en el que todo (y desde luego el tabaco) estaba racionado y era muy caro en el mercado negro, ¿de dónde saca Sofía tanto tabaco si, para colmo, Brett no es fumador?

Página 319: Un minero asturiano está preso en el mismo campo de detención donde está el inglés comunista. Allí se hacen trabajos de cantería y por eso de vez en cuando se usan explosivos para llegar a las vetas de mineral. Ambos están observando cómo los militares del campo colocan las cargas explosivas y, entonces, el inglés le comenta al asturiano que él, como minero, probablemente sabe bien cómo hacer esa operación. Y el asturiano contesta: «They’d be afraid I’d set them under their truck, like we did in Oviedo in ‘36» [Los acojonaría (se refiere a los militares del campo). Pondría las cargas debajo de su camión, como hicimos en Oviedo en el 36]. Interesante referencia histórica. Sólo que errónea. Los grandes disturbios con explosivos de Oviedo, la mal llamada Revolución de Asturias, ocurrieron en octubre del 34. Al prisionero asturiano le falló la memoria.

Página 322: Los prisioneros de ese mismo campo encuentran casualmente una cueva con pinturas rupestres. Entonces el sacerdote del campo dice que eso es obra de paganos, así pues los militares vuelan las cuevas con dinamita.
Esta historia es totalmente increíble. Que se sepa, el régimen de Franco nunca pensó el volar las cuevas de Altamira, que eran tan obra de paganos como la presunta cueva de la novela.

En el campo de concentración donde está Bernie, el inglés comunista, hay un preso que es el jefe de la célula comunista, español, que se llama Establo. ¡Establo! No creo que haya ni haya habido nunca un español cuyo nombre de pila fuese Establo. Igualmente, al final de la novela aparece un hombre de negocios argentino de apellido español, que se apellida Barrancas. Más parece nombre de hormiga que apellido típicamente español.

Página 341: En el curso de una conversación, un personaje refiere a otro la historia de las tropas moras de Franco cortando los pechos de las mujeres delante de sus maridos. Esas historias formaron parte del imaginario republicano, que alimentaba el miedo a las tropas moras afirmando que eran capaces de las mayores atrocidades, pero son básicamente falsas. Además, por cierto, de racistas: a la propaganda republicana le «entraba en la cabeza» que los moros se pudiesen comportar como unos salvajes, puesto que, a sus ojos, lo eran.

Página 369: El general director del campo de concentración tira el agua que un preso lleva para otro interno que está muy gravemente enfermo y, en ese momento, dice: «¡Viva la muerte!» La escena de un carcelero despreciando los sufrimientos de un preso es plenamente lógica y posible y, además, es un clásico de este tipo de historias. Pero, ¿por qué profiere el general el grito de guerra de la Legión? ¿Qué tendrá que ver dónde vas con manzanas llevo? Más parece que el autor leyó en algún sitio lo de la frasecita, aprendió que era una frase que tenía que ver con la muerte y, dado que el preso para el que estaba destinada el agua está a punto de morir, sumó dos y dos, y le dio diecisiete. O, tal vez, quiso escribir algo así como: «¡Me da igual que se muera!», pero como su español es tan limitado...
Sin salir del ámbito de la represión en el campo de concentración, hay una escena en la que un preso comete una falta y los militares lo castigan... ¡crucificándolo! Confieso que antes de escribir este post he pasado unos días preguntando a mis amigos más pro-memoria histórica y tal, por si da la casualidad de que no me he enterado de que fuese práctica habitual en las cárceles y campos franquistas crucificar a los presos. Su respuesta ha sido unánime y, por cierto, coincidente con la mía: si se hubiese crucificado a los presos para castigarlos, seguro que Garzón habría tomado ya cartas en el asunto.

En la página 426 se describe a gente saliendo de una iglesia tras una misa, y al sacerdote en la puerta estrechándoles la mano. Ésta es una costumbre anglicana que en España no se da ni se ha dado nunca. En España, los curas no saludan a la gente a la salida de misa.

Página 490: Una mujer que está sola en el crepúsculo en Cuenca se encuentra con un cura. El narrador nos dice: «She knew priests could question women out in the streets, order them home» [Ella sabía que los curas podían abordar a las mujeres en la calle y ordenarles que se fuesen a casa].
La sugerencia de que un sacerdote podía obligar a una mujer a meterse en casa es exageradísima. Una cosa es que no estuviese bien visto, que no lo estaba. Pero de ahí a que una mujer tuviese que obedecer a un cura (máxime tratándose, como en la novela, de una mujer inglesa que dice estar haciendo turismo), hay un paso bastante largo.

Finalmente: dos viejos amigos ingleses se reencuentran. Dice el narrador: «He leaned forward and hugged him in the Spanish way» [se adelantó y le abrazó a la manera española]. ¿Cuál es, exactamente, la forma española de abrazar?