sábado, diciembre 19, 2009

La Navidad (y 3): Más ritos

Acabo mi breve ciclo navideño con esta toma, que aprovecho para comentaros que en el día de hoy, cautivo y desarmado el año laboral, mis obligaciones se extinguen hasta entrado el 2010. Otrosí, que me piro.

Llevaré un portátil y me largo a un pueblillo que tiene una cafetería con wi-fi, así pues tengo la intención de escribir un par de posts durante las fiestas, aunque os confesaré que mis intenciones se dirigen a otro tipo de actividades. El otro día me crucé con Papá Noel en un aeropuerto; lo cogí del cuello y lo estampé contra la pared, tras lo cual le dejé claro que como se le ocurriese dejar en mi chimenea el 24 otra cosa que no sea el Modern Warfare 2, íbamos a tener un problema o, mejor dicho, lo iba a tener él. Creo que entendió el mensaje, así que comprenderéis que tendré otras cosas que hacer.

En el ínterin, mucho relajo para todos, buena bebida y mejor comida.

Vamos allá con los ritos.

El belén

La representación, al tamaño natural o con figuras, del nacimiento de Jesucristo, es probablemente la tradición navideña más antigua. Todos sabéis en qué consiste la escena. Tras haber buscado el bueno de José, infructuosamente, un lugar civilizado donde alojar a su mujer embarazada, se refugia en una cueva en Belén, donde María alumbra a su hijo en compañía de un asno y de un buey cuya función es calentar con su aliento al niño, y que confirman su divinidad no comiéndose el heno que sirve de colchón para el infante (según la tradición, el asno recibe como recompensa el don de la risa, motivo por el cual tiene ese gesto en el que levanta los belfos y enseña los dientes).

Los evangelios nada dicen del asno y del buey, que fueron añadidos por la tradición en algún momento posterior que al menos yo no tengo claro. Lo que sí creo que está más claro es el origen de ese mito. Está en Isaías, 1, vers. 2 y 3: «He alimentado, he acompañado el crecimiento de mis hijos, y ellos me dan la espalda. Conoce el buey a su señor, y el asno el pesebre de su amo». El primer pollo (o gallina, aunque esto último es dudoso) que colocó en un belén a un asno y a un buey era un buen conocedor del Viejo Testamento y, creo yo, los colocó ahí porque, la cita de Isaías creo lo refleja bien, ambos animales simbolizan la lealtad filial, virtud que se supone infinita en el hijo de Dios. Fue el evangelio apócrifo conocido como protoevangelio de Santiago el que popularizó entre las gentes esta historia, colocando el asunto del buey y el asno en la escena de la natividad, y citando la profecía de Isaías.

La razón de ser del belén es la misma que la de las escenas reproducidas en los pórticos y los capiteles de las iglesias protomedievales y medievales. Su función, claramente, era enseñar las escenas de la natividad a personas que no podían leerlas porque eran analfabetas. Sin embargo, los primeros belenes estaban hechos por humanos y tenían forma de representación. Dichas representaciones, y algo hemos visto al hablar de los santos inocentes, solían terminar bastante mal, con derivaciones burlescas y mucho cachondeo, por lo que en el siglo XIII el Papa, entonces el tercero de los Inocencios, las prohibió. Tras dicha prohibición, en 1223, Francisco de Asís obtuvo del padre santo autorización para realizar en una cueva de la población italiana de Greccio un recuerdo del nacimiento. Fue una iniciativa muy exitosa que marcó el inicio de la expansión del belén moderno, aunque en sus primeros siglos su montaje se limitase a iglesias y grandes palacios.

Lutero rechazó la costumbre de los belenes por considerarse de poco contenido religioso, lo cual motivó una reacción en sentido contrario por parte de la Europa católica que terminó por popularizar definitivamente los belenes. Aunque la costumbre ya se conocía en España, se consolidó definitivamente con el acceso al trono del país por Carlos III, quien vino de Nápoles, entonces ciudad belenera como ninguna más, trayéndose la tradición consigo y extendiéndola por toda España, pero muy especialmente en las regiones levantinas.


Los regalos

Las tradiciones romanas indican que uno de los dos hermanos fundadores de la ciudad, Rómulo, queriendo regalar a sus gentes algo que simbolizase los buenos deseos para un nuevo año, les regaló unas ramas de frutal de un bosque sagrado porque estaba dedicado a una diosa sabina. Estas ramas son el primer regalo que la Historia conoce por el nuevo año y comenzaron la tradición del aguinaldo, que es un regalo, aunque finalmente terminó siendo dinero en metálico, que se da a los niños y no tan niños, y que hasta hace bien poco tiempo también se daba a los empleados de ciertos servicios. El sereno y el barrendero, por ejemplo, pasaban de casa en casa, entregando una tarjetita y recibiendo alguna moneda a cambio.

La diosa sabina dueña del bosque de Rómulo se llama Strenia, y los regalos derivados de la tradición se denominaban strenae, que es de donde deriva el verbo castellano estrenar, que está íntimamente ligado a la recepción de un regalo.

Allá por el siglo XIII, la tradición de hacerse regalos por Navidad o el nuevo año debía de ser muy fuerte ya en un lugar como España, pues existen testimonios de reyes moros preocupados porque los de su religión se aplicasen a practicar la tradición haciéndose regalos en Navidad como si fuesen cristianos. Y es que sarna, con gusto, no pica.

Se tiene por cierto que fue en el siglo XVIII, en Alemania, donde la tradición de regalar se combinó por primera vez con el envío de tarjetas de felicitación.


El Año Nuevo

El año nuevo debería celebrarse el 20 de marzo. Tal es el día que se produce el equinoccio de primavera y, por lo tanto, el día tiene la misma longitud que la noche. Así ocurre más o menos, por ejemplo, entre los chinos, para los cuales el año nuevo sigue teniendo un importante significado agrícola.

Una característica que se repite en la mayoría de las celebraciones antiguas del año nuevo son los ritos que podríamos denominar de borrón y cuenta nueva. De una forma coloquial, podríamos decir que el ser humano siempre ha utilizado el año nuevo, sin importar cuándo se situase, para plantearse cambios en su vida, normalmente para bien. En Tibet, que celebraba el año nuevo más o menos a mediados de febrero (al final de la primera luna tras el solsticio), y se apuñalaba simbólicamente a un demonio, el cual al morir se llevaba los pecados cometidos por las gentes durante el año que dejaban atrás. Este rito de limpieza solía estar precedido de momentos de extremo libertinaje (cosa lógica: puesto que me van a borrar los pecados, peco), como se puede ver en tradiciones como las saturnales romanas.

Los romanos celebraron el nuevo año el primero de marzo durante mucho tiempo, con el acompañamiento de una curiosa fiesta en la que se creía que las personas vivirían tantos años como copas de vino consiguiesen beber en dicho día, con lo que se cogían unos pedos saturnalmente planetarios. Julio, sin embargo, en el año 45 antes del (presunto) nacimiento de Jesucristo, cambió la metodología existente, que era lunar, por el año solar y, consecuentemente, desplazó la fecha a las cercanías del solsticio, en el actual 1 de enero.


Los dadores de regalos

Mi padre solía recordar, todas las Navidades, el sermón que, según él, dictó el padre Colunga (uno de los modernos traductores de los evangelios) cuando él era un niño, en un colegio de jesuitas. Decía que el buen sacerdote comenzó aquel sermón del 6 de enero con las palabras: «Queridos niños, celebramos hoy la festividad de los tres reyes magos; que ni eran tres, ni eran reyes, ni eran magos».

El evangelio de Mateo nos habla de unos magos de Oriente que querían adorar al rey de los judíos y por ello siguieron una estrella que les guió hasta la cueva donde les esperaban José, María y Jesús. Por su parte, el protoevangelio de Santiago también recoge la escena, pero tampoco precisa ni la condición ni el número de los adoradores.

Melchor, Gaspar y Baltasar no recibieron estos nombres hasta el siglo V. Tanto es así que cien años antes, todavía la tradición más extendida en el orbe cristiano era que los reyes, lejos de ser tres, eran doce.

Se ha dicho muchas veces que eso de magos puede querer decir que eran astrólogos, dedicación ésta que era muy valorada en la Persia de la época de Jesús; además, hay que recordar que astrólogo, en persa antiguo, se decía mogu, o sea casi mago. Asimismo, en la estrella de Belén se ha querido ver el famoso cometa Halley, que nos visita más o menos cada tres cuartos de siglo. Aunque hay interpretaciones. El supercampeón de la interpretación de los ritos antiguos, el irlandés James Frazer, cuyo libro La rama dorada permanece, en muchas cosas, insuperado casi un siglo después, creía que los famosos magos serían adoradores de Adonis, que sería especialmente adorado en Belén, y habrían ido allí con ocasión de sus fiestas.

Por su parte, San Nicolás nació en la ciudad griega de Patras. De él se cuentan mitos de acendrado ascetismo como que los días de ayuno cristiano, siendo un bebé, no aceptaba mamar más que una vez, así pues ayunaba por su cuenta. Con esos mimbres, es lógico que como adulto fuese nombrado obispo de una pequeña ciudad anatolia. En calidad de tal acudió al concilio de Nicea, donde discutió con Arriano, tan violentamente que le golpeó en la cara, lo que le supuso perder su dignidad obispal. Tras su muerte, se dijo que de su tumba brotaba un manantial de aceite. En el siglo XI, los italianos rescataron su cuerpo, pues su tumba estaba ahora en territorio musulmán, y le consagraron una iglesia en Bari, adonde iban las gentes a comprar el líquido que presuntamente seguían destilando sus huesos, 700 años después de haber muerto.

Fueron los protestantes los que convirtieron a San Nicolás, santo famosísimo y veneradísimo durante mucho tiempo, en el padre de la Navidad, Papá Noel. Los holandeses que fundaron Nueva York, que lo conocían como Sinter Claes, fueron los primeros en convertirlo en un viejo barbudo vestido de rojo que vivía en Laponia, a quien los no flamencos comenzaron a llamar Santa Klaus.