martes, diciembre 15, 2009

Quo Vadis, RAE?

Alguien ha intentado meter a la Real Academia en un merdé, y ella ha respondido dando un paso adelante.

Hace algunos días, yo me enteré por un comentario que dejó a uno de los últimos posts RealMacManus, alguna pleonásmica asociación de la memoria histórica reclamó de la Real Academia que modificase la definición de la voz «franquismo» en su diccionario. Tal y como explicaba el diario Público, el argumento de la citada asociación es que la definición del diccionario es negacionista (esto es: apoya a quienes niegan que el franquismo fuese una dictadura represora) al considerar que aquel régimen era de «tendencia totalitaria». Ese hablar de tendencias y no de totalitarismo a ciegas es lo que hace la definición excesivamente generosa con el franquismo.

Vaya por delante que el argumento de los defensores de la memoria histórica es difícil de discutir desde el punto de vista histórico. Aunque, en buena parte, la historia de los primeros quince años del franquismo es la historia de cómo Franco se fue sacudiendo la mugre del falangismo más auténtico, es decir el llamado nacionalsindicalismo de raíz plenamente fascista (más mussoliniana que hitleriana; en esto yerran muchos), lo cierto es que la columna vertebral del régimen franquista fueron, y en gran parte nunca dejaron de ser, los famosos puntos programáticos de la Falange, los cuales no esconden en ningún momento su carácter totalitario: ya en el primero nos encontramos la aseveración de que todos los intereses personales y de clase deberán, inexorablemente, plegarse al objetivo mayor de la «suprema realidad de España» (que no se sabe muy bien lo que es, por cierto).

Aunque el franquismo pasó por muchas fases, nunca llegó a ser eso que en otras situaciones históricas se denomina una dictablanda y nunca, a pesar de los esfuerzos de algunas de sus familias (notablemente los tecnócratas ligados al Opus Dei), dejó de ser un régimen totalitario que tan sólo quería dar cierta apariencia de respeto hacia las minorías (Fuero de los Españoles, Ley de Prensa del 66, leyes de procedimiento administrativo, de procedimiento sindical, ... etc.)

Sin embargo, a mi modo de ver, no es esto lo que está en discusión. Lo que está en discusión es si un diccionario de la lengua es el lugar donde estos asuntos han de dirimirse.

Por si faltaba poco, la propia Real Academia va y le echa gasolina a la hoguera. Según noticias publicadas también en las últimas horas, su reacción a la petición parece haber sido considerar que todos los regímenes totalitarios deben ahora aparecer en el diccionario como tales, y por lo tanto se plantea colocar el mismo calificativo en el caso del comunismo y, supongo, todos sus lemas relacionados (leninismo, estalinismo, maoísmo...).

De nuevo cabe redactar el mismo párrafo. Desde el punto de vista histórico, sólo los muy comunistas defienden que el comunismo no ha sido ni es totalitario. Hombre, es cierto que ha habido partidos comunistas no totalitarios, plenamente integrados en democracias parlamentarias de índole liberal basadas en el respeto a las minorías. Es el caso de los comunismos europeos y, especialmente, de aquella cosa un poco blandi-blub, que no se sabía bien si era Juana o era su hermana, llamada eurocomunismo, y cuyo principal representante fue el comunismo italiano de Enrico Berlinguer. Pero, en primer lugar, estos partidos nunca han alcanzado el poder salvo en coaliciones de las que no eran la principal fuerza; y, en segundo lugar, son abrumadores los testimonios sobre estrategias comunistas consistentes en aceptar el régimen parlamentario provisionalmente y como una mera fase hacia la dictadura del proletariado (o sea, el totalitarismo marxista), es decir de apoyar la democracia parlamentaria tan sólo por razones tácticas. Ésta fue, sin ir más lejos, la táctica del Partido Comunista de España en la II República y la base de su enfrentamiento con los anarquistas. Éstos consideraban que hacía que hacer la revolución ya, mientras que los comunistas, sin negar la revolución, sostenían que aún no era tiempo.

Más allá, siempre que el comunismo ha alcanzado el poder, y con el único ejemplo relevante en contra de Chile (pero aquí, claro, Pinochet no nos dejó saber cómo acababa la cosa), ha terminado, más temprano que tarde, con las disidencias; ha abolido instituciones como la libertad de expresión, de sindicación, incluso hasta de residencia o de salida del país; y ha instaurado regímenes totalitarios de partido único.

Pero, una vez más, no discutimos si el comunismo era o es totalitario. Discutimos si un diccionario de la lengua tiene que meterse en ese berengenal.

O yo no entiendo bien la función de los distintos diccionarios, o ésa, precisamente, es la diferencia entre un diccionario de la lengua y un diccionario enciclopédico. Un diccionario de la lengua sirve para saber qué significan los lemas que contiene. Un diccionario encliclopédico se nutre de artículos escritos en cada lema cuyo objetivo es más ecuménico; ya no sólo se pretende definir sino informar o formar al lector con datos más o menos profusos. En un diccionario de la lengua se averigua y en otro se aprende.

¿Necesita la definición semántica de las palabras franquismo o comunismo el concurso de la información sobre su carácter totalitario? Puede. Pero, si puede, ¿acaso no necesitará la definición semántica de la voz «colonialismo» el concurso de su carácter explotador? Más: echadle un vistazo al lema «inquisición» en el DRAE. Con buen criterio lingüístico, el DRAE nos recuerda que solemos llamar el todo (la institución de la Inquisición) por la parte (que es la cárcel, lo propiamente llamado inquisición). Pero no dice una palabra sobre el hecho de que la existencia del Tribunal de la Inquisición supusiera la muerte, la ruina o el destierro de decenas de miles de personas a lo largo de los siglos. ¿No lo dice porque lo niega? Aquí es donde yerra el argumento de los defensores de la memoria histórica respecto del franquismo. No es que no lo diga porque lo niegue; no lo dice porque un diccionario de la lengua no es el lugar para empezar a dar esas explicaciones.

Lo que es acojonante, como digo, es que la RAE responda, no argumentando de esta manera, sino aceptando el envite y asumiendo su presunto papel de juez de las calidades históricas de los fenómenos que están descritos en los lemas del diccionario. Pues que le vaya bien. Por de pronto, yo tengo algunas peticiones.

En honor a mis antepasados siervos, que seguro que tengo muchos, que me cambien la segunda acepción del término feudal, dejando claro que el feudalismo supuso la plena dominación de la clase de los siervos.

En honor a la verdad histórica, en la voz cristianismo ya me están recordando que durante bastantes años admitió con total naturalidad la esclavitud humana y que sostuvo durante siglos posturas oficiales contrarias al avance científico.

¿Por qué en la voz monarquía no se recuerda que han sido absolutas hasta antes de ayer?

Y así, hasta la extenuación. ¿Qué hará la RAE cuando se encuentre con miles de peticiones sobre la mesa de todo aquél que considere que una mera definición semántica es negacionista y, por lo tanto, debe ser modificada?

Cráneos previlegiados.