lunes, diciembre 14, 2009

La Navidad (2): los ritos

Los Santos Inocentes

Una vez más, para poder hablaros del origen o posible origen de la historia y la fiesta de los santos inocentes, tengo que pediros que cambiéis el chip y os déis cuenta de algo muy importante en la Historia, que es adquirir conciencia sobre el hecho de que los tiempos no han sido siempre iguales. Hoy, las liturgias cristianas son pacíficas, silenciosas, ordenadas y envaradas (con la excepción, quizá, de algunas iglesias negras en Estados Unidos, de ésas que se pasan la tarde cantando y bailando). Pero esto no ha sido siempre así. No siempre ir a las celebraciones religiosas ha sido aburrido. En algún otro post os he contado ya que Felipe II tuvo que aprobar normas específicas para evitar el cachondeo que se montaba en las iglesias durante las celebraciones de la Semana Santa. Y la fiesta de los Santos Inocentes, con sus bromas, con su cachondeo, tiene también algo que ver con esto.

El ser humano ha propendido siempre al cachondeo mental. Como ya hemos dicho, las Navidades son unas fiestas que proceden directamente y sin escalas de las viejas celebraciones romanas; y el ciclo romano del solsticio de invierno comenzaba con las fiestas llamadas saturnales. Las saturnales eran unas fiestas esperadas sobre todo por las personas más humildes, porque se caracterizaban por un juego de cambio de papeles. Durante dichas fiestas, los amos eran sirvientes y los sirvientes, amos. Así pues, la señora de la casa debía servirle lo que le pluguiese a la esclava que habitualmente la peinaba y vestía cada mañana.

La celebración de los Santos Inocentes es cosa bien extraña. Hoy casi todo el mundo, si no todo, está de acuerdo en que si un rey hubiese decidido matar a todos los primogénitos, las crónicas antiguas, aunque sólo nos hayan llegado parcialmente, contarían el caso repetidamente y con profusión. No hubo, pues, matanza de los Santos Inocentes, a pesar de que hay un evangelio canónico que la cita, el de Mateo; bien que la sitúa después del paso de los reyes magos, por lo que hace siglos, en algunos lugares, la fiesta se celebraba el 8 de enero.

Otra definición de la rareza de esta tradición, que a veces parece como colocada en plan pastiche dentro de la Navidad, es que aquellos niños son los únicos humanos a los que la Iglesia reconoce como santos siendo anteriores a la revelación de Cristo. Teóricamente, no debiera haber santos ni beatos hasta que Jesucristo hubiese hablado. Pero estos niños son santos.

Volvamos a las saturnales. Durante estas fiestas, se echaba a suertes el nombramiento de un rey de los bufones o de los locos, a quien todo el mundo debía obedecer en sus absurdas órdenes (que solían consistir en obligar a la gente a bailar, beber o jincar) y el cual, según algunas crónicas, era asesinado al final de su reinado. Las propias saturnales parecen tener un origen que se pierde en la noche de los tiempos, pues ya en babilonia los seguidores del dios Marduk también tenían una fiesta en la que amos y sirvientes intercambiaban sus puestos, y donde se tomaba a un condenado a muerte, se le vestía con ropajes reales, se le sentaba en un trono, se obedecían sus órdenes y luego, al final del mandato, se lo ejecutaba.

En cambos casos, como veis, tenemos los dos elementos básicos de la fiesta de los Santos Inocentes: cachondeo, y muerte.

Aun acabado el imperio romano e instalado el poder del cristianismo, al inicio de la Edad Media se mantuvo en muchos lugares de Europa la costumbre saturnal del cambio de papeles. Dentro de ese tono bien distinto al que hoy conocemos, en aquel tiempo eran los propios sacerdotes los que hacían misas bufas en las que se cantaban canciones indecorosas. Algunas crónicas hablan de que entre los fieles que acudían a tal misa había más que tocamientos. Finalizada la celebración, en algunos casos todos los participantes salían a la calle y se subían a unos carros llenos de estiércol, que lanzaban a los paseantes.

En otra celebración navideña, una mujer con un niño en brazos era paseada por la iglesia en un asno, mientras las gentes rebuznaban y le cantaban al animal coplillas obscenas. Y hay que entender las cosas. Estas descripciones en modo alguno quieren decir que la cristiandad antigua fuese irrespetuosa e iconoclasta. Debemos imaginar lo que es una sociedad inculta, basta, absolutamente alejada de muchas sutilezas a las que hoy estamos acostumbrados. Igual que una persona cuya dieta son los grillos crudos considerará que la mejor forma de agasajaros es ofreceros una tapita de insectos, las personas que formaban aquellas sociedades para las cuales el divertimento tenía mucho que ver con esas actitudes chuscas y hoy diríamos irreverentes consideraban que la mejor forma de expresar su respeto por los hechos maravillosos contenidos en la Navidad y en la religión era integrarlos en su costumbre de celebración. Para aquellos casi paganos, rebuznar dentro de una iglesia era su forma de expresar devoción.

¿La Iglesia lo permitía? Bueno, es evidente que terminó por no permitirlo, y me da la impresión de que todo comenzó a cambiar en el momento en que perdió la sensación de poder monopolista, quizá al plantearse la cruzada contra los albigenses. Antes, sin embargo, la Iglesia tendía a considerar estas salidas de tono como una lógica y necesaria permisividad hacia los excesos de la gente; una especie de válvula de escape.

Estas fiestas clericales medievales fueron el gozne que puso en relación la clásica costumbre saturnal con la liturgia cristiana. Como digo, el hecho de que la Iglesia de Roma dejase de sentirse monopolística la llevó a tomarse más en serio estas cosas, y comenzó a desplazar la vertiente cachonda que hasta entonces habían tenido siempre las fiestas religiosas hacia otras costumbres, compartimentando lo serio y lo cachondo; de ahí el desarrollo específico de los carnavales. El concilio de Trento, no por casualidad la gran y principal reunión defensiva de la Iglesia católica, toma medidas para limitar las representaciones dentro de las iglesias, para sacar de las mismas las actitudes burlescas


Villancicos

Villancico significa canción de villano. O, si lo preferís, coplilla cantada por alguien de la clase servil. En la vieja Castilla, los villancicos eran canciones amorosas surgidas entre el pueblo normal y corriente. Al llegar el llamado Siglo de Oro, los capellanes de las iglesias tomaron la costumbre de musicalizar aquellas cancioncillas para adaptarlas a las distintas liturgias. Algo que la Iglesia ha seguido y sigue haciendo, por cierto, pues cualquiera que se acerque a una misa donde la música juegue un papel importante se podrá encontrar, con facilidad, al coro eclesial cantándole a Dios o a la Virgen con músicas como Bridge over troubled waters, de Simon y Gardfunkel.

Ahora que lo pienso: ¿sabe esto la SGAE?

El hecho de que los villancicos se convirtiesen en músicas navideñas está relacionado con el hecho de que las tonadas que la gente recordó mejor fueron las compuestas o musicalizadas para las celebraciones navideñas.

Villancico sangriento fue el cantado en Granada en la Navidad de 1568, y que comenzaba Pastores si aveys oydo/ el Jesucristo es nascido; los cristianos lo cantaban en las iglesias mientras los moriscos montaban una tangana que derivó en guerra primero y en su expulsión después.


El árbol de Navidad

El árbol de Navidad es una costumbre que se hunde en la noche de los tiempos a través de la adoración germánica por los árboles. Probablemente las creencias germánicas de hace muchos siglos eran fundamentalmente rurales y algo panteístas, lo cual les hacía ver a Dios, o al símbolo de la vida, en el árbol, de gran importancia para unos tipos que vivían y crecían en un área del mundo que aún hoy es intensamente boscosa.

No está, por lo tanto, del todo claro que el árbol de Navidad sea una tradición que venga a completar o a sustituir al belén. El belén puede haberse comenzado a introducir en Europa con la consolidación de la liturgia navideña, pero la tradición germánica de adorar al árbol como receptor y dador y de luz, con ciclos de vida relacionados (again) con el solsticio de invierno, es muy, muy anterior. La confusión, en todo caso, es plenamente lógica porque el árbol de Navidad, tras la reforma luterana, se convirtió en alternativa al belén en las zonas protestantes, sobre todo Alemania y Suecia, de donde probablemente surge esta especie de convicción de que la tradición surgió para desterrar las figuritas de las casas.

En resumen: el árbol de Navidad, más o menos con los arreos y el espíritu con que hoy lo conocemos, puede datar del siglo XVI. Pero, sin embargo, la costumbre germánica de adornar un árbol una vez al año es muchísimo más antigua.

Los primeros árboles de Navidad de que tenemos noticia se levantaron en las casas de Alsacia, como decíamos, en el siglo XVI. Los siguientes doscientos años vivieron la extensión de la costumbre en toda Alemania y el paso, en el siglo XVIII, a Inglaterra. El día que el árbol de Navidad cruzó el Canal de la Mancha tomó su gran decisión para convertirse en tradición mundial. Y quien lo hizo fue una mujer: la reina Carlota de Meklemburgo-Sterlitz, casada entonces con del rey inglés Jorge III. Tengo noticias de que a finales del siglo pasado aún existía una tradición vinculda a este origen continental del árbol de Navidad inglés, consistente en la remisión de un árbol desde el ayuntamiento de Oslo a Londres, con el objetivo de colocarlo en la Trafalgar Square. Honradamente, desconozco si sigue vigente. En Alsacia, ya a finales de aquel siglo XVIII, se adornaba el árbol y luego se esperaba la visita del niño Jesús con regalos para los niños buenos, mientras que los niños malos eran teóricamente visitados por el demonio. No existía, pues, tradición vinculada a la figura de Papa Noel, pero ya existían los regalos.

A mediados del siglo XIX, el príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo, otro continental casado con la familia real británica (en este caso la reina Victoria), dio el último empujón a la tradición del árbol en Inglaterra, y éste se generalizó en todos los hogares.

Inglaterra, cima del mundo, marcaba el paso de muchas cosas y también de las costumbres chic y molonas, lo cual forzó la extensión del árbol de Navidad por toda Europa. A París, por ejemplo, lo llevó una española, la emperatriz Eugenia de Montijo, quien en 1867 convenció a Napoleón III de colocar uno de estos árboles en las Tullerías. Tres años después, cuando tras la guerra franco-prusiana los franceses perdieron Alsacia, la nostalgia de aquella provincia perdida llevó a los franceses a practicar masivamente costumbres alsacianas, entre las que se encontraba el árbol.

La estrecha relación entre Inglaterra y Estados Unidos, al fin y al cabo una ex-colonia, llevó el árbol desde la metrópoli hasta las casas del nuevo imperio del mundo, y ha sido éste el que, durante el siglo XX, se ha encargado de darle el último empujón a este colorido adorno navideño y extenderlo por el resto del mundo.

En España, teniendo en cuenta estos precedentes, la costumbre del árbol es relativamente tardía. Lo cual no impide que los españoles la veamos como algo muy antiguo, y es cosa que no tiene nada de extraño teniendo en cuenta que también pensamos eso de las doce uvas, que son, sin embargo, e históricamente hablando, una tradición surgida antesdeayer por la tarde.

Hay que decir, en todo caso, que la España catalanoparlante tiene su propia tradición leñosa ligada a la Navidad, la conocida como tradición del tió, o leño. Es una celebración rural de Nochebuena en la que se busca un leño con un buen agujero o hueco, dentro del cual se colocan golosinas e incluso regalos. En la noche de Nochebuena, los niños de la casa se armaban (o ¿arman?) con palos y comenzaban a hostia limpia con el leño, gritando: «¡Tió, caga torró!»; lo cual, si no estoy muy equivocado, es una advocación para que el tronco cague turrón. Cosa que el leño, obviamente, acababa haciendo.

Considerando esta tradición y la de la sempiterna figurita del belén de un tipo aliviando sus intestinos, supongo que algún día algún antropólogo debería investigar los porqués de que los ritos navideños catalanes estén tan ligados a lo escatológico.