miércoles, julio 15, 2009

Mussolini (y 6)

El 24 de enero de 1943, los aliados toman esa misma ciudad de Tripoli donde Mussolini desembarcó camino del cesáreo triunfo alejandrino que nunca se produjo. Además, Italia comienza a ser objeto de bombardeos, notablemente sus poblaciones del norte, lo cual provoca serio descontento de la población y huelgas. Aún y a pesar de lo evidente del desmoronamiento de Italia, en mayo de ese año, Mussolini aún promete el regreso al continente de las tropas italianas.

El 10 de julio de 1943, con todo su poderío y también bastantes ayudas por parte de la Mafia, los aliados desembarcan en Sicilia. Nueve días más tarde, se produce el primer bombardeo sobre Roma. Al Duce comienzan a crecerle los enanos, como siempre les ocurre a los hombres de poder en la hora de la derrota. Forzado por esos colaboradores que ya no creen ni en las palabras ni en las ideas de Mussolini, éste se ve obligado a convocar una sesión del Gran Consejo Fascista, el 24 de julio de 1943. La sesión se celebra a las cinco de la tarde de aquel sábado. Al entrar en la sala, Mussolini ya sabe que Dino Grandi, presidente de la Cámara, va a presentar una propuesta para que el mando de las fuerzas armadas italianas sea retrotraído al soldadito de plomo Víctor Manuel.

Quizá alguno de vosotros, leyendo el párrafo anterior e imaginando la escena, esté esperando de don Benito un fuerte estallido de cólera. Os equivocais. Ése hubiese sido Hitler, con seguridad. Si a Hitler le montan una reunión de jerifaltes en la que alguien hubiese osado proponer que se quitase de enmedio, le habría soltado tal cascada de ladridos que el proponente, con seguridad, habría terminado acojonado en un rincón. Pero Mussolini estaba hecho de otra pasta. Tenía, desde luego, ambición de poder; pero carecía de esa decisión, algunos piensan que psicótica, de su aliado alemán. El Duce que escuchó las palabras de Grandi se limitó a desabrocharse la camisa y musitar: «parece que esta tarde la suerte me ha dado la espalda».

Hablaron Polverelli y el yerno del Duce, Ciano. Ambos pusieron a los alemanes de cabrones para abajo, sostuvieron la idea de que era su abandono el que tenía a Italia al borde del KO y, consecuentemente, abrieron el portillo para que Italia contestase a la traición con traición, abandonando el Eje. Esto fue demasiado para Farinacci, quizá el dirigente fascista más enloquecido (además de decididamente pronazi) quien salió en defensa de las divisiones hitlerianas.

En ese punto, Mussolini tomó la palabra para dolerse de las críticas que se vertían sobre el fascismo en las intervenciones. Alfredo de Marsico y Luigi Federzoni le contestan con virulencia. Especialmente Federzoni, presidente de la Academia italiana, quien contesta a la afirmación de Mussolini de que todas las guerras son impopulares aseverando que aquélla si lo es, pero por fascista, no por guerra.

A las dos de la mañana, después de nueve horas de debate, se pasó a votación la proposición de Grandi. Cuando De Bono y De Vecchi, dos fascistas de primera hora, votaron a favor de la propuesta, quedó claro que la suerte estaba echada. La propuesta ganó por 19 votos a favor contra 8 en contra y una abstención.

Existen indicios de que Mussolini se creció tras la votación, interpretando que se trataba tan sólo de un consejo no ejecutivo. Al día siguiente, por la tarde, se presentó ante el rey para despachar la reunión casi como si tal cosa. No se sabe a ciencia cierta de que hablaron el ampuloso jefe de gobierno y el liliputiense jefe del Estado. Lo que se sabe es que, a la salida de la reunión, tropas leales a Victor Manuel detuvieron a Mussolini.

Un solo fascista, el senador Morgagni, cayó con su Duce; se pegó un tiro en la sien cuando supo de su detención. El resto de los fascistas, y el resto de Italia, se aplicaron a una rápida terapia colectiva de borrado de disco duro que no es, en modo alguno, exclusiva de los italianos. El pueblo francés, sin ir más lejos, olvidó, a partir de 1945, que en su inmensa mayoría estaba formado por personas que habían colaborado con el gobierno de Vichy, cuando no directamente con los nazis. Personas que, si no sabían, sí sospechaban que esos judíos compatriotas que los alemanes se llevaban en trenes de mercancías no eran transportados precisamente a parques de atracciones. Francia olvidó con elegancia que la Resistencia, en realidad, estuvo formada por cuatro gatos mal contados. La misma elegancia se da en la España de los años setenta, en la que, de la noche a la mañana, todo dios tenía pedigree antifranquista, hasta el punto de que, de creer las confesiones de la época, resulta difícil responder a la pregunta de quién narices apoyó a Franco en los últimos diez o quince años de su dictadura.

Italia no fue una excepción. Así pues, en todas las esquinas de la patria, el quemado de retratos oficiales del Duce, la rotura de carnés y otros certificados, se convirtió en el deporte nacional. Italia aceptó barco como animal acuático y se convenció de que nunca había sido fascista. La leyenda urbana pervive a día de hoy, como, ya digo, pervive la de que todos los franceses eran de la Resistencia o en la España de Franco no había franquistas.

La caída de Mussolini fue anunciada al país a las once de la noche del 25 de julio, unas cinco horas después de su detención. Le sustituyó en el gobierno el mariscal Pietro Badoglio. Desde ese día hasta el 3 de septiembre, que se firma el armisticio, la pareja Víctor Manuel-Badoglio jugará constantemente a dos cartas, comiéndole la oreja a los alemanes y tratando de negociar al mismo tiempo con los aliados. Esto sí que es muy italiano.

En septiembre de 1943, cuando Italia le dice a los aliados eso de vamos a apagar a la luz, la volvemos a encender y aquí no ha pasado nada, Hitler, que de tonto no tenía ni un pelo, ha concentrado en Italia 400.000 hombres. Estos 400.000 hombres invadieron Italia desde dentro, hicieron unos 700.000 prisioneros entre las desmoralizadas tropas italianas, y fusilaron a varios miles de esos militares. Hitler no creía las promesas de Badoglio (en algunas de sus famosas actas de Estado Mayor lo pone de vuelta y media constantemente) y, consecuentemente, desde el mismísimo día de la detención de Mussolini se aplicó a la invasión. El rey Víctor Manuel huyó a Brindisi, bajo la protección aliada. Con ello, prestó un servicio histórico a su país, pues el Estado italiano siguió existiendo del lado aliado lo cual, al final de la guerra, sería de gran valor (tanto como para poner a Italia en el bando de los vencedores, lo cual tiene mucha, pero muchísima coña); sin embargo, fue un gesto de cobardía que costaría la monarquía.

Tras varios traslados, Mussolini fue recluido en un hotel de Campo Imperatore, en los apeninos. A las dos de la tarde del 12 de septiembre, mientras estaba asomado a la ventana contemplando la patria de Marco y el mono Amedio, ve un planeador aterrizar a unos pocos cientos de metros del hotel, y bajarse del mismo a un destacamento de paracaidistas alemanes. Al día siguiente, llega a Munich. Y el 14 se entrevista con Hitler en Berchstersgarten.

Es fácil de imaginar que esa entrevista no debió de ser agradable para el Duce. Él quería relaciones de igual a igual. Año y pico antes se creía con capacidad de reclamarle a Hitler el poder sobre una parte de Egipto, y ahora ya sólo era su subordinado.

El 19 de septiembre, todavía desde Munich, Mussolini se dirige al pueblo italiano una vez que, según el anuncio oficial alemán, ha retomado el poder en Italia. El discurso del Duce se parece poco a los que ha hecho hasta entonces. Da la impresión de que quiere volver a sus orígenes socialistas, así pues hace un discurso muy obrerista, muy campesino. Esas cosas.

Mussolini quiere volver a Roma. Pero ahora ya sólo es un becario fascista de los nazis. Éstos deciden que establezca su capital en Saló, en el lago de Garda. El 23 de septiembre nace la República de Saló. Una semana después, la población de Nápoles se rebela y los alemanes, incluso los alemanes, tienen que salir de allí por patas. Mussolini no tendrá ni ejército: a los 700.000 soldados prisioneros, deportados a Alemania, se les ofrece la libertad a cambio de enrolarse en el ejército de Saló. Se apuntan unos 7.000, o sea, una mierda pinchada en un palo.

Mussolini, además, no puede hacer nada para limar el tono gravísimamente sangriendo que toman las acciones de Hitler en Italia. En Montezemolo, el ejército alemán, como represalia por la muerte de 32 de sus miembros, ejecuta a 355 partisanos. En Marzabotto, la SS masacra a niños, mujeres y hombres, hasta que no quedó nadie. En Verona, la República Social de Saló monta un proceso en el que son condenados a muerte cinco miembros del Consejo Fascista que votaron a favor del despido de Mussolini: el propio yerno del Duce, Ciano; De Bono, Pareschi, Marinelli y Gottardi.

El 5 de junio de 1944, los americanos entran en Roma. El 20 de agosto ocupan Florencia. La guerra avanza y en 1945, tanto los alemanes como los camisas negras acabarán huyendo apresuradamente, pues en cada pueblo de Italia son cazados y masacrados.

Abril de 1945. Ahora ya no es Italia sola; es la propia Alemania de Hitler la que se está desmoronando. El 16 de dicho mes, en Gargnano, Mussolini celebra consejo de ministros de la República de Saló, en el que anuncia su intención de ir a Milán. En la gran ciudad italiana están concentradas las tropas fascistas, y el Duce espera poder mandarlas para conseguir una retirada hacia la Valtelina o, quizás, hacia Suiza. Pero una vez que llega a Milán comprueba que la situación en la ciudad es caótica. Por eso, dedice huir a Como, cerca de la frontera suiza. Cuando llega a esta ciudad, ya muy pocas personas quedan a su lado. Mussolini tiene miedo. Teme que su destino sea el que finalmente fue. Piensa en entregarse a los ingleses, confiando en que le respetarán. Pero luego se da cuenta de lo impracticable de sus planes.

El que fuese jefe industible de Italia entera ya sólo tiene la esperanza de que Pavolini llegue con 5.000 fascistas para escoltarlo en su huida. En los días de espera, llega Clara Petacci, su amante, su particular Eva Braun, la mujer que lo admira incluso ahora que está tembloroso, avejentado y vencido; y que, como Eva Braun, rendirá ese último tributo, sólo posible en una mujer enamorada, de morir con él.

Mussolini espera, pero Pavolini no llega. A las tres de la madrugada del 26 de abril, no puede más y emprende la huida. En Menaggio, por fin llega Pavolini. Pero llega solo. Ya no hay escuadras fascistas. En esas condiciones, no podrán pasar la frontera, porque está controlada por los partisanos. El 27 de abril, amanece en Menaggio con el sordo rumor de una pequeña columna de camiones alemanes que huye hacia Suiza. Los fascistas se unen al convoy. En el camino hacia Dongo, son interceptados por los maquis de la 52 brigada Garibaldi.

Los jefes partisanos, Urbano Lazzaro y Luigi Bellini delle Stelle, negocian con el comandante alemán. Las condiciones son éstas: les dejarán pasar a condición de que todo ciudadano italiano se quede con ellos. A las cuatro de la tarde, en la plaza de Dongo, se efectúa el control.
Mientras están en ello, un tipo llamado Giuseppe Negri se acerca a Bellini. Negri ha sido marinero en los años anteriores y, en condición de tal, formaba parte de la tripulación de un barco que transportó a Benito Mussolini de la isla de Ponza a la de Madalena, en junio de 1943. Con un susurro, le informa que un cabo alemán entrado en años que está como ausente en uno de los camiones es, en realidad, el otrora máximo mandatario de Italia y, si hemos de creer en las formas fascistas, aún presidente de la República Social de Saló.

Bellini se acerca a su compañero, a quien todos llaman Bill, y le dice_

-Bill, ghè chi el crapún.

O sea: Bill, está aquí el cabezón.

Se acercan al Duce. Lo reconocen y conminan para que se baje del camión. Mussolini, cabizbajo, obedece. Ya en el suelo de la plaza, a unos pasos del camión, intenta una última baza. Se vuelve a los alemanes y les grita:

-¿Aber so, ohne Kampf?

... que es una forma bastante macarrónica de preguntar en alemán: ¿os rendís así, sin luchar? Pensara lo que pensara el Duce, no hablaba alemán.

Walter Audisio, conocido como Coronel Valerio, un dirigente partisano de izquierda radical, condujo desde Milán hasta Dongo cuando supo la noticia. Al llegar a la población, se presentó ante Mussolini y Clara Petacci y les anunció que se los llevaba. Es prácticamente seguro que ambos supieran con certeza lo que significaba aquel inopinado traslado. Ella entró en el coche llorando quedamente, y él la abrazó y no la soltó durante todo el trayecto.

A las cuatro y diez de la tarde del 28 de abril de 1945, el coche se detuvo en un descampado, junto a una verja. Los dos prisioneros fueron sacados del automóvil y colocados frente a dicha verja. En ese momento Valerio, quizá borracho de nervios, comenzó a lanzar improperios y a gritar y a afirmar que les iba a matar. Tomó su metralleta y disparó, pero el arma se encasquilló. Entonces tomó su pistola y empezó a darles a ambos tiros arbitrarios hasta que Bellini, que iba con él y que probablemente estaba más sereno, acabó todo con una ráfaga de metralleta.

Los cuerpos de Mussolini y de Claretta Peracci fueron llevados a Milán, donde fueron colgados por los pies en la Piazzale Loreto, para su contemplación por la gente, en un espectáculo que tiene muy poco de edificante. Lo mismo se puede decir de su muerte, propia de países sin gobierno efectivo, como probablemente era el caso de la Italia de 1945.




Benito Mussolini es el prototipo del político amoral, oportunista, de escasas luces pero inteligencia estratégica. El mundo, y me refiero al mundo político, está lleno de tipos como él; que no hayan llegado al poder no quiere decir que no existan. Pero, más allá del asunto de los perfiles personales y esa parte de la Historia que sin duda está ligada a las personas que las hacen y los momentos en que viven, Mussolini es, a mi modo de ver, el principal representante de eso que llamamos fascismo. Mucho, muchísimo más que Adolf Hitler, cuyo régimen nazi tuvo otros matices más propios y complejos.

Hay que estudiar a Mussolini. Y hay que estudiarlo con sentido crítico. El ensayista académico o el profe de Historia de Bachillerato que caiga en la tentación de contar esta historia como si fuese el relato de algo que pasó en otro planeta distinto de éste en el que vivimos, cometerá un error. La gran enseñanza que nos deja la historia de Benito Mussolini y la Italia de 1925 es que, de cada veinte personas que caigais en este blog y leais estas mismas líneas, no menos de 17, de haber vivido hace tres cuartos de siglo en los Abruzzos, habríais (habríamos) sido fascistas.

Lo verdaderamente escalofriante de Mussolini es lo histriónico que era; lo limitadito que era; lo radical que era. Ojalá pudiésemos decir que Benito Mussolini fue un hondo intelectual lector de Tomás de Aquino. Ojalá pudiéramos decir que fue un matemático imponente o, cuando menos, que labró su popularidad porque en su juventud fue el mejor jugador de calcio de toda Italia. Ojalá pudiéramos decir que fue singular. Lejos de ello, y a pesar de tener ciertas dotes para la propaganda y el juego de los tiempos políticos que me parecen fuera de lugar, Benito Mussolini fue uno más.

Como tú.

Como yo.

Pensad en esto. Merece la pena. Cuanto más jóvenes seais, más pena merece.