domingo, julio 12, 2009

Mussolini (5)

¿Qué ocurre exactamente el 3 de enero de 1925? Pues lo que ocurre es que el presidente del Gobierno, Benito Mussolini, se quita la última careta que le quedaba, se va al parlamento y ante los diputados grita más que dice: «si los fascistas son una banda de delinuentes, yo soy su jefe».
Es el punto culminante de un proceso dilatado en el que el Duce ha hecho valer la principal de sus habilidades: el control de los tiempos. Para cuando Mussolini se pone descaradamente al frente de las partidas de la porra que pululan por todo el país, Italia ya no puede pasar sin él. Es la dictadura. Así las cosas, la supresión de los partidos políticos, en 1926, no es sino un hecho lógico.

La dictadura italiana se parece mucho a la alemana, y en general a todas las fascistas, en el detalle de ofrecer a la sociedad una mejora objetiva de sus condiciones de vida, casi inmediata; además de eso que se ha dado en llamar sensibilidad social. Porque la visión de las dictaduras fascistas como enemigas declaradas del obrero es, a mi modo de ver, una visión interesada, procedente sobre todo de los marxistas. El fascismo es siempre radicalmente antimarxista, pero eso no quiere decir necesariamente antiobrero. El mercado laboral más rígido, más protector del trabajador como tal, de la Historia de España fue el creado por Franco, que es lo más parecido a un fascista que hemos tenido (de momento al menos). Y Mussolini creó la primera legislación social italiana propiamente dicha. Una legislación, por supuesto, basada en el concepto de Estado corporativo, un Estado sin distinción de clases convertido en un sindicato de productores. Esta idea viajó sin escalas a España durante esos años y fascinó al joven abogado José Antonio Primo de Rivera. El falangismo español fue escasamente nazi y decididamente mussoliniano.

En realidad, los modelos mussoliniano y falanjo-franquista se parecen enormemente en este terreno de la economía y las relaciones de producción. Franco sembró España de presas que buena falta hacían; la rallada de Mussolini fueron las autopistas, pero al caso es casi lo mismo. El apoyo de Mussolini a la industria fue tan decidido que la presencia italiana en el sector automovilístico, hoy aún totalmente visible a pesar de que Kimi Raikkonen y Felipe Massa no están teniendo su mejor año, en gran parte se labró entonces. Y, asimismo, otro elemento claro del fascismo italiano, copiado por Franco, fue el apoyo decidido a la familia. La Italia fascista impuso un impuesto especial sobre la soltería y premió a las familias numerosas.

Aún así, siendo como era el Partido Fascista, como el NSDAP alemán, una especie de cotolengo de mediocres, a aquel régimen, además de la falta de libertades, no le faltaron otras cosas propias de tontos del culo. Ahí está, por ejemplo, la figura de Achile Starace, a quien se considera el gran teórico del nuevo estilo fascista, padre de ideas tan peregrinas como imponerle un uniforme... ¡a la policía secreta!

Otra idea del fascismo, por cierto, fue la retirada del ustedeo del trato habitual entre italianos. Mussolini consideraba que tratar a la gente con tal conmiseración era una rémora spagnolesca, es decir propia de españoles.

Desde la dictadura, Mussolini se aplicó para encontrar y explotar su guerrita gilipollas.

En abril de 1935, cuando Mussolini negocie con Francia e Inglaterra en Stresa un pacto para garantizar la paz, dejará bien claro que las conversaciones se refieren a Europa. Para entonces ya está pensando en África. En este punto tampoco es original. Hitler también basa parte de su discurso nazi en la necesidad de que Alemania cuente con un imperio colonial del estilo del inglés y francés, porque colonias significa materias primas, poder económico y poder territorial.

Evidentemente, Mussolini, que se siente descendiente de Julio César y de Virgilio y cuando menos formalmente lo es, tiene, puesto a reivindicar un Imperio, como para reclamar medio mundo. No obstante, debe buscar con cuidado terrenos que no piden los callos de esos compañeros de continente con los que está firmando papelitos en los que dice que jamás va a levantarles la mano (y es que la diplomacia y la violencia doméstica se parecen como una castaña verde a otra castaña verde).

El fascismo italiano echa mano de fuentes tan modernas como el escritor clásico Plinio para demostrar las enormes riquezas existentes en Etiopía, la posible patria de la princesa Nefertiti y elemento atractor de la religión rastafari. Además, se dice que en la Dancalia puede haber petróleo. Mussolini se autoconvence de su propia mentira que quiere ver en Etiopía la tierra de promisión a la que podrá enviar al medio millón de italianos parados, todo ello a pesar de las décadas de emigración, sobre todo hacia Estados Unidos, que en ese momento ya se acumulan. En aquella Italia de los años veinte, uno de los productos más populares son las primeras postales eróticas que se ven por allí; son fotos de abisinias con las tetas al aire. Al igual que la fiebre del oro envió auténticos ejércitos a California, todos esos sueños de riqueza y buena vida henchen las cajas de recluta.

En febrero de 1935, como oportuna respuesta a determinados incidentes casualmente producidos, se realiza el primer envío de tropas. La División Pelorilana marcha cantando aquello de Addis Abbeba/será romana/y su bandera será la italiana... El 20 de marzo, mientras Etiopía reclama el amparo de la Sociedad de Nacionales, los italianos desembarcan en Massaua. Mussolini acepta el diálogo con la Sociedad de Naciones aunque, en realidad, sólo es una estratagema para permitir la acumulación de tropas.

El 2 de octubre de 1935, las campañas de todas las iglesias convocan a las gentes a la plaza mayor de los pueblos. Se decreta incluso el cierre de los colegios para escuchar al Duce. Mussolini, desde los altavoces, himpla: «Italia proletaria y fascista: ¡En pie!» O, como diría Groucho Marx: «¡Más madera, es la guerra!»

Tras la llamada, al ejército italiano le cuesta cuatro días entrar en Adua. La SDN dicta sanciones contra Italia. Para qué quería más el fascismo. En todo el país, se lleva a cabo una operación de hiperitalianización que supone el borrado de todo lo que sea extranjero, muy especialmente francés o inglés. Se prohíbe la costumbre de los árboles de Navidad (aunque volvería después, con la teoría de que, en realidad, está relacionada con la consideración de mágicos que tienen los árboles en el animismo de raíz germánica). Los italianos dejan de tener pullover para tener maglione, cuando consiguen ligar, eso ya no es un flirt sino un amoretto (¿di Saronno?). Y al foot-ball se le impone el nombre de calcio... como podemos ver, no todas las trazas del fascismo han desaparecido hoy en día.

Más pruebas de histeria colectiva. Mussolini inventa el Día de la Alianza, el día en el que todos los italianos entregan a su Duce su anillo de casados, de oro, recibiendo a cambio uno de acero. La prensa de la época subrayó el hecho de que hasta las putas entregaron sus anillos. Treinta kilos de estos anillos, por cierto, acabaron en el fondo del río Mera, donde los tiraron los fascistas en 1945 en su huida de Italia. Un pescador, como el Smeagol de Tolkien, encontró la pequeña fortuna.

No le faltan a Mussolini, por cierto, los apoyos de quienes lo consideran, con su guerrita eritrea, un campeón de la Cristiandad y la Evangelización. Así lo afirma el cardenal Shuster en 1935. El Vaticano, ya se sabe, siempre a pelo y a pluma.

El 6 de mayo de 1936, apenas unas semanas antes de que estalle la guerra española, y en una piazza Venezia en la que ya no cabe ni un lapo, Mussolini decreta el fin de la guerra de Etiopía y el primer día de existencia del imperio italiano. Los italianos cantan Facetta Nera y se acuestan esa noche pensando que son, como hace dos mil años, lo más de lo más del mundo mundial.
Tres años después, el gasto de la economía italiana en su imperio es diez veces superior a los ingresos. La guerrita fue gilipollas, y el imperio una cagada.

Mussolini visita Berlín en septiembre de 1937. Allí nace el Eje, en alguna medida. A su vuelta a Roma, Italia abandona la Sociedad de Naciones. En enero de 1938, el país comienza una campaña antisemita por la que, por primera vez en su Historia, Italia persigue a los judíos para masacrarlos (bueno, más bien para que los masacren otros). Para darle lógica a esta historia es necesario multiplicar la propaganda en el sentido de que los italianos son una especie de versión sureña de la raza aria; que es algo que no se creería nadie en sus cabales, ni siquiera tras la ingestión de una caja entera de vodka. Hitler visita Roma el 4 de mayo. El recimiento es tan apoteósico que para el mismo se remodelan calles y barrios como si en lugar de una visita fuese una Olimpiada o una gallardonada.

Quizá el punto más alto de la vida de Mussolini se da en 1938, cuando interviene en la conferencia de Munich y puede aparecer, incluso fuera de Italia, como el salvador de una situación que para todos olía a guerra. En esos tiempos, además, el Duce hace organizar un montón de paradas y desfiles, buscando dar la impresión al mundo de que tiene un ejército de la hueva, a lo que también colabora su implicación en la guerra española. Cuando el 15 de marzo de 1939, Hitler ocupe Bohemia y Moravia, Mussolini decide que él no puede ser menos y, tras parlamentar con los alemanes, decide invadir él también, en este caso a Albania. El 7 de abril, los italianos desembarcan en Durazzo y doblegan el país con facilidad.

Como sabemos bien, el 1 de septiembre de 1939, con la invasión de Polonia, comienza la segunda guerra mundial o, si queremos ser más precisos, la guerra entre Francia e Inglaterra por una parte, y Alemania por la otra.

En las semanas anteriores, el mes de agosto, Mussolini ha pasado por tremendas indecisiones. Sabemos por su yerno el conde Ciano que intentó repetir la jugada de Munich convocando una conferencia internacional; hecho éste que nos viene a demostrar que no tenía ni puta idea de por dónde le iba el viento a su amigo Hitler. Por lo demás, como hemos visto en el asunto de Albania, a Mussolini le corroe la idea de que Alemania pueda ser más que Italia. No está dispuesto a dejar que los alemanes se hagan con Croacia y Dalmacia sin que ellos se lleven una parte del pastel. En fechas tan tardía como el 23 de agosto, confiesa que Italia no está preparada para la guerra (en puridad, no lo estará nunca). Finalmente, en septiembre decide quedarse quieto.

Pero la quietud de Mussolini está muy pendiente de Hitler. En la cabeza de Mussolini, tras su pacto con la URSS, Alemania se ha convertido verdaderamente en un enemigo potente. Aunque no podemos asegurarlo con total sicurezza, lo más probable es que lo que detuviese la implicación de Italia en la guerra desde el primer momento fuese la Línea Maginot. Hoy la Línea Maginot nos parece de chicle porque sabemos la facilidad con que Hitler se la rebanó; pero, en aquellos tiempos, era tenida por una poderosa máquina defensiva capaz de parar casi cualquier cosa. En la mente de Mussolini, mientras Hitler, que tras darse besitos con Stalin tenía que avanzar hacia el Oeste, permaneciese frenado por la Maginot, a un país como Italia, tan cercano a Francia, no le convenía enseñar ni medio testículo.

El 1 de marzo de 1940, Hitler y Mussolini se entrevistan en Brennero. Es la particular entrevista de Hendaya de los italianos, aunque con resultado bien distinto. En realidad, no sabemos realmente qué fue lo que entendió Mussolini de lo que le dijo Hitler pues, en un arrebato de chulería muy propio de él, y a pesar de que sus conocimientos del alemán provenían de unas tardes de auswandig lernen, prescindió del intérprete. Aún así, resulta difícil que no sacase la idea de que Hitler iba a arrearle a Francia unas hostias como panes sí o sí.

Alemania se pasea por Bélgica. Luego entra en Francia, por donde menos se la espera. En ese momento, Francia tiene la fama mundial de tener una maquinaria militar invencible, napoleónica. Hitler se pasa a los gabachos por el forro de los cojones de sus carros de combate y los forra de disparos en el culo. Los ingleses hacen lo que pueden en Dunquerque, que apenas es salvar el suyo. La Línea Maginot a tomar vientos. Es todo lo que necesita Mussolini quien, además, está convencido de que Inglaterra está en las últimas (la verdad, es muy fácil juzgar la Historia a toro pasado, pero, ¿quién no habría creído eso después de Dunquerque?). El 11 de junio entra en la guerra y avanza por la Saboya francesa. La campaña italiana, completamente tapada por los hechos de armas hitlerianos, es un desastre en el que no se produce ni una sola victoria. A pesar de las presiones italianas para retrasar el armisticio francoalemán, éste se firma antes de que los italianos hayan podido tomar siquiera Niza, su primer objetivo.

Encabronado por esta semihumillación, Mussolini mira a su alrededor. Y encuentra Grecia. Un aliado de Inglaterra al que cree país atrasado, poco menos que sin ejército. Italia, además, posee el trampolín albanés. Los generales le dicen que se corte, pero Mussolini tiene sus propias ideas. El 28 de octubre de 1940, 100.000 italianos invaden Grecia. Tres días después, tres, los frentes están ya estancados, a pesar de que los griegos son apenas 40.000. Es en ese momento cuando llega el primo de Zumosol. Hitler entra en Yugoslavia como si fuese la cocina de su casa y mete sus tropas en Grecia. Esta entrada alemana en Grecia acaba para siempre con Mussolini como jefe militar con campañas propias.

La guerra empieza a cobrarle cosas a Mussolini. Sobre todo en África. El 26 de enero de 1941 cae Bardia y luego Tobruk. La Armada italiana no puede garantizarle al Eje el dominio de las aguas del Mediterráneo, donde campan los buques ingleses, aprovisionados en esa su base de Gibraltar que el prohitleriano Franco ni se ha atrevido a pensar en quitarles. Bombas inglesas bombardean Génova. El 7 de abril, los italianos abandonan Addis Abebba. En la primavera de 1942, con la reconquista de Bengasi y Tobruk por el Eje, 30.000 prisioneros británicos, la suerte parece cambiar. El 23 de junio, Hitler telegrafía a Mussolini que el Eje va a arrebatar Egipto a Inglaterra. El Duce, aunque sabe que el mérito de todo ello, de ser de alguien, es de Erwin Rommel, piensa inmediatamente en sacar tajada. Decide que va a protagonizar un gran acto de adhesión fascista en Alejandría. Ya no piensa más que en Egipto. Su Estado Mayor se desgañita recomendándole que se deje de procesiones y concentre sus esfuerzos en tomar Malta, el otro gran punto de aprovisionamiento británico en el Mare Nostrum junto con Gibraltar. Pero Mussolini pasa.

El 29 de junio de 1942, vuela a Tripoli, para estar cerca de la fiesta que se acerca. Pasa los primeros días de julio Mussolini en Tripoli organizando lo que será el Egipto italiano que espera arrancarle a Hitler (no hubo caso; pero me da a mí la impresión de que Hitler antes se habría arrancado un ojo con la cucharilla de café del desayuno que regalarle a Mussolini un puto ático de 35 metros cuadrados en Egipto). Medio compone el himno de la nueva nación y diseña su fiesta alejandrina, bastante parecida a los triunfos romanos.

El 20 de julio, el Duce vuelve a Italia. El Eje ha sido frenado en El Alamein. Además, cuatro días después, se produce el primer gran desembarco aliado en África del Norte. Pintan bastos para todo lo que huela a Hitler.


Hay una cuesta abajo. Muy pronunciada. Lo que no sabemos es hasta qué punto don Benito la ve.