miércoles, mayo 13, 2009

Santa Sábana (para Tiburcio)

Querido Tiburcio:

He decidido dejarte aquí unas líneas con una especie de recarta cruzada porque, como ya has comprobado en los comentarios a las cartas que colgamos recién, el asunto de la Sábana Santa de Turín ha generado su aquél entre nuestros lectores. Éste, creo, es ya de por sí un factor para escribir este post. El otro es que sufro de pies planos y, por lo tanto, hacer la ruta mongola de Santiago me supondría un esfuerzo de tal calibre que espero que entiendas que debo hacer cuanto sea posible para ganar. Ya sé que a los elefantes eso de que tener los pies planos sea un problema os suena a cachondeo. La verdad, no sabes la suerte qué tienes, especialmente desde que a los horteras del mundo se les ha ocurrido la feliz idea de preñar la tierra de suelos de mármol y sucedáneos.

Yo no te voy a discutir la autenticidad de la Sábana Santa desde el punto de vista del Carbono 14 o el Cadmio 27. Tampoco eso que llamas «detalles anatómicos» aunque, la verdad, a mí siempre me ha parecido sospechoso el hecho de que la imagen negativa de la Sábana se pareciese tanto a la que todos o casi todos tenemos del presunto retratado. Como si alguien llegase ahora y dijese que en Francia hubo un tipo que inventó la fotografía en 1770 y enseñase una presunta foto de Napoleón en la que, vaya por Dios, diese la puta casualidad de que el emperador tuviese la mano metida en la pechera.

Hay cosas que no termino de entender de esa sábana, pero tienen que ver más bien con mi concepto de la creencia que la sustenta.

En el fondo de mis dudas reside la doctrina del cristianismo en general, y el catolicismo muy en particular, sobre el asunto de los milagros. Si yo creo en Dios, y creo que Jesucristo era su hijo de la misma naturaleza, engendrado y no creado, y tal, entonces creo que tanto Dios que estaba en el cielo como Jesús que estaba en la tierra eran omniscientes, omnipresentes y omnipotentes. Así las cosas, obviamente no le voy a negar a Jesús la capacidad de curar a un ciego. Alguien que Lo Puede Todo puede curar a un ciego, pues curar a un ciego es una más de las cosas que forman parte de Todo.

Que Jesucristo hiciese milagros durante su estancia entre nosotros, por lo tanto, lo puedo entender. Evidentemente, el padre de la raza humana es quien mejor sabe lo cerrilmente incrédulo que puede ser el hombre, así pues los prodigios eran necesarios para dejar claro que esta vez sí, macho, esta vez no estás delante delante de un milenarista de medio pelo, un puto esenio becario, sino delante del Auténtico Mesías. Hace muchos, muchísimos años, en un aula del colegio de los jesuitas de La Coruña, tuvimos un grupo de alumnos de primaria y el cura que nos daba religión una discusión sobre los porqués de Cristo para resucitar a su amigo Lázaro. Nosotros opinábamos que lo había hecho para demostrar que era Dios. El cura decía que no, que lo hizo porque como vio a las hermanas contritas y era amigo del muerto, se apiadó de él. Han pasado treinta años y sigo pensando que el argumento del páter no tenía pase. Alguien que sabe que existe la vida eterna y que es inconmensurablemente feliz para los virtuosos, ¿qué valor podrá dar al dolor pasajero por la muerte de un hermano, apenas un brevísimo destello en la Inmensidad de la Luz Eterna? Lo resucitó por la misma razón por la que hizo todos los demás milagros: para demostrar que era el Cristo.

Esa demostración, sin embargo, quedó. Cristo llegó, predicó, se sacrificó por nosotros, murió como un hombre, sufriendo lo indecible, luego resucitó y se marchó; y, al marcharse, dijo que volvería una sola vez más, la última. El día del Juicio Final (escena, por cierto, que no me resisto a recordar que ya está en la iconografía del Pesaje de Almas del antiguo Egipto; casualidad...)


La cuestión es: si todo esto es así, ¿por qué dejó un autógrafo?


En pura teoría cristiana, al menos como yo la interpreto, el autógrafo de Cristo son sus palabras, su mensaje; tal y como lo reconocen los Evangelios canónicos, que según la Iglesia son los fetén y todo eso. ¿En cuál de ellos dice «Está escrito: cuando el Padre me llame a su diestra, os dejaré mi imagen indeleble para que mirándola podáis alabarme y recordarme»? Lo que Cristo dice en los Evangelios es, más o menos: aquí estoy yo, y mi vida, mis palabras, mi muerte, han de ser un testimonio para que a partir de este día la Humanidad quede liberada de su pecado original y sea una Comunión con su Iglesia. Sus Hechos y sus Palabras. No dice nada de su foto.

Una vez, en un autobús camino del otro extremo de Europa, un cura franciscano me dijo, y como me lo dijo yo lo registro, que muchos de los grandes de la Iglesia no creen en los milagros pos-Jesucristo. Creo recordar que me citó a Juan de la Cruz. Y, la verdad, me parece una teoría perfecta. Dios ya habló, a través de su Hijo, durante el tiempo que éste estuvo entre nosotros. Una vez que se fue, el tiempo de los prodigios se ha terminado. Lo que queda es su mensaje, que debería ser lo suficientemente potente como para bastar. Una teología que para convencer necesita convertir serpientes en churros rellenos de chocolate puede ser una gran cosa desde el punto de vista de la repostería, pero bastante inútil en términos de vida eterna.

Así pues, el principal «pero» que le pongo yo a la Sábana Santa es su porqué. Es evidente que si existe y es auténtica, existe porque media una decisión divina. El Padre, sólo o en compañía de Otros (o sea, el hijo y la palomica que vive con ellos, como dice la Antología del Disparate) decidió dejar una huella indeleble del cadáver de Jesucristo en la estameña con que fue rodeado para su enterramiento. Pero la pregunta es por qué. Puestos a dejar una huella indeleble, ¿por qué Jesucristo no giró un dedo y levantó una montaña de color azul tungsteno en medio del lago Tiberíades? ¿O por qué no esculpió en la cara visible la de Luna la frase «Immanuel estuvo aquí» en los setecientos mil idiomas extinguidos, existentes y por existir?

La razón que nos lleva a sostener por qué Jesucristo no redecoró la Luna es la misma, a mi modo de ver, que nos lleva a sostener que la Sábana Santa es una chorrada. Si Jesucristo es Dios y por lo tanto se sabía portador del Más Valioso Mensaje de la Humanidad; si, además, como ya hizo su padre siglos antes en el Paraíso, había decidido que el hombre es libre de creer o no creer, que, por lo tanto, ser hombre significa, en buena parte, debatirse en ese problema y decidir. Si es el hombre el que se salva o se condena, entonces la actitud lógica es darle el librito con las reglas de juego y luego pirarse. Sin más. La Sábana Santa parece como un último acto de intentar dejar clara la Verdad, cuando la Verdad, cualquier persona con Fe lo sabe, se defiende por sí misma, no necesita sabanitas con rostros barbados impresos en ella para pervivir. Prueba de ello es que muchos de los miles de millones de católicos que en el mundo creen o han creído nunca han tenido o no tuvieron noticia de la Sábana Santa; y es fácil avizorar que, si ésta no existiese, creerían igual.

Así las cosas, te diré, mi querido Tiburcio, que me parece lógico aque aquellos que no creen discutan, discutamos, tu teoría de que la Sábana Santa es auténtica. Pero lo que verdaderamente me extraña es que haya católicos que crean en ella. Porque, a mi modo de ver, ser creyente, por lo menos como a mí me enseñaron a serlo, te lleva, recto recto, a la conclusión de que no debes creer en ella.

Ahora, a la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana, nadie le va a enseñar a dar triples saltos mortales con tirabuzón atrás.

Tuyo,

Jota.