viernes, abril 17, 2009

Ribbentrop (1)

Ina se ha hecho esperar. Pero ha merecido la pena. Lo que vais a leer, aquéllos que tengáis el acierto de quedaros en esta pantalla el tiempo suficiente, es la primera parte de un perfil casi perfecto. Personalmente, creo que Tiburcio se ha superado a sí mismo con el texto que aquí os dejo, hoy en su primera pildorita.

La polémica sigue ahí: ¿Hess o Ribentrop? Mi propuesta, Tiburcio, y te la hago en público, es que la próxima vez que nos veamos nos lo juguemos en una competición a ver quién escupe más lejos un hueso de ciruela (cinco intentos, se permiten los movimientos de pelvis para arriba, despegar uno o dos pies del suelo se considerará lanzamiento nulo). Bueno, si prefieres otro hueso lo podemos hablar, pero siempre y cuando no sea humano, que yo tengo ciertos escrúpulos.

Aquí os dejo con Samsa y con su amigo Joaquín.


Una de ineptos (1)

By Tiburcio Samsa.

Cuando uno pasa revista a los jerarcas del Partido Nazi, lo que más llama la atención es su inmensa mediocridad. Uno se pregunta cómo ese plantel de ineptos pudo hacerse con el poder en un país culto y avanzado como Alemania y lanzar una guerra mundial, que pudieron haber ganado.

Empecemos con el líder. Hitler era un diletante con más ganas que talento, incapaz de un esfuerzo continuado, que dirigió Alemania durante 12 años. Era un hombre que sabía algo de muchas cosas, pero mucho de nada. Su número dos, que dirigió el esfuerzo bélico alemán hasta 1942, Göring, había sido un héroe de la aviación en la I Guerra Mundial, pero en los 30 empezó a convertirse en un ser abotargado por las drogas y la corrupción, que confundía las bravatas y el amateurismo con la planificación. El jefe de las SS, Himmler, era un cobarde oportunista, siempre dispuesto a creerse la última teoría ocultista sobre el origen de los arios. A Rudolf Hess, JdJ lo describió en cierta ocasión pefectamente: un hombre con la inteligencia de un bóxer al que le hubiesen apaleado la cabeza de cachorro. Y así podría seguir. De este cuadro deprimente sólo salvaría a dos jerarcas: Goebbels, un hijoputa como la copa de un pino, pero un genio de la propaganda y la manipulación, y Albert Speer, un arquitecto y gestor más que competente y que fue uno de los pocos nazis capaz de mantener unos niveles de decencia humana.

¿Cuál de todos éstos fue el más inepto? JdJ opina que Hess. No está mal escogido, pero JdJ hace trampa, porque Hess jugaba en una categoría aparte. Pienso que Hess tenía serios problemas mentales y por eso no me parece justo incluirlo en este concurso de ineptitud. Sería como introducir a un parapléjico en un campeonato de salto con pértiga; no sería justo para el parapléjico. Eliminado Hess, me parece que la opción más obvia es la de Joachim von Ribbentrop.


Von Ribbentrop entró en la jerarquía nazi merced a un malentendido. Von Ribbentrop ideológicamente estaba más próximo a los conservadores nacionalistas. Pero a comienzos de los 30 se dejó atraer por los nazis, cuando se le dijo que el partido necesitaba a cosmopolitas como él y que si se incorporaba al partido se vería recompensado más tarde. Esta oferta tocó dos de sus puntos flacos: era un trepa y era muy vanidoso. El malentendido al que me refiero es el siguiente: Hitler era un hombre muy poco viajado. A comienzos de los 30 su experiencia vital se reducía a la bohemia vienesa, las trincheras de Francia y el ambiente macarra de las cervecerías muniquesas. Cuando conoció a Von Ribbentrop, éste le pareció el colmo del refinamiento: un comerciante de vinos y champán, que hablaba inglés y francés y se codeaba con lo mejor de la aristocracia inglesa y francesa. Alguien con más mundo habría sabido ver a Von Ribbentrop como lo que era: un arribista acomplejado, un poco viajado, al que la aristocracia aceptaba porque sus licores le eran útiles. Para cuando Hitler se quiso dar cuenta de su error, ya era demasiado tarde.

Von Ribbentrop hubiera querido un alto cargo en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Hitler, que desconfiaba de las burocracias, sobre todo de aquéllas lastradas por el peso de la tradición, le ofreció algo más codicioso: ser su agente diplomático informal. A Von Ribbentrop, con lo que le gustaban los títulos y los honores, le supo a poco, pero aceptó y se entregó al oficio con su mentalidad de viajante de comercio. Había que vender la Alemania nazi igual que se vendían los champanes franceses. El producto que vendía era el de una Alemania anticomunista, preparada para crear un vasto frente antibolchevique, que deseaba la devolución de sus colonias, aunque podía olvidarse del tema a cambio de que le dejaran manos libres en Europa Oriental.
Aunque en esos primeros viajes no tuvo ninguna metedura de pata memorable, ya dejó ver sus carencias. La primera era su tendencia a repetirse y a no escuchar. Otra era su tendencia a interpretar la cortesía diplomática como una indicación de acuerdo. Cuando un diplomático te escucha sin rechistar y luego te acompaña hasta la puerta y te despide con una palmadita en la espalda, en realidad te está mandando a tomar por culo. Más defectos de Ribbentrop: su poca perspicacia política, que le llevaba a entrevistarse con segundones y medianías, porque nunca se daba cuenta de dónde residía el poder verdadero; su convicción de que era más importante de lo que era, lo que le llevaba a formular promesas que luego no podía mantener; su gusto por lo secreto y lo conspiratorio, que no se daba cuenta de que en las negociaciones hay cosas que deben hacerse a plena luz y otras que requieren discreción y no deben hacerse abiertamente; y para rematar, era un hombre con un fuerte complejo de inferioridad, que le hacía ser muy sensible ante cualquier ofensa real o imaginada. Tan pronto se sentía ofendido, que era casi siempre, dejaba de comportarse de una manera racional y personalizaba el asunto.

Al vanidoso de Von Ribbentrop no le bastaba con ser el agente diplomático informal de Hitler. Quería un título, un nombramiento y en abril de 1934 lo obtuvo: Comisario para el Desarme. Un ejemplo de su manera de actuar: apenas nombrado, Hitler le encargó que viajase a Londres y Roma para sondear su reacción ante las denuncias francesas de la política de rearme alemana. Von Ribbentrop llegó a Londres de manera dramática, como si fuese un personaje de película de espías. Afirmó que se trataba sólo de una visita de negocios, pero se dejó tirar de la lengua y confesó que iba a tener una reunión también en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Parece que pretendía hacer creer a los franceses que estaba en negociaciones secretas con los ingleses. Lo que consiguió fue cabrear a los ingleses, que empezaron a desconfiar de él. Nuevamente había olvidado que hay un momento para conspirar y otro para hablar de frente.

Durante los meses que ocupó el cargo, Von Ribbentrop consiguió alienarse las simpatías que aun le profesaban los ingleses con su torpeza y sus obvios intentos de abrir una brecha entre Francia y Gran Bretaña. Pero él nunca se dio cuenta de eso. No fue capaz de penetrar más allá de la fina cortesía y aún más fina ironía británicas. Lo curioso es que sus informes siempre optimistas y vanagloriosos sobre sus visitas fueron creídos por Hitler, a quien le divertía que un diplomático aficionado (al igual que él, que era un estadista aficionado) se metiese en el terreno de los diplomáticos profesionales.

En junio de 1935 Von Ribbentrop acudió a la Conferencia Naval de Londres como Embajador at large. Lo primero que hizo fue excluir al Embajador alemán en Londres de todo acceso a las negociaciones. El pobre Embajador para enterarse de lo que estaba ocurriendo en la sala negociadora tenía que reunirse a escondidas en los baños con el agregado naval de la Embajada. No quiero pensar en las explicaciones que hubiera tenido que dar el Embajador si les hubiesen pillado allí. «Oiga, que no es lo que se piensa, que es que estamos deliberando.» Von Ribbentrop tuvo en esa Conferencia la suerte del novato. Nada más empezar lanzó un ultimátum: o los británicos aceptaban que la Armada alemana tuviese el 35% del volumen de la Armada britanica o se retiraban de la Conferencia. Fue un farol brusco, pero funcionó. Los británicos estaban convencidos de que si los alemanes se iban de la Conferencia sin un acuerdo, harían lo que les diera la gana (ignoraban que era eso lo que pensaban hacer con acuerdo o sin acuerdo). Mejor comprometerles a un acuerdo que no satisfacía del todo a los británicos, que dejarles por libre. Von Ribbentrop pudo venderle el éxito a Hitler, mientras le hacía guiños, indicándole lo buen Ministro de Asuntos Exteriores que sería.

En mi opinión fue en julio de 1936 cuando finalmente la Ley de Murphy se le aplicó a Von Ribentrop y fue ascendido a un puesto en el que su incompetencia quedaría de manifiesto: Embajador en Londres. El Embajador alemán, Leopold von Hoesch, el mismo que tenía que citarse en los baños con su agregado naval, había muerto unas semanas antes, tal vez envenenado por la Gestapo. El Ministro de Asuntos Exteriores, Konstantin von Neurath [nota de JdJ: futuro contertulio de Hess en Spandau], vio una ocasión dorada para deshacerse de ese metomentodo que estaba intentando moverle la silla. Propuso a Hitler que le nombrase Embajador en Londres. Von Neurath confiaba en que no sólo se lo quitaría de en medio, sino que Von Ribbentrop haría alguna cagada clamorosa que le pondría en evidencia ante Hitler. Göring, que también se esperaba lo peor, trató de advertirle a Hitler de que Von Ribbentrop era una mala elección y que de Gran Bretaña sólo conocía los güisquis. Hitler le replicó que también conocía a Sir Fulano y a Lord Mengano. La respuesta de Göring fue: «Sí, lo malo es que ellos también conocen a Ribbentrop».Von Ribbentrop, que entendía que se lo estaban quitando de enmedio, acogió el destino con un entusiasmo perfectamente descriptible.

Un ejemplo de la perspicacia diplomática de Von Ribbentrop es el encuentro que tuvo con Sir Robert Vansittart en agosto de 1936, mientras hacía sus preparativos para incorporarse a su nuevo destino. Vansittart era el Subsecretario Permanente del Ministerio de Asuntos Exteriores y uno de los pocos que supo ver desde el inicio la agresividad y expansionismos inherentes a la Alemania nazi. Von Ribbentrop en sus memorias señala que en ese encuentro Vansittart estuvo muy poco comunicativo y que él tuvo que llevar todo el peso de la conversación. No es así como Vansittart recordaría luego la conversación. Lo que recordaría fue que von Ribbentrop no le dejó meter baza. Vansittart pensó de él que era «superficial, aprovechado y no realmente simpático». También opinó que tenía «la vanidad herida de un pavo real en el momento del celo». Lo mejor es que cuatro días después de este encuentro, Von Ribbentrop escribió una nota a Hitler describiéndole su conversación con Vansittart y diciendo que éste estaba completamente de acuerdo con Hitler sobre el futuro de las relaciones exteriores y que creía posible un cambio en la actitud británica hacia Alemania. !Y este genio de la perspicacia iba a ser el que dirigiese las relaciones con Gran Bretaña en un momento tan delicado!

Von Ribbentrop no se incorporó a su Embajada hasta finales de octubre, para mosqueo de los ingleses; su falta de entusiasmo por el puesto era demasiado evidente. En un alarde de celeridad y eficacia, cometió su primera metedura de pata nada más pisar suelo inglés. Saludó a los periodistas ingleses que le esperaban con el saludo nazi (medio minuto de saludo, para que quedase bien claro que no había sido un movimiento reflejo del brazo) y les leyó un comunicado que él mismo había escrito. El comunicado abogaba por el entendimiento entre los dos pueblos en aras de detener la expansión del comunismo, «la más terrible de las enfermedades». Al día siguiente visitó al Ministro de Asuntos Exteriores, Sir Anthony Eden, y le informó de lo afortunados que eran los ingleses al tener como Embajador en Londres a un colaborador íntimo de Hitler, que podría transmitirles a la perfección sus pensamientos. Eden se lo agradeció, pero le recordo que para conocer lo que pensaba Hitler ya tenían al Embajador británico en Berlín, lo que esperaban de Von Ribbentrop era que transmitiese a Hitler lo que pensaban ellos, los británicos.

Los dos objetivos de Von Ribbentrop durante su Embajada fueron la recuperación de las colonias alemanas (una mera moneda de cambio para lograr lo que de verdad interesaba a Hitler: manos libres para sus ambiciones en Europa Oriental) y atraer a Gran Bretaña al Pacto Anti-Comintern. Para frustración de los británicos, a cambio de lo anterior, los alemanes no parecían dispuestos a ofrecer contrapartidas concretas sobre la seguridad europea. Von Ribbentrop acabó de estropear las cosas con su ineptitud para entender verdaderamente a los británicos. Por ejemplo, equivocó completamente su lectura de la abdicación del Rey Eduardo VIII, que vio como el resultado de una conspiración de los elementos anti-alemanes, que al final sería derrotada con la reinstauración del monarca en el trono. El lado bueno de la abdicación fue que le permitió presentar a Hitler una razón plausible del fracaso de su Embajada: la conspiración de un grupo anti-alemán que habían forzado la abdicación de un Rey pro-alemán y que había manipulado a una opinión pública que veía a Alemania con simpatía. Como eso se correspondía con los prejuicios del nada viajado Hitler, la trola coló.

Durante el segundo semestre de 1937, Von Ribbentrop estuvo más preocupado viajando y moviéndole la silla a Von Neurath que por el país ante el que estaba representando a su Gobierno. Sentía que había fracasado en su Embajada y que los ingleses le habían esnobeado. Ambas cosas eran ciertas, pero la segunda se la había trabajado a pulso. A partir de ese momento Von Ribbentrop se convirtió en un acérrimo anglófobo y partidario de la alianza entre Alemania, Italia y Japón. Justo a tiempo, porque los elementos más radicales del Partido ya abogaban por la guerra y el enfrentamiento con Gran Bretaña. Lo mejor es que siendo todavía Embajador en Londres participó en Roma en la firma del Pacto Tripartito del 5 de noviembre de 1937 que desprendía un claro tufillo antibritánico. Lo triste es que a finales de año Gran Bretaña dio pasos conciliadores (disposición a dar satisfacción a Alemania en el tema colonial, visita de Lord Halifax a Berlín y apartamiento de Sir Vansittart). Abrirse a ese acercamiento habría implicado dejar en la estacada a sus nuevos aliados, italianos y japoneses. En todo caso, aquí no se le puede echar toda la culpa a Von Ribbentrop. Las condiciones bajo las cuales Hitler queria acercarse a los británicos, hubieran sido inaceptables para éstos.

Y ya lo tenemos escalando el último escalón hasta la jefatura de la diplomacia nazi. Así pues, continuará...