domingo, abril 19, 2009

Ribbentrop (y 2)

Segunda parte de Una de ineptos, by Tiburcio Samsa.


En febrero de 1938 Von Ribbentrop consiguió finalmente su sueño de ser nombrado Ministro de Asuntos Exteriores. Hitler quería mover ya el avispero centroeuropeo y Von Neurath, conservador y prudente ya no le servía. En Nuremberg Von Ribbentrop alegaría que a partir de 1938 Hitler fue su propio Ministro de Asuntos Exteriores y en buena medida es cierto. Von Ribbentrop fue más un secretario ejecutor de las órdenes de Hitler que un decisor. Sólo tuvo margen de maniobra real en aquellos temas que a Hitler no le interesaban demasiado, como Oriente Medio, o donde todavía no había tomado una decisión.

Hitler escogió a Von Ribbentrop por su servilismo y lealtad perrunas; otro rasgo que le atraía de él era su inflexibilidad, un mal rasgo para un diplomático. Von Ribbentrop había desarrollado la habilidad de coger al vuelo las opiniones de Hitler y reelaborarlas de manera que sonasen como si fueran sus propias opiniones. Con ello Hitler quedaba siempre maravillado con la sintonía entre sus ideas y las de su Ministro. Pero, por lo demás, Hitler le encontraba envarado, aburrido, pomposo, carente de sentido del humor e irritante por su vanidad.

Recién designado, tuvo que tragar con no jugar más que el papel de comparsa en la anexión de Austria. Estaba tan fuera del juego, que la anexión en sí le pilló en Londres, despidiéndose de las autoridades británicas. Tuvo que pasar por la humillación de que fuesen los británicos los que le dijesen lo que estaban haciendo los alemanes en Austria en esos mismos momentos. Decidió que la próxima vez él tenía que estar en el candelero. Y la próxima vez fue Checoslovaquia.

Durante la primavera de 1938, mientras la crisis checoslovaca se desarrollaba, Von Ribbentrop se ocupó de empeorar las cosas con declaraciones tan belicosas, que hubo algún momento en el que el Embajador británico en Londres llegó a pensar que la guerra entre Alemania y Gran Bretaña era inminente. Al mismo tiempo, procuró reforzar los lazos con Italia y Japón con el fin de formar un frente común frente a los ingleses. La alianza con los japoneses es de destacar por lo estúpida: Von Ribbentrop eliminó dos décadas de relaciones estrechas en lo político y lo militar con China a cambio de sonrisas de unos japoneses que todavía no habían descartado la posibilidad de llegar a un acuerdo con los ingleses. Mientras hacía todo eso, Von Ribbentrop azuzaba a Hitler, asegurándole que hiciera lo que hiciera los ingleses no irían a la guerra. Vamos, la que estaba liando porque se había sentido esnobeado durante su etapa de Embajador en Londres. Desde luego necesitaba una terapia para manejar su agresividad.

Toda Europa recibió con alivio el Pacto de Munich de septiembre de 1938: no habría guerra en Europa a causa de Checoslovaquia. Toda Europa, menos Von Ribbentrop. Le habían privado de la oportunidad de zurrar a los ingleses. De hecho Von Ribbentrop hizo todo lo que estuvo en sus manos para torpedear las conversaciones. Göring y Von Neurath hicieron lo posible para mantenerle al margen de los asuntos. Aunque Von Ribbentrop fue quien rió el último. Firmados los acuerdos, Hitler le dijo que no se preocupase, que ese pedazo de papel no significaba nada.
Años más tarde, Von Ribbentrop se atribuiría todo el mérito del Pacto de No Agresión con la URSS. De anticomunista furibundo en 1936, cuando salió para Londres, había pasado a ser un rabioso anglófobo y ahora los soviéticos ya no le parecían tan malos. Lo cierto es que Von Ribbentrop no fue el único en aquellos años que vio atractivo un acercamiento a la URSS. Estaban los militares que recordaban la cooperación entre ambos Ejércitos en los años 20 bajo el Tratado de Rapallo, estaba Göring, que veía la necesidad de contar con las materias primas rusas, estaban los militares y diplomáticos que deseaban evitar una guerra en dos frentes como en 1914-18…Von Ribbentrop siempre consideró este Pacto su obra maestra. ¿Hasta qué punto se le puede dar todo el crédito por él? Cierto que apoyó con entusiasmo el acercamiento a la URSS, pero no fue el único en Alemania que vio la necesidad de ese acercamiento. Además, en esta ocasión no cometió ninguna pifia memorable. Creo que le podemos otorgar al menos la mitad del mérito.

Incluso en ese momento de triunfo, Von Ribbentrop se las apañó para convertir una victoria en derrota. Con su tendencia a tomar sus deseos por realidades y a sobreestimar los aspectos positivos de las cosas, le había vendido a Hitler que el Pacto Germano-Soviético haría que los británicos retirasen su garantía a Polonia y que Italia reforzase su alianza con Alemania. Nada de eso ocurrió. Von Ribbentrop se encontró con que le había vendido a Hitler más bienes de los que tenía y ahora existía el riesgo de que la invasión de Polonia acarrease una guerra contra Francia y Gran Bretaña que Alemania tendría que combatir sin el apoyo italiano. Durante los días previos a la invasión de Polonia, cuando los británicos intentaban desesperadamente salvar la paz, Von Ribbentrop jugó una influencia nefasta. Tenía ganas de darles fuerte a los polacos y además estaba convencido de que las democracias occidentales no irían a la guerra por Polonia. Cuando el 2 de septiembre se recibió en Berlin el ultimátum británico, Von Ribbentrop aún tuvo los arrestos de decirle a un cabreado Hitler que seguía creyendo que tenía razón y que los británicos no irían a la guerra. Es probable que en agosto de 1939 sin el espoleo de Von Ribbentrop, Hitler se habría tomado más en serio el riesgo de guerra con Francia y Gran Bretaña y habría cancelado la invasión de Polonia.

Una vez hubo empezado la guerra, Von Ribbentrop empezó a ver cómo su importancia disminuía y corría el riesgo de convertirse en irrelevante. Eran los militares y los responsables económicos los que habían tomado todo el protagonismo. Todos se estaban cubriendo de gloria, menos él. Además, una consecuencia de la guerra y de las conquistas alemanas, es que cada vez eran menos los países con los que Alemania mantenía relaciones diplomáticas. Así empezaron para él unos años de actividad frenética, magros resultados y broncas continuas por parte de Hitler.

La campaña de Polonia la pasó en el tren militar de Hitler. Curioso lugar para un Ministro de Asuntos Exteriores, que hubiera debido estar en Berlin parando golpes. En 1940, como entendió que la cuestión judía era de máxima importancia para Hitler y no quería estar lejos de los focos, se convirtió en un defensor de la opción de deportar a todos los judíos a Madagascar. Hay que decir que Von Ribbentrop no era antisemita, pero, por otro lado, jamás se hubiera enfrentado a Hitler por un tema que al Führer le importaba tanto como eran los judíos. La actitud de Von Ribbentrop sobre el Holocausto está a tono con la cobardía moral de la que solía hacer gala: se puso anteojeras y procuró no ver lo que estaban haciendo con los judíos, aunque en el fondo sabía mucho más de lo que hubiese querido. También pasó 1940 elaborando planes sobre cómo sería Europa tras la victoria alemana. Su idea era la de una suerte de unión aduanera y monetaria en beneficio del Reich. Europa sería una suerte de federación, en la que uno de los federados sería mucho más que un simple federado. Otra área en la que trató de inmiscuirse fue Francia, de la cual le habían apartado. Aunque consiguió que Asuntos Exteriores tuviera formalmente algo que decir sobre la Francia de Vichy, su influencia fue escasa y nunca logró que Hitler alterase sus opiniones furiosamente anti-francesas.

Cabe decir en crédito de Von Ribbentrop que en la segunda mitad de 1940, cuando Hitler empezó a planear la invasión de la URSS, fue de los pocos que consideraron esa invasión una locura. Recordó a Hitler lo que había dicho en su día Bismarck, que nunca había que dar demasiado crédito a las opiniones de los aficionadillos sobre la debilidad rusa. Von Ribbentrop estimaba con total lógica que Alemania tenía más que ganar de la amistad con la URSS que de una guerra contra ella y que era esencial terminar primero con los británicos. Más allá de la sensatez de estas opiniones, estaba el hecho de que Von Ribbentrop veía cómo Hitler se disponía a derribar el edificio del Pacto Germano-Soviético, que consideraba como un proyecto suyo y del que estaba tan orgulloso.

Von Ribbentrop intentó en esos meses un par de combinaciones diplomáticas imaginativas dirigidas contra el Imperio Británico. Una fue crear un gran bloque euroasiático compuesto por Alemania, Italia, Japón y la URSS. Esta idea estuvo condenada desde el principio al fracaso, dado el anticomunismo visceral de Hitler y la razonable desconfianza rusa. La otra fue la de crear un frente antibritánico en el Mediterráneo uniendo a España, la Francia de Vichy e Italia a Alemania. Hitler hizo algunos esfuerzos con poca convicción en esa dirección con las entrevistas que mantuvo ese otoño con Franco, Petain y Mussolini. La posibilidad de que esa estrategia mediterránea funcionase siempre fue baja. Hitler no estaba realmente interesado en ella y los intereses de los tres países eran demasiado contrapuestos como para que hubiera sido posible acomodarlos. Para finales de 1940 resultó evidente que estas ideas quiméricas de Von Ribbentrop habían fracasado y que el camino que la diplomacia alemana iba a seguir era el de la guerra con la URSS.

Uno de los principales defectos de Von Ribbentrop era su servilismo para con Hitler. Siempre quería agradarle y una bronca fuerte por parte de éste (y durante la guerra hubo bastantes) podía bastar para dejarle postrado en cama con una depresión durante varios días. Aunque a Von Ribbentrop le diese yuyu el ataque a la URSS, como eso era lo que había ordenado el señorito, se entregó en la primera mitad de 1941 a los preparativos diplomáticos de la Operación Barbarroja.

A Von Ribbentrop le tocó procurar que los italianos no se enteraran de los preparativos militares alemanes contra la URSS. A estas alturas de la guerra, los alemanes habían empezado a cansarse de esos aliados que no conseguían conservar ni las posiciones militares ni los secretos. El 2 de junio, 20 días antes del inicio de Barbarroja, Von Ribbentrop aún tuvo la cara dura de decirle al Ministro de Asuntos Exteriores italiano, Ciano (al que detestaba), que los rumores sobre un próximo ataque alemán contra la URSS «carecían de fundamento o al menos eran excesivamente prematuros». Me pregunto cómo se tomaría Ciano la segunda parte de la frase.

Otro aspecto de la invasión que interesó sobremanera a Von Ribbentrop, al igual que a otros líderes nazis, fue la parte del botín ruso que le correspondería. Von Ribbentrop confiaba en que Rusia se despiezase en varios Estados soberanos (más o menos lo que Gorbachov y Yeltsin consiguieron cuarenta y cinco años después) en los que se establecerían gobiernos títeres. Para ello harían falta diplomáticos que ayudasen a crear las administraciones civiles de los nuevos estados y que dependerían de él. Hitler le tenía reservada una sorpresa desagradable: la administración civil sobre los territorios ocupados dependería de Alfred Rosenberg, un viejo rival de Von Ribbentrop. La única compensación que logró extraer fue que el Ministerio de Asuntos Exteriores podría enviar diplomáticos como consejeros y observadores, pero sin ningún poder. Es más, con su habitual falta de tacto, cabreó tanto a Hitler que hasta esa pequeña concesión le fue recortada: los consejeros no podrían aconsejar, sino simplemente elevar informes a Von Ribbentrop, copia de los cuales tendrían que dar a Rosenberg. Cuando el 16 de julio varios de los principales jerarcas se reunieron para debatir sobre la ocupación del territorio soviético, ni tan siquiera se molestaron en convocar a Von Ribbentrop.

Todos estos meses de intentar disuadir a Hitler del ataque contra la URSS, primero, y de tratar de forjarse una esfera de influencia en la Rusia ocupada, después, pasaron factura a las relaciones entre Hitler y Von Ribbentrop. Las tensiones acumuladas entre ambos estallaron el 28 de julio por un incidente trivial: la petición de Von Ribbentrop de que los diplomáticos pudieran también recibir una condecoración recientemente creada por valentía. Esa fue la gota que colmó el vaso. Hitler le echó una bronca que se escuchó en Londres. Von Ribbentrop tomó la decisión de recuperar a toda costa el favor de su amo y se propuso no volver a contradecirle jamás.

En esos meses Von Ribbentrop volvió a tener uno de esos errores de juicio que costaron tan caros a Alemania. Von Ribbentrop había pasado cuatro años en su juventud en EEUU y afirmaba que conocía bien el espíritu norteamericano; lo mismo que había dicho de los británicos, sobre la base del güisqui que les vendía. Von Ribbentrop afirmaba que EEUU no era un enemigo a tener en cuenta. La política exterior de Roosevelt era puro farol. El armamento norteamericano era una basurilla. EEUU era un país sin cultura ni soldados, era un país judaizado incapaz de convertirse en una raza de guerreros y ases aéreos. Siendo un país mestizo, era una nación moralmente inferior. Si decidiesen entrar en la guerra, los japoneses podrían vencerlos con facilidad. Hay perlas de sabiduría que al historiador le dejan sin palabras. No creo que Hess hubiera podido mejorar estas afirmaciones.

Tras la entrada en guerra de EEUU, Von Ribbentrop se encontró con que era un Ministro de Asuntos Exteriores con muy pocos asuntos que tratar. Ya eran muy pocos los países que seguían manteniendo relaciones diplomáticas con la Alemania nazi y de éstos, varios no pasaban de la categoría de vasallos y las relaciones con ellos ya no eran tan «exteriores». Otros jerarcas nazis se habían entrometido en sus áreas de influencia, mientras que él no había conseguido hacer lo mismo en las de ellos. Von Ribbentrop era un hombre vanidoso y desocupado, ansioso por meterse donde no le llamaban. Es ahora que la etapa ridícula de su vida da paso a la etapa patética.

Un ejemplo de las actividades a las que se entregó en aquellos años: en la primavera de 1942 organizó en una reunión en Berlin con todos los caucasianos que pudo encontrar, desde ex-príncipes hasta intérpretes de balalaika de los clubes. El objetivo era crear un embrión de gobierno del Cáucaso en el exilio. Rosenberg se indignó ante esa invasión de sus competencias y denunció ante Hitler que la reunión era un nido de espías aliados. El resultado fue que Hitler le dijo a Von Ribbentrop que se metiera en sus propios asuntos, que el Ministerio de Asuntos Exteriores no tenía nada que hacer con países con los que Alemania todavía estaba en guerra. Otra iniciativa «peculiar» de von Ribbentrop en aquellos años: ofrecer a Churchill y Roosevelt el «regalo» de un millón de judíos, con la idea de que ello entorpecería el esfuerzo bélico aliado.

Von Ribbentrop había sido siempre un peso ligero dentro de la jerarquía nazi y en aquellos años lo fue todavía más. Quienes pensaban que debían entablarse conversaciones con los Aliados, creían que Von Ribbentrop no debía dirigirlas. Goebbels intentó suplantarlo. Himmler también pensaba que no había alternativa política para poner fin a la guerra mientras Von Ribbentrop estuviese al frente de la diplomacia alemana. Hasta en su propio Ministerio había quienes conspiraban contra él, entre otras cosas, por encontrarle demasiado tibio en lo que respectaba a la cuestión judía. Lo que salvó a Von Ribbentrop al final fue el aprecio de Hitler hacia su lealtad lacayuna y que dentro del ambiente de celos que predominaba en la jerarquía nazi, cada uno prefería a un débil Von Ribbentrop al frente de Asuntos Exteriores, que no a un rival más poderoso.

Para el verano de 1943, las relaciones diplomáticas alemanas se reducían a seis territorios ocupados (Francia, Grecia, Croacia, Serbia, Dinamarca y Eslovaquia), dos marionetas japonesas (Manchuria y el gobierno chino de Nanking), seis aliados (Italia, Japón, Finlandia, Rumanía, Bulgaria y Hungría) y ocho neutrales (España, Portugal, Suecia, Suiza, la Santa Sede, Argentina, Turquía e Irlanda).Von Ribbentrop, acosado internamente y más o menos consciente de que Alemania ya no controlaba los acontecimientos, se entregó a una actividad tan frenética como inútil. Una de sus preocupaciones fue aumentar el tamaño del Ministerio de Asuntos Exteriores, que en 1943 llegó a tener tres veces más personal que el que tenía en 1938, cuando Alemania tenía relaciones con el triple de países. Otra preocupación: que varios traductores tradujesen un libro ilegible (El bolchevismo soviético tras los pasos del imperialismo zarista) a varios idiomas, con el objetivo de distribuirlos a todas las embajadas en el extranjero.

Pero no todo lo que hizo Von Ribbentrop en aquellos años fue igual de insensato. Él fue de los que quisieron que Alemania llegase a algún tipo de pacto con la URSS en el 43. Con Hitler en el poder, resultaba imposible, pero según se estaban poniendo las cosas de negras en el frente militar, tal vez fuese la única posibilidad de salir de la guerra un poco airosos. También convenció en los primeros meses de 1944 que no había que invadir Hungría, lo que crearía una diversión de fuerzas, sino que había que mantener al Almirante Horthy en el poder, pero sometiéndole a presión y obligándole a nombrar un gabinete más germanófilo. El problema de siempre con Von Ribbentrop es que, aunque era capaz de hacer juicios sensatos sobre la situación internacional, su devoción por Hitler le cegaba y acababa convirtiéndose en el ejecutor, y a veces en el corifeo, de decisiones diplomáticas absurdas.

Los últimos momentos del régimen nazi tienen algo de farsa patética. Los jerarcas intentan mantener el tipo, como si no estuviesen al borde del abismo, como si todavía hubiese un mañana de poder y gloria para ellos. Von Ribbentrop alcanzó en el final de 1944 y primeros meses de 1945 el colmo del patetismo. Toda una vida de vanidad le impedía aceptar que era un Ministro desprestigiado de un régimen agonizante. De estos meses quiero contar algunas anécdotas sobre este Von Ribbentrop cada vez más alejado de la realidad.

En noviembre de 1944 Hitler aceptó la formación de un Ejército de Liberación Nacional ruso mandado por el ex-general soviético Vlassov. Von Ribbentrop luchó para que el Ejército tuviera un componente político con el objetivo de meter finalmente la cuchara en los asuntos rusos… en un momento en el que Alemania ya no controlaba ningún territorio en la URSS. Se creó el Comité Vlassov y Hitler aceptó que, aunque no fuera soberano, el Ministerio de Asuntos Exteriores gestionase sus inexistentes relaciones internacionales.

En cierta ocasión, Von Ribbentrop y Goering entablaron delante de Hitler una disputa sobre quién de los dos estaría más cerca de Hitler en la lista de criminales de guerra que elaborasen los norteamericanos. No sé quién ganaría la discusión. En el mundo real la ganó Goering, pero Von Ribbentrop obtuvo la consolación del conseguir el segundo puesto.

En diciembre de 1944 una de las cuestiones que quitaron más el sueño a Von Ribbentrop fue la de la constitución del gobierno francés en el exilio. Von Ribbentrop deseaba que el fanático Doriot reemplazase a Fernando de Brinon como jefe del gabinete. Todo el mes de enero de 1945, fracasada ya la ofensiva de las Ardenas, Von Ribbentrop se lo pasó intentando reconciliar a los dos grupos, que se odiaban más entre sí que a los Aliados. Fueron los Aliados lo que resolvieron la trifulca: un bombardeo aliado acabó con Doriot el 22 de febrero.

En febrero de 1945, Von Ribbentrop decidió que había llegado el momento de corregir algo de lo que siempre le habían acusado: la falta de contacto con los diplomáticos destinados en Berlin. Nada más oportuno en aquellas circunstancias que organizar tés semanales en su casa con lo que quedaba de cuerpo diplomático. Los pobres invitados a cambio de un té con pastas tenían que soportar interminables monólogos sobre el peligro bolchevique y la victoria alemana. En uno de los tés, en el mes de marzo, Von Ribbentrop apareció con una gran noticia en el frente diplomático: ¡la suspensión del acuerdo económico entre Turquía y la URSS! Me imagino la cara de consternación que debieron de poner los invitados. Se preguntarían entre sí si no debería alguien informar a Von Ribbentrop de que los rusos estaban a 100 kilómetros de Berlin.

Y la guinda: el 23 de abril en el búnker de Hitler. De pronto Von Ribbentrop descubre que el Ministro de Armamentos Albert Speer ha estado discutiendo con Hitler un plan para evacuar a los gerentes de Skoda Works al oeste, para evitar que caigan en manos de los rusos. Von Ribbentrop tuvo una rabieta, porque consideraba que el asunto tenía una faceta diplomática y nadie le había consultado. Al final tragó, a condición de que en la resolución constase que había sido a iniciativa del Ministro de Asuntos Exteriores.

La imagen que Von Ribbentrop dejó de sí en Nuremberg fue la de un pobre hombre, que todavía admiraba a Hitler y que intentaba exculparse por sus acciones, ofreciendo relecturas de la Historia cuando menos peculiares. Fue en ese encarcelamiento cuando tuvo que sufrir la última afrenta a su dignidad: le leyeron el último testamento de Hitler y observó con completa estupefacción que no le mencionaba en ninguna parte. Después de dos horas de convencerle de que efectivamente Hitler no había pensado en él en sus últimos instantes, Von Ribbentrop exclamó con amargura que cómo era posible aquello, con todo lo que le había aguantado, con todo lo que le había dado. Y concluyó diciendo: «Esto me hiere más que cualquier otra cosa que pudiera haberme hecho».

Una valoración final sobre Von Ribbentrop sería que no era un completo estúpido, pero que sus buenas cualidades se vieron siempre ensombrecidas por su vanidad y por un complejo de inferioridad, que le hacía ser poco diplomático, pomposo y distante. Su servilismo hacia Hitler, con el que casi tenía una relación sado-masoquista, le nubló a menudo su mejor juicio. Y un último defecto, que para un Ministro de Asuntos Exteriores es anatema: tomarse las cosas como algo personal.