miércoles, marzo 11, 2009

Álvaro de Luna, o el parto de España (y 7)

Bueno, como hoy esto se acaba, es el momento de recordarte que las líneas siguientes sólo son la continuación de otras tantas que están en unos cuantos capitulitos: el primero, el segundo, el tercero, el cuarto, el quinto y el sexto. Así los tienes todos aquí juntos.

¿Cuál fue el motivo de la huida de Enrique de Castilla? Pues, simple y puramente, la pasta. Alguno de los terratenientes que había perdido en aquella pelea, como el almirante de Castilla, había solicitado de Enrique que se encargase de sus haciendas en tanto en cuanto durase su desgracia política; algo que todo el mundo, conociendo a Juan II El Pendular, tampoco esperaba que durase mucho. Enrique, a la menor insinuación que pudo haber (y lo decimos así porque las crónicas contemporáneas no son prístinas al respecto) de que tal vez alguno de los activos embargados no iba a caer en sus zarpas, resolvió volverse contra su padre y poner la disponibilidad de las riquezas como condición necesaria, y tan sólo quizás suficiente, para apoyar a su padre.

Esta anécdota tiene su importancia, a mi modo de ver, para entender un poco mejor a Isabel de Castilla. Que Isabel y Fernando se desempeñaron con sus competidores, nobles y coronados, con una notable crueldad, es algo que está fuera de toda duda. Pero también hay que tener en cuenta que este tipo de cosas estaban al cabo de la calle y que los católicos reyes, de alguna manera, resolvieron acabar con ellas. En una nación moderna, un hijo no se vuelve contra su padre, poniendo con ello en peligro la estabilidad de la nación y de la propia corona, por un quítame allá esas tierras. Y, pensaría Isabel algunos años más tarde, si para hacerlo entender hay que dar una mano de hostias, pues se da, y punto.

Juan II, en fase Deep, Deep Blue, se bajó los gayumbos y acabó resolviendo incluso el perdón del almirante de Castilla, lanzando una vez a sus enemigos el mensaje claro de que una represalia castellana duraba menos que un mantero en la acera de la calle Fernando el Santo.

En 1447 el rey Juan, que ha enviudado ya de María de Aragón, concierta una nueva boda-alianza. Como la cosa con Aragón no ha ido bien precisamente, prueba con el punto cardinal que le queda y concierta con Joao de Portugal su boda con la hija de éste, Isabel. Probablemente, Álvaro de Luna fue muñidor de este acuerdo, cuyas ventajas en materia de política exterior hasta Moratinos muerto de sueño sería capaz de ver. Sin embargo, lo que él no sabía es que esa boda, a la larga, le costaría el cuello.

De hecho, es más que probable que esta boda fuese cosa del privado, pues sabemos que Juan se cogió un mosqueo del 42 cuando supo lo de la boda, pues él, en realidad, quería casarse con la hija del rey de Francia, de nombre Regunda, que al parecer estaba más buena; bueno, lo que nos dicen las crónicas es que estaba como para dejar un rastro de baba masculina desde La Coruña hasta Vladivostok. Fruto del casorio real del rey (obsérvese la aliteración) con Isabel de Portugal sería Isabel de Castilla, la reina católica; así pues, de haber hecho el rey lo que su glande le dictaba, Isabel habría sido Regunda y quien sabe si no habría reinado en Castilla también, también casándose con Fernando. En ese caso, ¿cuál sería el lema que habríamos aprendido en la escuela? En lugar de «tanto monta monta tanto, Isabel como Fernando», quizá sería, «sea Fernando o sea Regunda, da igual quién te funda».

Todos sabemos que Isabel de Castilla era mujer recia a la que le gustaba mandar más que a mí el chorizo cular. Y conste que yo, por un buen chorizo cular, soy capaz de muchas cosas, un tercio de ellas humillantes. La pregunta es: si padre era un péndulo agilipollado y el más resolutivo de sus cortesanos estaba muerto cuando ella empezó a dar sus pasos de razón, ¿de dónde pudo haber sacado ese carácter?

Pues de quién va a ser. De Lisbeth La Lusa. Que era de armas tomar.

Isabel de Portugal llegó a la corte castellana para mandar. A la tercera o cuarta vez que el De Luna se le intentó imponer, se dijo: hasta aquí has llegado, chaval.

Mi reconstrucción de las cosas es tal que así. Juan de Castilla era un rijoso. Uno de esos tipos que comen y beben a lo bestia, y cuando le dan descanso a la circulación sanguínea por ambos motivos les gusta sacar a pasear el fornicio, y no precisamente para hacer aguas. Esto Isabel de Portugal lo sabía y, ambiciosa que era, quería aprovecharlo para poner sobre la tierra un infante, o en su defecto una infanta, que tuviese tiempo y posibilidad de pelearle a Enrique el liderazgo de Castilla. Para eso necesitaba embarazarse y, por eso, nada más casarse, empeñó sus fuerzas en que su señor esposo, aún siglos antes de inventarse el ferrocarril metropolitano, soñase cada noche con la estación de Empalme, no sé si me explico. Álvaro de Luna, sin embargo, andaba preocupado con la salud de su rey, así pues le aconsejaba morigeración. Cual trigonometra meticuloso, se pasaba el día salmodiando al oído de su señor: «deje en paz los senos, mi Señor». Pronto comprendió la portuguesa que su problema era el condestable, así que resolvió quitarlo de en medio.

Curiosamente, esto es algo que suele pasar, el momento de decadencia de Álvaro de Luna viene a coincidir, engañosamente, con tiempos que parecen los mejores para él. Por esos años, en efecto, el condestable logra la detención masiva de la mayor parte de los nobles que en Olmedo estaban frente al rey, todos ellos protegidos del príncipe Enrique, lo cual inmediatamente malquistó a éste con su padre.

Isabel ya está en fase de diseñar asesinatos en la persona de Álvaro de Luna. Lo intenta en Madrigal de las Altas Torres, donde simula una pelea para hacerle salir a mediar para ser asaeteado, pero el condestable se lo huele y hace salir a uno de sus parciales en su lugar. Aunque los escritores pro-De Luna quieren pintar aquí a un viejo de unos sesenta años que todo lo que trata es de esquivar su destino, yo creo que esa visión es demasiado positiva. Doy por cierto que De Luna intentó acuerdos con los privados del príncipe Enrique, el marqués de Villena y Pedro Girón, maestre de la orden de Calatrava, para intentar algo así como un golpe de Estado desde dentro para, mediante la concertación, controlar a los coronados desde la privanza.

Terreno resbaladizo, pues. Sólo cuestión de tiempo que se cometiese un error.

En 1453, en Burgos, llega el Viernes Santo y la corte se va a misa, como es de ley. Allí, un fraile dominico se encarga de la homilía, en la que, aún sin nombrarle, se dedica a poner al condestable de tonto del culo para abajo. El mosqueo que se coge el apelado es fortísimo y, en las averigüaciones que hace llega a la conclusión, quién sabe si cierta o falsa, de que su criado Alonso Pérez de Vivero, que hasta ha sufrido prisión por él, estaba concertado con el fraile. Al parecer, tenía unas cartas que demostraban la traición. Así que citó a su criado en la alta torre de su posada y, una vez allí, lo tiró por la ventana, haciendo papilla de subalterno.

La muerte de Alonso Pérez de Vivero fue el hecho que necesitaba Isabel de Portugal para vencer las últimas resistencias del rey Juan, el cual, de todas formas, no era ningún hacha manteniendo su opinión. Se dictó cédula contra el condestable. Éste fue cercado en su posada burgalesa, después de haber cometido el segundo error fatal, que fue no huir a Escalona a tiempo. Al parecer, estando ya sitiado logró huir, pero volvió a la posada, probablemente por darse cuenta de que estaba demasiado viejo, y era demasiado principal, como para ser un fugitivo del rey. Además, ¿quién le daría asilo? Todo en derredor de Castilla, no había sino enemigos suyos.

Vuelto a la posada, y con el mismo rey conminándole a rendirse desde la plaza de la Carnicería, plenamente consciente de lo que iba a pasar, Álvaro de Luna se despide de su lujoso vivir con una comilona a la que invita a todos sus parciales. Luego reparte los dineros que allí tiene, que son muchos. Signo de que el condestable no era ningún santo es que reserva veinte mil florines (un pastón) para lavar su conciencia «por cosas adquiridas y habidas sin entera justicia»; o sea, que bien sabía que las había robado.

Esta comida se celebró, en parte, porque el rey había firmado a favor del De Luna un seguro a favor de su integridad física y la seguridad de los suyos. Nada más entregarse el condestable, sin embargo, Juan de Castilla se cagó y se meó en sus propios compromisos, prendiendo a los hombres del condestable y quitándoles el dinero que éste mismo les había dado. Ole con ole la honradez coronada.

El proceso de Álvaro de Luna fue una chapuza. No hubo declaración del acusado, ni gestiones probatorias. Bastó con la palabra del rey para condenarlo. El rey, su amigo. Lástima para don Álvaro que el proceso le pillase con la ciclotimia a la remanguillé.

Por la vallisoletana calle de Francos, luego por Esgueva, la Plazuela Vieja, Cantarranas y Costanilla fue la comitiva con el rey. Sin mostrar emociones especiales, se acostó boca abajo, y el verdugo, experto segador de cuellos, hizo el resto.

El bachiller Cibdareal, personaje probablemente de ficción que esconde a algún notable de aquella Corte, cuenta en su crónica de aquellos tiempos que al año siguiente de la ejecución, en el momento de sentirse morir, Juan II de Castilla habría de confesarle que «naciera yo fijo de un mecánico, é oviere sido fraile del Abrojo, é no Rey de Castilla». Desde luego, macho. Que eres uno más de los que en nuestra Historia demuestran que la presunta eficiencia de la herencia de sangre es algo que hay que tomarse con muchas, pero muchas, prevenciones, está más que claro. Qué gran fraile rijoso se perdió Castilla, y qué enorme cantidad de problemas ganó a cambio.

De los momentos jodidos, sin embargo, los listos aprenden. Esto lo sabe casi cualquiera que alguna vez haya estado casado, y las naciones no son muy distintas. Castilla alcanzó, con Juan II, y muy a pesar de que Álvaro de Luna fue un estadista no exento de amplitud de miras, un punto crítico de disolución y debilidad. Por el mosaico que en estas notas os he querido pintar habéis visto pasar nobles que se sienten más fuertes que su rey, naciones menores que quieren arremeter contra sus potencias, pueblos levantados en ira, familias rotas que en su ruptura reflejan la ruptura de la nación de la que se supone son la quintaesencia.

Pero ya lo he dicho: hay gentes que aprenden.

Juan de Navarra, el hermano de Enrique de Aragón, AKA Tú Date La Vuelta Que Yo Te La Meto, eterno jugador del Teto dinástico, era mucho más listo que su hermano. Maniobrero, lo era un rato. Pero también era un estadista ya moderno, capaz de entender que las naciones tenían que ser algo más que pedazos de tierra que los leones se disputan a base de matarse entre ellos. En 1453, el mismo año que desaparece su gran enemigo político, Álvaro de Luna, nace en la única villa española con nombre de arroz su gran proyecto, a quien pondrá por nombre Fernando. Fernando de Aragón se criará a los pechos de su padre, en crianza que no será nada fácil porque imponerlo como rey de Aragón no fue nada fácil. Pero todas las dificultades fueron vencidas por Juan, todo voluntad, que por llevar adelante sus proyectos fue capaz de sacrificios tan brutales como someterse a una operación de cataratas (ojo: sin anestesia ¡Aaaaay!) para recuperar la vista.

Fruto de ese concepto moderno, renacentista, de estadista cabrón, despiadado, pero estadista al fin y al cabo, nacerá España. Para bien, o para mal. Eso, cada uno según le vaya el viento.

Nación que enterró en sus cimientos a la que quizá fue la última víctima del mundo de ayer, de la desestructurada y demasiado sencilla visión medieval de las cosas: Álvaro de Luna, condestable de Castilla, privado del rey. Esta opinión es una imposible ucronía, pero al menos yo pienso que Álvaro de Luna, de haber vivido más y sobre todo haber podido dejar en la Corte castellana la impronta de su saber, jamás habría sentado las bases para una unión de las coronas castellana, aragonesa y navarra. Su mundo era un mundo en el que los leones no cazaban en manada, sino que se mataban entre ellos.

Si yo fuese un historiador marxista de ésos que ven la Historia como una especie de engranaje que se mueve siempre hacia donde ha de moverse, diría pues que Álvaro de Luna, más que víctima de las ambiciones de una reina lista, fue víctima de los tiempos. Murió porque tenía que morir. España estaba de parto y había que hacerle sitio al bebé.