viernes, mayo 09, 2008

El Arco de Triunfo

La legislación vigente en España establece la obligatoriedad de eliminar los signos externos del franquismo. Por muy discutible que sea el concepto, la ley es la ley, ha sido democráticamente votada y, por lo tanto, debería cumplirse; igual que otras, por ejemplo la que establece los signos externos que deberán tener todos los edificios oficiales.

En general, esta obligación normativa obligaría a quitar alguna que otra placa, algún que otro monumento, y muchos cambios de nombres de institutos, ambulatorios, y otro tipo de centros públicos. No obstante, alguna obligación hay cuyo cumplimiento tiene algo más de enjundia. Hoy me quiero referir a uno de estos casos: el Arco de Triunfo de la Ciudad Universitaria de Madrid. Un arco que, además de símbolo franquista, tiene alguna que otra particularidad como poco curiosa.

Según dicen los expertos, el Arco de Triunfo que ahora, en estricto cumplimiento de la ley, debería ser demolido, es el único en el mundo con una característica: haber sido construido en el mismo campo de batalla que conmemora. Los arcos de triunfo, en efecto, no están ubicados en los lugares donde se ha hecho la guerra, sino en puntos visibles y notables de los caminos y las ciudades. El Arco de la Universitaria, sin embargo, está situado ahí no por otra razón sino porque conmemora la victoria franquista en una de las batallas más largas, sino la más larga, de la guerra civil. Porque en ese frente más o menos marcado por el actual trazado de la A-6, republicanos y franquistas se repartieron hostias durante más de 850 días; lo cual hace que lo de Madrid en 1936-39, sin llegar a ser un asedio, fuese una batalla en toda regla. Cuando se habla de las batallas de la guerra civil, de Belchite, de Brunete o del Ebro, se cita la batalla de Madrid circunscribiéndola a los últimos meses del 36, cuando la ciudad estuvo a punto de caer a manos de los franquistas. Error. 1937 estabilizó el frente de Madrid, pero en modo alguno acabó con él. En las lomas de la ciudad universitaria siguió muriendo un montón de gente.

Como consecuencia, tanto las instalaciones propiamente universitarias como las adyacentes (colegios mayores, Hospital Clínico) quedaron hechos un asco. La universidad no volvió a realizar actividades docentes en aquel lugar hasta 1943, cuatro años después de terminada la guerra.

De 26 de febrero de 1942 data la Junta de la Ciudad Universitaria en la que el ministro de Educación, el ex militante de la CEDA José Ibáñez Martín, encarga a dicha Junta que asimismo encargue el boleto de un gran arco de triunfo a la entrada de las instalaciones. Modesto López Otero hizo un primer proyecto que es básicamente el que conocemos, aunque más pequeñito. Pero la cosa quedó en dibujos.

El Arco de Triunfo de Moncloa es hijo de una situación muy concreta, que es la que revive el proyecto. Hablamos del año 1946, el que muchos consideran el peor momento de Franco. Hitler, inesperadamente para el Caudillo, había perdido su guerra, tras lo cual España y Portugal quedaban como únicas islas fascistoides en una Europa occidental básicamente democrática. Fue entonces cuando se retiraron embajadores y se aisló políticamente al régimen. Ciertamente, yo siempre he sido escéptico sobre el alcance y los objetivos de aquel boicot; por muchas ilusiones que se hiciera la oposición democrática desde sus bases francesas y mexicanas, las potencias europeas estaban derrengadas tras una guerra y por las narices estaban dispuestas a decirle a sus divisiones que se tenían que volver a movilizar para hacer no sé qué en España. Además, hay que tener en cuenta que ahí estaba Estados Unidos, que ya por entonces le debía algún que otro favor al franquismo, y más que le debería pronto. No obstante este juicio, lo cierto es que España, y por España hemos de entender los franquistas, se sintió aislada; y fruto de aquel aislamiento y del cabreo que generó fue la machada de hacer el arco. Es una reacción muy española que se resume con el refrán: si no querías caldo, aquí tienes dos tazas. ¿Fascista yo? ¡Qué coño fascista! ¡Fascistón!

López Otero, el del primer dibujillo, fue el arquitecto director de la obra, asistido por Pascual Bravo. Con fecha 17 de noviembre de 1948. se remitió el proyecto de cimentación a Luis Bellido quien, como arquitecto de la Junta de Construcciones Civiles, era quien tenía que marcar el proyecto con su nihil obstat. El día 20 le remitieron el proyecto entero del arco. La obra se cimentó en 1950 y tardó cinco años en levantarse. La documentación que he consultado cifra el coste en 8 millones de pesetas, o sea 48.000 euritos de nada.

El arco se asienta sobre una parcela de 130 por 42 metros y tiene 39 de alto. Eso sin contar el flequillo (la cuádriga que compone el grupo escultórico que lo corona), pues caso de sumar tendríamos que poner 5 metros más. Los más observadores de entre quienes por allí pasan o han pasado se habrán dado cuenta de que cada una de las «patas» del arco tiene una puerta. Dentro hay una escalera con seis rellanos que lleva a una sala central, que está en la «ceja» del arco, o sea el espacio que arriba conecta las dos «patas» (¿a que me explico como un niño de cuatro años?).

Es mi apuesta personal que no más allá del 0,01% de los madrileños sabrá que allí arriba hay una sala bien hermosa. O había: la información más moderna que he podido encontrar es de los años setenta del siglo pasado pero, la verdad, dudo mucho que de entonces a ahora haya variado la existencia del lugar.

Moisés de Huerta, José Ortells y los hermanos Arregui fueron los artistas encargados del adorno escultórico de la cosa. Además de las esculturas el arco, como todo arco conmemorativo, tiene sus inscripciones. No obstante, las que tiene no son las que se proyectaron en su momento. Los primeros bocetos preveían que la inscripción del arco diría:

MERITISSIMUS HISPANIAE DUX
FRANCISCUS FRANCO HANC SCIENTIAE
URBEM FURORE BELLICO DIRUTAM
MAFNIFICENTISSIME RESTAURATAM
AMPLIFICAVIT ANNO MCMXLIII

Que viene a decir algo así como que en 1943 la ciudad de la ciencia que había sido escangallada por la guerra fue amplificada y restaurada por el glorioso caudillo español Francisco Franco. Y olé.

En lugar de esta inscripción tan directa, cuando el arco se terminó tenía otras dos placas. Una dice:

ARMIS HIC VICTRICIBUS
MENS IUGITER VICTURA
MUMENTUM HOC
D.D.D.

Y la otra:

MUNIFICENCIA REGIA CONDITA
AB HISPANIOURUM DUCE RESTAURATA
AEDES STUDIORUM MATRITENSIS
FLORESCIT IN CONSPECTU DEI

Esto es, para la primera: «A los ejércitos aquí victoriosos, la inteligencia, que siempre es vencedora, dedicó este monumento». Y la segunda: «Fundada por la generosidad del rey, restaurada por el Caudillo de los españoles, la sede de los estudios matritenses florece en presencia de Dios».

Hay otra característica curiosa de este Arco de Triunfo. Si algún día alguien lo demoliese, para hacer las cosas bien, en mi opinión, debería hacer una cosa antes: inaugurarlo. Porque, ahí donde lo veis, el Arco de Triunfo, al menos en 1971 que es la última información que tengo, no había sido inaugurado oficialmente. Y dudo mucho que lo fuera después. Franco nunca inauguró su monumento. ¿Un síntoma? Pues sí. Entre otras cosas, porque hay más.

Segundo síntoma: las inscripciones que hemos visto. Un texto que citaba expresamente a Francisco Franco es cambiado por dos textos que hablan de él sin citar su nombre y además en ellos se hace acompañar por el rey Alfonso XIII, recordando que, efectivamente, fue dicho rey quien comenzó a construir la Ciudad Universitaria. Además, por virtud de los textos, el Arco, que estaba dedicado a Franco, pasa a estarlo a sus ejércitos.

Tercer síntoma. El proyecto del Arco incluyó, desde el primer momento, que a los pies del monumento se colocaría la estatua ecuestre del Caudillo obra de José Capuz que acabó colocada en Nuevos Ministerios y que ha sido quitada de ahí apenas hace un par de telediarios. Pero esa estatua nunca se colocó. Y siempre se dijo, en su momento, que esto había sido así por expreso deseo del principal beneficiario de la colocación, que no es otro que el señor bajito y regordete que figura en la dicha estatua encima del caballo.

Cuarto síntoma: el proyecto original del arco de triunfo contemplaba la realización en la sala que hay arriba de unos frescos conmemorativos, hemos de imaginar que con retrato de Franco en posición imperial incluido. ¿Se hicieron? No. Ni uno. Tampoco eso, quizá, fue del agrado del Caudillo.

Todo nos lleva a considerar, por lo tanto, que Franco acogió la construcción del Arco con displicencia; que maniobró para que su nombre fuese retirado de la placa conmemorativa; ni siquiera lo inauguró; y que se negó a que su estatua figurase ahí. ¿Cuál puede ser la razón?

Esto es ya terreno de la imaginación. Yo, desde luego, tengo mi teoría.

Ya lo he dicho: el arco se empezó en 1946 y se terminó en 1955. En 1946, España estaba aislada. En 1955, no. En 1946, era un Estado fascista. En 1955, no. En 1946, hasta los toreros tras el paseíllo saludaban brazo en alto. En 1955, no. En 1956, cabe imaginar que Franco y los suyos estaban preparando ya la Ley de Principios del Movimiento que aprobarían en mayo de 1958, ley que suponía la muerte estatal de los famosos puntos programáticos de Falange que había redactado el hasta entonces sacrosanto José Antonio. El discurso pronunciado por Franco ante las Cortes cuando conocieron de esta ley es el primer discurso oficial del Caudillo de cierta importancia en el que ni una sola vez, ni una, citó al fundador de Falange.

Yo creo que a Franco le susurraron al oído. Probablemente, labios que pronunciaban el español con la torpeza propia de los anglosajones. Esos labios le dijeron: «vale, somos amiguitos. Pero mariconadas, las justas, ¿eh?» Y Franco, que era muchas cosas pero de tonto no tenía un pelo, la cazó al vuelo: inaugurar el puto arco, con fanfarria militar, en plan hay que ver cómo les arreamos aquí a los rojos hijos de puta, y mira la placa con mi nombre y mi estatua al pie y toda la pesca, era una machada fascistoide que ya no se podía permitir. Eso es lo que yo creo que pasó.

¿Qué hacer con el arco? Se puede demoler, ciertamente. Aunque no sé si los madrileños estarán muy de acuerdo, básicamente porque las obras del intercambiador del Moncloa han supuesto que en esa zona de Moncloa se les haya estado dando por culo durante varios años; y ponerse ahora a tirar el arquito supondría volver a fornicar la gorrina again. Pero queda otra solución.

En un inteligente artículo de prensa, hace muchos años, el genial Gila proponía que para que no hubiese problemas con las estatuas ecuestres de los dictadores, éstas se hiciesen de forma que la cabeza se esculpiese aparte el resto de la escultura y luego se atornillase. Así no habría habido que quitar la estatua de Nuevos Ministerios. Con haber desatornillado la cabeza y puesto la de otro, (qué otro, es algo que os dejo a la imaginación), listos. Para mi gusto, lo ofensivo del Arco de Triunfo no es el arco, sino las inscripciones. Hablan de un ejército victorioso en unos tiempos en los que el guión va de otra cosa. Yo creo que lo que habría que hacer es cambiar esas inscripciones por otras. Por unos textos que hablasen de reconciliación y de futuro, no de pasado, de rencillas y de caudillajes. Sería un cambio menos traumático y coherente con los tiempos. Pero es, claro, sólo una idea.