domingo, mayo 04, 2008

El 68 y su vigencia

En los días de este pasado puente de mayo se han cumplido cuarenta años del denominado como Mayo del 68. Fue ésta una rebelión que en realidad comenzó algunas semanas antes y consistió en una movida estudiantil en institutos y universidades que, sin embargo, en mayo llegó a la radicalización máxima y, durante algunos días, tuvo en jaque al sistema político francés. La clave que hizo que las barricadas en París tomasen un aspecto claramente revolucionario fue la decisión de no pocas organizaciones obreras de unirse a la movilización, con lo que lo que en un principio era solamente una protesta estudiantil se convirtió en una protesta conjunta de todos quienes estaban en contra del sistema gaullista.

Por algún momento, el Mayo del 68 pudo pensar en triunfar. En no pocas jornadas de aquel mes tan agitado, tanto las fuerzas del orden como las fuerzas de orden llevaron las de perder. Finalmente, sin embargo, quedó demostrado que no pocas revoluciones son pendulares: tan pronto el péndulo está en un lado como en el otro. Las fuerzas moderadas, es decir los representantes de la clase media francesa ya entonces mayoritaria, acabaron reaccionando ante la deriva de las movilizaciones. Se produjeron manifestaciones en pro del orden y la concordia, manifestaciones al frente de las cuales se situaron personajes otrora símbolos precisamente de la alternativa como el escritor André Malraux, testigo de la guerra civil española. Finalmente, el pacto de los políticos con las organizaciones obreras terminó por desinflar en movimiento.

En este artículo me gustaría desgranar algunas reflexiones sobre la vigencia de Mayo del 68 o, lo que es lo mismo, de eso que se ha dado en llamar Los Sesenta. Debe de ser así porque yo al menos soy de una generación que ha crecido magnificando aquellos años como si fuesen una época notablemente creativa que luego ya no se ha repetido. Es algo, por ejemplo, que se dice mucho de la música: los sesenta son los años de los Beatles y del festival de Woodstock, y quienes admiran ambas cosas suelen decir que, después, la música no ha vuelto a ser creativa. Lo mismo piensan muchos de la política.

Eso sí, lo primero que me gustaría comentar es que para los españoles, precisamente por serlo, Mayo del 68 es algo relativamente lejano. Nosotros no lo vivimos, y porque no lo vivimos hubo un tiempo, yo no sé si sigue siendo así, en el que todo dios que fuese mínimamente de izquierdas y tuviese edad suficiente como para ser creíble se tiraba el moco de que había estado en París en Mayo del 68. Lo contrario o verdadero, es decir reconocer que, en aquel mes y en aquel año, uno estaba en Madrid, en Barcelona o en Teruel, venía a equivaler a reconocer que no tuvo ni puta idea de lo que ocurrió. No se trata exactamente de que la censura no dejase informar sobre los sucesos de París; los periódicos hablaron, y mucho, de Mayo del 68. Pero el régimen franquista hizo un uso parcial de los hechos, reflejando de ellos sólo su aspecto de anarquía, de modo y forma que los postulados básicos de aquella breve revolución, por lo menos para aquéllos que se informaron sobre la misma a través de la prensa española, quedaron ignotos.

Lo cierto es que, en España, hubo un mayo del 68, aunque de distinto origen. Para el día 1 de mayo de 1968, o sea 24 horas antes de que estallasen los sucesos de París, el Partido Comunista de España convocó una jornada de lucha que ya había intentado en octubre del año anterior, aunque con escaso éxito. La jornada de lucha se diseñó en tres días:

- Al terminar la jornada laboral del 30 de abril, se debían realizar paros y ocupaciones de fábricas, que terminarían con manifestaciones en el centro de las grandes ciudades.

- Para el 1 de mayo, debía celebrarse una manifestación en la Gran Vía de Madrid y en otras ciudades.

- El día 2 debían repetirse los paros en las fábricas para exigir la liberación de los detenidos que con seguridad se habrían producido en las jornadas anteriores.

La jornada de lucha, sin embargo, fue un desastre. En los años del posfranquismo se repitió mucho la leyenda urbana de que Franco, cada 1 de mayo (día laborable, pues suprimió la festividad), hacía que jugasen el Real Madrid y el Barcelona para restar adeptos a las manifestaciones. Verdaderamente, en buena parte es una leyenda urbana, además bastante gilipollas: un dictador que es capaz de borrar de un plumazo su oposición con un puto partido de fútbol no es que sea un dictador; es que no tiene oposición. Sin embargo, esta leyenda, como todas, tiene su parte de verdad: por casualidad o no, lo cierto es que el 1 de mayo de 1968, la selección española y la de Suecia se enfrentaron en Malmö, en partido televisado que tuvo a muchos españolitos pegados al televisor.

En realidad, los problemas serios del franquismo casi comenzaron en aquel año de 1968, pero no por el flanco que esperaban los comunistas, que lideraban el antifranquismo. Lejos de ser las fábricas el epicentro del antifranquismo, lo fue la universidad. En enero de 1969, al tercer día de interrogatorio policial del estudiante Enrique Ruano, éste se «suicidó» tirándose por la ventana. Vieja táctica ésta de la policía franquista; baste con recordar a Julián Grimau, el cual, detenido en la Dirección General de Seguridad, intentó también «suicidarse» lanzándose desde la ventana de un segundo piso en extrañísimas circunstancias (tan extrañísimas que llevan a la práctica convicción de que «fue suicidado», aunque sin éxito; algunas semanas después, el pelotón de fusilamiento remataría la faena).

Al presunto suicidio siguieron unos disturbios estudiantiles de la caraba. En Barcelona, una turba de estudiantes enfervorecidos entró por la fuerza en el rectorado de la universidad e intentó tirar al rector por la ventana, es de suponer que entendiendo que, si se mataba, el No-do informaría de que se había «suicidado». Otro grupo de estudiantes asaltó la sede del periódico ABC, el cual había publicado que Ruano estaba loco. Dos banderas con crespones negros, una roja y otra republicana, fueron izadas en la Complutense ante una multitud de varios miles de estudiantes vociferantes. Algunos meses antes, dos premios Nobel franceses, los profesores Lwof y Monod, habían rechazado ser investidos doctores Honoris Causa por la universidad madrileña a causa de las brutalidades policiales contra los estudiantes. Al producirse estos incidentes (y su correspondiente represión), el 15 de enero se anunciaba la publicación de un manifiesto, o más bien habría que decir un macromanifiesto, contra las brutalidades policiales para con estudiantes y detenidos políticos, firmado por 1.300 personas. Más de un millar de españoles que se atrevían a desafiar al franquismo a cara descubierta y, para colmo, liderados por un cura: el abad de Montserrat, monseñor Just, primer firmante.

El otro flanco que hasta entonces no había previsto en antifranquismo fue la violencia etarra. En junio de 1968 muere un guardia civil en Villabona y, apenas dos horas más tarde, la guardia civil mata a cuatro kilómetros del lugar del suceso a un militante de ETA, Javier Echevarrieta. Esta muerte genera un rosario de funerales por el alma del etarra que son duramente reprimidos por la policía y por fuerzas parapoliciales: la Guardia de Franco realiza un ataque en toda regla al monasterio benedictino de Lazcano.

El 2 de agosto de aquel año, ETA comienza su cuenta siniestra: el jefe de la brigada político-social de Guipúzcoa, el comisario Melitón Manzanas, muere tiroteado por la organización.

Conclusión: a principios de 1969, con ETA dando sus primeros coletazos, la universidad intentando tirar a los rectores por la ventana y los obreros realizando más de 450 huelgas casi simultáneas, Franco toma una decisión histórica: por primera vez desde el final de la guerra, decreta el estado de excepción en todo el territorio nacional.

Nada o casi nada de esto, sin embargo, tiene que ver con Mayo del 68. Las cosas que ocurrieron en España en aquel año ocurrieron entonces porque determinadas situaciones, sobre todo la madurez de los movimientos sindical y estudiantil, había llegado a su punto; y eso no guarda relación con lo ocurrido en Francia. Lo ocurrido en Francia era consecuencia de una reacción contra un orden de cosas representado por hitos como la guerra de Vietnam, asuntos que no estaban en la agenda de reflexiones de nuestros políticos patrios, unos porque eran falangistas de libro, y los otros porque bastante tenían con lo suyo.

¿Qué nos ha quedado de Mayo del 68? Es éste un hecho absolutamente opinable sobre el cual yo me voy a limitar, por lo tanto, a opinar. Cada uno tiene su análisis y éste es, tan sólo, el mío.

Una por una, las herencias de aquel movimiento.

La alternativa al capitalismo. Mayo del 68 es claramente hijo de un modo de reflexión que defiende una alternativa al sistema capitalista de los regímenes, llamémosles liberal-parlamentarios (y digo llamémosles porque es una visión muy limitada: el franquismo no fue liberal, mucho menos parlamentario, y no por ello dejó de ser capitalista). Pero es hijo de un momento en el que dicha alternativa está clara: el sistema soviético. Mayo del 68 no es un movimiento comunista, pero sí un movimiento que despertó notables simpatías dentro del comunismo (sobre todo del occidental) y que se hermana con otros movimientos sociopolíticos de la época, como la autodeterminación de la población negra estadounidense, que habían sido ampliamente defendidos por los comunistas. Parte de la fuerza de este movimiento como alternativa está en la sensación de que la alternativa existe; y, consecuentemente, conforme en los años posteriores la alternativa se fue desinflando, hasta derrumbarse literalmente en 1989, dicha fuerza fue perdiéndose. Los actualmente denominados movimientos antisistema con claramente herederos de Mayo del 68; sin embargo, tienen en el problema de que no tienen alternativa que señalar, lo cual los hace mucho más difusos.

A todo esto hay que añadir que, paradójicamente, el 68, que para algunos podría ser el momento de apogeo en la influencia del comunismo en el mundo no comunista, fue el principio del fin para la misma. En agosto de 1968, la URSS aplastó la llamada Primavera de Praga, acción con la que los jerifaltes soviéticos dejaron claro lo que pensaban de la democracia y la autodeterminación de los pueblos de su esfera.

La teoría de la igualdad. Ésta es, sin ningún lugar a dudas, la principal y más duradera herencia de Mayo del 68. Aunque los regímenes burgueses vencieron sobre aquellas tentativas, claramente decidieron tratar de fagocitarlas, al menos en parte, para evitar nuevas rebeliones. La generalización de derechos como el aborto, las políticas de igualdad sexual, etc., son evidentes hijas de esa política; aunque en modo alguno son luchas nuevas que nacen entonces. A mi modo de ver, es especialmente erróneo sostener que Mayo del 68 inventó el Estado del Bienestar, porque el Estado del Bienestar existe en muchos países, en diversas formas que se han ido perfeccionando, más o menos desde la posguerra mundial, es decir los años en los que los activistas del 68 estaban aún naciendo o en proyecto. Lo que sí está claro es que marcó el camino de su crecimiento y perfeccionamiento. Quizá el ámbito donde esta influencia sesentayochesca ha sido peor es el ámbito de la educación: la repulsión hacia todo lo que pueda oler a discriminación llevó a crear escuelas en las que, primero, las personas menos dotadas intelectualmente notaban menos esa presión; y, después, simple y llanamente se convirtieron en el paraíso de los vagos.

Cabe decir, de todas formas, que sin los movimientos de los sesenta, éste sería otro mundo; y sería peor. Sería un mundo con menos servicios públicos, con menos derechos sociales, con menos protección a la infancia, un mundo más dogmático y rígido, más cabrón.

La nueva moral: el 68, los Sesenta, el movimiento hippie, defienden una nueva moral, basada en el amor libre y la total decisión sobre el propio cuerpo. Es una reacción lógica contra la moral religiosa (de muchas religiones) que hace del hombre una especie de inquilino de sí mismo sin derecho a decidir sobre cómo saciar sus pulsiones y necesidades, derecho que retiene el Supremo Casero. En consecuencia, el 68 libera a una porción muy concreta de la sociedad, la juventud, que de toda la vida de Dios ha ido por ahí echando polvos contra las tapias, pero que ahora reivindica su puesto en la sociedad y reivindica su placer y su libertad.

La del 68 es la moral imperante de hoy en día. Los padres que son incapaces de decirle ni media palabra a su hijo adolescente que llega a casa a las seis de la mañana no hacen sino ser coherentes: ellos crecieron reivindicando un mundo en el que ellos, adolescentes entonces, se creían capaces de autorregular su vida sin imposiciones de nadie y, consecuentemente, han de aceptar esa relación de cosas. Si el cambio es bueno o malo es algo que, a mi modo de ver, es pronto para saber; creo que cuando la actual generación joven tenga hijos, hipotecas, obligaciones y mucho menos pelo, será cuando comience a verse en el largo plazo (que es cuando se ven estas cosas) cuáles han sido las consecuencias. Sin embargo, hay dos o tres cosas en las que el buenismo naïve de los Sesenta, a mi modo de ver, la ha cagado. Porque la teoría decía que eran las represiones sexuales las que impedían el adecuado desarrollo de las personas en este terreno; hoy tenemos otro mundo, un montón de información y esas cosas, y seguimos teniendo embarazos adolescentes, personas sexualmente desinformadas a miles, violadores, pederastas y machistas que queman vivas a sus mujeres. Incluso tenemos tantos que les tenemos que levantar juzgados especiales para enchironarlos a todos.

Sobre la tremenda cagada de pretender que el LSD, la maría y la farlopa eran inocuas y hasta buenas para el colesterol, me parece que hay muy poco que decir.

El pacifismo: otro elemento en el que el 68 está muertito. Los Sesenta surgen en buena medida por oposición a la guerra de Vietnam. Pero la guerra de Vietnam sólo paró cuando los dos púgiles que estaban sobre el ring decidieron que estaban hasta los huevos de darse hostias; y luego, por supuesto, siguió habiendo guerras, preventivas y preservativas, justas e injustas. Visto desde Ámsterdam, podría parecer que, en efecto, el 68 triunfó, porque es obvio que Europa es hoy territorio ampliamente pacifista; pero el mundo no se acaba en los polders de Holanda; mucho más allá hay lugares como Darfur o las barriadas tutsis o Kampuchea, donde creo que no están tan de acuerdo con la idea.

La huella cultural. El trazo cultural de los Sesenta es innegable. Entre otras cosas porque incluso algunos de sus grandes santones siguen por ahí dando guerra. Nuestra cultura actual, para bien o para mal, es hija de aquellos años, de la psicodelia, de los beatnicks, del realismo mágico, de un montón de cosas de aquel entonces. De la misma forma que el joven Gabriel García Márquez soñaba en París con saludar a Ernest Hemingway, muchos de los creadores de aquella época (entre ellos el propio Márquez) son hoy los sumos sacerdotes respetados y admirados. Se podría discutir sobre qué fue primero, si el huevo o la gallina; es decir, si la novedad en el pensamiento y en las formas impulsó las nuevas filosofías políticas, o las nuevas filosofías políticas crearon las nuevas formas de pensamiento y creación. Pero es una discusión inútil, porque es imposible llegar a conclusión cierta alguna.

Esto es especialmente claro en el caso de la música. Los padres de las personas de mi generación hicieron casi todos la misma profecía cuando nosotros éramos unos críos. Nos juraron que cuando fuésemos mayores ya nadie se acordaría de Los Beatles (en mi caso, mi padre apostillaba: «y sí de Mozart»). Para cabreo de mi padre, que llegó a vivirlo, en los tiempos actuales la mayor parte de la gente que recuerda a Mozart lo recuerda por una película en la que se lo retrata de pajillas y vivalavirgen (cosa que probablemente era); y los discos de Los Beatles se venden a millones. Uno pone por la mañana cualquier radiofórmula mientras camina hacia el trabajo y lo más normal es que, día sí día también, le pongan el Hotel California. La pregunta es: ¿se escuchará a Melendi, El Canto del Loco o incluso a U2 en el 2040?

Las nuevas relaciones internacionales. Mayo del 68 y otros movimientos afines se hicieron, entre otras cosas, para generar un mundo distinto y mejor. Mucha gente cree que la solidaridad internacional hacia los países más desfavorecidos es hija de aquella filosofía; yo soy más bien escéptico en este punto, pues a mí la solidaridad internacional me parece más una consecuencia lógica de la descolonización, que es un proceso que en los años sesenta llevaba ya décadas en marcha. En todo caso, creo que los cambios aquí han sido mínimos, entre otras cosas porque los movimientos de Los Sesenta adolecieron del mismo pecado que los actuales movimientos antiglobalización: certeros a la hora de criticar lo existente, difusos a la hora de definir lo que debería existir en su lugar. Resulta tan difícil sostener que la invasión de Irak fue más legítima que la intervención americana en Vietnam que la tentación es a reconocer que, en este punto, las cosas han cambiado entre nada y absolutamente nada; pero conste que ni siquiera está claro hacia dónde tenían que haber cambiado.

¿Y las famosas máximas sobre La Imaginación al Poder o Prohibido Prohibir? Pues no me siento capaz de comentar si creo que siguen vigentes. Básicamente, porque nunca las he entendido muy bien, especialmente la segunda, que siempre he reputado una estupidez del cuarenta y dos y medio, con trienios por devengo y balcones a la calle.