miércoles, mayo 07, 2008

Chinos

El interés obvio de Berna Wang por este tema, unido a ciertos intereses de máquetin (puesto que el Google Analytics me chiva que jamás ha habido un visionado de este blog desde China) me mueve a escribir estas notas. Es algo sobre lo que he hecho averiguaciones sueltas desde hace años, aunque en realidad es un asunto hasta trivial. Sin embargo, por alguna razón que desconozco, siempre me ha interesado la cuestión de desde cuándo conviven chinos con nosotros en España.

La respuesta oficial es: desde hace bien poco. El primer censo de población española que se ocupa, que yo sepa, del asunto de los extranjeros, es el censo de 1930, es decir el que se hace en el último año de la monarquía, durante los tormentosos meses del gobierno Berenguer. Los censos, no obstante, tienen el defecto de ocuparse únicamente de los habitantes censados; que no son todos porque siempre son bastantes los que, por variadas razones entre las cuales figuran el despiste y el delito, prefieren que no se sepa dónde están.

El censo de 1930 nos dice que en toda España había 63 chinos: 39 en Barcelona, 11 en Madrid, 6 en Zaragoza; 2 en Pontevedra; y un chino solitario en las provincias de: Cádiz, León, Málaga, Valencia y Vizcaya. De ellos, 52 eran hombres y 11 mujeres. Los datos apuntan algunas cosas extrañas. Por ejemplo: de los 16 chinos casados residentes en España, siempre según el censo, 13 eran hombres y 3 mujeres. Lo cual nos lleva a pensar que:

a) O bien los chinos residentes en España se casaron con españolas, cosa que no pasa ni siquiera hoy en día, a pesar de que en los tiempos modernos por lo menos podrían hablar de fútbol puesto que los chinos saben un huevo.

b) O bien entre los chinos existe la poligamia entre las mujeres, o sea una sola mujer tiene varios maridos.

c) O bien, supuesto más probable, el censo era sólo la punta del iceberg.

Recapitulemos: la presencia china fuera de su país y de su área de influencia es un fenómeno que se inicia en el siglo XIX. El siglo XIX es, en efecto, una época de tremenda inestabilidad política en China, país que entonces se asemeja un poco a la España del siglo XVIII: un otrora imperio que lo flipas, dueño de su mitad del mundo, es para entonces una nación agotada, hecha pedazos por las disputas internas y ciertamente anquilosada. Pu Yi, el último emperador, nos cuenta en las primeras páginas de sus memorias su acceso al trono, y en su relato queda claro cómo aquella China estaba dividida en múltiples facciones, fundamentalmente raciales (pues chinos los hay de muchos tipos, cosa que a nosotros nos alucina; pero es lo cierto que un amigo japonés que tuve hace años no se podía creer que los europeos fuésemos incapaces de distinguir, por ejemplo, un chino Han de un coreano). De hecho, cuando leí el libro, debo confesar que me perdí. Pu maneja tal cantidad de nombres, cada uno con su tendencia y su politiqueo particular, que resulta muy difícil seguir el hilo.

Otro elemento para el cual las memorias de Pu Yi son interesantes, por lo menos para un occidental lego en estas materias como yo, es la descripción del anquilosamiento del régimen chino y de su corte. Nos cuenta, por ejemplo, que el Emperador tenía reservado un color, un tipo de amarillo que nadie más que él podía usar. Nada menos que el amarillo. Los españoles, que tenemos fama de supersticiosos, se lo habríamos cedido con gusto.

Tanto Occidente como la nueva potencia de corte occidental de la zona, es decir el Japón a partir de la llamada Era Meiji, practicaron con China una política de expolio a lo bestia. Siendo China un país ya muy débil cuya clase gobernante, además, se conformaba con que no les echasen de la Ciudad Prohibida y les dejasen permanecer allí con sus eunucos y sus chorradas, Inglaterra, Japón, Estados Unidos y Francia, como principales actores, se dedicaron a explotar las muchas riquezas de la zona, estableciendo status incluso de inmunidad para los foráneos, que no podían ser tocados por la justicia local. Esto generó la reacción ultranacionalista de los boxers y, sobre todo, hambre, mucha hambre. En realidad, los últimos 150 años de la historia de China se resumen, en buena parte, utilizando la palabra hambre.

Sabemos que los chinos que emigraron masivamente en el siglo XIX tuvieron como destino lejano (sobre las emigraciones en la misma Asia confieso que no sé nada) los Estados Unidos. En los EEUU posteriores a su guerra civil hay tres grandes tipos de parias: los irlandeses, los italianos, y los chinos. Italianos eran la mayor parte de los obreros que murieron asfixiados e intoxicados en las obras de los puentes de Nueva York, que se hicieron en condiciones de salubridad hoy totalmente inadmisibles. Y china fue buena parte de los brazos que clavaron al suelo los rieles de las primeras líneas de ferrocarriles.

¿Cuándo llegaron los chinos, más o menos masivamente, a España? No lo sé. Ya digo que, según las estadísticas oficiales, en 1930 dicha emigración aún no se había producido. Sin embargo, de esa misma época he recogido algún testimonio, por ejemplo en los libros del cronista Federico Bravo Morata, de que cuando menos Madrid se llenó de chinos. En algún momento de los años treinta, como digo, y de una forma al parecer súbita e inesperada (cuyos motivos también desconozco, aunque es fácil imaginar que la guerra entre el Kuomingtang y los comunistas algo tendría que ver), en las esquinas del centro de Madrid empezaron a aparecer chinos vendiendo flores. Y no se trató ni de uno ni de dos, porque fue un fenómeno al que la prensa le dedicó crónicas y espacios, por lo cual tuvieron que ser muchos para la época. Menos que hoy, desde luego, porque el Madrid de los años 30 era mucho más pequeño que el actual. Según los mapas que tengo, terminaba al oeste en el Palacio Real, al norte donde hoy están los Nuevos Ministerios, al este más o menos en el eje Francisco Silvela-Doctor Esquerdo, y al sur se desparramaba un poco más pues llegar, llegar, se podría considerar que llegaba hasta el pueblo de Vallecas (entonces pueblo, no parte de Madrid).

De aquella época más o menos podría ser una canción que se hizo relativamente famosa, un dúo cómico que, por lo que sé, solían hacer un español y una española disfrazados de chinos, cuya letra dice:

Cuando te digo, digo, digo china de alma
tú me contestas: chinito de amol.

Cuando te digo, digo, digo chino de alma
tú me contestas: chinita de amol.


Chinita tú, chinito yo.
Chinito tú, chinita yo.
Y nuestro amol así selá
siemple siemple igual.

Cuando te digo, digo, digo chino de alma
tú me contestas: chinita de amol.

Esta canción luego la cantó Fofito en el espectáculo televisivo de Los Payasos; pero por lo que me han contado, la canción es anterior, pienso yo, como he dicho, que quizá de la época de la primera emigración. Quizá vuestras abuelas sepan algo.

Por lo que he podido saber (éste es un asunto, como todos, en el que los conocimientos espero se completen con el tiempo) es entonces, es decir en algún momento entre 1930 y 1935, coincidiendo con la merdé de la guerra civil y la larga marcha y el estreno de Mao Tse Tung en su oficio de asesino en serie, cuando se produce la primera oleada de chinos hacia España.

La guerra civil española generó algunas trazas relacionadas con los chinos que he podido seguir. En publicaciones de aquí y de allá que he ido consultando he encontrado, por ejemplo, la foto de un brigadista internacional chino; tengo noticia de que en la China de Mao hubo muestras de solidaridad con la República (también tengo copia de una foto de una pancarta escrita en español macarrónico y colgada en una calle de Pekín por aquella época), pero no la tengo de que se organizasen brigadas de chinos camino de España. Tengo por más probable que ese chino de la foto sea, en realidad, un chino residente en España.

Otra traza es una noticia de un diario canario en el que, dos o tres días después del golpe de Estado franquista, se publica una lista como de doscientas personas detenidas por su colaboración con la República. Entre un montón de nombres y apellidos españoles aparece la referencia a un chinito que vendía mecheros. Que vendía mecheros, hemos de entender, mientras daba vivas a la República; de otra forma, no se entiende que lo trincaran. Como se ve, por cierto, era costumbre utilizar el diminutivo al referirse a los chinos. Por alguna razón que no acabo de entender, en el lenguaje coloquial español los chinos no son chinos sino chinitos; fenómeno que le ocurre también a las monjas.

A partir de entonces, probablemente, el flujo de chinos hacia Europa en general y España en particular supongo que sería más o menos continuado. En publicaciones inglesas he leído que, cuando menos en el caso de este país, dicha emigración se intensificó desde el momento en que empezaron a tomar cuerpo las negociaciones entre Reino Unido y China para la devolución de Hong-Kong, hecho éste que provocó que algunos residentes en la ex colonia decidiesen cambiar de aires.

Hoy por hoy, los chinos empadronados en España son 95.926. Lo cual nos da una tasa acumulativa del 10% anual, que no está nada mal.

并且这是所有我能告诉您