lunes, diciembre 18, 2006

Mantua vs Iraq: el Imperio contraataca

Una de las cosas agradables que tiene conocer un poco la Historia y, además, hacerlo por pura afición, sin tener que cumplir con idoneidades varias, filias y fobias de catedrático, y demás
especies, son los parecidos razonables.

Hay personas en este mundo que piensan que en el devenir del hombre ocurren historias nuevas y otras que piensan (pensamos) que, a pesar de que no tenemos más allá de 5.000 añitos de historia, ya lo hemos inventado casi todo. Un ejemplo: el otro día discutía yo con un amigo mío sobre si internet se debe escribir con mayúscula (tal y como hace mi programa de Word por defecto, por ejemplo). Yo defendía la minúscula y mi mayúsculo contertulio atacaba diciendo que internet es muy importante, que ha supuesto un giro copernicano en los modos de hacer de nuestra economía y de nuestra sociedad. A lo que yo le contesté: pues, vale; pero, si aceptas ese criterio, ¿por qué escribes con minúscula agricultura, ganadería, fuego, rueda y ferrocarril?

Mi coglobloguero Inasequible es un fiera en esto de los parecidos razonables. De hecho, yo creo, no lo sé, que probablemente sea lo que más le guste de la Historia. Hoy nos trae uno bien distante, pero si os animáis a leer su post, veréis que al final la cosa tiene su miga.

Los paralelismos entre la guerra de Iraq y el conflicto mantuano del siglo XVII. Ahí es nada.

Le cedo la palabra.

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Por un pequeño ducado

By Inasequible Aldesaliento



Una cosa que me divierte de la Historia es ver cómo los hombres de estado se equivocan. Comienzan una aventura, creyendo que obtendrán buenos réditos con rapidez y facilidad y luego se encuentran que se han metido en un cenagal del que no pueden salir y han desencadenado fuerzas que no pueden controlar.

Un ejemplo contemporáneo de esto es la guerra de Iraq. Quienes la planearon, pronosticaron un conflicto breve y de coste asumible, que les proporcionaría el petróleo iraquí y un régimen amigo en Bagdad. Lo que obtuvieron fue un conflicto que ya dura tres años y medio, cuyos costes en vidas y dinero han superado hasta las previsiones más pesimistas, y varias consecuencias inesperadas: Iraq se ha convertido en un semillero de terroristas y el país va camino de convertirse en un Estado fallido y de paso en “infectar” a sus vecinos.

Algo similar a lo que le ha pasado a Estados Unidos en Iraq, le pasó a España en 1628 en Mantua. Una aventura que se prometía sencilla se convirtió en un quebradero de cabeza descomunal.

El 26 de diciembre de 1627 murió el duque de Mantua Vincenzo II, último miembro varón del linaje de los Gonzaga. El territorio mantuano constaba de Mantua propiamente dicha, al este del Milanesado, y el marquesado de Montferrato, al oeste. En Monferrato se encontraba la ciudadela de Casale, que dominaba el valle superior del Po. La heredera más próxima de Vincenzo II era su sobrina, la princesa María, pero existía el inconveniente de que la sucesión por vía femenina no estaba permitida en Mantua, aunque sí en Monferrato. Por vía masculina, el candidato con más derechos era el francés duque de Nevers. El duque de Nevers, anticipándose a los acontecimientos y con un gran sentido del tiempo o una increíble suerte, había enviado a su hijo, el duque de Rethel, a Mantua a finales de 1627 para que se casase con la princesa María.

El duque Vincenzo dio sus bendiciones al matrimonio y tres días después murió. El duque de Rethel tomó posesión de Mantua en nombre de su padre. Aunque había habido alguna irregularidad como la de no haber formulado una petición formal al Emperador en su condición de señor de Mantua, desde las concepciones legales de la época, había poco que se pudiera decir en contra de la sucesión en la persona del duque de Nevers.

España, sin embargo, lo dijo. La idea de que el Milanesado quedase enmarcado entre dos territorios controlados por un duque francés causaba escalofríos en Madrid. Consultada la junta de teólogos, ésta dictaminó que mientras el Emperador no declarara al duque de Nevers sucesor legítimo del duque de Mantua, España debía ocupar el Monferrato en nombre del Emperador para sostener su autoridad, pero sin la idea de hacerse con territorios. Cuando un político recurre a dictámenes sesudos y a fórmulas alambicadas para justificar lo que se propone hacer, eso quiere decir que va a ejecutar algo inmoral o ilegal o ambas cosas a la vez. El dictamen de la junta de teólogos, si se hubiese formulado en el siglo XXI, seguramente habría hablado del derecho de Felipe IV a hacer una guerra preventiva contra el duque de Nevers.

Desde el primer momento la aventura mantuana salió mal. Cuando el gobernador español en Milán, Gonzalo de Córdoba, estaba preparándose para actuar, llegaron noticias de que el Emperador no autorizaría la intervención militar que iba a producirse en su nombre. A la desesperada, Madrid intentó buscar otra hoja de parra que le tapara las vergüenzas y empujó al duque de Saboya a que penetrara en el Monferrato para que la intervención militar española pudiera disfrazarse de protección del territorio en tanto el Emperador tomaba su decisión final.

En mayo de 1628, Gonzalo de Córdoba inició el sitio de Casale. Para entonces el Emperador había decretado el secuestro de los territorios mantuanos, pero seguía sin autorizar la intervención española. El éxito suele hacer que a menudo se perdone la inmoralidad. Lo malo es que los españoles no fueron exitosos. Gonzalo de Córdoba era un general demasiado cauto, al que encima se le habían proporcionado hombres y ducados insuficientes. Casale no cayó.

A finales de 1628 España sufrió un desastre de primera magnitud: la flota de la plata, es decir las naves que cada año proveían desde América la plata con la que el Estado respondería a los adelantos (asientos) realizados por los banqueros genoveses, alemanes y portugueses, cayó en manos de los holandeses. A ese desastre le siguió una sorpresa mayúscula: contra todo pronóstico y desafiando al mal tiempo, a finales de febrero de 1629 el ejército francés cruzó los Alpes y derrotó a los saboyanos en una extraña batalla, cuyo resultado puede que estuviera amañado para dar a Carlos Manuel de Saboya una excusa para marcar distancias con sus hasta entonces aliados españoles. Carlos Manuel de Saboya, hombre tan astuto como carente de principios, se apresuró a firmar un tratado con los franceses, por el cual obtenía parte del Monferrato a cambio de dejar que las tropas francesas pasaran por su territorio y de ayudarlas a levantar el sitio de Casale. Gonzalo de Córdoba levantó el sitio de Casale voluntariamente, antes de que le forzasen a ello. Fue llamado a Madrid y le reemplazó Ambrosio de Spínola.

En junio, finalmente, el Emperador se decidió a enviar a 70.000 hombres al norte de Italia y puso de manifiesto la verdad que hay en el viejo dicho: Dios me guarde de mis amigos, que de mis enemigos ya me guardo yo. El Emperador pretendía que esa ingente armada (a España le hubieran bastado 15.000 hombres para los objetivos que se proponía) fuera mantenida a costa del Milanesado. Al menos la presencia de ese ingente ejército permitía esperar que la situación en el norte de Italia mejoraría y que la campaña de 1630 sería exitosa y tal vez definitiva. Pues bien, no fue ni lo uno ni lo otro.

En marzo de 1630, un ejército francés entró en Saboya, la atravesó y tomó la fortaleza de Pinerolo. El ejército imperial tomó Mantua. Y los españoles… siguieron intentando tomar Casale.

En agosto, la intervención sueca en el norte de Alemania obligó al Emperador a retirar a la mayor parte de sus tropas del norte de Italia y a buscar rápidamente una solución a lo de Mantua. En octubre de 1630 se firmó el Tratado de Ratisbona por el cual los franceses se retiraban de Italia y a cambio el Emperador investía al duque de Nevers como nuevo duque de Mantua. La cuestión de Mantua fue finalmente finiquitada en los dos tratados de Cherasco de abril y junio de 1631, que no vinieron a cambiar lo fundamental del Tratado de Ratisbona.

La ironía final del asunto es que mientras que los españoles no pudieron hacerse con Casale, los franceses no devolvieron Pinerolo, en contra de lo pactado.

Muchos años después, un Felipe IV viejo y amargado consideraría Mantua como el inicio del declive de su reinado, y no le faltaba razón. En Mantua España se había desprestigiado, apareciendo como una potencia matona e irrespetuosa del derecho internacional. Asimismo había derrochado en tres años diez millones de ducados, para no obtener absolutamente nada a cambio. Mantua había desviado los esfuerzos españoles de la guerra contra Holanda que hasta ese momento había ido relativamente bien encaminada y en Francia había dado alas a los sectores más belicistas y partidarios del enfrentamiento con España.

Después de Mantua ya sólo era cuestión de tiempo que Francia y España entraran en guerra y cuando eso ocurriera, lo único que quedaría con los holandeses sería firmar una paz lo menos mala posible.