lunes, octubre 23, 2006

Vamos atrasaos (o adelantaos, no sé)

Hoy voy a hacer una cosa que ya he hecho otras veces y que ojalá tenga meninges para volver a hacer: tocarle las narices a Omalaled, o sea el autor del blog que me inspiró para empezar éste, aunque yo hable de la Historia a secas y él lo haga de la Historia de la Ciencia.

Voy a hablar un poquito de ciencia.

El caso es que he estado leyendo un libro muy interesante, «España en hora», en el que se ubica un artículo de Joseph Collin titulado «Reconciliar trabajo y familia: la solución pasa por Greenwich». Un artículo, ya digo, bastante interesante, en el que el autor explica por qué los españoles comemos a las dos de la tarde y no a las doce, como todos los demás.

La cosa tiene que ver con una reunión de 25 países que se celebró en octubre de 1884 en Washington. Se llamó la Conferencia Internacional del Meridiano. Hasta que llegó esta conferencia, en realidad, nuestro mundo era un mundo en el que los palentinos, por poner un ejemplo, vivían a una hora, y los vallisoletanos, quizá, a otra. La vida de las personas se regía sobre todo por los tañidos de las campanas, a las horas en punto, pero los sacerdotes no son máquinas de precisión.

La cosa cambió con la llegada del primer medio de transporte que era capaz de recorrer distancias razonablemente abultadas en relativamente poco tiempo: el tren. Para tener un tren Palencia-Valladolid hace falta tener una hora de salida de Palencia y otra de llegada en Valladolid. O sea, hace falta que ambos lugares no vayan a su bola. Como para finales del siglo XIX ya había relojes y viajes largos tipo Phineas Fogg y demás, en realidad los científicos se dieron cuenta de que el problema era de orden mundial. De ahí la conferencia, a la que España envió tres representantes.

Fue allí donde se estableció el meridiano de Greenwich como referente mundial y 24 husos horarios que delimitarían las horas del mundo. Sin embargo, ésta fue la labor de los científicos. Luego llegaron los políticos.

A finales del XIX, un nuevo gigante político y militar nacía en Europa: la Alemania unificada por Bismarck. El eje político, que en el Renacimiento había estado en Madrid, se había desplazado a París y luego a Londres, pero ahora aparecía Berlín como referente de importancia. La ciencia estableció los husos horarios, pero los países pudieron decidir con quién acompasar sus relojes. Holanda, Bélgica, Luxemburgo y Francia decidieron, a pesar de que en buena lógica les tocaba el huso horario de Greenwich, acompasarse con Berlín. Y España, a pesar de estar aún más al oeste, hizo lo propio. Por eso, entre otras cosas, en España llevamos una hora más que las Islas Canarias, que están aquí al lado; pero tenemos la misma hora que Praga, que está donde Cristo perdió el Libro de Familia.

Por eso comemos a las dos de la tarde: porque todo Dios, también los españoles, come con el mediodía. Lo que pasa es que nuestro mediodía ocurre dos horas después de lo que debiera, porque es un mediodía berlinés, no londinense. A la hora de Greenwich, en invierno se haría de noche un poco más allá de las cuatro de la tarde. O sea, con el descafeinado en la mano.

España tiene un récord, ¿lo sabíais? Es el país del mundo en el que el sol sale más tarde. En mi Galicia, o sea el far west de la península, el mediodía llega a eso de las tres de la tarde.

Yo, que ya me vais leyendo que soy bastante cinéfilo, siempre he estado mosqueado con esas pelis y series americanas en las que invariablemente sale una escena en la que el prota está en la cama, suena el despertador y son las seis y media de la mañana… ¡y en la habitación hay una luz que lo flipas! Siempre pensé que eran juegos de atrezzo pero no, es que es así. Somos nosotros los que hemos retrasado la salida del sol.

La propuesta de Collins tiene su aquél. Propone que en el próximo cambio de horario de verano, no lo cambiemos y lo dejemos como está. Eso sí, lo que adelantaremos serán los horarios oficiales, o sea: si los funcionarios han de ir a trabajar a las ocho, que vayan a partir de ese día a las siete (¡eh, que también se irán una hora antes!), aunque sin afectar a los horarios laborales privados y a la escuela (pero sí se debe reducir el periodo de almuerzo de dos horas a una). Según el autor, medio año después, al llegar el horario de invierno y el cambio de hora, seremos europeos, por la simple razón de que nadie se quedará tomando una manzana asada de postre mientras se hace de noche. Desayunaremos en casa y no en el colmao más cercano al trabajo, un ratito después de haber llegado; veremos el telediario de la tarde a las 13 horas, y el de la noche a las 20 horas.

En fin. Lo suyo es quedarse con la idea de cómo una decisión de claro índole político puede llegar a quebrar lo natural.

En esto como en tantas cosas, si hubiésemos dejado decidir a los que saben, otro gallo nos habría cantado. A la misma hora, eso sí, porque los gallos no tienen reloj.