miércoles, octubre 25, 2006

Sic transit Gloria Hispaniae

Barcelona, again. Esta vez, me ha sobrado hora y media entre la llegada y mis obligaciones. Además, había quedado en el centro, así pues me he dado una vuelta por la plaza de Cataluña, donde han instalado medio huevo impresionante que a saber qué tiene dentro. La he mirado un rato, tratando de imaginarla llena de cadáveres de caballos. Algún día, cuando escriba el post que un día comprometí sobre el golpe de Estado de Franco en Barcelona y los porqués de su fracaso (o éxito republicano, pues todo puede verse de diversas maneras), os colgaré la foto que tengo y que demuestra que fueron los pobres caballos los principales paganos de los tiroteos entre los milicianos en la calle y los golpistas en el edificio de la Telefónica.

Tras un paseo generoso, me he tomado un café en un Dunkin Donuts (mientras caía en la cuenta de que tengo 44 años y en mi vida me he comido un donuts), donde he tenido que porfiar con la camarera porque me estaba cobrando de menos (a veces cuesta ser honrado) y luego he cruzado la plaza en diagonal y me he metido en la FNAC. No tenía libro para el avión de vuelta, porque el que llevaba lo he terminado con los retrasos y esas historias. Después de mirar por aquí y por allá, me he comprado éste: Física de las noches estrelladas. Astrofísica, relatividad y cosmología. El autor es Eduardo Battaner y está editado en Metatemas, la colección auspiciada por el Museo de la Ciencia de La Caixa.

Como veis, una lectura poco histórica.

Y unas narices.

¿Quién pensáis que es el ciudadano inglés más homenajeado y admirado en dicho país? Yo creo que hay dos posibilidades: o William Shakespeare, o Isaac Newton. Y yo creo que la balanza se inclina ligeramente a favor del segundo, por una simple razón de actualidad. El gusto moderno recela un poco de la literatura de Shakespeare; pero los escolares del siglo XXI siguen aprendiéndose la ley de la gravitación universal como lo hicieron sus tatarabuelos (si es que fueron al colegio, claro).

De Isaac Newton se dicen muchas cosas: que nació (1642) tan escuálido que nadie pensó que pudiese medrar. Que, en realidad, ocupó mucho más tiempo de su vida a las cuestiones religiosas y alquimistas que a las propiamente científicas. O que, según recuerdo que cuentan Carlos Solís y Manuel Sellés en su Historia de la Ciencia (Espasa), apenas se rió dos o tres veces en su vida. Una de ellas cuando, al prestarle a un amigo la geometría de Euclides, le preguntó si eso servía para algo.

Newton estableció los principios de la mecánica llamada, claro, de Newton. El primero de ellos lo recuerdo bien de los tiempos de la escuela, porque a mi profesor le costó mucho hacérmelo entender: un cuerpo que no es sometido a fuerza alguna mantiene una trayectoria rectilínea y una velocidad uniforme. A mí me parecía (y me sigue pareciendo, creo yo), que un cuerpo sobre el que no actúa ninguna fuerza lo que está es quieto. Pero eso es, como me dijo mi profe hace ahora ya más de 30 años, porque tengo un fondo excesivamente rural.

Lo que me ha descubierto Battaner, y yo no sabía, es que Newton formuló este principio, pero tuvo precursores. El primero de ellos, un español: Juan de Celaya o, como se le conoce mejor, Juan de París.

Curiosamente, si navegáis un poco en busca de información sobre Celaya, encontraréis que las referencias que sobre él hay son básicamente filosóficas y teológicas, pues Celaya, antes que nada, lo que fue, fue escolástico. Los que sepáis algo de escolástica o la recordéis, sabréis que esta escuela filosófica desarrolló muchas ideas relacionadas con la lógica (quizá os suenen conceptos como daraptí, felapton o tautología; yo los estudié el año de la escolástica). La lógica tiene mucho de matemática, por lo que no ha de extrañarnos este maridaje entre teología y física.

Battaner sostiene que fue Juan de Celaya el que, a principios del siglo XVI (esto es, cien añitos antes de que el esquelético Newton llegase al mundo), enunció adecuadamente el primer principio de la mecánica newtoniana.

Lo que sabe todo Dios de Newton (lo sé yo, así que…) es lo de la ley de la gravitación universal. La atracción de los cuerpos en relación a su masa y al cuadrado de sus distancias (a la quinta vez que le pregunté a mi profesor por qué el cuadrado y no el cubo, me llamó pagano y me echó de clase. Y allí sigo). La ley de la gravitación destiló toda una inquietud científica, milenaria, que los libros de historia de la ciencia suelen denominar la caída de los graves. La gran pregunta que se hacían los científicos durante siglos es si la velocidad de los graves al caer (por ejemplo, las famosas piedras que tiró Galileo desde el Campanile de Pisa) es proporcional al tiempo o a la distancia (esto demuestra lo rural que soy en realidad, pues esta pregunta ha ocupado en mi vida, hasta el avión de hoy, el mismo espacio que los donuts). Las ciencias avanzaron mucho cuando se logró demostrar que la respuesta correcta es la primera (la velocidad se relaciona con el tiempo).

Y me dice Battaner: ley que fue descubierta por otro español. También escolástico. También teólogo. También filósofo: Domingo Soto. Enunció esta ley en 1604.

Sencilla reflexión: os hartaréis de contar, en Reino Unido, diversos monumentos que homenajean a sir Isaac Newton. Pero mucho me temo que ni en Valencia, donde nació Celaya; ni en Segovia, origen de Soto, vamos a encontrar muchas estatuas en su honor.

Sic transit gloria Hispaniae.


ACTUALIZACIÓN 7/2/2007
Chus me escribe para informarme de que en Segovia hay un colegio universitario que lleva el nombre de Domingo de Soto, donde hay una estatua de él. Incluso aporta el dato que es deporte nacional entre los estudiantes descabezar la dicha estatua.

Dicho queda, pues, que un homenaje icónico sí que hay.