sábado, octubre 28, 2006

Increíbles parecidos

Hoy en día, cualquier persona medianamente informada sabe que el abuelo del actual presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, fue fusilado durante la guerra civil por el bando franquista. El propio Zapatero suele citar ese hecho e incluso tuvo unas palabras muy especiales para su abuelo en su discurso de investidura como presidente del Gobierno, tras haber ganado las elecciones de marzo del 2004.

Tras dichas elecciones, Zapatero sustituyó a quien había sido presidente del Gobierno los ocho años anteriores, José María Aznar, máximo dirigente del derechista Partido Popular, aunque había decidido no presentarse a dichas elecciones.

La verdad es que es difícil encontrar dos políticos con menos cosas en común que Zapatero y Aznar. Sus ideologías y formas de actuación se adivinan bastante diferentes unas de otras.

Cuesta imaginar, ya digo, que tengan algo en común. Pero lo tienen, o casi. Porque ambos tienen un abuelo que fue condenado a morir fusilado durante la guerra civil. Y, contra lo que pueda pensarse, en ambos casos el pelotón de fusilamiento estaba formado por las mismas personas.

Manuel Aznar Zubigaray había nacido en Navarra en 1894. Durante su juventud, y esto es algo que lógicamente le encanta recordar a los nacionalistas vascos de hoy en día, coqueteó claramente con dicho nacionalismo, quizá porque entonces los sabinianos presentaban un corte ideológico bastante más conservador que actualmente. Sin embargo, su gran oportunidad como periodista le llega de la mano del gran empresario de medios de comunicación español de la primera mitad del siglo XX: Nicolás María de Urgoiti, un inquieto empresario que fundó empresas como Papelera Española o la editorial Calpe (recuérdese Espasa-Calpe); y, sobre todo, un diario, El Sol, de clara vocación progresista dentro del liberalismo español, que acabó derivando hacia el republicanismo. En las columnas de El Sol fue donde Ortega y Gasset escribiría su famosísimo delenda est monarchia (la monarquía debe caer).

El Sol reapareció, por cierto, en los quioscos españoles en los años ochenta, de la mano del dueño del Grupo Anaya, Germán Sánchez Ruipérez. Tuvo corta vida.

Después de dirigir El Sol, a principios de los años veinte, Aznar marchó a Cuba, donde siguió laborando como periodista. Regresó con la avenida de la República a España y se reincorporó al periódico, al parecer de la mano de un monárquico, José Félix de Lequerica, que acabaría con los años siendo ministro de Asuntos Exteriores de Franco. Conforme los republicanos burgueses fueron haciendo inteligencia con la izquierda (la conocida como conjunción republicano-socialista), se fue apartando de las labores de este periódico, como lo fue haciendo Miguel Maura, el líder del Partido Republicano Conservador con el que Aznar se sentía más identificado.

Una vez estallada la guerra, Aznar hizo uso de sus amistades y conocimientos para salir de Madrid a Francia. Una vez allí, sus viejos amigos José María de Areilza y Lequerica le invitaron a pasar a la zona nacional, cosa que él hizo.

En 1972, la editorial falangista Gaudeamus publicó el libro Testimonio de Manuel Hedilla, elaborado por Maximiliano García Venero (también falangista) por encargo del biografiado (así pues, más que una biografía autorizada, es una biografía por encargo). Hedilla fue el segundo Jefe Nacional de Falange (tras la muerte de José Antonio) y fue condenado a muerte por Franco tras los sucesos de Salamanca, de los que otro día hablaremos. Lo importante, a efectos de este post, es que en octubre de 1936, cuando Aznar pasa a zona nacional, Hedilla es un personaje de indudables poder y contactos en el cuartel general de los sublevados, y por ello cabe seguir con interés el relato que nos hacen Venero y Hedilla en el libro de la peripecia del que acabaría siendo abuelo de un presidente del Gobierno.

Según este tándem de escribidor y escribido, Aznar estrenó la camisa azul de Falange Española el 29 de octubre de 1936, en Zaragoza, durante la conmemoración del acto fundacional del partido. Lamentablemente, dos horas después de estrenar la camisa, y para sorpresa de los falangistas zaragozanos, Aznar fue detenido por la policía, siguiendo una orden que llegaba de Valladolid (o sea, del entorno del general Emilio Mola). Fijaros cómo pintaba la cosa que los falangistas, nada más enterarse de que Aznar iba a ser trasladado esa misma noche a Valladolid por los policías, presionaron para que en el automóvil fuesen también falangistas. Sin duda alguna, temían que a mitad de camino le diesen el paseo. O sea, que le hiciesen lo que a García Lorca.

Manuel Hedilla relata de esta manera la conversación que tuvo con el también periodista (y también falangista) Víctor de la Serna:

«‑A Manuel Aznar lo fusilan esta noche –anunció De la Serna.

‑¿Tenemos algo que ver con eso?

‑No.

‑Así, no creo que podamos hacer nada.

‑Tú –insistió De la Serna –podrías pedirle a Mola que le salvase. Es el único a quien atendería.

‑Tal vez…»

De creer a Hedilla (no se olvide que este relato está escrito en una especie de autohagiografía), el Jefe de Falange le escribió una carta a Mola, que fue la que logró el perdón. Digo que hay que tener cuidado al creer esto porque Aznar tenía más amigos poderosos en el franquismo, además de Hedilla, que no lo conocía. Es probable, por lo tanto, que sea cierto que el falangista terció en su favor; pero también es muy probable que no fuera el único que lo hiciese.

Aznar fue sacado de la cárcel por unos falangistas que lo llevaron en tren a Burgos y, desde allí, en coche a Irán (corrección: querían llevarlo lejos, pero no tanto. Obviamente, quise escribir Irún). Según testimonia uno de sus escoltas, Mariano Tobalina, en el libro de García Venero, nada más cruzar el puesto fronterizo se presentó en el mismo un pelotón de requetés (carlistas) con la intención de detenerlo e impedir que pasase a Francia.

Manuel Aznar tardó sólo un año en volver a zona nacional y, a partir de ese momento, fue bendito por el franquismo. Fue periodista, embajador, autor de una Historia militar de la guerra e, incluso, en la película homenaje al dictador, Franco, ese hombre, aparece una larga entrevista con él.

¿Quién y por qué quiso fusilar al abuelo de Aznar en el 36? Es una pregunta muy difícil de contestar. García Venero alude nebulosamente en su libro a celos profesionales y asevera que se habla de tres o cuatro posibles culpables, sin citarlos. Resulta difícil de creer que se trate de un asunto de celos entre periodistas.

Mi opinión personal es que fue víctima del celo del franquismo, que pretendía ser, y fue, escoba de todo lo que oliese a la República. Es cierto que Miguel Maura, referente político de Aznar (al fin y al cabo, éste había dirigido la campaña electoral de aquél en el 33), era una persona de corte conservador, especialmente en materia religiosa (la primera crisis de la República surgió cuando el propio Maura y Alcalá-Zamora trataron de obstruir la definición constitucional de España como un Estado laico). Sin embargo, Maura había sido actor del Pacto de San Sebastián (cuando las fuerzas republicanas se coligaron para acabar con la monarquía) y, de hecho, quienes iban a gobernar España tras las elecciones municipales de 1931 esperaron acontecimientos, aquel 14 de abril, en su casa, situada en un palacete de la calle Príncipe de Vergara. Como he dicho, el conservadurismo maurista olía demasiado a republicanismo. En 1936, lo que se estilaba en el triángulo Salamanca-Valladolid-Burgos, donde se ventilaba el poder del bando nacional, eran opciones más puras: falangistas, requetés y derechistas de hora vieja, con un importante currículum de resistencia a la República. Para mí, la detención y condena al paredón de Manuel Aznar fue la manera que encontró alguien, probablemente el general Mola, de tratar de dejar claro que los sublevados no harían componendas y no dejarían ni un resquicio a los oportunistas de última hora. El hecho de que Aznar pudiese volver sin problema al escenario de su condena faltando Mola del mundo de los vivos abona esa tesis.

Lo que no sé es qué se siente viviendo décadas siendo condecorado y premiado por aquél que una vez, como poco, hizo más bien nada por evitar que te fusilasen. Quizás es que la Historia, como la política, hace extraños compañeros de cama.