viernes, octubre 27, 2006

La sucesión de Franco

Tengo hace varios días el texto de este post que me ha remitido Inasequible Aldesaliento. He tardado en colgarlo, básicamente, porque no quería terminar de elaborarlo sin hacer algunas notas por mi parte, como veréis no todas coincidentes con las tesis de Ina.

Aborda esta entrada del blog un asunto un tanto marrullero y complicado, cual es la sucesión de Franco al frente de los designios de España, y qué pensó realmente el dictador de ello. Es marrullero y es complicado por dos razones: primera, porque siendo una discusión histórica, también lo es contemporánea, por cuanto al frente del Estado español sigue hoy en día la persona que en su día designó Franco. Segunda, porque las opiniones de todo o casi todo el mundo vienen muy influidas por el hecho de que todos sabemos lo que ha pasado. Cuando se opina del pasado conociendo el futuro que en dicho pasado se desconocía, es difícil, creo yo, separar el grano de la paja.

Dos contribuciones en una, pues, para un debate, cuando menos en el momento presente, interminable.

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La sucesión de Franco

©Inasequible Aldesaliento™

(© JdJ para los textos entre corchetes)

Entre 1954 y 1971 Francisco Franco Salgado-Araujo, primo y asistente del más famoso Francisco Franco Bahamonde, fue recogiendo en un dietario las conversaciones que mantenía con su primo. Es de suponer que en esas conversaciones, que no sabía que estaban siendo registradas, Franco podía permitirse ser más Franco y más franco que nunca. Eran conversaciones en la intimidad con un hombre leal y sin ambiciones políticas. Por ello, las opiniones de Franco recogidas en ese libro seguramente sean más sinceras que cualesquiera otras. Franco era un maestro de la ambigüedad y sabía dulcificar los mensajes y hacer que al final cada cual hubiese oído lo que quería oír. Cuando haya una contradicción entre lo que otros hayan dicho que Franco había afirmado o pensado y lo escrito por Franco Salgado-Araujo, creo que sin dudarlo debemos inclinarnos por el testimonio de éste. Franco Salgado-Araujo, además de ser un hombre leal y sin ambiciones, era un hombre honesto, que nunca pensó en sacar ningún provecho de su dietario. De hecho éste no se publicó hasta que ambos Pacos hubieron muerto.

El tema que aparece más insistentemente en el libro, hasta el punto de que tal vez ocupe la tercera parte de éste, es el de la sucesión de Franco. Ya a mediados de los años 50, cuando Franco apenas había cumplido los sesenta, el problema de la sucesión del dictador aparecía como el tema más candente de la política española. Los partidarios del régimen eran conscientes de que cuando Franco faltase, las cosas cambiarían. Unos intentaban encontrar una fórmula que garantizase que, pasase lo que pasase, los principios del Movimiento no se modificarían. Otros eran conscientes de que algo debería cambiar, pero confiaban en que podrían minimizar los cambios necesarios.

[En realidad, yo no creo que a mediados de los 50 hubiese demasiados franquistas que, al estilo de lo que terminaron siendo Adolfo Suárez y otros azules, pensasen que el franquismo tenía que evolucionar. A mediados de los cincuenta, el régimen había terminado prácticamente con los maquis; culminado una negociación elegante con la URSS para la devolución de los prisioneros de la División Azul (llegada del Semíramis a Barcelona, en 1956); superado los peores años de la crisis económica de posguerra; iniciado en serio los amistosos contactos con los Estados Unidos; y, sobre todo, aún contaba con los anhelos de paz de la mayoría de la sociedad española. El franquismo aún parecía eterno. Empezó a dejar de serlo, paradójicamente, cuando comenzó a dar réditos y a favorecer el desarrollo de España, en los años sesenta.]

Resulta interesante comprobar que ya en 1954, Franco tenía pensada la fórmula para su sucesión y que se mantuvo fiel a la misma durante más de veinte años. Él no cambio de opinión. Fueron los demás que, engañados por su ambigüedad y su zorrería, no se dieron cuenta de que las cartas ya estaban repartidas desde una fecha tan temprana.

Para Franco, el sucesor legítimo era Don Juan de Borbón. Desgraciadamente, Don Juan se había desautorizado con el manifiesto de 19 de marzo de 1945, en el que hacía un llamamiento a favor de la restauración monárquica y advertía que el régimen de Franco, por su inspiración en el totalitarismo de las potencias del Eje y vínculos con éstas, ponía en peligro el porvenir de España. Aparte de ese manifiesto, Franco critica a Don Juan de rodearse de malas compañías e incluso de masones y de no estar bien informado sobre la realidad española. Aunque Franco da muestras ocasionales de cierto aprecio por Don Juan, los recelos hacia sus ideas políticas y el recuerdo del malhadado manifiesto siempre pesaron más. Franco estaba convencido de que Don Juan traería una monarquía liberal que acabaría dando paso a la república.

Descartado Don Juan por lo motivos aducidos, el candidato claro era su hijo Don Juan Carlos. Franco pensaba que cogiendo pronto al Príncipe y formándole en España con tutores escogidos y una buena pátina de educación militar, conseguiría el objetivo de que su sucesor fuese un Rey bien formado en los principios del Movimiento.

[De hecho, el principal punto de fricción en las elegantes cartas que se intercambiaron en aquellos años Franco y Juan de Borbón fue la educación del príncipe. Juan de Borbón quería para su hijo un programa muy al estilo del que luego tuvo el actual Príncipe de Asturias, Felipe de Borbón. Esto es: tutores españoles pero amplias estancias en el extranjero –como hizo Felipe en Georgetown. Franco, sin embargo, quería que la educación se hiciese toda ella en España, por razones obvias.]

Franco nunca consideró a los príncipes tradicionalistas como candidatos a la sucesión. Consideraba que no tenían ningún arraigo entre la población, para la cual eran unos desconocidos, y que eran príncipes extranjeros. Hubiera querido ver que todas las ramas monárquicas se uniesen detrás de la figura de Don Juan Carlos.

[En mi opinión, no se puede hablar exactamente de preferencias, sino de descartes. Quiero decir que las preferencias de Franco tenían que ver, sobre todo, con las preferencias imposibles o implanteables. En primer lugar, no podía entregar España a la Falange, porque ésta era una formación fascista y la deriva de España hacia un estado puramente fascista, años o décadas después de la caída de Hitler, además de anacrónica habría movilizado a la oposición activa de Europa contra la dictadura española. No podía entregar España a la Comunión Tradicionalista porque era una opción ideológica minoritaria en el país, salvo en Navarra; y, además, para colmo, como los años Carlos Hugo de Borbón-Parma, heredero de la pretensión carlista y finalmente pretendiente, fue derivando hacia posiciones democráticas y constitucionalistas bastante lejanas del franquismo e incluso, en los años sesenta, se colocó de minero en Asturias para conocer de cerca los problemas de la clase trabajadora. No podía entregar el país al Ejército (probablemente su opción más querida) porque la generación posterior a la suya no alumbró militares con la cercanía al dictador que tenían los Carrero o Alonso Vega, que difícilmente podían suceder a Franco si tenían su edad. No podía introducir la querella dentro de los borbones porque el otro gran pretendiente de la familia, en infante Jaime de Borbón, vivía en París desde donde le mandaba cartas a Franco instándole a convocar un referéndum para que los españoles decidiesen libremente su régimen político. En estas circunstancias, Juan de Borbón era, literalmente, lo que quedaba. Y, si no debía ser él, sólo quedaba el hijo.]

La única persona que hubiera podido hacer sombra a Don Juan Carlos era Don Alfonso de Borbón Dampierre. En la entrada del 4 de febrero de 1963, Franco comenta: «(…) el infante Don Alfonso de Borbón Dampierre, que es culto, patriota y que podría ser una solución si no se arregla lo de Don Juan Carlos.» Ya en otra entrada de 27 de octubre de 1960, Franco menciona que ha conocido a Don Alfonso y que le había parecido inteligente y culto. No obstante, son sólo dos alusiones elogiosas en el espacio de casi veinte años. Nada comparable con el casi centenar de referencias a Don Juan Carlos. En todo caso, Franco parecía respetar bastante los principios de legitimidad dinástica y encontraba que la abdicación y renuncia a sus derechos de Don Jaime, padre de Don Alfonso, eran bastante motivo para preferir a la línea de Don Juan.

Visto que desde el principio Franco se había decantado por Don Juan Carlos, la siguiente pregunta sería: ¿qué tipo de régimen tenía pensado Franco que le sucedería?

De las muchas referencias que trae el libro, entresaco dos, que no dejan lugar a dudas: «(…) la nueva monarquía será establecida sobre los postulados de la Falange» (22 de abril de 1955) y: «una monarquía basada en los principios del Movimiento, no en una que sea igual o parecida a la que cayó el 14 de abril, pues no duraría ni un año y ocasionaría el caos en España, haciendo inútil la Cruzada» (14 de marzo de 1959). Franco pensaba que la monarquía liberal no era un régimen que se adaptase bien al carácter español y, como muestra la cita de 1959, pensaba que una monarquía de ese tipo daría paso irremediablemente a una república, régimen del que Franco abominaba especialmente al verlo como equivalente al caos. Franco pensaba que su sucesor debería ser un Rey social, un Rey paternalista dentro de una democracia orgánica, ese peculiar tipo de democracia que inventó Franco.

No han faltado comentarios de personajes de aquellos años que dicen que Franco les habría dicho que a su muerte necesariamente Don Juan Carlos tendría que liberalizar el régimen. Dado que la última anotación de Franco Salgado-Araujo es de enero de 1971, no resulta posible seguir la evolución del pensamiento de Franco sobre su sucesión en los cuatro últimos años del régimen. Es posible que la gran presión internacional de aquellos años y los cambios evidentes de la sociedad española le llevasen a Franco a replantearse la cuestión y a aceptar que tras su muerte el régimen tendría que hacer algo más que meros cambios cosméticos.

[A mí la idea de un Francisco Franco que, a eso de los ochenta años de edad, se cae del guindo y se da cuenta de que España debería retornar a esquemas de participación política cercanos o iguales a la democracia se me hace una idea bastante inconcebible. Creo que las personas, por lo general, tendemos a instalarnos en nuestras ideas más queridas. Y los gobernantes más. Si existe, porque existe, el llamado Síndrome de La Moncloa, es decir el gobernante que cada vez ve menos la calle y más a una camarilla de asesores que tienden a no cuestionar sus decisiones, por estúpidas que sean; si existe, digo, con mayor razón existirá el Síndrome de El Pardo, pues en una dictadura la alabanza del Jefe es algo que va de suyo.

A mí, el testamento político de Franco, esas cuartillas que tal vez redactó personalmente antes de morir pero que en cualquier caso llevan su impronta, siempre me ha sonado a algo así como: «Bueno, chavalines, ahora que me voy yo, no se os ocurra volver a pelear, ¿eh?» Franco era muy paternalista con los españoles; nos consideraba, o más bien consideraba a nuestros abuelos, una pandilla de personas bienpensantes en el fondo que, sin embargo, no eran capaces de dominar sus emociones y querencias y por eso propendían al enfrentamiento. No creo que nunca superase la idea de que la única forma de gobernar adecuadamente a un país es disciplinándolo como se disciplina a la gente que está en el patio de un cuartel. Y alguien que piensa que lo que hay que hacer con el díscolo no es escucharlo sino arrestarlo, reprimirlo, difícilmente desarrollará ninguna idea mínimamente liberal.]