sábado, octubre 14, 2006

Si hablo, o más bien escribo, bastante a menudo de Barcelona, es porque es mi tercera ciudad. La primera es La Coruña, donde me crié. La segunda es Madrid, donde vivo y donde nací. Y la tercera es Barcelona, porque es la que más visito además de las dos anteriores, en digna competencia con Bruselas.

Esto no quiere decir nada porque, en realidad, si me pongo a hacer cálculos, habré pasado en Barcelona, en los últimos diez años, no menos de tres o cuatro meses enteros de mi vida, y creo que me quedo corto; y, sin embargo, por poner un ejemplo, jamás he podido visitar la Sagrada Familia. Mi experiencia me dice, además, que soy parte de una legión; somos muchos los que pisamos ciudades que desconocemos en lo absoluto.

Mi interés por Ildefons Cerdá comenzó de coña. En los alrededores de su plaza, la plaza Cerdá, y en ella misma, hay dos o tres sitios en los que yo suelo parar por cuestiones de trabajo. Así, cada vez que tengo que quedar con alguien en Barcelona, suelo arrastrarlo hacia donde yo estoy, más que por comodidad, por miedo a perderme (ahora que lo pienso, un día tengo que organizar una reunión de trabajo en el pórtico de la Sagrada Familia). Además, la plaza Cerdá está de camino al aeropuerto.

El caso es que me encanta picar a mis amigos barceloneses citándoles leyendo la placa como la lee espontáneamente un castellano, es decir con el acento tónico en la penúltima sílaba. «Podemos quedar en la plaza cerda», digo. Y, a continuación, apostillo: «Pero no entiendo el nombre, pues no la veo más cerda que otras plazas».

Siempre te corrigen, claro. Cerdá, es Cerdá. Pero un día, como si tal cosa, se me ocurrió preguntar: «Y, ¿quién era Cerdá?». Más que habitualmente, la respuesta era y es el silencio. Así que me puse a leer, como suelo hacer siempre que me pica la curiosidad.

El hombre, durante más de 2.000 años, concibió en la práctica la creación de ciudades como un aluvión. Es cierto que hubo civilizaciones, ahora se me vienen a la mente los romanos, que se preocuparon por inventar casas estudiadas para el bien vivir. Pero esos mismos romanos tenían barrios, como la horrenda Subura de la Roma cesarea, que eran auténticas colmenas insalobres. Pero hubo un momento en el que el hombre empezó a pensar. A pensar que los barrios hay que pensarlos. Que hay que planificarlos. Que hay que tener en cuenta que los barrios, las calles y conjuntos de calles, tienen que combinar sabiamente los servicios de una ciudad, las casas, los transportes. Incluso, quienes esas cosas pensaban comenzaron a preguntarse por qué no construir ciudades en las que todas sus casas, todas, tuviesen luz natural.

Quizá, la primera persona que reflexionó en serio, o por lo menos de forma sistemática, sobre este asunto en todo el mundo fue un catalán: Ildefons Cerdá.

Cerdá se formó en Madrid, en la escuela de ingenieros de caminos que fundó Agustín de Betancourt. De Betancourt, por cierto, tiene una calle bastante importante en Madrid (termina donde estaba el edificio Windsor), pero no os molestéis en preguntarles a los viandantes si saben algo de él, porque los madrileños tampoco le conocen.

La gran oportunidad de llevar a la práctica sus ideas, ya no de arquitectura, sino de urbanismo, le llegó a Cerdá a mediados del siglo XIX, cuando estaba en la plenitud intelectual y había alcanzado, argumento no desdeñable, la tranquilidad económica. En ese momento gobernaban España políticos liberales, bastante cercanos a las ideas de don Ildefons; y, además, se tomó una decisión muy sabia, como era derribar las murallas de Barcelona. Porque Barcelona, en efecto, siguió hasta hace 150 años siendo una ciudad de corte medieval en su estructura.

La construcción de los nuevos barrios que el derribo de las murallas liberó es lo que se conoció, y se conoce aún, como El Ensanche de Barcelona, a pesar de que hoy esté bastante dentro del casco urbano. Entonces la banlieu, un lugar donde hacer las cosas un poco a derechas. El paraíso de un planificador.

Lo cierto es que Cerdá tuvo muchos problemas. Sus planteamientos urbanísticos no fueron del gusto de muchísimos barceloneses, especialmente burgueses apegados a gustos más tradicionales y, de hecho, Cerdá tuvo que ser impuesto... por Madrid. Cosas que tiene la vida, ¿eh?

El concurso para el Ensanche barcelonés lo ganó, en realidad, otro catalán, Antoni Rovira i Trías. La diferencia entre Rovira y Cerdá estribaba en que el primero tenía un proyecto que seguía reconociendo la preeminencia de la vieja Barcelona, de la que los nuevos barrios dependerían; mientras que Cerdá, obsesionado como buen urbanista en el concepto de ciudad nueva, concibió en el Ensanche una especie de Barcelona paralela, distinta y autónoma. Cerdá proyectó manzanas de casas de tamaño medio, unos 100 metros, con sus esquinas romas (chaflanes) para crear plazoletas en los cruces, y jardines en el interior de las manzanas. ¿Cuántas manzanas habéis visto así, con un jardín en su interior? Pues, si vivís en una, darle las gracias a Cerdá.

He leído algún que otro comentario según el cual el legado de Cerdá es más visible en Madrid que en Barcelona, a través de la notable influencia que ejercieron sus ideas en el propio Ensanche de Madrid, que no se llama Ensanche ni nada, dentro del cual se construyó una parte importante del barrio de Salamanca, el de Chamberí y un tramo de la Castellana.

Tenía ganas de escribir sobre Ildefons Cerdá porque, la verdad, lo considero un adelantado a su tiempo que merece placa con letras de oro por ser uno de esos personajes que procuró el beneficio más valioso del desarrollo, que es el bien de las gentes. Si en lugar de barcelonés fuese parisino, o londinense, yo creo que hoy sabríamos de él más de lo que sabemos. Su caída en desgracia, que tuvo la mala suerte de sufrir (murió en un balneario cántabro, olvidado de todos), revela lo poco dados que somos en la piel de toro a conservar nuestros mitos. En algunos países, los niños tendrían que aprender en la escuela quién fue Ildefons Cerdá.

Terminaré con una anécdota sobre el callejero barcelonés, a ver si consigo arrancar una sonrisa de mis lectores. Aunque la anécdota también tiene que ver con esa obligación moral que debería tener la escuela de dejarnos siempre bien enseñado lo que es nuestro.

En 1993, pleno verano, acabé dándome barrigazos por Barcelona, comme d'habitude. Un amigo de un amigo me invitó a comer, a mí, a un gallego, con el atrevido argumento de que por fin iba a comer langostinos de verdad (en fin...) Este amigo se acababa de mudar a un flamante apartamento en la Villa Olímpica. En la plaza de Tirant lo Blanc.

Tomé un taxi. Iba yo muy concentrado en unos papeles que llevaba; suelo usar los taxis para currar, de hecho. El taxista iba hablándome de cosas inconexas; yo no le hacía caso y le contestaba con monosílabos guturales, aquí un «uh», allí un «ah». Capté dos o tres informaciones de escaso interés sobre la carestía del impuesto de circulación en Barcelona y el precio de las espardenyas.

En un momento dado, miré el reloj. Llevaba cuarenta minutos en el taxi... y lo había tomado en el Puerto Viejo. Era verano y casi no había tráfico. ¿De qué iba aquel tipo? Entonces me fijé en el taxímetro y calculé que hacía un buen rato que el conductor lo había parado.

Se había perdido.

Lacrimosamente, me explicó que la peor condenación para un taxista de Barcelona, en 1993, era que le marcasen una dirección en la Villa Olímpica. Todas las calles son nuevas, dijo, y no nos las sabemos. Yo, algo mosqueado, le dije: «Pues pregunte, joder.»

Eso fue lo que hizo. En un semáforo, que una solitaria chica cruzaba, el taxista sacó la cabeza por la ventanilla y le dijo:

- ¡Escucha, oye! ¿Sabes por dónde queda la plaza de Tirando al Blanco?

¡¡¡ANIMAL!!!

No pude por menos que proferir esta expresión. «Pero, tío, ¿no te dije Tirant lo Blanc, joder?»

Aquel tipo se creía que las calles y plazas de la Villa Olímpica de Barcelona, en pura lógica, se llamarían Tirando al Blanco, Corriendo los Cien Metros, o Lanzando la Jabalina.

De Tirant lo Blanc no tenía, claro, la menor noticia.

Y tranquilos los gallegos. Los langostinos estaban buenos, para qué negarlo. Pero no tan buenos. Vosotros ya me entendéis.