martes, octubre 10, 2006

Antoñito

La Historia, toda Historia, es un piélago de historias. Historias que se pierden en las profundidades del tiempo, a pesar de haber sido notables y aún de gran impacto en su tiempo. Otra cosa que tiene la Historia es que sólo retiene una décima parte, como mucho, de los nombres que debería retener. La Historia de lo cotidiano está repleta de pequeños héroes que las personas pronto olvidan.

Hoy quiero acordarme de un pequeño, insignificante héroe, tan insignificante que sólo conozco su nombre, para colmo diminutivo: Antoñito. Pero quiero dejar aquí un homenaje a Antoñito porque él representa, de alguna manera, todo lo que de honrado y sensible tiene el ser humano. Ahora veremos por qué. No sin que antes me enrolle un poco. Un poco mucho.

La cámara nos ofrece un plano general de la calle de Alcalá, cerca del cruce con la de Sevilla y por lo tanto de la Puerta del Sol, en 1913. Madrid es, entonces, una ciudad de 750.000 habitantes en la que todo, lo bueno y lo malo, bulle en esa estrecha almendra que abraza a las Cortes, la Casa del Reloj y el conocido entonces como edificio de La Equitativa, sede, hoy también, del Círculo de Bellas Artes. Son años en los que, por poner un ejemplo, se discute sobre la moralidad de la aviación. Sí, sí. En Barcelona, tres años antes, se ha producido la primera exhibición aérea en España, y se discute mucho sobre el tema. No faltan los sacerdotes ultramontanos que excomulgan a la aviación por pretender hollar los cielos que son de Dios.

La gente, en esa época, ocupa sus ocios de manera muy distinta a la actual. Los dos deportes principales, en una sociedad que por no tener no tiene aún ni radio, son: dejarse ver y visitar. Los domingos es obligado ir a misa de dos y, antes o después de ella, darse un buen garbeo por el Tontódromo, es decir calle abajo hacia Los Jerónimos, para que la gente nos vea. Luego, en la tarde, las gentes se visitan; se visitan por cualquier motivo, aparente o real. En todas las casas que de ello se precien hay un buen fondo de alacena formado por botellas de oporto y pastas para los por venir, que vendrán, seguro.

Y otra cosa: en la España de 1913, el juego está prohibido. Pero todo el mundo juega.

La cámara ha entrado, mediante un zoom, por el amplio ventanal del Círculo de Bellas Artes, para mostrarnos las mesas repletas de caballeros jugando por dinero. Caballeros, claro: a las salas de juego no tienen autorizado el paso las mujeres, como a tantas otras cosas. De alguna manera, la cámara, en su paseo por las mesas, se las arreglará para detenerse, durante un momento, en un hombre impecablemente vestido de uniforme militar, con un hermoso alfiler de corbata de diamantes. Es el capitán Manuel Sánchez López, en ese momento en la reserva, héroe de la acción de la sabana de Peralejo, en la guerra de Cuba, que tuvo lugar el 19 de julio de 1895 y en la cual unas exiguas tropas, al mando de Martínez Campos, derrotaron a una tropa de mambises al mando de José Maceo que les superaban en número en proporción de uno a cinco. No hace mucho, este capitán ha sido concecorado por su valor en la guerra.

En 1913 hace quince años de la pérdida de Cuba. Pensad en un héroe vencedor en una batalla de una reciente guerra perdida, por ejemplo un capitán estadounidense de la guerra de Vietnam a mediados de los ochenta, y os haréis una idea de lo respetable del señor. La toma de la cámara, de hecho, os engañará, porque veréis a un tipo elegantísimamente vestido y respetado por todos, y lo tomaréis por un burgués sobrado. Pero no es verdad. Manuel Sánchez vive en la Escuela Superior de Guerra, en la plaza Conde de Miranda, realquilado por el Ejército, y trabajando de conserje. Tiene cinco hijos y apenas puede alimentarlos.

Éstos son los estragos que hace la ludopatía.

La cámara, sin embargo, sólo está de paso. En quien se quiere fijar de verdad es en Rodrigo García Jalón, un hombre algo grueso que en 1913 tiene 50 años, también impecablemente vestido. Sin premura, la imagen se detendrá en él y nos lo mostrará jugando como juegan los que tienen sobrado, yendo a todas las apuestas y sin mostrar un rictus de desesperación al perder. García Jalón porta una cartera de donde parecen manar los billetes como la leche y la miel de la Tierra Prometida. García Jalón es, en efecto, un burgués relativamente acomodado, residente en la calle Divino Pastor de Madrid con su hijo menor y un ama de llaves (otro hijo estudia en la Academia de Infantería de Toledo y otro estudia en Francia), y que también gusta del juego; aunque tiene, evidentemente, más posibles que el capitán Sánchez para desplegar su afición.

Es una tarde de abril de 1913. Primavera en Madrid que llena los teatros, los cafetines del Prado y preña el Tontódromo de sombreros y floripondios. Visitas para devolverle a usted la visita que me hizo después de que yo le visitase a causa de su amable visita. Ese día, García Jalón va vestido de una forma especialmente elegante; según las crónicas, con camisa verde a rayas rojas y traje gris. Corbata de seda. El uniforme del burgués que tiene un lío.

Lo que nunca sabremos del todo es qué sabía exactamente, o qué sospechaba, García Jalón sobre la cita que había concertado para aquella tarde-noche. Porque lo que hizo no es muy normal. Cuando le llegó la hora de marcharse, se fue al cajero del casino, le dio 5.000 pesetas (un auténtico pastón para la época, una fortuna) y le pidió que se las cambiase por una sola ficha, también de 5.000, claro. Una vez hecho esto, le dio instrucciones precisas de que, caso de presentarse alguien a cambiar la ficha, no se le otorgase dicho cambio salvo que él estuviese presente. Yo creo que Don Roberto sabía algo, o sospechaba algo de la atractiva mujer rubia con la que se había citado. Pero ya se sabe que tiran más dos tetas que mil pesetas. Lo más probable, es lo que yo tengo por mí según las declaraciones que luego se produjeron, es que María Luisa y don Rodrigo hubieran quedado aquella tarde para estudiar la mala situación económica de ella, de la que el hombre ya era conocedor, y de la posibilidad, que al parecer el amante le había ofrecido, de que ella se fuese, con sus hermanos, a vivir a la casa de Divino Pastor (como se ve, debía de ser una casa bien grande). Bueno: para hablar de eso y de algo más, que luego referiré. García Jalón tal vez sospechó alguna actitud violenta por parte del padre y, por eso, se cubrió las espaldas. Se sabe que al cajero del Círculo le justificó tan extraño trueque con un lacónico: «Es que voy a cierto sitio y no me conviene llevar mucho dinero encima».

Nadie volvió a ver vivo y/o entero a don Rodrigo García Jalón. Lo cual, en principio, no tenía que ser preocupante. El hombre tenía unos negocios en el norte de España y, para inspeccionarlos, tenía por costumbre ausentarse días. En el Círculo nadie le echó de menos. En casa sí. En casa sí que se mosquearon, porque don Rodrigo nunca se marchaba sin dejar razón del hotel donde estaría, por si era necesario avisarle.

Y es ahí donde entra en escena Antoñito. El niño Antoñito es, el 25 de abril de 1913, martes, botones del Círculo de Bellas Artes. En la tarde de ese día, 24 horas después de que García Jalón entrase por última vez en el local, en la puerta del mismo se presenta una mujer, vestida con un elegante vestido de levita azul muy a la moda de los tiempos, quien informa al preadolescente de que quiere cambiar una ficha de la sala de juego. Antoñito, conturbado, la acompaña a la caja; es preceptivo, pues ya hemos dicho que las mujeres no pueden entrar allí. Ambos, señorita y botones, cruzan la sala, ante la mirada de todos. Al llegar a la caja, esa mujer saca… una ficha de 5.000 pesetas. La ficha de 5.000 pesetas, más bien, pues a cualquiera que sepa el pedazo de pasta que era ese dinero en aquel tiempo no se le escapará que la caja del Círculo no cambiaba demasiadas de ésas, más bien ninguna.

Para colmo, esa mujer, bastante torpe como asesina y ladrona como demostrarían éste y otros hechos, realiza la acción de libro que todo becario de primero de detective privado sabe que delata al delincuente: mostrarse voluntariamente dispuesta a una rebaja. Y qué rebaja: se aviene a cambiar la ficha por 500 pesetas.

El anónimo cajero del Círculo de Bellas Artes el 25 de abril de 1913 también merece un homenaje en este texto. ¿Os dais cuenta de lo que le estaba proponiendo la rubia? Supongamos, que no es mucho suponer, que Antoñito estaba presente. Lo más fácil y lucrativo para ambos, botones y cajero, hubiera sido aceptar. Ella se llevaría 500 pesetas y ellos 4.500, sin posibilidad de ser pillados. 2.250 pesetas por barba. ¿Qué podrían ganar al año dos putos botones y cajero del Círculo en 1913? ¿Veinte, treinta veces menos? Bueno, Antoñito era un niño. Seguro que trabajaba por las propinas.

Hay que tener mucho cuajo, ser eso que se llama honrado a carta cabal, para rechazar una oferta así. Pero eso es lo que hizo, cuando menos, el cajero del Círculo.

Antoñito hará más que todo eso. Extralimitándose en sus funciones, a la salida de la mujer del Círculo, la sigue, hasta que la ve encontrarse en la plaza de Canalejas con un hombre maduro y desaparecer entre el bullicio.

El Círculo, espoleado por el interés de Antoñito, que esa tarde se hace lenguas de mesa en mesa contando sus pesquisas, se pone en contacto con el domicilio de García Jalón. En Divino Pastor, el ama de llaves informa que, algunos días antes, una mujer rubia, no exenta de atractivo y vestida con un traje de levita azul se ha presentado en la casa con la intención de conocerla, aseverando muy chula, mientras pasea por los salones, que en muy poco tiempo va a vivir allí. Testimonio éste que abona la tesis anterior que ya expresé de que el día del asesinato, María Luisa había atraído a su amante con la disculpa de discutir dicho traslado.

La policía muestra cierto interés por el caso, pero pronto lo pierde. Eran otros tiempos. Hoy es muy fácil saber de alguien que está desaparecido que lo está. Entonces, no os creáis. García Jalón podía estar en cincuenta pensiones distintas de, un suponer, Bilbao, sin que nadie lo supiera.

El que está realmente mosqueado es Antoñito.

Nuestro pequeño y muy moral teniente Colombo sale, unos días después, a las doce de la noche, de su trabajo en el Círculo. En la carrera de San Jerónimo, cree ver a la misteriosa mujer rubia, y la sigue. La sigue hasta la pequeña plaza pasada la Puerta del Sol donde está la Escuela Superior de Guerra. Al día siguiente, por su cuenta y riesgo, Antoñito, que sabe que ha descubierto algo importante, se va la casa de Divino Pastor, y refiere todo lo que sabe. Juntos él, el ama de llaves y el hijo de García Jalón se van a la policía.

La policía, de mala gana, investiga. María Luisa es una joven de excelente reputación (en fin, a saber a quién preguntaron; con el juicio se pudo saber que, pese a declarar su oficio de planchadora, en realidad vivía de arrugar las sábanas, no de plancharlas) y su padre… ¡joder con su padre! Capitán en la reserva, conserje de la Escuela Superior, veterano condecorado en Cuba… ¡siete mil mambises puestos en fuga, nada menos! Aún y a pesar de tanto pasotismo, la criada, el hijo y Antoñito se dedicaron a dar el coñazo. Cualquiera que haya tenido a un preadolescente cerca dándole la barrila habría hecho lo que hizo la policía: convocar a la misteriosa mujer rubia a un interrogatorio, aunque sólo fuese para que Antoñito se callase.

Ambos, padre e hija, se presentaron en la comisaría elegantísimamente vestidos, él con su mejor uniforme y sus medallas colgando, visiblemente contritos, mejor diríase cabreados, por haber sido siquiera relacionados con un señor al que dijeron no conocer. En fin, la policía no es tonta y los jueces, tampoco. El juez organizó un careo entre María Luisa, el ama de llaves, García Jalón junior, el cajero y, cómo no, Antoñito. Todos la reconocieron, todos confirmaron que había estado donde ella negaba haber estado jamás.

¿Qué hubierais hecho de ser el juez?

Pues no.

Sí, la dejó libre. La dejó libre, sobre todo, por el prestigio del padre. Eran otros tiempos. Eran tiempos en los que la gente decente era decente (en su mayoría). Para la moralidad de aquel tiempo, la hija de un capitán condecorado no podía ser una asesina o un pendón desorejado. Madrid, dictaminó el magistrado, está llena de mujeres rubias y con traje de levita azul.

En este momento, entra en acción la prensa, concretamente dos periodistas, Francisco Serrano y José Quílez. Poco convencidos con la versión oficial, se pasan varios días investigando a María Luisa, la tan decente mujer rubia. Lo que descubren les deja pasmados. María Luisa ya se había fugado recientemente de casa en compañía de dos hombres distintos; situación en la que su padre se había presentado, por dos veces por lo tanto, a denunciar su desaparición ante la policía.

¿Os estáis preguntando cómo es posible que la policía no hubiese indagado en sus propios archivos un antecedente de estas características? Si no lo estáis haciendo, deberíais.

Pero la cosa llega a más. Creyendo que investigan a una lagartona que provoca el disgusto de su padre, el seguimiento de algunas de las relaciones de María Luisa les acaba revelando: primero, que es amiga de tener relaciones con varios hombres a la vez; segundo, que a todos les cuenta que ello es a espaldas de su padre; tercero, que todos o casi todos, «por casualidad», eran repentinamente pillados por el padre con las manos en el pan… momento en el que se avenían a pagar diversas sumas de dinero para evitar el escándalo.

¿O es que os pensabais que la industria del montaje la inventaron las famosillas de hoy en día?

Es posible, y ésta es la segunda tesis sobre el motivo del encuentro del 24 de abril, que García Jalón hubiera sido uno de estos amantes prestamistas, y, en consecuencia, ya había hecho a la hija y al padre muchos «préstamos», los cuales pretendía recuperar, al menos en parte. Es posible que eso fuese a discutirse aquella tarde (esta tesis explicaría que no quisiera llevar dinero encima). Y también explica que padre e hija decidiesen quitárselo de en medio.

La noche de autos, María Luisa colocó estratégicamente a su mosqueado amante de espaldas a una puerta por la que, mientras ambos discutían, entró el capitán Sánchez con un martillo en la mano. El cincuentón rijosillo fue asesinado, pues, a martillazos. Una vez cadáver el hombre, padre e hija se aplicaron a desmembrarlo, con bastante torpeza.

Primero le cortaron la cabeza, que metieron en el fogón (aparecería chamuscada tras los registros policiales). Luego le quitaron las partes blandas… y las tiraron por el retrete. Pues sí: ni el que asó la manteca, de verdad. El caño del desagüe se atascó, motivo por el cual tuvieron que urdir un plan B: tapiar el resto de los restos en un tabique del edificio de la Escuela. La cosa es que, además (hay gente que, más que torpe, es medio imbécil), al capitán Sánchez no le ocurrió otra cosa que exigir, para el desatascado del desagüe y el tapiado, la colaboración de dos soldados albañiles. Los quintos callaron por prudencia pero, semanas después del crimen, espoleados por los reporteros, acabaron cantando de plano.

El hallazgo por la policía de vísceras del pobre finado en las alcantarillas de Madrid alimentó la mitología en torno de este caso e hizo creer a mucha gente que el capitán Sánchez había estado deshaciéndose de las criadillas, zarajos, riñones e higadillos de García Jalón… ¡echándoselos en la comida a los soldados! Esta leyenda urbana fue tan célebre y tan repetida como ésas que hoy sostienen que los hilillos del plátano colocan o que Esperanza Aguirre habló una vez de la escritora Sara Mago. De hecho, era un rumor tan, tan popular, que ha quedado inmortalizado en una escena de «Martes de Carnaval», esperpento de Ramón María del Valle-Inclán. Un tipo muere y dos militares, un capitán y un general, discuten cómo deshacerse del cadáver. El capitán propone facturarlo en un paquete postal, como se hace, dice, en Estados Unidos, lo que al general le parece absurdo. Ésta es la propuesta alternativa que se le ocurre finalmente al capitán Chuletas:

«Si usted prefiere lo nacional, lo nacional es dárselo a la tropa en un rancho extraordinario, como hizo mi antiguo compañero el capitán Sánchez.»

Por si parecen pocas las estupideces de esta pareja de delincuentes, al muerto le habían encontrado, además de la famosa ficha de 5.000 pesetas, veinte duros, un reloj y un anillo. En un alarde de torpeza, intentaron vender las joyas, lo cual terminó por relacionarlos con el crimen.

El militar fue juzgado y condenado a muerte. Fue fusilado sin haber reconocido su participación en el crimen, con los brazos cruzados, en actitud altiva. Incluso, la noche antes de morir pidió permiso para mandar el pelotón que debería fusilarle (es lo que los castizos, aquí en Madrid, llaman ser «más chulo que un ocho»). Ella, María Luisa, fue condenada a la perpetua. En la cárcel se demenció, probablemente carcomida por los remordimientos, pues al parecer revivía una y otra vez el asesinato a martillazos de su amante. Murió, loca, en 1925.

O sea: es evidente que tuvo que ir María Luisa al Círculo a cambiar la ficha porque su padre iba por ahí y Antoñito, que ya hemos visto que era un fiera, le habría reconocido. El crimen fue, según todas las trazas, un crimen no planificado sino improvisado.

Pero hay otra cosa que también esta clara: los criminales contaban con despistar las pesquisas usando el prestigio del capitán y la pretendida vida decente de su hija. Y la policía, de hecho, actuó así: es un hecho que no les investigó mínimamente.

La muerte de don Rodrigo García Jalón nunca se habría esclarecido de no haber sido por la honradez de un cajero que no hizo lo más fácil, que hubiera sido corromperse. Y por el empeño de un niño, la única persona que, según todas las trazas, olió la tostada desde el principio, y la persiguió cuando ni la mismísima policía la perseguía.

Un pequeño héroe, que el tiempo ha olvidado. Pero que será feliz, si es que está en alguna parte, con sólo verte asentir con la cabeza en silencio, a ti, que has tenido la paciencia de llegar hasta aquí. Dedícale una sonrisa.

Pido, de verdad, disculpas por este post tan largo. Pero si te lo has pasado bien leyéndolo, una cosa te debe quedar clara: no te lo has pasado ni la mitad de bien que me lo he pasado yo escribiéndolo.