martes, octubre 10, 2006

Nacionalidades y nacionalismos

Un comentario de Conde a mi post sobre las declaraciones del padre Aurelio Escarré, en el que se extrañaba de un uso tan temprano del concepto de nacionalidad, me ha espoleado a bucear en mi memoria y en mi biblioteca, para poder, como me comprometí, confirmarle hasta qué punto el concepto nacionalidad es muy anterior.

Primavera de 1864. Senado español. Manuel Sánchez Marín, diputado unionista (o sea, de la cuerda del general O’Donell, a quien los ignorantes llaman cero-coma-Donell) perora contra los particularismos regionales y defiende la idea de leyes iguales para todos los españoles. En ese momento, de forma inesperada, se levanta Pedro de Egaña, político vasco, alavés, fuerista y de ideas políticas nada avanzadas (moderado, Egaña ha sido ya ministro de Gracia y Justicia y de Gobernación en etapas más bien poco liberales).

Esto es lo que dice Egaña, con mis destacados:

«Yo vengo a defender un país que no ha agraviado a Su Señoría, que no ha faltado en lo más mínimo a los Cuerpos Colegisladores, que no ha quebrantado ninguno de los respetos que se debía al resto de la nación. Un país en que no sólo he nacido y recibido la vida material, sino a quien le debo también la vida política, lo poco que valgo y lo que soy; un país que me ha empujado hasta un punto elevadísimo en que hoy inmerecidamente me encuentro por gracia voluntad de la más bondadosa de las Reinas [Egaña había sido nombrado senador vitalicio]; mientras que Su Señoría responde otra clase de sentimientos, y se presenta aquí como el fiscal implacable y severo de una organización social a mi juicio la más perfecta que han conocido las edades pasadas, que conocen las presentes y que conocerán las venideras; de esa organización que dura más de mil años, sin que hayan podido conmoverla y menos destruirla las tempestades políticas que han derruido imperios, destronado dinastías, y hasta hundido nacionalidades de gran fuerza; mientras que aquel pobre rincón ha mantenido incólume esa nacionalidad que ha parecido al Sr. Sánchez Silva tan poco digna de respeto, que ni siquiera la considera acreedora a que se la guarden los fueros de la desgracia.

»(…) Oigo que un señor senador amigo mío se extraña de que use la palabra nacionalidad [En efecto: la cita de Egaña había provocado muchos rumores entre los legisladores]. Claro es que al hablar en la época y momento en que he hablado de nacionalidad, este señor senador conocerá muy bien que siendo aquellas provincias parte de España, no había de hablar de una nacionalidad distinta de la española, pero como dentro de esta gran nacionalidad hay una organización especial que vive dentro de ella con su vida aparte, por eso usaba la palabra nacionalidad al hablar de las provincias vascas. Conozco que tal vez habría sido más exacta la palabra organización; de todas maneras, si a Su Señoría no le parece conveniente la de nacionalidad, la reemplazaré desde luego con la de organización especial.»

Como puede verse, además del hecho de que Egaña no era del mismo Bilbao pero se quedaba cerca (eso de «la organización social más perfecta de las venideras» le quedó pintiparado), la cita sirve para dirimir, con exactitud, para qué se inventó el término de nacionalidad distinguido del de nación. Nacionalidad, en este sentido, era una distinción lingüística, cultural y social que, sin embargo, era de posible desarrollo dentro de la nación española.

¿Qué pienso yo de todo esto de los nacionalismos? Pues la verdad es que soy gallego, pero no nacionalista. Y lo que pienso se parece bastante a lo que ya dijo, con bastante acierto, un político por el que no siento demasiada simpatía histórica: Manuel Azaña. Azaña pronunció un discurso el 27 de marzo de 1930 en el restaurante Patria de Barcelona. Este ágape formó parte de un conjunto de celebraciones cuyo centro fueron intelectuales de Madrid (Azaña, Marañón, Ortega, Bagaría, y otros) de visita en Barcelona. El viaje fue un agradecimiento organizado por Juan Estelrich por un manifiesto firmado por esos intelectuales castellanos contra la agresión de la dictadura de Primo de Rivera, en ese momento ya acabada, contra el catalán y lo catalán.

Dejemos a hablar a Azaña. Estas palabras pueden encontrarse en sus Obras Completas:

«En días de dolor para todos, singularmente amargos para Cataluña, pensando en vuestros sentimientos maltratados (…) queríamos deciros lo que era menester entonces para que os llegasen unas palabras de ánimo y el testimonio de que no estabais solos. (…) Y esto lo queríamos hacer no de una manera fría o en virtud de un principio general que podía aplicarse de la misma manera a cualquier país lejano, sino con plena conciencia de las realidades de Cataluña, de sus creaciones actuales y del rango que ocupa entre los pueblos peninsulares, unidos a través de tantas vicisitudes históricas por un destino superior común.

»(…) El rubor nos embargaba al ver que para oprimir a los catalanes se invocaban las cosas más nobles, profanadas por la tiranía. ¿Vosotros os doléis, justamente, de que se oprimiese a Cataluña? ¿Pero no habíamos de indignarnos aún más al ver que para oprimir a vuestra Patria se ponía como pretexto a otra Patria? (…)

»Yo no soy patriota (…) Mas si no soy patriota, sí soy español por los cuatro costados, aunque no sea españolista. (…)

»Gracias al catalanismo será libre Cataluña; y al trabajar nosotros, apuntalados en vosotros, trabajamos para la misma libertad nuestra, y así obtendremos la libertad de España. Porque muy lejos de ser irreconciliables, la libertad de Cataluña y la libertad de España son la misma cosa. Yo creo que esta liberación conjunta no romperá los lazos comunes entre Cataluña y lo que seguiría siendo el resto de España. Creo que entre el pueblo vuestro y el mío hay demasiados lazos espirituales, históricos y económicos para que un día, enfadándonos todos, nos volviésemos las espaldas como si jamás nos hubiéramos conocido. Es lógico que en tiempos de lucha establezcamos el inventario cuidadoso de lo que nos separa; pero será también bueno que un día nos pongamos a reflexionar sobre lo que verdaderamente ‑no administrativamente, sino espiritualmente‑ nos une.»

Sea.