domingo, octubre 15, 2006

Franco y los cañones de Hitler

Enterrado en el número diez y tantos de una llamada «Biblioteca de la segunda guerra mundial», que actualmente se vende en los quioscos, Planeta ha reeditado un libro fundamental, en su día publicado en Crítica. Se trata de Hitler y sus generales, una obra monumental de más de 600 páginas compilada en 1962 por Helmut Heiber.

No voy a mentir: quien sienta sólo leve atracción por la Historia no debe hacer caso de esta recomendación. Este libro es droga dura, sólo apto para personas seriamente desequilibradas hacia el conocimiento de los hechos históricos, como éste que esto escribe. Es de lectura compleja y sobre todo incómoda, pues el texto, cientos de páginas, depende fuertemente de las notas, también cientos, que se reproducen en páginas distintas. Esto hace la lectura lenta y trabajosa. Aunque a mí me ha merecido la pena, no puedo dejar de tener la impresión de que no será así para el 99% de la humanidad, bastante más equilibrada.

En 1942, cuando, como dijo sir Winston Churchill, giraron los goznes de la Historia, la Blitzkrieg ideada por Alemania comenzó a empantanarse. El primer escenario donde el Reich sufrió un serio revés militar fue Stalingrado. Para Hitler, perder Stalingrado supuso muchas cosas, una de ellas la convicción de que sus generales le engañaban. Ciertamente, es muy común escuchar o leer, de labios o dedos de personas no muy versadas en la Historia, hablar de las acciones del ejército alemán en la segunda guerra mundial hablando de «los nazis». Error. Una buena parte de la cúpula militar alemana no era nazi. De hecho, era de eso de lo que se quejaba Hitler.

Como medida preventiva ante lo que él creía una conspiración del gotha militar alemán, en buena parte formado por aristócratas a los que odiaba como fruto de un importante complejo de inferioridad, Hitler tomó una decisión de gran importancia histórica: ordenar que se tomasen notas taquigráficas completas de las dos reuniones de estado mayor que sostenía, una a última hora de la mañana (Hitler nunca madrugó, ni siquiera durante la guerra… recuérdese la famosa escena de El día más largo en la que se le intenta avisar de la invasión); y la otra no más pronto de las once de la noche. Al parecer, cuando Hitler lo vio todo perdido en su búnker berlinés y decidió acabar consigo mismo y con los suyos (Eva Braun, que le siguió voluntariamente; y su queridísimo perro Bondi, al que envenenó), tomó especiales precauciones para que las actas no desapareciesen; las consideraba algo así como la prueba, ante la Historia, de su recto proceder (sí, lo he escrito yo; pero uno no siempre escribe lo que piensa; ni siquiera piensa todo lo que escribe).

Estas actas fueron finalmente pasto de las llamas, dentro del proceso de eliminación de todo rastro antes de la rendición final, pero fueron en parte rescatadas, parcialmente quemadas por lo tanto, por un militar estadounidense el cual, por casualidad, tenía también bajo su responsabilidad a los taquígrafos. Así que les puso a trabajar en la reconstrucción de dichas actas, y éstas son las que publicó Heiber en 1962, ya he dicho que con profusión de notas, en buena parte basadas en las memorias que, poco a poco, fueron escribiendo aquellos generales con los que Hitler despachaba (es el caso de Von Manstein, por ejemplo), o de sus declaraciones en Nuremberg (así, Jodl).

Las actas abarcan, pues, desde 1942 hasta el 27 de marzo de 1945, la última conservada, dos días antes del suicidio de Hitler. La inmensa mayoría de su contenido es puramente militar, táctico. Yo diría que un poco, o bastante, repugnante. Cuesta darse cuenta, cuando se llevan unas páginas leídas y se va pillando el ritmillo, que todo eso de lo que hablan los interlocutores son vidas humanas. Resulta cabreante leer con qué facilidad tanto Hitler como sus generales dan por perdidas unidades, o las fuerzan a movimientos imposibles pese a estar exhaustas; y pensar luego que eso es algo que nos puede pasar a cualquiera. En general, el tono que pervive a las notas, como el bajo continuo de un concierto barroco, es el simple, puro, desprecio por la vida humana. Pondré un solo ejemplo, de resonancias cinéfilas.

En abril de 1944, en el frente oriental (la antigua Europa del Este), y más concretamente en Zagan, Polonia, los alemanes tenían 10.000 pilotos aliados prisioneros. Los rusos avanzaban a toda leche y se propone, en la reunión, que dichos prisioneros sean entregados a los soviéticos, ante la imposibilidad de trasladarlos. Hitler dice que ni de coña. Al fin y al cabo, eso es devolver a la lucha a 10.000 pilotos. Exige que sean trasladados a Alemania. El propio Hitler reconoce que, si fuesen soldados, utilizaría 20 trenes para transportarlos. Pero, siendo prisioneros, y «siguiendo las normas rusas» (esto era muy típico de él, esconderse detrás de algún argumento), con dos o tres bastarían. En ese momento toma la palabra Hermann Göring, conmilitón del jefe, y propone… que se les quiten los zapatos y los pantalones «para que no puedan correr por la nieve».

Os invito a que intentéis cruzar Polonia, en abril, hacinados en un vagón de ganado, descalzos y en calzoncillos. Si sobrevivís, me lo contáis.

Las referencias cinéfilas tienen que ver con que fue en esta área, en el campo de Stalag, donde fueron fusilados cincuenta pilotos aliados, casi todos británicos, que se habían fugado con otros 26 del campo de prisioneros en la noche del 25 de marzo de 1944. Yo creo, aunque no estoy del todo seguro, que este hecho real es el que está detrás de una excelente película bélica, La gran evasión, en mi opinión una de las grandes filmaciones de Steve McQueen (junto con Bullit; que tiene, por cierto, la mejor persecución en automóvil jamás filmada). Nota para los más jóvenes: Steve McQueen fue el Harrison Ford de vuestras madres cuando tenían vuestra edad.

Por lo demás, la lectura de las actas es realmente curiosa en algunos puntos. Hay veces que los generales dirimen sus diferencias delante de Hitler, sin recatarse. Algunos, incluso, le contestan, como es el caso de Heinz Guderian, el artífice de la rapidísima victoria alemana sobre Francia, a quien Hitler odiaba, por lo que se ve, entre otras cosas porque no se callaba. También se da el caso contrario. Jodl, por ejemplo, está en casi todas las actas, y casi siempre lo que hace es adaptar su discurso a las opiniones de su jefe.

Mi preferido, por así decirlo, es Hermann Fegelein, representante de Himmler en diversas reuniones. Un tipo realmente idiota, tanto que, en una de las actas, Hitler pregunta quién podría explicarle cómo funcionan los rangos militares en Inglaterra y Fegelein le contesta que un general amigo suyo, puesto que ha pasado mucho tiempo en Estados Unidos. Lo que se dice un cabezabuque.

Se suele decir que Fegelein y Hitler fueron cuñados. Aunque no lo fueron, creo yo, porque Fegelein, en efecto, se casó con la hermana de Eva Braun. Pero Hitler sólo se casó con Eva Braun hasta el día en que se suicidó y ese día Fegelein había sido ya fusilado… por orden de Hitler. La verdad es que en las actas, cada vez que el Führer responde a Fegelein, se nota mucho que lo tenía por un tonto del culo.

Si no recuerdo mal, nuevo interludio cinéfilo, en la soberbia película alemana El hundimiento hay una escena en la que Eva Braun trata, infructuosamente, de mediar ante Hitler para que no fusile al marido de su hermana. O sea, a este tipo.

La verdad es que no me extrañaría nada quedarme pronto sin lectores. Llevo tres folios de Word y todavía no me empezado a contar la anécdota que da título al post. Debo pedir disculpas. Todos los que me conocen se meten conmigo por mis excesos amanuenses. Prometo morigerarme en el futuro y hacer post que pueda leer una persona normal.

En algún momento de la guerra, los alemanes encontraron en Francia, concretamente en un lugar llamado Schneider-Creusot, una veintena de antiguos cañones españoles de los siglos XVII y XVIII, se supone que incautados por los franceses en antiguas batallas navales. Un funcionario alemán de Exteriores, Ritter, decidió, como veremos ahora por su cuenta y riesgo, ponerse en contacto con el ministro español del ejército, Carlos Asensio, y ofrecerle los cañones a Franco como un regalo de Hitler. Asensio, probablemente también por su cuenta y riesgo, contestó que sí, que muy honrado.

En marzo de 1944, en el curso de una reunión cuya acta sobrevivió parcialmente al fuego, el mariscal Wilhelm Keitel, que ya debía de tener la mosca detrás de la oreja, le plantea a Hitler la pregunta de si es verdad que él ha tomado dicha decisión. Y Hitler, además de negarlo, se coge un cabreo de testículos.

Porque es que Hitler, además de un nazi, era un ladrón.

«No tengo por costumbre regalar nada histórico», sentencia. Y continúa: «Yo, como regalo, ofrezco coches». Y creo recordar que no mentía, pues uno de los Rolls de Franco se lo había regalado, efectivamente, él. Ese mismo día, en la misma acta pues, Hitler estalla en cólera porque le informan de que en Grecia se ha encontrado una estatua antigua y se ha decidido regalársela a los griegos. «Exijo», afirma, «que todo lo que encuentren los alemanes sea traído a Alemania de inmediato». Para suerte de Hitler, las siguientes notas están quemadas. Aunque se conserva la expresión «chusma de indeseables». Y podéis apostar a que no se refería a los alemanes.

Consecuencia: se comunica a los interlocutores alemanes con Franco, cuando éste ya ha aceptado el amable regalo, que se enviará los cañones, pero a cambio de su peso en metal no ferroso, necesario para la producción de guerra. O sea, como decir: ¡feliz cumpleaños, mamá!… son 30 euros.

Franco no volvió a mencionar el tema. Nunca recibió los cañones. De hecho, lo más probable, y es por eso que digo que quizás Asensio aceptó sin consultar, es que no quisiera recibirlos. En marzo de 1944, es muy dudoso que Franco quisiera recibir ya nada de Hitler. Ya le había solicitado, para entonces, la retirada del frente de la División Azul. Y, tan sólo ocho meses después de la anécdota de los cañones, haría aquellas famosas declaraciones a la United Press en las que, en un alarde importante de cinismo, defendería que nunca había sido fascista y que siempre había sido muy amiguito de las potencias aliadas.

Para entonces, Hitler apestaba.