lunes, octubre 16, 2006

El perro Paco

Corre el año 1879 en la Villa y Corte de Madrid. Tenéis que situaros un poco, porque de entonces a ahora la ciudad ha cambiado un poco. Sobre todo: no existía la Gran Vía, que se construiría unas cuantas décadas después y bajo cuya piqueta desaparecieron más de 2.000 viviendas (eso eran alcaldes y no los de ahora, que sólo levantan autopistas y creen que molestan). Entonces, la única calle de postín de esta ciudad donde nací era la calle Alcalá, pues la Castellana era un prado.

Por no existir, tampoco existía con el porte de hoy la calle Sevilla, que une en diagonal la carrera de San Jerónimo con la propia calle Alcalá. Esa calle era sólo un callejón estrecho que la gente llamaba la calle Angosta de Peligros, para distinguirla de la calle Ancha de Peligros (entiéndase: de la Virgen de los Peligros, pero en Madrid le decimos Peligros sin más), que estaba justo enfrente, y allí sigue.

En la esquina entre Alcalá y Peligros, a unos pocos cientos de metros pues del Broadway castizo, o sea el teatro Apolo, que estaba junto a la iglesia de San José, en lo que hoy es el principio de la Gran Vía; en ese esquinazo, digo, estaba el café de más postín de Madrid: el Fornos.

Se llamaba así por la familia propietaria, la familia Fornos, y en 1879, en los tiempos que relato, acababa de mudarse a esa ubicación desde un callejón en lo que hoy es la calle Arlabán, y de montarse con todo lujo de detalles para mayor solaz del todo Madrid, con reloj de dos esferas, vajilla de plata y todo. De hecho, los dueños tuvieron que retirar las hermosas cucharillas de plata inicialmente colocadas en el ajuar, dado que llevárselas a casa se había convertido en el deporte nacional del madrileño burgués de la Restauración.

Sí que era completito el Fornos, pues tenía restaurante, con entrada independiente desde Alcalá, y unos reservados numerados en el entresuelo, para conspirar o debatir tranquilamente, cuando no pelar la pava, de los que se decía que no cerraban en toda la noche. En uno de esos reservados se levantó la tapa de los sesos, en 1905, Manuel Fornos, el dueño del local, comenzando con ello un declive del local que acabaría con el tradicional establecimiento.

En fin. Ya hemos dicho que es 1879. Debéis fijaros en un tipo entrado en años, bien vestido con su levita y probablemente sombrero de copa, que camina por la calle, de cachondeo, rodeado de varios amigos tan proclives a las calaveradas como él mismo. Este hombre es don Gonzalo de Saavedra y Cueto, marqués de Bogaraya, grande de España, hombre muy querido en la corte (borbónico hasta las cachas) y persona de futuro político, pues algunos años más tarde será alcalde de Madrid. Ese día, el señor marqués va, como sus amigos, algo achispado, con ganas de marcha, diríamos hoy.

Por el camino hacia el Fornos, donde han decidido cenar, los alegres señores se encuentran con un perro. Uno de tantos que hay entonces vagabundeando por Madrid. Perro, según las crónicas, de raza indefinida, tamaño tirando a pequeño y pelo negro. Es probable, aunque no lo sabemos, que el can, oliendo su destino, se acerque a las perneras del señor marqués y se frote contra ellas, para caerle simpático. El caso es que lo consigue.

Esa tarde de 1879 se encuentran un aristócrata borbónico y un perro vagabundo, que duerme en las cocheras que, en la calle Fuencarral, tiene el tranvía que, tirado por mulas, une la calle Alcalá con la glorieta de Cuatro Caminos.

Esa tarde nace el mito del perro Paco.

La coña que se inventan Bogaraya y los suyos es dar de comer al perro. Bueno, más que darle de comer, invitarle a cenar. Ni cortos ni perezosos, lo llevan al Fornos, le arriman una silla, lo suben a la dicha silla y, una vez allí, tratándolo como a un comensal más, piden para él un plato de carne asada, que el perro engulle lentamente. Terminado el ágape, el señor marqués pide una botella de champán y, derramando gotas sobre la cabeza del estoico perro, lo bautiza: Paco.

En ese Madrid que no es entonces más grande que algunos barrios menores del de hoy, la historia se conoce pronto. Tanto que, para cualquier parroquiano del Fornos que se precie, casi para cualquier madrileño, invitar a Paco se acaba convirtiendo en una especie de obligación. Cada noche, el perro, que es perro pero no tonto, se acerca por Fornos. Pasa y le dejan pasar como a un parroquiano más y siempre hay alguno que encarga al camarero el consabido plato de carne. Al perro se le sirve en una mesa, como a cualquiera y, tal y como ha aprendido, se sienta en la silla, y come. Y, cuando termina, simplemente espera a que su mecenas de esa noche se retire a su casa.

Según cuenta Natalio Rivas, que entonces era un joven político y que asevera haber visto todo lo referido personalmente, nada más hacer el invitador gesto de marcharse, Paco le acompañaba. Caminaba despacito, junto a su dueño de esos minutos, hasta la mismísima puerta de su casa. Nunca aceptó las muchísimas invitaciones de entrar en la casa y dormir caliente esa noche. De hecho, quienes lo intentaron refirieron que, al segundo o tercer intento de tirar del perro hacia dentro, Paco comenzaba a gruñir y a ponerse nervioso. Porque Paco era un bohemio. Un auténtico bohemio. Si hubiera tenido pistola y dedos, habría muerto de un tiro, seguro. Necesitaba volver cada noche a las cocheras del tranvía y rascar el portalón con la pata hasta que el guardés le abriese. Aquél era su hogar.

Lo realmente increíble de Paco es que de la costumbre de ser admitido como un parroquiano más en el Fornos se pasó a admitirlo en los espectáculos públicos. Paco iba, en efecto, al teatro Apolo. Le dejaban entrar. Si había butaca libre, en ella se sentaba. Si estaba el teatro lleno, siempre había dos espectadores que apretaban los culos para dejarle sitio. Y allí se quedaba, viendo la representación, hasta que terminaba. Una vez acabada, hala, a Fornos. A cenar de gorra.

Lo que más le gustaba a Paco eran los toros. En aquel entonces, la plaza de toros de Madrid estaba entre las calles Goya y Jorge Juan (y ésa es la razón de que sea tradición de los toreros vestirse en el Hotel Wellington, en la calle Velázquez, a un tiro de piedra de aquella ubicación). Los días de lidia, los madrileños subían a los toros calle Alcalá arriba. Y Paco subía como uno más. Ocupaba localidad como cualquiera y asistía al espectáculo de la cruz a la raya. Al terminar las faenas, muerto el toro, gustaba de saltar a la arena y hacer unas cabriolas, para regresar a su localidad con los clarines que anunciaban el siguiente toro. A la gente eso le gustaba. Salvo a los puristas. Mariano de Cavia, por ejemplo, escribió crónicas poniendo al perro a parir por esos espectáculos, que consideraba indecorosos con la lidia.

De hecho, podría decirse que fue la excesiva afición a los toros la que le costó la vida al pobre Paco. La tarde del 21 junio de 1882, un novillero lidiaba, malamente, a uno de los toros que le había tocado en suerte. En el momento de la suerte suprema, nadie sabe por qué (habría que saber de sicología perruna), Paco saltó a la arena. Comenzó a hacer cabriolas, como reprochándole al lidiador su escasa pericia. Éste, temiendo tropezarse con el can, y para sacárselo de encima, le dio un estoconazo.

Fue el acabóse.

A duras penas sobrevivió el lidiador a las iras del pueblo de Madrid, que quería lincharlo. ¡Había herido a Paco! Finalmente, el empresario teatral Felipe Ducazcal, hombre muy querido en Madrid, consiguió apaciguar a las masas, y llevarse a Paco para que lo cuidasen. Mas nuestro can nunca se recuperó y murió poco después. Tras una etapa sin pena ni gloria disecado en una taberna de Madrid, fue enterrado en el Retiro.

Como nunca llegó a reunirse dinero para hacerle una estatua, no sabemos bien ni cómo era, ni dónde está enterrado. Pero Paco es, desde luego, un extraño, conmovedor caso de sicología colectiva. Todo un pueblo, el de Madrid, se aplicó a quererlo, a alimentarlo, a respetarlo. Lo que empezó como una cachondada terminó siendo un fenómeno de masas, pues incluso hubo avispados comerciantes que lanzaron productos «Perro Paco».

Paco, sin embargo, fue siempre fiel a sí mismo. Podía dormir donde quisiera. Incluso se dice que fue presentado a la familia real. Pero él prefería su cochera fría, sus paseos nocturnos (del Fornos a Fuencarral no hay mucho, pero es un tirito perruno), y ser amo de todos, propiedad de nadie. Desde que leí, por primera vez, la historia de Paco, me dio por pensar que el primer hippie que hubo en Madrid fue este perro negro.

Paco era un ciudadano del mundo, un ciudadano con derechos, y aquel pueblo de Madrid una recua de cachondos mentales que, a lo tonto a lo tonto, se adelantó en siglo y medio a esas iniciativas que vemos ahora, que quieren darle derechos a los simios. ¡Anda que no queda tiempo hasta que le permitan a un orangután asistir a la sesión de tarde de Hoy no me puedo levantar!

Nos queda la duda de quiénes eran su cupletista y su matador de toros preferidos.