jueves, octubre 19, 2006

Cómo fabricar un mártir de Filipinas

Los mártires son fundamentales para la dialéctica histórica. Quizá, de entre las referencias masivas que pienso que pueden estar en la mente de vosotros mis lectores (no sé por qué, pero siempre supongo que mis lectores son más jóvenes que yo), la más clara sea Braveheart. Al final de esa película se cuenta, con cierto rigor histórico, que los hombres que seguían a Mel Gibson lograron apiolarse a las fuerzas inglesas, a pesar de que éstas eran más y estaban mejor armadas. Lo que les animó fue el martirio de su jefe. En cada minuto de tortura pública, los ingleses estaban labrando su desgracia, porque todo aquel que cree estar luchando por la llamada y el ejemplo de un mártir lucha siempre con fuerzas redobladas.

Inasequible Aldesaliento tiene una teoría, en la que yo creo también, y es ésta: para fabricar un mártir hacen falta dos cosas, no una. Hace falta un mártir, claro. Pero también hace falta un imbécil. Sin el imbécil, el mártir nunca lo sería. Hace falta alguien con suficiente poder y suficiente escasez de miras como para no darse cuenta de que, si sigue por la línea del martirio del enemigo, no hará sino encumbrarlo.

Ina ha decidido explicarme esto con un ejemplo del que, lo reconozco, no sabía nada antes de leer su escrito. Un ejemplo que demuestra que en Filipinas hubo más mártires que los de ídem. Y que un personaje que años después de los sucesos que relata Ina, tras la caída de Cuba, fue tomado en España como una especie de ángel salvador de la Patria era, en realidad, un personaje de notable miopía estratégica.

Aqui os dejo con la historia del mártir Rizal y el estrecho de miras general Polavieja.


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Creando mártires: el cretino del general Polavieja

© Inasequible Aldesaliento™

Crear mártires es una actividad ligeramente más inteligente que la de comprobar si un león tiene hambre metiéndole la mano en la boca. Es cierto que hay personas por la vida con vocación de mártires y que si uno no los martiriza, ya aparecerá otro que lo haga. Santo Tomás Moro, por ejemplo. Si tu señorito se llama Enrique VIII, es irritable, tiene la mano ligera a la hora de firmar sentencias de muerte, está salido y se le ha puesto entre ceja y ceja que se quiere divorciar de su mujer para casarse con esa francesita tan mona que le hace guiños, ¿para qué complicarse la vida, diciéndole que eso no se hace? Santo Tomás Moro se complicó la vida y en el empeño perdió su empleo, la simpatía del Rey y la cabeza. Pero bueno, era un hombre de principios y a ese tipo de hombres la cabeza no suele durarles mucho sobre los hombros. O sea, que en estos casos el martirizador casi está justificado. Lo grave son aquellos casos en los que encima el mártir no tenía ganas de serlo.

José Rizal era más un intelectual que un hombre de acción. Había escrito dos novelas críticas con la sociedad española de las Filipinas,- Noli me tangere (1) y El Filibusterismo-, y en sus contactos con los emigrados filipinos había mostrado cierta ambigüedad. Parece que prefería la autonomía a la independencia, entre otras cosas porque desconfiaba de la capacidad de las masas filipinas para autogobernarse, y, más burgués que revolucionario, sólo acudiría a la violencia como último recurso. Como vemos, no era lo que se podría considerar un terrorista. Y no parecía que tuviera madera de mártir. De hecho, suya es la frase: «La vida es agradable y es tan repugnante morir colgado, joven y lleno de ideas». Suena a premonición y sólo yerra en una cosa: Rizal murió fusilado, no ahorcado.

En junio de 1892, Rizal volvió a Manila, después de varios años pasados en Europa y en Hong Kong. Confiaba en que el clima político allí sería más relajado con el nuevo gobernador, el liberal Eulogio Despujol. Poco después de su regreso fundó la Liga Filipina, una sociedad más filantrópica que política, que buscaba promover reformas moderadas. Rizal, desgraciadamente, había olvidado que en las Filipinas, los gobernadores iban y venían, pero los frailes permanecían. Los frailes inmediatamente olieron a sedición, ponzoña, rebeldía y ateismo y prácticamente obligaron al gobernador Despujol a exiliar a Rizal a Dapitan, en la isla de Mindanao.

Rizal sobrellevó su exilio con buen espíritu. En Dapitan se embarcó en numerosos proyectos para mejorar la vida de los lugareños: introdujo nuevos cultivos, estableció una clínica, enseñó a los pescadores el manejo de nuevas artes de pesca y en el tiempo que esas actividades le dejaban libre, pintaba, esculpía y estudiaba. Es cierto que en esa época mantuvo contactos con algunos de los futuros revolucionarios, pero siempre más como el intelectual lejano, con un cierto halo de superioridad, que como el combatiente activo presto a pasar a la clandestinidad.

En 1896 estalló una epidemia de fiebre amarilla en Cuba. España pidió médicos y Rizal se ofreció como voluntario para ir. No se diría, desde luego, la acción de un peligroso revolucionario. Justo en ese momento estalló la revolución capitaneada por Andrés Bonifacio y las autoridades sospecharon que Rizal pudiera estar envuelto en ella. Un gobernador suspicaz pero inteligente, se hubiera dicho: «Que se vaya, a ver si hay suerte y acaban con él los mosquitos de la malaria o las balas de los mambises». Por desgracia en el gobierno español sobraban los suspicaces y faltaban los inteligentes. Rizal fue detenido en alta mar y devuelto a Manila, donde le encarcelaron y a toda prisa empezaron a amañar las pruebas que lo incriminasen.

El gobernador entonces era el General Ramón Blanco, que sí que era inteligente y planeaba vetar la más que pronosticable condena a muerte. El General Blanco sí que había comprendido que hay tareas más provechosas para los gobernadores coloniales que la de aumentar el martirologio. Desgraciadamente el General Blanco fue reemplazado en aquellos días por el General Camilo García de Polavieja, cuyo apellido era más largo que sus luces. Polavieja pertenecía a esa rancia estirpe ibera que cree que los pueblos pueden gobernarse como el patio de un cuartel y que un buen fusilamiento a tiempo cura todos los males (2).

Hasta el final Rizal intentó escapar a su destino de mártir. Hizo profesión de lealtad a España y repudió públicamente el levantamiento de Bonifacio como una aventura «absurda y salvaje». Esos intentos de Rizal, que a algunos les pueden parecer antiheroicos, a mí me lo hacen especialmente simpático. He ahí un hombre que entiende que todas las estatuas póstumas del mundo (y en la Filipinas actual Rizal tiene unas cuantas) no compensan por los años no vividos y los polvos no echados (supongo que Rizal, que era más romántico, hubiera utilizado otra imagen).
Nada de eso le valió. Su reputación de hombre librepensador y de filipino inteligente y culto y poco amigo de los frailes bastaron para asegurarle la condena a muerte. Para echar aún más sal en la herida, le procesaron el día siguiente a la Navidad de 1896 y le fusilaron en Manila el penúltimo día del año.

¿Cómo convertir un hombre tan contradictorio y antiheroico en héroe nacional filipino? Tenía evidentes dotes naturales, había muerto joven y en su tragedia final había algo del injusto martirio de Jesucristo que resultaba muy atractivo al católico pueblo filipino. Pero aun así, no parecen suficientes elementos para elevar a un hombre a la categoría de mito nacional. Es aquí donde entran en juego los norteamericanos.

El levantamiento filipino sofocado en 1896 resurgió en 1898 al hilo de la guerra hispano-norteamericana. Los filipinos creyeron inocentemente en las buenas palabras norteamericanas y asumieron que Estados Unidos les estaba ayudando contra España para que alcanzaran la independencia. En sus contactos con los líderes insurrectos filipinos, los norteamericanos jugaron continuamente a la ambigüedad y siempre se resistieron a asumir ningún compromiso escrito con la independencia de Filipinas.

Derrotados los españoles, los malentendidos aumentaron o más bien se disiparon: pronto no quedó duda de que los norteamericanos habían venido para quedarse. Siguió una dura guerra, que en algunos lugares del archipiélago duró hasta 1910, en la que puede que murieran unos 400.000 filipinos.

La guerra, poco aireada por la historiografía anglosajona, por motivos evidentes, produjo algunos héroes de talla: el Presidente de la efímera República de Malolos, el General Emilio Aguinaldo, con su figura de derrotado trágico; el General Antonio Luna, un fino estratega, cuyo desastre fue ser la Casandra filipina: ninguno de sus sabios consejos fue escuchado; Apolinario Mabini, intelectual, idealista e intransigente a la manera de los revolucionarios franceses de 1789; Gregorio del Pilar más caballero romántico que verdadero estratega, que sacrificó su vida para que Aguinaldo pudiera ganar tiempo en su retirada a ninguna parte. Cualquiera de ellos hubiera representado el papel de héroe nacional mejor que Rizal. Pero Rizal tenía varias bazas a su favor: se había enemistado con los anteriores ocupantes españoles y con su vida ofrecía más la imagen de un resistente pacífico a lo Ghandi que la de un revolucionario violento a lo Ho Chi-Minh. Y luego la baza más importante de todas: estaba muerto (3).


Notas de JdJ:

(1) Noli me tangere es latín y quiere decir «No me toques».
(2) Estirpe a la que también pertenecía el general Franco.
(3) Aún queda otra baza: la enorme capacidad de los Estados Unidos para construir mitos. Especialmente a finales del siglo XIX y principios del XX, que fueron la etapa dorada de la prensa manipuladora que tan excelentemente retrató Orson Welles en Citizen Kane. De hecho, Welles se inspiró para su personaje en el viejo William Randolph Hearst, fundador de una dinastía de dueños de medios de comunicación. De Mr. Hearst se cuenta la anécdota, más que probable, según la cual envió a un corresponsal a informar de la guerra de Cuba, en un momento en que dicha guerra todavía no había estallado. El periodista le envió un telegrama que más o menos decía: «Llegado a Habana STOP No guerra aquí STOP Puedo mandar poemas.» Hearst le contestó: «Usted mande poemas que yo pondré guerra STOP».

Una no-sé-qué-nieta de Hearst, Patty Hearst, fue un famosísimo caso de síndrome de Estocolmo en los años setenta. Concretamente, en 1974 fue secuestrada por el Ejército Simbionés de Liberación [sic], un extraño grupo terrorista estadounidense que nunca llegó a tener ni quince miembros. Aunque el móvil del secuestro fue más que probablemente sacar pasta (un año antes, en 1973, había sido secuestrado el nieto del millonario John Paul Getty, o sea John Paul Getty III, véase más abajo), Patty Hearst acabó identificada con sus secuestradores y, para sorpresa del mundo, fue captada por la cámara de un banco como miembro de una partida de simbioneses que lo robaron a punta de recortada. Cuando fue «liberada», adujo que le habían lavado el cerebro.

En cuanto a Paul Getty III, es otro caso como para contar. Su abuelo, el millonario, era el tipo más cutre del universo. Se dice de él que en su mansión todos los teléfonos eran públicos, de moneda, para que así el servicio no pudiese llamar de gorra. Cuando su nieto fue secuestrado, los secuestradores le pidieron 17 millones de dólares, y el abuelo se negó a pagarlos. Cuando, meses después, le enviaron la oreja de su nieto... ¡se avino a negociar una rebaja! Finalmente, llegó a un acuerdo en dos millones de dólares, que pagó a unos secuestradores que nunca han sido encontrados.