jueves, agosto 05, 2010

Folletín de verano (7)

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De regreso hacia Madrid, aún era media mañana, Luján y Azpíriz decidieron dividirse. El segundo de ellos volvió a la Brigada, mientras que Luján iría solo a ver a Dositeo Galán.

Según la información de que disponía, Galán tenía un puesto de relativa importancia en la Secretaría General del Movimiento, en la mismísima calle Alcalá. Así pues, una vez en Madrid, Luján dejó el coche policial a Azpíriz y se dirigió a su destino a pie. El hombre a quien preguntó en la puerta por don Dositeo Galán pareció mostrar una sorpresa reprimida; no debían de ser frecuentes las visitas para él. No obstante, no le pidió datos de identificación, así pues se perdió la oportunidad de ir contando por los pasillos que un policía había venido a ver a uno de los jefes.

En la planta donde le indicaron, recorrió un largo pasillo bastante silencioso. En un despacho alguien mantenía una conversación telefónica insulsa, pero a voz en grito. Su voz parecía marcar los ritmos de la pesada mañana veraniega. En algún lugar más lejano, probablemente en otra planta, alguien tenía puesto el runrún mañanero de una radio; una voz femenina, atiplada, comenzó a cantar una copla. Cuando calculó que había llegado al despacho que el hombre de la entrada le había indicado, asomó la cabeza. Una mujer joven y bastante bonita, aunque vestida muy modestamente, leía una revista. Se sobresaltó al verle.

-¿Qué desea?

-He venido a ver al señor Galán. Dositeo Galán.

-Es su despacho, sí –confirmó la mujer; parecía estar tratando de pensar‑. ¿Quién le quiere ver, por favor?

-Es un asunto oficial.

-Ya, pero es que nos piden que todas las visitas…

-Es un asunto oficial, señorita. Por favor, anúncieme.

Luján inclinó la cabeza hacia una pesada puerta acolchada y forrada de negro, a todas luces la entrada del despacho del hombre a quien había venido a ver. Luego hizo todo lo posible para que esa mujer leyese en su mirada la determinación suficiente como para abrirla con o sin su permiso.

-No está –terminó por informar la secretaria.

-Ah. ¿Está de viaje?

-No. Es decir… No.

-Ya. Entonces, ¿está en el edificio?

-No.

-Pero volverá.

-Sí, bueno, es decir… Puede.

-¿Puede?

-Puede.

Luján entró por completo en el antedespacho. Se fijó en la secretaria, diciéndose que, probablemente, tendría la misma edad, o muy parecida, que su propia mujer. Lo hizo para tratar de entender su actitud. ¿Qué significaría en Laura una actitud así? Quizá él no le gustaba y por eso le estaba poniendo la proa. Sin embargo, eso no encajaba. Luján sabía bien que a pocas personas sonreía y adulaba más su mujer que a las que odiaba. Las mujeres suelen ser taimadas en eso. Si yo no le gustase, se dijo, se habría mostrado amable y habría tratado de ganar tiempo. Por ejemplo, diciéndome que su jefe estaba de viaje y que mañana por la mañana estaría aquí. Estando como estaba claro para Luján que esa mujer quería que se fuese sin ver a Dositeo Galán, no estaba, sin embargo, nada claro el motivo de ello. La secretaria estaba nerviosa y cuando él se acercó a su mesa con las manos en los bolsillos y con una mirada todo lo dura que fue capaz de fingir, se puso más nerviosa aún. Como un niño que ha roto un jarrón a quien su padre le estuviese preguntando por los deberes de matemáticas: aunque sabe que aún no ha sido descubierto, es incapaz de sacar su falta de su cabeza, con lo que acaba colaborando para ser descubierto.

El subinspector calculó, en los dos o tres segundos que tardó en llegar a la mesa de la secretaria, que sería mejor táctica aliarse con ella.

-Señorita...

-Pilar Carmona, para servirle.

-Su nombre no hacía falta –Luján observó que su táctica funcionaba. Ella ya había imaginado que él era policía o algo parecido (un asunto oficial), e informarle de que su propio nombre no era necesario la relajó un punto, le ayudó a reducir su miedo‑. Señorita Carmona, todo lo que quiero es hablar con el señor Galán de un viejo camarada. Es a ese hombre a quien investigo y de quien necesito saber cosas.

-Señor…

-Luján.

-Señor Luján, gracias. Créame que le comprendo. Pero el caso es que tengo órdenes estrictas del señor Galán.

Luján asintió.

-Comprendo. Pero ya le he dicho que es un asunto oficial. Yo también tengo órdenes estrictas y, créame, aunque a usted no le parezca así, las mías son más estrictas que las que pueda haber recibido usted.

-Yo diría: más imperativas –terció la secretaria, con un temblor leve en la voz.

-Lo ha captado usted muy bien.

Pilar Carmona se retorció las manos y pensó unos segundos más. Cuando volvió a hablar, Luján ya estaba pensando en entrar por su cuenta en el despacho.

-El caso es que… el caso es que la información que usted necesita se supone que yo no la sé.

Luján enarcó las cejas y se irguió.

-Voy a necesitar que se explique.

-Pues que yo sé dónde está el señor Galán –se explicó la mujer, de nuevo muy nerviosa‑, pero se supone que no lo sé. Se supone que sólo sé que no está.

-Oh, vaya –Luján empezaba a cansarse de este jueguecito‑. Y, ¿qué actividades son ésas que usted no puede conocer? ¿Está en algún lugar el señor Galán conspirando para matar al general Franco?

Fue un arrebato de impaciencia y un error. Pilar Carmona miró hacia el centro de su mesa y estalló en sollozos sordos, agarrándose la cabeza con manos temblorosas. Luján, por su parte, no tardó ni dos segundos en arrepentirse. Sacó de un bolsillo de su pantalón su propio pañuelo, y se lo tendió a la secretaria.

-Escuche, no llore. Sólo ha sido una broma, bueno… una salida de tono. Ha sido una imbecilidad. ¡Por favor, tranquilícese!

-Pero… ¡Pili!

La voz sonó tras el policía, que se volvió para enfrentarse a un hombre bien vestido, alto, bastante fornido y de mediana edad. Tenía la cabeza ancha y el pelo peinado completamente hacia atrás. La viva imagen de un hombre sano. Llevaba en la mano un cartapacio con un membrete. Su membrete. Ministro Secretario General del Movimiento.

-¿Quién es usted? Y, ¿me quiere decir por qué ha hecho llorar a Pili?

Don José Luis Arrese redujo la violencia de su gesto cuando vio la credencial policial, pero en modo alguno se amilanó. Permaneció donde estaba, los pies bien firmes sobre la tierra, exigiendo una explicación.

-Don José Luis, no ha sido nada –trataba de explicar la secretaria‑. Es que el señor quiere…

-Necesito ver al señor Dositeo Galán –interrumpió Luján, hablando despacio, sin apartar sus ojos de los de su interlocutor‑. Me han ordenado que le haga unas preguntas.

El ministro asintió en silencio, con ese gesto de quien ve confirmadas sus sospechas de repente.

-No le llame señor Dositeo Galán –respondió‑. Llámele como le conoce todo el mundo: Míster Porto Flip[1].

Y le guiñó un ojo.

Luján no necesitó más para comprender. Intercambió con su interlocutor una mirada más y un ligero un asentimiento de cabeza, y el hombre se marchó. Luego él se volvió hacia la secretaria, ya más calmada, y le dijo.

-Pilar, dígame dónde suele parar su jefe.

-Señor, yo…

-Vamos a hacerlo de esta forma –le interrumpió Luján, tomando de la mesa de la secretaria una hoja de papel y una pluma; habló mientras escribía‑: yo le voy a dejar esta nota. Aquí le digo al señor Galán quién soy, que necesito hablarle, todo eso. Así pues, he venido aquí, usted ha cumplido con su obligación y me ha toreado como tiene ordenado.

-No quisiera yo que pensara…

-Yo no pienso nada, Pilar. Nada. Aquí está la nota. Es su prueba de que estuve aquí y usted me dio largas. Eso sí, ahora mismo me voy a dar un paseo por los alrededores y, casualmente, voy a entrar en un local a refrescarme la garganta. Y allí encontraré, por mera casualidad, al hombre que se ve en…

Se quedó mirando a Pilar Carmona con expresión inquisitiva. La secretaria elevó una mano terminada en un dedo índice todavía tembloroso. Señaló a la pared.

-Esa foto.

En la imagen que señaló, un hombre cerca de los cuarenta años sonreía a la cámara, con un pequeño bigote bajo la nariz y embutido en una camisa oscura en la foto; con seguridad, azul oscura si la imagen hubiese sido de color.

-Esa foto –corroboró, asintiendo, el subinspector Luján.

-Vaya al Gentleman. Un poco más arriba, torciendo a la derecha. Un local de bastante nivel, muy bien decorado.

-Y donde hacen unos excelentes porto flips, ¿me equivoco?

Por primera vez, Pilar Carmona sonrió. Su rostro cambiaba cuando sonreía como si alguien lo borrase y lo volviese a pintar. Luján sonrió también, y se marchó por el pasillo silencioso, escuchando sus zancadas.

El Gentleman respondía a la perfección a las promesas de Pili Carmona, la secretaria de Dositeo Galán. Era un local decorado a la inglesa con una pequeña barra en un extremo y un piano en el otro. En el medio, mesas y sillas bajas, todo ello en medio de un ambiente relajado y nada escandaloso, adivinó Luján. Evidentemente, a las doce y media de la mañana, apenas había en el local un camarero y un par de consumidores. Pero era fácil adivinar que era un lugar muy british, uno de esos sitios en los que se bebe mucho y se conversa poco y donde la música del piano, si es tocado, manda. El policía se acercó a la barra y pidió una limonada. En verdad la necesitaba. Sentir que su garganta se humedecía y enfriaba a la vez le dio fuerzas. Pagó un coste excesivamente caro, pero no rechistó. Tomó su vaso, con el pequeño residuo de bebida que le quedaba, y se acercó a una de las dos mesas ocupadas y se sentó junto al hombre de la foto, apenas un poco más avejentado que en ella, que bebía un porto flip mirando hacia la pared, como sumido en sus pensamientos. Sujetando el vaso con su mano derecha; la única que le quedaba.

Dejó sobre la mesa su acreditación.

-Subinspector Luján –informó, tratando de que su tono de voz no revelase nada en absoluto‑. Brigada de Investigación Criminal.

Dositeo Galán volvió su mirada hacia Luján. El subinspector escrutó sus pupilas y calculó. Achispado, no borracho. Lento, aunque no inútil. Probablemente, en la fase última de consumo, cuando ya han pasado la euforia y el gusto, y el bebedor se siente pesado y, quizá, desgraciado. Ese momento en el que los motivos que nos han llevado a beber regresan, tan fuertes, tan invencibles como al principio.

-Hace más de cinco años que no mato a nadie –respondió Galán, con voz pastosa pero clara. Hacía esfuerzos por parecer consciente, y lo conseguía. Por lo demás, su respuesta estaba claramente calculada. Luján, al identificarse, había puesto sobre la mesa una pistola. Galán, con su confesión, trataba de identificarse, demostrar quién era. Trataba de poner encima de la mesa una pistola más grande.

-Sólo quiero preguntar –informó Luján‑. Por un camarada.

Iba a pronunciar el nombre de Anselmo López, pero se detuvo. Galán se revolvió en su silla, incómodo, y luego se rió como para sí. Levantó la vista y el vaso vacío en dirección a la barra, y lo agitó. El camarero comprendió a la perfección la señal y, medio minuto después, le servía un cóctel más.

-Eso no es decir mucho –respondió Galán cuando, hecho todo eso, pareció reparar en que Luján seguía allí‑. Hoy en día todos somos camaradas.

-Usted sabe a qué me refiero.

-Pues créame usted que no –respondió, con voz ronca, Galán, y luego reprimió un eructo‑. Hay camaradas que sólo lo parecen. Cada día más, de hecho.

Luján se sintió interesado por ese giro de la conversación. De todas las tesis posibles o medio posibles en aquel crimen, aquélla en la que él personalmente más creía era en la vinculación del asesinato de Anselmo López con su condición de rojo infiltrado entre los falangistas. Y la queja de Galán, entre las brumas del alcohol, le iba a esa teoría como un guante. Al menos en teoría. Así pues, le dejó hablar.

-¿Cómo has dicho que te llamas?

-Luján.

-Luján, bien. ¿Eres del Partido?

-Sí.

-Ajá –Galán asentía como el profesor en el examen oral que recibe la respuesta correcta‑. Pero no hace mucho, si no me equivoco.

-Señor, en la guerra yo tenía…

-Ah, no, no –Galán agitó suavemente su mano derecha, como pidiendo paz‑, no quería ofenderte, chaval. Además, ¿qué sería del Partido sin sangre nueva?

Apuró el vaso, repentinamente, como si nada más hacerlo fuese a ser ejecutado.

-Porque este Partido escribe su historia con sangre. Nueva y vieja. ¿Lo entiendes?

-No estoy seguro –contestó Luján. Además de que era cierto, lo hizo para incitarle a hablar.

Galán rió de nuevo para sí antes de seguir.

-Hace quince años, los domingos por la tarde, en Recoletos, éramos apenas cuatro gatos. Ridruejo, Tovar, yo… José Antonio. ¿Sabes que José Antonio era un verdadero hijo de puta? El primer acto público al que fue, antes incluso de fundar la Falange, fue una conferencia en el Ateneo. El conferenciante se dedicó a insultar a su padre. Sacó un jodido asunto de faldas del general. José Antonio saltó desde su asiento y le arreó dos hostias. Así. Con dos cojones.

Luján no supo qué contestar o apostillar.

-Pero era un tío listo. Yo creo que lo que mejor hacía en este mundo era litigar. Por eso era tan bueno para la política, a pesar de que la despreciara.

Luján quiso decir: sin duda, era el mejor. Por varias razones, la más importante de todas, porque lo pensaba. Siempre había admirado la figura de José Antonio Primo de Rivera. Le dolía que los falangistas viejos se jactasen de su carné de nuevo cuño porque él sabía hasta qué punto habría deseado tener más edad para haber podido admirar a su líder en vida. Para él, José Antonio era la quintaesencia de la lucha por el orden en medio del caos. No le cabía duda de que España sería marxista de no haber existido él. Así pues, se sentía plenamente identificado con las palabras de Galán. Pero ahora había más cosas que palabras, y más que ideas. Él era un policía de servicio, interrogando, informalmente eso sí, a un posible testigo. Necesitaba información y, por eso, acechaba en cada palabra de su interlocutor un resquicio por el que colar alguna frase suya que le indujese a hablar de lo que él quería. Se concentraba en la conversación desde un punto de vista estratégico. Pero no por eso dejaba de sentir emoción en el centro de su pecho.

-Fue una pérdida irreparable –alcanzó a balbucear.

-Fue una pérdida evitable –le apostilló Galán, acercando mucho el rostro al de Luján, obligándole a aspirar el humor acre del oporto‑. De hecho, ahí empezó todo esto– dijo «esto» señalando con la barbilla a su vaso casi vacío.

-Señor Galán, yo no puedo…

-Tú te la agarras con la mano que te apetezca y te masturbas cuando te convenga –la voz de Galán sonó como la de un militar cabreado que canta órdenes imperiosas a una tropa castigada‑. ¿Te he preguntado tu opinión? A mí tu opinión me importa una mierda. A mí me importa una mierda la opinión de todos. Del señor Ministro Secretario General. De la Junta Política. Del Gobierno en pleno. Del puto…

Lo iba a decir. De hecho, las palabras resonaron en la cabeza de Luján como si las hubiera dicho: del puto General Franco. Pero se detuvo. Galán se detuvo. Miró con desconfianza. Hacia la barra. Luján se sintió humillado. Aquí estaba él, con su credencial de policía; una persona que, teóricamente, podía hacer una llamada y llevarse a aquel tipo a la Dirección General de Seguridad, donde le cerrarían los ojos a hostias antes de que pudiese preguntar la hora. Y, sin embargo, a Galán todo lo que le preocupaba era insultar al Generalísimo… delante del camarero.

-Esto es una conversación informal –dijo Luján, tratando de hablar despacio‑. Pero, señor Galán, le advierto de que usted está consiguiendo que sea otra cosa.

Galán lo miró como si fuera la primera vez que reparaba en él. Luego, se rió como si le hubiesen contado un chiste.

-Pero, ¡qué dices! Mira, chaval, si tú dices que yo he llamado hijo de puta a Franco y yo digo que llevas cinco minutos dando vivas a la República, podemos acabar delante de un juez, compitiendo a ver a quién cree. Tú te crees que con tus putos carnés de policía y de falangista de antesdeayer te van a creer a ti, pero, ¿sabes? No tienes ni una puta posibilidad. Tú no sabes con quién estás hablando. A lo mejor te crees que se puede ser cualquiera para merecer un despacho con vistas a la Cibeles y el Banco del Río de la Plata.

Las razones de Galán eran un setenta por ciento posible verdad y un treinta por ciento alcohol. Sólo un imbécil se la jugaría por un treinta por ciento.

-Está bien. Está bien. Entonces, hábleme de…

-Cuando éramos cuatro gatos nos iba mejor –si Galán había escuchado al subinspector Luján, no lo dejó entrever‑. La Falange se murió dos veces: una, en el cuerpo de José Antonio. Otra, en la Unificación[2].

-La Unificación nos ha hecho más fuertes –protestó Luján.

-No lo dudo –respondió Galán, asintiendo afectadamente‑. Nos ha hecho más fuertes. Pero también nos ha hecho menos nosotros.

-No entiendo.

-Pues no es difícil. Desde octubre del 38, hace ahora casi diez años pues, todos los cargos políticos de la Administración son automáticamente miembros del Partido, ¿no?

-Así es, sí –Luján conocía perfectamente la norma‑. Pero no veo qué puede haber de criticable en eso.

-Pues que no es una suma conmutativa.

-¿Una suma? ¿Qué…?

Dositeo Galán sonrió de nuevo. Parecía estar más sobrio.

-La ley podría decir: los falangistas serán los cargos políticos del régimen. Pero no dice eso. Dice: los cargos políticos del régimen serán falangistas. Y no es lo mismo.

Agitó el vaso con su única mano. A sus espaldas, Luján percibió los sonidos del trajín del camarero.

-Es difícil inventar una forma más efectiva, y más taimada, de contaminar un Partido. A partir de ahora, todo el que mande en España, aunque sólo sea un poquito –Galán hacía pucheros al decir eso y juntaba mucho dos dedos de su mano‑, será falangista. Créeme, ¿Luján has dicho? Créeme, Luján: dentro de diez años, te costará encontrar un falangista en el Partido que se haya leído, ¿qué te digo?, un par de páginas de José Antonio.

-Señor… ‑Luján trataba de hacerlo hablar pero, al tiempo, tenía que reconocer que había otros motores dentro de él para sus palabras‑, ¿acaso el régimen se ha contaminado? ¿Es que no defiende las cosas que nosotros defendemos, er…, que ustedes siempre defendieron?

El camarero llegó con el porto flip. Luján negó con la cabeza antes de ser preguntado si quería tomar algo. Dositeo Galán se echó gasolina al gaznate antes de seguir hablando.

-Luján, nosotros somos fascistas –replicó al subinspector, con tono profesoral‑. Eso quiere decir que no creemos ni en el capitalismo liberal ni en el materialismo marxista. Creemos en el individuo identificado con su patria y con su nación, parte de ella, entendido por y desde ella. Un individuo fuerte y capaz, no una mierda de tipo que todo lo fía a la confianza en una corona o en un cáliz. Éste no es un país de monárquicos adocenados y tampoco es un país de curas y monjas. Es un país de hombres libres, ahora que se ha deshecho de la chusma comunista. Libres para ser individuos y nación al mismo tiempo.

-No veo diferencia con…

-Si no la ves, amigo, es que estás ciego. Hoy los falangistas adornamos el régimen. Pero ya no somos el régimen.

»Hubo un momento, uno solo, en el que, aún muerto José Antonio, pensé que las cosas irían como se debe. Cuando mandaba Serrano[3]. Serrano sí que entendía esta misión. Mientras fue la mano derecha de Franco, la Falange avanzó, a pesar de las dificultades y a pesar de haber sido puesta en la olla junto con otros ingredientes, en la dirección correcta. Fue su inspiración la que colocó en nuestras manos la Ley Sindical y la del SEU[4]. La idea de Ledesma[5]: un país de obreros y empresarios agrupados sin distancias ni distinciones, organizados como una milicia. Ni siquiera Franco pudo impedir que las venas de España cayesen en nuestras manos. Las venas tenían que ser nuestras, porque nosotros somos la sangre. Pero cometimos un error.»

-¿Un error?

-Un error, sí. Creer en Franco. El 30 de marzo de 1940, Día de la Victoria, el sindicato falangista quiso demostrar su poder y dibujar la imagen del futuro de España. ¿Lo recuerdas?

-Debo confesar que apenas, señor.

-Aún eras joven –respondió Galán, en tono comprensivo; su mirada se había perdido en algún punto de la pared de enfrente, como si allí un proyector invisible estuviese reproduciendo la escena que evocaba‑. Miles y miles y miles de trabajadores con sus camisas azules desfilando. En España vuelve a amanecer. ¿Lo entiendes? ¡Todo lo hicimos por eso! Ese día, de verdad, ganamos la guerra. A todos. A los plutócratas, a los marxistas, a los ladrones, a los embusteros, a los envidiosos, a los pesimistas. Ese día se vio nuestra fuerza.

Dositeo Galán tosió y tuvo que reprimir un regüeldo demasiado fuerte. Suspiró antes de seguir hablando.

-Franco dijo: excelente trabajo. Franco dijo: así se hace, muchachos. Pero yo creo que ese día, ese mismo día, decidió cargarse a Serrano. Que es una forma de decir que decidió machacarnos. ¿A la Falange? No, claro. A los fascistas, que éramos quienes le molestábamos. A los fascistas, que éramos quienes estábamos organizando milicias propias, autónomas, distintas de los rebaños de borregos sobre los que gustan mandar los generalitos. A los fascistas, que teníamos el derecho, el deber y la misión de mandar en España, rehacer España.

-Señor, me resulta difícil creer eso.

-A mí me resulta difícil creer que Gregorio[6] fuese masón. ¡Vamos, que no lo creo!

Luján sintió en su interior la necesidad de protestar. Recordó fugazmente las desgracias e historias familiares que habían hecho de él un falangista (los parientes muertos sin noticia, los saqueos, la arbitrariedad de los últimos meses del Madrid republicano) y sintió que todo eso pesaba para él más que un problema de facciones.

-La Falange, señor Galán, está hoy plenamente identificada con la labor del Generalísimo.

-¿He dicho yo lo contrario? –chilló Galán, afectando sorpresa‑. ¡Por supuesto que es así! Entre otras cosas, porque las personas que pudieron haber pensado de otra forma ya no están en la primera línea.

-En primera línea siguen muchos falangistas de siempre. El propio hermano de José Antonio.

Galán asintió afectadamente, ridiculizando el gesto de darle la razón a Luján.

-Oh, sí. Desde luego. Todos muy valientes. Mira, Franco dejó las cosas bien claras en el 41, cuando cambió el gobierno y le quitó a Serrano el ministerio del Interior y se lo dio al amigo Galarza[7]. Nosotros nos dimos cuenta de la jugada y la denunciamos con lo del currinche[8]. Y entonces nos cayó la de San Quintín. Ridruejo, Tovar y Ercilla, a la mierda[9]. Pero, eso sí, la recua de valientes apoyándolos. Primito y Arrese[10] dejaron sus poltronas.

-No merecen su desprecio por eso.

-No, desde luego. Merecen mi desprecio por ser ministros casi un minuto después de haber dimitido. Y mirar hacia otro lado cuando Serrano cayó. Y olvidarse tan fácilmente de cincuenta mil falangistas caminando al Escorial desde Madrid para honrar la memoria de José Antonio.

Luján se movió en su silla, incómodo, mientras Galán apuraba un sorbo de su vaso.

-Franco -continuó, aparentemente más calmado- es un estratega. Sabe manejarnos. A los fascistas, quiero decir. Con eso le basta porque al pueblo español no le hace falta manejarlo. El pueblo está suficientemente harto, suficientemente acojonado, como para seguir a cualquier imbécil que les garantice la seguridad. Y luego Franco tiene otra cosa.

Galán eructó. Miró a Luján con gesto de inteligencia.

-Tiene suerte. Tiene la suerte del que siempre está ahí para recibirla.

-Me cuesta creer en la suerte -protestó Luján.

-Pues no te hagas franquista, porque Franco es el cabrón con más suerte del mundo. Fíjate, sin ir más lejos, en lo del general Balmes.

Luján se alzó de hombros. Realmente, no sabía de lo que le estaba hablando. A Galán aquel desconocimiento pareció divertirle.

-¿Dónde está Franco en julio del 36? Eso lo sabes, ¿no, niño?

Domando su incomodidad, Luján asintió.

-Desde luego. Era capital general de Canarias.

-Eso. Escondidito en una esquina del patio para no dar mucho por el culo. El galleguito tísico[11] ya no se fiaba de él, entre otras cosas porque ya la quiso montar en febrero del 36, como supongo que sabrás...[12]

Luján hizo un gesto tan indefinido como sus conocimientos.

-Pero Franco era la cuarta parte del Alzamiento. El Alzamiento era: Mola en Pamplona, Franco en Marruecos, Fanjul en Madrid y Goded en Barcelona. Si has atendido en las charletas que te habrán dado en el Partido, estarás añadiendo a Cabanellas y a Queipo, como mínimo. Pero, créeme: si estos cuatro hubiesen triunfado, los demás se podían haber afiliado a la FAI si hubiesen querido, que habría dado igual.

Galán dio otro trago de su vaso.

-Que lo de Madrid no iba a salir yo creo que lo sabían hasta los conspiradores. Barcelona es otra cosa. No contaban con el hijoputa de Escobar[13]. Dos de cuatro. Jodido. Por eso la guerra duró tanto. Pero Franco -la voz de Galán, repentinamente, susurraba-, no lo tenía tan fácil para alzarse.

-¿Me va a hablar del Dragon Rapide?

Galán miró a Luján con rabia.

-Tú te crees que porque te sabes la historia del Dragon Rapide ya te sabes la historia. Pues sí. Hombres de Franco y de Sanjurjo alquilaron en Inglaterra un avión para llevar a Franco de Canarias a Marruecos. Porque Franco no ganaba nada sublevando a las tropas a su mando. Necesitaba ponerse al frente de las tropas de Marruecos, sin las cuales el resultado de la guerra probablemente habría sido otro. Pero eso también lo sabía Santiaguiño el Escupesangre[14], así pues tenía a Franco encerrado en la isla de Tenerife. Como te sabes tan bien la historia -Galán hablaba con ampulsidad exagerada-, sabrás que tu General pidió en vano, varias veces, autorización para salir de la isla y realizar algunas inspecciones. El día 16, sin embargo, estaba en Gran Canaria, no en Tenerife, y acabó cogiendo el puto avión, y todo empezó.

Terminó su vaso.

-El favor se lo hizo el general Balmes. El gobernador militar de la plaza. Unas horas antes, tiene un accidente, se le dispara la pistola y se pega un tiro. Los funerales son en Las Palmas. Ni siquiera el gobierno puede negarse a que Franco acuda ‑repentinamente sonrió, como recordando algo gracioso‑. Con el nombre que tenía el finado, era como para pensar que los sentimientos de su compañero general no eran sinceros ‑volvío a ponerse serio, y a mirar directamente a Luján‑. Y eso, nene, es lo que se llama suerte. Del cementerio al aeropuerto, y que comience la guerra. Eso es suerte de la que sólo tienen los buenos, los mejores. Los demás, como nosotros, sólo valemos para la trinchera, para obedecer.

Luján se movió nerviosamente en su silla.

-La vida es una obra, señor Galán. No una trinchera.

-Yo te diré lo que es la vida –le contestó, sin apartar la vista del vaso, Dositeo Galán‑. La vida es un coche oficial mientras la gente no tiene zapatos. La vida es poder tomarte todos los putos porto flips que puedas tragar mientras media España no tiene agua corriente. La vida es ver a un tipo ponerse tu camisa azul y darte cuenta de que eres tú quien se está poniendo la suya.

Eructó de nuevo. Luján percibió el brillo en sus ojos.

-La vida es haber nacido para ver un nuevo Amanecer, y que te llamen borracho. Señor Borracho.

Luján contempló en silencio a Dositeo Galán apurar los amargos tragos de su cóctel. Se dijo que no creía en sus palabras. Pero no estaba allí para discutir hasta esas profundidades. Él estaba allí trabajando.

-¿Perdió usted la mano en Rusia?

-Ajá –concedió Galán‑. Más o menos, al mismo tiempo que tu General Franco asumía el mando de la Junta Política del Partido, ante el silencio de esos arreses y girones[15] a los que tanto admiras.

-Yo había venido aquí a hablar de Anselmo López.

-¿Anselmo López? –Galán apretó los ojos, tratando de recordar.

-Compañero suyo en la Escuadra Alcubierre. Hasta que se disolvió, después de lo del lago Ilmen.

Tras unos largos segundos de reflexión, Galán asintió.

-Exacto. Tiene usted razón. Anselmo. Excelente compañero.

-¿Y excelente falangista?

-¿En qué sentido?

-En el que usted entiende por excelente falangista.

Galán se alzó de hombros.

-No sabría decirle. Allí todos decían que eran excelentes falangistas, pero por lo menos la mitad sólo eran aventureros y desclasados.

-Pero usted ha dicho que era un excelente compañero.

-Porque lo era –respondió, con seguridad, Galán‑. Los matices políticos quedan para después en una guerra. En una guerra, el buen compañero es el que te ayuda y nunca te deja. En su caso, creo que tenía doble mérito.

-¿Ah, sí? ¿Por qué?

-Por sus manos –contestó Galán, sin dudarlo.

-¿Sus manos?

-Sus manos, sí. Manos largas, finas. Sin callos. Manos de mujer. O de hombre que nunca ha hecho trabajos duros, no sé si me entiende.

Luján anotó el detalle en su libreta.

-¿Alguna vez le dijo algo de su pasado, de dónde venía, a qué se había dedicado hasta alistarse?

-Nunca. Pero no se extrañe. Allí nadie preguntaba. Los que se conocían de antes, se conocían de antes. Y los que nos conocimos allí, nos conocimos allí. Así de simple.

-Así que no eran en especial amigos, pero él sin embargo era un buen soldado, a pesar de que usted llegó a sospechar que no había habido mucha guerra en su vida antes.

Galán se alzó de hombros de nuevo.

-Guerra sí que habría, porque la hubo en la vida de todos los de mi generación que no estaban tullidos. Me refiero a que, probablemente, su ocupación civil no era manual. Era un tipo que trabajaba con esto –Galán se dio golpes con un dedo en una sien.

-Señor Galán, usted ha sido muy sincero conmigo esta mañana. Así que le voy a hacer una pregunta muy sincera.

-Usted dirá.

-¿Cree usted que Anselmo López podría ser, o haber sido, comunista o masón antes de alistarse a la División?

Al contrario de lo que esperaba Luján, Dositeo Galán no se escandalizó ni se extrañó con la pregunta. Reflexionó a fondo sobre ella antes de contestar.

-Los camaradas del frente nos decían que tuviésemos cuidado con eso. En realidad, nos enseñaron a estar pendientes de la menor frase, de la más leve queja, como indicio de eso que usted señala. Y bien, sí, lo llegué a pensar.

-¿En serio?

-Usted no sabe lo que fue cruzar el Ilmen. Desde muchos puntos de vista. Primero, porque muchos de nosotros teníamos que esquiar o patinar sin estar acostumbrados. Segundo, porque íbamos mal pertrechados. Tercero, porque durante toda la acción estuvimos pobremente asistidos por la logística. Pero, sobre todo, por el golpe moral que supuso la acción.

-¿Golpe moral?

-Golpe moral. En el lago Ilmen fuimos a rescatar alemanes que estaban cercados por los rusos. ¿Lo entiende usted? ¡Alemanes! Para muchos de nosotros, el Ilmen fue nuestro Estalingrado. El momento en el que nos dimos cuenta, aunque no lo quisiéramos reconocer en muchos casos, de que habíamos acudido a una guerra que no se ganaría.

-Entiendo.

-Un Anselmo López empezó a cruzar el lago y otro regresó. Aparte de que el que regresó estaba malherido e inválido, moralmente era otro hombre. Los mandos tuvieron casi que aislarlo porque sus lamentos eran arengas negativas para la tropa. Recuerde, además, que era una tropa cuyos miembros estaban cayendo como chinches. Sólo lo tranquilizó algo resultar herido. Temía que lo dejásemos allí, pero, por otra parte, supongo que pensó que para él la pesadilla había terminado, de una forma o de otra.

Dositeo Galán inclinó la cabeza mirando hacia ninguna parte, como aceptando una reprimenda del fantasma de Anselmo López.

-Pero eso pasó al final. Fue entonces cuando pensé: si tanto se queja, ¿será que, en realidad, es un comunista? Pero al final. Hasta entonces, y fueron varios meses, Anselmo fue un excelente compañero.

Levantó el vaso casi vacío.

-Brindo por él –dijo, mirando a Luján, y luego fue a beberse el líquido, hasta que reparó en que el vaso ya estaba vacío. Después, se secó inútilmente los labios con el envés de la mano y, mirando al policía, dijo con serenidad‑. Ha muerto, ¿verdad?

Luján dio un respingo.

-¿Por qué me pregunta eso? ¿Qué le hace pensarlo?

-Llevaba la muerte en los ojos. Era un tipo desgraciado. Siempre midiendo las palabras con que te hablaba. Siempre, de alguna forma, estudiándote. Siempre acojonado.

Suspiró, dio un manotazo en la mesa, y se levantó trabajosamente.

-Para la tranquilidad de gentes así es por lo que empezamos todo esto. A él también le hemos fallado.

Luján agarró la muñeca de Galán. Su interlocutor entendió, y se sentó de nuevo.

-Una cosa más. ¿Le dice algo In Bello Amicitia?

-Por supuesto –contestó Galán, como si estuviese refiriendo algo obvio‑. Era el lema de unos camaradas de Salamanca que estaban en la Escuadra. Cuatro o cinco tíos. Se inventaron ese lema y se hicieron, creo… sí, unos anillos. Unos anillos enormes.

-Como éste –Luján sacó el anillo del bolsillo de su chaqueta y se lo mostró.

-¡Sí, exacto! Como éste. Pero, ¿cómo ha llegado a sus manos?

-¿Tanto le extraña?

-Desde luego. Todos los dueños de estos anillos se quedaron muertos sobre la nieve rusa. Ninguno regresó del Ilmen.

-¿Recuerda algún nombre?

Galán pensó con dificultad.

-El cabecilla, sí. Pero no era el nombre. Era el mote. Lo llamaban El Choto… Cabreras, creo. O Calleja. O Castilla. De verdad, no lo sé –iba a callarse, cuando recibió una inspiración-: espere… Cendoya, sí, Cendoya. Se llamaba Cendoya.

Luján trató de esbozar una sonrisa relajada.

-Está bien, señor Galán. Creo que eso es todo. Gracias por su tiempo.

Galán se levantó. Le tendió su mano derecha. Ambos las estrecharon.

-Y a usted, gracias por su comprensión –le dijo‑. ¿Habrá funeral por Anselmo?

-Lo dudo. Nadie ha reclamado su cuerpo.

-Me las arreglaré para que los boletines del Partido lo citen –dijo Galán‑. Al fin y al cabo, tengo mucho poder. Tanto, tanto, que no sé qué hacer con él.

Luján lo vio marcharse calle abajo, bamboleándose bajo un sol tórrido, dispuesto a pasarse el resto de su vida bebiéndose su destino.




[1] El Porto Flip era un cóctel de moda en los años cuarenta.
[2] Se refiere a la Unificación decretada por Franco antes incluso de terminar la guerra, por la cual las distintas facciones que apoyaban al bando nacionalista quedaron unificadas en un solo partido, la Falange Española Tradicionalista y de las JONS, que adoptó el Cara al Sol, el yugo y las flechas, el saludo fascista y algunos símbolos mixtos (la camisa azul de la Falange y la boina roja de los carlistas).
[3] Ramón Serrano Súñer, cuñado de Francisco Franco, ocupó cargos importantes en los últimos meses de la guerra, una vez que pudo escapar de Madrid, y fue luego ministro del Interior y de Exteriores, hasta su defenestración en 1942.
[4] Se refiere a las leyes de Unidad Sindical y del Sindicato Español Universitario. Ambas normas concedieron a la Falange un amplio monopolio sobre estas estructuras, lo cual fue especialmente importante en el primer caso.
[5] Ramiro Ledesma Ramos, importante dirigente de Falange.
[6] Se refiere a Gregorio Salvador Merino, que fue el primer dirigente del sindicato único falangista y, de hecho, el responsable de organizar el desfile de marzo de 1940. En 1941, durante su viaje de bodas, Merino fue acusado, al parecer por un compañero falangista, de ser miembro de una logia masónica. Fue rápidamente exonerado, pero eso no impidió que fuese exiliado a Baleares y perdiese el control del sindicato, que pasó a manos de José Luis Arrese, un «camisa vieja» que se demostró mucho más proclive al franquismo.
[7] Valentín Galarza. Galán utiliza la palabra amigo en sentido despectivo, pues era sobradamente conocido su antifalangismo.
[8] Se refiere a un artículo aparecido en el Arriba que se titulaba El hombre y el currinche, y que era una cerrada defensa de Serrano Súñer. Su autoría se atribuyó a Dionisio Ridruejo.
[9] Dionisio Ridruejo, Antonio Tovar y Jesús Ercilla. Eran, respectivamente, Director de Propaganda, Subsecretario de Prensa y Director General de Prensa. Los tres fueron cesados.
[10] Miguel Primo de Rivera y José Luis Arrese dimitieron, respectivamente, como gobernadores civiles de Madrid y Málaga.
[11] Se refiere al presidente del gobierno, Casares Quiroga, gallego como Franco y del que se decía estaba enfermo de tuberculosis.
[12] Se refiere al intento por parte de Franco de convencer al gobierno de que declarase el estado de guerra tras las elecciones que ganó el Frente Popular.
[13] El teniente coronel Escobar colocó a la guardia civil de Barcelona del lado de la Generalitat y la República, desequilibrando definitivamente a su favor los enfrentamientos del 19 de julio.
[14] Casares.
[15] José Antonio Girón de Velasco, también falangista desde los inicios del Partido. En los tiempos que relata Galán, era ministro de Trabajo.

martes, agosto 03, 2010

Folletín de verano (6)

Texto completo












Azpíriz era un tipo huesudo y delgaducho. Inspiraba cualquier cosa menos miedo, incluso embutido en su abrigo gris. Enseñaba su documentación y parecía pedir perdón por ser policía. Sin embargo, tal y como le había anunciado el inspector Rebollo, tenía una virtud: la constancia. En realidad, Luján tenía dificultades para seguirle el ritmo. El primer día que trabajaron juntos, tomaron las copias de un voluminoso expediente en el que estaban listados, por unidades, los combatientes de la División Azul. Ellos habían preguntado por Anselmo López y en el Ministerio les habían contestado: en alguna página de ese expediente estará.

Ambos se habían sentado en el Infierno, más infernal que nunca porque aquel junio fue tórrido, y se habían dividido los papeles. Cuarenta mil nombres que, en algún momento, habían formado parte de la 250 división de infantería alemana en Rusia, agrupados por unidades, con indicación de sus destinos. Escritos con letra apretada, a veces incluso anotada a mano. Cada hora u hora y media, Carlos Luján sentía que era incapaz de leer un nombre más. Levantaba la cabeza de los papeles, sintiendo los goterones de sudor por su frente. Y entonces veía a Azpíriz, transpirando pero sin separar los ojos de la documentación. Una y otra vez. Seis horas diarias casi sin pausas, sin quejarse, sin decir nada. Tardó cinco días en encontrar a Anselmo López. Anselmo López Trujillo, encuadrado en una Escuadra cuya numeración aparecía borrosa, aunque una mano funcionarial había anotado a lápiz, no mucho tiempo atrás, que se quiso llamar Escuadra Alcubierre. Al mando del cabo Herminio Pozas Carril. Vivo o, cuando menos, vivo al final de la acción armada. Tras una hora de trabajosa labor de análisis de anotaciones, Azpíriz había fabricado la lista de los tres miembros de esa escuadra que, según las notas, habían regresado vivos a España: el cabo Pozas, López y un tal Dositeo Galán, también mutilado. Pozas, al parecer, había regresado entero.

El inspector Rebollo se mostró poco interesado en estar presente en las visitas. Eso sí, dejó bien claro que no quería que con aquellos falangistas se recurriese a la estrategia habitual, es decir sacarles de su terreno natural e interrogarles en dependencias policiales. Luján y Azpíriz deberían visitar a los dos compañeros de López allí donde estuviesen.

Para visitar a Herminio Pozas, y tras un par de llamadas para localizarlo, tuvieron que ir a El Pardo, donde Pozas regentaba un pequeño mesón. En realidad, tan sólo un colmao macilento con una barra de madera que había vivido mejores años. Sin embargo, a pesar de su modestia aquel local tenía una característica muy definitoria: estaba apenas a unos metros de las primeras dependencias del palacio del Caudillo. Los parroquianos los miraron con desconfianza al entrar, como si les hubiesen reconocido. Azpíriz se identificó, con su clásica actitud casi pedigüeña, ante una mujer rechoncha que atendía a los parroquianos, y que empalideció nada más ver su credencial. Musitó una disculpa y se metió en la trastienda. Pocos segundos después, de aquel lugar salía un hombre vestido con un mono de trabajo y embutido en un delantal sucio. Herminio Pozas era más bien bajo y ancho, de brazos poderosos y grandes manos que en ese momento se secaba con un trapo.

-Buenos días, señores –se presentó, sin asomo de nerviosismo‑. ¿Qué puede querer la policía de mí?

-Sólo queremos hablar –informó Luján, tratando de parecer lo más amable posible‑. Hablar de un compañero suyo.

-¿Compañero? –el rostro de Pozas rezumó desconfianza‑. ¿Otro mesonero?

-Otro tipo de compañero –explicó Luján, desviando su mirada hacia un cuadro en la pared, un marco alrededor de un soporte de fieltro en el que estaban clavadas dos medallas.

Herminio Pozas asintió. Luján creyó ver en su rostro el esbozo de una sonrisa.

-Paseemos. ¿Les parece bien?

-No puede decir que su local esté mal situado –ironizó Luján, mientras se alejaban del mesón.

-Me lo dejaron barato –se justificó Pozas, alzándose de hombros al tiempo que hablaba‑. Tiene ventajas, qué duda cabe. La clientela fija, sobre todo. Y la tranquilidad. Aquí nunca entrará nadie a robar, creo yo.

Miró hacia Luján mientras andaba, con media sonrisa en el rostro.

-Fíjese lo que son las cosas: estoy tan cerca del Palacio, que el Palacio está en mi casa.

-No me diga.

-Pues sí. El patio trasero del mesón no es parte del edificio que compré. Forma parte del palacio. Aunque me han cedido el uso y disfrute.

El cabo Pozas no parecía tener muchas oportunidades de hablar de la guerra de Rusia, como él la llamaba, porque no tardó, en cuanto estuvo a unos cuantos pasos del local (y de su mujer) para empezar a relatar aquellos tiempos. Sin ser en realidad conminado para ello por los policías, relató su infancia en su Extremadura natal y la guerra civil, en la que al parecer no hizo gran cosa.

-Los nacionales pasaron por Badajoz como un rodillo -explicó-. Franco necesitaba la provincia para poder conectar a los sublevados del sur con los del norte, así que no se anduvo con chiquitas. Yo entonces vivía en un pueblo muy pequeño. Tenía dos años más que la edad militar, pero a mi casa jamás llegó ninguna carta comunicándome llamamiento alguno. Luego me alistaron, pero nunca salí de Badajoz.

A Luján le dio la impresión de que su decisión de alistarse en la División se justificaba más por espíritu aventurero que por impulso ideológico; Herminio Pozas daba toda la impresión de ser el típico joven rural a quien el ejército, o en su caso la guerra, le había acabado por poner en contacto con un mundo totalmente distinto del suyo, mucho más apasionante. Además, en aquel entonces, por lo que dijo, arrastraba cierto complejo por no haber combatido en la guerra.

-Me jodía pensar que pudiera haber quedado como un fragilón -explicó.

Aunque la ideología no parecía tener demasiado que ver con su alistamiento, no se recató de mostrar un carné de la Falange que le otorgaba bastante más pedigree que el de, por ejemplo, Luján.

-En junio del 41[1] –explicó, tras tomar aire casi con orgullo‑ ya estaba yo en la Gran Vía, dispuesto a marcharme esa misma noche. Y estuve en Crafenber –así pronunció el nombre del campamento alemán de instrucción de Grafenwöhr‑, o sea que fui de los primeros.

-¿Y Anselmo López, su compañero en la Escuadra Alcubierre?

Pozas entornó los ojos, haciendo claros esfuerzos por recordar mientras caminaba.

-No lo sé. En ese momento, no lo sé. Pero juraría que sí, porque formó parte de mi escuadra casi desde el primer momento. En el Volchov ya estábamos juntos.

-Perdone, señor –le interrumpió Azpíriz, dulcemente‑. ¿En el Volchov?

-Sí, el Volchov –respondió Pozas, mirando a los policías como si estuviese explicando algo obvio‑. El río Volchov. Al sur de Leningrado. Con el resto del ejército de Bonlé[2]; el jercomandán de los ejércitos del Norte. El Puto Berma[3], lo llamábamos nosotros.

-Esa fue su primera acción de guerra.

-El 12 de octubre de 1941, sí señor. En seis días, lo habíamos cruzado. Ahora nadie se acuerda, pero tardamos menos que Dios. Menos que Dios…

Se habían parado frente a la entrada del Palacio, a unos escasos metros de donde dos guardias de Franco los observaban, firmes, como soldados de plomo. El cabo Pozas había encendido un cigarrillo de picadura, y no hizo ademán de ofrecer a sus contertulios. Malos tiempos para invitar a tabaco.

-Nosotros no perdimos esa guerra. Nosotros habríamos ganado esa guerra –dijo el cabo, que parecía hablar consigo mismo.

En ese momento, el subinspector Luján pensó: tal vez no sea mala táctica dejar que hable, que se explaye. Así que decidió espolearlo un poco.

-Unos pocos miles de falangistas no parecen suficientes para cargarse a millones de rusos.

Herminio Pozas detuvo su lento paseo y lo fulminó con la mirada. Luján no pudo reprimir un escalofrío.

-Mire, señor… ¿Luján? Mire usted: los alemanes nos prepararon para muchas cosas. Pero una para la que no nos prepararon fue para pasar el invierno en Rusia. El Puto Berma y sus jefes seguro que nunca pensaron que lo necesitarían. Ellos creían en su Blicrí[4] y en sus tanques y en su superioridad. Para esos memos, ganar la guerra era ganar terreno. Pero no hay que ser muy listo para saber que no gana la guerra quien toma terreno, sino quien lo conserva.

-No he querido ofenderle…

-Es igual. Ya es igual –Pozas hablaba con la amargura con la que un padre habla del cariño definitivamente perdido de un hijo‑. Pero las cosas son como son. Nosotros no teníamos arreglos para el frío. Llevábamos cinco días en el frente, cinco, y el teniente coronel Zanón[5] ya nos tuvo que pasar una instrucción en la que nos recomendaba rellenar los cascos con fieltro, cerrarnos las mangas incluso atándolas sobre los guantes y usar papeles de periódico o similar bajo las ropas para proteger el pecho. No nos habían dado ropas adecuadas para tanto frío.

Luján y Azpíriz cruzaron una mirada de inteligencia. Ya lo sabían. Esa imprevisión le había costado muy cara a Anselmo López.

-Éramos pordioseros en medio de un ejército cada día más pordiosero. Porque tomábamos y tomábamos terreno, pero cada día todos teníamos menos de todo. Con las semanas, empezaron a escasear las mantas. Luego la gasolina. Luego la munición. No basta con tomar un llano y llenarlo de trincheras. Las trincheras hay que llenarlas de soldados razonablemente bien alimentados, bien calentados. De lo contrario, cualquier guerra se pierde allí.

-El General Invierno.

-Y su puta madre –escupió Pozas, sangrando odio en cada palabra‑. Su puta madre, la Nación Alemana. El Reich de los cojones. La Blicrí de los cojones –miró hacia el Palacio, como si pudiera ver a través de sus padres y escrutar su interior‑. Al General no le habrían pillado en ésa. El General ya se sabía de memoria con treinta años cosas que el Puto Berma y sus amigos no entendieron ni entenderán en su vida.

Permaneció en silencio unos segundos, recio, frente a la construcción que brillaba bajo el sol, como si el mismísimo Franco lo estuviese mirando desde una ventana. Luego, sacudió brevemente la cabeza, miró a Luján, y pareció despertar de un ensueño.

-Pero fueron esos pordioseros españoles los que en enero del 42 cruzaron el lago Ilmen para salvar a una guarnición de jodidos alemanes indestructibles. Andaluces, canarios y extremeños esquiando sobre un lago helado, bajo las balas. Nueve de cada diez no volvieron. Allí perdí a mi escuadra.

-Salvo López y… Dositeo Galán. ¿Es correcto?

-Correcto, sí. Anselmo y Dosi… ¿qué habrá sido de Dosi?

-En realidad, eso queríamos hablar –Luján había decidido que era el momento de abandonar las ensoñaciones e ir a lo concreto‑. Exactamente, ¿cuánto tiempo estuvieron juntos ustedes tres?

-Se lo acabo de decir –la voz de Pozas sonó casi impaciente‑. Al regresar del Ilmen nos separamos. De mi escuadra sólo volvimos nosotros. Y a Anselmo lo repatriaron.

-Por una herida en una pierna.

-Una herida en una pierna, sí. Regresando, para su suerte. Los que la recibieron avanzando por el lago, allí se quedaron.

-¿Y Galán?

-Reasignado –informó Pozas, mientras negaba con la cabeza‑. No lo volví a ver.

Carlos Luján invitó al veterano Pozas a sentarse en un poyete del jardín de entrada al Palacio. El hombre aceptó en silencio y comenzó a liar otro pitillo.

-¿Cómo describiría usted a Anselmo López?

Dejando salir el humo por sus narices, Herminio Pozas miró al cielo, como si allí estuviera escrita la respuesta a la pregunta que le habían hecho. Tardó tanto en contestar que Luján estuvo a punto de carraspear para despertarlo.

-Un tipo reconcentrado. Distante, eso sí. Pero nunca se quejaba. La lotería para un cabo: hará lo que le ordenes, pero no te vendrá con sus historias. Usted no sabe cuántas historias de novias y madres tiene que escuchar un cabo.

-Quiere eso decir que nunca le habla de, er, su familia o su, ejem, novia –apostilló Azpíriz, preparando el lápiz para anotar la declaración.

-Eso quiero decir. Nunca jamás me habló de alguien distinto de él. Es como si nadie le esperase en España.

Luján se sintió dar un respingo. Por fin, la conversación adoptaba un cariz interesante.

-Y, usted, ¿cree que era así?

-¿Qué quiere usted decir?

-Quiero decir que si pensaba que eso es cierto. Que no había nadie en la vida de Anselmo López.

El cabo Pozas se alzó de hombros.

-Quién sabe. Uno o dos meses después de haber llegado al Volchov, yo creo que había que ser tonto del culo para no darse cuenta de que la mayoría no regresaría jamás a España. En esas circunstancias, hay gente que olvida para no hacerse daño, no sé si me explico.

-A la perfección. Pero a mí me gustaría escuchar su opinión.

-No veo qué valor pueda tener.

-Usted fue su cabo –explicó Luján, con voz grave‑. En la guerra, un cabo es como un padre. A veces, incluso algo más.

La boca de Herminio Pozas dibujó un rictus de fastidio.

-Ya se lo he dicho. Quién sabe. Oiga, de todas formas, ¿por qué me pregunta tanto por Anselmo?

-Porque hace algunas semanas, apareció muerto.

El rostro de Herminio Pozas viajó, en escasos segundos, de la sorpresa a la resignación. Luján pensó: no se le puede pedir más a alguien que ha tenido que convivir con la muerte.

-Anselmo… ‑musitó Pozas, mientras miraba hacia ninguna parte‑, joder, Anselmo, joder…

-Fue asesinado, señor Pozas.

No hubo reacción por parte del cabo. Parecía no haber escuchado esa información. Sin embargo, un par de caladas después, enarcó las cejas y suspiró.

-¿Cómo lo mataron?

-Eso da igual. Lo que importa es que lo mataron –Luján no consideró necesario, ni prudente, facilitar más datos.

Herminio Pozas acercó el pitillo a la boca una vez más. En ese momento, Carlos Luján reparó en una mancha oscura en el envés de su mano derecha. Un tatuaje; se diría mejor, el recuerdo de un tatuaje. Borrosamente, parecía dibujar los contornos de un arma de fuego.

-¿Una ametralladora? –preguntó, señalando a la mano con la barbilla.

Pozas no entendió al principio pero, al mirar a Luján, localizó la mirada del subinspector, la siguió y llegó a su propia mano. Sacudiéndola, sonrió.

-Una ametralladora, sí –informó‑. Alemana, o eso me dijo el cabrón que me lo tatuó. No era ningún artista. Y, además, estaba como una cuba. Exactamente igual que yo.

Luego añadió, como para sí.

-Ojalá encontrase la forma de quitármelo.

Luján suspiró. En su cabeza, empezaba a tomar cuerpo la idea de que sería imposible sacarle más información a aquel nostálgico veterano falangista.

-Una sola cosa más, señor Pozas.

-Las que usted quiera.

-¿Diría usted que Anselmo López era un falangista de verdad?

Pozas movió la cabeza como un resorte y la giró hacia Luján con un gesto duro, como si el policía le hubiese mentado a la madre. Los restos finales de su pitillo se cremaban entre sus dedos, amenazando quemarle la piel, pero él no parecía darse cuenta.

-¿Cómo ha dicho, señor?

-Le he preguntado si usted considera a Anselmo López un falangista auténtico.

-Sí, le he oído. Pero creo que necesito que me explique qué es exactamente, para usted, un falangista de mentira.

Luján trató de controlar los nervios. Joder con el cabo veterano. Le miraba con esa seguridad suicida de quien ha manejado situaciones mucho peores que una conversación informal con dos policías bisoños, una mañana de verano, a las puertas de la casa del General.

-Quiero decir, alguien que pudiera haberse hecho falangista tan sólo para… disimular que antes… antes pudo tal vez ser otra cosa.

Herminio Pozas reprimió un gesto de dolor. La yesca de su tabaco le había quemado. Se deshizo de ella con un gesto brusco, se levantó y se colocó frente a Luján. El subinspector se quedó sentado en el poyete, contemplando a su interlocutor desde abajo.

-Señor Luján… ‑musitó Pozas, con una voz afectadamente calmada‑, en teoría, no podría contestarle. Conocí a Anselmo López en octubre de 1941, en las orillas del Volchov y, por lo tanto, no puedo decir que supiera de él antes. Para mí, Anselmo López antes de esa fecha es tan misterioso como, al parecer, lo es para usted. Pero sí puedo decirle alguna cosa más…

Carraspeó. Luján tragó saliva.

-A ese hombre de quien usted osa sospechar que era un rojo…

-Señor Pozas, nosotros no…

-¡Usted lo sospecha, y punto! –el grito fue seco, cortante; unos metros más allá, los guardias de Franco se movieron levemente, como ramas de un árbol tras una brisa‑. No me venga con tonterías o con medias palabras, señor policía. Lo sospecha y, quizá, es su obligación. Y yo no lo puedo negar. Puedo, eso sí, responder por la pureza de muchos de mis hombres. Puedo darle nombre y descripción de falangistas muy viejos que fueron a Rusia. Hombres de verdad que habían ganado una guerra y habrían ganado otra si les hubieran dado un abrigo y una manta como es debido. Hombres con la mirada de Franco, y con su espíritu. Hombres a carta cabal y con las ideas muy, escúcheme bien, muy claras. Y a algunos de ellos, Anselmo López les salvó la vida, poniendo en peligro la suya. A muchos de ellos, Anselmo López los cargó en sus espaldas por bosques y por estepas helados, y que me muera aquí mismo si no es cierto que, si tanto odiase a los falangistas, a la mayoría los podría haber abandonado allí mismo, con un tiro entre los ojos del que nadie, jamás, le habría podido pedir cuentas.

-Ejem, entonces queda claro…

-¡No queda claro una mierda! El solo planteamiento que usted ha hecho es insultante. Además de estúpido. De los cuatro meses que estuvo Anselmo López en combate en Rusia, no menos de uno lo pasó absolutamente rodeado de rojos. ¡Rojos, señor Luján! De los de verdad. De los que ya no quedan aquí porque nos los hemos cargado a todos. Armados, poderosos y organizados. Si era comunista, ¿por qué no desertó?

Luján quiso pensar pero, antes de conseguirlo, escuchó, sorprendido, la vocecita de Azpíriz.

-Ejem… ¿cómo habría demostrado ante los rusos que no era un espía? Y, por otra parte, ¿cómo habría evitado que usted, mi cabo, le pegase un tiro?

Pozas miraba al subinspector con la boca abierta, sin saber qué responder. Pero esa indecisión duró sólo unos segundos. Cuando el color regresó a su faz, lo hizo a borbotones.

-Sólo les diré, señores míos, que, para mí, Anselmo López fue un héroe. Uno de los héroes del lago Ilmen, que se dice pronto. Si ustedes, ahora que además está muerto, quieren manchar su memoria, allá ustedes. Pero no cuenten conmigo.

Se marchó caminando muy erguido, como si estuviese escuchando una música militar en el interior de su cabeza, sin despedirse. Luján y Azpíriz se miraron, se alzaron de hombros, cerraron sus libretas y, sin palabras, decidieron ir a visitar a Dositeo Galán. Antes, sin embargo, Luján recordó algo. Echó a andar tras Herminio Pozas; pero, a pesar de su juventud y preparación, no era capaz de igualar el ritmo de aquel hombre que, al fin y al cabo, había marchado cientos de kilómetros desde Alemania hasta Rusia.

-¡Señor, se…ñor Pozas! –alcanzó a gritar, mientras trataba de alcanzarlo‑. Sólo dígame una cosa más. ¡Una solo, por favor!

En la distancia, Pozas se detuvo y se volvió. Con un gesto de la barbilla, conminó a Lujan a hablar.

-¿Le dice a usted algo el lema In Bello Amicitia?

Herminio Pozas se limitó a dejar que su rostro dibujase un gesto de fastidio, negar con la cabeza y, después, darse la vuelta para seguir caminando sin despedirse.




[1] Se refiere a la manifestación, sobre todo de estudiantes, que se produjo en dicha fecha en Madrid, y en la que comenzó a tomar cuerpo la idea de este cuerpo militar tras el famoso «Rusia es culpable» de Ramón Serrano Súñer..
[2] Wilhelm Ritter von Leeb, comandante de los ejércitos del Norte durante la operación Barbarroja. Fue purgado por Hitler al negarse a cumplir sus órdenes y replegar sus unidades ante el avance ruso.
[3] De Wehrmacht (ejército de Tierra).
[4] Blitzkrieg, guerra relámpago.
[5] Luis Zanón, jefe de Estado Mayor de la División en ese momento.

lunes, agosto 02, 2010

Folletín de verano (5)





A mediados de junio, la ola de calor habitual de aquellas fechas se presentó en Madrid. Los madrileños esperaban al autobús a metros de la parada, protegidos por el toldo más cercano. Hacía calor y en la tarde los segundos, derretidos, parecían pararse. En la amplia comisaría de la Brigada los ventanales, a media altura de la pared, eran abiertos a principios de mes y ya nadie los cerraba hasta que estuviese bien avanzado septiembre. Durante esos meses, el ambiente dentro de la sala era diferente. Los ruidos de la calle, algunos pisos más abajo, daban al trabajo cierto espíritu ligero, prevacacional. Las personas vestían de otra manera e incluso hablaban de otra manera. Salir en la tarde, tras el turno, aún de día, era algo celebrado por la mayoría. Al llegar la última hora de la tarde, Madrid olía a campo. Aquella ciudad estaba preñada de hierbas, árboles y matorrales que vivían en los parques, en las terrazas, en los patios y solares. El campo que un día muy lejano fue la ribera del Manzanares estaba oculto tras el hormigón y al ir a caer la noche se demostraba oliendo. A veces, además, la sentencia de las horas rizaba el viento y en el viento llegaban al asfalto los olores intensos, casi acres, del campo que acaba de beber. Entonces los árboles de las aceras se combaban y el viento traía la tormenta y la lluvia. Luego, Castilla olía por debajo del asfalto, como queriendo hacerse ver. Los niños golpeaban pelotas podridas en la calle, gritándole a la oscuridad en cada uno de los mil goles que hay que marcar para llegar a ser adulto. Una ciudad pacata, pueblerina y, a pesar de ello, cada vez menos silenciosa.

Hacía ya dos meses que el cadáver de Anselmo López había aparecido en un vertedero del suroeste. Unas pocas semanas que su cuerpo, tras esperar inútilmente el reclamo de alguien, había sido enterrado en un columbario barato. Dos meses desde que Carlos Luján entregase al comisario Ramos primero, y al inspector Rebollo después, los resultados de sus pesquisas.

Hacía dos meses que la vida de Carlos Luján era colaborar en labores de vigilancia y revisión de registros.

No se había atrevido a hablar con Rebollo del asunto. Cada vez que se lo planteaba, ocurría una de dos cosas. O bien él mismo y sin ayuda se acordaba de la mirada de Rebollo cuando le dijo: ya le diré; así como de los relatos de los compañeros sobre la mala leche del inspector. O bien compartía su inquietud con Laura y era ella la que le convencía de no hacer nada.

- Cariño, cariño –le decía siempre‑, ¿qué era lo que me repetías antes de casarnos? Trabajar, trabajar y trabajar. Hay una disciplina y un método.

Disciplina y método, sí. Pero, ¿qué hacer cuando se enfrentan con la evidencia? Para Carlos Luján, eran pocas las evidencias existentes en el caso Anselmo López, pero sí era claro el hecho de que había muchos hilos de donde tirar. Y un por qué para hacerlo. En realidad, lo realmente extraño de todo aquello era cómo la investigación se había frenado en seco cuando aparecieron tantas evidencias de que el muerto era un falangista llamado Anselmo López. ¿Qué extraño factor podría explicar que no se quisiera saber quién había matado a un camarada?

Lo más probable es que nunca hubiera pasado de ahí. Carlos Luján sabía que su función era obedecer y así habría hecho de no haber sido espoleado. Sin embargo, eso ocurrió a mediados de junio, cuando el caso llevaba abierto –o como fuese que estuviera‑ dos meses y él ya se había acostumbrado a olvidarse de la primera fila de una investigación y a realizar las labores rutinarias propias de los subinspectores del Infierno.

A mediados de junio de 1948, Carlos Luján recibió una llamada.

Era del doctor Daudén, del Hospital de Cirugía. En abril, Luján había llegado a él a través de la ficha de mutilado de López. Él era quien le había documentado las dolencias del posible asesinado.

-He esperado creo que lo suficiente –le informó el médico‑ pero creo que ya es momento de decirlo. Tanto en abril como en mayo y ahora en junio, López tenía que haber pasado consulta. Y no ha venido.

Quedaron para verse. Ambos trabajaban bastante cerca. Luján se acercó al hospital. El doctor lo esperaba en la puerta. Buscaron una cafetería aledaña y compartieron sendas sodas.

El doctor Daudén era un hombre enjuto y ya mayor. De unos sesenta o sesenta y tantos años. La edad lo había disminuido y en su largo cuello se apreciaban sobrantes de piel de años mejores. Fumaba, a veces compulsivamente, cigarrillos que fabricaba con una picadura negra que llevaba en una bolsa de papel.

-Ahora sé –le dijo a Luján, una vez que estuvieron sentados‑ que él es el muerto. Nunca había dejado así de acudir a la consulta.

-¿Sabe usted donde vivía?

El médico negó, carraspeando tras una chupada especialmente profunda.

-No. He tratado de solucionarle eso, pero ha sido imposible. No es normal, para qué negarlo. Pero lo cierto es que en el hospital no hay un solo papel en el que este hombre declarase su domicilio.

-Me cuesta creerlo. Es imposible una filiación sin domicilio.

-Es… o era listo. Fíjese.

El doctor sacó del bolsillo de su americana una ficha de inscripción. Anselmo López. Mutilado de guerra. División Azul. Informaciones médicas con designación precisa de sus padecimientos. Una dirección: Alcalá, número 9.

-Usted me dijo que no había dirección –dijo Luján, sintiendo que sus sentidos se ponían alerta y ya con deseos de salir corriendo hacia el lugar.

-No se ilusione, subinspector –respondió el médico, con un deje sarcástico en la voz‑. Es un truco. Alcalá 9. ¿Quiere ir allí? No va a encontrar otra cosa que no sea un Ministerio.

Luján descendió por el tobogán de la desilusión. Comprendió. Una dirección más, ¿quién se iba a preocupar de comprobarla?

Pero no estaba dispuesto a desanimarse.

-En su opinión, ¿por qué querría López ocultar su verdadero domicilio?

El doctor Daudén torció el rostro.

-No lo sé. Aunque lo sospecho. Su vida, probablemente, no era gran cosa.

Luján comprendió.

-Pero eso es absurdo. Vamos, si hoy hay desempleados que tienen oportunidades, ésos son los de la División Azul, los alféreces, ya sabe usted. Si, además, era… es mutilado…

-Hable en pasado, Luján –la garganta del médico retembló‑. Anselmo está muerto. Usted y yo lo sabemos. Usted, yo, Anselmo y el cabrón que lo matase.

-Como quiera. Pero si era mutilado, ¿por qué entonces tenía tan mala vida?

-Quién sabe –Daudén se alzó de hombros‑. Hay gente que lleva dentro la mala vida. Además, hay algo en la guerra, algo que no podemos comprender quienes no la hemos vivido. Supongo que es el miedo, las privaciones. Pensar que te vas a morir esa misma tarde y sobrevivir a la tarde y a la noche y a todas las demás. Hay gente que, cuando pasan esos tiempos, daría cualquier cosa por olvidarlos. Hay gente que daría cualquier cosa por volver a vivirlos.

Luján pensó en sí mismo. Un tipo que va armado por Madrid sintiendo a veces incluso pánico de tener que usar esa arma.

-Me cuesta creer eso.

-Piénselo dos veces, subinspector. Dos veces. ¿Cuál es el destino del mutilado de guerra? Pues, pensemos: la concesión de un quiosco. Pero la vida en un quiosco es más complicada que en el frente.

-Eso es exagerado.

-Eso es cierto, Luján. Cierto. Hay que caerle bien a la clientela. Hay gente que es tan malhuele que sería capaz de caminar cuatro manzanas para comprar el periódico en otro quiosco. Así que, con el tiempo, has de aprender. Los gustos de cada uno, aquello que les mueve a comprar tal o cual periódico, revista o novelita. La vida es así de complicada, hasta para un quiosquero. A cambio, ¿qué es el frente? O disparas, o te disparan. Obedecer. Es mucho más sencillo.

Escuchando al doctor, el subinspector Luján veía imágenes. Un hombre a cuyas espaldas corrieron cien hombres para tomar una colina a sangre y fuego, hoy, tratando de convencer a una mujer de mediana edad de que comprase una revista. Todo un contraste.

-Creo que entiendo.

-Hay gente que nunca vuelve de la guerra –siguió explicando el médico, que encendía un cigarrillo con el rescoldo del último‑. Ejem, los fumo de dos en dos. Yo creo que Anselmo era un poco de ésos, no sé si me entiende.

Luján asentía.

-Otros tienen nostalgia, otros pesadillas. La mayoría han encerrado lo vivido en una jaula de silencio y, cuando les sacas el tema, reaccionan como una alimaña cuya madriguera amenazases.

En ese punto, el doctor Daudén se paró. Miró la brasa de su cigarrillo, y luego miró a Luján. El subinspector pensó: me está midiendo. Todavía le costaba a Luján acordarse de que era policía, de que iba por la vida enseñando una acreditación ante la que la mayoría de las personas sentían miedo y prevención. Pero fue consciente de que el doctor Daudén estaba preguntándose si hablar o no.

-Doctor –dijo, finalmente, el policía‑. Se lo diré claramente. Estamos en una cafetería, compartiendo una soda y, usted, sus cigarrillos. Usted no está en una sala de interrogatorios. Y si no lo ha estado ya, no lo va a estar.

Los ojos del médico parecían derretirse.

-Señor subinspector, es que…

Dedos temblorosos que apenas sujetan la ruina de una colilla.

-… no estoy seguro de haber cumplido con mis… con mis obligaciones.

Y luego dijo, tan bajo, tan para sí, que Luján casi tuvo que leerle los labios.

-Como español.

Luján le puso una mano en el hombro. Apretó levemente para conseguir que levantase el rostro.

-Hable, doctor. Entre usted y yo, y nadie más.

El médico respiró profundamente, y asintió.

-Señor subinspector: Hay veteranos que sólo saben hablar de la guerra, y otros que jamás hablan de ella. Veteranos que llevan sus heridas con orgullo y veteranos que las detestan. Hay veteranos para los que los campos de Rusia fueron su vida y los que sienten que se dejaron allí la suya. Pero nunca he tenido otro paciente como Anselmo. Otro paciente que tuviese tanto miedo como él.

-¿Miedo? Miedo, ¿de qué?

-Ojalá lo supiera. Le cogí cariño a ese hombre, es, er, era tan… no sé, frágil. Había algo en él que hacía pensar en la persona que ha vivido un destino que no le correspondía. Aunque eso creo que les ha pasado muchos en la…, bueno, que les ha pasado a muchos.

El médico siguió hablando mirando al suelo, como si lo que dijese se lo estuviese refiriendo a sí mismo.

-Anselmo López era cojo. Mutilado de guerra. Pero también era mutilado por otras muchas cosas. La guerra le había impedido completamente para eso que podríamos llamar, no sé, la cotidianeidad.

»En sus raros momentos de sinceridad, solía decirme siempre lo mismo: todo puede volver. Discutimos mucho sobre eso. Estaba claro que ambos teníamos dos formas distintas de ver las cosas. Yo, puede creerme que no le estoy engañando, señor subinspector, yo le decía: Ea, Anselmo, las naciones también resbalan a veces. Nosotros resbalamos, ahora nos hemos enderezado y… ¡a seguir patinando, joder! Él decía que no. Decía: todas las cosas que nos hicieron resbalar siguen ahí.»

-¿Quiere decir que creía en la posibilidad de que los rojos…, ya sabe?

El médico miró al techo, buscando la respuesta.

-Creer es una palabra muy fuerte, señor subinspector. Anselmo López no parecía creer en nada. Pero hay cosas que se notan. Él hablaba de cuando hicimos la guerra y, al hablar de la División Azul, de cuando fuimos a la otra guerra.

-No veo en qué…

-Señor subinspector –interrumpió el médico‑, no me lo ponga más difícil.

-No trato de ponérselo difícil. Es sólo que…

Repentinamente, el médico tomó la mano de Luján, que detuvo en seco sus palabras.

-Señor Luján, Anselmo López era tan falangista como para irse voluntario a la División Azul. Pero hablaba de hacer y de ir a la guerra.

En la cabeza del policía, se hizo la luz.

-No de ganarla –continuaba el médico, mientras él comprendía.

-Quiere usted decir…

-La última vez que me visitó –el médico, más que hablar, salmodiaba mecánicamente, como entregado a un destino‑, el pasado mes de marzo, estaba especialmente nervioso. Tanto, que tuve que hacer algunas combinaciones para poder recetarle algún tranquilizante compatible con su medicación. En esas ocasiones, un médico pregunta cosas. Para valorar la situación, solamente. Pero tienes que llegar lejos. Le pregunté qué había pasado en su vida para empeorar su estado de esa manera. Le presioné un poco, con buenas palabras. Ya sabe, lo del resbalón, lo de seguir patinando. Más cosas que le dije, no sé… Y, de repente, él va y me dice: «Doctor, no me diga más tonterías. Todo esto es una farsa.» Yo protesté. Le dije: Anselmo, vas por un tobogán peligroso, no debes dejarte llevar por esos pensamientos o tú… ‑El doctor comenzó a hablar con voz quebrada por un principio de sollozo, Luján no supo si provocado por la tristeza o por el miedo‑ Pero él me interrumpió y me dijo: «Lo hecho, hecho está. Si no lo hubiera hecho yo, lo habrían hecho otros». Estaba sobre la camilla, yo lo acababa de sedar para intervenir en la pierna. Se lo llevaba el sueño. Musitó: «Aunque me eches a toda la puta Falange encima»… y el resto ya no lo comprendí. Le juro por Dios que no lo entendí.

Carlos Luján respiró profundamente. Aunque me eches a toda la puta Falange encima. No dejaba de ser la duermevela de alguien medio sedado. Podía ser el recuerdo de cualquier discusión con un camarada. Podía ser una frase sin sentido, un simple sueño. Pero, en combinación con todas las demás confesiones del doctor, adquiría otro sentido. Se movió en su silla, hasta quedar de perfil frente al médico. Necesitaba pensar. Apoyó los codos sobre sus muslos y miró al suelo.

-Anselmo López ingresó en Falange en 1940. Pongamos que antes no fuera… tan falangista.

Se volvió hacia el doctor. Pero el doctor había cambiado. A partir de ahí, su sinceridad se secó como un riachuelo en medio del mes de agosto. Respondió a las insinuaciones de Luján con monosílabos y frases huecas. Luján tampoco lo presionó. Para él estaba claro que el médico no sabía nada. Todo lo que sabía, en realidad, lo sospechaba. Y había ido extraordinariamente lejos a la hora de confesarse con un policía a quien, en realidad, no conocía. Pero, si supiera algo más, ¿por qué no referirlo? Había llegado al punto difícil de su exposición: había confesado que, durante años, había tratado a un mutilado de cuya adscripción política no estaba en absoluto seguro, sin denunciarlo. Una vez expuesto a las consecuencias de aquello, todo lo demás daba igual. Si no decía nada más, es porque no sabía nada más. Cuando se despidieron, anochecía.

Eso sí, antes de la marcharse, tuvo el policía que jurar cien, mil veces, que no confiaría aquella conversación a nadie.

Camino de la comisaría, caminando por un Madrid templado y con olor a flores abiertas, Luján repasaba la conversación con el doctor Daudén. Por muy injusto que fuese juzgar de posible rojo a Anselmo López, a un hombre cuyos únicos datos objetivos eran su presencia en la División Azul, sus condecoraciones y mutilación, por muy injusto que fuese, se repetía, no deja de ser racional. Imaginemos, se proponía Luján a sí mismo siguiendo la línea argumental que había iniciado con el doctor, que no era tan falangista. Termina la guerra, la pierde, llegan los tiempos duros. Se apunta a la Falange para lavar su pasado. Tiene tanto miedo de que lo descubran que incluso se presenta voluntario para ir a Rusia. Sobrevive a dos guerras, y lo matan en Madrid, a la vuelta.

Sin darse cuenta, Carlos Luján caminaba cada vez más deprisa por la calle. Sopesando hipótesis. Valorando posibilidades.

Un crimen común. Robo. Al fin y al cabo, el muerto no llevaba nada encima. Pero, probablemente, no llevase nada cuando fue abordado porque, según todos los indicios, era pobre de solemnidad. Un pobre hombre, sin oficio ni beneficio. Además, ¿para qué ocultar de esa manera la identidad del finado? Por lo demás, ¿para qué ocultar entonces el anillo? ¿Cuántos ladrones cortan las manos de sus víctimas?

Una venganza. Contra un antiguo rojo camuflado, un falso falangista descubierto por falangistas auténticos. Las sospechas del doctor eran ciertas, alguien lo descubrió y decidió matar a López para limpiar España de rojos. Pero, en ese caso, ¿por qué quien lo mató no lo denunció, simplemente? ¿Por qué exponerse a ser descubierto y encarcelado por asesinato, aunque fuese de un rojo?

Un ajuste. Contra un antiguo rojo convertido. Sus camaradas acaban con él. Por falangista. En ese caso, López habría sufrido una conversión cierta, pero del pasado llegarían sus antiguos compañeros marxistas para matarlo. Esa teoría tenía la ventaja de ser consistente con el miedo que sentía. Pero, en ese caso, ¿por qué ocultar la identidad del muerto? ¿Acaso esconden los maquis el hecho de haber matado a un guardia civil? ¿No buscarían propaganda con ello? ¿De qué sirve matar un traidor si se lo esconde hasta el punto de impedir que se sepa que era un traidor?

Rojos matando a rojos. Caos, venganza. O necesidad. Un rojo que se hace falangista es, a sus ojos, un traidor. Pero, ¿cuándo, exactamente, comete la traición?

Se paró en seco, tan bruscamente que una mujer que caminaba tras él casi se choca.

-¡Oiga, señor! ¡Casi nos damos!

Él se volvió hacia la mujer. Mediana edad. Todavía bonita. La miró sin ver.

-Hay otra posibilidad.

-¿Cómo dice?

-Otra posibilidad. Hay otra posibilidad.

-Yo no sé de qué me habla, usted…

-Hay más. Más como él. López tenía miedo. Quizá quería terminar con todo eso. Hablar. Confesar. Delatar. Tampoco tenía nada que perder. Una vida de mierda, un futuro de mierda.

-Señor… ¿de qué me habla?

-¡Rojos! Rojos infiltrados. Ellos lo mataron.

La mujer escuchó la palabra rojos como quien recibe dos puñetazos. Abrió la boca, llenó los pulmones y, sin exhalar, musitó un tibio perdone usted y salió de allí todo lo deprisa que su falda, estrechada un poco más arriba de los tobillos, se lo permitió. Luján se quedó solo en medio de la calle, rumiando sus teorías.

Caminó hacia la comisaría. Llegando al portal, su vista se perdió por un momento en la acera de enfrente. De El Lunarcito, el bar donde solían parar los policías antes, durante y después de la jornada, salían unas carcajadas. Distinguió la espalda del inspector Rebollo.

Cruzó la calzada a grandes zancadas.

Rebollo bebía en compañía de otros policías de pie en la barra. Llevaba su americana sobre los hombros. Casi siempre iba así. En invierno, el abrigo o la gabardina. En verano, la americana. Siempre algo sobre los hombros, como el recuerdo o la nostalgia de una capa. Bebía y fumaba mientras, a su alrededor, otros policías hablaban y reían. Estaba Iglesias y también otros compañeros de la Brigada. Uno de ellos, un condenado al Infierno como Luján, llamado Azpíriz, lo vio venir. Lo saludó levantando su vaso de vino. Luján apenas lo vio. Se quedó de pie, frente a la espalda de Rebollo. Si éste se imaginaba que alguien estaba detrás de él, no hizo el menor ademán.

-Inspector, tenemos que hablar –dijo Luján, aprovechando el primer bajón de la animada conversación.

Rebollo se volvió. Lo escrutó con ojos aguanosos. Todas las conversaciones habían cesado. Con el rabillo del ojo, Luján espió el gesto asustado de su compañero del Infierno.

-Mañana –respondió Rebollo, y empezó a darse la vuelta hacia la barra.

Luján lo agarró de un brazo.

-Inspector, creo que Anselmo López era un rojo. Lo mataron otros rojos. Lo cual quiere decir que hay rojos sueltos por ahí, en Madrid. Escondidos, probablemente, detrás de sus medallas de la División Azul.

Alguien quiso reír. Pero la risa murió antes de nacer, probablemente, juzgó Luján, porque Rebollo no hizo ademán alguno de burlarse de sus palabras. La mandíbula de Azpíriz caía sin fuerza.

Rebollo se sacudió suavemente la mano de Luján.

-Creo que el comisario te dijo algo sobre rascarte los huevos, y sobre informarme.

-Señor, lo sé. Pero hoy me ha llamado el doctor Daudén. Es el médico que…

-Sé bien quién es el doctor Daudén, Luján.

Se volvió hacia la barra. Tomó su vaso de vino.

-Mañana –volvió a decir.

Carlos Luján sintió que algo lo dominaba.

-Con todos los respetos, señor. ¿Cómo puede recordar al doctor Daudén? Hace dos meses que no ha movido este caso, así que usted…

-No juegues con lo que no conoces, Luján –contestó Rebollo, sin volverse‑. Eres tú quien no ha hecho nada en los últimos dos meses.

-Si usted ha hecho algo, podría haberme informado.

Escuchó los suspiros. Se dijo: y una mierda. Disciplina, método, y lo que hiciera falta. Aquel muerto era suyo. Aquel caso era suyo.

Rebollo se volvió y lo miró con desprecio. Luego hizo un gesto con su barbilla, hacia su izquierda.

-Azpíriz, tome nota. Mañana hereda usted las notas del subinspector Luján sobre el caso Anselmo López. Él queda relevado del caso.

-Con todos los respetos, señor, eso será si yo…

-Me van a perdonar ustedes –dijo Rebollo, dirigiéndose a sus parroquianos‑. Veo que no voy a tener más remedio que tener unas palabras con el señor Luján.

Luján notó una fuerte presa en la solapa de su americana. La mano se cerró en la tela y agarró también parte de su piel. Le hizo daño. Pero se dejó llevar, en volandas, unos metros más allá, a la calle.

-Escucha, nene –le susurró Rebollo, a pesar de que estaban solos‑. Veinte minutos. Eso es, cuarta más, cuarta menos, lo que me puede costar a mí trasladarte al último rincón de España para que te pases tu puta vida emitiendo cédulas de identidad. ¿Es eso lo que quieres?

-Usted no ha hecho nada por el caso López.

-Eso a ti no te importa.

-Dígame por qué.

-No tengo por qué darte una puta explicación.

-Está bien. Ninguno nos debemos al otro. Así pues, yo soy libre de, antes de irme a tramitar cédulas, contarle lo que sé a quien me dé la gana.

Fue un farol. Tampoco tenía tanto. En realidad, no tenía nada. Todo eran hilos de los que tirar. Lo único medianamente sólido que tenía, había jurado no contarlo, y pensaba cumplir con ese compromiso. Pero Rebollo no lo sabía. Se quedó pensando, a diez centímetros de su cara, mientras Luján seguía de puntillas en plena calle. Pasó un par de minutos, tras los cuales el rostro de Rebollo cedió y le soltó. El propio inspector le alisó las solapas.

-Ese caso es una mierda –dijo, más paciente‑. Comprendo que te aceleres, recién llegado te llega esto, en fin. Pero ahí no hay nada. Averigüé. Más de lo que tú te crees, nene. Hace dos meses que sé muchas cosas de tu fiambre. Yo también soy un buen policía, ¿sabes?

-No lo pongo en duda.

-Sí lo pones en duda. Estás deseando contarme todo lo que has averiguado pero no has averiguado nada porque no hay una mierda.

-Si está tan seguro, es porque lo sabe.

-Lo sé, sí. Tu amigo López era sólo un mutilado de guerra borracho. Al menos eso dijeron los parroquianos habituales de La Chelo, que es un colmado de las barracas pasado el arroyo, por Vicálvaro. Por allí paraba. Me llevé a tres o cuatro a la comisaría. Dos minutos solos en una habitación y se cagan, se mean y cantan lo que haga falta. Ni una hostia hubo que soltar. Créeme, Luján: si fuese un rojo, un conspirador o cualquier cosa, esos tipos lo habrían delatado sin compasión. Pero no lo hicieron. Porque sólo era un borracho y un putero. Una basurilla con medalla.

Luján se echó hacia atrás. Rebollo sonreía.

-¿Cómo… cómo lo localizó?

-Tienes mucho que aprender –sacó un cigarrillo con boquilla y lo encendió; su cara ardió como un crepúsculo de verano durante dos segundos‑. Calcetines.

-¿Calcetines?

-Calcetines. Militares. Con el arma de infantería.

-¿López llevaba calcetines militares?

-Rotos, deshechos. Y ropa muy usada.

Rebollo fumó profundamente, como esperando a que Luján pensara.

-Una donación –acabó diciendo.

Rebollo asintió, sonriendo pero sin soltar el cigarrillo de entre los dientes.

-Calcetines militares negros. Con el arma de infantería. Como sabía que tú tenías otras teorías, preferí dejarte que te cocieras tu propia empanada con ellas. Azpíriz me ayudó. En fin, es un poco lerdo, pero meticuloso. Y terco. El muy cabrón no paró hasta que encontró un cuartel en Madrid que hubiese regalado en los últimos meses pares de calcetines usados, negros y con el arma de infantería. Luego buscó a las monjas que recibieron la donación. Y luego preguntó a los tipos que se pasaban por el convento a recibir ropa y a la sopa boba.

Luján observó el rostro triunfante de su jefe, en la penumbra de la calle tranquila. Ni pudo ni quiso evitar su admiración. Aquél era un detalle de buen policía. No fue capaz de despegar los labios.

-Luján, Anselmo López está muerto. Sabe Dios en qué clase de negocios se puede meter un tipo que no tiene nada que perder, que ha visto la muerte de cerca y que necesita pagar otro vaso de aguardiente como sea. Yo diría que es el tipo de negocios que realizan las personas capaces de las mayores crueldades. Mutilaciones, enterramientos en la basura, esas cosas.

-Está bien –concedió Luján, tragando saliva‑, no me importa reconocer que esa teoría es racional. La más racional, incluso. Pero hay dos cosas.

Rebollo juntó las manos delante de su vientre e irguió el cuerpo, en un gesto que quería decir: está bien, te escucho.

-Una: ¿y si es un héroe de guerra? ¿Y si yo no tengo razón? Un hombre que se fue a Rusia a defender nuestra Civilización, ¿no merece, con todos los respetos, señor, algo más que un par de pesquisas de un recién llegado en una taberna de mala muerte?

-Usted –el tono de voz del inspector cambió con el trato‑ también es un subinspector recién llegado.

-Inspector, sólo dígame: ¿realizó Azpíriz algún esfuerzo por averiguar el domicilio del muerto?

Rebollo se rascó la barbilla. En los siguientes años, Luján tendría tiempo y ocasiones más que suficientes para averiguar que era su gesto cuando se sentía incómodo.

-Desde luego que lo hizo. Sin resultado. Y lo mismo se puede decir de los interrogatorios que dirigí yo mismo en la comisaría.

-Comprendo, señor, pero, dígame. Los parroquianos de El Lunarcito, si nos exceptuamos sus compañeros de trabajo, ¿saben dónde vive usted?

-Yo soy policía –protestó el inspector.

-Cierto. Pero usted sabe que no es por eso. Es normal que alguien que bebe en el otro extremo de la barra y discute de fútbol no sepa dónde vive su contertulio. Pero si ésa era la zona de influencia de López, es lógico pensar que no recorría medio Madrid para beber en un jodido colmao.

Rebollo respondió con el silencio. Torturaba su barbilla.

-Anselmo López fue muerto, tal vez, no le quito la razón, por sus errores. Pero pudo caer por Dios y por España. Algo que, perdone que se lo diga, ni usted ni yo hicimos.

-Hable por usted, Luján.

-Con todos los respetos, señor, también por usted. La lista estuvo abierta hace siete años. Ni usted ni yo nos apuntamos. Anselmo López, sí. No sabemos por qué. Sólo sabemos el final de su historia. Pero lo que sabemos es que marchó a un frente que era tan nuestro como suyo, a defendernos. Ahora, nosotros seguimos la pista de dos putos calcetines, hacemos dos putas preguntas, y nos vamos a quedar tan tranquilos.

Silencio. Largo, paciente. Dos, tres coches pasaron. Rebollo pensaba, le miraba. Pensaba. Le miraba.

-¿Cuál es el segundo comentario? –terminó por preguntar.

Luján se sintió, por primera vez, cómodo en esa conversación.

-He dicho: ¿y si no tengo razón? Pero, ¿y si la tengo?

»Si hemos de creer los cálculos de los forenses, Anselmo López tenía entre 45 y 50 años en el momento de su muerte. O sea, que en la guerra estaba en edad militar. Que no era incapaz lo sabemos porque fue capaz de luchar en otra tres años después de haber terminado la primera. Sin embargo, se afilia a Falange en 1940. Antes nadie sabe nada de Anselmo López. Ni siquiera sabemos si se llamaba Anselmo López. Hay, pues, en su vida dos momentos de absoluta oscuridad: su vida, y su muerte.

»Anselmo López es un misterio casi de principio a fin. Todo ocurre por debajo de la superficie y sólo eclosiona, durante apenas seis o siete años, con ocasión de su afiliación al Partido y su decisión de alistarse en la División Azul. Por lo demás, hay piezas que no encajan en lo que, por así decir, cabría esperar. Franco se ocupa de los divisionarios. Los veteranos de la División, no digamos los heridos y condecorados como López, tienen preferencia para un montón de cosas. No tienen problemas para ser burócratas de los sindicatos, o para obtener concesiones, quioscos, estancos, trabajos en los ministerios. ¿Por qué alguien renunciaría a eso? En la documentación que se nos ha facilitado sobre el seguimiento de López no hay un solo dato de que jamás solicitase otra cosa distinta de aquélla sin la que, obviamente, no podía vivir: tratamiento médico. El doctor Daudén es todo lo que Franco le ha dado al divisionario Anselmo López; pero eso tuvo que ser por deseo de él.

»¿Quién renuncia a las prebendas, a las ayudas? Sólo quien tiene miedo de recibirlas. Ese miedo sólo puede provenir de un sitio: de su pasado. Su oscuro pasado, del que nada sabemos.

»Por otra parte, dentro de las poquísimas cosas que sabemos, sabemos una más: quienquiera que mató a Anselmo López, procuró para su muerte lo mismo que el propio López buscó para su vida: el secreto. Y es lógico pensar, señor, que un deseo tan coincidente tenga los mismos motivos. Asesino y asesinado querían desaparecer, pasar desapercibidos. Así pues, repase, señor inspector, las teorías, pero sólo encontrará una lo suficientemente sólida. Si usted fuese el asesino de López porque le hubiese reconocido después de los años y supiese que fue un rojo asesino, no ocultaría su identidad: la pregonaría a los cuatro vientos. Ni siquiera le mataría: lo señalaría con el dedo para que otros hiciesen ese trabajo.»

Luján calló, por respeto. Pero una leve inclinación de la cabeza del inspector le señaló que no iba a hablar.

-Quien ha matado a Anselmo López lo ha matado por su pasado, pero no quiere que ese pasado se conozca. No hay más que una explicación para eso: ambos comparten ese pasado.

Sólo tras terminar de hablar, Luján se dio cuenta de que le temblaban las rodillas.

Rebollo fue a decir algo, pero un recuerdo abrió antes la boca del subinspector.

-Ya sé que todo eso estaba ahí hace dos meses. Pero ha sido hoy cuando me he dado cuenta, inspector. Ha sido hoy cuando el doctor Daudén me ha dicho dos cosas. Una, que la actitud de López hacia su pasado guerrero en Rusia distaba mucho de ser orgullosa. Dos, que tenía miedo al pasado. Tenía miedo de que el pasado volviese.

Rebollo puso cara de fastidio y negó con la cabeza.

-Cualquier persona con dos dedos de frente tiene ese miedo –protestó, aunque con voz suave ‑. Usted quizá no lo entienda, Luján. Era un adolescente cuando terminó la guerra. Pero en estas mismas calles, mientras usted supongo que se ocultaba de los bombardeos, los propios marxistas se mataron unos a otros. En cualquier esquina podía cruzarse un paseante con un miliciano, y llevar en el bolsillo el carné equivocado podía costar incluso la vida. Nadie en sus cabales quiere esa vida, salvo los rojos sedientos de sangre. ¿No se le ha ocurrido pensar que ése era el miedo de López?

Luján apartó la vista, poniendo en orden sus ideas. El inspector Rebollo no era un toro fácil de torear.

-Señor, con todos los respetos, ¿no se da cuenta de que hay algo que no encaja?

Su jefe encendía otro cigarrillo.

-Usted dirá –masculló, con los labios apretados.

-Entiendo ese miedo. Pero, joder, ¡hemos ganado la guerra! El doctor Daudén hablaba de un miedo más tangible, más presente. Si ése fuese el miedo de López, no sé, haría algo, dentro de sus posibilidades de mutilado, para fortalecer España, fortalecer a Franco. Pero se da a la bebida, y sufre. Teme. Y, para colmo, lo matan.

Tragó saliva. Rebollo le miraba directamente a los ojos.

-Señor, sé lo que pasó en la guerra, aunque fuese tan joven. Pero ahora mismo es junio, 1948. No sé usted, pero yo no espero que ningún tanque ruso doble esa esquina.

-… y López actuaba como si lo temiera –continuó Rebollo, como un eco.

Ambos hombres asintieron mientras se miraban. Rebollo hizo algo que a Luján le pareció un gesto de derroche: tiró al suelo el cigarrillo, apenas empezado.

-Usted gana, Luján. Haremos lo siguiente. Yo hablaré con mis contactos. De momento tenemos que conformarnos con un nombre, tal vez falso; debe usted intentar alguna referencia gráfica, no sé, una foto, algo. Mientras tanto, buscaré a través de mis contactos al Anselmo López de antes de 1940.

-No sé cómo…

-Ni tiene por qué saberlo. Pero hay causas, juicios, denuncias.

-¿Y yo, señor?

-Usted y Azpíriz.

-Con permiso, señor, y perdone que le interrumpa. ¿Azpíriz?

-Azpíriz, sí. Bajo su coordinación y a sus órdenes.

Luján se calló, sintiendo un escalofrío en la espalda.

-Usted y Azpíriz se concentran en dos líneas: Una: camaradas del muerto. Averigüe en la documentación su pelotón, sus mandos más directos, sus compañeros. Vaya a ver a los supervivientes, llámelos por teléfono. Dos: su barrio. Quiero saber dónde vivía ese hijoputa. Quiero saber a qué horas meaba y a qué horas cagaba. Quiero saber lo que comía, a cuántas putas se tiraba.

Luján sintió que la garganta se le agostaba.

-Gracias, señor.

-No me dé las gracias, Luján. Va usted a sudar mierda. Pero al final, y porque usted lo ha querido, sabremos quién coño era Anselmo López, y por qué murió.

Rebollo chasqueó los dedos, como cerrando la conversación, y sin despedirse se dio la vuelta.

Caminaba despacio, erguido, despreocupado, camino del final de la calle, la oscuridad, la paz de la noche de verano.

Carlos Luján se quedó solo en la calle, de pie, no supo realmente cuánto tiempo. Cuando otros compañeros de la taberna salieron y se lo encontraron, le hicieron burlas. Aunque ya era de noche y el ambiente era fresco, él estaba empapado de sudor.

domingo, agosto 01, 2010

Problemas técnicos

Lamento haber tenido algunos problemas técnicos esta tarde con Blogger. La verdad es que este servicio de blog no es el mejor del mundo y tiene cierta capacidad para hacer putadas inesperadas. Fruto de estas putadas inesperadas, en la tarde de hoy domingo han estado colgados del blog, siquiera por algunos minutos, las tomas 7 y 44 (o sea, la última) de este folletín.

Por experiencias pasadas sé que hay lectores de feed que conservan las entradas aunque yo las borre. Como digo, esto lo sé porque cuando estaba preparando el folletín colgué su primera toma por error, la borré y aún así recibí un mensaje de un lector que había podido leerla.

Siento estos errores, que como digo se deben a que el software de Blogger hace a veces cosas muy extrañas y, sobre todo, cuando tienes que hacer algo dos veces, por alguna razón no se acuerda de los cambios que habías hecho en el texto (por ejemplo en la fecha de publicación) y procede como un auténtico idiota. Ya me han hablado alguna vez de migrar a Wordpress y, la verdad, me lo voy a pensar muy en serio.

A todos aquellos que hayan podido tener acceso a los capítulos, en su mano queda leerlos ahora o esperar a que les llegue su momento. Yo que ellos esperaría pero, claro, soy el autor :-)