Corre el año 1879 en la Villa y Corte de Madrid. Tenéis que situaros un poco, porque de entonces a ahora la ciudad ha cambiado un poco. Sobre todo: no existía la Gran Vía, que se construiría unas cuantas décadas después y bajo cuya piqueta desaparecieron más de 2.000 viviendas (eso eran alcaldes y no los de ahora, que sólo levantan autopistas y creen que molestan). Entonces, la única calle de postín de esta ciudad donde nací era la calle Alcalá, pues la Castellana era un prado.
Por no existir, tampoco existía con el porte de hoy la calle Sevilla, que une en diagonal la carrera de San Jerónimo con la propia calle Alcalá. Esa calle era sólo un callejón estrecho que la gente llamaba la calle Angosta de Peligros, para distinguirla de la calle Ancha de Peligros (entiéndase: de la Virgen de los Peligros, pero en Madrid le decimos Peligros sin más), que estaba justo enfrente, y allí sigue.
En la esquina entre Alcalá y Peligros, a unos pocos cientos de metros pues del Broadway castizo, o sea el teatro Apolo, que estaba junto a la iglesia de San José, en lo que hoy es el principio de la Gran Vía; en ese esquinazo, digo, estaba el café de más postín de Madrid: el Fornos.
Se llamaba así por la familia propietaria, la familia Fornos, y en 1879, en los tiempos que relato, acababa de mudarse a esa ubicación desde un callejón en lo que hoy es la calle Arlabán, y de montarse con todo lujo de detalles para mayor solaz del todo Madrid, con reloj de dos esferas, vajilla de plata y todo. De hecho, los dueños tuvieron que retirar las hermosas cucharillas de plata inicialmente colocadas en el ajuar, dado que llevárselas a casa se había convertido en el deporte nacional del madrileño burgués de la Restauración.
Sí que era completito el Fornos, pues tenía restaurante, con entrada independiente desde Alcalá, y unos reservados numerados en el entresuelo, para conspirar o debatir tranquilamente, cuando no pelar la pava, de los que se decía que no cerraban en toda la noche. En uno de esos reservados se levantó la tapa de los sesos, en 1905, Manuel Fornos, el dueño del local, comenzando con ello un declive del local que acabaría con el tradicional establecimiento.
En fin. Ya hemos dicho que es 1879. Debéis fijaros en un tipo entrado en años, bien vestido con su levita y probablemente sombrero de copa, que camina por la calle, de cachondeo, rodeado de varios amigos tan proclives a las calaveradas como él mismo. Este hombre es don Gonzalo de Saavedra y Cueto, marqués de Bogaraya, grande de España, hombre muy querido en la corte (borbónico hasta las cachas) y persona de futuro político, pues algunos años más tarde será alcalde de Madrid. Ese día, el señor marqués va, como sus amigos, algo achispado, con ganas de marcha, diríamos hoy.
Por el camino hacia el Fornos, donde han decidido cenar, los alegres señores se encuentran con un perro. Uno de tantos que hay entonces vagabundeando por Madrid. Perro, según las crónicas, de raza indefinida, tamaño tirando a pequeño y pelo negro. Es probable, aunque no lo sabemos, que el can, oliendo su destino, se acerque a las perneras del señor marqués y se frote contra ellas, para caerle simpático. El caso es que lo consigue.
Esa tarde de 1879 se encuentran un aristócrata borbónico y un perro vagabundo, que duerme en las cocheras que, en la calle Fuencarral, tiene el tranvía que, tirado por mulas, une la calle Alcalá con la glorieta de Cuatro Caminos.
Esa tarde nace el mito del perro Paco.
La coña que se inventan Bogaraya y los suyos es dar de comer al perro. Bueno, más que darle de comer, invitarle a cenar. Ni cortos ni perezosos, lo llevan al Fornos, le arriman una silla, lo suben a la dicha silla y, una vez allí, tratándolo como a un comensal más, piden para él un plato de carne asada, que el perro engulle lentamente. Terminado el ágape, el señor marqués pide una botella de champán y, derramando gotas sobre la cabeza del estoico perro, lo bautiza: Paco.
En ese Madrid que no es entonces más grande que algunos barrios menores del de hoy, la historia se conoce pronto. Tanto que, para cualquier parroquiano del Fornos que se precie, casi para cualquier madrileño, invitar a Paco se acaba convirtiendo en una especie de obligación. Cada noche, el perro, que es perro pero no tonto, se acerca por Fornos. Pasa y le dejan pasar como a un parroquiano más y siempre hay alguno que encarga al camarero el consabido plato de carne. Al perro se le sirve en una mesa, como a cualquiera y, tal y como ha aprendido, se sienta en la silla, y come. Y, cuando termina, simplemente espera a que su mecenas de esa noche se retire a su casa.
Según cuenta Natalio Rivas, que entonces era un joven político y que asevera haber visto todo lo referido personalmente, nada más hacer el invitador gesto de marcharse, Paco le acompañaba. Caminaba despacito, junto a su dueño de esos minutos, hasta la mismísima puerta de su casa. Nunca aceptó las muchísimas invitaciones de entrar en la casa y dormir caliente esa noche. De hecho, quienes lo intentaron refirieron que, al segundo o tercer intento de tirar del perro hacia dentro, Paco comenzaba a gruñir y a ponerse nervioso. Porque Paco era un bohemio. Un auténtico bohemio. Si hubiera tenido pistola y dedos, habría muerto de un tiro, seguro. Necesitaba volver cada noche a las cocheras del tranvía y rascar el portalón con la pata hasta que el guardés le abriese. Aquél era su hogar.
Lo realmente increíble de Paco es que de la costumbre de ser admitido como un parroquiano más en el Fornos se pasó a admitirlo en los espectáculos públicos. Paco iba, en efecto, al teatro Apolo. Le dejaban entrar. Si había butaca libre, en ella se sentaba. Si estaba el teatro lleno, siempre había dos espectadores que apretaban los culos para dejarle sitio. Y allí se quedaba, viendo la representación, hasta que terminaba. Una vez acabada, hala, a Fornos. A cenar de gorra.
Lo que más le gustaba a Paco eran los toros. En aquel entonces, la plaza de toros de Madrid estaba entre las calles Goya y Jorge Juan (y ésa es la razón de que sea tradición de los toreros vestirse en el Hotel Wellington, en la calle Velázquez, a un tiro de piedra de aquella ubicación). Los días de lidia, los madrileños subían a los toros calle Alcalá arriba. Y Paco subía como uno más. Ocupaba localidad como cualquiera y asistía al espectáculo de la cruz a la raya. Al terminar las faenas, muerto el toro, gustaba de saltar a la arena y hacer unas cabriolas, para regresar a su localidad con los clarines que anunciaban el siguiente toro. A la gente eso le gustaba. Salvo a los puristas. Mariano de Cavia, por ejemplo, escribió crónicas poniendo al perro a parir por esos espectáculos, que consideraba indecorosos con la lidia.
De hecho, podría decirse que fue la excesiva afición a los toros la que le costó la vida al pobre Paco. La tarde del 21 junio de 1882, un novillero lidiaba, malamente, a uno de los toros que le había tocado en suerte. En el momento de la suerte suprema, nadie sabe por qué (habría que saber de sicología perruna), Paco saltó a la arena. Comenzó a hacer cabriolas, como reprochándole al lidiador su escasa pericia. Éste, temiendo tropezarse con el can, y para sacárselo de encima, le dio un estoconazo.
Fue el acabóse.
A duras penas sobrevivió el lidiador a las iras del pueblo de Madrid, que quería lincharlo. ¡Había herido a Paco! Finalmente, el empresario teatral Felipe Ducazcal, hombre muy querido en Madrid, consiguió apaciguar a las masas, y llevarse a Paco para que lo cuidasen. Mas nuestro can nunca se recuperó y murió poco después. Tras una etapa sin pena ni gloria disecado en una taberna de Madrid, fue enterrado en el Retiro.
Como nunca llegó a reunirse dinero para hacerle una estatua, no sabemos bien ni cómo era, ni dónde está enterrado. Pero Paco es, desde luego, un extraño, conmovedor caso de sicología colectiva. Todo un pueblo, el de Madrid, se aplicó a quererlo, a alimentarlo, a respetarlo. Lo que empezó como una cachondada terminó siendo un fenómeno de masas, pues incluso hubo avispados comerciantes que lanzaron productos «Perro Paco».
Paco, sin embargo, fue siempre fiel a sí mismo. Podía dormir donde quisiera. Incluso se dice que fue presentado a la familia real. Pero él prefería su cochera fría, sus paseos nocturnos (del Fornos a Fuencarral no hay mucho, pero es un tirito perruno), y ser amo de todos, propiedad de nadie. Desde que leí, por primera vez, la historia de Paco, me dio por pensar que el primer hippie que hubo en Madrid fue este perro negro.
Paco era un ciudadano del mundo, un ciudadano con derechos, y aquel pueblo de Madrid una recua de cachondos mentales que, a lo tonto a lo tonto, se adelantó en siglo y medio a esas iniciativas que vemos ahora, que quieren darle derechos a los simios. ¡Anda que no queda tiempo hasta que le permitan a un orangután asistir a la sesión de tarde de Hoy no me puedo levantar!
Nos queda la duda de quiénes eran su cupletista y su matador de toros preferidos.
lunes, octubre 16, 2006
domingo, octubre 15, 2006
Franco y los cañones de Hitler
Enterrado en el número diez y tantos de una llamada «Biblioteca de la segunda guerra mundial», que actualmente se vende en los quioscos, Planeta ha reeditado un libro fundamental, en su día publicado en Crítica. Se trata de Hitler y sus generales, una obra monumental de más de 600 páginas compilada en 1962 por Helmut Heiber.
No voy a mentir: quien sienta sólo leve atracción por la Historia no debe hacer caso de esta recomendación. Este libro es droga dura, sólo apto para personas seriamente desequilibradas hacia el conocimiento de los hechos históricos, como éste que esto escribe. Es de lectura compleja y sobre todo incómoda, pues el texto, cientos de páginas, depende fuertemente de las notas, también cientos, que se reproducen en páginas distintas. Esto hace la lectura lenta y trabajosa. Aunque a mí me ha merecido la pena, no puedo dejar de tener la impresión de que no será así para el 99% de la humanidad, bastante más equilibrada.
En 1942, cuando, como dijo sir Winston Churchill, giraron los goznes de la Historia, la Blitzkrieg ideada por Alemania comenzó a empantanarse. El primer escenario donde el Reich sufrió un serio revés militar fue Stalingrado. Para Hitler, perder Stalingrado supuso muchas cosas, una de ellas la convicción de que sus generales le engañaban. Ciertamente, es muy común escuchar o leer, de labios o dedos de personas no muy versadas en la Historia, hablar de las acciones del ejército alemán en la segunda guerra mundial hablando de «los nazis». Error. Una buena parte de la cúpula militar alemana no era nazi. De hecho, era de eso de lo que se quejaba Hitler.
Como medida preventiva ante lo que él creía una conspiración del gotha militar alemán, en buena parte formado por aristócratas a los que odiaba como fruto de un importante complejo de inferioridad, Hitler tomó una decisión de gran importancia histórica: ordenar que se tomasen notas taquigráficas completas de las dos reuniones de estado mayor que sostenía, una a última hora de la mañana (Hitler nunca madrugó, ni siquiera durante la guerra… recuérdese la famosa escena de El día más largo en la que se le intenta avisar de la invasión); y la otra no más pronto de las once de la noche. Al parecer, cuando Hitler lo vio todo perdido en su búnker berlinés y decidió acabar consigo mismo y con los suyos (Eva Braun, que le siguió voluntariamente; y su queridísimo perro Bondi, al que envenenó), tomó especiales precauciones para que las actas no desapareciesen; las consideraba algo así como la prueba, ante la Historia, de su recto proceder (sí, lo he escrito yo; pero uno no siempre escribe lo que piensa; ni siquiera piensa todo lo que escribe).
Estas actas fueron finalmente pasto de las llamas, dentro del proceso de eliminación de todo rastro antes de la rendición final, pero fueron en parte rescatadas, parcialmente quemadas por lo tanto, por un militar estadounidense el cual, por casualidad, tenía también bajo su responsabilidad a los taquígrafos. Así que les puso a trabajar en la reconstrucción de dichas actas, y éstas son las que publicó Heiber en 1962, ya he dicho que con profusión de notas, en buena parte basadas en las memorias que, poco a poco, fueron escribiendo aquellos generales con los que Hitler despachaba (es el caso de Von Manstein, por ejemplo), o de sus declaraciones en Nuremberg (así, Jodl).
Las actas abarcan, pues, desde 1942 hasta el 27 de marzo de 1945, la última conservada, dos días antes del suicidio de Hitler. La inmensa mayoría de su contenido es puramente militar, táctico. Yo diría que un poco, o bastante, repugnante. Cuesta darse cuenta, cuando se llevan unas páginas leídas y se va pillando el ritmillo, que todo eso de lo que hablan los interlocutores son vidas humanas. Resulta cabreante leer con qué facilidad tanto Hitler como sus generales dan por perdidas unidades, o las fuerzan a movimientos imposibles pese a estar exhaustas; y pensar luego que eso es algo que nos puede pasar a cualquiera. En general, el tono que pervive a las notas, como el bajo continuo de un concierto barroco, es el simple, puro, desprecio por la vida humana. Pondré un solo ejemplo, de resonancias cinéfilas.
En abril de 1944, en el frente oriental (la antigua Europa del Este), y más concretamente en Zagan, Polonia, los alemanes tenían 10.000 pilotos aliados prisioneros. Los rusos avanzaban a toda leche y se propone, en la reunión, que dichos prisioneros sean entregados a los soviéticos, ante la imposibilidad de trasladarlos. Hitler dice que ni de coña. Al fin y al cabo, eso es devolver a la lucha a 10.000 pilotos. Exige que sean trasladados a Alemania. El propio Hitler reconoce que, si fuesen soldados, utilizaría 20 trenes para transportarlos. Pero, siendo prisioneros, y «siguiendo las normas rusas» (esto era muy típico de él, esconderse detrás de algún argumento), con dos o tres bastarían. En ese momento toma la palabra Hermann Göring, conmilitón del jefe, y propone… que se les quiten los zapatos y los pantalones «para que no puedan correr por la nieve».
Os invito a que intentéis cruzar Polonia, en abril, hacinados en un vagón de ganado, descalzos y en calzoncillos. Si sobrevivís, me lo contáis.
Las referencias cinéfilas tienen que ver con que fue en esta área, en el campo de Stalag, donde fueron fusilados cincuenta pilotos aliados, casi todos británicos, que se habían fugado con otros 26 del campo de prisioneros en la noche del 25 de marzo de 1944. Yo creo, aunque no estoy del todo seguro, que este hecho real es el que está detrás de una excelente película bélica, La gran evasión, en mi opinión una de las grandes filmaciones de Steve McQueen (junto con Bullit; que tiene, por cierto, la mejor persecución en automóvil jamás filmada). Nota para los más jóvenes: Steve McQueen fue el Harrison Ford de vuestras madres cuando tenían vuestra edad.
Por lo demás, la lectura de las actas es realmente curiosa en algunos puntos. Hay veces que los generales dirimen sus diferencias delante de Hitler, sin recatarse. Algunos, incluso, le contestan, como es el caso de Heinz Guderian, el artífice de la rapidísima victoria alemana sobre Francia, a quien Hitler odiaba, por lo que se ve, entre otras cosas porque no se callaba. También se da el caso contrario. Jodl, por ejemplo, está en casi todas las actas, y casi siempre lo que hace es adaptar su discurso a las opiniones de su jefe.
Mi preferido, por así decirlo, es Hermann Fegelein, representante de Himmler en diversas reuniones. Un tipo realmente idiota, tanto que, en una de las actas, Hitler pregunta quién podría explicarle cómo funcionan los rangos militares en Inglaterra y Fegelein le contesta que un general amigo suyo, puesto que ha pasado mucho tiempo en Estados Unidos. Lo que se dice un cabezabuque.
Se suele decir que Fegelein y Hitler fueron cuñados. Aunque no lo fueron, creo yo, porque Fegelein, en efecto, se casó con la hermana de Eva Braun. Pero Hitler sólo se casó con Eva Braun hasta el día en que se suicidó y ese día Fegelein había sido ya fusilado… por orden de Hitler. La verdad es que en las actas, cada vez que el Führer responde a Fegelein, se nota mucho que lo tenía por un tonto del culo.
Si no recuerdo mal, nuevo interludio cinéfilo, en la soberbia película alemana El hundimiento hay una escena en la que Eva Braun trata, infructuosamente, de mediar ante Hitler para que no fusile al marido de su hermana. O sea, a este tipo.
La verdad es que no me extrañaría nada quedarme pronto sin lectores. Llevo tres folios de Word y todavía no me empezado a contar la anécdota que da título al post. Debo pedir disculpas. Todos los que me conocen se meten conmigo por mis excesos amanuenses. Prometo morigerarme en el futuro y hacer post que pueda leer una persona normal.
En algún momento de la guerra, los alemanes encontraron en Francia, concretamente en un lugar llamado Schneider-Creusot, una veintena de antiguos cañones españoles de los siglos XVII y XVIII, se supone que incautados por los franceses en antiguas batallas navales. Un funcionario alemán de Exteriores, Ritter, decidió, como veremos ahora por su cuenta y riesgo, ponerse en contacto con el ministro español del ejército, Carlos Asensio, y ofrecerle los cañones a Franco como un regalo de Hitler. Asensio, probablemente también por su cuenta y riesgo, contestó que sí, que muy honrado.
En marzo de 1944, en el curso de una reunión cuya acta sobrevivió parcialmente al fuego, el mariscal Wilhelm Keitel, que ya debía de tener la mosca detrás de la oreja, le plantea a Hitler la pregunta de si es verdad que él ha tomado dicha decisión. Y Hitler, además de negarlo, se coge un cabreo de testículos.
Porque es que Hitler, además de un nazi, era un ladrón.
«No tengo por costumbre regalar nada histórico», sentencia. Y continúa: «Yo, como regalo, ofrezco coches». Y creo recordar que no mentía, pues uno de los Rolls de Franco se lo había regalado, efectivamente, él. Ese mismo día, en la misma acta pues, Hitler estalla en cólera porque le informan de que en Grecia se ha encontrado una estatua antigua y se ha decidido regalársela a los griegos. «Exijo», afirma, «que todo lo que encuentren los alemanes sea traído a Alemania de inmediato». Para suerte de Hitler, las siguientes notas están quemadas. Aunque se conserva la expresión «chusma de indeseables». Y podéis apostar a que no se refería a los alemanes.
Consecuencia: se comunica a los interlocutores alemanes con Franco, cuando éste ya ha aceptado el amable regalo, que se enviará los cañones, pero a cambio de su peso en metal no ferroso, necesario para la producción de guerra. O sea, como decir: ¡feliz cumpleaños, mamá!… son 30 euros.
Franco no volvió a mencionar el tema. Nunca recibió los cañones. De hecho, lo más probable, y es por eso que digo que quizás Asensio aceptó sin consultar, es que no quisiera recibirlos. En marzo de 1944, es muy dudoso que Franco quisiera recibir ya nada de Hitler. Ya le había solicitado, para entonces, la retirada del frente de la División Azul. Y, tan sólo ocho meses después de la anécdota de los cañones, haría aquellas famosas declaraciones a la United Press en las que, en un alarde importante de cinismo, defendería que nunca había sido fascista y que siempre había sido muy amiguito de las potencias aliadas.
Para entonces, Hitler apestaba.
No voy a mentir: quien sienta sólo leve atracción por la Historia no debe hacer caso de esta recomendación. Este libro es droga dura, sólo apto para personas seriamente desequilibradas hacia el conocimiento de los hechos históricos, como éste que esto escribe. Es de lectura compleja y sobre todo incómoda, pues el texto, cientos de páginas, depende fuertemente de las notas, también cientos, que se reproducen en páginas distintas. Esto hace la lectura lenta y trabajosa. Aunque a mí me ha merecido la pena, no puedo dejar de tener la impresión de que no será así para el 99% de la humanidad, bastante más equilibrada.
En 1942, cuando, como dijo sir Winston Churchill, giraron los goznes de la Historia, la Blitzkrieg ideada por Alemania comenzó a empantanarse. El primer escenario donde el Reich sufrió un serio revés militar fue Stalingrado. Para Hitler, perder Stalingrado supuso muchas cosas, una de ellas la convicción de que sus generales le engañaban. Ciertamente, es muy común escuchar o leer, de labios o dedos de personas no muy versadas en la Historia, hablar de las acciones del ejército alemán en la segunda guerra mundial hablando de «los nazis». Error. Una buena parte de la cúpula militar alemana no era nazi. De hecho, era de eso de lo que se quejaba Hitler.
Como medida preventiva ante lo que él creía una conspiración del gotha militar alemán, en buena parte formado por aristócratas a los que odiaba como fruto de un importante complejo de inferioridad, Hitler tomó una decisión de gran importancia histórica: ordenar que se tomasen notas taquigráficas completas de las dos reuniones de estado mayor que sostenía, una a última hora de la mañana (Hitler nunca madrugó, ni siquiera durante la guerra… recuérdese la famosa escena de El día más largo en la que se le intenta avisar de la invasión); y la otra no más pronto de las once de la noche. Al parecer, cuando Hitler lo vio todo perdido en su búnker berlinés y decidió acabar consigo mismo y con los suyos (Eva Braun, que le siguió voluntariamente; y su queridísimo perro Bondi, al que envenenó), tomó especiales precauciones para que las actas no desapareciesen; las consideraba algo así como la prueba, ante la Historia, de su recto proceder (sí, lo he escrito yo; pero uno no siempre escribe lo que piensa; ni siquiera piensa todo lo que escribe).
Estas actas fueron finalmente pasto de las llamas, dentro del proceso de eliminación de todo rastro antes de la rendición final, pero fueron en parte rescatadas, parcialmente quemadas por lo tanto, por un militar estadounidense el cual, por casualidad, tenía también bajo su responsabilidad a los taquígrafos. Así que les puso a trabajar en la reconstrucción de dichas actas, y éstas son las que publicó Heiber en 1962, ya he dicho que con profusión de notas, en buena parte basadas en las memorias que, poco a poco, fueron escribiendo aquellos generales con los que Hitler despachaba (es el caso de Von Manstein, por ejemplo), o de sus declaraciones en Nuremberg (así, Jodl).
Las actas abarcan, pues, desde 1942 hasta el 27 de marzo de 1945, la última conservada, dos días antes del suicidio de Hitler. La inmensa mayoría de su contenido es puramente militar, táctico. Yo diría que un poco, o bastante, repugnante. Cuesta darse cuenta, cuando se llevan unas páginas leídas y se va pillando el ritmillo, que todo eso de lo que hablan los interlocutores son vidas humanas. Resulta cabreante leer con qué facilidad tanto Hitler como sus generales dan por perdidas unidades, o las fuerzan a movimientos imposibles pese a estar exhaustas; y pensar luego que eso es algo que nos puede pasar a cualquiera. En general, el tono que pervive a las notas, como el bajo continuo de un concierto barroco, es el simple, puro, desprecio por la vida humana. Pondré un solo ejemplo, de resonancias cinéfilas.
En abril de 1944, en el frente oriental (la antigua Europa del Este), y más concretamente en Zagan, Polonia, los alemanes tenían 10.000 pilotos aliados prisioneros. Los rusos avanzaban a toda leche y se propone, en la reunión, que dichos prisioneros sean entregados a los soviéticos, ante la imposibilidad de trasladarlos. Hitler dice que ni de coña. Al fin y al cabo, eso es devolver a la lucha a 10.000 pilotos. Exige que sean trasladados a Alemania. El propio Hitler reconoce que, si fuesen soldados, utilizaría 20 trenes para transportarlos. Pero, siendo prisioneros, y «siguiendo las normas rusas» (esto era muy típico de él, esconderse detrás de algún argumento), con dos o tres bastarían. En ese momento toma la palabra Hermann Göring, conmilitón del jefe, y propone… que se les quiten los zapatos y los pantalones «para que no puedan correr por la nieve».
Os invito a que intentéis cruzar Polonia, en abril, hacinados en un vagón de ganado, descalzos y en calzoncillos. Si sobrevivís, me lo contáis.
Las referencias cinéfilas tienen que ver con que fue en esta área, en el campo de Stalag, donde fueron fusilados cincuenta pilotos aliados, casi todos británicos, que se habían fugado con otros 26 del campo de prisioneros en la noche del 25 de marzo de 1944. Yo creo, aunque no estoy del todo seguro, que este hecho real es el que está detrás de una excelente película bélica, La gran evasión, en mi opinión una de las grandes filmaciones de Steve McQueen (junto con Bullit; que tiene, por cierto, la mejor persecución en automóvil jamás filmada). Nota para los más jóvenes: Steve McQueen fue el Harrison Ford de vuestras madres cuando tenían vuestra edad.
Por lo demás, la lectura de las actas es realmente curiosa en algunos puntos. Hay veces que los generales dirimen sus diferencias delante de Hitler, sin recatarse. Algunos, incluso, le contestan, como es el caso de Heinz Guderian, el artífice de la rapidísima victoria alemana sobre Francia, a quien Hitler odiaba, por lo que se ve, entre otras cosas porque no se callaba. También se da el caso contrario. Jodl, por ejemplo, está en casi todas las actas, y casi siempre lo que hace es adaptar su discurso a las opiniones de su jefe.
Mi preferido, por así decirlo, es Hermann Fegelein, representante de Himmler en diversas reuniones. Un tipo realmente idiota, tanto que, en una de las actas, Hitler pregunta quién podría explicarle cómo funcionan los rangos militares en Inglaterra y Fegelein le contesta que un general amigo suyo, puesto que ha pasado mucho tiempo en Estados Unidos. Lo que se dice un cabezabuque.
Se suele decir que Fegelein y Hitler fueron cuñados. Aunque no lo fueron, creo yo, porque Fegelein, en efecto, se casó con la hermana de Eva Braun. Pero Hitler sólo se casó con Eva Braun hasta el día en que se suicidó y ese día Fegelein había sido ya fusilado… por orden de Hitler. La verdad es que en las actas, cada vez que el Führer responde a Fegelein, se nota mucho que lo tenía por un tonto del culo.
Si no recuerdo mal, nuevo interludio cinéfilo, en la soberbia película alemana El hundimiento hay una escena en la que Eva Braun trata, infructuosamente, de mediar ante Hitler para que no fusile al marido de su hermana. O sea, a este tipo.
La verdad es que no me extrañaría nada quedarme pronto sin lectores. Llevo tres folios de Word y todavía no me empezado a contar la anécdota que da título al post. Debo pedir disculpas. Todos los que me conocen se meten conmigo por mis excesos amanuenses. Prometo morigerarme en el futuro y hacer post que pueda leer una persona normal.
En algún momento de la guerra, los alemanes encontraron en Francia, concretamente en un lugar llamado Schneider-Creusot, una veintena de antiguos cañones españoles de los siglos XVII y XVIII, se supone que incautados por los franceses en antiguas batallas navales. Un funcionario alemán de Exteriores, Ritter, decidió, como veremos ahora por su cuenta y riesgo, ponerse en contacto con el ministro español del ejército, Carlos Asensio, y ofrecerle los cañones a Franco como un regalo de Hitler. Asensio, probablemente también por su cuenta y riesgo, contestó que sí, que muy honrado.
En marzo de 1944, en el curso de una reunión cuya acta sobrevivió parcialmente al fuego, el mariscal Wilhelm Keitel, que ya debía de tener la mosca detrás de la oreja, le plantea a Hitler la pregunta de si es verdad que él ha tomado dicha decisión. Y Hitler, además de negarlo, se coge un cabreo de testículos.
Porque es que Hitler, además de un nazi, era un ladrón.
«No tengo por costumbre regalar nada histórico», sentencia. Y continúa: «Yo, como regalo, ofrezco coches». Y creo recordar que no mentía, pues uno de los Rolls de Franco se lo había regalado, efectivamente, él. Ese mismo día, en la misma acta pues, Hitler estalla en cólera porque le informan de que en Grecia se ha encontrado una estatua antigua y se ha decidido regalársela a los griegos. «Exijo», afirma, «que todo lo que encuentren los alemanes sea traído a Alemania de inmediato». Para suerte de Hitler, las siguientes notas están quemadas. Aunque se conserva la expresión «chusma de indeseables». Y podéis apostar a que no se refería a los alemanes.
Consecuencia: se comunica a los interlocutores alemanes con Franco, cuando éste ya ha aceptado el amable regalo, que se enviará los cañones, pero a cambio de su peso en metal no ferroso, necesario para la producción de guerra. O sea, como decir: ¡feliz cumpleaños, mamá!… son 30 euros.
Franco no volvió a mencionar el tema. Nunca recibió los cañones. De hecho, lo más probable, y es por eso que digo que quizás Asensio aceptó sin consultar, es que no quisiera recibirlos. En marzo de 1944, es muy dudoso que Franco quisiera recibir ya nada de Hitler. Ya le había solicitado, para entonces, la retirada del frente de la División Azul. Y, tan sólo ocho meses después de la anécdota de los cañones, haría aquellas famosas declaraciones a la United Press en las que, en un alarde importante de cinismo, defendería que nunca había sido fascista y que siempre había sido muy amiguito de las potencias aliadas.
Para entonces, Hitler apestaba.
sábado, octubre 14, 2006
Si hablo, o más bien escribo, bastante a menudo de Barcelona, es porque es mi tercera ciudad. La primera es La Coruña, donde me crié. La segunda es Madrid, donde vivo y donde nací. Y la tercera es Barcelona, porque es la que más visito además de las dos anteriores, en digna competencia con Bruselas.
Esto no quiere decir nada porque, en realidad, si me pongo a hacer cálculos, habré pasado en Barcelona, en los últimos diez años, no menos de tres o cuatro meses enteros de mi vida, y creo que me quedo corto; y, sin embargo, por poner un ejemplo, jamás he podido visitar la Sagrada Familia. Mi experiencia me dice, además, que soy parte de una legión; somos muchos los que pisamos ciudades que desconocemos en lo absoluto.
Mi interés por Ildefons Cerdá comenzó de coña. En los alrededores de su plaza, la plaza Cerdá, y en ella misma, hay dos o tres sitios en los que yo suelo parar por cuestiones de trabajo. Así, cada vez que tengo que quedar con alguien en Barcelona, suelo arrastrarlo hacia donde yo estoy, más que por comodidad, por miedo a perderme (ahora que lo pienso, un día tengo que organizar una reunión de trabajo en el pórtico de la Sagrada Familia). Además, la plaza Cerdá está de camino al aeropuerto.
El caso es que me encanta picar a mis amigos barceloneses citándoles leyendo la placa como la lee espontáneamente un castellano, es decir con el acento tónico en la penúltima sílaba. «Podemos quedar en la plaza cerda», digo. Y, a continuación, apostillo: «Pero no entiendo el nombre, pues no la veo más cerda que otras plazas».
Siempre te corrigen, claro. Cerdá, es Cerdá. Pero un día, como si tal cosa, se me ocurrió preguntar: «Y, ¿quién era Cerdá?». Más que habitualmente, la respuesta era y es el silencio. Así que me puse a leer, como suelo hacer siempre que me pica la curiosidad.
El hombre, durante más de 2.000 años, concibió en la práctica la creación de ciudades como un aluvión. Es cierto que hubo civilizaciones, ahora se me vienen a la mente los romanos, que se preocuparon por inventar casas estudiadas para el bien vivir. Pero esos mismos romanos tenían barrios, como la horrenda Subura de la Roma cesarea, que eran auténticas colmenas insalobres. Pero hubo un momento en el que el hombre empezó a pensar. A pensar que los barrios hay que pensarlos. Que hay que planificarlos. Que hay que tener en cuenta que los barrios, las calles y conjuntos de calles, tienen que combinar sabiamente los servicios de una ciudad, las casas, los transportes. Incluso, quienes esas cosas pensaban comenzaron a preguntarse por qué no construir ciudades en las que todas sus casas, todas, tuviesen luz natural.
Quizá, la primera persona que reflexionó en serio, o por lo menos de forma sistemática, sobre este asunto en todo el mundo fue un catalán: Ildefons Cerdá.
Cerdá se formó en Madrid, en la escuela de ingenieros de caminos que fundó Agustín de Betancourt. De Betancourt, por cierto, tiene una calle bastante importante en Madrid (termina donde estaba el edificio Windsor), pero no os molestéis en preguntarles a los viandantes si saben algo de él, porque los madrileños tampoco le conocen.
La gran oportunidad de llevar a la práctica sus ideas, ya no de arquitectura, sino de urbanismo, le llegó a Cerdá a mediados del siglo XIX, cuando estaba en la plenitud intelectual y había alcanzado, argumento no desdeñable, la tranquilidad económica. En ese momento gobernaban España políticos liberales, bastante cercanos a las ideas de don Ildefons; y, además, se tomó una decisión muy sabia, como era derribar las murallas de Barcelona. Porque Barcelona, en efecto, siguió hasta hace 150 años siendo una ciudad de corte medieval en su estructura.
La construcción de los nuevos barrios que el derribo de las murallas liberó es lo que se conoció, y se conoce aún, como El Ensanche de Barcelona, a pesar de que hoy esté bastante dentro del casco urbano. Entonces la banlieu, un lugar donde hacer las cosas un poco a derechas. El paraíso de un planificador.
Lo cierto es que Cerdá tuvo muchos problemas. Sus planteamientos urbanísticos no fueron del gusto de muchísimos barceloneses, especialmente burgueses apegados a gustos más tradicionales y, de hecho, Cerdá tuvo que ser impuesto... por Madrid. Cosas que tiene la vida, ¿eh?
El concurso para el Ensanche barcelonés lo ganó, en realidad, otro catalán, Antoni Rovira i Trías. La diferencia entre Rovira y Cerdá estribaba en que el primero tenía un proyecto que seguía reconociendo la preeminencia de la vieja Barcelona, de la que los nuevos barrios dependerían; mientras que Cerdá, obsesionado como buen urbanista en el concepto de ciudad nueva, concibió en el Ensanche una especie de Barcelona paralela, distinta y autónoma. Cerdá proyectó manzanas de casas de tamaño medio, unos 100 metros, con sus esquinas romas (chaflanes) para crear plazoletas en los cruces, y jardines en el interior de las manzanas. ¿Cuántas manzanas habéis visto así, con un jardín en su interior? Pues, si vivís en una, darle las gracias a Cerdá.
He leído algún que otro comentario según el cual el legado de Cerdá es más visible en Madrid que en Barcelona, a través de la notable influencia que ejercieron sus ideas en el propio Ensanche de Madrid, que no se llama Ensanche ni nada, dentro del cual se construyó una parte importante del barrio de Salamanca, el de Chamberí y un tramo de la Castellana.
Tenía ganas de escribir sobre Ildefons Cerdá porque, la verdad, lo considero un adelantado a su tiempo que merece placa con letras de oro por ser uno de esos personajes que procuró el beneficio más valioso del desarrollo, que es el bien de las gentes. Si en lugar de barcelonés fuese parisino, o londinense, yo creo que hoy sabríamos de él más de lo que sabemos. Su caída en desgracia, que tuvo la mala suerte de sufrir (murió en un balneario cántabro, olvidado de todos), revela lo poco dados que somos en la piel de toro a conservar nuestros mitos. En algunos países, los niños tendrían que aprender en la escuela quién fue Ildefons Cerdá.
Terminaré con una anécdota sobre el callejero barcelonés, a ver si consigo arrancar una sonrisa de mis lectores. Aunque la anécdota también tiene que ver con esa obligación moral que debería tener la escuela de dejarnos siempre bien enseñado lo que es nuestro.
En 1993, pleno verano, acabé dándome barrigazos por Barcelona, comme d'habitude. Un amigo de un amigo me invitó a comer, a mí, a un gallego, con el atrevido argumento de que por fin iba a comer langostinos de verdad (en fin...) Este amigo se acababa de mudar a un flamante apartamento en la Villa Olímpica. En la plaza de Tirant lo Blanc.
Tomé un taxi. Iba yo muy concentrado en unos papeles que llevaba; suelo usar los taxis para currar, de hecho. El taxista iba hablándome de cosas inconexas; yo no le hacía caso y le contestaba con monosílabos guturales, aquí un «uh», allí un «ah». Capté dos o tres informaciones de escaso interés sobre la carestía del impuesto de circulación en Barcelona y el precio de las espardenyas.
En un momento dado, miré el reloj. Llevaba cuarenta minutos en el taxi... y lo había tomado en el Puerto Viejo. Era verano y casi no había tráfico. ¿De qué iba aquel tipo? Entonces me fijé en el taxímetro y calculé que hacía un buen rato que el conductor lo había parado.
Se había perdido.
Lacrimosamente, me explicó que la peor condenación para un taxista de Barcelona, en 1993, era que le marcasen una dirección en la Villa Olímpica. Todas las calles son nuevas, dijo, y no nos las sabemos. Yo, algo mosqueado, le dije: «Pues pregunte, joder.»
Eso fue lo que hizo. En un semáforo, que una solitaria chica cruzaba, el taxista sacó la cabeza por la ventanilla y le dijo:
- ¡Escucha, oye! ¿Sabes por dónde queda la plaza de Tirando al Blanco?
¡¡¡ANIMAL!!!
No pude por menos que proferir esta expresión. «Pero, tío, ¿no te dije Tirant lo Blanc, joder?»
Aquel tipo se creía que las calles y plazas de la Villa Olímpica de Barcelona, en pura lógica, se llamarían Tirando al Blanco, Corriendo los Cien Metros, o Lanzando la Jabalina.
De Tirant lo Blanc no tenía, claro, la menor noticia.
Y tranquilos los gallegos. Los langostinos estaban buenos, para qué negarlo. Pero no tan buenos. Vosotros ya me entendéis.
Esto no quiere decir nada porque, en realidad, si me pongo a hacer cálculos, habré pasado en Barcelona, en los últimos diez años, no menos de tres o cuatro meses enteros de mi vida, y creo que me quedo corto; y, sin embargo, por poner un ejemplo, jamás he podido visitar la Sagrada Familia. Mi experiencia me dice, además, que soy parte de una legión; somos muchos los que pisamos ciudades que desconocemos en lo absoluto.
Mi interés por Ildefons Cerdá comenzó de coña. En los alrededores de su plaza, la plaza Cerdá, y en ella misma, hay dos o tres sitios en los que yo suelo parar por cuestiones de trabajo. Así, cada vez que tengo que quedar con alguien en Barcelona, suelo arrastrarlo hacia donde yo estoy, más que por comodidad, por miedo a perderme (ahora que lo pienso, un día tengo que organizar una reunión de trabajo en el pórtico de la Sagrada Familia). Además, la plaza Cerdá está de camino al aeropuerto.
El caso es que me encanta picar a mis amigos barceloneses citándoles leyendo la placa como la lee espontáneamente un castellano, es decir con el acento tónico en la penúltima sílaba. «Podemos quedar en la plaza cerda», digo. Y, a continuación, apostillo: «Pero no entiendo el nombre, pues no la veo más cerda que otras plazas».
Siempre te corrigen, claro. Cerdá, es Cerdá. Pero un día, como si tal cosa, se me ocurrió preguntar: «Y, ¿quién era Cerdá?». Más que habitualmente, la respuesta era y es el silencio. Así que me puse a leer, como suelo hacer siempre que me pica la curiosidad.
El hombre, durante más de 2.000 años, concibió en la práctica la creación de ciudades como un aluvión. Es cierto que hubo civilizaciones, ahora se me vienen a la mente los romanos, que se preocuparon por inventar casas estudiadas para el bien vivir. Pero esos mismos romanos tenían barrios, como la horrenda Subura de la Roma cesarea, que eran auténticas colmenas insalobres. Pero hubo un momento en el que el hombre empezó a pensar. A pensar que los barrios hay que pensarlos. Que hay que planificarlos. Que hay que tener en cuenta que los barrios, las calles y conjuntos de calles, tienen que combinar sabiamente los servicios de una ciudad, las casas, los transportes. Incluso, quienes esas cosas pensaban comenzaron a preguntarse por qué no construir ciudades en las que todas sus casas, todas, tuviesen luz natural.
Quizá, la primera persona que reflexionó en serio, o por lo menos de forma sistemática, sobre este asunto en todo el mundo fue un catalán: Ildefons Cerdá.
Cerdá se formó en Madrid, en la escuela de ingenieros de caminos que fundó Agustín de Betancourt. De Betancourt, por cierto, tiene una calle bastante importante en Madrid (termina donde estaba el edificio Windsor), pero no os molestéis en preguntarles a los viandantes si saben algo de él, porque los madrileños tampoco le conocen.
La gran oportunidad de llevar a la práctica sus ideas, ya no de arquitectura, sino de urbanismo, le llegó a Cerdá a mediados del siglo XIX, cuando estaba en la plenitud intelectual y había alcanzado, argumento no desdeñable, la tranquilidad económica. En ese momento gobernaban España políticos liberales, bastante cercanos a las ideas de don Ildefons; y, además, se tomó una decisión muy sabia, como era derribar las murallas de Barcelona. Porque Barcelona, en efecto, siguió hasta hace 150 años siendo una ciudad de corte medieval en su estructura.
La construcción de los nuevos barrios que el derribo de las murallas liberó es lo que se conoció, y se conoce aún, como El Ensanche de Barcelona, a pesar de que hoy esté bastante dentro del casco urbano. Entonces la banlieu, un lugar donde hacer las cosas un poco a derechas. El paraíso de un planificador.
Lo cierto es que Cerdá tuvo muchos problemas. Sus planteamientos urbanísticos no fueron del gusto de muchísimos barceloneses, especialmente burgueses apegados a gustos más tradicionales y, de hecho, Cerdá tuvo que ser impuesto... por Madrid. Cosas que tiene la vida, ¿eh?
El concurso para el Ensanche barcelonés lo ganó, en realidad, otro catalán, Antoni Rovira i Trías. La diferencia entre Rovira y Cerdá estribaba en que el primero tenía un proyecto que seguía reconociendo la preeminencia de la vieja Barcelona, de la que los nuevos barrios dependerían; mientras que Cerdá, obsesionado como buen urbanista en el concepto de ciudad nueva, concibió en el Ensanche una especie de Barcelona paralela, distinta y autónoma. Cerdá proyectó manzanas de casas de tamaño medio, unos 100 metros, con sus esquinas romas (chaflanes) para crear plazoletas en los cruces, y jardines en el interior de las manzanas. ¿Cuántas manzanas habéis visto así, con un jardín en su interior? Pues, si vivís en una, darle las gracias a Cerdá.
He leído algún que otro comentario según el cual el legado de Cerdá es más visible en Madrid que en Barcelona, a través de la notable influencia que ejercieron sus ideas en el propio Ensanche de Madrid, que no se llama Ensanche ni nada, dentro del cual se construyó una parte importante del barrio de Salamanca, el de Chamberí y un tramo de la Castellana.
Tenía ganas de escribir sobre Ildefons Cerdá porque, la verdad, lo considero un adelantado a su tiempo que merece placa con letras de oro por ser uno de esos personajes que procuró el beneficio más valioso del desarrollo, que es el bien de las gentes. Si en lugar de barcelonés fuese parisino, o londinense, yo creo que hoy sabríamos de él más de lo que sabemos. Su caída en desgracia, que tuvo la mala suerte de sufrir (murió en un balneario cántabro, olvidado de todos), revela lo poco dados que somos en la piel de toro a conservar nuestros mitos. En algunos países, los niños tendrían que aprender en la escuela quién fue Ildefons Cerdá.
Terminaré con una anécdota sobre el callejero barcelonés, a ver si consigo arrancar una sonrisa de mis lectores. Aunque la anécdota también tiene que ver con esa obligación moral que debería tener la escuela de dejarnos siempre bien enseñado lo que es nuestro.
En 1993, pleno verano, acabé dándome barrigazos por Barcelona, comme d'habitude. Un amigo de un amigo me invitó a comer, a mí, a un gallego, con el atrevido argumento de que por fin iba a comer langostinos de verdad (en fin...) Este amigo se acababa de mudar a un flamante apartamento en la Villa Olímpica. En la plaza de Tirant lo Blanc.
Tomé un taxi. Iba yo muy concentrado en unos papeles que llevaba; suelo usar los taxis para currar, de hecho. El taxista iba hablándome de cosas inconexas; yo no le hacía caso y le contestaba con monosílabos guturales, aquí un «uh», allí un «ah». Capté dos o tres informaciones de escaso interés sobre la carestía del impuesto de circulación en Barcelona y el precio de las espardenyas.
En un momento dado, miré el reloj. Llevaba cuarenta minutos en el taxi... y lo había tomado en el Puerto Viejo. Era verano y casi no había tráfico. ¿De qué iba aquel tipo? Entonces me fijé en el taxímetro y calculé que hacía un buen rato que el conductor lo había parado.
Se había perdido.
Lacrimosamente, me explicó que la peor condenación para un taxista de Barcelona, en 1993, era que le marcasen una dirección en la Villa Olímpica. Todas las calles son nuevas, dijo, y no nos las sabemos. Yo, algo mosqueado, le dije: «Pues pregunte, joder.»
Eso fue lo que hizo. En un semáforo, que una solitaria chica cruzaba, el taxista sacó la cabeza por la ventanilla y le dijo:
- ¡Escucha, oye! ¿Sabes por dónde queda la plaza de Tirando al Blanco?
¡¡¡ANIMAL!!!
No pude por menos que proferir esta expresión. «Pero, tío, ¿no te dije Tirant lo Blanc, joder?»
Aquel tipo se creía que las calles y plazas de la Villa Olímpica de Barcelona, en pura lógica, se llamarían Tirando al Blanco, Corriendo los Cien Metros, o Lanzando la Jabalina.
De Tirant lo Blanc no tenía, claro, la menor noticia.
Y tranquilos los gallegos. Los langostinos estaban buenos, para qué negarlo. Pero no tan buenos. Vosotros ya me entendéis.
viernes, octubre 13, 2006
¿Por qué la República perdió la guerra?
Los diversos comentarios, públicos y privados, que generó en su día el post de Inasequible Aldesaliento sobre la competencia o incompetencia militar de Franco le han llevado a elaborar un nuevo texto; texto en el que reflexiona sobre el hecho de que un penalty no marcado es siempre la combinación de dos efectos: por un lado, el portero que lo para; y, por otro, el delantero que lo tira mal.
Como de costumbre en estos casos, y con permiso del autor, entre corchetes y destacados van mis propios comentarios.
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¿Por qué la República perdió la guerra?
© Inasequible Aldesaliento™
Después de leer el libro de Blanco Escolá La incompetencia militar de Franco, uno no puede menos que preguntarse: si ese señor era tan mal estratega, ¿cómo es que ganó la guerra? Una posible respuesta sería: Franco no ganó la guerra, fue la República quien la perdió.
Si hacemos abstracción de las condiciones reales del bando republicano las expectativas para la República la noche del 18 de julio no eran malas en absoluto: la mitad del Ejército de Tierra estaba con ella, así como algo más de la mitad de la exigua fuerza aéra y casi toda la Armada. La República controlaba las zonas más industriales del país y además unas zonas agrícolas no desdeñables (el Levante, Aragón y La Mancha) que deberían permitirle alimentar a la retaguardia. La única ventaja con la que contaban los rebeldes era que de su parte estaba el Ejército de África, la élite del Ejército español. Pero tenían el inconveniente logístico de que, para que pudiera hacer sentir su peso, tenían que trasladarlo a la Península y para ello no contaban ni con los aviones ni con los barcos necesarios.
[No obstante, de lo que careció en un primer momento fue de moral de guerra. Los decretos urgentes publicados por el Gobierno horas después del golpe de Estado tienen como función anular la declaración del estado de guerra realizada por los alzados allí donde habían triunfado y disolver las unidades militares rebeldes. La segunda medida era, que diría un sajón, wishful thinking. La primera fue un error, porque España estaba en guerra y reconocerlo le habría sido muy útil al gobierno republicano. Durante casi toda la guerra, sin embargo, en la España republicana siguió sin declararse el estado de guerra, porque eso suponía darle demasiado poder al ejército, en el que desconfiaban.]
Si metemos ahora en la ecuación las grandes divisiones internas en el bando republicano y su desconfianza hacia lo militar que les llevó a desmantelar el Ejército que les había sido leal, vemos que la situación ya no era tan halagüeña y podemos afirmar que la República fue la principal responsable de su propia derrota.
[Yo no diría exactamente que el ejército republicano fue desmantelado. Fue, en una primera instancia, sustituido por milicias civiles de partido, milicias armadas porque la decisión, más o menos pensada, de los poderes públicos fue armar al pueblo. Pero lo que sí es cierto es que un ejército, para ser efectivo, necesita disciplina y organización. Y en la guerra civil hay episodios, quizá el más evidente la pérdida de Málaga, donde se hace patente que, por lo menos hasta bien entrado 1937, el ejército no mandaba en la guerra republicana.]
La causa principal de la derrota republicana fue su propia desunión. Los distintos partidos no entendieron que para ganar una guerra es esencial mantenerse unidos y fijarse como prioridad la derrota del enemigo. Todos pensaron que podían al mismo tiempo derrotar a los nacionales y conseguir sus propios objetivos, ya se llamasen revolución social, colectivización del campo o República federal. Sólo esa miopía explica hechos tan sorprendentes como que anarquistas y comunistas se tiroteasen en las calles de Barcelona en abril de 1937, en lugar de unir fuerzas contra el enemigo común, o que las rencillas personales entre Largo Caballero y Prieto fueran uno de los factores que frenaron el Plan P (la ofensiva en Extremadura) del general Rojo, plan imaginativo que habría podido causar muchos dolores de cabeza a los nacionales si se hubiera ejecutado en 1937 o incluso en 1938.
[Dos ejemplos marcan este contraste. En abril de 1944, en las áreas mineras de Inglaterra, especialmente en Yorkshire, se produjo una huelga de mineros. Nada más comenzar, se produjo un pronunciamiento de los propios sindicatos instando a los trabajadores a terminar la protesta, con el argumento de que nada, incluso las reivindicaciones justas, debía poner en peligro el objetivo mayor de ganarle la guerra a Hitler (la minería era básica para la producción bélica). Espíritu que contrasta con el de, por ejemplo, los anarquistas catalanes y aragoneses, que con su negativa a aplazar la revolución al momento en que la guerra se hubiese ganado se lanzaron a una razzia de colectivizaciones que agostó la producción de ese área, así como su capacidad militar, durante mucho tiempo.]
Aparte de la desunión pueden señalarse otras razones para la derrota republicana:
En primer lugar, la desconfianza hacia el Ejército regular tras la sublevación del 18 de julio y el ejemplo mitificado de la Revolución Soviética hicieron que en los primeros meses de la guerra se confiase demasiado en la eficacia guerrera del pueblo en armas y se olvidase que en la guerra del Siglo XX la técnica y la organización valen más que el entusiasmo. Cuando en octubre empezó a rectificarse el tiro, se habían perdido unos meses preciosos y se había dejado que los nacionales uniesen sus dos zonas y se colocasen en las cercanías de Madrid. Puede decirse que el Ejército republicano fue un ejército que se pasó toda la Guerra Civil en rodaje. Ello más que en su descrédito, hay que decirlo con admiración: que un Ejército organizado en medio de una guerra tuviera el desempeño que tuvo, resulta notable.
No obstante el aspecto improvisado del Ejército se dejó ver sobre todo en sus carencias tácticas. Improvisar suboficiales cualificados es más difícil que improvisar soldados. El Ejército republicano, que podía resultar muy tenaz y eficaz en la defensa, como se vió en el Jarama o en la segunda fase de la batalla del Ebro, pinchaba cuando se trataba de pasar al ataque, algo que exige mayor preparación técnica y, sobre todo, un cuerpo de oficiales y suboficiales profesionales y con experiencia. En Brunete, Belchite o el Ebro se repite la misma historia: el Ejército republicano logra romper el frente enemigo y a continuación, cuando hay que improvisar en función de la situación creada por la ruptura, se pierde, no sabe explotar el éxito y acaba concediendo tablas al enemigo, en una partida que hubiera podido ganar.
[Tampoco faltan episodios en la guerra en los que las milicias sufren bajas enormes para conquistar una posición que luego es abandonada por su escaso, cuando no nulo, valor táctico.]
En segundo lugar, está la ayuda internacional. Ha sido un tema muy discutido, pero cada vez parece más fuera de duda que el bando nacional recibió más ayuda extranjera que el republicano y que la que recibió fue de mayor calidad y más barata. Aparte de que el bando republicano, con una frontera francesa que estuvo cerrada una buena parte de la guerra y con la Armada italiana en el Mediterráneo, tuvo mayores problemas para hacer llegar a su territorio la ayuda recibida. Fue gracias a la ayuda internacional que el bando nacional pudo montar el puente aéreo para transportar las tropas africanas desde el Protectorado en los primeros días de la guerra. Fue gracias a la ayuda internacional que prácticamente desde la primavera de 1937 los cielos estuvieron controlados por la aviación nacional.
En tercer lugar, la República, a pesar de contar con la mayor parte de la flota, no fue capaz de conseguir el control de los mares en toda la guerra. El mero control de los mares no le habría bastado para ganar la guerra, pero habría hecho las cosas más difíciles al bando nacional. La explicación de este fracaso es muy sencilla: muy pocos altos oficiales de la Marina siguieron fieles a la República y sin esos oficiales no fue posible conseguir una Armada eficaz.
Tal vez ahora que se está recuperando la memoria histórica, convendría que todos recordasen una de las grandes lecciones de la Guerra Civil española: la unión hace la fuerza y la desunión, la derrota.
Como de costumbre en estos casos, y con permiso del autor, entre corchetes y destacados van mis propios comentarios.
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¿Por qué la República perdió la guerra?
© Inasequible Aldesaliento™
Después de leer el libro de Blanco Escolá La incompetencia militar de Franco, uno no puede menos que preguntarse: si ese señor era tan mal estratega, ¿cómo es que ganó la guerra? Una posible respuesta sería: Franco no ganó la guerra, fue la República quien la perdió.
Si hacemos abstracción de las condiciones reales del bando republicano las expectativas para la República la noche del 18 de julio no eran malas en absoluto: la mitad del Ejército de Tierra estaba con ella, así como algo más de la mitad de la exigua fuerza aéra y casi toda la Armada. La República controlaba las zonas más industriales del país y además unas zonas agrícolas no desdeñables (el Levante, Aragón y La Mancha) que deberían permitirle alimentar a la retaguardia. La única ventaja con la que contaban los rebeldes era que de su parte estaba el Ejército de África, la élite del Ejército español. Pero tenían el inconveniente logístico de que, para que pudiera hacer sentir su peso, tenían que trasladarlo a la Península y para ello no contaban ni con los aviones ni con los barcos necesarios.
[No obstante, de lo que careció en un primer momento fue de moral de guerra. Los decretos urgentes publicados por el Gobierno horas después del golpe de Estado tienen como función anular la declaración del estado de guerra realizada por los alzados allí donde habían triunfado y disolver las unidades militares rebeldes. La segunda medida era, que diría un sajón, wishful thinking. La primera fue un error, porque España estaba en guerra y reconocerlo le habría sido muy útil al gobierno republicano. Durante casi toda la guerra, sin embargo, en la España republicana siguió sin declararse el estado de guerra, porque eso suponía darle demasiado poder al ejército, en el que desconfiaban.]
Si metemos ahora en la ecuación las grandes divisiones internas en el bando republicano y su desconfianza hacia lo militar que les llevó a desmantelar el Ejército que les había sido leal, vemos que la situación ya no era tan halagüeña y podemos afirmar que la República fue la principal responsable de su propia derrota.
[Yo no diría exactamente que el ejército republicano fue desmantelado. Fue, en una primera instancia, sustituido por milicias civiles de partido, milicias armadas porque la decisión, más o menos pensada, de los poderes públicos fue armar al pueblo. Pero lo que sí es cierto es que un ejército, para ser efectivo, necesita disciplina y organización. Y en la guerra civil hay episodios, quizá el más evidente la pérdida de Málaga, donde se hace patente que, por lo menos hasta bien entrado 1937, el ejército no mandaba en la guerra republicana.]
La causa principal de la derrota republicana fue su propia desunión. Los distintos partidos no entendieron que para ganar una guerra es esencial mantenerse unidos y fijarse como prioridad la derrota del enemigo. Todos pensaron que podían al mismo tiempo derrotar a los nacionales y conseguir sus propios objetivos, ya se llamasen revolución social, colectivización del campo o República federal. Sólo esa miopía explica hechos tan sorprendentes como que anarquistas y comunistas se tiroteasen en las calles de Barcelona en abril de 1937, en lugar de unir fuerzas contra el enemigo común, o que las rencillas personales entre Largo Caballero y Prieto fueran uno de los factores que frenaron el Plan P (la ofensiva en Extremadura) del general Rojo, plan imaginativo que habría podido causar muchos dolores de cabeza a los nacionales si se hubiera ejecutado en 1937 o incluso en 1938.
[Dos ejemplos marcan este contraste. En abril de 1944, en las áreas mineras de Inglaterra, especialmente en Yorkshire, se produjo una huelga de mineros. Nada más comenzar, se produjo un pronunciamiento de los propios sindicatos instando a los trabajadores a terminar la protesta, con el argumento de que nada, incluso las reivindicaciones justas, debía poner en peligro el objetivo mayor de ganarle la guerra a Hitler (la minería era básica para la producción bélica). Espíritu que contrasta con el de, por ejemplo, los anarquistas catalanes y aragoneses, que con su negativa a aplazar la revolución al momento en que la guerra se hubiese ganado se lanzaron a una razzia de colectivizaciones que agostó la producción de ese área, así como su capacidad militar, durante mucho tiempo.]
Aparte de la desunión pueden señalarse otras razones para la derrota republicana:
En primer lugar, la desconfianza hacia el Ejército regular tras la sublevación del 18 de julio y el ejemplo mitificado de la Revolución Soviética hicieron que en los primeros meses de la guerra se confiase demasiado en la eficacia guerrera del pueblo en armas y se olvidase que en la guerra del Siglo XX la técnica y la organización valen más que el entusiasmo. Cuando en octubre empezó a rectificarse el tiro, se habían perdido unos meses preciosos y se había dejado que los nacionales uniesen sus dos zonas y se colocasen en las cercanías de Madrid. Puede decirse que el Ejército republicano fue un ejército que se pasó toda la Guerra Civil en rodaje. Ello más que en su descrédito, hay que decirlo con admiración: que un Ejército organizado en medio de una guerra tuviera el desempeño que tuvo, resulta notable.
No obstante el aspecto improvisado del Ejército se dejó ver sobre todo en sus carencias tácticas. Improvisar suboficiales cualificados es más difícil que improvisar soldados. El Ejército republicano, que podía resultar muy tenaz y eficaz en la defensa, como se vió en el Jarama o en la segunda fase de la batalla del Ebro, pinchaba cuando se trataba de pasar al ataque, algo que exige mayor preparación técnica y, sobre todo, un cuerpo de oficiales y suboficiales profesionales y con experiencia. En Brunete, Belchite o el Ebro se repite la misma historia: el Ejército republicano logra romper el frente enemigo y a continuación, cuando hay que improvisar en función de la situación creada por la ruptura, se pierde, no sabe explotar el éxito y acaba concediendo tablas al enemigo, en una partida que hubiera podido ganar.
[Tampoco faltan episodios en la guerra en los que las milicias sufren bajas enormes para conquistar una posición que luego es abandonada por su escaso, cuando no nulo, valor táctico.]
En segundo lugar, está la ayuda internacional. Ha sido un tema muy discutido, pero cada vez parece más fuera de duda que el bando nacional recibió más ayuda extranjera que el republicano y que la que recibió fue de mayor calidad y más barata. Aparte de que el bando republicano, con una frontera francesa que estuvo cerrada una buena parte de la guerra y con la Armada italiana en el Mediterráneo, tuvo mayores problemas para hacer llegar a su territorio la ayuda recibida. Fue gracias a la ayuda internacional que el bando nacional pudo montar el puente aéreo para transportar las tropas africanas desde el Protectorado en los primeros días de la guerra. Fue gracias a la ayuda internacional que prácticamente desde la primavera de 1937 los cielos estuvieron controlados por la aviación nacional.
En tercer lugar, la República, a pesar de contar con la mayor parte de la flota, no fue capaz de conseguir el control de los mares en toda la guerra. El mero control de los mares no le habría bastado para ganar la guerra, pero habría hecho las cosas más difíciles al bando nacional. La explicación de este fracaso es muy sencilla: muy pocos altos oficiales de la Marina siguieron fieles a la República y sin esos oficiales no fue posible conseguir una Armada eficaz.
Tal vez ahora que se está recuperando la memoria histórica, convendría que todos recordasen una de las grandes lecciones de la Guerra Civil española: la unión hace la fuerza y la desunión, la derrota.
martes, octubre 10, 2006
Antoñito
La Historia, toda Historia, es un piélago de historias. Historias que se pierden en las profundidades del tiempo, a pesar de haber sido notables y aún de gran impacto en su tiempo. Otra cosa que tiene la Historia es que sólo retiene una décima parte, como mucho, de los nombres que debería retener. La Historia de lo cotidiano está repleta de pequeños héroes que las personas pronto olvidan.
Hoy quiero acordarme de un pequeño, insignificante héroe, tan insignificante que sólo conozco su nombre, para colmo diminutivo: Antoñito. Pero quiero dejar aquí un homenaje a Antoñito porque él representa, de alguna manera, todo lo que de honrado y sensible tiene el ser humano. Ahora veremos por qué. No sin que antes me enrolle un poco. Un poco mucho.
Nacionalidades y nacionalismos
Un comentario de Conde a mi post sobre las declaraciones del padre Aurelio Escarré, en el que se extrañaba de un uso tan temprano del concepto de nacionalidad, me ha espoleado a bucear en mi memoria y en mi biblioteca, para poder, como me comprometí, confirmarle hasta qué punto el concepto nacionalidad es muy anterior.
Primavera de 1864. Senado español. Manuel Sánchez Marín, diputado unionista (o sea, de la cuerda del general O’Donell, a quien los ignorantes llaman cero-coma-Donell) perora contra los particularismos regionales y defiende la idea de leyes iguales para todos los españoles. En ese momento, de forma inesperada, se levanta Pedro de Egaña, político vasco, alavés, fuerista y de ideas políticas nada avanzadas (moderado, Egaña ha sido ya ministro de Gracia y Justicia y de Gobernación en etapas más bien poco liberales).
Esto es lo que dice Egaña, con mis destacados:
«Yo vengo a defender un país que no ha agraviado a Su Señoría, que no ha faltado en lo más mínimo a los Cuerpos Colegisladores, que no ha quebrantado ninguno de los respetos que se debía al resto de la nación. Un país en que no sólo he nacido y recibido la vida material, sino a quien le debo también la vida política, lo poco que valgo y lo que soy; un país que me ha empujado hasta un punto elevadísimo en que hoy inmerecidamente me encuentro por gracia voluntad de la más bondadosa de las Reinas [Egaña había sido nombrado senador vitalicio]; mientras que Su Señoría responde otra clase de sentimientos, y se presenta aquí como el fiscal implacable y severo de una organización social a mi juicio la más perfecta que han conocido las edades pasadas, que conocen las presentes y que conocerán las venideras; de esa organización que dura más de mil años, sin que hayan podido conmoverla y menos destruirla las tempestades políticas que han derruido imperios, destronado dinastías, y hasta hundido nacionalidades de gran fuerza; mientras que aquel pobre rincón ha mantenido incólume esa nacionalidad que ha parecido al Sr. Sánchez Silva tan poco digna de respeto, que ni siquiera la considera acreedora a que se la guarden los fueros de la desgracia.
»(…) Oigo que un señor senador amigo mío se extraña de que use la palabra nacionalidad [En efecto: la cita de Egaña había provocado muchos rumores entre los legisladores]. Claro es que al hablar en la época y momento en que he hablado de nacionalidad, este señor senador conocerá muy bien que siendo aquellas provincias parte de España, no había de hablar de una nacionalidad distinta de la española, pero como dentro de esta gran nacionalidad hay una organización especial que vive dentro de ella con su vida aparte, por eso usaba la palabra nacionalidad al hablar de las provincias vascas. Conozco que tal vez habría sido más exacta la palabra organización; de todas maneras, si a Su Señoría no le parece conveniente la de nacionalidad, la reemplazaré desde luego con la de organización especial.»
Como puede verse, además del hecho de que Egaña no era del mismo Bilbao pero se quedaba cerca (eso de «la organización social más perfecta de las venideras» le quedó pintiparado), la cita sirve para dirimir, con exactitud, para qué se inventó el término de nacionalidad distinguido del de nación. Nacionalidad, en este sentido, era una distinción lingüística, cultural y social que, sin embargo, era de posible desarrollo dentro de la nación española.
¿Qué pienso yo de todo esto de los nacionalismos? Pues la verdad es que soy gallego, pero no nacionalista. Y lo que pienso se parece bastante a lo que ya dijo, con bastante acierto, un político por el que no siento demasiada simpatía histórica: Manuel Azaña. Azaña pronunció un discurso el 27 de marzo de 1930 en el restaurante Patria de Barcelona. Este ágape formó parte de un conjunto de celebraciones cuyo centro fueron intelectuales de Madrid (Azaña, Marañón, Ortega, Bagaría, y otros) de visita en Barcelona. El viaje fue un agradecimiento organizado por Juan Estelrich por un manifiesto firmado por esos intelectuales castellanos contra la agresión de la dictadura de Primo de Rivera, en ese momento ya acabada, contra el catalán y lo catalán.
Dejemos a hablar a Azaña. Estas palabras pueden encontrarse en sus Obras Completas:
«En días de dolor para todos, singularmente amargos para Cataluña, pensando en vuestros sentimientos maltratados (…) queríamos deciros lo que era menester entonces para que os llegasen unas palabras de ánimo y el testimonio de que no estabais solos. (…) Y esto lo queríamos hacer no de una manera fría o en virtud de un principio general que podía aplicarse de la misma manera a cualquier país lejano, sino con plena conciencia de las realidades de Cataluña, de sus creaciones actuales y del rango que ocupa entre los pueblos peninsulares, unidos a través de tantas vicisitudes históricas por un destino superior común.
»(…) El rubor nos embargaba al ver que para oprimir a los catalanes se invocaban las cosas más nobles, profanadas por la tiranía. ¿Vosotros os doléis, justamente, de que se oprimiese a Cataluña? ¿Pero no habíamos de indignarnos aún más al ver que para oprimir a vuestra Patria se ponía como pretexto a otra Patria? (…)
»Yo no soy patriota (…) Mas si no soy patriota, sí soy español por los cuatro costados, aunque no sea españolista. (…)
»Gracias al catalanismo será libre Cataluña; y al trabajar nosotros, apuntalados en vosotros, trabajamos para la misma libertad nuestra, y así obtendremos la libertad de España. Porque muy lejos de ser irreconciliables, la libertad de Cataluña y la libertad de España son la misma cosa. Yo creo que esta liberación conjunta no romperá los lazos comunes entre Cataluña y lo que seguiría siendo el resto de España. Creo que entre el pueblo vuestro y el mío hay demasiados lazos espirituales, históricos y económicos para que un día, enfadándonos todos, nos volviésemos las espaldas como si jamás nos hubiéramos conocido. Es lógico que en tiempos de lucha establezcamos el inventario cuidadoso de lo que nos separa; pero será también bueno que un día nos pongamos a reflexionar sobre lo que verdaderamente ‑no administrativamente, sino espiritualmente‑ nos une.»
Sea.
Primavera de 1864. Senado español. Manuel Sánchez Marín, diputado unionista (o sea, de la cuerda del general O’Donell, a quien los ignorantes llaman cero-coma-Donell) perora contra los particularismos regionales y defiende la idea de leyes iguales para todos los españoles. En ese momento, de forma inesperada, se levanta Pedro de Egaña, político vasco, alavés, fuerista y de ideas políticas nada avanzadas (moderado, Egaña ha sido ya ministro de Gracia y Justicia y de Gobernación en etapas más bien poco liberales).
Esto es lo que dice Egaña, con mis destacados:
«Yo vengo a defender un país que no ha agraviado a Su Señoría, que no ha faltado en lo más mínimo a los Cuerpos Colegisladores, que no ha quebrantado ninguno de los respetos que se debía al resto de la nación. Un país en que no sólo he nacido y recibido la vida material, sino a quien le debo también la vida política, lo poco que valgo y lo que soy; un país que me ha empujado hasta un punto elevadísimo en que hoy inmerecidamente me encuentro por gracia voluntad de la más bondadosa de las Reinas [Egaña había sido nombrado senador vitalicio]; mientras que Su Señoría responde otra clase de sentimientos, y se presenta aquí como el fiscal implacable y severo de una organización social a mi juicio la más perfecta que han conocido las edades pasadas, que conocen las presentes y que conocerán las venideras; de esa organización que dura más de mil años, sin que hayan podido conmoverla y menos destruirla las tempestades políticas que han derruido imperios, destronado dinastías, y hasta hundido nacionalidades de gran fuerza; mientras que aquel pobre rincón ha mantenido incólume esa nacionalidad que ha parecido al Sr. Sánchez Silva tan poco digna de respeto, que ni siquiera la considera acreedora a que se la guarden los fueros de la desgracia.
»(…) Oigo que un señor senador amigo mío se extraña de que use la palabra nacionalidad [En efecto: la cita de Egaña había provocado muchos rumores entre los legisladores]. Claro es que al hablar en la época y momento en que he hablado de nacionalidad, este señor senador conocerá muy bien que siendo aquellas provincias parte de España, no había de hablar de una nacionalidad distinta de la española, pero como dentro de esta gran nacionalidad hay una organización especial que vive dentro de ella con su vida aparte, por eso usaba la palabra nacionalidad al hablar de las provincias vascas. Conozco que tal vez habría sido más exacta la palabra organización; de todas maneras, si a Su Señoría no le parece conveniente la de nacionalidad, la reemplazaré desde luego con la de organización especial.»
Como puede verse, además del hecho de que Egaña no era del mismo Bilbao pero se quedaba cerca (eso de «la organización social más perfecta de las venideras» le quedó pintiparado), la cita sirve para dirimir, con exactitud, para qué se inventó el término de nacionalidad distinguido del de nación. Nacionalidad, en este sentido, era una distinción lingüística, cultural y social que, sin embargo, era de posible desarrollo dentro de la nación española.
¿Qué pienso yo de todo esto de los nacionalismos? Pues la verdad es que soy gallego, pero no nacionalista. Y lo que pienso se parece bastante a lo que ya dijo, con bastante acierto, un político por el que no siento demasiada simpatía histórica: Manuel Azaña. Azaña pronunció un discurso el 27 de marzo de 1930 en el restaurante Patria de Barcelona. Este ágape formó parte de un conjunto de celebraciones cuyo centro fueron intelectuales de Madrid (Azaña, Marañón, Ortega, Bagaría, y otros) de visita en Barcelona. El viaje fue un agradecimiento organizado por Juan Estelrich por un manifiesto firmado por esos intelectuales castellanos contra la agresión de la dictadura de Primo de Rivera, en ese momento ya acabada, contra el catalán y lo catalán.
Dejemos a hablar a Azaña. Estas palabras pueden encontrarse en sus Obras Completas:
«En días de dolor para todos, singularmente amargos para Cataluña, pensando en vuestros sentimientos maltratados (…) queríamos deciros lo que era menester entonces para que os llegasen unas palabras de ánimo y el testimonio de que no estabais solos. (…) Y esto lo queríamos hacer no de una manera fría o en virtud de un principio general que podía aplicarse de la misma manera a cualquier país lejano, sino con plena conciencia de las realidades de Cataluña, de sus creaciones actuales y del rango que ocupa entre los pueblos peninsulares, unidos a través de tantas vicisitudes históricas por un destino superior común.
»(…) El rubor nos embargaba al ver que para oprimir a los catalanes se invocaban las cosas más nobles, profanadas por la tiranía. ¿Vosotros os doléis, justamente, de que se oprimiese a Cataluña? ¿Pero no habíamos de indignarnos aún más al ver que para oprimir a vuestra Patria se ponía como pretexto a otra Patria? (…)
»Yo no soy patriota (…) Mas si no soy patriota, sí soy español por los cuatro costados, aunque no sea españolista. (…)
»Gracias al catalanismo será libre Cataluña; y al trabajar nosotros, apuntalados en vosotros, trabajamos para la misma libertad nuestra, y así obtendremos la libertad de España. Porque muy lejos de ser irreconciliables, la libertad de Cataluña y la libertad de España son la misma cosa. Yo creo que esta liberación conjunta no romperá los lazos comunes entre Cataluña y lo que seguiría siendo el resto de España. Creo que entre el pueblo vuestro y el mío hay demasiados lazos espirituales, históricos y económicos para que un día, enfadándonos todos, nos volviésemos las espaldas como si jamás nos hubiéramos conocido. Es lógico que en tiempos de lucha establezcamos el inventario cuidadoso de lo que nos separa; pero será también bueno que un día nos pongamos a reflexionar sobre lo que verdaderamente ‑no administrativamente, sino espiritualmente‑ nos une.»
Sea.
lunes, octubre 09, 2006
¡Oops! (Era: Iglesia y franquismo)
De verdad, es desesperante lo patazas que soy.
El otro día colgué en un post, muy ufano, mis primeras fotos. En alguna de ellas hacía referencia a este post, que escribí hara cosa de diez o quince días, que creía publicado. Hoy Blogger me ha informado de que lo tengo en borrador y, por lo tanto, aún ignoto.
A partir de la línea de puntos, va como lo concebí, tan sólo con la novedad de la foto, que ahora sí que sé subirla.
.............
Cuando se habla de Historia, se habla de algo sobre lo que algunos saben algo, unos pocos mucho y la mayoría nada o casi nada. Un terreno abonado para los clichés, los lugares comunes y, en definitiva, las cosas que no son verdad o no lo son del todo.
Que la Iglesia católica española fue uno de los principales ganadores del advenimiento del franquismo es algo que está fuera de toda duda. Pero la imagen, que tal vez algunas o muchas personas tienen, de una jerarquía eclesiástica constantemente plegada a los deseos, filias y fobias de la dictadura es, hemos de reconocerlo, incierta. Son conocidos, o eso creo yo, los casos de los «curas obreros» de los últimos años del franquismo, algunos de ellos decididamente militantes en la oposición al régimen. Pero el repaso, siquiera somero, a este fenómeno, requiere ir un poco más allá.
Mi historia comienza el 12 de diciembre de 1956. No hace ni veinte años que terminó la guerra y un franquismo ya más consolidado, que comienza su periodo de relaciones con Estados Unidos y el resto de Occidente, se siente en la necesidad de armar un poco más el Estado con leyes fundamentales. En el marco de ese debate la Falange, o sea el único partido político permitido en España (que no se llamaba partido, sino Movimiento Nacional) diseña una serie de proyectos de ley del Estado y del gobierno que son el último intento medianamente serio de crear en España un Estado fascista. Sucintamente, lo que la Falange pretende es crear un Estado en el que los ganadores de la guerra, constituidos en un Consejo Nacional, tendrán la potestad de, como se dice hoy, monitorizar la labor de las Cortes, de los ministros del Gobierno e, incluso, del propio jefe del Estado, o sea Franco.
Estos proyectos generaron una notable oposición desde el propio franquismo, algunas de cuyas voces llegaron a acusar a la Falange de querer implantar un régimen soviético (reproche que a los azules les dolió, y mucho). El 12 de diciembre de 1956, en el palacio de El Pardo, Franco habría de escuchar quejas de parecida naturaleza desde un flanco inesperado.
Le fueron a ver los tres cardenales españoles: Pla y Deniel, Quiroga Palacios y Arriba y Castro. En una audiencia que, según fuentes indirectas (Laureano López Rodó), fue muy tensa, los cardenales leyeron una nota en la que, básicamente, le decían al general que esos proyectos de ley suponían crear una dictadura de partido único, como lo habían sido la Alemania nazi y la Italia de Mussolini (grandes aliados de Franco en la guerra civil).
Esta primera rebelión no fue gran cosa. Los cardenales pedían cosas totalmente dentro del régimen, sobre todo el desarrollo del Fuero de los Españoles que, decían, «excluye lo errores del liberalismo». Pero la resistencia debió ser fuerte. López-Rodó sostiene que, algunos días más tarde, Franco le diría a Quiroga Palacios que si la Iglesia quisiera que él se fuese, él se iría.
El siguiente embate de importancia por parte de la Iglesia se produjo el 14 de noviembre de 1963, y se debió a la valentía de un fraile benedictino catalán, Aurelio M. Escarré (en la foto), conocido en Cataluña como Dom Escarré, abad de Montserrat. En dicha fecha, el periódico francés Le Monde publicó unas declaraciones suyas que eran una auténtica bomba. Leídas hoy pueden parecer normales, pero en ese momento, verdaderamente eran toda una prueba de presencia de ánimo.
Lo primero que hacía Escarré era negar el núcleo duro de la filosofía franquista: «No tenemos tras de nosotros 25 años de paz, sino 25 años de victoria»; proceso liderado por un Estado que «no obedece a los principios básicos del cristianismo». Por si no quedaban claras sus intenciones, defendía la coherencia con el cristianismo en principios como que «el pueblo debe escoger su Gobierno y poder cambiarlo si lo desea». Para Escarré, la persistencia de presos políticos en las cárceles franquistas era demostración palpable de que la paz era una paz falsa, inexistente.
Más: «El Régimen obstaculiza el desarrollo de la cultura catalana». Acto seguido, explica: «En gran mayoría, no somos los catalanes separatistas. Cataluña es una nación entre las nacionalidades españolas. Tenemos derecho, como cualquier otra minoría, a nuestra cultura, a nuestra historia, a nuestras costumbres, que tienen su personalidad en el seno de España. Somos españoles, no castellanos».
Vaya tela, ¿eh? Decir que Cataluña es una nación da problemillas en el 2006. Pero es que estamos hablando de más de cuarenta años antes.
Y la ola no remitió. En 1966, un centenar… ¡de sacerdotes!, se manifestó por la Via Laietana de Barcelona, gritando «Volem bisbes catalans» [si falta algún signo ortográfico lo siento; desconozco la ortografía del catalán], o sea: queremos obispos catalanes. Por ello, a pesar de ser cien, y de ser curas, se les envió a la policía, que los disolvió. El centro del conflicto era la decisión de nombrar a un no catalán, Marcelo González, obispo coadjutor de la diócesis condal. El Régimen hizo aparecer, en los barrios obreros de la ciudad, pintadas presuntamente debidas a la fuerte inmigración hacia Cataluña que rezaban: «Como somos mayoría, lo queremos de Almería».
El divorcio entre Estado e Iglesia se fue haciendo más patente. El 30 de mayo de 1969, tuvo lugar en el Cerro de los Ángeles, en Madrid, un acto para celebrar el 50 aniversario de la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús, representado allí, en el Cerro, por una colosal estatua de Jesucristo que, en las alturas, parece querer emular al Corcovado de Río de Janeiro. El acto tenía una enorme simbología franquista, porque esa misma estatua había sido especialmente vejada, durante la guerra civil, por los republicanos, los cuales realizaron un amago de fusilamiento de Jesucristo.
En los discursos pronunciados por los prelados no se hizo ni la más mínima mención a estos hechos; ni siquiera a la persona de Franco.
Este silencio provocó una carta «teledirigida» de un sedicente jesuita, que firmaba con iniciales, en la revista Fuerza Nueva, dirigida por Blas Piñar y absolutamente alineada con el franquismo, incluso mucho después de que éste desapareciese. Esta carta, además de echar pestes sobre el cardenal primado de España, cardenal Enrique y Tarancón, que luego fuera uno de los puntales de la transición política, se hacía eco de unos rumores según los cuales el general de los jesuitas, padre Pedro Arrupe, no quería venir a España para no tener que estrechar la mano de Franco (aunque lo hizo unos nueve meses después de esta carta). Esta publicación generó una muy agria polémica entre la revista y la jerarquía eclesiástica.
Con todo, el definitivo divorcio entre la Iglesia y el franquismo (o cierta Iglesia, pues estamos hablando de una institución que sabe ser multifronte) se produjo por el nacionalismo vasco. Conforme avanzaba la década de los sesenta, las actividades de una organización independentista, la ETA, se iban haciendo cada vez más dañinas y frecuentes. Y fue sólo cuestión de tiempo que, en las detenciones practicadas por la policía, acabasen apareciendo sacerdotes. En general, el fenómeno de los curas de izquierdas empezaba a producirse. A finales de 1969, se produjo en Asturias un hecho insólito: una huelga de misa. Los sacerdotes, en un auténtico lock-out espiritual, se negaron a decir misa, en solidaridad con una huelga de mineros.
En junio de 1970, nueve sacerdotes de la diócesis de Bilbao fueron detenidos tras haber sido condenados por un tribunal militar por «falta de respeto y ofensas a la autoridad» en una serie de homilías pronunciadas un año antes. El obispo de Bilbao, monseñor Cirarda, respondió suspendiendo los actos de la fiesta religiosa del Sagrado Corazón de Jesús, el 5 de julio. Y ojito con la nota que hace pública el obispo el día 6 (las cursivas son mías): «Lamentamos y desaprobamos las reacciones desmedidas que hayan podido producirse en la búsqueda de la libertad legítima». Con un par.
El 13 de junio, el mismo obispo Cirarda le comunicó a la alcaldesa de Bilbao, Pilar Careaga, la suspensión del Te Deum que se tenía que celebrar el día 19 en la basílica de Begoña, en conmemoración de la toma (entonces liberación) de Bilbao por las tropas franquistas.
Poco tiempo después, en el denominado Proceso de Burgos (que da él solito para un post), la situación llegaría al clímax: dentro del grupo de militantes de ETA procesados se encontraban dos sacerdotes: Juan Echave Garitacelaya, párroco o más bien ex párroco de Acitaín; y Juan Calzada Ugalde, coadjutor de la parroquia de Yurreta, en Durango.
Había comenzado la década de los setenta. La de las asambleas obreras en las iglesias, los curas sin sotana y con jerseys de cuello alto, esas cosas. Pero antes que ésos, que nadaron en las aguas turbulentas del tardofranquismo, hubo otros que, en circunstancias mucho más complejas, defendieron, de una forma más o menos taimada, el regreso de las libertades.
Llevo muchos años apartado de la fe católica, en la que fui educado. Pero hay cosas que aún recuerdo. Por ejemplo, que hay que darle al César lo que es del César.
El otro día colgué en un post, muy ufano, mis primeras fotos. En alguna de ellas hacía referencia a este post, que escribí hara cosa de diez o quince días, que creía publicado. Hoy Blogger me ha informado de que lo tengo en borrador y, por lo tanto, aún ignoto.
A partir de la línea de puntos, va como lo concebí, tan sólo con la novedad de la foto, que ahora sí que sé subirla.
.............
Cuando se habla de Historia, se habla de algo sobre lo que algunos saben algo, unos pocos mucho y la mayoría nada o casi nada. Un terreno abonado para los clichés, los lugares comunes y, en definitiva, las cosas que no son verdad o no lo son del todo.
Que la Iglesia católica española fue uno de los principales ganadores del advenimiento del franquismo es algo que está fuera de toda duda. Pero la imagen, que tal vez algunas o muchas personas tienen, de una jerarquía eclesiástica constantemente plegada a los deseos, filias y fobias de la dictadura es, hemos de reconocerlo, incierta. Son conocidos, o eso creo yo, los casos de los «curas obreros» de los últimos años del franquismo, algunos de ellos decididamente militantes en la oposición al régimen. Pero el repaso, siquiera somero, a este fenómeno, requiere ir un poco más allá.
Mi historia comienza el 12 de diciembre de 1956. No hace ni veinte años que terminó la guerra y un franquismo ya más consolidado, que comienza su periodo de relaciones con Estados Unidos y el resto de Occidente, se siente en la necesidad de armar un poco más el Estado con leyes fundamentales. En el marco de ese debate la Falange, o sea el único partido político permitido en España (que no se llamaba partido, sino Movimiento Nacional) diseña una serie de proyectos de ley del Estado y del gobierno que son el último intento medianamente serio de crear en España un Estado fascista. Sucintamente, lo que la Falange pretende es crear un Estado en el que los ganadores de la guerra, constituidos en un Consejo Nacional, tendrán la potestad de, como se dice hoy, monitorizar la labor de las Cortes, de los ministros del Gobierno e, incluso, del propio jefe del Estado, o sea Franco.
Estos proyectos generaron una notable oposición desde el propio franquismo, algunas de cuyas voces llegaron a acusar a la Falange de querer implantar un régimen soviético (reproche que a los azules les dolió, y mucho). El 12 de diciembre de 1956, en el palacio de El Pardo, Franco habría de escuchar quejas de parecida naturaleza desde un flanco inesperado.
Le fueron a ver los tres cardenales españoles: Pla y Deniel, Quiroga Palacios y Arriba y Castro. En una audiencia que, según fuentes indirectas (Laureano López Rodó), fue muy tensa, los cardenales leyeron una nota en la que, básicamente, le decían al general que esos proyectos de ley suponían crear una dictadura de partido único, como lo habían sido la Alemania nazi y la Italia de Mussolini (grandes aliados de Franco en la guerra civil).
Esta primera rebelión no fue gran cosa. Los cardenales pedían cosas totalmente dentro del régimen, sobre todo el desarrollo del Fuero de los Españoles que, decían, «excluye lo errores del liberalismo». Pero la resistencia debió ser fuerte. López-Rodó sostiene que, algunos días más tarde, Franco le diría a Quiroga Palacios que si la Iglesia quisiera que él se fuese, él se iría.
El siguiente embate de importancia por parte de la Iglesia se produjo el 14 de noviembre de 1963, y se debió a la valentía de un fraile benedictino catalán, Aurelio M. Escarré (en la foto), conocido en Cataluña como Dom Escarré, abad de Montserrat. En dicha fecha, el periódico francés Le Monde publicó unas declaraciones suyas que eran una auténtica bomba. Leídas hoy pueden parecer normales, pero en ese momento, verdaderamente eran toda una prueba de presencia de ánimo.
Lo primero que hacía Escarré era negar el núcleo duro de la filosofía franquista: «No tenemos tras de nosotros 25 años de paz, sino 25 años de victoria»; proceso liderado por un Estado que «no obedece a los principios básicos del cristianismo». Por si no quedaban claras sus intenciones, defendía la coherencia con el cristianismo en principios como que «el pueblo debe escoger su Gobierno y poder cambiarlo si lo desea». Para Escarré, la persistencia de presos políticos en las cárceles franquistas era demostración palpable de que la paz era una paz falsa, inexistente.Más: «El Régimen obstaculiza el desarrollo de la cultura catalana». Acto seguido, explica: «En gran mayoría, no somos los catalanes separatistas. Cataluña es una nación entre las nacionalidades españolas. Tenemos derecho, como cualquier otra minoría, a nuestra cultura, a nuestra historia, a nuestras costumbres, que tienen su personalidad en el seno de España. Somos españoles, no castellanos».
Vaya tela, ¿eh? Decir que Cataluña es una nación da problemillas en el 2006. Pero es que estamos hablando de más de cuarenta años antes.
Y la ola no remitió. En 1966, un centenar… ¡de sacerdotes!, se manifestó por la Via Laietana de Barcelona, gritando «Volem bisbes catalans» [si falta algún signo ortográfico lo siento; desconozco la ortografía del catalán], o sea: queremos obispos catalanes. Por ello, a pesar de ser cien, y de ser curas, se les envió a la policía, que los disolvió. El centro del conflicto era la decisión de nombrar a un no catalán, Marcelo González, obispo coadjutor de la diócesis condal. El Régimen hizo aparecer, en los barrios obreros de la ciudad, pintadas presuntamente debidas a la fuerte inmigración hacia Cataluña que rezaban: «Como somos mayoría, lo queremos de Almería».
El divorcio entre Estado e Iglesia se fue haciendo más patente. El 30 de mayo de 1969, tuvo lugar en el Cerro de los Ángeles, en Madrid, un acto para celebrar el 50 aniversario de la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús, representado allí, en el Cerro, por una colosal estatua de Jesucristo que, en las alturas, parece querer emular al Corcovado de Río de Janeiro. El acto tenía una enorme simbología franquista, porque esa misma estatua había sido especialmente vejada, durante la guerra civil, por los republicanos, los cuales realizaron un amago de fusilamiento de Jesucristo.
En los discursos pronunciados por los prelados no se hizo ni la más mínima mención a estos hechos; ni siquiera a la persona de Franco.
Este silencio provocó una carta «teledirigida» de un sedicente jesuita, que firmaba con iniciales, en la revista Fuerza Nueva, dirigida por Blas Piñar y absolutamente alineada con el franquismo, incluso mucho después de que éste desapareciese. Esta carta, además de echar pestes sobre el cardenal primado de España, cardenal Enrique y Tarancón, que luego fuera uno de los puntales de la transición política, se hacía eco de unos rumores según los cuales el general de los jesuitas, padre Pedro Arrupe, no quería venir a España para no tener que estrechar la mano de Franco (aunque lo hizo unos nueve meses después de esta carta). Esta publicación generó una muy agria polémica entre la revista y la jerarquía eclesiástica.
Con todo, el definitivo divorcio entre la Iglesia y el franquismo (o cierta Iglesia, pues estamos hablando de una institución que sabe ser multifronte) se produjo por el nacionalismo vasco. Conforme avanzaba la década de los sesenta, las actividades de una organización independentista, la ETA, se iban haciendo cada vez más dañinas y frecuentes. Y fue sólo cuestión de tiempo que, en las detenciones practicadas por la policía, acabasen apareciendo sacerdotes. En general, el fenómeno de los curas de izquierdas empezaba a producirse. A finales de 1969, se produjo en Asturias un hecho insólito: una huelga de misa. Los sacerdotes, en un auténtico lock-out espiritual, se negaron a decir misa, en solidaridad con una huelga de mineros.
En junio de 1970, nueve sacerdotes de la diócesis de Bilbao fueron detenidos tras haber sido condenados por un tribunal militar por «falta de respeto y ofensas a la autoridad» en una serie de homilías pronunciadas un año antes. El obispo de Bilbao, monseñor Cirarda, respondió suspendiendo los actos de la fiesta religiosa del Sagrado Corazón de Jesús, el 5 de julio. Y ojito con la nota que hace pública el obispo el día 6 (las cursivas son mías): «Lamentamos y desaprobamos las reacciones desmedidas que hayan podido producirse en la búsqueda de la libertad legítima». Con un par.
El 13 de junio, el mismo obispo Cirarda le comunicó a la alcaldesa de Bilbao, Pilar Careaga, la suspensión del Te Deum que se tenía que celebrar el día 19 en la basílica de Begoña, en conmemoración de la toma (entonces liberación) de Bilbao por las tropas franquistas.
Poco tiempo después, en el denominado Proceso de Burgos (que da él solito para un post), la situación llegaría al clímax: dentro del grupo de militantes de ETA procesados se encontraban dos sacerdotes: Juan Echave Garitacelaya, párroco o más bien ex párroco de Acitaín; y Juan Calzada Ugalde, coadjutor de la parroquia de Yurreta, en Durango.
Había comenzado la década de los setenta. La de las asambleas obreras en las iglesias, los curas sin sotana y con jerseys de cuello alto, esas cosas. Pero antes que ésos, que nadaron en las aguas turbulentas del tardofranquismo, hubo otros que, en circunstancias mucho más complejas, defendieron, de una forma más o menos taimada, el regreso de las libertades.
Llevo muchos años apartado de la fe católica, en la que fui educado. Pero hay cosas que aún recuerdo. Por ejemplo, que hay que darle al César lo que es del César.
jueves, octubre 05, 2006
Un tal García
Amigo Omalaled, yo nunca amenazo en falso ;-)
Hay una cita que siempre nos ha hecho mucho mal a los españoles. Dice: «¡Que inventen ellos!»; y se debe a Miguel de Unamuno, literato y filósofo vasco, quien también tuvo la inteligencia y el arrojo de decir otras frases famosas más acertadas, como el famoso «venceréis, pero no convenceréis» que le soltó a José Millán Astray, fundador de la Legión y brazo armado (el que le quedaba) de Franco.
La actitud del Unamumo que defendió esta idea era la de un hombre de profunda moral cristiana que se sentía preocupado por la deshumanización de los usos sociales a causa de la industrialización. Con una capacidad muy característica en él de confundir, en realidad, las cosas, identificó industrialización con progreso y ciencia, iniciando una cruzada contra ambas que le hizo escribir cosas como ésta (1913): «Hago votos por la derrota de la técnica y hasta de la ciencia, de todo ideal que se contraiga al enriquecimiento, la prosperidad terrenal y el engrandecimiento territorial y mercantil». Como puede verse, estas líneas transmiten un tufo ya anticuado a principios del siglo XX, mezcla de antirracionalismo y socialismo primario. Además, eran líneas pensadas y escritas por un pensador muy profundo, pero también muy orgulloso y terco. Una famosa anécdota de Unamuno nos cuenta que cuando recibió un premio nacional de manos del rey Alfonso XIII lo agradeció diciendo más o menos esto: «Quiero agradecer a Su Majestad la entrega de este galardón, que merezco». «Qué curioso», le contestó el rey; «todas las personas que han recibido este premio antes que usted han declarado no merecerlo». A lo que Unamuno contestó: «Es que, Majestad, ellos no lo merecían».
En cualquier caso, que es de lo que quiero hablar, esta frase de Unamuno refleja muy bien que, antes y después de él, la actitud básica de la sociedad española, e incluso de sus poderes públicos, ha sido fría hacia la ciencia. Y ésta es la razón de que, durante el bachillerato, estudiemos la ley de Hooke, las de Faraday, la de Boyle-Mariotte, el sistema cartesiano (de Descartes) o la geometría riemanniana. Pero nunca estudiamos el teorema de Pérez, o la ley de Bofarull, o las ecuaciones de Goikoetxea. No estamos.
Así que hoy quiero yo lavar un poco esa imagen contándoos la historia de un español que inventó algo de gran interés para la ciencia. De tanto interés, en realidad, que buena parte de vosotros, si no lo habéis tenido, lo tendréis alguna vez en la boca.
No, no. El espárrago se recolecta. No se inventa. No va por ahí.
El invento es el laringoscopio. Un aparato de uso común hoy en día por esos médicos a los que tanta gente llama el Doctor Rino, y que son los otorrinolaringólogos, o sea especialistas en garganta, nariz y oído. Sirve para echar un vistazo a la laringe, donde están las cuerdas vocales y algunas otras cosas, para vigilar enfermedades, problemas y tal.
Pues bien, el laringoscopio lo inventó un español. Un español tan español, que se apellidaba García. Y no lo inventó por interés en la ciencia. A García, lo que le gustaba de verdad era la ópera, el bel canto. La historia de su invento es la historia de una frustración.
La historia comienza en Sevilla, en 1775. Éstas fueron las coordenadas de espaciotiempo, que diría Einstein, en las que nació Manuel Rodríguez Aguilar, quien se puso el nombre artístico de Manuel del Pópolo García. García senior era, nos dicen las crónicas, un cantante pulquérrimo, motivo por el cual triunfó en Europa entera, Nueva York y México y, de hecho, fue el introductor de la ópera en España. Fue nada menos que uno de los cantantes preferidos de Rossini, quien lo buscó para que interpretase óperas como Otello y El Barbero de Sevilla, de la que se dice, incluso, que la compuso en su honor.
Después de los García, ninguna dinastía de líricos españoles les ha superado. Manuel del Pópolo tuvo tres hijos: Manuel, María Felisa y Paulina. Fijémonos primero en ellas.
Paulina García Sitches, más conocida tras su matrimonio como La Viardot, triunfó en toda Europa cantando óperas, sobre todo de Bellini. Estrenó obras de Saint Saëns o Massenet y, tras su retirada, fue amante en París de un personaje descollante de las letras, el escritor ruso Ivan Turgeniev. De pequeña, su padre le habría procurado maestros tan buenos como Franz List, quien le dio clases de piano; o su hermano Manuel, de quien acabaremos hablando.
María Felisa, por su parte, reinó en los escenarios operísticos del mundo decimonónico con el sobrenombre, tomado también de su marido, de La Malibrán. De no morir a los 28 años, a causa de una caída del caballo, su fama, ya de por sí muy elevada (Rossini decía de ella que no había otra igual), habría sido mítica.
O sea, situaros: el padre, un dios, incluso para Rossini. Las hermanas, pisando fuerte por los escenarios de Europa. Todos excelentes cantantes de ópera. ¿Qué podría ser Manuel García? Pues claro: cantante. Las crónicas valoran su voz de barítono, sí; pero ni modo, como dicen en México, igual que su padre.
Volvamos a Manuel senior. Hay una cosa que sabemos de él, y es que trataba a sus hijos a patadas. Si conocéis la historia de los famosos cinco hermanos Jackson, que pasaron su infancia y adolescencia esclavizados por un padre que quería que sus hijos fuesen estrellas del rock, le habréis pillado el punto a lo que os cuento. Manuel del Pópolo vivía dedicado a su arte, y sus hijos también. Esto supone nacer y crecer focalizado en el éxito. La pregunta es qué pasa si el éxito no llega.
Tanto La Viardot como La Malibrán no sufrieron ese problema. Pero Manuel sí. De Manuel García hijo no nos quedan testimonios de grandes plazas operísticas tendidas a sus pies, aplaudiendo durante largos minutos, reclamando bises. Fue un excelente profesor de canto, sí. Pero no fue un cantante descollante.
Y aquí es donde entra su faceta como médico.
Todo el arte de un cantante de ópera está en su laringe, en sus cuerdas vocales. Así que la laringe acabó por obsesionar a nuestro Manuel García. Las crónicas nos dicen que, como médico, pasaba horas diseccionando las laringes de perros muertos, para intentar comprender el mecanismo de producción de la voz. Asimismo, continuó sus labores en personas durante su actividad como médico militar, en París 1830, cuando tuvo que abandonar sus clases de canto a causa de la inestabilidad revolucionaria de la época.
Sin embargo, Manuel sabía que para poder avanzar de verdad en su conocimiento, necesitaba poder ver laringes vivas. O sea, su propia laringe.
Un día, observando un espejo de los que ya se utilizaban por los sacamuelas para visualizar las zonas recónditas de la boca, tuvo la idea de adjuntarle un mango doblado y proyectar sobre dicho espejo, una vez colocado al principio de la garganta, la luz solar usando un espejo. Así pudo observar su propia laringe, que se convirtió, por lo tanto, en la primera laringe viva jamás observada por el hombre. Corría el año 1854.
En el 55, presentó ante la prestigiosísima Royal Society de Londres una memoria sobre la fisiología de la voz humana, en la que analizaba la producción de la voz por efecto de la glotis y los mecanismos musculares que son capaces de modificar el timbre, la intensidad, etc.
Estos trabajos le granjearon a García el doctorado honoris causa por diversas universidades europeas, el nombramiento de comendador de la Real Orden Victoriana, la Gran Medalla de la Ciencia Alemana y la Gran Cruz de Alfonso XII. En 1903, cuando cumplió 100 años, fue homenajeado. En Londres.
Que inventen ellos.
Una pista más. Hijo de Manuel García fue Gustav García, que llegaría a ser profesor de canto en el Royal College of Music de Londres. El hijo de éste, Albert García, fue barítono, y muy célebre.
A veces, cuando historiamos, y sobre todo si hacemos lo que más nos gusta en este blog, que es historiar la experiencia de las personas, hay que echar volar un poco la imaginación. Vosotros podéis pensar lo que queráis, pero a mí me parece que al pobre Manuel García, inventor del laringoscopio, investigador de la medicina reputado y reconocido en las grandes plazas de la Ciencia mundial, todo lo que le movía era la frustración. La frustración de no ser un barítono cimero. De no ser tan bueno como su padre, de merecer sus patadas y sus riñas de la niñez. De no llegarle ni a la suela de los zapatos a sus famosísimas hermanas.
Manuel García no quiso ser un héroe de la ciencia. Quiso cantar como los ángeles, pero no lo consiguió. Y, por no conseguirlo, por tratar de comprender el por qué, por tratar de contestar a la pregunta de por qué su voz no era todo lo limpia, todo lo potente, todo lo versátil que sus sueños le exigían, se lanzó a una investigación que, estoy seguro, salvó vidas. Porque antes de que el hombre pudiese observar laringes vivas, ya me diréis cómo se las ingeniaba para encontrar en ellas pólipos, tumores y otras malignidades.
Merece un premio, un recuerdo, ¿no os parece? Y merece, sobre todo, que, aunque no nos oiga ni nos lea, le musitemos: Tranqui, tío. Superaste a tu padre.
Hay una cita que siempre nos ha hecho mucho mal a los españoles. Dice: «¡Que inventen ellos!»; y se debe a Miguel de Unamuno, literato y filósofo vasco, quien también tuvo la inteligencia y el arrojo de decir otras frases famosas más acertadas, como el famoso «venceréis, pero no convenceréis» que le soltó a José Millán Astray, fundador de la Legión y brazo armado (el que le quedaba) de Franco.
La actitud del Unamumo que defendió esta idea era la de un hombre de profunda moral cristiana que se sentía preocupado por la deshumanización de los usos sociales a causa de la industrialización. Con una capacidad muy característica en él de confundir, en realidad, las cosas, identificó industrialización con progreso y ciencia, iniciando una cruzada contra ambas que le hizo escribir cosas como ésta (1913): «Hago votos por la derrota de la técnica y hasta de la ciencia, de todo ideal que se contraiga al enriquecimiento, la prosperidad terrenal y el engrandecimiento territorial y mercantil». Como puede verse, estas líneas transmiten un tufo ya anticuado a principios del siglo XX, mezcla de antirracionalismo y socialismo primario. Además, eran líneas pensadas y escritas por un pensador muy profundo, pero también muy orgulloso y terco. Una famosa anécdota de Unamuno nos cuenta que cuando recibió un premio nacional de manos del rey Alfonso XIII lo agradeció diciendo más o menos esto: «Quiero agradecer a Su Majestad la entrega de este galardón, que merezco». «Qué curioso», le contestó el rey; «todas las personas que han recibido este premio antes que usted han declarado no merecerlo». A lo que Unamuno contestó: «Es que, Majestad, ellos no lo merecían».
En cualquier caso, que es de lo que quiero hablar, esta frase de Unamuno refleja muy bien que, antes y después de él, la actitud básica de la sociedad española, e incluso de sus poderes públicos, ha sido fría hacia la ciencia. Y ésta es la razón de que, durante el bachillerato, estudiemos la ley de Hooke, las de Faraday, la de Boyle-Mariotte, el sistema cartesiano (de Descartes) o la geometría riemanniana. Pero nunca estudiamos el teorema de Pérez, o la ley de Bofarull, o las ecuaciones de Goikoetxea. No estamos.
Así que hoy quiero yo lavar un poco esa imagen contándoos la historia de un español que inventó algo de gran interés para la ciencia. De tanto interés, en realidad, que buena parte de vosotros, si no lo habéis tenido, lo tendréis alguna vez en la boca.
No, no. El espárrago se recolecta. No se inventa. No va por ahí.
El invento es el laringoscopio. Un aparato de uso común hoy en día por esos médicos a los que tanta gente llama el Doctor Rino, y que son los otorrinolaringólogos, o sea especialistas en garganta, nariz y oído. Sirve para echar un vistazo a la laringe, donde están las cuerdas vocales y algunas otras cosas, para vigilar enfermedades, problemas y tal.
Pues bien, el laringoscopio lo inventó un español. Un español tan español, que se apellidaba García. Y no lo inventó por interés en la ciencia. A García, lo que le gustaba de verdad era la ópera, el bel canto. La historia de su invento es la historia de una frustración.
La historia comienza en Sevilla, en 1775. Éstas fueron las coordenadas de espaciotiempo, que diría Einstein, en las que nació Manuel Rodríguez Aguilar, quien se puso el nombre artístico de Manuel del Pópolo García. García senior era, nos dicen las crónicas, un cantante pulquérrimo, motivo por el cual triunfó en Europa entera, Nueva York y México y, de hecho, fue el introductor de la ópera en España. Fue nada menos que uno de los cantantes preferidos de Rossini, quien lo buscó para que interpretase óperas como Otello y El Barbero de Sevilla, de la que se dice, incluso, que la compuso en su honor.
Después de los García, ninguna dinastía de líricos españoles les ha superado. Manuel del Pópolo tuvo tres hijos: Manuel, María Felisa y Paulina. Fijémonos primero en ellas.
Paulina García Sitches, más conocida tras su matrimonio como La Viardot, triunfó en toda Europa cantando óperas, sobre todo de Bellini. Estrenó obras de Saint Saëns o Massenet y, tras su retirada, fue amante en París de un personaje descollante de las letras, el escritor ruso Ivan Turgeniev. De pequeña, su padre le habría procurado maestros tan buenos como Franz List, quien le dio clases de piano; o su hermano Manuel, de quien acabaremos hablando.
María Felisa, por su parte, reinó en los escenarios operísticos del mundo decimonónico con el sobrenombre, tomado también de su marido, de La Malibrán. De no morir a los 28 años, a causa de una caída del caballo, su fama, ya de por sí muy elevada (Rossini decía de ella que no había otra igual), habría sido mítica.
O sea, situaros: el padre, un dios, incluso para Rossini. Las hermanas, pisando fuerte por los escenarios de Europa. Todos excelentes cantantes de ópera. ¿Qué podría ser Manuel García? Pues claro: cantante. Las crónicas valoran su voz de barítono, sí; pero ni modo, como dicen en México, igual que su padre.
Volvamos a Manuel senior. Hay una cosa que sabemos de él, y es que trataba a sus hijos a patadas. Si conocéis la historia de los famosos cinco hermanos Jackson, que pasaron su infancia y adolescencia esclavizados por un padre que quería que sus hijos fuesen estrellas del rock, le habréis pillado el punto a lo que os cuento. Manuel del Pópolo vivía dedicado a su arte, y sus hijos también. Esto supone nacer y crecer focalizado en el éxito. La pregunta es qué pasa si el éxito no llega.
Tanto La Viardot como La Malibrán no sufrieron ese problema. Pero Manuel sí. De Manuel García hijo no nos quedan testimonios de grandes plazas operísticas tendidas a sus pies, aplaudiendo durante largos minutos, reclamando bises. Fue un excelente profesor de canto, sí. Pero no fue un cantante descollante.
Y aquí es donde entra su faceta como médico.
Todo el arte de un cantante de ópera está en su laringe, en sus cuerdas vocales. Así que la laringe acabó por obsesionar a nuestro Manuel García. Las crónicas nos dicen que, como médico, pasaba horas diseccionando las laringes de perros muertos, para intentar comprender el mecanismo de producción de la voz. Asimismo, continuó sus labores en personas durante su actividad como médico militar, en París 1830, cuando tuvo que abandonar sus clases de canto a causa de la inestabilidad revolucionaria de la época.
Sin embargo, Manuel sabía que para poder avanzar de verdad en su conocimiento, necesitaba poder ver laringes vivas. O sea, su propia laringe.
Un día, observando un espejo de los que ya se utilizaban por los sacamuelas para visualizar las zonas recónditas de la boca, tuvo la idea de adjuntarle un mango doblado y proyectar sobre dicho espejo, una vez colocado al principio de la garganta, la luz solar usando un espejo. Así pudo observar su propia laringe, que se convirtió, por lo tanto, en la primera laringe viva jamás observada por el hombre. Corría el año 1854.
En el 55, presentó ante la prestigiosísima Royal Society de Londres una memoria sobre la fisiología de la voz humana, en la que analizaba la producción de la voz por efecto de la glotis y los mecanismos musculares que son capaces de modificar el timbre, la intensidad, etc.
Estos trabajos le granjearon a García el doctorado honoris causa por diversas universidades europeas, el nombramiento de comendador de la Real Orden Victoriana, la Gran Medalla de la Ciencia Alemana y la Gran Cruz de Alfonso XII. En 1903, cuando cumplió 100 años, fue homenajeado. En Londres.
Que inventen ellos.
Una pista más. Hijo de Manuel García fue Gustav García, que llegaría a ser profesor de canto en el Royal College of Music de Londres. El hijo de éste, Albert García, fue barítono, y muy célebre.
A veces, cuando historiamos, y sobre todo si hacemos lo que más nos gusta en este blog, que es historiar la experiencia de las personas, hay que echar volar un poco la imaginación. Vosotros podéis pensar lo que queráis, pero a mí me parece que al pobre Manuel García, inventor del laringoscopio, investigador de la medicina reputado y reconocido en las grandes plazas de la Ciencia mundial, todo lo que le movía era la frustración. La frustración de no ser un barítono cimero. De no ser tan bueno como su padre, de merecer sus patadas y sus riñas de la niñez. De no llegarle ni a la suela de los zapatos a sus famosísimas hermanas.
Manuel García no quiso ser un héroe de la ciencia. Quiso cantar como los ángeles, pero no lo consiguió. Y, por no conseguirlo, por tratar de comprender el por qué, por tratar de contestar a la pregunta de por qué su voz no era todo lo limpia, todo lo potente, todo lo versátil que sus sueños le exigían, se lanzó a una investigación que, estoy seguro, salvó vidas. Porque antes de que el hombre pudiese observar laringes vivas, ya me diréis cómo se las ingeniaba para encontrar en ellas pólipos, tumores y otras malignidades.
Merece un premio, un recuerdo, ¿no os parece? Y merece, sobre todo, que, aunque no nos oiga ni nos lea, le musitemos: Tranqui, tío. Superaste a tu padre.
miércoles, octubre 04, 2006
Por fin
Por fin he logrado vencer a mi propia estupidez. Merced a la ayuda de buenos amigos (gracias, Ana Saturno, y Berna. Y gracias, Sergio, por ofrecerte), he conseguido ser capaz de traerme imágenes a las entradas de este blog. A pesar de que las últimas horas han sido de frenética actividad bloguera (dos entradas en un día, cuando el ritmo habitual ya está acelerado cuando hay dos en una semana), estoy un poco como un niño con zapatos nuevos (bueno, eso no, porque tengo pies planos y para mí unos zapatos nuevos son una perspectiva más bien jodida), así que voy a recapitular aquí con algunas imágenes de posts recientes.
Hablábamos hace poco de Dom Escarré, abad de Montserrat, de sus valientes declaraciones a Le Monde, en la primera mitad de los sesenta, reivindicando el catalanismo y la democracia. Y decía entonces que el franquismo le había reprochado amargamente esas palabras, con un argumento tipo ¡con lo que los rojos hicieron contra la Iglesia! Además, recordaréis lo mucho que le dolió a los franquistas que no hubiese referencias a Franco por parte de los obispos durante el aniversario de la liberación del Cerro de los Ángeles, en Getafe.
Pues bien: esto fue lo que pasó, durante la guerra, allí. Las tropas republicanas, en efecto, se desempeñaron con especial crueldad, y desprecio, contra este santurario católico. En esta foto, unos milicianos «fusilan» a la enorme imagen del Sagrado Corazón que corona el Cerro.
Hablábamos hace poco de Dom Escarré, abad de Montserrat, de sus valientes declaraciones a Le Monde, en la primera mitad de los sesenta, reivindicando el catalanismo y la democracia. Y decía entonces que el franquismo le había reprochado amargamente esas palabras, con un argumento tipo ¡con lo que los rojos hicieron contra la Iglesia! Además, recordaréis lo mucho que le dolió a los franquistas que no hubiese referencias a Franco por parte de los obispos durante el aniversario de la liberación del Cerro de los Ángeles, en Getafe.
Pues bien: esto fue lo que pasó, durante la guerra, allí. Las tropas republicanas, en efecto, se desempeñaron con especial crueldad, y desprecio, contra este santurario católico. En esta foto, unos milicianos «fusilan» a la enorme imagen del Sagrado Corazón que corona el Cerro.
También os hablé del entierro, el 16 de abril de 1936, del alférez De los Reyes, y de cómo fueron tiroteados los asistentes. Aquí está la foto de la os hablaba.
Y, por último, del golpe de Estado de Queipo en Sevilla, esta foto, a mi modo de ver tristísima. Un probo burgués que hace guardia en plena calle, armado con una pistola.
Espero que se vean medio bien.
Homenaje al emigrante
En este post quiero hacer un homenaje al emigrante español. En los años cincuenta, sesenta y setenta, centenares de miles de españoles, de todo el país, empujados por la pobreza, tuvieron que salir de España a trabajar en Europa, en América, en Australia. Trenes y barcos fueron sus cayucos. Se fueron a lugares cuyas lenguas no hablaban, a realizar los trabajos que los naturales de aquellos países no querían hacer. Muchos de ellos, pese a desearlo ardientemente, nunca han vuelto.
martes, octubre 03, 2006
Sevilla, 1936: la chapuza nacional
Dedicado a mi amigo Calvin, sevillano de pro.
En un reciente post me comprometí a abordar el relato somero de dos ejemplos iguales pero distantes del golpe de Estado militar de julio de 1936 en España, que inició la guerra civil: Sevilla y Barcelona. Iguales, porque ambos fueron auténticas chapuzas desde el punto de vista conspirativo y, sobre todo, militar. Distintos, por razones obvias: el resultado fue diametralmente opuesto, pues mientras Sevilla, de la que escribiré hoy, acabó en manos de los nacionales, Barcelona fue hasta casi el final de la guerra de los republicanos.
Que el golpe de Estado en Sevilla fue una chapuza lo avalan datos indiscutibles. En primer lugar, el jefe del golpe, Gonzalo Queipo de Llano, tenía más o menos la misma relación con Sevilla que yo con Queensland, Australia. El golpe en Sevilla se produjo en la mañana del 18 de julio y Queipo llegó a la ciudad el 17 por la noche, después, por cierto, de haber recibido noticia en Huelva de los sucesos de Marruecos (aunque hablamos del golpe del 18 de julio, en realidad fue el 17 cuando las tropas se sublevaron en Marruecos), tras lo cual… se fue al cine.
Las previsiones de apoyos nunca se cumplieron. Al parecer, Queipo contaba con que se le unirían unos 1.500 falangistas, coordinados por un torero de relativa fama en aquel momento, El Aljabeño. Pero cuando en la mañana del 18 Queipo y El Aljabeño se entrevistan en el Hotel Simón de la capital hispalense, el lidiador informa al conspirador que de lo dicho no hay nada, porque los mandos de Falange en Sevilla están en la cárcel y el resto, en buena parte, está formado por estudiantes que en esos días (verano) están de vacaciones fuera de Sevilla. Cuando esa misma mañana Queipo se haga con el control del cuartel de Infantería, se le unirá la asombrosa cifra de… quince falangistas.
La cosa fue, verdaderamente, así: un general sin mando en plaza (en el momento del golpe, Queipo es inspector general de carabineros, o sea no es un militar con mando en cuartel alguno) se presenta en Sevilla de madrugada del 18 (después de haber ido al cine, no sabemos si a ver Misión Imposible) y, al salir el sol, se instala en el puesto de mando de Sevilla, en compañía de tres oficiales (tres, sí; no es una forma de hablar) y se va a ver, en el mismo edificio, al general José Fernández de Villa Abrile, jefe de la guarnición. Ni corto ni perezoso, Queipo le dice al señor que manda que decida: o con él, o contra él (y verdaderamente no miente pues, en ese momento, del lado del golpe, en Sevilla, sólo está él). Aquí se produce una de las primeras claves de la victoria del golpe en Sevilla, porque Villa no le presenta a Queipo, ni mucho menos, oposición frontal. En realidad, lo que más le preocupa a Villa y a sus mandos es que el golpe pueda fracasar y acaben todos exiliados, como Sanjurjo. Queipo, más echado para delante que ellos, los detiene y los encierra en un despacho; aunque encerrar es mucho decir, porque el despacho no tenía llave ni cerrojo (eso sí, tenía un cabo con orden de disparar si alguien huía, pero tampoco tuvo que plantearse si cumplirla o no).
Del puesto de mando, aún en la mañana Queipo se va al cuartel de Infantería, donde se produce una escena cachonda propia de los hermanos Marx. El general, al llegar al cuartel, se encuentra a la tropa armada y formada en el patio. Se dirige al coronel, al que no conoce de nada, y se produce el siguiente diálogo:
QUEIPO: Estrecho su mano, mi querido coronel, y le felicito por su decisión de ponerse de lado de sus compañeros de armas en estos momentos en que se decide el destino de nuestra patria.
CORONEL: Es que yo he decidido apoyar al gobierno.
QUEIPO: Estoooo, ¿podemos continuar esta conversación en su despacho?
El coronel, que como ya se habrá podido adivinar apoyaba al gobierno pero sin pasión (sufría, probablemente, de las mismas dudas filosóficas que Villa Abrile), accede. Una vez en el despacho, Queipo le quita el mando del regimiento. Pero no encuentra otro militar en el cuartel que lo quiera asumir, así que tiene que enviar a alguien a buscar a alguno de los oficiales que le acompañaba. Después de eso… ¡se queda solo con todos los militares a los que ha arrestado!
Es media mañana. En ese momento, Queipo cuenta con los 130 soldados del cuartel y los 15 falangistas despistados. Sevilla tiene, en 1936, un cuarto de millón de habitantes, muchos de ellos furibundamente izquierdistas y es, en cualquier caso, una balsa urbana que flota en un mar de anarquismo rural y está, además, a un tiro de piedra de una peligrosa concentración de izquierdistas con gran capacidad dañina: los mineros de Riotinto, hasta las cejas de explosivos. La cosa no pinta bien. Pero Queipo se las arregló, y ésta es la segunda razón de su éxito, para maximizar sus recursos. Por ejemplo, envió a un grupo de soldados a vigilar la Maestranza de Artillería, donde se guardaban nada menos que 40.000 fusiles. Cuando las milicias izquierdistas quisieron ir allí, la posición ya estaba cogida.
La ocupación propiamente dicha de Sevilla comenzó a eso de las tres de la tarde, cuando un comandante de Intendencia, con 76 soldados (ni uno más, ni uno menos), recibió la orden de Queipo de tomar el edificio de la Telefónica, el Ayuntamiento y el Gobierno Civil (ni uno más, ni uno menos). Se da la circunstancia de que este mismo coronel había estado ya algún tiempo antes, por error, en el Gobierno Civil, donde el gobernador, Varela Rendueles, fuertemente escoltado por guardias de Asalto (la única fuerza armada que fue fiel a la República), le había conminado a hacer profesión de apoyo al gobierno, ante lo que el coronel se había dado la vuelta… y se había marchado, al parecer sin oposición.
Varela dividió sus 76 hombres en tres grupos. Dos de ellos ocuparon casas y calles alrededor de la Telefónica, hostilizando a los guardias que la defendían. Con el tercer grupo, unos 20 hombres, entró en el Ayuntamiento y forzó a rendirse a… ¡sesenta guardias municipales! No tendrían muchas ganas de pelear.
A partir de ahí, a Queipo las cosas empezaron a irle cuesta abajo. La guardia civil, a media tarde, se unió al golpe. Luego lo hicieron los regimientos de Artillería, lo que permitió empezar a hostigar a cañonazos la Telefónica desde la calle Tetuán. Tras la Telefónica, los cañones se desplazaron al Hotel Inglaterra, lleno de milicianos, que capituló; y luego lo hizo el Gobierno Civil, sobre el que ya no hizo falta disparar. Allí, en el Gobierno Civil, fueron reducidos 150 guardias de asalto, dos tanques blindados y dos ametralladoras. Cabe preguntarse qué habría pasado si se hubiera utilizado toda esa fuerza horas antes, cuando a Queipo lo rodeaban tan sólo 130 soldados, probablemente no muy motivados, y 15 falangistas que tendrían que haber sido 100 veces 15.
Para colmo de males de los gubernamentales, también cayeron, en esas primeras horas, Cádiz, Jerez, Algeciras y La Línea. Lo cual quiere decir que los alzados ya tenían dónde desembarcar a sus legionarios. La Legión llegó a Sevilla el 20 de julio, aunque le tomó cuatro días acabar con la resistencia en la ciudad. El general republicano Pozas, director general de la guardia civil, dio orden a un destacamento de la misma en Huelva, ciudad que había permanecido fiel a la República, a que marchase a Sevilla a sofocar la rebelión. Craso error. El comandante Haro no sólo unió sus guardias civiles a la rebelión a su llegada a Sevilla, sino que hizo algo mucho más dañino aún: voló los camiones de dinamita que llegaban de las minas de Ríotinto, paralizando la columna de mineros que avanzaba para recuperar Sevilla. Fue una carnicería. Ambas partes entablaron un tiroteo en un lugar llamado La Pañoleta. Los guardias civiles se dedicaron a tirar al automóvil que encabezaba la columna de camiones, hasta que lo hicieron estallar, explosión que se comunicó a los camiones, cargados de explosivos hasta los topes.
En fin: razones del resultado que se produjo.
En primer lugar: Queipo era un militar chapucero. Ya lo había demostrado en 1930, con su torpísimo alzamiento contra la monarquía, y lo volvió a hacer en Sevilla el 18 de julio de 1936. Sin embargo, tenía un morro que se lo pisaba y era extremadamente temerario. Como creo haber descrito ya, pasó no menos de cuatro o cinco horas en las que era claramente consciente de estar en absoluta minoría como conspirador; pero eso no le importó. Su actitud se parece a la de ese aviador británico interpretado por David Niven que, tras estrellarse en la segunda guerra mundial, salir del avión y encontrarse rodeado por miles de soldados italianos enemigos, les saluda con un simple: ¿A que esperan para rendirse?
Los nacionales desplegaron una notable imaginación para engañar a los sevillanos. El primer contingente de legionarios que llegó a Sevilla era de 20 soldados. Queipo los subió a unos camiones junto con algunos guardias civiles y paisanos y los obligó a pasear continuamente por las calles de Sevilla. Al poco rato, todo el mundo en la ciudad se hacía lenguas de que habían llegado ya centenares, sino miles, de legionarios.
La tercera razón ya la hemos analizado. Las fuerzas militares gubernamentales no hicieron un gran esfuerzo por serlo. Lo cual nos lleva a la siguiente razón: la más que probable confianza de todos los prorrepublicanos de que Sevilla en particular, y Andalucía en general, no se podían perder para la causa republicana, porque estaban preñadas de izquierdistas. Esto pudo provocar cierta selección de mandos militares poco cuidadosa en lo que a las voluntades y fidelidades se refiere.
Todo parece indicar que las fuerzas del Frente Popular no estuvieron finas contestándole a Queipo. Tardaron mucho y perdieron mucho tiempo quemando iglesias y casas de gente rica, en lugar de ponerse al torrao de atacar a los alzados (que entonces eran muy pocos).
Por último, hay que recordar otra genialidad de Queipo: el uso de la radio. Radio Sevilla pasó la tarde del 18 en manos de los republicanos, que lanzaron soflamas a los pueblos para que se alzasen y ocupasen Sevilla. Pero en la noche era ya de Queipo, y ese mismo 18 el general inició una larga serie de monólogos radiados que hicieron mucho por conservar la moral de los derechistas y minar la de los izquierdistas, sobre todo en las primeras jornadas de la guerra.
Es una historia casi increíble. Parece de los Monty Phyton, o más bien de Gila. Un tipo llega a Sevilla en su Hispano-Suiza, llama a la puerta de la Capitanía General y, cuando le abren, dice: «Buenas, que venía a alzarme y a ocupar la ciudad». La guardia le deja pasar y le pregunta: «¿Quiere el café sólo, o con leche?»
En un reciente post me comprometí a abordar el relato somero de dos ejemplos iguales pero distantes del golpe de Estado militar de julio de 1936 en España, que inició la guerra civil: Sevilla y Barcelona. Iguales, porque ambos fueron auténticas chapuzas desde el punto de vista conspirativo y, sobre todo, militar. Distintos, por razones obvias: el resultado fue diametralmente opuesto, pues mientras Sevilla, de la que escribiré hoy, acabó en manos de los nacionales, Barcelona fue hasta casi el final de la guerra de los republicanos.
Que el golpe de Estado en Sevilla fue una chapuza lo avalan datos indiscutibles. En primer lugar, el jefe del golpe, Gonzalo Queipo de Llano, tenía más o menos la misma relación con Sevilla que yo con Queensland, Australia. El golpe en Sevilla se produjo en la mañana del 18 de julio y Queipo llegó a la ciudad el 17 por la noche, después, por cierto, de haber recibido noticia en Huelva de los sucesos de Marruecos (aunque hablamos del golpe del 18 de julio, en realidad fue el 17 cuando las tropas se sublevaron en Marruecos), tras lo cual… se fue al cine.
Las previsiones de apoyos nunca se cumplieron. Al parecer, Queipo contaba con que se le unirían unos 1.500 falangistas, coordinados por un torero de relativa fama en aquel momento, El Aljabeño. Pero cuando en la mañana del 18 Queipo y El Aljabeño se entrevistan en el Hotel Simón de la capital hispalense, el lidiador informa al conspirador que de lo dicho no hay nada, porque los mandos de Falange en Sevilla están en la cárcel y el resto, en buena parte, está formado por estudiantes que en esos días (verano) están de vacaciones fuera de Sevilla. Cuando esa misma mañana Queipo se haga con el control del cuartel de Infantería, se le unirá la asombrosa cifra de… quince falangistas.
La cosa fue, verdaderamente, así: un general sin mando en plaza (en el momento del golpe, Queipo es inspector general de carabineros, o sea no es un militar con mando en cuartel alguno) se presenta en Sevilla de madrugada del 18 (después de haber ido al cine, no sabemos si a ver Misión Imposible) y, al salir el sol, se instala en el puesto de mando de Sevilla, en compañía de tres oficiales (tres, sí; no es una forma de hablar) y se va a ver, en el mismo edificio, al general José Fernández de Villa Abrile, jefe de la guarnición. Ni corto ni perezoso, Queipo le dice al señor que manda que decida: o con él, o contra él (y verdaderamente no miente pues, en ese momento, del lado del golpe, en Sevilla, sólo está él). Aquí se produce una de las primeras claves de la victoria del golpe en Sevilla, porque Villa no le presenta a Queipo, ni mucho menos, oposición frontal. En realidad, lo que más le preocupa a Villa y a sus mandos es que el golpe pueda fracasar y acaben todos exiliados, como Sanjurjo. Queipo, más echado para delante que ellos, los detiene y los encierra en un despacho; aunque encerrar es mucho decir, porque el despacho no tenía llave ni cerrojo (eso sí, tenía un cabo con orden de disparar si alguien huía, pero tampoco tuvo que plantearse si cumplirla o no).
Del puesto de mando, aún en la mañana Queipo se va al cuartel de Infantería, donde se produce una escena cachonda propia de los hermanos Marx. El general, al llegar al cuartel, se encuentra a la tropa armada y formada en el patio. Se dirige al coronel, al que no conoce de nada, y se produce el siguiente diálogo:
QUEIPO: Estrecho su mano, mi querido coronel, y le felicito por su decisión de ponerse de lado de sus compañeros de armas en estos momentos en que se decide el destino de nuestra patria.
CORONEL: Es que yo he decidido apoyar al gobierno.
QUEIPO: Estoooo, ¿podemos continuar esta conversación en su despacho?
El coronel, que como ya se habrá podido adivinar apoyaba al gobierno pero sin pasión (sufría, probablemente, de las mismas dudas filosóficas que Villa Abrile), accede. Una vez en el despacho, Queipo le quita el mando del regimiento. Pero no encuentra otro militar en el cuartel que lo quiera asumir, así que tiene que enviar a alguien a buscar a alguno de los oficiales que le acompañaba. Después de eso… ¡se queda solo con todos los militares a los que ha arrestado!
Es media mañana. En ese momento, Queipo cuenta con los 130 soldados del cuartel y los 15 falangistas despistados. Sevilla tiene, en 1936, un cuarto de millón de habitantes, muchos de ellos furibundamente izquierdistas y es, en cualquier caso, una balsa urbana que flota en un mar de anarquismo rural y está, además, a un tiro de piedra de una peligrosa concentración de izquierdistas con gran capacidad dañina: los mineros de Riotinto, hasta las cejas de explosivos. La cosa no pinta bien. Pero Queipo se las arregló, y ésta es la segunda razón de su éxito, para maximizar sus recursos. Por ejemplo, envió a un grupo de soldados a vigilar la Maestranza de Artillería, donde se guardaban nada menos que 40.000 fusiles. Cuando las milicias izquierdistas quisieron ir allí, la posición ya estaba cogida.
La ocupación propiamente dicha de Sevilla comenzó a eso de las tres de la tarde, cuando un comandante de Intendencia, con 76 soldados (ni uno más, ni uno menos), recibió la orden de Queipo de tomar el edificio de la Telefónica, el Ayuntamiento y el Gobierno Civil (ni uno más, ni uno menos). Se da la circunstancia de que este mismo coronel había estado ya algún tiempo antes, por error, en el Gobierno Civil, donde el gobernador, Varela Rendueles, fuertemente escoltado por guardias de Asalto (la única fuerza armada que fue fiel a la República), le había conminado a hacer profesión de apoyo al gobierno, ante lo que el coronel se había dado la vuelta… y se había marchado, al parecer sin oposición.
Varela dividió sus 76 hombres en tres grupos. Dos de ellos ocuparon casas y calles alrededor de la Telefónica, hostilizando a los guardias que la defendían. Con el tercer grupo, unos 20 hombres, entró en el Ayuntamiento y forzó a rendirse a… ¡sesenta guardias municipales! No tendrían muchas ganas de pelear.
A partir de ahí, a Queipo las cosas empezaron a irle cuesta abajo. La guardia civil, a media tarde, se unió al golpe. Luego lo hicieron los regimientos de Artillería, lo que permitió empezar a hostigar a cañonazos la Telefónica desde la calle Tetuán. Tras la Telefónica, los cañones se desplazaron al Hotel Inglaterra, lleno de milicianos, que capituló; y luego lo hizo el Gobierno Civil, sobre el que ya no hizo falta disparar. Allí, en el Gobierno Civil, fueron reducidos 150 guardias de asalto, dos tanques blindados y dos ametralladoras. Cabe preguntarse qué habría pasado si se hubiera utilizado toda esa fuerza horas antes, cuando a Queipo lo rodeaban tan sólo 130 soldados, probablemente no muy motivados, y 15 falangistas que tendrían que haber sido 100 veces 15.
Para colmo de males de los gubernamentales, también cayeron, en esas primeras horas, Cádiz, Jerez, Algeciras y La Línea. Lo cual quiere decir que los alzados ya tenían dónde desembarcar a sus legionarios. La Legión llegó a Sevilla el 20 de julio, aunque le tomó cuatro días acabar con la resistencia en la ciudad. El general republicano Pozas, director general de la guardia civil, dio orden a un destacamento de la misma en Huelva, ciudad que había permanecido fiel a la República, a que marchase a Sevilla a sofocar la rebelión. Craso error. El comandante Haro no sólo unió sus guardias civiles a la rebelión a su llegada a Sevilla, sino que hizo algo mucho más dañino aún: voló los camiones de dinamita que llegaban de las minas de Ríotinto, paralizando la columna de mineros que avanzaba para recuperar Sevilla. Fue una carnicería. Ambas partes entablaron un tiroteo en un lugar llamado La Pañoleta. Los guardias civiles se dedicaron a tirar al automóvil que encabezaba la columna de camiones, hasta que lo hicieron estallar, explosión que se comunicó a los camiones, cargados de explosivos hasta los topes.
En fin: razones del resultado que se produjo.
En primer lugar: Queipo era un militar chapucero. Ya lo había demostrado en 1930, con su torpísimo alzamiento contra la monarquía, y lo volvió a hacer en Sevilla el 18 de julio de 1936. Sin embargo, tenía un morro que se lo pisaba y era extremadamente temerario. Como creo haber descrito ya, pasó no menos de cuatro o cinco horas en las que era claramente consciente de estar en absoluta minoría como conspirador; pero eso no le importó. Su actitud se parece a la de ese aviador británico interpretado por David Niven que, tras estrellarse en la segunda guerra mundial, salir del avión y encontrarse rodeado por miles de soldados italianos enemigos, les saluda con un simple: ¿A que esperan para rendirse?
Los nacionales desplegaron una notable imaginación para engañar a los sevillanos. El primer contingente de legionarios que llegó a Sevilla era de 20 soldados. Queipo los subió a unos camiones junto con algunos guardias civiles y paisanos y los obligó a pasear continuamente por las calles de Sevilla. Al poco rato, todo el mundo en la ciudad se hacía lenguas de que habían llegado ya centenares, sino miles, de legionarios.
La tercera razón ya la hemos analizado. Las fuerzas militares gubernamentales no hicieron un gran esfuerzo por serlo. Lo cual nos lleva a la siguiente razón: la más que probable confianza de todos los prorrepublicanos de que Sevilla en particular, y Andalucía en general, no se podían perder para la causa republicana, porque estaban preñadas de izquierdistas. Esto pudo provocar cierta selección de mandos militares poco cuidadosa en lo que a las voluntades y fidelidades se refiere.
Todo parece indicar que las fuerzas del Frente Popular no estuvieron finas contestándole a Queipo. Tardaron mucho y perdieron mucho tiempo quemando iglesias y casas de gente rica, en lugar de ponerse al torrao de atacar a los alzados (que entonces eran muy pocos).
Por último, hay que recordar otra genialidad de Queipo: el uso de la radio. Radio Sevilla pasó la tarde del 18 en manos de los republicanos, que lanzaron soflamas a los pueblos para que se alzasen y ocupasen Sevilla. Pero en la noche era ya de Queipo, y ese mismo 18 el general inició una larga serie de monólogos radiados que hicieron mucho por conservar la moral de los derechistas y minar la de los izquierdistas, sobre todo en las primeras jornadas de la guerra.
Es una historia casi increíble. Parece de los Monty Phyton, o más bien de Gila. Un tipo llega a Sevilla en su Hispano-Suiza, llama a la puerta de la Capitanía General y, cuando le abren, dice: «Buenas, que venía a alzarme y a ocupar la ciudad». La guardia le deja pasar y le pregunta: «¿Quiere el café sólo, o con leche?»
lunes, octubre 02, 2006
Parlamento, a tus zapatos
Las guerras civiles y los parlamentos suelen engancharse por medio de una bisagra que se llama concordia. La mayor parte de las veces que un parlamento habla de una guerra civil o de sus consecuencias, es para señalar la necesidad de alimentar la concordia entre los contendientes. Como bien demuestran las decenas, si no centenares o miles, de pronunciamientos de los legisladores franquistas, impresos en el BOE, el leer una guerra civil en términos de ganador y perdedor es un ejercicio que está condenado al fracaso.
Los parlamentos, en realidad, nunca o casi nunca toman partido en las guerras.
miércoles, septiembre 27, 2006
Franco como militar
Mi amigo Inasequible Aldesaliento ataca de nuevo. Y nunca mejor dicho. Hoy os ofrece la recensión de un libro muy interesante, aderezada con sus propios conocimientos.
Y yo no voy a apostillarlo. Primero, porque comparto lo que dice de la cruz a la raya. Y, segundo, porque, en consecuencia, todo lo que podría hacer es abundar en la tesis del texto que viene de seguido, que no es otra que cierta incompetencia militar por parte del general Franco.
Esto es, precisamente, lo que haré. A mayor abundamiento de lo que aquí se dice, me comprometo a escribir dos entradas para este blog, quizá las que sigan a ésta, con la intención de demostraros a los que leáis esto que no es oro todo lo que reluce y que, en realidad, el golpe de Estado franquista fue un poco chapucillas, militarmente hablando. Para ello, tomaré dos ejemplos, uno que le salió bien y otro que le salió mal a los sublevados. A saber: Sevilla y Barcelona.
Una vez que me he complicado la vida con nuevos compromisos, vamos al torrao.
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Franco como militar
© Inasequible Aldesaliento™
El historiador y coronel de Caballería Carlos Blasco Escolá ha escrito un libro al que provocadoramente ha titulado “La incompetencia militar de Franco”. Sólo con el título ya se advierte que los sentimientos del Coronel por el General no son excesivamente afectuosos. Cuando se lee la caracterización que Blasco Escolá hace de Franco, esa impresión se confirma.
Para Blasco Escolá, Franco fue un militar mediocre, poco leído, cuyos conocimientos militares procedían casi exclusivamente de la Guerra de Marruecos, una guerra colonial e irregular, donde el genio militar no estuvo demasiado presente y donde, desde luego, no se podían aprender las lecciones que sobre el arte de la guerra se impartieron en los campos de batalla europeos entre 1914 y 1918. Los únicos aspectos e los que Franco descolló fueron el arribismo, la capacidad para las relaciones públicas y el autobombo y el no perder nunca de vista dónde se hallaba su interés personal, lo que unido a una cierta zorrería hacía que siempre supiera colocarse con presteza bajo el sol que más calienta. Blanco Escolá piensa que Franco reunía todos los rasgos necesarios como para entrar con honores en la obra Sobre la psicología de la incompetencia militar, del historiador militar Norman F. Dixon. Para que no queden dudas sobre su opinión acerca del personaje, Blasco Escola termina apostillando que Franco sin duda era un psicópata.
Ser psicópata ciertamente ayuda para ser dictador, pero la mediocridad y el arribismo no suelen bastar para mantener a nadie en el poder durante cuarenta años. Alguna otra virtud oculta tendría…
Mientras que la caracterización de Franco en la primera parte del libro pueda ser discutible en algunos aspectos, cuando Blasco Escolá pasa a analizar cómo Franco condujo la estrategia nacional en la Guerra Civil, sus descripciones están bien documentadas y son irrefutables. Al final del libro, no nos queda más que exclamar, como hizo Mussolini en su día, refiriéndose a Franco: Ese hombre, o no sabe hacer la guerra o no quiere.
Efectivamente, durante toda la guerra, los nacionales tuvieron ventajas muy importantes sobre los republicanos: la República tuvo que improvisar un Ejército, dado que el Ejército en la zona republicana prácticamente se colapsó tras el 18 de julio, mientras que los cuadros de oficiales y la organización se mantuvieron casi intactos en la zona nacional; la ayuda internacional a los nacionales fue muy superior a la que recibieron los republicanos; gracias a esa ayuda internacional, desde mediados de 1937 los cielos estuvieron permanentemente controlados por la aviación nacional; finalmente, los nacionales ofrecían un frente unido (en buena medida ello fue un logro de Franco), mientras que los generales republicanos casi tenían que pasar más tiempo controlando las disputas políticas de su retaguardia, que vigilando al enemigo. A pesar de todas esas ventajas, durante toda la guerra Franco se dejó sorprender una y otra vez por su rival, el General Vicente Rojo, hasta el punto de conseguir algo inaudito en la Historia militar: que fuese el bando más débil el que llevase la iniciativa y le marcase los ritmos al más fuerte. Así ocurrió en Brunete, cuando Rojo logró que Franco tuviera que interrumpir durante mes y medio la campaña del Norte. Y volvió a ocurrir a finales de 1937, cuando con un ataque periférico sobre Teruel (aunque Teruel también exista, no se la puede considerar como un objetivo estratégico de gran calado), consiguió que Franco suspendiera la gran ofensiva que tenía previsto lanzar sobre Madrid. La última de esas grandes sorpresas fue la del Ebro.
Lo primero que resulta sorprendente es que el cruce del Ebro por los republicanos fuese una sorpresa para Franco. El Coronel Campos, que mandaba la 50 División, situada justo en la zona por la que cruzarían los republicanos, llevaba un mes avisando de que algo se preparaba en la orilla enemiga y de que carecía de los medios necesarios para defenderse ante un ataque de envergadura. Sus avisos no fueron atendidos y la ofensiva republicana sorprendió de tal manera a los nacionales que en el primer día de la batalla los republicanos habían logrado conquistar prácticamente todas las cotas elevadas de la zona sur del río.
Pasada la sorpresa inicial y una vez que se hubo logrado frenar la ofensiva, la lógica militar hubiera impuesto la estrategia de fijar al Ejército republicano en sus posiciones de este lado del Ebro y lanzar una ofensiva sobre más débil línea del Segre. Esa estrategia hubiera puesto en peligro la retaguardia de los que habían cruzado el Ebro y les habría colocado en la difícil tesitura de tener que volver a cruzar el río a toda velocidad ante el riesgo de que se desmoronase su retaguardia.
Franco optó por la estrategia menos imaginativa posible: bombardeos artilleros y de la aviación y sangrientos ataques frontales para ir recuperando el terreno paso a paso. Esta estrategia de tenientillo sin imaginación hizo que tardase cuatro meses en recuperar el terreno perdido en diez días y a un coste absurdamente elevado para los nacionales. A posteriori Franco justificaría esta batalla diciendo que tenía que aprovechar que tenía embolsada a la flor y nata del Ejército republicano para destrozarla. Pues puede, pero en el camino casi destroza su propio Ejército.
El libro concluye irónicamente con el decreto por el que 19 de mayo de 1939 se concedió a Franco la Gran Laureada de San Fernando. Leer ese decreto ditirámbico, después del relato apasionado pero histórico de las pifias estratégicas del General, es como un anticlímax y nos recuerda las palabras atribuidas a Napoleón: En la batalla, la victoria favorece a aquéllos de cuya parte está Dios y Dios suele estar de parte del que tiene más cañones. Pues eso.
Y yo no voy a apostillarlo. Primero, porque comparto lo que dice de la cruz a la raya. Y, segundo, porque, en consecuencia, todo lo que podría hacer es abundar en la tesis del texto que viene de seguido, que no es otra que cierta incompetencia militar por parte del general Franco.
Esto es, precisamente, lo que haré. A mayor abundamiento de lo que aquí se dice, me comprometo a escribir dos entradas para este blog, quizá las que sigan a ésta, con la intención de demostraros a los que leáis esto que no es oro todo lo que reluce y que, en realidad, el golpe de Estado franquista fue un poco chapucillas, militarmente hablando. Para ello, tomaré dos ejemplos, uno que le salió bien y otro que le salió mal a los sublevados. A saber: Sevilla y Barcelona.
Una vez que me he complicado la vida con nuevos compromisos, vamos al torrao.
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Franco como militar
© Inasequible Aldesaliento™
El historiador y coronel de Caballería Carlos Blasco Escolá ha escrito un libro al que provocadoramente ha titulado “La incompetencia militar de Franco”. Sólo con el título ya se advierte que los sentimientos del Coronel por el General no son excesivamente afectuosos. Cuando se lee la caracterización que Blasco Escolá hace de Franco, esa impresión se confirma.
Para Blasco Escolá, Franco fue un militar mediocre, poco leído, cuyos conocimientos militares procedían casi exclusivamente de la Guerra de Marruecos, una guerra colonial e irregular, donde el genio militar no estuvo demasiado presente y donde, desde luego, no se podían aprender las lecciones que sobre el arte de la guerra se impartieron en los campos de batalla europeos entre 1914 y 1918. Los únicos aspectos e los que Franco descolló fueron el arribismo, la capacidad para las relaciones públicas y el autobombo y el no perder nunca de vista dónde se hallaba su interés personal, lo que unido a una cierta zorrería hacía que siempre supiera colocarse con presteza bajo el sol que más calienta. Blanco Escolá piensa que Franco reunía todos los rasgos necesarios como para entrar con honores en la obra Sobre la psicología de la incompetencia militar, del historiador militar Norman F. Dixon. Para que no queden dudas sobre su opinión acerca del personaje, Blasco Escola termina apostillando que Franco sin duda era un psicópata.
Ser psicópata ciertamente ayuda para ser dictador, pero la mediocridad y el arribismo no suelen bastar para mantener a nadie en el poder durante cuarenta años. Alguna otra virtud oculta tendría…
Mientras que la caracterización de Franco en la primera parte del libro pueda ser discutible en algunos aspectos, cuando Blasco Escolá pasa a analizar cómo Franco condujo la estrategia nacional en la Guerra Civil, sus descripciones están bien documentadas y son irrefutables. Al final del libro, no nos queda más que exclamar, como hizo Mussolini en su día, refiriéndose a Franco: Ese hombre, o no sabe hacer la guerra o no quiere.
Efectivamente, durante toda la guerra, los nacionales tuvieron ventajas muy importantes sobre los republicanos: la República tuvo que improvisar un Ejército, dado que el Ejército en la zona republicana prácticamente se colapsó tras el 18 de julio, mientras que los cuadros de oficiales y la organización se mantuvieron casi intactos en la zona nacional; la ayuda internacional a los nacionales fue muy superior a la que recibieron los republicanos; gracias a esa ayuda internacional, desde mediados de 1937 los cielos estuvieron permanentemente controlados por la aviación nacional; finalmente, los nacionales ofrecían un frente unido (en buena medida ello fue un logro de Franco), mientras que los generales republicanos casi tenían que pasar más tiempo controlando las disputas políticas de su retaguardia, que vigilando al enemigo. A pesar de todas esas ventajas, durante toda la guerra Franco se dejó sorprender una y otra vez por su rival, el General Vicente Rojo, hasta el punto de conseguir algo inaudito en la Historia militar: que fuese el bando más débil el que llevase la iniciativa y le marcase los ritmos al más fuerte. Así ocurrió en Brunete, cuando Rojo logró que Franco tuviera que interrumpir durante mes y medio la campaña del Norte. Y volvió a ocurrir a finales de 1937, cuando con un ataque periférico sobre Teruel (aunque Teruel también exista, no se la puede considerar como un objetivo estratégico de gran calado), consiguió que Franco suspendiera la gran ofensiva que tenía previsto lanzar sobre Madrid. La última de esas grandes sorpresas fue la del Ebro.
Lo primero que resulta sorprendente es que el cruce del Ebro por los republicanos fuese una sorpresa para Franco. El Coronel Campos, que mandaba la 50 División, situada justo en la zona por la que cruzarían los republicanos, llevaba un mes avisando de que algo se preparaba en la orilla enemiga y de que carecía de los medios necesarios para defenderse ante un ataque de envergadura. Sus avisos no fueron atendidos y la ofensiva republicana sorprendió de tal manera a los nacionales que en el primer día de la batalla los republicanos habían logrado conquistar prácticamente todas las cotas elevadas de la zona sur del río.
Pasada la sorpresa inicial y una vez que se hubo logrado frenar la ofensiva, la lógica militar hubiera impuesto la estrategia de fijar al Ejército republicano en sus posiciones de este lado del Ebro y lanzar una ofensiva sobre más débil línea del Segre. Esa estrategia hubiera puesto en peligro la retaguardia de los que habían cruzado el Ebro y les habría colocado en la difícil tesitura de tener que volver a cruzar el río a toda velocidad ante el riesgo de que se desmoronase su retaguardia.
Franco optó por la estrategia menos imaginativa posible: bombardeos artilleros y de la aviación y sangrientos ataques frontales para ir recuperando el terreno paso a paso. Esta estrategia de tenientillo sin imaginación hizo que tardase cuatro meses en recuperar el terreno perdido en diez días y a un coste absurdamente elevado para los nacionales. A posteriori Franco justificaría esta batalla diciendo que tenía que aprovechar que tenía embolsada a la flor y nata del Ejército republicano para destrozarla. Pues puede, pero en el camino casi destroza su propio Ejército.
El libro concluye irónicamente con el decreto por el que 19 de mayo de 1939 se concedió a Franco la Gran Laureada de San Fernando. Leer ese decreto ditirámbico, después del relato apasionado pero histórico de las pifias estratégicas del General, es como un anticlímax y nos recuerda las palabras atribuidas a Napoleón: En la batalla, la victoria favorece a aquéllos de cuya parte está Dios y Dios suele estar de parte del que tiene más cañones. Pues eso.
domingo, septiembre 24, 2006
El ingenio de Miguel de Molina
La larga marcha de los homosexuales hasta conseguir una adecuada equiparación legal, cultural y social ha sido, verdaderamente, muy larga. Pese a que la homosexualidad existe desde que el mundo es mundo y ha sido vista por algunas civilizaciones como el amor auténtico, las grandes religiones que han estructurado la vida de las sociedades le han sido, en general, hostiles. Por ello, la homosexualidad es una realidad que se ha visto constantemente nublada por prejuicios e ideas preconcebidas que hacían del homosexual un apestado social.
El cantante Miguel de Molina fue una de las personas insistentemente perseguidas, en este caso por el franquismo, por su condición de presunto homosexual. En el caso de Molina, además, se juntaban dos agravantes más. El primero, que había trabajado, durante la guerra civil, cantando para las tropas republicanas, motivo por el cual fue considerado un rojo. Y, el segundo, que contaba con el favor del público.
Era andaluz, de Málaga. Y, por eso, tenía un gracejo bien propio de esas tierras y que, en la anécdota que hoy quiero referir, le permitió salir del paso más que bien.
Durante los primeros años del franquismo, a Molina se le prohibió trabajar muchas veces e, incluso, en una ocasión fue secuestrado y apaleado por unos desconocidos. Su situación se hizo tan insostenible que , incluso, durante uno años hubo de exiliarse en Argentina. Sin embargo, eso no le evitó cosechar éxitos cada vez que actuó. Cierto día, realizándolo en un club de la Gran Vía, Molina salió al escenario y empezó a cantar Ojos verdes, uno de sus éxitos. En un palco cercano al escenario se habían situado unos jóvenes, vestidos de etiqueta y probablemente borrachos, los cuales le interpelaban con la evidente intención de no dejarle cantar.
Cansado de la provocación, Molina paró a la orquesta, se dirigió al palco y le preguntó a los jóvenes si pensaban dejarle cantar.
‑Te dejaremos cantar –contestó uno de los reventadores‑ si nos cuentas cómo llegaste a ser maricón.
A lo que Molina contestó:
‑Pues como tú, preguntando.
El público estalló en una ovación cerrada. Los alborotadores fueron echados del local y Molina continuó cantando.
La anécdota la cuenta en su libro Del Doctor Fleming a Marañón (edición del propio autor, 1972) el otorrinolaringólogo Mateo Jímenez Encinas. Quien, por cierto, era franquista hasta el corvejón.
El cantante Miguel de Molina fue una de las personas insistentemente perseguidas, en este caso por el franquismo, por su condición de presunto homosexual. En el caso de Molina, además, se juntaban dos agravantes más. El primero, que había trabajado, durante la guerra civil, cantando para las tropas republicanas, motivo por el cual fue considerado un rojo. Y, el segundo, que contaba con el favor del público.
Era andaluz, de Málaga. Y, por eso, tenía un gracejo bien propio de esas tierras y que, en la anécdota que hoy quiero referir, le permitió salir del paso más que bien.
Durante los primeros años del franquismo, a Molina se le prohibió trabajar muchas veces e, incluso, en una ocasión fue secuestrado y apaleado por unos desconocidos. Su situación se hizo tan insostenible que , incluso, durante uno años hubo de exiliarse en Argentina. Sin embargo, eso no le evitó cosechar éxitos cada vez que actuó. Cierto día, realizándolo en un club de la Gran Vía, Molina salió al escenario y empezó a cantar Ojos verdes, uno de sus éxitos. En un palco cercano al escenario se habían situado unos jóvenes, vestidos de etiqueta y probablemente borrachos, los cuales le interpelaban con la evidente intención de no dejarle cantar.
Cansado de la provocación, Molina paró a la orquesta, se dirigió al palco y le preguntó a los jóvenes si pensaban dejarle cantar.
‑Te dejaremos cantar –contestó uno de los reventadores‑ si nos cuentas cómo llegaste a ser maricón.
A lo que Molina contestó:
‑Pues como tú, preguntando.
El público estalló en una ovación cerrada. Los alborotadores fueron echados del local y Molina continuó cantando.
La anécdota la cuenta en su libro Del Doctor Fleming a Marañón (edición del propio autor, 1972) el otorrinolaringólogo Mateo Jímenez Encinas. Quien, por cierto, era franquista hasta el corvejón.
martes, septiembre 19, 2006
Están locos estos romanos
Mi amigo Inasequible Aldesaliento, ya lo que dicho otras veces, me supera en muchos conocimientos históricos, motivo por el cual, cuando pensé poner en marcha este blog, le invité a que estuviese presente en él. Tal y como yo pensaba, sus aportaciones se derivan hacia un campo de la Historia en el que es un consumado maestro, como es la Historia militar. Elemento no exento de anécdotas y de historias interesantes, como él mismo demuestra cada vez que pone a bailar los dedos en el teclado.
Hoy quiero deleitaros con una pieza suya de romanos. Como a mí me cuesta callarme, incluso debajo del agua o sumergido en líquidos más densos, tras la pieza de Ina encontraréis mi apostilla, en negrita y cursiva, para que la podáis distinguir bien y así veáis que no son suyas las chorradas.
……………
Estos romanos están locos, solía decir Obélix, y tenía razón. Si los romanos construyeron un Imperio fue porque estaban locos.
En el mundo helenístico lo habitual era que las guerras se decidieran en una o dos grandes batallas. Tras una o dos grandes derrotas, el vencido se convencía de que no tenía nada que hacer contra el victorioso y aceptaba que le tocaba perder alguna provincia. Además de que las derrotas solían tener un efecto devastador sobre los aliados del vencido que de pronto empezaban a mostrar cierta incomodidad en que se les viera en compañía de un derrotado.
Cuando Alejandro Magno atacó al Imperio Persa, primero venció en Gránico, que se puede considerar una victoria menor, ya que en el fondo no había sido más que un triunfo contra unas fuerzas provinciales. Cuando el emperador en persona, Darío III, le hizo frente en Issos y fue derrotado, actuó como cualquier monarca sensato (y en este caso un si es no es cobarde) de aquellos tiempos: aceptó su derrota y le ofreció la mitad de su Imperio. Otro que no hubiera sido Alejandro, seguramente habría aceptado la oferta. Alejandro no era de los que dejasen las cosas a medio hacer. Rechazó la oferta, asedió Tiro, conquistó Egipto sin gran esfuerzo y puso rumbo hacia Mesopotamia. Allí en Gaugamela volvió a derrotar a Darío III. Tras Gaugamela, ya no hubo más combates contra fuerzas imperiales organizadas, sino contra líderes tribales o provinciales que no querían enterarse de que habían cambiado el amo aqueménida por el macedonio. Es decir, Alejandro Magno para conquistar el Imperio Persa sólo necesitó una victoria menor y dos grandes victorias. No está mal para un imperio que se extendía desde el Mar Egeo hasta el río Indo.
En este contexto, no es de extrañar el chasco que se llevó Aníbal cuando invadió Italia. En muy poco tiempo logró tres victorias apabullantes, Trebia, Trasimeno y Cannas. Esta última merece más el nombre de carnicería que de victoria. Fueron tantos los legionarios romanos que cayeron prisioneros, por no hablar de los muertos, que la cotización de los esclavos en el mundo mediterráneo cayó durante una temporada. En buena lógica, tras esas tres derrotas, los romanos habrían debido implorarle la paz a Aníbal, regalarle la mitad de sus posesiones y ponerle piso (o más bien palacio) en el Palatino. Pero no ocurrió nada de eso: los romanos no se rindieron y Aníbal, que carecía de material de asedio y de tropas entrenadas para una tarea tan complicada, pasó los siguientes años en el sur de Italia, preguntándose qué podía haber fallado en sus planes. La leyenda de que Aníbal y sus tropas en Capua cayeron en la molicie es falsa. La realidad es que Aníbal debió de pasar en Capua largas noches en vela, preguntándose cómo los romanos no habían pedido la paz después de Cannas.
La historia de la expansión imperial de Roma está llena de historias semejantes. Tras una derrota inicial, el victorioso enemigo de Roma observa estupefacto que los romanos no sólo no se rinden, sino que vuelven a la carga. Así ocurrió con los númidas de Massinissa y con el reino del Ponto de Mitrídates y con los teutones.
La decadencia de Roma tal vez se inicie en el 53 a.C., cuando el inepto de Crassus fue masacrado en Carrhae por los partos. Por primera vez Roma no recogió el guante y no envió a nuevas legiones para enseñarles una lección a los partos. Roma encajó la derrota y aceptó que su frontera oriental no llegaría al Golfo Pérsico. Luego vendría la catástrofe de Varo en el 7 d.C., tras la cual Roma renunció a conquistar los territorios entre el Rhin y el Elba. Los romanos finalmente habían recuperado la cordura. Y pronto empezarían a perder el Imperio.
A partir de aquí, mis apostillas.
Una razón importante de que las guerras de la Antigüedad tuviesen su vertiente simbólica y, por lo tanto, terminasen antes que las modernas, es la condición de los ejércitos. Aunque nos pueda parecer ahora que los ejércitos siempre han sido iguales, lo cierto es que no es así. En el pasado, para empezar, ser soldado, y no digamos caballero, era un honor que no estaba al alcance de todos; y eso era así porque la guerra era, por encima de todo, un gran negocio (y porque había que tener posibles para pagarse el equipamiento). Se guerreaba por el botín, mucho antes que por la grandeza de una raza o una nación (concepto éste último muy difuso entonces); y la marca más clara de sumisión del vencido era, sin duda, el pago de tributo.
Estos ejércitos, en consecuencia, eran, fundamentalmente, mercenarios. La gente peleaba por las pelas y por el botín (o sea: por más pelas). Y es lógico que en esta situación fuese más jodido ir perdiendo. Uno puede soportar mil y un reveses bélicos cuando tiene detrás a un pueblo al que le puede prometer sangre, sudor y lágrimas y, acto seguido, declarar: we will never surrender. Pero sir Winston Churchill no habría podido dirigir un ejército de aqueménidas: a la segunda derrota, los mercenarios se lo habrían comido por las patas, y luego habrían vuelto a sus casas.
Un ejemplo de la amplia extensión de lo mercenario en los ejércitos antiguos. Steven Pressfeld cuenta, en una de sus novelas ambientadas en la Grecia clásica, concretamente en las guerras de Alcibíades, que los arqueólogos han encontrado por todo el Mediterráneo unos anillos sobre cuya utilidad tuvieron dudas, hasta que descubrieron que eran anillos para el pene. Los utilizaban los mercenarios hebreos, judíos pues, que se enrolaban en las tropas griegas. Esos judíos querían parecer griegos, pero estaban circuncidados. Se colocaban el anillo para crear un pellejo de piel que cubría el glande, dando pues la sensación el soldado de no estar circuncidado. El número de anillos encontrados demuestra que no fueron pocos los judíos que lucharon en las tropas griegas. Y ya podéis imaginaros lo que les importaría, a los del anillo, la preeminencia de Rodas, Atenas, Esparta o Tebas. Como diría Donna Summer, they worked hard for the Money.
Los romanos, poco dados a las disquisiciones filosóficas, tenían una mente práctica. Esto les permitió elevar la técnica militar más allá de los primeros conceptos antiguos y, de esta forma, aprendieron que es difícil vencer; pero también puede llegar a serlo estar vencido. El ejército romano fue un portento de organización y admira ver, en los lugares donde se recrea, la potentísima maquinaria que era, simplemente, un campamento romano. Después de los grandes generales romanos, y yo citaría a dos que eran parientes, o sea Cayo Mario y Julio César, ganar dejó de ser una cuestión de acumular soldados. Roma se enfrentó a reyes como Mitrídates del Ponto, capaces de juntar formidables ejércitos para la época de 100.000 almas, y batirlos. Descubrieron que la disciplina y la veteranía en el oficio son más valiosas que la acumulación de músculo. De hecho, como Julio comprobó no pocas veces, un ejército muy numeroso es en principio poderoso; pero si se bate en retirada, lo que es, es un blanco fácil.
Así pues, como bien dice Ina, el ejército romano, porque era disciplinado y estaba organizado, sabía que un partido no termina hasta que se llega al minuto noventa y pico.
Hoy quiero deleitaros con una pieza suya de romanos. Como a mí me cuesta callarme, incluso debajo del agua o sumergido en líquidos más densos, tras la pieza de Ina encontraréis mi apostilla, en negrita y cursiva, para que la podáis distinguir bien y así veáis que no son suyas las chorradas.
……………
Estos romanos están locos, solía decir Obélix, y tenía razón. Si los romanos construyeron un Imperio fue porque estaban locos.
En el mundo helenístico lo habitual era que las guerras se decidieran en una o dos grandes batallas. Tras una o dos grandes derrotas, el vencido se convencía de que no tenía nada que hacer contra el victorioso y aceptaba que le tocaba perder alguna provincia. Además de que las derrotas solían tener un efecto devastador sobre los aliados del vencido que de pronto empezaban a mostrar cierta incomodidad en que se les viera en compañía de un derrotado.
Cuando Alejandro Magno atacó al Imperio Persa, primero venció en Gránico, que se puede considerar una victoria menor, ya que en el fondo no había sido más que un triunfo contra unas fuerzas provinciales. Cuando el emperador en persona, Darío III, le hizo frente en Issos y fue derrotado, actuó como cualquier monarca sensato (y en este caso un si es no es cobarde) de aquellos tiempos: aceptó su derrota y le ofreció la mitad de su Imperio. Otro que no hubiera sido Alejandro, seguramente habría aceptado la oferta. Alejandro no era de los que dejasen las cosas a medio hacer. Rechazó la oferta, asedió Tiro, conquistó Egipto sin gran esfuerzo y puso rumbo hacia Mesopotamia. Allí en Gaugamela volvió a derrotar a Darío III. Tras Gaugamela, ya no hubo más combates contra fuerzas imperiales organizadas, sino contra líderes tribales o provinciales que no querían enterarse de que habían cambiado el amo aqueménida por el macedonio. Es decir, Alejandro Magno para conquistar el Imperio Persa sólo necesitó una victoria menor y dos grandes victorias. No está mal para un imperio que se extendía desde el Mar Egeo hasta el río Indo.
En este contexto, no es de extrañar el chasco que se llevó Aníbal cuando invadió Italia. En muy poco tiempo logró tres victorias apabullantes, Trebia, Trasimeno y Cannas. Esta última merece más el nombre de carnicería que de victoria. Fueron tantos los legionarios romanos que cayeron prisioneros, por no hablar de los muertos, que la cotización de los esclavos en el mundo mediterráneo cayó durante una temporada. En buena lógica, tras esas tres derrotas, los romanos habrían debido implorarle la paz a Aníbal, regalarle la mitad de sus posesiones y ponerle piso (o más bien palacio) en el Palatino. Pero no ocurrió nada de eso: los romanos no se rindieron y Aníbal, que carecía de material de asedio y de tropas entrenadas para una tarea tan complicada, pasó los siguientes años en el sur de Italia, preguntándose qué podía haber fallado en sus planes. La leyenda de que Aníbal y sus tropas en Capua cayeron en la molicie es falsa. La realidad es que Aníbal debió de pasar en Capua largas noches en vela, preguntándose cómo los romanos no habían pedido la paz después de Cannas.
La historia de la expansión imperial de Roma está llena de historias semejantes. Tras una derrota inicial, el victorioso enemigo de Roma observa estupefacto que los romanos no sólo no se rinden, sino que vuelven a la carga. Así ocurrió con los númidas de Massinissa y con el reino del Ponto de Mitrídates y con los teutones.
La decadencia de Roma tal vez se inicie en el 53 a.C., cuando el inepto de Crassus fue masacrado en Carrhae por los partos. Por primera vez Roma no recogió el guante y no envió a nuevas legiones para enseñarles una lección a los partos. Roma encajó la derrota y aceptó que su frontera oriental no llegaría al Golfo Pérsico. Luego vendría la catástrofe de Varo en el 7 d.C., tras la cual Roma renunció a conquistar los territorios entre el Rhin y el Elba. Los romanos finalmente habían recuperado la cordura. Y pronto empezarían a perder el Imperio.
A partir de aquí, mis apostillas.
Una razón importante de que las guerras de la Antigüedad tuviesen su vertiente simbólica y, por lo tanto, terminasen antes que las modernas, es la condición de los ejércitos. Aunque nos pueda parecer ahora que los ejércitos siempre han sido iguales, lo cierto es que no es así. En el pasado, para empezar, ser soldado, y no digamos caballero, era un honor que no estaba al alcance de todos; y eso era así porque la guerra era, por encima de todo, un gran negocio (y porque había que tener posibles para pagarse el equipamiento). Se guerreaba por el botín, mucho antes que por la grandeza de una raza o una nación (concepto éste último muy difuso entonces); y la marca más clara de sumisión del vencido era, sin duda, el pago de tributo.
Estos ejércitos, en consecuencia, eran, fundamentalmente, mercenarios. La gente peleaba por las pelas y por el botín (o sea: por más pelas). Y es lógico que en esta situación fuese más jodido ir perdiendo. Uno puede soportar mil y un reveses bélicos cuando tiene detrás a un pueblo al que le puede prometer sangre, sudor y lágrimas y, acto seguido, declarar: we will never surrender. Pero sir Winston Churchill no habría podido dirigir un ejército de aqueménidas: a la segunda derrota, los mercenarios se lo habrían comido por las patas, y luego habrían vuelto a sus casas.
Un ejemplo de la amplia extensión de lo mercenario en los ejércitos antiguos. Steven Pressfeld cuenta, en una de sus novelas ambientadas en la Grecia clásica, concretamente en las guerras de Alcibíades, que los arqueólogos han encontrado por todo el Mediterráneo unos anillos sobre cuya utilidad tuvieron dudas, hasta que descubrieron que eran anillos para el pene. Los utilizaban los mercenarios hebreos, judíos pues, que se enrolaban en las tropas griegas. Esos judíos querían parecer griegos, pero estaban circuncidados. Se colocaban el anillo para crear un pellejo de piel que cubría el glande, dando pues la sensación el soldado de no estar circuncidado. El número de anillos encontrados demuestra que no fueron pocos los judíos que lucharon en las tropas griegas. Y ya podéis imaginaros lo que les importaría, a los del anillo, la preeminencia de Rodas, Atenas, Esparta o Tebas. Como diría Donna Summer, they worked hard for the Money.
Los romanos, poco dados a las disquisiciones filosóficas, tenían una mente práctica. Esto les permitió elevar la técnica militar más allá de los primeros conceptos antiguos y, de esta forma, aprendieron que es difícil vencer; pero también puede llegar a serlo estar vencido. El ejército romano fue un portento de organización y admira ver, en los lugares donde se recrea, la potentísima maquinaria que era, simplemente, un campamento romano. Después de los grandes generales romanos, y yo citaría a dos que eran parientes, o sea Cayo Mario y Julio César, ganar dejó de ser una cuestión de acumular soldados. Roma se enfrentó a reyes como Mitrídates del Ponto, capaces de juntar formidables ejércitos para la época de 100.000 almas, y batirlos. Descubrieron que la disciplina y la veteranía en el oficio son más valiosas que la acumulación de músculo. De hecho, como Julio comprobó no pocas veces, un ejército muy numeroso es en principio poderoso; pero si se bate en retirada, lo que es, es un blanco fácil.
Así pues, como bien dice Ina, el ejército romano, porque era disciplinado y estaba organizado, sabía que un partido no termina hasta que se llega al minuto noventa y pico.
domingo, septiembre 17, 2006
Calixtino II: el milagro de los Montes de Oca
Vaya por delante que yo no creo en la metepsicosis, parapsicología y otras pseudociencias llenas de pes, que dan tanto de comer a personas que, tal vez por alguna ley matemática que desconozco, casi siempre se apellidan J(G)iménez. Creo que los fenómenos inexplicados son a veces burdas invenciones y otras, fenómenos cuya fuente aún desconocemos. La parapsicología de los Neardenthal sería, quizás, hacerse empanadas mentales preguntándose por qué determinadas piedras eran capaces de mover otras sin contacto. Y hoy eso se ha reducido al estudio del escasamente sexy magnetismo.
Pero, una vez dicho lo dicho, esta segunda y última entrada sobre el Códice Calixtino la hago para describir un milagro jacobeo que en este libro se relata. Y lo cuento porque, como ahora veremos, más que escrito en un códice medieval, parece sacado de un libro de ciencias ocultas.
Este milagro, que se suele llamar el del adolescente de los Montes de Oca, cuenta la historia de un varón francés virtuoso que, pese a su bondad, no conseguía que su mujer concibiera. Para rogar a Dios por dicha prez peregrinó a Santiago, donde el apóstol le exigió, para darle ese hijo que tanto amaba, tres días de castidad. Regresado a su casa, el varón cumplió con lo prometido (no sin antes encerrarse en su dormitorio y tirar la llave, tales eran los embates de su mujer) y, tras el ayuno, holgó con su mujer y la embarazó. Fue niño y lo llamaron, cómo no, Jacques.
Cuando aquel niño tenía quince años, la familia decidió dar gracias a Santiago de nuevo y peregrinaron todos juntos a Compostela por el camino francés. Sin embargo, en los Montes de Oca, el muchacho murió repentinamente, sumiendo a padre y madre en tierno desconsuelo. No obstante, cuando iba a ser enterrado, el muchacho abrió los ojos, y se levantó. Santiago Apóstol había hecho el milagro de devolverle el hijo a esos padres que tanto lo amaban.
Lo que suena moderno es el relato del chico, tal y como lo recoge el Códice. Dijo estar muerto y tras morir despertar a un mundo de armonía. Él se veía muerto en brazos de sus padres pero no escuchaba sus lamentos, porque se sentía transportado hacia lo alto. Quería volar hacia el cielo, pero el ser, aún, carne se lo impedía. Entonces apareció Santiago, vestido, ojo, con una túnica de inconmensurable blancura, le ayudó a levantarse, y juntos emprendieron el camino hacia la Gloria. Hacia la Luz. A medio camino, fue el Apóstol quien se conmovió de los llantos de los padres; el muchacho confiesa en el Códice que, pese a que consiguió volverse y verlos sufrir, no fue capaz de sentir dicho dolor, pues estaba lleno del Amor hacia el que iba. De una forma más o menos elegante, el relato del milagro nos cuenta cómo el santo tuvo que convencer al chico muerto para que regresara con sus padres, tal era el deseo de él de avanzar hacia lo alto.
Tan ferviente fue el deseo de morir referido por el muchacho que, al escucharlo, su madre no pudo por menos que reprochárselo. Aunque no le sirvió de nada: llegados a Compostela, el muchacho se metió monje, con lo que su madre, en lugar de perder un hijo muerto, lo perdió vivo.
¿A que suena? La Luz, el deseo intenso de ir hacia ella; la presencia de un ser bondadoso que nos llama. Las escasas ganas de vivir, en el sentido de dejar de proseguir con la muerte. Son palabras escritas hace mil años; pero son prácticamente las mismas que se han escrito, en las últimas décadas, en tantos y tantos libros dedicados a eso de la vida después de la muerte.
Ya lo he dicho: yo no creo en estas cosas. He leído por ahí que se han investigado ciertas reacciones cerebrales en momentos de máxima tensión, segregación de compuestos químicos que provocan un estado de gran placer; es una defensa contra el dolor y la angustia. Pero lo que sí me dice este relato es que, aunque otros milagros relatados en tantos libros medievales y renacentistas son probablemente inventados, éste tiene todos los mimbres de ser absolutamente real.
Da que pensar que existió el niño de los Montes de Oca, existió su muerte, y existió su inesperada resurrección. Existió su relato y también la rabia de su madre al saberse despechada por su propio hijo.
Lástima no ser Eric Von Daniken. Si llego a serlo, me forro con este post.
Pero, una vez dicho lo dicho, esta segunda y última entrada sobre el Códice Calixtino la hago para describir un milagro jacobeo que en este libro se relata. Y lo cuento porque, como ahora veremos, más que escrito en un códice medieval, parece sacado de un libro de ciencias ocultas.
Este milagro, que se suele llamar el del adolescente de los Montes de Oca, cuenta la historia de un varón francés virtuoso que, pese a su bondad, no conseguía que su mujer concibiera. Para rogar a Dios por dicha prez peregrinó a Santiago, donde el apóstol le exigió, para darle ese hijo que tanto amaba, tres días de castidad. Regresado a su casa, el varón cumplió con lo prometido (no sin antes encerrarse en su dormitorio y tirar la llave, tales eran los embates de su mujer) y, tras el ayuno, holgó con su mujer y la embarazó. Fue niño y lo llamaron, cómo no, Jacques.
Cuando aquel niño tenía quince años, la familia decidió dar gracias a Santiago de nuevo y peregrinaron todos juntos a Compostela por el camino francés. Sin embargo, en los Montes de Oca, el muchacho murió repentinamente, sumiendo a padre y madre en tierno desconsuelo. No obstante, cuando iba a ser enterrado, el muchacho abrió los ojos, y se levantó. Santiago Apóstol había hecho el milagro de devolverle el hijo a esos padres que tanto lo amaban.
Lo que suena moderno es el relato del chico, tal y como lo recoge el Códice. Dijo estar muerto y tras morir despertar a un mundo de armonía. Él se veía muerto en brazos de sus padres pero no escuchaba sus lamentos, porque se sentía transportado hacia lo alto. Quería volar hacia el cielo, pero el ser, aún, carne se lo impedía. Entonces apareció Santiago, vestido, ojo, con una túnica de inconmensurable blancura, le ayudó a levantarse, y juntos emprendieron el camino hacia la Gloria. Hacia la Luz. A medio camino, fue el Apóstol quien se conmovió de los llantos de los padres; el muchacho confiesa en el Códice que, pese a que consiguió volverse y verlos sufrir, no fue capaz de sentir dicho dolor, pues estaba lleno del Amor hacia el que iba. De una forma más o menos elegante, el relato del milagro nos cuenta cómo el santo tuvo que convencer al chico muerto para que regresara con sus padres, tal era el deseo de él de avanzar hacia lo alto.
Tan ferviente fue el deseo de morir referido por el muchacho que, al escucharlo, su madre no pudo por menos que reprochárselo. Aunque no le sirvió de nada: llegados a Compostela, el muchacho se metió monje, con lo que su madre, en lugar de perder un hijo muerto, lo perdió vivo.
¿A que suena? La Luz, el deseo intenso de ir hacia ella; la presencia de un ser bondadoso que nos llama. Las escasas ganas de vivir, en el sentido de dejar de proseguir con la muerte. Son palabras escritas hace mil años; pero son prácticamente las mismas que se han escrito, en las últimas décadas, en tantos y tantos libros dedicados a eso de la vida después de la muerte.
Ya lo he dicho: yo no creo en estas cosas. He leído por ahí que se han investigado ciertas reacciones cerebrales en momentos de máxima tensión, segregación de compuestos químicos que provocan un estado de gran placer; es una defensa contra el dolor y la angustia. Pero lo que sí me dice este relato es que, aunque otros milagros relatados en tantos libros medievales y renacentistas son probablemente inventados, éste tiene todos los mimbres de ser absolutamente real.
Da que pensar que existió el niño de los Montes de Oca, existió su muerte, y existió su inesperada resurrección. Existió su relato y también la rabia de su madre al saberse despechada por su propio hijo.
Lástima no ser Eric Von Daniken. Si llego a serlo, me forro con este post.
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