Bueno, después de un montón de capítulos dedicados al movimiento de Mayo del 68, que intentaré acopiar ahora para ofrecerlos en un solo post para masoquistas, creo se impone cerrar esta serie con un epílogo que trate de elaborar un juicio histórico sobre estos hechos de la Historia reciente de Francia y de Europa.
Mi juicio, creo que es lo justo decirlo así, de salida, no es muy bueno. Es más: tiendo a pensar que las personas que tienen un muy buen juicio de Mayo del 68, lo tienen así porque no lo conocen. Si algo descubre estudiar este movimiento es lo diferente que fue en la realidad a lo que luego se ha hecho de él; una característica que se puede aplicar a otros muchos procesos de corte más o menos revolucionario, desde la revolución francesa a la rusa, pasando por la Comuna, 1848, el espartaquismo, etc. Hay dos cosas que me llaman poderosamente la atención de Mayo del 68 y que tengo por mí que la mayoría de los que lo admiran desconocen.
La primera es que M68 dio escasos réditos, si es que dio alguno, a sus líderes; y, sin embargo, fue oro molido para los segundones de la partida. Como ya se ha dicho en algunos puntos de estas notas de una forma algo menos organizada, ninguno de los grandes organizadores de las movidas de M68 llegó a algo serio en el mundo de la política francesa o europea. Daniel Cohn-Bendit, el supuesto Gandalf el Blanco de aquel movimiento, se ha arrastrado durante décadas, a extramuros de la Política con p mayúscula, vinculándose a organizaciones minoritarias que, en esto ha sido honesto, consideraba eran las que mejor representaban las ideologías que se manifestaron en el Quartier Latin. Alain Geismar ha tenido una existencia de personaje de segunda fila en las estructuras de poder, de florón de aquellos tiempos. Jacques Sauvageot ni siquiera intentó eso. El maoísmo militante, que iba a mover el mundo mundial si hemos de creer a la dinámica de las asambleas de Nanterre, no se ha comido una mierda en elección alguna en Francia tras los sucesos. Alain Krivine, la Gran Esperanza Trotskista, se ha quedado para vestir, si no santos, sí por lo menos revolucionarios. Y qué decir de Pierre Mendes-France, que iba a ser el Archipámpano de la Revolución, el Nuevo Gran Timonel, el hombre que traería al gobierno de Francia los usos democráticos de verdad y bla...
Pîerre Mendes-France ocupa hoy en las enciclopedias Larousse mucho menos espacio que el hombre que se ofreció para ser presidente de la República en cohabitación con él. Ese hombre, François Mitterrand, sí que ganó con el proceso: quince años después, fue, efectivamente, Monsieur le Président. El Luis XIV de la V República, y eso a pesar de haber sido un político desahuciado durante varios puntos de su carrera, y de poder ser, de hecho, blanco de muchas preguntas incómodas sobre su pasado (que nunca le llegaron porque, además de beneficiarse de M68, Mitterrand siempre se benefició del proceso de alucinación colectiva de la sociedad francesa respecto de sus actitudes frente a, o más bien respecto de, Hitler).
Aunque un buen análisis debería ser más profundo y aflorar más nombres, no deja de ser cierto que los dos grandes ganadores de la política francesa tras Mayo del 68, además de Valéry Giscard d'Estaign, que ya estaba jugando su baza antes de que los hechos ocurrieren, son: un representante del socialismo oficial que tuvo un papel poco menos que protocolario en el proceso revolucionario, y que de hecho se subió al carretón en las últimas, François Mitterrand; y el oscuro, pero al mismo tiempo brillante (este señor es así: un oxímoron en sí mismo), secretario de Estado de Empleo que firma con los sindicatos y la patronal los acuerdos de Grenelle y los posteriores: Jacques Chirac. Si parásemos por cualquier calle del Quartier Latin, a finales de mayo de 1968, a cualquiera de aquellos estudiantes gafapastas que, tras un aspecto de empollón, escondían a un maoísta de la UJCml, o a un trotskista lambertista, o, lo que es peor, a un guerrillero katangoise de aquéllos que pululaban por la Sorbona patrullándola como si París fuese la selva congoleña; si parásemos a cualquiera de éstos y les dijésemos que Mitterrand y Chirac serían los dos grandes receptores de poder tras el proceso que estaba llevándose a cabo, se habría partido literalmente la caja de risa. Esto es así porque la inmensa mayoría de aquellos jóvenes eran marxistas bastante ortodoxos; y, consecuentemente, creían estar viviendo un proceso dialéctico en el que ellos no eran la antítesis, sino la síntesis; y, consecuentemente, no aceptaban un movimiento de reflujo, una marea baja como la que finalmente se produjo, y que instaló a la sociedad francesa, y por extensión las europeas, muy lejos de las soluciones extremas que M68 propugnaba.
Otro elemento importante que aflora del conocimiento mínimamente profundo de Mayo del 68 es la inveracidad absoluta de la afirmación de que fue «un proceso de unión de la izquierda». En realidad, fue todo lo contrario. Nadie en el ámbito de las derechas francesas combatió Mayo del 68 con tanta saña como el Partido Comunista Francés. La colección de L'Humanité de aquellos cincuenta días está petada de artículos de fondo, algunos de ellos escritos por el propio Georges Marchais, poniendo a parir a los revolucionarios de Nanterre. Las gentes de izquierdas suelen tener una visión idílica de sí mismas y, por lo tanto, les cuesta ver los espacios de competencia y, sobre todo, les cuesta admitir que, en el marco de una competencia de estas características, cualquier formación es capaz de dar la espalda a sus propios principios con tal de meterle a sus camaradas una buena cucurbitácea camino del sigma rectal. Esto mismo hicieron el PCF y su sindicato amigo, la CGT. Y, haciendo eso, violaron los únicos, en realidad muy pequeños, posibles que tuvo aquel movimiento de triunfar.
Los movimientos fracasan, y tal le pasó a Mayo del 68; pero eso no quiere decir que no triunfen a la larga. Mayo del 68, de hecho, es un movimiento ampliamente triunfante, hasta el punto de que todos los que hoy estamos vivos sobre la Tierra, cuando menos en los países occidentales, somos, de alguna manera, hijos de Mayo del 68. Los españoles, tal vez, en mayor medida que otros, puesto que hemos abrazado ese movimiento (que pasó de nosotros como de comer mierda, como bien recuerda el escritor y gastrónomo Xavier Domingo, que sí estudiaba en Nanterre en aquellos días, en un artículo que escribiera para la revista Historia 16) como si fuera nuestro; como digo, las más de las veces sin conocerlo, sin valorarlo y, ojo, sin haberlo vivido.
La gran herencia que nos ha dejado Mayo del 68 es la filosofía del egalitarismo. En esto, a M68 se le nota la vis anarquista. Los mismos marxistas que durante la II República española y la Guerra Civil combatieron el egalitarismo de la FAI han terminado por asumir el egalitarismo de M68 y hacerlo suyo. Hoy, lo que no trata por igual a todo el mundo, no es ni democrático ni defendible. M68 ha servido para olvidar que, en realidad, discriminar es tratar de forma desigual a los iguales; merced a su raíz anarquista, ha conseguido convencernos de que la práctica de tratar desigualmente a los desiguales también es deleznable.
El ejemplo más claro donde se ve esto es en el ámbito de la educación. Ayer mismo seguía yo en Twitter una discusión sobre el tema de las becas. Un tuitero, obviamente liberal, venía a decir que permitir que la universidad se llene de brillantes y de zotes no hace sino hacer zotes a los brillantes. Entonces alguien le contestó algo así cómo: «el hecho de que defiendas becas con alta exigencia de nota demuestra lo que opinas de la igualdad». Esto, en junio del 2013, es Mayo del 68 en estado puro. La educación es un derecho y, por lo tanto, no se puede vedar el acceso a la misma a nadie; aunque sea un zote. Aunque, en expresión muy española, no valga para estudiar. Unas becas que te financiasen todo, absolutamente todo, pero que te exigiesen una nota de 8,5 o superior, estarían tratando de forma desigual a los desiguales. Y eso, tras Mayo del 68, también es pecado.
El espíritu de Mayo del 68 se ha cargado la educación en los países occidentales, y algún día, tal vez, los impulsores de este proceso se encontrarán con generaciones que les pedirán cuentas por ello. Las cosas se podrían escribir de forma más edulcorada, pero es lo que hay. Mayo del 68 fue, primero que todo, un proceso de cambio en el sistema educativo, muy influido por la forma de pensar de la primera mitad del siglo XX, que concebía (Big Brother, Brave, brave new world...) las sociedades occidentales como enormes fábricas de epsilones sin pensamiento; de personas sin criterio ni capacidad crítica, «diseñadas» para trabajar por los engranajes capitalistas. En la resistencia frente a ese orden de cosas soñó un sistema educativo distinto, en el que había que desterrar cosas como: el aprendizaje memorístico, el saber clásico, los exámenes (anda que no ha dado para pajas sin fin el mito ése de la evaluación continua...), los deberes, la disciplina en clase, los castigos, y, en general, la autoridad. Autoridad del maestro y autoridad del esfuerzo; ambas. La educación deja de ser un proceso por el cual el maestro, por interés o generosidad, vierte sus conocimientos sobre el alumno (en la antigua India, las clases comenzaban con una breve ceremonia en la que los alumnos colocaban su cabeza bajo el pie del maestro); para pasar a ser un proceso compartido de conocimiento e integración, y todas esas cosas.
Por el camino, el espíritu de Mayo del 68, que surgió para evitar que el mundo fabricase epsilones, lo que ha hecho ha sido fabricar un mundo de seres concienciadísimos que no distinguen un logaritmo neperiano del lápiz de labios de Beyoncé.
Otra gran herencia de Mayo del 68 es el muy especial concepto de representatividad social y política. Hoy estamos tan acostumbrados a vivirlo que ni nos percatamos de cómo es; pero resulta realmente curioso a poco que se piense.
Tiene su coña eso, que se dice mucho, de que Mayo del 68 fue un movimiento democrático. Mayo del 68 fue un movimiento asambleario, que no es lo mismo. De democrático tuvo poco, ya que sus propios impulsores, lo dejaron bien claro en sus manifiestos y sobre todo en las entrevistas que el propio Cohn-Bendit concedió a la prensa en aquellos momentos, concebían su movimiento como una democracia reservada a los suyos. Mayo del 68, como movimiento, otorgaba carnés de demócrata; y a quien no lo recibía, lo lapidaba, como pudieron apreciar incluso prestigiosos premios Nobel, cercanos al movimiento, que intentaron hablar en esa supuesta ágora abierta a todos en que se había convertido Nanterre, y no lo consiguieron porque quienes consideraban aquel foro de su propiedad democrática no permitían notas discordantes en el mismo.
Ni qué decir tiene que tampoco colabora mucho para elevar las credenciales de democracia del movimiento su punto más elevado, que es el mitin de Charléty; reunión en la cual, ahí está la prensa de la época y bastantes libros que lo cuentan muy bien, la tesis que se defendió era la toma revolucionaria del poder bajo la interpretación de que la masiva huelga general del país había demostrado que el Estado gaullista había dejado de existir. Los revolucionarios de Mayo del 68 no estaban dispuestos a someterse al examen de las urnas y, precisamente por eso, el gesto del Gobierno Pompidou de convocar elecciones acabó con la ya muy frágil (en realidad, inexistente) unidad del movimiento. Porque los verdaderos activistas e ideólogos de Mayo del 68 no querían ir a unas elecciones; querían tomar el poder. Se sentían sobradamente legitimados para ello; y aquí reside la segunda gran herencia de Mayo del 68.
Se puede formular así: la legitimidad se puede obtener de las urnas, o de otra manera. O, si se prefiere: la legitimidad de la calle es tan legitimidad como la de las urnas. Incluso, más. Así las cosas, en el mundo post Mayo del 68 hay un alcalde que decide urbanizar una zona; entonces llegan unos señores, la Asociación Ecologista de la Loma Tiesa, y dicen que eso es una burrada. Y, automáticamente, el alcalde (que ha sido elegido para ser alcalde) ya no tiene que negociar con los concejales (que también han sido elegidos para ello), sino con la Asociación Ecologista de la Loma Tiesa; que son unos señores de los que, habitualmente, se desconoce cuántos militantes tienen al corriente de pago, cuánta gente les apoya, o la calidad de sus técnicos (si es que los tienen), etc. Simplemente, están ahí, y dicen que la calle los ha legitimado. Finalmente, el proyecto de urbanización ha de pactarse con unos señores que nunca han pasado por el filtro de los votos para estar ahí. En las siguientes municipales, un grupo ecologista, obviamente cercano a los de la Loma Tiesa, se presenta a las municipales, y saca tres votos; pero nadie parece darse cuenta.
Este proceso, que se puede apreciar en cualesquiera partes (véase el fenómeno de los reverendos afroamericanos de las ciudades de Estados Unidos, que dicen representar a una raza que luego vota a otros), es más intenso en España, porque en España, en realidad, fue un fenómeno que tuvo su justificación durante los años en los que la representación política no era perfecta porque estábamos migrando desde una dictadura. Hoy, sin embargo, tres décadas después de la construcción de los canales democráticos, ahí sigue.
En suma, Mayo del 68 no es un periodo histórico que despierte cuando menos mis pasiones. Le veo más sombras que luces y no acabo de ver la utilidad de su herencia; es más: en su herencia veo cosas que me gustan más bien poco. Pero está ahí, en nuestro ADN. Nosotros, las gentes de hoy, como Peter Parker, no podemos sortear el hecho de que, por mucho que lo neguemos, somos arañas.
martes, junio 11, 2013
miércoles, junio 05, 2013
Soixante huit (21: Coda sangrienta)
De esta serie se ha publicado ya un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto, séptimo, octavo, noveno , décimo, décimo primer, décimo segundo, décimo tercer, décimo cuarto, décimo quinto, décimo sexto, décimo séptimo, décimo octavo, décimo noveno y vigésimo capítulo.
Resumen de lo publicado: El anuncio de Sauron de convocar elecciones en la Tierra Media ha terminado por dividir a hobbits, enanos y Rojirrim, que empiezan a tratarse los unos a los otros como si nunca hubieran sido amigos. Poco a poco, los enanos comienzan a amagar con dejar la huelga y volver a las minas, merced a las instrucciones recibidas por sus reyes de que lo importante es ir ahora a los comicios a encenderle el pelo al Señor Oscuro. Los hobbits, así las cosas, se quedan más solos que nunca.
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Aquel 10 de junio, un grupo de chicos y chicas maoístas de la UJC-ml regresa en París de una movida de apoyo a los huelguistas de la Renault. Bastante cansados, acaban de almorzar. Están al borde del Sena. Si hemos de creer a la versión policial, el grupo llega a un control de las fuerzas de seguridad y varios de ellos, intentando evitar el control, se lanzan al agua. Una chica es rescatada del agua viva; pero un chico joven, a pesar de los esfuerzos policiales (siempre según ellos mismos), perece ahogado. Se trata del joven de 17 años Gilles Tautin, alumno del instituto Stéphane-Mallarmé.
Resumen de lo publicado: El anuncio de Sauron de convocar elecciones en la Tierra Media ha terminado por dividir a hobbits, enanos y Rojirrim, que empiezan a tratarse los unos a los otros como si nunca hubieran sido amigos. Poco a poco, los enanos comienzan a amagar con dejar la huelga y volver a las minas, merced a las instrucciones recibidas por sus reyes de que lo importante es ir ahora a los comicios a encenderle el pelo al Señor Oscuro. Los hobbits, así las cosas, se quedan más solos que nunca.
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Aquel 10 de junio, un grupo de chicos y chicas maoístas de la UJC-ml regresa en París de una movida de apoyo a los huelguistas de la Renault. Bastante cansados, acaban de almorzar. Están al borde del Sena. Si hemos de creer a la versión policial, el grupo llega a un control de las fuerzas de seguridad y varios de ellos, intentando evitar el control, se lanzan al agua. Una chica es rescatada del agua viva; pero un chico joven, a pesar de los esfuerzos policiales (siempre según ellos mismos), perece ahogado. Se trata del joven de 17 años Gilles Tautin, alumno del instituto Stéphane-Mallarmé.
lunes, junio 03, 2013
Más sobre la muerte de El Hechizado
Hace muy pocos días le dedicamos unas líneas al tema de la muerte de Carlos II, El Hechizado, y las cuitas dinásticas que provocó. Algunos de mis amigos y lectores, sin embargo, al leer el post, me han, por así decirlo, reprochado que aquel texto se refiriese únicamente a las cuestiones de derecho sucesorio que estaban en juego. Ciertamente, en mi post apuntaba yo que había mucha política detrás de todo aquello; pero, tal vez, el relato de esto, de la política, quedó demasiado escamoteado. Estas notas de hoy pretenden solventar el problema.
miércoles, mayo 29, 2013
Soixante huit (20: por un quítame allá esas urnas)
De esta serie se ha publicado ya un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto, séptimo, octavo, noveno , décimo, décimo primer, décimo segundo, décimo tercer, décimo cuarto, décimo quinto, décimo sexto, décimo séptimo, décimo octavo y décimo noveno capítulo.
Resumen de lo publicado: El malvado Sauron, que sabe más por los siglos que lleva gobernando la Tierra Media que, en sí, por malvado, enciende un día su ojo en la cumbre de Mordor y lanza el mensaje inequívoco: de aquí no me mueve ni la Benemérita. Los hobbits, que ya se creían en posesión de la Tierra Media, se quedan con un palmo en las narices. Lo siguiente que hace Sauron es anunciar elecciones en la nación, con lo que los hobbits acaban ya por romperse: unos quieren presentarse a los comicios, convencidos de que pueden vencer al Señor Oscuro. Y otros quieren seguir repartiendo mangüitis.
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Hablando con propiedad, los sindicatos franceses han reaccionado días antes, tras el discurso de De Gaulle y la demostración de los Campos Elíseos, llamando a organizar un acto que suponga la digna respuesta a esa iniciativa. Sin embargo, poco a poco este entusiasmo de reacción se va matizando. Force Ouvrière, por ejemplo, no tarda a abrazar su táctica tradicional de que no merece la pena manifestarse en la calle por reivindicaciones políticas. Todo el mundo mira a la CGT. Pero la CGT es la mejor expresión del daño que le ha hecho el último gambito gaullista a las intenciones revolucionarias: lo más importante, dicen los sindicalistas, es, ahora, ganar las elecciones.
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Hablando con propiedad, los sindicatos franceses han reaccionado días antes, tras el discurso de De Gaulle y la demostración de los Campos Elíseos, llamando a organizar un acto que suponga la digna respuesta a esa iniciativa. Sin embargo, poco a poco este entusiasmo de reacción se va matizando. Force Ouvrière, por ejemplo, no tarda a abrazar su táctica tradicional de que no merece la pena manifestarse en la calle por reivindicaciones políticas. Todo el mundo mira a la CGT. Pero la CGT es la mejor expresión del daño que le ha hecho el último gambito gaullista a las intenciones revolucionarias: lo más importante, dicen los sindicalistas, es, ahora, ganar las elecciones.
viernes, mayo 24, 2013
A la muerte de El Hechizado
Que en los comienzos del siglo XVIII en España se montó la marimorena, no hace falta ser catalán para saberlo y entenderlo. Nuestra guerra de sucesión es un hecho de capital importancia para el país por muchos motivos, algunos de ellos tan duraderos como la filiación de la dinastía que reina en nuestro país a día de hoy. Tal vez por ello, todo el mundo más o menos cultivado conoce el tema y sabe algo sobre él.
miércoles, mayo 22, 2013
El rey casto y su mujer española
El rey francés Luis XIII, llamado por sus paisanos El Justo,
tiene como principal mérito ante la Historia el de ser el padre de Luis XIV,
considerado por los franceses, tal vez, como el mejor rey que nunca tuvo
Francia. Ese mérito, sin embargo, es dudoso, a decir de muchas
interpretaciones. Interpretaciones que recuerdan las difíciles relaciones que
tuvo Luis con su esposa, la española Ana de Austria; y, en general, la
repugnancia o rechazo del contacto sexual, que también le ha valido a este
rey el apodo de El Casto.
El de Luis XIII, sin embargo, difícilmente se puede
considerar un caso de impotencia, como los observados o sospechados en otros
reyes. El del rey francés es un caso de sexualidad compleja, en el que bien
harían en bucear los estudiosos de las parafilias.
Lo primero que hay que decir de Luis XIII es que era hijo de
Enrique IV. Esto que, así de principio, parece una gilipollez, no lo es tanto
si al tiempo decimos que Enrique IV es, probablemente, el rey francés (y,
quizás, no francés) más putero de la era moderna. De él se dijo que tuvo más de
50 amantes y una gran multiplicidad de bastardos. Era la suya una rijosidad
democrática, pues igual le daba irse a la cama con una condesa dueña de una
gran heredad que con la mujer de su jardinero. Era, pues, un hombre disoluto,
como se decía antiguamente, que, como consecuencia, coqueteó con las
enfermedades venéreas, habiendo sufrido, cuando menos dos veces, incapacidad de
orinar por causa de afecciones gonorreicas.
Ese carácter no muy ejemplar afecta en gran medida a su hijo
y delfín, que se crió en un ambiente un tanto extraño y no muy ordenado, en
compañía de algunos de sus hermanos bastardos. Cabe adivinar que, a lo largo de
aquellos años, desarrolló una extraña atracción por el sexo, combinada con el
rechazo del mismo por el rechazo a su padre.
La vida de Luis XIII está extraordinariamente bien
documentada gracias al diario de su médico, Jean Hérouard, quien realizó, a
través de sus anotaciones, una descripción minuciosa de la infancia del Delfín.
Descripción en la que quedan pocas dudas de la distancia entre padre e hijo.
Nos cuenta el médico, en efecto, que, siendo Luis un niño, una de las damas de
la reina le dijo: “no iréis a ser vosotros un lujurioso como vuestro padre”; a
lo que el niño respondió con un seco, y frío “no”.
Hérouard nos informa que Luis XIII nació recio, musculoso y
sano, aunque pronto se le presentó un problema que pudo ser de gran influencia
en su sicología. Al día siguiente de haber nacido, su aya notó que sufría al
mamar, por lo que le observó la boca para encontrar que aún tenía el frenillo,
que le fue cortado por Gillemeau, cirujano del rey. Lamentablemente, la
operación no salió del todo bien; o, tal vez, el niño tenía otro problema “de
salida”. El caso es que, cuando empezó a hablar, se observó que tartamudeaba y
pronunciaba algunos sonidos fónicos de mala manera. Si el gran problema de Luis
XIII, como aseguran algunos historiadores, fue la timidez, aquello no pudo
colaborar para hacerlo más extrovertido. Por cierto, que en Luis XIII se da una
historia bastante parecida a la que cuenta la película El discurso del rey, puesto que en la más importante perorata de su
vida, aquélla ante el Parlamento para sancionar su mayoría de edad, no se
equivocó ni una sola vez. Se ignora si alguien le ayudó para ello.
En la infancia de Luis, éste tuvo un preceptor, Nicolas
Vauquelin, que, dato importante, fue despedido muy poco después de la muerte
del rey Enrique IV. A este hombre le adjudican no pocos libros la
responsabilidad de haber dirigido una educación para el Delfín que no reparó en
impulsar sus vicios. Siendo apenas un niño, el paje del señor de Longueville
cumple su función de darle la novedad al rey-niño; servicio que éste contesta lui montrant sa guillery, que viene a
querer decir, cuarta arriba, cuarta abajo, enseñándole la polla. El diario
acontecer palaciego registra el mismo gesto de Luisito ante los embajadores de
Saboya (tal vez, por la rima…) y de Escocia. Incluso delante del señor de
Bonnières, aristócrata galo que le rendía en ese momento visita… acompañado de
su hija. El médico real, con precisión notarial, nos hace ver que Luis niño
juega constantemente con su ciruelo e incluso insinúa que va a hacer que la
gente se lo bese. Tiene la costumbre de acostarse boca arriba para que todo el
mundo que está con él pueda contemplar el espectáculo.
El matrimonio entre Luis XIII y Ana de Austria fue
medio acordado cuando ambos eran apenas unos niños. Y, según diversos indicios,
el niño Luis estaba como obsesionado con tirársela, aunque tal vez no
entendiese muy bien el significado real de la cosa. El médico Hérouard le
pregunta un día: “¿Dónde está la lindura de papá?”, refiriéndose a él; y el
niño se golpea en el estómago. Luego le pregunta: “¿Y dónde está la lindura de
Infanta [española: Ana de Austria, su futura mujer]; y el niño, por toda
respuesta, se mete la mano en la bragueta.
A tiernísimos tres años, el 5 de agosto de 1604, la señora
de Vendôme (a la que volveremos a encontrar en este relato, seriamente
humillada por el rey), tras desnudar a su pariente, le pregunta si querrá
que duerman juntos. “No”, le contesta el niño; “tú no eres la Infanta”.
Hay cosas que han intrigado a los historiadores de aquel
niño pero que, probablemente, son más normales. Provenientes de la imitación
realizada por un niño especial que puede hacer casi lo que le dé la gana. Un
día ve a dos mujeres de la corte, y repara en que una le da a la otra un
cachete en el culo. A partir de aquel día, él quiere golpear a las mujeres que
le rodean con una pequeña fusta.
Hay que tener en cuenta que el propio rey tenía la
costumbre, cada vez que regresaba de una jornada de caza (lo cual era muy
habitual), de desnudarse, tumbarse en la cama y hacer desnudar a su hijo para
que se acostara con él. Es posible que Enrique considerase que su hijo era poco
viril y que haciendo cosas como ésa buscase corregir la situación. Mantuvo
aquella costumbre de machotes acostándose en pelotas juntos hasta su propia
muerte, que tuvo lugar cuando el Delfín tenía 9 años.
El diario de Hérouard, de hecho,
es útil a la hora de valorar hasta qué punto al rey le preocupaba que su hijo
pudiera ser un nenaza, y hasta qué punto lo presionaba por razones de Estado.
Anota, entre otras cosas, que en 1605, cuando Luis tenía cuatro años, su padre
lo llevó con él a contemplar un nuevo tapiz que representaba a unos niños, y
allí le dijo: “Quiero que le hagas un
hijo a la Infanta”. El niño le dijo que no lo haría. O sea, le dijo lo que cualquier niño le habría contestado.
A pesar de ese rechazo, son
varias veces en el diario del médico en que se anota que Luis le ha asegurado a
sus ayas que “la Infanta de España yacerá conmigo y yo le haré un hijo con mi
polla”. Todo indica, además, que, conforme va avanzando la infancia del Delfín,
todos estos conflictos van degenerando en una sexualidad mal asumida. Una
noche, el niño tiene una pesadilla y su aya decide meterlo en su cama para que
duerma tranquilo. En la mañana, el niño se despierta y le dice a la mujer:
“Buenos días, perra, bésame”. Cuando el aya le inquiere por qué la llama perra,
el niño contesta: “porque te estás acostando conmigo”. Suena a historia de su
padre, el rey, mal contada, mal escuchada y mal comprendida.
Teniendo Luis XII catorce años (Ana de
Austria apenas unas horas más que él), las diplomacias francesa y española
deciden que ya es momento de que se casen. En el palacio del arzobispo de
Burdeos se conocen el novio y la novia.
El Estado francés publicó un
folletito, titulado Détail singulier de
ce qui se passa le jour de la consommation du mariage de Louis XIII (25
décembre 1615). Según dicha obra oficial, todo fue de pila máster. Un poco
en contra de las costumbres normales de la corona francesa, la reina madre,
María de Medicis, solicitó de las dos camareras reales cuya función era pasar
la noche entera en la alcoba de los novios que les dejasen una o dos horas a
solas; tiempo tras el cual las dos mayordomas penetraron en la habitación para
comprobar que el rey había consumado el matrimonio; dos veces. El texto está
destinado a los miembros del cuerpo diplomático, pero éstos no parecen estar
muy seguros de que lo referido sea la verdad. El embajador de Mantua, por ejemplo, le escribe a su jefe que el
rey ha consumado el matrimonio “si es que se cree lo que se ha dicho”. La
verdad es que muy pronto la historiografía francesa se dio cuenta de que
aquella relación era un cuento; que, en realidad, Luis XIII no había tocado a
Anita la Española. Y que, de hecho, tras aquella primera noche de Navidad, no
regresó a su tálamo en cuatro años. Cuatro años.
Esta ausencia, unida al hecho de
que los dos amores del rey, la señora d’Hautreufort y la señora de La Fayette,
son muy posteriores (tenía casi treinta años) y de carácter meramente platónico
(jamás les puso la mano encima) son las que han sostenido la teoría de que este
rey francés debía ser llamado El Casto. Sin embargo, ya hemos referido varios
testimonios, y podríamos referir más, que abonan la teoría de que, o bien dicha
castidad era falsa, o bien se desarrollaba en el marco de una sexualidad
bastante torticera y mal asumida.
Varios indicios parecen indicar,
en todo caso, que conforme el rey fue cumpliendo años, esta asunción enfermiza
de su sexualidad fue llevándole por derroteros cada vez más extraños. Y es aquí
donde volvemos a encontrar a la señora de Vendôme, hija ella misma de Enrique
IV. Esta miembra de la casa real francesa se casó el 20 de enero de 1619 con el
duque d’Elboeuf. Los esposos se aprestaron, tras los esponsales, a llevar
adelante su noche de bodas. Entonces el rey, haciendo uso del poder absoluto de
que disponía, se hizo introducir en la cámara donde estaban los esposos porque,
dicen las crónicas, “quería estar
presente en su propia cama para así ver cómo se consumaba el matrimonio; acto
que fue coronado más de una vez, con gran gusto por parte de Su Majestad”.
Parece que la Vendôme nunca le perdonó al rey aquel voyeurismo inesperado y
humillante; según el embajador de Venecia, le espetó: “Sire, faites vous aussi la même chose avec la Reine, et bien vous
ferez” (señor, haced Vos lo mismo con la reina, y bien que haréis).
Cuatro días más tarde, Luis XIII
regresó al tálamo de su esposa, por primera vez desde su noche de bodas, pero no sin que el señor De Leynes, su mano
derecha, le impulsase a ello. A las once de la noche, el noble entró en la
habitación del rey, y lo sacó de allí para, literalmente, ir a follarse a la
reina. Prácticamente lo llevó de la oreja por los pasillos. Los meticulosos
diarios de la Corte francesa registran con puntillosidad las escasas noches
que, a partir de entonces, el rey visitó a la reina.
Pero la reina se quedó
embarazada. En 1637, y después de haber hecho montones de rogativas ante la
catedral madrileña de San Isidro, santo al que los madrileños creían capaz de
preñar a las estrechas; y de, incluso, haber enviado a un cura francés, el
padre Bachelier, ante la Corte española, para hacerse prestar por el rey español
una reliquia del santo.
¿Era aquel niño, que sería el muy
rijoso Luis XIV, hijo de Luis XIII? Difícilmente. El propio pueblo francés lo
apeló, desde el inicio, con el chanzudo sobrenombre de Dieudonné, o don de Dios. Tan segura estaba la calle de que Luis
XIV no era hijo de su padre que la tesis más extendida, que otorgaba la
paternidad al noble señor marqués de Ancre, incluso se cantaba por las calles,
con esta letra cuyo chiste es intraducible.
Si la Reine allait avoir
un enfant dans le ventre,
il serait bien noir
car il serait d’encre.
(Si la Reina fuese a tener/un
niño en el vientre/sería con seguridad negro/pues sería de tinta. Obviamente,
se juega con el chiste de que il serait
d’Ancre, sería [hijo del marqués de] Ancre, suena como il serait d’encre, sería de tinta).
Para solaz de los naturales de comunidades forales, se debe decir que la historiografía francesa y, en general, aquel pueblo, siempre sintió que, con la llegada al Louvre de un rey que, en realidad, sabe Dios de quién era hijo, se perdió el porte euskaldún que, hasta entonces, vía casa de Navarra, tenían los reyes franceses.
lunes, mayo 20, 2013
Soixante huit (19:... y el viento cambia)
De esta serie se ha publicado ya un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto, séptimo, octavo, noveno , décimo, décimo primer, décimo segundo, décimo tercer, décimo cuarto, décimo quinto, décimo sexto, décimo séptimo y décimo octavo capítulo.
Resumen de lo publicado: Tras la espantada de Sauron y el apagamiento, que parece definitivo, de su ojo en la cumbre de Mordor, los hobbits se creen ganadores definitivos de la lucha contra los poderes oscuros. Ello a pesar de que los Rojirrim y los enanos, teóricos aliados suyos, siguen en buena parte haciendo la guerra por su parte y tratando de pactar con Sauron en lugar de acabar con él. En aquel clima tan optimista, los hobbits comienzan a pensar en el futuro cuando tengan el poder absoluto sobre la Tierra Media, y se deciden por un amiguete, el mortaraz Aragorn Mendes, para que los gobierne.
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A las 12,25 horas de la mañana, el general De Gaulle ha vuelto a París. Tardará dos horas de recibir al primer ministro Pompidou y comenzar a dar explicaciones concretas.
Resumen de lo publicado: Tras la espantada de Sauron y el apagamiento, que parece definitivo, de su ojo en la cumbre de Mordor, los hobbits se creen ganadores definitivos de la lucha contra los poderes oscuros. Ello a pesar de que los Rojirrim y los enanos, teóricos aliados suyos, siguen en buena parte haciendo la guerra por su parte y tratando de pactar con Sauron en lugar de acabar con él. En aquel clima tan optimista, los hobbits comienzan a pensar en el futuro cuando tengan el poder absoluto sobre la Tierra Media, y se deciden por un amiguete, el mortaraz Aragorn Mendes, para que los gobierne.
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A las 12,25 horas de la mañana, el general De Gaulle ha vuelto a París. Tardará dos horas de recibir al primer ministro Pompidou y comenzar a dar explicaciones concretas.
viernes, mayo 17, 2013
La antigua muerte
Al hombre siempre le ha inquietado la muerte. Los ritos
funerarios, descubiertos gracias a diversos éxitos arqueológicos, demuestran la
existencia desde muy pronto de una visión de la muerte como un hecho que debía ser
objeto de ritos. La forma en que las civilizaciones se han enfrentado al hecho
de la muerte presenta variaciones muy diversas, pero en nuestro caso, al menos
como europeos o miembros de eso que llamamos la civilización occidental, una
vez más, como otras muchas, es en el mundo griego y romano en el que hemos de
buscar las raíces de nuestra propia actitud.
miércoles, mayo 15, 2013
¿Por qué príncipe de Asturias?
Lo lógico es que, de un tiempo a esta parte, te estés
haciendo sobre la monarquía española preguntas algo más profundas. Sin embargo,
es posible que aún le quede sitio a tus reflexiones para preguntarte por qué
los herederos de la Corona en España se llaman príncipes de Asturias. Es
posible, también, que pienses que eso es porque Asturias es la tierra en la que
se inicia la Reconquista; de hecho, ésta es la respuesta mayoritaria que, al menos,
yo he arrancado a base de preguntar a los amiguetes. La respuesta, sin embargo,
no es exactamente así. En realidad, no fue un asturiano quien promulgó el
trato, sino un inglés. Así de cosmopolita es nuestra monarquía.
Príncipe significa el primero. Y es una palabra que se lleva
su tiempo en tomar la acepción que hoy le damos. El primer príncipe importante
es Augusto, quien luego se titularía emperador, puesto que se buscó el título
de princeps para no tener que darse
el de rex, conocedor de que, desde
los tiempos de Julio, los republicanos romanos le tenían tirria a la palabrita.
De todas formas, ya antes de ello, el Senado romano tenía un prínceps senatus, que era algo así como
el speaker.
El título llega a la Edad Media europea designando a todo
aquél que tenía mando total sobre un territorio. Con la consolidación del poder
centralizado de las monarquías, que recortó notablemente la autonomía de mando
de condes, marqueses y demás patulea, el vocablo príncipe comenzó a vincularse
estrictamente a las familias reales. No obstante, en Europa quedan tres
vestigios de aquel orden medieval en el que los territorios autónomos eran
principados, en los así llamados de Andorra, Mónaco y Lienchenstein.
¿Cómo llegó, concretamente en el siglo XVI, el principado de
Asturias a ser título del heredero de la corona, no de España, sino de Castilla
y León? Pues ahí va la historia.
Ya hemos hablado en este blog del rey castellano Pedro I,
llamado el Cruel. Peter casó con María de Padilla, de la que tuvo cuatro hijos.
Un niño, Alfonso, que murió siendo muy crío. Beatriz, que se metió monja, y
también murió joven. Y, finalmente, Constanza e Isabel. En 1362, el rey Pedro
testó a favor de sus hijas la corona que ceñía y, al año siguiente, las Cortes
de Bubierca sancionaron dicho deseo. Sin embargo, como ya hemos contado aquí,
en 1369 el oponente de Pedro, Enrique de Trastámara, con la ayuda del francés
Bertrand de Duglesclin, se cargó a Pedro, pasando a ser Enrique II de Castilla.
Malos tiempos para las hijas de Pedro, que pasaron de
herederas de la corona al segundón estatus de infantas. Ambas encontraron su futuro en Inglaterra. Constanza encontró al inglés Juan de Gante, duque consorte de Lancaster, que
había enviudado. Juan era el cuarto hijo varón del rey inglés Eduardo III, así
pues aportó al matrimonio la dudosa dote de un difuso derecho a la corona
inglesa; y su mujer un no menos tenue derecho, en la práctica, a la de Castilla. Isabel, la otra
infanta, se casó con Edmundo, hermano de Juan y tercer hijo varón de Eduardo
III; alguna posibilidad más tenía de ser rey.
A la muerte de Beatriz, la infanta clarisa y por lo tanto
primogénita de Pedro I, el partido petrista comenzó a llamar a Constanza reina
de Castilla y León; Eduardo III, de hecho, ordenó que tal fuese el tratamiento
que recibiesen en Londres.
En 1386, Juan de Gante, juzgando sus posibilidades de ser
rey de Inglaterra bastante tenues, cedió sus posesiones en las islas al hijo
que tenía de su primer matrimonio (hijo que llegaría, por cierto, a reinar en
Inglaterra como Enrique IV) y se fue a España para defender los derechos a la
corona de Castilla de su mujer, Constanza; y de la hija de ambos, Catalina. En
España se encontró con la lógica oposición de Juan I, hijo de Enrique II, que estaba al frente del machito.
Tras una serie de acciones de suerte vacilante, Juan de Gante
y Juan de Trastámara firmaron la paz de Troncoso. Esta paz estipulaba el
compromiso entre ambos de que el infante Enrique, hijo de Juan y que entonces
tenia diez años, se casase con Catalina de Lancaster, hija de Juan y Constanza,
que tenía catorce. Si el niño Enrique moría antes de consumar el matrimonio, su
hermano Fernando (que acabaría siendo el rey Fernando I de Aragón, llamado el
de Antequera), debía casarse en su lugar.
El pacto era perfecto, pues suponía cerrar, unos cuantos
años después, la lucha a muerte entre Enrique II Trastámara y Pedro I el Cruel:
el marido era nieto del primero, y la mujer nieta del segundo.
Pero hubo una cláusula más en aquella paz troncosera: además
de arreglarse los casorios, el matrimonio debería ser intitulado príncipes de
Asturias. Y fue Juan de Gante quien lo exigió.
El duque de Lancaster no hacía sino importar a España una
costumbre inglesa relativamente reciente. El heredero de la corona inglesa, en
efecto, se había dado en llamar príncipe de Gales, en atención a la mucha
mierda que tuvieron que sudar los ingleses para someter aquellas tierras. En el
siglo XII, Gales se había unido bajo el cetro de un caudillo militar, Llywelyn
ab Jorweth, que se había hecho llamar príncipe de Gales. Ya en el siglo XIII,
el nieto de este caudillo, Llywelyn ab Gruffyd, llamado El Grande, consiguió
derrotar a Eduardo, designado ya heredero de Enrique III. Este Eduardo, ya
coronado Edward I (tiene importancia escribirlo así: la dinastía real inglesa
es francesa, y Eduardo I es el primero de sus reyes que portó nombre inglés)
resolvió dejarse de mamonadas e integrar de una vez Gales en la integralidad
inglesa. Aquella guerra terminó en 1282 con el aplastamiento de las tropas
locales y el ajusticiamiento de los líderes que no murieron en el combate. Para
declarar la inamovilidad de la incorporación gaélica (perdón, galesa) a la corona inglesa, los herederos
pasaron a llamarse príncipes de Gales.
Hemos visto cuál fue el proceso en Castilla. Pero en Aragón,
en realidad, fue muy parecido, y casi también en los mismos tiempos.
Tradicionalmente, el heredero de los reinos de Aragón y Valencia y el condado
de Barcelona (inseparables desde 1319, en las Cortes de Tarragona) era ungido
simplemente sucesor y sustituto del rey en su ausencia.
En 1351, el rey Pedro el Ceremonioso, que tenía un marrón
sucesorio que te cagas porque su hermano Jaime ambicionaba la corona y él
quería dejársela a sus hijas, por fin hizo bull’s
eye y consiguió generar un hijo, Juan. Cuando tenía su hijo apenas un mes,
y copiando la costumbre francesa de entonces, por la que el heredero de la
corona era nombrado duque de Normandía, le dio a su hijo la ciudad de Gerona y
el título de duque.
El duque llegó a rey, como Juan I. Este Juan, el I de Aragón, sólo tuvo hijas, por lo que tuvo
que echar mano de su hermano, Martín (quien había sido nombrado por Pedro el
Ceremonioso rey de Sicilia), al que nombró su mano derecha, amén que duque de
Montblanc.
Martín fue rey después de su hermano, y es conocido por la
Historia como Martín el Humano. En 1395, cuando lo hicieron rey, había abdicado
la corona de Sicilia en su hijo, Martín, llamado el Joven; y luego lo nombró
heredero de la de Aragón. Pero las cosas no salieron como el Humano esperaba,
porque su hijo murió un año antes que él, retrotrayéndole, pues, la corona
siciliana.
En 1414, el conflicto sucesorio surgido tras la muerte de
Martín el Humano fue resuelto con la elección de Fernando de Trastámara,
llamado por la Historia el de Antequera, como rey de Aragón (que era, lo hemos
dicho, un Trastámara; hermano del rey de Castilla, Enrique III). El
día de su coronación, y siguiendo la estela del ducado de Gerona y la nueva
moda surgida en Castilla con el principado de Asturias, Fernando ungió a su primogénito,
Alfonso (futuro Alfonso V el Magnánimo) como príncipe de Gerona.
Fernando I el de Antequera recuperó también el ducado de
Montblanc para su segundo hijo, Juan; quien se casó con Blanca de Navarra, hija
de Carlos III, llamado el Noble; braguetazo que se sirvió para ser rey consorte
de la Comunidad Foral. Juan y Blanca tuvieron un hijo llamado Carlos, a quien
se le otorgó el título de príncipe de Viana, que es el que escogieron los
navarricos para designar a su futuro rey.
Alfonso el Magnánimo murió en 1458 sin hijos (legítimos), por lo que la corona pasó a su hermano Juan, el marido de
la Blanca, que para entonces andaba ya a hostiones limpios con su hijo Charlie
por ver quién mandaba en Euska Herria Este. A las Cortes de Zaragoza de 1460
fueron los representantes de las ciudades mañas, horchateras y catalanas un
poco preocupados por nombrar rey tan talludo, por lo que le pidieron a Juan que
en el mismo acto fuese nombrado príncipe de Gerona, heredero pues de la corona,
Carlos, príncipe de Viana. Juan, sin embargo, no quería ver a su hijo vascuence
ni en pintura, ya hemos dicho que andaba arriscado con él; así pues, ni corto
ni perezoso, nombró a Fernando, hijo de su segundo matrimonio, duque de
Montblanc; sabiendo que dicho título lo habían llevado, hasta entonces, dos
personas, Martín el Humano y él mismo, que habían terminado siendo reyes de
Aragón. Y no erró, porque aquel tercer duque de Montblanc, infante don Fernando,
acabó siendo Fernando I, al que conocemos como el Católico.
Un poco antes del nombramiento de Fernando, sin embargo, el
príncipe de Viana había sido proclamado, en Barcelona, rey de Navarra y
gobernador general de Aragón. Sin embargo, Carlos murió poco después de aquella
proclamación, así pues a las Cortes de Calatayud no les quedó otra que aceptar
a Fernando.
El infante don Juan, hijo de los Reyes Católicos, fue
proclamado, a la vez, príncipe de Asturias y de Gerona, pues la legitimidad le
venía de ambas coronas. Felipe II, por su parte, también fue objeto de la misma
proclamación. Pero el Rey Prudente, a la hora de proclamar a Felipe III,
decidió ya simplificar las cosas, por lo que fue proclamado príncipe de las
Españas. Así pues, el título de príncipe de Asturias desapareció, hasta volver
a ser usado en el siglo XVIII.
Cabe reseñar, por último, que sólo dos personas en la
Historia de España han recibido el título de príncipe sin ser de sangre real.
El primero fue Godoy, nombrado Príncipe de la Paz; título que, cuando el valido fue
rehabilitado en 1847, no se le devolvió. Y don Baldomero Espartero, que fue
nombrado príncipe de Vergara por el rey italo-italiano Amadeo de Saboya
Príncipe de Gales, de Asturias o de Gerona no es la única
denominación especial que recibe el heredero. Es bien sabido que en Francia el
heredero, que inicialmente era el duque de Normandía, pasó a ser el Delfín, que
no quiere decir que lo considerasen un mamífero marino, sino señor del
Delfinado, que es una región de Francia donde hacen un notable gratin dauphinoise. El heredero de la
cosa belga es príncipe de Brabante, el de Bulgaria de Tirnovo. El de Grecia es
diádoco de Grecia y duque de Esparta. El de Holanda, nos ha jodido, príncipe de
Orange (podríamos nombrar a Felipe príncipe de Movistar :-DDD). El de Montenegro es el Gran Voivoda de Grahovo y de Zeta. El de
Portugal, duque de Braganza (y no de Bragazas, como alguna vez escribe algún
estudiante despistado). El de Rumania, duque de Alta Julia.
De todo lo antedicho debería quedar claro, entiendo yo, que
el heredero de la Corona de España no es príncipe de Asturias. Más propiamente,
es: príncipe de Asturias, de Gerona y de Viana, y duque de Montblanc. Qué
pasaría si Cataluña se independizase, eso ya es algo que tendrán que dirimir
los jurisconsultos.
El cargo más largo que tiene un heredero real en Europa,
como no podía ser de otra manera, es el inglés, que es: príncipe de Gales,
conde de Chester, duque de Cornualles, duque de Rothesay, conde de Carrick,
barón de Renfrew, lord de las Islas y Gran Steward de Escocia. Pero todos esos títulos se los mete en las orejas, y aun le sobra sitio.
domingo, mayo 12, 2013
Lectura: Christian beginnings
El judio de origen húngaro Geza Vermes practica mucho un género de ensayo exegético consistente en libros relativamente breves, descargados de la cita excesiva tanto de las escrituras como de los exégetas, dedicados a diversos aspectos interpretativos de los orígenes y desarrollo del cristianismo. En este libro que hoy comentamos, de muy reciente publicación por la editorial británica Penguin, realiza, de alguna manera, una especie de cóctel de un montón de cosas desarrolladas ya en pasados ensayos. Un cóctel que le queda bastante sabroso.
jueves, mayo 09, 2013
Soixante huit (18: Mitterrand, pas de manoeuvres)
De esta serie se ha publicado ya un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto, séptimo, octavo, noveno , décimo, décimo primer, décimo segundo, décimo tercer, décimo cuarto, décimo quinto, décimo sexto y décimo séptimo capítulo.
Resumen de lo publicado: Tras el fracaso de la negociación para alcanzar la paz en la Tierra Media, los hobbits, más fuertes que nunca, organizan una macromanifestación en Hobbiton que es todo un éxisto a pesar de la distancia marcada con la misma por sus teóricos aliados los Rojirrim y algunos enanos. Esa manifa termina con la convicción por parte de los hobbits de que la Era de Sauron ha terminado y que un nuevo horizonte temporal se abre para todos los seres del mundo. Para colmo, al final de la tarde, el ojo de Sauron va y se apaga; ya nadie sabe dónde puede estar el Señor Oscuro. Es el momento más querido para los amantes de Mayo del 68; el momento en el que, verdaderamente, parece que han ganado. Sin embargo...
---
Durante toda la tarde, una vez que se va conociendo la noticia de que el propio Presidente de Francia parece haberse ido a la francesa (y entre insistentes rumores en la calle de que, como si fuese un rey medieval, está no se sabe dónde, allegando tropas para tomar París), el secretario general de la Presidencia, Bernard Tricot, y el propio primer ministro Georges Pompidou, reciben a todo aquél que está en el gaullismo para algo más que hacer café y servir de caja de resonancia para las notas de prensa. El mensaje que les lanzan es, hasta cierto punto, inesperado para sus interlocutores: nada se ha perdido; es ahora cuando hace falta comenzar la lucha.
Resumen de lo publicado: Tras el fracaso de la negociación para alcanzar la paz en la Tierra Media, los hobbits, más fuertes que nunca, organizan una macromanifestación en Hobbiton que es todo un éxisto a pesar de la distancia marcada con la misma por sus teóricos aliados los Rojirrim y algunos enanos. Esa manifa termina con la convicción por parte de los hobbits de que la Era de Sauron ha terminado y que un nuevo horizonte temporal se abre para todos los seres del mundo. Para colmo, al final de la tarde, el ojo de Sauron va y se apaga; ya nadie sabe dónde puede estar el Señor Oscuro. Es el momento más querido para los amantes de Mayo del 68; el momento en el que, verdaderamente, parece que han ganado. Sin embargo...
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Durante toda la tarde, una vez que se va conociendo la noticia de que el propio Presidente de Francia parece haberse ido a la francesa (y entre insistentes rumores en la calle de que, como si fuese un rey medieval, está no se sabe dónde, allegando tropas para tomar París), el secretario general de la Presidencia, Bernard Tricot, y el propio primer ministro Georges Pompidou, reciben a todo aquél que está en el gaullismo para algo más que hacer café y servir de caja de resonancia para las notas de prensa. El mensaje que les lanzan es, hasta cierto punto, inesperado para sus interlocutores: nada se ha perdido; es ahora cuando hace falta comenzar la lucha.
jueves, mayo 02, 2013
El "otro" final de la II guerra mundial
Todo el mundo, o casi todo el mundo, sabe contar el final de la segunda guerra mundial. Todo el mundo, o casi todo el mundo, sabe describir a Adolf Hitler encerrado en el sótano de su cancillería, suicidándose en compañía de Eva Braun.
Y, sin embargo, ese relato no está completo.
Muy habitualmente los europeos olvidamos que la segunda guerra mundial no terminó con Hitler. Tardó todavía unos meses en acabar, porque proseguía el enfrentamiento en el Pacífico. Y la verdad es que el occidental average poco o nada sabe del final de la guerra en Japón; que fue, desde luego, mucho más movido y caótico que en Berlín. Aquí tenéis un relato.
Y, sin embargo, ese relato no está completo.
Muy habitualmente los europeos olvidamos que la segunda guerra mundial no terminó con Hitler. Tardó todavía unos meses en acabar, porque proseguía el enfrentamiento en el Pacífico. Y la verdad es que el occidental average poco o nada sabe del final de la guerra en Japón; que fue, desde luego, mucho más movido y caótico que en Berlín. Aquí tenéis un relato.
lunes, abril 29, 2013
Soixante huit (17: la construcción del socialismo, seguida de espantá)
De esta serie se ha publicado ya un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto, séptimo, octavo, noveno , décimo, décimo primer, décimo segundo, décimo tercer, décimo cuarto, décimo quinto y décimo sexto capítulo.
Resumen de lo publicado: Finalmente, abrumado por la tensión conjunta de hobbits y enanos, Sauron se aviene a negociar con los primeros de ellos sus condiciones de trabajo en las minas. Tras dos maratonianas sesiones negociadoras, alcanzan un acuerdo. Pero cuando los reyes enanos llegan a las minas a explicarle al resto de sus gentes el contenido de los pactos, éstos los mandan, elegantemente, a tomar Fanta.
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El martes 28 de mayo, el gobierno Pompidou, seriamente
presionado por las circunstancias, entrega una pieza mayor a los estudiantes.
Alain Peyrefitte, probablemente, sigue contando con la máxima confianza del
jefe del Ejecutivo; pero ambos saben que su caída es casi una conditio sine qua non para que las
circunstancias comiencen a cambiar para bien en Francia. Si alguien, en ese
momento, es la metáfora de la universidad vieja, ajada y clasista que ya no
puede volver, ése es el ministro. “Nada se podrá hacer en la universidad a
menos que regrese la calma, y yo espero que mi marcha ayude en este sentido”,
afirma esa mañana un dimisionario ministro con voz que pretende ser seca y segura.
viernes, abril 26, 2013
Hitler y Palestina (8)
De esta serie se han publicado ya un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto y séptimo capítulos.
La ofensiva del Africa Korps dejó bastante claro que las viejas tácticas del ejército inglés en Oriente Medio, que tan buenos réditos le habían procurado a Su Graciosa Majestad durante los tiempos de Lawrence de Arabia, eran fruslerías frente a la capacidad de movimiento de los germanoitalianos. Sin mencionar que, tomando Tobruk, el Eje se aprovisionaba con un puerto de gran capacidad. Sin embargo, las rutas a Tobruk ya no dejaron de estar gravemente hostigadas por los aliados, razón por la cual nunca, en realidad, pudo Erwin Rommel dejar de estar angustiado con la cuestión de la disponibilidad de combustible para sus tropas.
La ofensiva del Africa Korps dejó bastante claro que las viejas tácticas del ejército inglés en Oriente Medio, que tan buenos réditos le habían procurado a Su Graciosa Majestad durante los tiempos de Lawrence de Arabia, eran fruslerías frente a la capacidad de movimiento de los germanoitalianos. Sin mencionar que, tomando Tobruk, el Eje se aprovisionaba con un puerto de gran capacidad. Sin embargo, las rutas a Tobruk ya no dejaron de estar gravemente hostigadas por los aliados, razón por la cual nunca, en realidad, pudo Erwin Rommel dejar de estar angustiado con la cuestión de la disponibilidad de combustible para sus tropas.
lunes, abril 22, 2013
La ciudad que recibió el regalo de una olla de sopa
La amistad entre ciudades tiene diversos motivos y una Historia muy larga. En realidad, data de los tiempos de la Antigua Grecia, puesto que aquella nación, como bien saben todos los que no son víctimas de la LOGSE, se creó a partir de la unión de ciudades libres, las famosas polis. Desde los inicios de las naciones estructuradas, pues, las colectividades han tendido a organizarse en ciudades; las provincias, regiones y nacionalidades, no digamos ya la identidad trasnacional en plan Europa y tal, son muy, muy posteriores.
La organización en ciudades tiene un pequeño problema: es ineficiente. Los colectivos que se organizan en forma de ciudades libres, libremente apuntadas a un pacto con otras ciudades (éste es, sin ir más lejos, el dibujo del federalismo de Francisco Pi i Margall), acaban en un plan en el que todo dios hace más o menos lo que le sale del pingo, lo que los hace notablemente débiles ante regiones o naciones centralizadas. Por ello, el nacimiento de las naciones modernas es, en buena parte, una historia de lucha de un naciente poder central contra el poder municipal establecido.
En esa lucha cayeron la inmensa mayoría de los fueros y estatutos propios de las ciudades, o fueron convertidos en meros elementos simbólicos. Algunas ciudades, sin embargo, sobrevivieron en su orgullo durante bastante tiempo. Entre dos de estas ciudades se produjo, y es la anécdota de da pie a este post, el regalo quizás más extraño que jamás se han hecho dos ciudades: una olla de sopa caliente. Regalo extraño, sí, pero de un simbolismo casi estremecedor.
La organización en ciudades tiene un pequeño problema: es ineficiente. Los colectivos que se organizan en forma de ciudades libres, libremente apuntadas a un pacto con otras ciudades (éste es, sin ir más lejos, el dibujo del federalismo de Francisco Pi i Margall), acaban en un plan en el que todo dios hace más o menos lo que le sale del pingo, lo que los hace notablemente débiles ante regiones o naciones centralizadas. Por ello, el nacimiento de las naciones modernas es, en buena parte, una historia de lucha de un naciente poder central contra el poder municipal establecido.
En esa lucha cayeron la inmensa mayoría de los fueros y estatutos propios de las ciudades, o fueron convertidos en meros elementos simbólicos. Algunas ciudades, sin embargo, sobrevivieron en su orgullo durante bastante tiempo. Entre dos de estas ciudades se produjo, y es la anécdota de da pie a este post, el regalo quizás más extraño que jamás se han hecho dos ciudades: una olla de sopa caliente. Regalo extraño, sí, pero de un simbolismo casi estremecedor.
jueves, abril 18, 2013
Turismo romano
Ya sabéis que una de mis obsesiones es demostraros que hay muy pocas cosas nuevas bajo el sol de los tiempos presentes. El pasado no es sino una imagen en sepia de nosotros mismos. Tendemos a pensar que los parlamentarios del pasado sí que eran grandes oradores y, la verdad, en su mayoría eran tan zafios y amigos de los lugares comunes y las frases demagógicas como los tipos que ocupan hoy los escaños de las asambleas legislativas. Y así nos pasa con muchas cosas.
Por ejemplo, el turismo. Es relativamente común escuchar o leer que el turismo es una actividad relativamente moderna. En realidad, lo que es moderno es el turismo masivo. Pero el acto de visitar lugares donde uno no vive es más viejo que la tos. Y voy a intentar demostrároslo hablándoos un poquito de los tiempos de la Antigua Roma.
La costumbre de los romanos urbanos pudientes de irse de vacaciones data de los tiempos republicanos. Era por esa razón que los patricios, o los romanos enriquecidos como Cayo Mario, poseían varias villas en la península itálica, que les permitían pasar temporadas de descanso en distintos ambientes. Personas de riqueza relativamente modesta como el célebre Marco Tulio Cicerón poseían casas de campo de este tipo. Eran tantas estas construcciones que el poeta Horacio, en un alarde que nos parecerá muy moderno, vaticinaba amargamente la desaparición de los agrestes campos de olivos italianos, a manos de esta desesfrenada burbuja inmobiliaria latina. Hay que reconocer que el temor tenía su razón de ser porque los romanos, cuando se ponían a construir, arramblaban con todo y, si les salía del pingo, construían montañas o lagos artificiales, se apiolaban bosques enteros, lo que hiciese falta. No inventaron la legislación urbanística; ellos se corrompían, sobre todo, con las contratas de envío de cereales a la gran capital.
El no va más de la costa pija italiana era, en aquellos tiempos, la bahía de Nápoles. Allí estaban las grandes casas de los grandes, algo de lo que las autoridades arqueológicas de la región se benefician hoy con justicia.
El no va más de aquella bahía, la Marbella romana, era la ciudad-balneario hoy llamada Baia, donde había que ser verdaderamente rico para tener una villa. El ferragosto romano era en Baia un continuo pasar de fiestas de señoras de buen ver y maridos derrochadores, orquestas, representaciones, comidas que no terminaban hasta que comenzara la cena. Y, por supuesto, estaba la actividad de ir a los baños, a mejorar la piel o el tono muscular. Ahora lo llaman spa.
El clima italiano es mediterráneo, pero también tiene sus putadas. Era bastante posible, por lo tanto, que muchas personas acabasen sufriendo del pecho, especialmente si eran asmáticas. Para ellas, si tenían dinero claro, los galenos de Roma solían prescribir estancias en Egipto o en parajes de montaña.
Éste era el turismo de los más ricos. Los pudientes pero no millonarios hacían turismo más al estilo que estamos acostumbrados a ver hoy. Y sus preferencias claras eran los lugares señalados por los hechos históricos o mitológicos. La villa donde fue asesinado Cicerón, por ejemplo, se convirtió en lugar de turismo muy rápidamente. Como lo fue la casa natal de Augusto (especialmente después de haber sido deificado) y, sobre todo, la península griega, que el romano medio se sabía casi de memoria y donde podía visitar muchos lugares, fundamentalmente templos, donde se supone que habían pasado todas las cosas que conformaban los relatos de su vida. Todo romano cultivado aspiraba a viajar a Grecia al menos una vez en la vida. Visitaba Atenas, Corinto o Epidauro, el santuario de Esculapio, Rodas. Si tenía algún dinerito más, cruzaba el charco para visitar Ilión, la ciudad donde todo ocurrió, y todo empezó.
La presión turística sobre los templos griegos y romanos creció de tal manera que, muy pronto, sus avispados diáconos, como lo harían los sacerdotes católicos siglos después, avizoraron el negocio de las reliquias. Algunas eran verdaderas, como la armadura gala que César regaló al templo de Venus, y que estuvo expuesta en el mismo mucho tiempo. Pero otros templos atesoraban dientes de elefante, armaduras, vestidos, esculturas, que decían haber sido regalados, tocados, portados o fabricados por personajes famosos, algunos de ellos mitológicos, para atraer al público. Así, el turista romano podía acudir a lugares donde le enseñarían un huevo de Leda, una copa regalo de Helena la de Paris, un vaciado del pecho de ésta, o partes de los barcos de Agamenón, de Eneas o de Ulises.
Tanto se parecían los tiempos pasados a los presentes que en muchos de estos lugares había lo que los griegos llamaban periegetes, esto es guías profesionales que enseñaban el lugar a los visitantes.
Un aspecto en el que las cosas se han simplificado notablemente, sobre todo si los que viajan son hombres (con las mujeres, ya no está tan claro) es la impedimenta del viaje. Hoy nos movemos de un sitio a otro con un par de maletas o tres. Pero los hombres del pasado no eran así. El hombre antiguo, y no tan antiguo, no se privaba de nada cuando viajaba. Las crónicas nos dicen que los desplazamientos de Domenicos Theotocopouli, El Greco, eran todo un expectáculo, porque el buen pintor se desplazaba siempre en compañía de su biblioteca (este bloguero que os escribe confiesa que ya le gustaría ser millonario para hacer lo mismo). Pero los romanos superaban esto con creces. Un romano rico average no viajaba nunca sin una amplia corte de esclavos y sirvientes, amén de parientes, amigos y clientes, el menaje de su hogar al completo, algunos muebles. Julio César no viajaba nunca sin su suelo de mosaico (que ya es manía), y Marco Antonio siempre llevaba consigo su colección de vasos de oro. Se habla de que Nerón y Popea, cada vez que viajaban, movilizaban cerca de mil carros. Pero, claro, entre otras cosas tenían que desplazar las 500 burras que proveían la leche del baño diario de Popea.
Las personas con dinero iban de villa en villa, bien de su propiedad, bien de amigos o socios. Pero la gente normal también tenía su alternativa, como la de hoy. En muchos lugares donde eran habituales los viajes había hoteles que se anunciaban mediante carteles en los que prometían las mismas comodidades que en la capital (de donde se deduce que los turistas no eran, precisamente, de la Subura donde vivían los del censo por cabezas; porque, allí, en aquellas insulae abigarradas que se incendiaban los días pares y los impares, también, comodidades, la verdad, había pocas).
Los viajes se hacían aprovechando la densa y bien construida red de calzadas romanas, para lo cual los turistas se proveían de guías precisas que les indicaban la ubicación de los caminos, acompàñadas con indicaciones de las características de las poblaciones que atravesarían y su oferta de alojamiento y manutención. Lo que se dice, pues, auténticas guías Repson, sólo que sin gasolina.
Así que, ya sabes. La vida no ha cambiado tanto en dos mil años. Todos nosotros somos, apenas, cromañones con perfil en Facebook.
Por ejemplo, el turismo. Es relativamente común escuchar o leer que el turismo es una actividad relativamente moderna. En realidad, lo que es moderno es el turismo masivo. Pero el acto de visitar lugares donde uno no vive es más viejo que la tos. Y voy a intentar demostrároslo hablándoos un poquito de los tiempos de la Antigua Roma.
La costumbre de los romanos urbanos pudientes de irse de vacaciones data de los tiempos republicanos. Era por esa razón que los patricios, o los romanos enriquecidos como Cayo Mario, poseían varias villas en la península itálica, que les permitían pasar temporadas de descanso en distintos ambientes. Personas de riqueza relativamente modesta como el célebre Marco Tulio Cicerón poseían casas de campo de este tipo. Eran tantas estas construcciones que el poeta Horacio, en un alarde que nos parecerá muy moderno, vaticinaba amargamente la desaparición de los agrestes campos de olivos italianos, a manos de esta desesfrenada burbuja inmobiliaria latina. Hay que reconocer que el temor tenía su razón de ser porque los romanos, cuando se ponían a construir, arramblaban con todo y, si les salía del pingo, construían montañas o lagos artificiales, se apiolaban bosques enteros, lo que hiciese falta. No inventaron la legislación urbanística; ellos se corrompían, sobre todo, con las contratas de envío de cereales a la gran capital.
El no va más de la costa pija italiana era, en aquellos tiempos, la bahía de Nápoles. Allí estaban las grandes casas de los grandes, algo de lo que las autoridades arqueológicas de la región se benefician hoy con justicia.
El no va más de aquella bahía, la Marbella romana, era la ciudad-balneario hoy llamada Baia, donde había que ser verdaderamente rico para tener una villa. El ferragosto romano era en Baia un continuo pasar de fiestas de señoras de buen ver y maridos derrochadores, orquestas, representaciones, comidas que no terminaban hasta que comenzara la cena. Y, por supuesto, estaba la actividad de ir a los baños, a mejorar la piel o el tono muscular. Ahora lo llaman spa.
El clima italiano es mediterráneo, pero también tiene sus putadas. Era bastante posible, por lo tanto, que muchas personas acabasen sufriendo del pecho, especialmente si eran asmáticas. Para ellas, si tenían dinero claro, los galenos de Roma solían prescribir estancias en Egipto o en parajes de montaña.
Éste era el turismo de los más ricos. Los pudientes pero no millonarios hacían turismo más al estilo que estamos acostumbrados a ver hoy. Y sus preferencias claras eran los lugares señalados por los hechos históricos o mitológicos. La villa donde fue asesinado Cicerón, por ejemplo, se convirtió en lugar de turismo muy rápidamente. Como lo fue la casa natal de Augusto (especialmente después de haber sido deificado) y, sobre todo, la península griega, que el romano medio se sabía casi de memoria y donde podía visitar muchos lugares, fundamentalmente templos, donde se supone que habían pasado todas las cosas que conformaban los relatos de su vida. Todo romano cultivado aspiraba a viajar a Grecia al menos una vez en la vida. Visitaba Atenas, Corinto o Epidauro, el santuario de Esculapio, Rodas. Si tenía algún dinerito más, cruzaba el charco para visitar Ilión, la ciudad donde todo ocurrió, y todo empezó.
La presión turística sobre los templos griegos y romanos creció de tal manera que, muy pronto, sus avispados diáconos, como lo harían los sacerdotes católicos siglos después, avizoraron el negocio de las reliquias. Algunas eran verdaderas, como la armadura gala que César regaló al templo de Venus, y que estuvo expuesta en el mismo mucho tiempo. Pero otros templos atesoraban dientes de elefante, armaduras, vestidos, esculturas, que decían haber sido regalados, tocados, portados o fabricados por personajes famosos, algunos de ellos mitológicos, para atraer al público. Así, el turista romano podía acudir a lugares donde le enseñarían un huevo de Leda, una copa regalo de Helena la de Paris, un vaciado del pecho de ésta, o partes de los barcos de Agamenón, de Eneas o de Ulises.
Tanto se parecían los tiempos pasados a los presentes que en muchos de estos lugares había lo que los griegos llamaban periegetes, esto es guías profesionales que enseñaban el lugar a los visitantes.
Un aspecto en el que las cosas se han simplificado notablemente, sobre todo si los que viajan son hombres (con las mujeres, ya no está tan claro) es la impedimenta del viaje. Hoy nos movemos de un sitio a otro con un par de maletas o tres. Pero los hombres del pasado no eran así. El hombre antiguo, y no tan antiguo, no se privaba de nada cuando viajaba. Las crónicas nos dicen que los desplazamientos de Domenicos Theotocopouli, El Greco, eran todo un expectáculo, porque el buen pintor se desplazaba siempre en compañía de su biblioteca (este bloguero que os escribe confiesa que ya le gustaría ser millonario para hacer lo mismo). Pero los romanos superaban esto con creces. Un romano rico average no viajaba nunca sin una amplia corte de esclavos y sirvientes, amén de parientes, amigos y clientes, el menaje de su hogar al completo, algunos muebles. Julio César no viajaba nunca sin su suelo de mosaico (que ya es manía), y Marco Antonio siempre llevaba consigo su colección de vasos de oro. Se habla de que Nerón y Popea, cada vez que viajaban, movilizaban cerca de mil carros. Pero, claro, entre otras cosas tenían que desplazar las 500 burras que proveían la leche del baño diario de Popea.
Las personas con dinero iban de villa en villa, bien de su propiedad, bien de amigos o socios. Pero la gente normal también tenía su alternativa, como la de hoy. En muchos lugares donde eran habituales los viajes había hoteles que se anunciaban mediante carteles en los que prometían las mismas comodidades que en la capital (de donde se deduce que los turistas no eran, precisamente, de la Subura donde vivían los del censo por cabezas; porque, allí, en aquellas insulae abigarradas que se incendiaban los días pares y los impares, también, comodidades, la verdad, había pocas).
Los viajes se hacían aprovechando la densa y bien construida red de calzadas romanas, para lo cual los turistas se proveían de guías precisas que les indicaban la ubicación de los caminos, acompàñadas con indicaciones de las características de las poblaciones que atravesarían y su oferta de alojamiento y manutención. Lo que se dice, pues, auténticas guías Repson, sólo que sin gasolina.
Así que, ya sabes. La vida no ha cambiado tanto en dos mil años. Todos nosotros somos, apenas, cromañones con perfil en Facebook.
lunes, abril 15, 2013
Il divo
La Historia del arte y, sobre todo, de las artes escénicas,
está repleta de personas que se han hecho merecedoras, ellos, de la palabra
divo; ellas, de la expresión prima donna;
ambas procedentes del italiano, pues Italia ha sido durante mucho tiempo el lugar
que daba y quitaba, al menos en el caso de la música.
Los divos y divas suelen caracterizarse por ser caprichosos
y de muy difícil relación. Se consideran por encima del común de los mortales,
algo provocado por la excesiva pleitesía con la que se desempeñan con ellos sus
admiradores, y todo esto los convierte en seres atrabiliarios a los que,
además, todo se les perdona. El divo, con el tiempo, acaba desconectándose de
la realidad; acaba por no ser siquiera consciente de que en el mundo hay gente que
ni siquiera conoce su nombre (de hecho, no sé si existirá un solo divo en todo
el mundo que pueda decir que más personas saben quién es que las que lo
desconocen) y entra, no pocas veces, en una especie de bucle autooriginal, en
el que se ve obligado a ser cada vez más excéntricamente exigente.
viernes, abril 12, 2013
Los últimos traidores de Hitler
Ya hemos visto en este blog, con cierto detalle, la
maquinación y el fracaso del atentado de Rastenburg contra Adolf Hitler, del
que salió prácticamente ileso de milagro. También hemos visto, al estudiar
dicho atentado, que la represión del mismo fue de una extrema violencia y
carácter indiscriminado. Miles de personas sufrieron encarcelamiento, varias
ejecutadas, y muchas probaron la dureza de la Gestapo.
miércoles, abril 10, 2013
Amapola (in Memoriam)
Los lectores habituales de este blog habrán notado que últimamente su autor se muestra un tanto esquivo e incumplidor. Hay una razón para ello.
Hace dos días, perdí a mi madre.
Fue hace unos cuantos años que escribí el texto del cuento que reproduzco aquí, apenas con dos o tres correcciones sobre aquellas palabras originales. Cuando lo escribí, mi madre estaba muy lejos de la muerte y, sin embargo, esa idea ya me provocaba cierta desazón; tal vez porque yo mismo la rondé en sus brazos. Lo he releído en estas últimas horas y he pensado que no podría pensar en un homenaje mejor. Los hay, sin duda, mucho mejores; pero yo no sé escribirlos.
Va por ti, madre. Lee, pues.
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