lunes, agosto 09, 2010

Folletín de verano (11)

Texto completo






En el gélido noviembre de 1950, en la calle Rey Francisco de Madrid, unos vecinos llamaron a la policía y los bomberos para quejarse del hedor que parecía despedirse del cuarto piso del inmueble en que vivían. Aquel piso era la casa de doña Severa, una mujer que resultó ser prima de una condesa a cuyas recepciones solían acudir muchos gobernadores, procuradores y jueces de aquel tiempo. Fue por esta circunstancia (doña Severa no era la conocida, sino la condesa) por lo que aquel homicidio se conoció entre los policías que lo investigaron como El crimen de la Condesa prima. Y fue así porque, tras intensas llamadas sin respuesta y de derribar la puerta de la casa, los bomberos encontraron a doña Severa tumbada en la cama de su dormitorio, salvajemente asesinada a cuchilladas, en medio de una casa cuyo ambiente ardía como un infierno, ya que nadie había apagado ni un minuto en los últimos días las estufas de la casa; y todas estaban encendidas.


Hubo mucha presión sobre los policías para encontrar un culpable. Las primeras pesquisas, además, señalaron un sospechoso bastante evidente: Rosa Oliveira, que había sido empleada de hogar de doña Severa, aunque unos dos meses antes de lo sucedido ésta la había despedido, al parecer por sisar sistemáticamente del dinero de la compra. En relato que todos los vecinos confirmaron, Rosa Oliveira y doña Severa habían mantenido una fortísima discusión un domingo por la mañana y, de hecho, la criada había bajado las escaleras al marcharse, cuatro pisos, gritando improperios a su antigua ama, llamándola vieja, amargada y cosas peores, y asegurando, textualmente, que un día se las iba a pagar todas juntas.


La muerte de Doña Severa era difícil de fijar en el tiempo pero, finalmente, los forenses concluyeron en un espacio de unas doce horas en el que consideraban que tenía que haberse producido.


Cuando fue localizada e interrogada, Rosa Oliveira, además de negar la autoría de los hechos, fue incapaz de dar razón de sus actuaciones durante la mayor parte de ese tiempo.


El caso estaba a punto de cerrarse hasta que Carlos Luján, cesante tras haber terminado unas labores rutinarias que se le habían encomendado, fue adscrito a él. Hasta que él llegó nadie parecía haber reparado, o quizá no lo preguntaron, en que doña Severa no tenía que haber estado en su casa de Madrid el día que fue asesinada. Su sobrino la había invitado a pasar algunos días en Jerez, donde vivía, dado que allí el clima era mucho más generoso con los huesos deshechos de la pobre anciana. Lamentablemente, según declaró, estando en Madrid unos asuntos urgentes lo habían reclamado en Sevilla, así que, y puesto que no iba a estar en Jerez con su tía, decidió aplazar la estancia. Fue a su casa para decírselo, pero doña Severa no estaba. Así pues, dejó una nota en la puerta de su casa advirtiéndola de que no irían a Jerez, y de que ya la escribiría para darle detalles (doña Severa no tenía teléfono). Ahora el sobrino, en medio de un mar de lágrimas, se culpaba de haber dejado escrita y pegada a la puerta de su tía la información que el asesino necesitaba. Prueba evidente de que el asesino había usado aquella nota era que el papel no había aparecido, ni pegado a la puerta, ni en lugar alguno.


Tal y como lo analizó Luján, en toda la historia había dos piezas que no terminaban de encajar. Una, por qué una mujer que planea durante dos meses el asesinato de su antigua ama lo perpetra precisamente en un momento en el que la víctima debería estar fuera. Y otra que no sospechaba pero confirmó leyendo el expediente del caso: Rosa Oliveira había firmado con un aspa, así pues no sabía escribir y, probablemente, tampoco leer. Pero, ¿cómo una persona analfabeta podría aprovechar una nota manuscrita, como no fuese para sonarse las narices?


Estas dudas movieron a Luján a hacer «juego revuelto» y empezar de nuevo. Eso no gustó mucho a los inspectores que estaban adscritos al caso, pero lo cierto es que Luján era ya un policía relativamente experimentado (dos años), estaba cercana su salida del Infierno; y, además, todos los demás suspiraron aliviados cuando alguien dio el paso al frente y decidió dedicarse a un caso sobre el que el mismísimo Viejo Ramos preguntaba dos o tres veces al día, como si la muerta fuese su madre. Luján se echó al comisario a la espalda y siguió adelante. En Sevilla le confirmaron la versión del sobrino: más o menos a la misma hora en que, por así decirlo, «empezaban» las doce de plazo establecido por los forenses para la muerte de su tía, él estaba en un restaurante sevillano departiendo con unos posibles socios futuros en una empresa que quería emprender.


Luján tenía una sospecha. Y la confirmó.


Llamado el sobrino para unas comprobaciones rutinarias, se las arregló para acabar hablando con él de lo mucho o poco que iba por casa de su tía. Y resultó que era mucho. Así que le preguntó por Rosa. El sobrino se mostró esquivo a la hora de considerar a Rosa una mala mujer, aseveró que siempre había tratado a su ama con pulcritud aunque con cierta indiferencia y juró que, para él, la forma tan violenta que había tenido de zanjar su relación con ella era casi increíble. Pero lo que realmente llamó la atención de Luján fue que, hablando de lo que había sido el origen del crimen (las sisas) el sobrino le dibujó la escena de una anciana doña Severa dictándole a su criada las viandas de la compra. Por eso volvió a la cárcel, donde Rosa le explicó que, efectivamente, nadie en la casa sabía que era analfabeta. Ella fingía escribir la lista de la compra aunque, en realidad, la memorizaba. Algo que, entonces, hacían muchas criadas y camareros en España.


Ese detalle le dio la clave.


El resto fue fácil. La calefacción no se quedó puesta por casualidad. La dejó puesta el asesino, para retardar ligeramente el rigor mortis; lo suficiente como para cometer el asesinato, tomar un coche, conducir a gran velocidad hasta Sevilla y estar en el restaurante a tiempo. Las investigaciones, que hasta entonces se habían centrado en la criada, pronto dieron sus frutos con el sobrino: estaba arruinado. De hecho, ese negociete para el que buscaba inversores era su huida hacia delante, pero para ello necesitaba un capital previo que, por cierto, su tía (siempre hay alguien escuchando en un patio de luces) había desechado prestarle, eso sí, entre arrumacos y buenas palabras (lo cual explica que nadie refiriese ese diálogo cuando los policías preguntaron por enemigos o discusiones). Por lo demás, aquel tipo no era ni mucho menos un asesino profesional. Probablemente consideraba la maquinación de la nota en la puerta un detalle de genio, uno de esos toques de asesino de inteligencia superior; así pues, cuando Luján se lo desmontó con la sorprendente noticia del analfabetismo de Rosa, se derrumbó. Dado que no se había producido violencia en la puerta de la casa, era obvio que quien había entrado disponía de medios para ello; descartada la criada, los candidatos eran muy pocos, puesto que doña Severa era soltera, motivo por el cual, por cierto, su sobrino era su heredero legal.


En menos de hora y media, lo confesó todo. Confesión que trajo prendido el encumbramiento definitivo de Carlos Luján como un policía de primera.


Carlos Luján tenía inteligencia natural para ser detective. Pero, además, tuvo un gran maestro. Desde la solución del caso del asesinato de Anselmo López, el inspector Rebollo no se recató de buscarlo y solicitarlo para trabajar con él. Bajo el ala de uno de los dos jefes de la oficina (por debajo, claro está, del Viejo Ramos), Luján aprendió todas las cosas que necesitaba para complementar su sexto sentido. Ismael Rebollo tenía una capacidad innata para descubrir, como había hecho con los calcetines de López, indicios en los detalles, a la vez, más visibles y más despreciables de un caso. En realidad, López y Rebollo nunca intimaron (todo el mundo decía que el inspector sólo tenía compañeros ocasionales para la barra del Lunarcito); pero el veterano comenzó muy pronto a respetar al novato, sus puntos de vista, su forma de afrontar la investigación de los casos y, sobre todo, sus intuiciones. La pareja Rebollo-Luján se convirtió pronto en un clásico. Combinaban las intuiciones del policía joven con la capacidad del experimentado a la hora de confirmarlas casi desde la nada. A principios de los cincuenta, Carlos Luján tenía 30 años cumplidos y Rebollo algo más de 50; pero, a pesar de la juventud del primero y la diferencia de edad del segundo, cuando un caso especialmente importante se torcía, el comisario echaba mano de su mano derecha y, era cosa sabida en todo el departamento, le insinuaba dónde buscar apoyos. A partir del crimen de la Condesa prima, el respeto al joven Luján estuvo fuera de toda duda.


A partir de la treintena, sin embargo, Luján tuvo que empezar a volar solo más a menudo. La presencia de Rebollo en la oficina se fue espaciando más. Lenta pero inexorablemente, las costumbres de aquel inspector, hasta aquel entonces algo así como el ministro en la Tierra del comisario Ramos, empezaron a cambiar. Antúnez, su compañero en el Cielo, empezó a tomar crecientes responsabilidades, ante la más que aparente indiferencia de Rebollo. A Luján le costaba entender eso pues consideraba, y no era el único desde luego, que si alguien merecía en aquella oficina heredar el puesto del Viejo Ramos, ése era Rebollo. Pronto, sin embargo, se hizo patente que el inspector tenía otros intereses. Hombres de paisano, hombres que nunca parecían sentirse obligados a identificarse (y era raro encontrar entonces alguien que no se sintiese obligado a identificarse en medio de policías), venían a verlo y se lo llevaban. A veces se los veía en El Lunarcito, en alguna esquina de la barra, obviamente esquivando cualquier otra compañía, en conciliábulo.


Luján deseaba saber más. Pero Rebollo, sin dejar de expresarle cada vez más su respeto profesional, sin dejar de demostrar una confianza en él que otros policías con muchos más años envidiaban, no se abría con él. Ni con nadie.


Por eso, a Luján le pilló tan de sorpresa su superior una tarde otoñal del 54, cuando Rebollo, mientras bebían dos chatos de vino antes de volver a sus casas tras una jornada bastante insulsa, le preguntó:


-Oye, Luján. ¿Te acuerdas de Dositeo Galán?


-No mucho; no, la verdad admitió Luján; y era completamente verdad que había olvidado ese nombre.


-Un testigo del caso del cadáver sin manos. Aquel divisionario.


-¡Pues claro! Como casi siempre, la mente del subinspector se aclaró con rapidez- Míster Porto Flip.


-Ha muerto. El mes pasado informó Rebollo, fríamente-. Cirrosis hepática.


-Oh Luján no sabía qué decir; era porque no sabía el motivo de que Rebollo le hubiese sacado el tema-. Lo siento. No me cayó mal.


-¿No te cayó mal?


-Pues no. Oye, y, tú, ¿cómo sabes que se ha muerto, y de qué y todo eso?


Rebollo lo miró enigmáticamente antes de hablar.


-Siempre me he dedicado un poco a saber este tipo de cosas.


-¿Este tipo de cosas? ¿Qué tipo de cosas? ¿Las necrológicas de la ciudad?


En el rostro de Rebollo se formó un rictus de fastidio.


-Luján, te conozco hace demasiado tiempo como para pensar ahora que eres un imbécil gilipollas.


Terminaron de beber, y caminaron. Ambos vivían en la misma dirección, así pues, habitualmente recorrían seis o siete manzanas antes de separarse. Luján iba pensando en la conversación anterior. Sus porqués. Para él, entender a Rebollo era una especie de reto.


-La clave está en que me cayó bien dijo, finalmente.


-¿La clave?


-Querías saber mi opinión sobre Galán.


-Exactamente susurró Rebollo.


El verano daba aquella noche sus últimas boqueadas en Madrid. Las sombras eran frías pero sobre las aceras el cálido aire de los días largos parecía querer quedarse. Y la hierba todavía olía a fresca. Era agradable pasear. Ayudaba a pensar, a entender. Así pues, Luján pensó y entendió deprisa.


-No entiendo qué podéis… que puedes temer en un tipo como Galán. Hace seis años ya tan sólo era un borracho.


Rebollo enarcó las cejas, sin dejar de mirar hacia adelante. Era su forma de decir: eso que dices me parece dudoso.


-Galán no era nadie. Un puto héroe mutilado más con despacho oficial, secretaria, cochecito y prebendas. Lo jodido es lo que representa.


-No veo qué puede representar un tipo así.


-Muchas cosas. Sobre todo si, en lugar de a beber, se dedica a fastidiar.


Luján se paró. Rebollo hizo lo mismo. Se encararon.


-¿Me estás llamando traidor?


-¿He dicho yo algo de ti?


-Has dicho que no te gustaba que el tipo me hubiese caído bien.


-Parece como si no me conocieras respondió Rebollo, con una leve, fría sonrisa en los labios-. Cuando yo he querido decir de alguien que es un hijo puta, ¿acaso me he recatado de usar todas las palabras?


-Vale, vale. Está bien. Pero sólo dime una cosa.


-Si puedo…


-¿Debo recelar de ti?


Fue delectación lo que sintió Carlos Luján al comprobar, pues conocía bien a su interlocutor y éste no se lo podía ocultar, que había mordido en blando. No esperaba esa pregunta. Sin embargo, Rebollo era de esa gente que se recuperaba en medio metro cuadrado y menos de un segundo. Volvió a enarcar las cejas y a apretar los ojos mirando al horizonte que tapaban las casas del barrio de Salamanca, luego buscó con la mirada un banco cercano, y se sentó en él. Luján le imitó. Rebollo sacó un cigarrillo y le ofreció a Luján. En los últimos tiempos, había empezado a fumar como un verdadero policía, así pues lo tomó y lo encendió con su propia cerilla.


-Dime, Luján. ¿Cómo crees que sería España hoy si viviese José Antonio?


Ahora fue Luján quien se quedó sin habla. Porque él tampoco esperaba esa pregunta.


-No… no sé.


-No digas que no sabes. Hace ya casi diez años que la ley dice que España es un Reino1.


-¿Y qué?


-Los reinos tienen reyes.


-O regentes.


Rebollo fumó en silencio, sin contestar.


-José Antonio tendría hoy 51 años continuó Luján-; Franco tiene 62. La ley de vida estaría con él.


-Y la de la muerte está con Franco -apostilló Rebollo, con voz ronca.


Luján sintió una inquietud de difícil concreción en el pecho.


-Rebollo, joder. ¿Dónde quieres llegar?


El inspector miró al suelo largo rato. Luján pensó que sopesaba alternativas, así que lo dejó en paz. Cuando pareció tomar esa decisión, se incorporó y miró a Luján de frente.


-Es una cuestión de lealtad.


-¿Lealtad?


-Sí, Luján. La cuestión, hoy, es a quién somos leales.


-¿Somos? ¿Lo dudas?


-No. Pero sólo si me lo dices.


Luján tomó aire, y le costaba expirarlo. Igual que creer lo que estaba oyendo.


-¡Joder, Rebollo! ¡Yo soy fiel a Franco, por supuesto!


Rebollo tiró el cigarrillo, y asintió repetidas veces.


-Me alegra oír eso.


-¿Te alegra oír eso? Pero, ¿a qué coño estás jugando, inspector? ¿Qué despropósito tienes en la cabeza?


Rebollo apartó la vista, bufó y apretó los labios. Luego volvió a mirarlo. Sus ojos no eran sus ojos.


-Mira, Luján. Puedes soñar todo lo que quieras con un mundo de generales y regentes cortando flores en armonía en los jardines de El Pardo; pero los sueños no se hacen realidad por mucho que los soñemos. En una lealtad, ¿cuántos líderes caben?


-¿Qué pregunta es ésa?


-Es una pregunta; así que contéstala.


Luján dudó. Tratando, además, de ganar tiempo. De buscar que se tranquilizara su jefe y ya no sabía si medio amigo.


-Un ejército puede tener varios generales.


-No te vayas por las ramas. ¡Líderes, Luján, líderes!


Acorralado, asintió.


-Veo lo que dices, Rebollo. Sólo puede haber un líder.


-Ajá. Y, ¿a ti te dio la impresión que aquél Galán que tan bien te cayó tenía el mismo líder que tú dices tener?


Luján se sintió levantándose como un resorte. Fue su forma de ponerse en guardia. Y, sin embargo, Rebollo, que permanecía con los codos apoyados en los muslos, las manos juntas y mirando al suelo, permaneció ajeno a la reacción.


-Inspector, te exijo que ahora mismo…


-Siéntate, Luján.


-No hasta que…


-¡Siéntate, coño!


Carlos Luján reconoció el tono de las órdenes imperativas. Un tono que hizo volver los rostros de varios transeúntes. Así pues, obedeció y permaneció allí, en silencio. Mirando de reojo a su superior tratando de poner en orden sus pensamientos.


-Debes saber que entiendo lo que dices terminó por musitar.


Rebollo no le contestó.


-Discutí elegantemente con Dositeo Galán el día que lo interrogué. Sé bien lo que pensaba. Cómo se sentía.


Rebollo asintió con la cabeza. Luján sintió una opresión en el pecho antes de hablar.


-Pero lo que no me puedo creer es tu actitud. Lo que significa.


-¿Mi actitud?


-Sí. Puedo creer que Galán y cualquier Galán estén equivocados. Lo que no puedo creer es que quede tan poco sitio en este país para ellos que hasta la policía secreta los persiga.


Entonces Rebollo sí que le miró. En el duelo de ojos, Luján pensaba: sí, Ismael. Lo sé. Tampoco es tan difícil de adivinar para alguien medianamente inteligente. Visitantes de paisano que caminan por una comisaría como Pedro por su casa. Un inspector que se ausenta, que pierde peso dentro de la comisaría que le da de comer, pero no sólo no se muestra preocupado por ello, sino que lo fomenta aún más. Tú, Rebollo, ya no sueñas con sustituir al Viejo Ramos. Porque estás acumulando trienios en otra parte. Esto de la investigación de homicidios se ha convertido en tu tapadera. Sólo eso.


-Esta tarde estoy descubriendo que no me conoces dijo Rebollo, con voz calma-. Si yo persiguiese a personas como Galán, ese tipo no se habría muerto en su despacho oficial.


-Hay muchas formas de perseguir.


-Eso es cierto concedió Rebollo-. Y la más leve de todas es la prevención. Simple prevención, Luján.


-Ya. Vigilar, y tomar nota.


-Exacto. Vigilar, y tomar nota.


Luján sintió el aliento del desprecio soplando en su cabeza, batiendo contra las paredes de su conciencia.


-Dime una cosa.


-Quizá no pueda.


-Ésta sí. Es sólo personal. Sólo quiero preguntar cómo llevas eso de vigilar como si fuesen enemigos a los que te sacaron las castañas del fuego hace quince años.


Lo hizo para airarlo. Por eso le sorprendió que Rebollo, un hombre de sangre bastante caliente como él sabía bien, no estallase. Lejos de eso, suspiró, sacó del bolsillo de su gabán el paquete de cigarrillos, sacó dos más, le ofreció uno y encendió el suyo. Luego se tomó dos o tres buenas bocanadas de reflexión antes de hablar, con el tono con el que un abuelo centenario contaría a su bisnieto el oculto secreto de la familia.


-¿Quién me sacó a mí, a España, las castañas del fuego? Luján, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. El 18 de julio de 1936, todos los falangistas estaban en España. Y el Alzamiento fracasó.


-Oye…


-No. Oye tú. Escúchalo aunque te joda. Aunque te sorprenda escucharlo de un camarada. Ya sé lo que dice la propaganda, ya sé cómo suena la guerra civil contada en los folletos de la Falange. De hecho, he creído eso mucho tiempo, como tú sigues creyéndolo. El 1 de agosto de 1936, por poner una fecha, España seguía siendo republicana y marxista. Todos los camisas azules del mundo no bastaron para cambiar las cosas. A España la liberó el ejército. La liberó Franco. Franco, Mola, Moscardó.


-Y mucha más gente.


-Y mucha más gente, sí. Pero lo primero que tienes que entender, Luján, es quién ganó la guerra. Y lo segundo es que, después de una guerra, manda quien la ganó, y sólo quien la ganó.


Luján sacudió la cabeza y se revolvió en el banco, incómodo.


-Todos somos ese alguien que ganó.


-Sí. Y no.


-Esas componendas son absurdas.


Rebollo suspiró de nuevo, como un profesor cansado frente a un alumno que se obceca en su ignorancia.


-Luján… ¿tú sabes quién era Juan José Domínguez?


El subinspector rebuscó en su memoria, inútilmente.


-Debo confesar que no.


-Ah, ah Rebollo rió afectadamente-; entonces es que no eres un buen falangista. No conoces ni a tus propios mártires.


-Si tú lo dices…


-Yo lo digo, sí. Juan José Domínguez era falangista, y de los buenos. Murió fusilado, cantando el Cara al sol, ¿qué te parece?


Luján, por toda respuesta, se alzó de hombros. Resultaba heroico el relato de Rebollo, pero no dejaba de ser uno más. No acababa de entender por qué se lo refería.


-Lo fusiló Franco, Luján.


Luján sintió que la sangre le abandonaba el rostro.


-¿Qué...? ¿Franco?


-Franco, sí. El 1 de septiembre de 1942, en Bilbao.


Luján no supo qué decir. Rebollo sorbió de su cigarrillo, y luego siguió hablando como quien refiere un atestado cualquiera.


-Quince días antes, en una misa también en Bilbao conmemorativa de la Cruzada, se juntaron, como pasa siempre en el norte, tradicionalistas y falangistas. A la salida comenzaron los piques. Ya sabes lo que nos jode llevar la puta boina2. A Domínguez y a otros se les calentó la boca primero y la sangre después. Alguien tiró una granada.


-¡Joder!


-Hubo varios heridos. Lo malo es que dentro de la iglesia estaba el ministro de Defensa. Varela. No sé si sabes.


-Pues no.


-Yo sí. Muy bien casado. Un braguetazo de los buenos. Una tal señora Ampuero. Mucho dinero y mucho carlismo. Condes, vizcondes y monarcas por todas partes, ya sabes.


-Ajá.


-La granada la lanzamos nosotros y Varela se lo tomó por lo personal. Se bajó al Pardo a malmeterle a Franco. Claro que Franco hizo una de las suyas, porque por el camino también se lo llevó a él por delante. Pero a Domínguez lo fusiló y, lo que es más importante, ésta fue la razón, la verdadera razón, de que se quitase de en medio a su cuñado3. Luego, abrió la puerta de los Pirineos para que todos los que querían seguir pegando tiros se fueran a Rusia y le dejasen en paz. La jugada perfecta.


Luján reflexionó. Una brisa susurró un anuncio de invierno y le provocó un escalofrío leve.


-Me has contado eso para demostrarme que hay gente no tan afecta a Franco.


-No respondió Rebollo, volviéndose en el banco y encarándose con su subordinado-. Eso ya lo sabes. Te he contado esto para demostrarte que a Franco no le tiembla la mano. Que ha fusilado, y fusilará si es necesario. Que igual que ha limpiado España de rojos la limpiará de cualquier otro tipo de basura. Y que, en esas circunstancias, hay dos alternativas: estar en el pelotón de fusilamiento, o estar en el paredón.


Luján escrutó a su superior. Sintió un acceso de ira.


-¿Estar en el paredón? ¿Te refieres, como José Antonio?


La decepción se pintó en el rostro del inspector.


-Luján, estoy tratando de hacerte un favor.


-No protestó el subinspector-, el favor, en todo caso, me lo habré hecho yo, con mi trabajo. Me he ganado tu respeto. Yo. Tú, ahora, lo que quieres es seguir aprovechándome. Quieres que tu pupilo te cunda también en tus labores de… ¿cómo la has llamado?; ah, sí, vigilancia preventiva.


Rebollo negó con la cabeza, y se levantó. Dio dos pasos sin despedirse, aunque luego se volvió. Luján seguía sentado en el banco, mirando a su superior marcharse, dibujándole con la imaginación un aura de desprecio.


-Sabes tener los ojos abiertos terminó por decir el inspector-. Eres listo y la gente confía en ti. Además, tienes criterio. Eso, en realidad, es lo importante. Lo que tú pienses me importa una mierda, créeme. Yo no interrogo en los bancos de la calle y, cuando interrogo, no doy cigarrillos, sino otras cosas más… más palpables.


-Conozco tus métodos.


-… que son los tuyos. Los tuyos, Luján: no lo olvides, porque tienes la mano tan larga como la mía cuando te interesa. Pero no discutamos más. Lo que me interesa es tu criterio. Hay dos formas de ponerle problemas a un Jefe: estar contra él o no estar a favor.


-No digas más le interrumpió Luján-. Déjame que adivine. Los que no están a favor no te interesan. Ésos son los borrachos, los revolucionarios de salón, los fascistas de opereta. Camisa azul, Cara al sol, me cago en Franco, y luego vivo de la prebenda.


-Qué listo eres.


-A ti te interesan los que están en contra. Los que estén dispuestos a hacer algo. Los que hagan piña. Los que quieran ir al Pardo a decir: eh, tú, o haces lo que yo quiero, o toma el camino de Don Alfonso4.


-En efecto concedió Rebollo-, y déjame que te explique cómo funciona esto: si ves a alguien así, si conoces a alguien así, debes conseguir que esté en la lista. Porque si no lo haces…


-Ya, ya interrumpió, con voz ronca, Luján-. Si no lo hago, entonces yo también estaré en la lista.


Rebollo sonrió con boca torcida, y afectó el saludo militar.


-Que tenga buena noche, señor policía.


Se dio la vuelta y echó a andar, con las manos en los bolsillos de su gabán.





1 Se refiere a la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, de 26 de julio de 1947. Hasta ese momento, tras la guerra la definición del Estado español había sido jurídicamente muy difusa (y seguiría siéndolo hasta los años sesenta). Esta ley definió España como un Reino, así como la potestad del Jefe del Estado (Franco) de designar a la persona que considerase conveniente como su sucesor a título de Rey o de Regente; como de hecho haría en 1969 en la persona de Juan Carlos de Borbón.



2 La boina roja no era un signo falangista, sino tradicionalista. Le fue impuesta a los falangistas en la Unificación. Rebollo se refiere, aquí, a la sempiterna animadversión entre tradicionalistas y falangistas.



3 Ramón Serrano Súñer.



4 Se refiere a Alfonso XIII, quien con la proclamación de la II República se autoexilió de España.

domingo, agosto 08, 2010

Folletín de verano (10)

Texto completo.



Condujeron en silencio. Azpíriz se miraba las manos y Luján regresaba con dificultad de su dilatado baño en el lago de la ira.


-Había que hacerlo así, Azpíriz fue todo lo que dijo-; en determinadas circunstancias, y con determinadas personas…


-¿Por qué no les enseñaste la foto? contestó su compañero- Ellos te habrían dicho quién es el hombre de las barbas.


-¿Ellos? Luján dejó escapar una breve risa- ¡Esa gente no ha visto en su vida a un hombre con levita, hombre!


Sintió que Azpíriz se volvía para mirarle.


-Ya. Pero, aún así, te lo habrían dicho. Yo reconocería al mismo diablo a cambio de cobrar una hostia menos.


Luján suspiró, y apretó fuerte el volante. Trató de pensar en las palabras de Azpíriz. Pero no lo consiguió.


La documentación de La Luci la identificaba como Lucía Odriozola de Juan, 34 años, de profesión: sus labores. Pero resultó bastante obvio, a la luz de su forma de vestir, la naturaleza de esas labores. Sus ropas no eran excesivamente caras, pero sí estaban arregladas para entallar su cuerpo mucho más de lo que era, entonces, normal. De hecho, cuando la Luci había sido abordada por el uniformado que se había quedado esperándola, y a pesar del sol de justicia que regaba la tarde de Vicálvaro, llevaba puesta una gabardina, probablemente consciente de que su forma de vestir no era algo que pudiera contemplarse por cualquiera.


Carlos Luján y Azpíriz estaban relajándose y comiendo algo cuando Lucía Odriozola llegó a la comisaría. Por lo que luego les contaron, estaba muy nerviosa y puso varios problemas. Para cuando los dos policías se dejaron caer por sus mesas y leyeron la nota manuscrita que les informaba de la presencia de la retenida dos plantas más abajo, en una sala para interrogatorios, Luci ya tenía un ojo cerrado y había sido derribada de la silla dos o tres veces. Carlos Luján decidió jugar la baza conciliadora. Su llegada a la sala supuso el final de los golpes para Lucía. Se sentó frente a ella, le dio un cigarrillo, y desplegó frente a ella el corto abanico de pruebas de que disponía.


-Dime lo que quiero, y los de las hostias no volverán.


-Yo no he hecho nada -protestó ella, entre sollozos.


Luján la observó bien. Se preguntó cómo conseguiría tener aquel aspecto, mucho más joven que la edad que sus documentos declaraban. Obviamente, no llevaba puesta la gabardina, así pues su sencillo jersey en uve, casi escotado, dejaba entrever el inicio de sus dos senos, además de permitir que el contorno completo de su cuerpo pudiera adivinarse. Tenía Lucía, además, una larga cabellera negra, ahora muy desordenada, y una piel morena, tostada. Encendió su cigarrillo con manos temblorosas, enmarcando un rostro anguloso y proporcionado; su piel, a pesar de que en ese momento sudaba copiosamente, aparecía suave tan sólo a la vista. Luján se fijó también en sus manos, trabajadas pero, aún así, finas. Dedos acostumbrados a encontrar secretos entre los cabellos de cualquier hombre.


-Nadie te acusa de nada-Luján trató de transmitir tranquilidad y paciencia en su voz-. Sólo estamos… solicitando tu colaboración.


-¿Solicitando? preguntó ella, pasándose el dorso de la mano bajo la nariz, mientras se sorbía las lágrimas. Sin embargo, si pareció querer empezar a protestar, no lo hizo.


-Solicitando, sí Luján sintió lástima por aquella mujer herida. En el lugar menos indicado, en un momento prohibido. El tenía, en ese segundo, que centrarse en la obtención de confesiones. Sabía cómo hacerlo, le habían enseñado y siempre se había considerado, en frío y sin haberse aplicado aún, bueno en ello. Esa misma mañana no le había temblado la mano y se sentía orgulloso de ello, sin paliativos. Sin embargo, desde el primer momento, con aquella mujer fue diferente. Con el ojo sano que le quedaba, Lucía Odriozola lo miraba fijamente cuando él la hablaba, tratando de encontrar un sentido para la pesadilla de estar allí, en medio de aquel interrogatorio. Los culpables no son así. Sólo los muy buenos fingen hasta ese punto.


-Digamos…-continuó-, digamos que simplemente en tu vida se ha cruzado la casualidad de trabar… algún tipo de amistad con un hombre del que, quizás, no lo sepas todo.


-Yo tengo amistad con muchos hombres respondió ella, a la defensiva.


-Lo supongo contestó Luján, dejando escapar un mohín-. Pero éste no es de ésos. No ese tipo de amigo. Éste era tu vecino.


Luján dejó que la información hirviese unos segundos dentro de la cabeza de su interrogada. Indudablemente, le sorprendió saber que Anselmo López era el motivo de su retención. Empalideció y tomó aire, que luego le costó expulsar. Luego, su rostro viró al rojo en décimas de segundo, cuando pareció comprender algo.


-¿Está… muerto? preguntó con un hilo de voz.


-Y yo tengo que pensar que, caso de que sea así, a ti la pregunta se te ha ocurrido por casualidad, ¿no?


Luján esperaba derrumbar, con eso, lo poco de seguridad en sí misma que pudiese quedar dentro de su interrogada tras haber pasado por las manos y los puños de sus compañeros anteriores. Sin embargo, no fue así. Ella encontró fuerzas en algún lugar de su interior, probablemente en la tristeza que a todas luces la había invadido, para no perder la compostura.


-Anselmo nunca se había ausentado tantos días. Es por eso que me imaginé…


-Pues sí, está muerto Luján se levantó y comenzó a pasear. Lucía Odriozola no movió la cabeza ni los ojos para seguirlo-. Y te diré, sin más datos, que ha muerto en unas circunstancias, además de extrañas, bastante crueles. Así que lo mejor, sepas algo o no sepas nada de su asesinato, lo mejor, te digo, es que me cuentes todo lo que sepas de él.


-No necesita presionarme la voz de Lucía sonó casi como una protesta-. No tengo nada que ocultar sobre mi… sobre mi amistad con él. Éramos vecinos, sí. Con horarios un tanto raros, sobre todo yo. Comenzamos, simplemente, echándonos una mano. Quizá empezó él guardándome alguna carta de mi familia que llegase cuando yo no estaba en casa. Luego yo le hice la cena un par de veces que tenía trabajo hasta tarde. Charlábamos de vez en cuando.


-O sea, que sabes cosas de él. Quiero decir: de dónde viene, qué cosas ha hecho en la vida.


-No crea el mentón de Lucía se hundió un poco más en dirección a la mesa-. Es… Anselmo era muy reservado con sus cosas. Una vez le pregunté dónde había nacido y me contestó con evasivas. También le pregunté en otra ocasión si el hombre de la foto señaló al hombre de barbas en la imagen gastada que Luján había dejado sobre la mesa- era su padre, y estuvo tres días sin hablarme.


-¿Por una foto?


-No exactamente la voz de Lucía retembló-. Yo había intentado poner un poco de orden en su dormitorio, limpiar algo… No tenía que haber abierto aquel cajón, pero lo hice. Luego fui una estúpida preguntándole por la foto. Se puso como loco cuando supo que la había cogido. Me prohibió que volviese a hurgar en sus cosas, y eso hice.


-Ajá. Así que supongo que ahora me dirás que ese papel escrito a lápiz no lo has visto en tu vida.


-No, señor.


-Y que no tienes ni idea de qué quiere decir RiP 203.


-No, Señor.


-Y que jamás le escuchaste decir algo ni remotamente cercano a eso, ni citar el número 203, ni nada.


-Eso es, Señor.


-¡Pues no me lo creo!


Luján dejó caer su puño derecho, violentamente, sobre la mesa, justo delante de Lucía Odriozola, que dio un respingo en su silla y comenzó a temblar.


-Es… es la verdad.


-¡Qué coño va a ser la verdad! Luján agarró uno de los travesaños de la silla y tiró fuertemente hacia él, mientras se agachaba. Su rostro quedó junto al de la interrogada, pero ésta no se atrevió a mirarlo, y permaneció temblando y mirando hacia la mesa- La verdad te la voy a contar yo: Anselmo López no era tu vecino, sino tu… amigo.


-Señor, no…


-¡Señor, una mierda! Todas las chicas de barra americana tenéis un amante. O algo más que un amante. ¿Quieres que me crea que Anselmo López vivía de limpiar un establo?


-Usted habrá visto su casa. Él no…


-Eso no prueba nada cortó Luján-. Puestos a buscar vicios, los podemos encontrar muy caros, ¿no crees?


Luján agitó la silla. Lucía lo miró, muy cerca, sin hablar.


-Te buscaste un chulo estupendo, Luci. Debes de ser bastante lista. Nada menos que un divisionario, un veterano, un camisa azul de los cojones.


Lucía volvió a mirar a Luján, con miedo. Luján se dijo: cuando un interrogado tiene miedo de tus palabras, sólo pueden ser dos cosas. Una, que son lo suficientemente convincentes. Otra, que son ciertas. La diferencia entre una y otra hipótesis es tan pequeña, se dijo, que no merece la pena buscarla.


-La mejor manera de que no te toquen, de que no te molesten, es estar debajo del ala de un tipo que puede visitar despachos o que sería escuchado aquí mismo. ¿Me equivoco?


-Anselmo… -balbució Lucía-, An… selmo me pidió que yo no dijese…, que yo…


-¡Nos ha jodido! ¿En esa colonia de muertos de hambre? ¿Cómo se las puede nadie dar de falangista allí?


-Peroperoperopero… -la Luci parecía al borde del colapso-, entonces, ¿por qué vivía allí?


-Eres más lista que eso, Luci. ¿Porque le gustaba tu coño, quizás?


Hasta Luján, en pleno éxtasis interrogatorio, se dio cuenta del cambio radical de actitud de Lucía Odriozola. Su rostro se endureció y le miró con ojos conminatorios, como si ella fuese la interrogadora. Luego suspiró hondamente mientras sus ojos se convertían en una estrecha línea por la que empezaron a brotar lágrimas casi sólidas.


-¡Usted no tiene ni idea! gritó- ¡Ni idea! ¡El nunca me puso la mano encima!


-¡Venga ya, señorita!


-¡Venga ya, una mierda! berreó ella, con su último hálito de valor- ¡Por eso le quería, imbécil! ¡Porque no tenía tu mirada de salido mal follado!


Luján se incorporó y tomó aire. La Luci estaba gimiendo antes incluso de que la golpease. Cayó al suelo con estrépito. Intentando enderezarse, la falda, ya algo más corta de lo habitual, se alzó más, dejando ver dos muslos bien torneados. Luján se sintió enceguecer. La pateó sin mirar, cinco o seis golpes a bulto buscándole el vientre. Luego la agarró de los pelos y tiró hacia arriba. Lucía emitió un grito casi animal. La sentó en la silla de nuevo. Pateó la silla. La hizo caer. Repitió la operación de los pelos. Cuando la volvió a mirar bien, la sangre le manaba por la nariz y le había manchado ya buena parte del cuello y el jersey. La dejó así. Caminó hacia la puerta y, de cara a ella, sin volverse porque no quería mirarla, contó sus respiraciones. Hasta que se sintió tranquilizar. Luego volvió, y se sentó frente a su interrogada. Ella estaba en la misma posición en que había iniciado el interrogatorio, sólo que ahora sangraba abundantemente, aunque no parecía percatarse de ello.


-A mí una puta no me llama imbécil, ¿estamos? jadeó más que dijo, muy despacio-. O aprendes modales o te saco de aquí con una jeta que no te va a servir ni para hacer las camas donde trabajas ahora.


-Si, Señor-balbució Lucía Odriozola, y varias gotas de sangre salpicaron la mesa junto a sus manos.


-Estás siendo interrogada en un caso de asesinato, ¿vale? Un asesinato sin pistas, ni móvil, ni nada. Y resulta que el muerto es tu amante. Resulta que lo matan de un disparo, y que sólo las personas que frecuentan ciertos ambientes pueden conseguir esas cosas que se necesitan para matar a alguien de un tiro.


Lucía levantó la vista. Abrió los ojos con espanto. Luján se dijo: entiende adónde quiero llegar.


-Resulta que al muerto le cortan las manos para que no sea reconocido. Resulta que el asesino trata por todos los medios de que no se sepa que el muerto es quien es. Luego resulta que es un tipo sin historia, con una vida de mierda que no le importa a nadie. Resulta que no hay nadie en su vida. Salvo una persona.


-No, no, no… Señor, no, no…


-Lo has entendido, ¿verdad? Si no hay nada más que una persona en su vida, ¿quién más podría no querer que se reconociese al muerto?


Mientras pronunciaba esas palabras, Luján se decía que no las creía. Para él, era evidente que el miedo que Anselmo López había mostrado en vida demostraba que había algo más en la vida de aquel hombre que un lío de faldas. Sin embargo, el efecto de sus palabras en el rostro de su interlocutora era tan evidente que sabía que era la línea que debía seguir.


De hecho, aquella sospecha, apuntada entre jadeos por el subinspector, acabó con Lucía Odriozola. Ya no fueron sollozos lo que salieron de ella, sino un llanto amargo, implorante, que se mezclaba con la sangre en sus mejillas, ensuciando el ambiente pesado de la sala sin ventanas.


-Yo.. ¡yo no he matado a nadie!


-Venga, Lucía. Confiésalo, y te sentirás mejor.


-Por favor, Señor Policía, por favor. ¡Tiene que creerme, por Dios, por la Virgen!


-Como vuelvas a jurar por la Virgen, tú, te arranco la cabeza de una hostia.


-¡Yo le quería, Señor! ¡Yo le amaba, Señor! ¡Señor!


La mujer acunó su rostro, sus lágrimas y su sangre sobre la mesa y allí se refugió, llorando a trompicones. Luján la observó fríamente. La tenía donde quería. Ahora sólo tenía que tender la mano. La dejó así cinco minutos. Las personas que lloran olvidan, solía decir Laura, su mujer; por eso nos sienta tan bien llorar. Por eso, Luján dejó que el llanto de Lucía Odriozola cediese poco a poco, dejó que regresara a su cabeza la doliente imagen de ella misma recibiendo dos o tres palizas como la de aquella tarde y, después, enterrando su vida en la cárcel de mujeres, sabe Dios con qué existencia. Era una puta, pero a todas luces jamás había soñado con tener problemas serios con la Justicia; el hambre y la necesidad crean ese tipo de monstruos inversos. Lucía Odriozola, a pesar de tener que ceder a los deseos de los hombres, a pesar de vivir en una vivienda de la que algunos perros huirían, a pesar de tener que caminar dos kilómetros de ida y dos de vuelta para tomar un autobús; a pesar de esa vida de mierda, era feliz hacía tan sólo dos horas, y ahora se daba cuenta. Por eso, porque pensaba todo eso, al llanto le siguió un temblor completo, cuerpo entero, manos, ojos, labios. Asesina. Ella sabía que no había matado a nadie, como lo sabía Luján. Pero también sabía que a aquel policía no le costaría juntar dos o tres indicios extraños y, con seguridad, calculaba que nadie arriesgaría ni media mejilla por ella si de confesar se trataba para, como decía Azpíriz, cobrar una hostia menos. En resumidas cuentas: su vida, por arrastrada y pordiosera que fuese, estaba en manos del hombre que la miraba con rostro de metal, al otro lado de la mesa, sin sonreír ni torcer el gesto, mudo e inexpresivo testigo del momento tenso en el que su vida, toda su vida, se iba por el desagüe de la injusticia.


-Señor, Señor Policía terminó por balbucear-. Sé que… sé que parece… pero yo… ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío, madre, esto no me puede estar pasando!


Al escucharla implorar a su madre, Luján sintió que se le abría una grieta. Los auténticos delincuentes no llaman a sus madres. Quizá se estaba pasando.


Le adelantó su pañuelo.


-Toma. Límpiate, estás horrible.


-Se lo voy a destrozar…


-No importa. Escucha, Lucía…


-Haré lo que usted quiera le interrumpió la puta, repentinamente animada-. Lo que usted quiera, Señor.


-¡Pues habla, cojones! el puñetazo en la mesa le hizo claramente a Lucía tanto daño como le hubiesen estrellado su propia silla en la cabeza- ¡Todo lo que quiero es saber quién era Anselmo López!


Ella lo miró a los ojos. Directamente. Inyectada de tristeza. Por un momento, Luján sintió que ella estaba por encima de él, que le podía. Se sintió pequeño, con pequeños sentimientos.


-Anselmo López era un valiente.


-Eso ya nos lo han dicho sus compañeros de armas.


-Le han mentido. Ellos no saben. Era un valiente, porque era un cobarde.


Aquello sí que era interesante. Carlos Luján se incorporó en su silla.


-Explícate.


-Incluso a mí me lo quiso ocultar. En realidad, parecía no distinguirse de la mayoría de la gente. Ya sabe usted…


-Pues no. No sé.


-Me refiero a la guerra. Empiezas a hablar de la guerra, y la mayoría de la gente se cierra en banda. No es un tema de conversación.


-Ya; la mayoría de la gente o no debe, o no quiere hablar de ella.


-Sí, Señor. Anselmo no era distinto. Si pronunciabas delante de él palabras como Rusia o División Azul, cambiaba de tema y, si intentabas acorralarlo para que hablase, te soltaba un bufido y podía estar un día entero sin dirigirte la palabra.


-La guerra no es una experiencia agradable, dicen.


-Para algunos es una tortura. Anselmo soñaba.


-¿Soñaba?


-Muchas noches. Un par a la semana, por lo menos, que yo… que yo sepa. Gritaba, lloraba, pataleaba. Pedía clemencia o, simplemente, emitía sonidos angustiosos, ininteligibles. Volvía a la guerra dos noches a la semana, y allí sufría, supongo, otra vez el frío y el pánico.


-Para morir asesinado hacen falta amenazas más cercanas.


-¿Más… cercanas?


-Cercanas, sí. Presentes.


Lucía respiró hondo, negando por la cabeza.


-Le juro que si lo supiese se lo diría, Señor Policía. Yo nunca tuve esa sensación.


-¿Nunca le visitó nadie?


-Nunca, que yo sepa.


-¿No tenía amigos?


-En el colmao. Pero no creo que los viese fuera de la taberna. Por donde nuestra casa jamás pararon.


Luján se detuvo para pensar. Siempre podía ser que la extraña actitud del muerto respondiese a algún tipo de locura. Que Anselmo López hubiese llegado a confundir la realidad y el sueño y tuviese momentosen los que creyese estar todavía en el campo de batalla.


No obstante, lo cierto es que Anselmo López había sido asesinado, y sus manos cortadas. En tiempo de paz.


Volvió a mirar a Lucía. Había dejado de sangrar. Casi de temblar.


-Lucía, mírame a los ojos.


-Sí, Señor.


-¿De verdad no sabes nada de RiP 203?


-Se lo juro por lo que más quiera, Señor. ¡Por lo que más quiera!


-¿Ni del hombre de la foto?


-Ya se lo he contado. Una vez pregunté, pero él…


-¿Sabes si Anselmo López tenía familia; padres, hermanos, cuñados?


Ella negó con la cabeza, con violencia.


Luján se dijo: la creo.


-A tu amigo lo mató alguien relacionado con la guerra de Rusia. Con la División Azul.


Lucía Odriozola levantó la cabeza. Su boca se torció en un rictus de asco.


-Las guerras siempre te acaban jodiendo.


-Supongo.


-Eso decía.


-¿Anselmo?


-Constantemente la mujer se retorcía los dedos de las manos con tanta violencia que parecía que fuese a partirse alguno de ellos de un momento a otro-. Bebía y bebía hasta el amanecer. Cuando estaba completamente borracho se sentaba a mi lado, colocaba la cabeza en mi pecho, como un niño chico con un gesto, pareció querer acunar un rostro inexistente-, y luego lloraba. Y maldecía. Y luego decía: las guerras siempre te acaban jodiendo.


Carlos Luján dijo, como en un eco:


-… porque todo puede volver.


Lucía dio un respingo.


-¡Eso! ¡Eso también lo decía!


Y allí estaba: de nuevo, frente a la pared muda de la ausencia de resultados, de pistas. Palmoteó contra la mesa, y se levantó con un suspiro.


-Una puta y un veterano muerto de miedo… vaya plan, joder.


Ella no se atrevió a decir nada.


-Estás libre le informó Luján, encendiendo un cigarrillo-. De momento. ¿Dónde paras?


-¿Dónde… qué?


-No te me hagas la idiota. Que dónde trabajas.


-Se llama Club 56 informó ella, no sin renuencia-. Muy discreto.


-Ya me informaré. Pero te quiero cerca, ¿eh?


-Sí, Señor.


-Si se te ocurre ahora, por casualidad, volver a casa de mamá o cambiar de ciudad, te encontraré y te arrancaré los ojos, ¿lo entiendes?


-Sí, Señor.


-Lárgate. Pero antes de salir a la calle, lávate toda esa mierda. Das pena.


-Sí, Señor.


Algunas horas después, ya en la noche, Carlos Luján colocó una mano sobre el hombro desnudo de Laura, su mujer. Ambos se habían acostado, agotados, pocos minutos antes. La ventana del dormitorio estaba abierta y, como siempre en verano, la habitación estaba envuelta en una penumbra que permitía ver con precisión.


-¿Qué pasa? El rostro de Laura se volvió hacia él.


Él la miró en la oscuridad. Musitó «nada, nada…Perdona», y la dejó dormir.


Se había vuelto hacia su mujer aún medio dormido, en la primera duermevela de la noche. Ese momento en el que aún no se sueña, se piensa en cosas de la vida real pero la tentación de la noche y el cansancio las comienza a distorsionar. Ese peligroso momento del día en el que las cosas habituales siguen presentes, sólo que ya son distintas. Así pues, Carlos Luján se había sentido en esa misma cama, junto a esa misma mujer. Momento presente. Pero el sueño lo había empezado a tomar y, repentinamente, había llegado a creer que, con el solo gesto de volverse, volvería a encontrarse con otra mirada distinta de que la que vio en el rostro de Laura.


La mirada de Lucía Odriozola cuando le decía: Sí, Señor. Haré lo que usted quiera. Señor.


Tres horas después sonó el teléfono. Marido y mujer dieron un respingo. Un sudoroso Carlos Luján, con el corazón aún golpeando las paredes de su pecho, fue al salón y descolgó al aparato.




-Soy… soy Luján. Diga.


-¿Luján? Rebollo.


-Inspector Rebollo… ¿qué hora es?


-No me pregunte cuándo, sino dónde. Bajo el Viaducto. Ahora mismo.


-¿Qué vaya… ahora mismo?


Segundos de silencio.


Luego de nuevo la voz, esta vez socarrona, del inspector.


-Creí que se pondría más contento con la solución de su puto caso.


-Voy inmediatamente Luján ya se había despejado.


Llegó a tiempo de ver los despojos. El cuerpo desarmado de un hombre, probablemente de mediana edad, que a todas luces se había estampado contra el suelo desde el Viaducto.


-Higinio Longares le informó el inspector Rebollo, al que era la primera vez que veía sin corbata, en medio de aquella noche casi vacacional, tórrida, de Madrid -. De profesión, maestro de esgrima.


-¿Este tipo? Luján se había percatado de la humildad de sus ropas y de sus zapatos. Ese tipo de cosas que había aprendido, en parte, gracias al propio Rebollo.


-Maestro de esgrima, sí. Un sablazo por aquí, otro por allá.


-Ya. ¿Otro de la cuadrilla de la División?


-Lo dudo respondió Rebollo, sorbiendo su cigarrillo-. Hemos repasado listas y comprobado varias decenas de historias entre usted, Azpíriz, yo mismo y algunos otros. Nos habría aparecido. Este tipo sólo es un muerto de hambre.


-Ya. O sea que…


-O sea que, como yo dije, el asunto Anselmo López no fue nada más que un asunto entre muertos de hambre.


-Parece usted muy seguro de que este tipo sea el asesino de Anselmo López.


Por toda respuesta, Rebollo se volvió hacia su espalda, y gritó.


-¡Margall! ¡Margall! ¡Ven aquí, que te quieren ver!


Pocos segundos después, desde los alrededores del cadáver se acercó el cuerpo entrado en carnes y el rostro de campesino del forense Margall.


-¡Coño, Luján! ¡Tú por aquí! Bueno, por lo menos hoy no llueve. Y toda la basura es orgánica.


-Enséñale la prueba, Margall.


-¿La prueba?


-¡La prueba, cojones!


-Ah, sí…


Margall puso delante de Luján un sobre transparente con un papel. Estaban debajo de una farola y se veía bien. Era una cuartilla normal y corriente, a la que le faltaban algunos trozos. En la cuartilla, un texto escrito con letra temblona.


In Bello, Amicitia.


Dentro del sobre había quinientas pesetas en billetes de cien.


Luján sintió que se quedaba sin respiración. Pero hizo un esfuerzo por recuperarse.


-Espera, Rebollo. ¿Un problema entre ladrones?


-Eso he dicho.


-Ya. Y, ¿por qué saca a colación un ladrón el lema de un grupo de falangistas de la División Azul? ¿Acaso no demuestra eso que el asunto tiene algo que ver con la guerra?


-No necesariamente respondió Rebollo, con gesto serio-. Sólo demuestra que este tipo sabía que su víctima tenía algo que ver con ese lema.


-Pero López escondió el anillo…


-Cierto. Tan cierto como que varios policías llevan días preguntando por colmaos y lugares varios si alguien sabe algo de In Bello Amicitia, ¿o no?


Luján se quedó sin palabras.


-Éste dijo Rebollo- se carga a Anselmo López. Quién sabe por qué. Quién quiere saberlo. Eso sí, es más que probable que fuese por dinero, por ese dinero que estaba en el sobre. Luego se siente culpable. Se tira por el Viaducto. En su último acto en el mundo, decide reconocer su crimen. Para que la Virgen no le de un par de patadas. Caso cerrado.


-Es una posibilidad, pero…


Rebollo se colocó frente a Luján. Alto, imponente, seguro de sí mismo.


-Luján: caso cerrado.


Y ese fue el día o, mejor, la noche de julio de 1948 en que la policía cerró el caso del asesinato de Anselmo López a manos de Higinio Longares.