miércoles, septiembre 15, 2021

La Guerra de las Rosas (17): El fin de la causa lancastriana

Un rey con dos coronas, y su pastelera señora

La puerta que abrió Jack Cade para Ricardo de York
El yorkismo se quita poco a poco la careta
Los Percy y los Neville
Ricardo llega a la cima, pero se da una hostia
St. Albans brawl
El nuevo orden
Si vis pacem, para bellum
Zasca lancastriano
La Larga Marcha de los York/Neville
Northhampton
Auge y caída del duque de York
El momento de Eduardo de las Marcas
El desastre de Towton y los reyes PNV
El sudoku septentrional
El eterno problema del Norte
El fin de la causa lancastriana
La paz efímera
A walk on the wild side
El campo de la cota abandonada
Los viejos enemigos se mandan emoticonos con besitos
El regreso del Emérito, y el del neo-Emérito
Rey versus Rey
The Bloody Meadow y la Larga Marcha Kentish
El rey que vació Inglaterra
Iznogud logró ser califa en lugar del califa
La suerte está echada. O no.
Las últimas boqueadas  


La complicada balanza de poderes en que se había convertido Inglaterra no podía ser resuelta, paradójicamente, dentro del país. En realidad, la llave de la situación la tenía Luis XI, el rey francés.

Si en aquellos tiempos alguien hubiese entrevistado al rey francés y le hubiese preguntado sobre su principal objetivo político, Luis no habría dudado en decir: recuperar las ciudades del Somme que, en 1435, Francia se había visto obligada a ceder al ducado de Borgoña. París necesitaba como el comer acercarse al poder borgoñón para poder muñir algún tipo de acuerdo; y el conflicto inglés era un problema para ello, puesto que un interlocutor, él, era lancastriano; mientras que el otro, el duque de Borgoña, era un decidido yorkista.

A los políticos en general, y a los franceses ni os cuento, siempre, en toda la Historia, les ha dado igual Juana que su hermana si con ello defendían sus intereses. Se llenan o llenaban la boca diciendo que son muy demócratas, o cristianísimos; todo pamemas. Ellos, lo que son, son gestores del bien de sus naciones; y si el bien de sus naciones pasa por aliarse con el Islam o apoyar dictaduras atroces, lo harán. Cuando el conde de Pembroke y John Fortescue, ambos enviados del rey emérito Enrique VI para mejorar la ayuda francesa a sus postulados, se presentaron en París, Luis ni siquiera los recibió. Lejos de ello, le envió heraldos al rey Eduardo para sugerirle una conferencia tripartita entre ambos y el duque de Borgoña, para ver de apañar los asuntos que todos tenían pendientes, en Saint Omer. En agosto de 1463, en efecto, Eduardo, recién bajado del Norte, decidió que la delegación inglesa la presidiría el obispo Jorge Neville.

La perspectiva colocaba a los lancastrianos ante la necesidad de hacer movimientos a la desesperada. Margarita lo entendió, y por eso se tragó el orgullo y trató de tener una entrevista con el duque de Borgoña, probablemente una de las personas que más repugnancia le provocaban en el mundo. El duque Felipe la recibió, efectivamente; la escuchó con desgana y terminó la entrevista entregándole algo de pasta para que no diese por culo (los cinéfilos, recordad la escena de Goodfellas en la que Paulie Cicero le da unos billetes a Henry Hill y le dice que se vaya a tomar por saco de una vez, y Henry dice, en voz en off, que con lo que le dio “no tenía ni para el ataúd”; debió de ser algo parecido).

La conferencia de San Omero se celebró. La verdad, fue como la rana al principio; pero después de un receso y de su nueva reunión, esta vez en Hesdin, ingleses y franceses se pusieron de acuerdo. Ambos firmaron una tregua en tierra, puertos y ríos (pero no en la mar). Los dos reyes se comprometieron a no prestar ayuda a los enemigos del otro durante dicha tregua, con la duración de un año. Henchido de placer cuando vio que los yorkistas habían conseguido convencer a Felipe de que soltase las ciudades del Somme, Luis incluso prometió que abandonaría la tradicional relación preferencial concedida por los franceses a los escoceses; un movimiento crucial que obligaba a Edinbra a negociar con Londres; de hecho, la cosa fue como un cohete: escoceses e ingleses se reunieron en York, y el 9 de diciembre ya habían firmado una tregua, vigente hasta noviembre del 1464, durante la cual ambas partes negociarían algo más sólido.

Antes de finalizar el año, pues, los Lancaster habían perdido el apoyo escocés, puesto que, con la tregua en la mano, ninguno de los viejos lores hubiera tenido capacidad suficiente como para mantener las cosas. Enrique, de hecho, dejó St. Andrews, donde probablemente ya no se sentía seguro, y se encastilló (nunca mejor dicho) en Bamburgh.

Sin embargo, nunca me cansaré de repetiros, en estas notas, que en Historia es muy común encontrarte con situaciones en las que, cuanto mejor estás, peor puedes estar. Como ya sabéis por párrafos anteriores, desde finales de 1462 Eduardo, consciente de que Somerset era un hueso demasiado duro de roer, había buscado denodadamente su amistad y colaboración. Es muy posible, por lo que dicen las crónicas, que Somerset jugase el papel del reconciliado a la perfección; tanto que se hizo relativamente común que en diversas situaciones, durante sus desplazamientos o en las jornadas cinegéticas, Eduardo estuviese básicamente rodeado de soldados de Somerset.

A pesar de que a mediados de 1463, en Northampton, Eduardo había salvado la vida de Somerset, defendiéndolo de la gente que se lo quería apiolar por traidor, cuando el rey envió a su par al norte de Gales, éste comenzó a recibir en sus estancias a conspicuos lancastrianos. En las Navidades de aquel 1463, Somerset abandonó Gales, cosa que no podía hacer sin una autorización real que ni siquiera había pedido, e intentó llegar a Newcastle disfrazado. La ciudad estaba defendida por soldados que pagaba él; así pues, su idea era usar esa tropa para tomar el control de la ciudad y declararla fiel a Enrique VI. En Durham lo reconocieron y casi lo pillaron, pero logró escapar de la cama en camisón. Eduardo, al oír las noticias, mandó a Newcastle un destacamento de hombres fieles, al mando de Lord Scrope of Bolton.

Eduardo había conseguido evitar un golpe; pero hubiera hecho mejor en ser un poco más consciente del hecho de que, si ese tipo de acciones eran planteables, eso era porque había una base de mala hostia en el país. Las muchas campañas militares que habían tenido lugar en los 18 meses anteriores habían supuesto, como hemos visto, una severísima recaudación de impuestos. Cuando el personal se cabrea porque le cobran muchos impuestos, se revuelve siempre contra el recaudador, no las circunstancias que le obligan a recaudar. Uno siempre piensa que el dinero público se podría gestionar mejor de cómo se gestiona y, por lo tanto, cuando los contribuyentes están cabreados, es siempre el gobierno el que paga el pato. A principios de 1464 hubo ya disturbios en Gloucestershire y Cambridgeshire. Eduardo acabó por darse cuenta de que el tema era serio, así que aplazó la reunión parlamentaria prevista en York y se dedicó a visitar esos condados. En todo caso, en Gales, Lancashire y Cheshire, los disturbios pronto tomaron un tinte antidinástico, dadas las fuertes raíces lancastrianas que había allí.

Eduardo, sin embargo, estaba personalmente más interesado en sus encuentros londinenses con el enviado borgoñón, Jean de Lannoy, para hablar de alta política, la alianza de las civilizaciones y esas mierdas, en lugar de ir a Gales. A Gales envió al duque de Norfolk. El tema le costó lo suyo al gobierno hasta que, en marzo, sendas victorias en Dryslwyn y Carmarthen les otorgaron el control de nuevo del país.

La manta, sin embargo, seguía siendo corta. Tapar Gales destapó el siempre relapso Norte. El 27 de marzo, Eduardo hizo pública su intención de ponerse en el verano al frente de una expedición militar al norte para tratar de acabar con los Lancaster. Las cosas no iban bien. Los Clifford, amigos de los Percy, habían conseguido recuperar el control de su castillo, en Skipton-in-Craven, y lo habían puesto bajo la autoridad del rey Enrique. El principal centro de los Lancaster era Northumberland, más que nada porque era allí donde se habían establecido todas las fuerzas lancastrianas que habían tenido que salir de Escocia cuando dicho país dejó de ayudarlos. Somerset, por su parte, estaba en Bamburgh con su rey; y no estaba solo, puesto que se le unieron Sir Enrique Bellingham y Sir Humphrey Neville, ambos viejos combatientes enriquistas que habían sido perdonados por Eduardo. Estos nobles, con sus tropas adjuntas, unidos a las fuerzas del nunca desalentado Ralph Percy, habían abandonado la táctica defensiva para pasar a la ofensiva. En las semanas anteriores a la expedición eduardiana, habían capturado Norham, Langley, Hexham, Bywell y Prudhoe. Con todas estas posesiones bajo su control, estaban en posición de poner el control yorkista sobre Newcastle en peligro. El 6 de marzo, precisamente en Newcastle, ingleses y escoceses tenían que reunirse; pero esa reunión, ahora, era extremadamente peligrosa; se pospuso el encuentro a abril y, además, se desplazó a York.

A mediados de aquel mes de abril, Lord Montagu, que recordaréis era guardián de las Marcas, se llegó a la raya de Escocia para recoger a los plenipotenciarios y escoltarlos hasta York. Por el camino, la partida sufrió una emboscada de Sir Janfri Neville, de la que lograron escapar. Montagu se llegó a Newcastle, donde tomó algunas tropas y decidió moverse hacia el norte, en dirección a Alnwick. El 25 de abril, estando en Hedgeley Moor, entre Morpeth y Wooler, lo espoteó el ejército lancastriano, que se le tiró encima. Allí estaban Somerset, Hungerfort, Roos, Percy y Grey; todo lo gordo, pues. Sin embargo, los yorkistas consiguieron matar a Sir Ralph Percy, lo que desanimó a los atacantes, que decidieron pirarse.

En esta guerra, o conjunto de guerras, tan pródiga en subidas y bajadas, ahora eran los lancastrianos los que estaban en mala posición. Habían perdido una batalla importante, pero lo realmente preocupante es que Eduardo estaba a punto de llegar en unas semanas con un ejército todavía más potente que estaba siendo elevado en Leista, o sea, Leicester. Necesitaban una victoria antes de que el rey cogiese su caballo.

Con esta intención, los Lancaster avanzaron al sur, hacia el valle del Tyne. Movieron al rey Enrique al teatro de operaciones, concretamente al castillo de Bywell, buscando que su figura galvanizase su causa. Montagu estaba muy cerca, en Newcastle. En el momento en que supo que Somerset estaba acampado en Hexham, salió de la ciudad con las tropas a por él, acompañado por dos antiguos lancastrianos, Lord Greystoke (uno de cuyos descendientes, por mor de la literatura, acabaría en las selvas de África, criado entre gorilas) y Lord Willoughby.

El 15 de mayo, Montagu condujo un ataque sorpresa sobre Hexham. Fue una operación completamente exitosa. Las tropas yorkistas incluso capturaron a Somerset, que fue decapitado aquel mismo día. Al día siguiente, los capturados fueron Hungerford y Roos, quienes también fueron ejecutados.

La derrota de Hexham, que comportó una treintena de ejecuciones que la convierten en una especie de Noche de los Cuchillos Largos a la inglesa y en pequeñito (Noche de las Navajas Largas, pues), dejó la causa de los Lancaster completamente agotada. Montagu, en los días subsiguientes, recuperaría todos los castillos del valle del Tyne e, incluso, cantó bingo en Bywell, conde encontró al rey Enrique, pues aún no había podido escapar.

Juan Neville, Lord Montagu, había ganado la guerra para el rey Eduardo. Éste no lo olvidó y, pocos días después, le cedió todas las tierras que habían sido alguna vez de Enrique Percy, conde de Northumberland. Juan se dirigió a sus nuevas posesiones para tomar ídem de las mismas, acompañado por su bro, el conde de Warwick. Acompañados por un impresionante ejército, consiguieron la rendición de los castillos de Alnwick y Dunstanburgh, en junio. Sólo quedaba Bamburgh, donde resistían los relapsos Ralph Grey y Humphrey Neville. Los yorkistas intimaron la rendición del castillo, pero sin ofrecerles el perdón a los dos lores; por lo tanto, hubieron de pasar al asedio. Tras un violento bombardeo, Neville se rindió y, a la postre, conseguiría ser perdonado. Grey, sin embargo, aun herido quiso seguir luchando, por lo que fue apresado, llevado ante el rey y ejecutado.

Cautivo y desarmado el ejército del Norte, las tropas de los York habían alcanzado sus últimos objetivos. La guerra septentrional había terminado.

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