lunes, febrero 07, 2011

Mano negra, Mano Blanca (y fin)

Eddie Lynch hizo su entrada en el Adonis a las 3 de la tarde del jueves, día de Nochebuena de 1925. El lugar era una fiesta, porque llegaba la Navidad, y también porque llegaba Al Capone, una vez más de visita a sus hermanos neoyorkinos. Aunque esta vez, el motivo era otro. Sonny Capone, el hijo del capo de la mafia, había desarrollado una infección del mastoide en su oído izquierdo que amenazaba con dejarle sordo o incluso con segarle la vida. Los médicos en Chicago poco hicieron por él, así pues el padre se volvió hacia Nueva York buscando un cambio de suerte. Puso a su hijo en las manos del doctor Lloyd, en el hospital de San Nicolás de Manhattan. La operación fue un éxito total y, precisamente por eso, Frankie Yale había decidido invitar a su amigo a compartir con él la fiesta de la víspera de Navidad.

Cuando llegó Lynch, Yale hizo un aparte con él y, nada más dejarle hablar, se quedó helado. Yale sabía que Lonergan era inasequible al desaliento y que, por lo tanto, algo intentaría en el marco de la guerra entre la Mano Negra y la Mano Blanca. Pero no podía pensar que el irlandés de pata de palo fuese tan temerario como para diseñar la operación que había diseñado.

Según Lynch, Lonergan entraría esa misma noche en el Adonis con la intención de no dejar títere con cabeza.

Pensaba hacerlo con un equipo de seis hombres: él mismo, Aaron Harms, Patrick «Happy» Maloney, Joseph «Ragtime» Howard, James «No Heart» Hart y Jack Needles Ferry. Estos hombres eran, probablemente, la última guardia pretoriana que le quedaba a Lonergan en una organización criminal que se disolvía como un azucarillo a pasos agigantados.

Los nombres, en todo caso, arrancaron a Yale una sonrisa. Los conocía. Todo el mundo se conocía en aquel mundo del hampa. Maloney, Howard y Hart ni siquieran eran pistoleros. Eran conductores de camiones de alcohol. Lonergan no había tenido más remedio que confiar, para la operación más difícil de su vida, en becarios del crimen.

Yale decidió que no había motivo para no hacer la fiesta.

A las siete de la tarde, Capone llegó al Adonis. Le recibió el gotha de la mafia neoyorkina: Frankie Yale, Don Giuseppe Balsamo, Augie The Wop, Two Knife, Frenchy Carlino, Tony Yale, Vince Mangano, Chootch Gianfredo, Glass Eye Pelicano...

A las ocho no había menos de sesenta miembros de la Mano Negra en el local. Nadie reparó en que Capone, en lugar de participar en la fiesta, se pasaba el rato mirando a la calle por una ventana. De repente, se volvió hacia sus guardaespaldas, Scalise y Anselmi, y les hizo una seña. Inmediatamente, los dos pistoleros se escondieron detrás de unas pesadas cortinas.

Pocos segundos después, los seis irlandeses entraban por la puerta.

Tal y como Al Capone había previsto, los seis se quedaron parados y pegados cuando le vieron allí. Capone, que era una persona de extrema frialdad, incluso se permitió bromear con ellos. Todo el mundo, los irlandeses también, sabía que el ahora jefe de la mafia de Chicago, una vez, cuando era muy joven, había trabajado de portero precisamente en el Adonis Club. Afectando serlo todavía, Capone se acercó a los micks y, amablemente, les indicó un perchero para que colgasen sus abrigos. Obviamente, Lonergan contestó afirmando que no había ido allí para ninguna fiesta y gritando: «¡Que nadie se mueva!»

En ese momento, tal y como Yale y Capone habían instruido a todo el mundo, Fury Argolia apagó las luces del local, y todo el mundo, sin disparar, se metió debajo de las mesas. Eso sí, el local no quedó completamente a oscuras. Seguía encendida una pequeña lámpara, justo al lado de los irlandeses.

Lonergan, sus pistoleros y sus camioneros reconvertidos comenzaron a disparar a la oscuridad. No le dieron a nadie, claro. Todo el mundo estaba escondido. Bueno, todo el mundo, no. Anselmi y Scalise habían salido de su escondite, y comenzaron a rociarlos de balas, aprovechando que ellos estaban en la oscuridad y a los irlandeses se les veía perfectamente.

La primera andanada hirió únicamente a Ferry y Maloney. Todos los irlandeses, aún vivos, buscaron refugio contra las balas. Intentaron disparar a los italianos, ahora acompañados por el mismísimo Capone. Pero se habían refugiado detrás de la barra del bar, a oscuras, desde donde disparaban con ventaja.

Maloney recibió tres balas en el pecho. A Howard le alcanzó una sola bala, pero en la nuca. Harms también cayó.

Quedaban Lonergan, Hart y Needles Ferry. No Heart decidió tratar de ganar la puerta y salir de allí. Lonergan se refugió bajo el piano de la sala de fiestas. Ferry no podía moverse: temía balas en ambas piernas. Capone ordenó que se encendiesen las luces un segundo; suficiente para localizar a Ferry, sentado e indefenso. Le metieron 18 balas.

Se ensañaron tanto con Ferry que le dieron a Hart el tiempo que necesitaba para desaparecer por la puerta. Después, ya solo, Lonergan se defendió desde el piano disparando hasta que Capone, en franca ventaja, le colocó tres balas en el cuero cabelludo.

La Nochebuena de 1925, con el último suspiro de Richard Pegleg Lonergan, terminó la guerra entre la Mano Negra y la Mano Blanca. Frankie Yale había ganado.

Eso sí, los más suspicaces ya habréis caído en que la escena que describía yo en la primera entrega de esta pequeña serie era la demostración de que aún no lo hemos contado todo.

Esta historia tiene un epílogo.



Frankie Yale era ahora el absoluto dueño del crimen organizado en Brooklyn, presidía la Unione Siciliana, y era respetado por el hampa de toda América. Y así siguió reinando hasta el verano de 1928.

El 1 de julio de 1928, tras años de liderazgo, le llegó el momento a Frankie Yale de ser agradecido y generoso. Una petición le llegó, nada menos que de Chicago. Tres años antes, en 1925, el cabeza de la Unione Siciliana en Chicago, Miguel Genna, había muerto envenenado por los hombres de George «Bugs» Moran, el sucesor de Dion O'Bannion al frente de la mafia irlandesa rival de Capone. Capone había colocado en su lugar a Sam «Samoots» Amatuna. Pero nueve meses después del nombramiento, mientras se afeitaba en una barbería, los hombres de Moran lo localizaron y tapizaron el suelo del local con sus sesos. Tras ese asesinato, Capone apoyó la candidatura de Tony Lombardo, pero apareció la competencia de Joseph Aiello, a pesar de la mala imagen que tenía entre los italianos por haber hecho negocios con Moran. Así las cosas, Capone llamó a Yale y le pidió que, como presidente de la Unione, apoyase la candidatura de Lombardo.

Pero Yale dijo que no.

Formalmente, Frankie Yale adujo que no quería meterse en temas de Chicago. Pero eso no es creíble. Más lo es el hecho de que, en 1928, se había hecho poderoso, muy poderoso, y se sentía con capacidad de enfrentarse a su viejo amigo Capone. Por eso, de hecho, decidió engañarlo.

Yale y Capone eran socios por aquel entonces. El segundo recibía su alcohol ilegal en barcos que atracaban en Long Island. Una vez pasada la carga a camiones, éstos tenían que atravesar Nueva York, cosa que hacían con la protección de Yale.

En la primavera de 1927, comenzaron a desaparecer camiones. Al principio, Capone pensó que la policía se había vuelto lista. Pero, finalmente, cuando vio que la sangría no paraba, decidió hacer uso de un contacto: James Filesi DeAmato, uno de los hombres de Yale, amigo de juventud de Capone.

Filesi vigiló discretamente, y una noche comprobó que Vincenzo Mangano y los termibles hermanos Mormillo, teóricos guardaespaldas de un camión, lo desviaban en Hamilton Street y lo llevaban al garage de Yale, donde lo descargaron.

Así pues, Frankie Yale le estaba robando a Alphonse Scarface Capone.

Para colmo, el 7 de julio de 1927, a las nueve y media de la noche, mientras Filesi caminaba justo delante del número 123 de la calle 22, un coche a toda velocidad se paró junto a él y sonaron seis disparos de otras tantas balas. Todas ellas se quedaron en el cuerpo del mafioso. Desde entonces, Capone perdió cada vez más camiones.

El domingo 24 de junio de 1928, Al Capone llamó a capítulo, en Miami, a su gotha asesino particular: John Scalise, Albert Anselmi, Fred «Killer» Burke.. y Vince Gibaldi, el que algún día fue el hijo de un italiano honrado de Nueva York. Dos días después, los cuatro tomaban un tren hasta Knoxville, Tenessee, donde llegaron con sus pesadas maletas y compraron un coche de segunda mano que les costó 2.040 dólares. Con él, condujeron sin escalas hasta Brooklyn. El sábado por la noche se registraron en el Hotel Bossert.

Lo que ocurre el 1 de julio, en parte ya lo sabéis si habéis leído la primera toma de esta historia. Yale ha comprado un coche, descubre que no está totalmente blindado, decide llevarlo al taller, antes se toma unas copas, recibe una extraña llamada y sale disparado hacia su casa.

Camino de su casa, conduciendo deprisa, a la altura del 957 de la calle 44, un coche negro se pone a la altura del de Yale. El jefe mafioso de Brooklyn, presidente de la Unione Siciliana, mira a su derecha, y lo que ve le enseña que va a morir.

Porque es el rostro de Vincenzo Gibaldi, el joven cuyo padre él también lloró, el joven al que vio crecer como asesino en apenas días, el joven al que no quiso contratar y que dejó ir para que trabajase con su ahora peor enemigo; el rostro de Vincenzo Gibaldi, digo, es lo último que ve Frankie Yale antes de sentir los topetazos de las balas.

Nunca hasta entonces se había matado en Nueva York con pistolas ametralladoras. Era una moda de Chicago que fue, todo hay que decirlo, rápidamente importada a Nueva York.

Frankie Yale no tuvo ninguna oportunidad. Murió como había matado y como mueren los mafiosos. Con las botas puestas y por orden de algún buen amigo.



Con el fondo de una buena balada de rithm & blues, no sé, quizá I'm still not over you, la pantalla se va a negro, y aparece el cartel de:

The End

domingo, febrero 06, 2011

Menuda serie, serie menuda

Este fin de semana he estado viendo los dos primeros capítulos de La República. Yo no sabía que la serie era continuación de La Señora, que tenía fans, y bastantes, en mi familia. Ya que estaba ahí, decidí verla, al menos, como digo, los dos capítulos emitidos en el momento de publicar estas notas. Creo, por lo demás, que ante los comentarios de los últimos días, era lógico que compartiese con vosotros mi visión sobre la serie.

No sería «panfletaria» la primera palabra que se me ocurriría para definir la serie. La primera es, sin ningún lugar a duda, confusa. La serie es extremadamente confusa, lo cual quiere decir que, a mi modo de ver, su guión sólo puede ser calificado de torpe.

El autor de los guiones de La República, sin duda, se ha documentado sobre este periodo histórico y lo que pasó. Lo que pasa es que se le olvidó hacer fichas por fechas. Lo lógico de una serie así, a mi modo de ver, es que estuviese regulada por fechas; como lo está, sin ir más lejos, Amar en tiempos revueltos, cada uno de cuyos capítulos comienza con una referencia mensual precisa. La II República española es un momento histórico en el que las fechas son fundamentales, aunque sólo sea porque engloba, en su seno, varias repúblicas diferentes: la preconstituyente, la constituyente hasta Casas Viejas y la caída del gobierno Azaña, la de las derechas y la del Frente Popular. En cada una de ellas, los personajes de la serie son susceptibles de tener posturas y opiniones diferentes: los terroristas más terroristas, los terratenientes más o menos cerriles, los socialistas más revolucionarios...

Con el guión en la mano, sin embargo, es totalmente imposible hacerse una idea de en qué momento preciso de la historia de la República están ocurriendo los hechos que se relatan. Al inicio del primer capítulo, en una escena en un cementario, se nos dice que estamos en 1931, pero a partir de ahí no vuelve a haber ninguna otra referencia temporal, ni escrita, ni hablada; en un efecto que yo creo que está buscado por los guionistas para poder así garantizarse el panaché de ideas que transmite el guión.

En una conversación entre dos conservadores, uno terrateniente y el otro banquero, ambos se quejan de que hombres de orden como Miguel Maura se hayan unido a la República. Así pues, estamos en 1931, pues al año siguiente un poco, y decididamente a partir del 33, Maura ya no era de la partida de las izquierdas republicanas. Sin embargo, unos minutos después la actriz que simboliza al PSOE (se confiesa directamente militante del partido) arranca unos carteles contra los rojos (pintadas que, hábilmente, nadie firma, para no tener que definir si la situación es anterior o posterior a la fundación de Falange) de una pared donde hay pegados otros carteles , uno de los cuales aboga (de nuevo, sin firma) por un Frente Popular de Izquierdas y otro aboga por la amnistía para los presos.

Estos dos carteles, pues, parecen estar diciéndonos que la acción se sitúa a inicios del 36 o, desde luego, no anterior a la primavera del 35: el FP es el que ganó las elecciones, y los presos que debían amnistiarse serían los de la mal llamada Revolución de Asturias. Como vemos, pues, una escena nos sitúa en el 31 y la otra cuatro o cinco años más tarde.

Pero no es eso todo. En las escenas en las que aparecen los militares se habla de la voluntad del general Sanjurjo de dar un golpe, sin citar en ningún caso ni el precedente de que ya lo hubiese intentado, ni el dato de que estuviese o preso o exiliado en Lisboa. Por lo tanto, hemos de pensar que se trata del golpe de agosto del 32, luego la acción «viaja» a esos tiempos. En una escena, un teniente coronel, personaje de la serie, recibe una carta de Sanjurjo instándole a unirse al golpe de Estado. No resulta creíble que se trate de una carta relativa al golpe del 36, porque en el 36 esos mensajes los firmaba Mola, no Sanjurjo; y porque, además, un golpista condenado y luego exiliado jamás buscaría corifeos por carta, lo lógico es pensar que la correspondencia de alguien así la lee alguien más. Por lo tanto, ha de tratarse, como digo, del golpe del 32; pero resulta que en dicha carta, Sanjurjo justifica la necesidad del golpe por las agresiones a la Iglesia y a los propietarios (sic), cuando el principal elemento del golpe del 32 fue el Estatuto de Cataluña, que no se cita, ni en esa carta, ni en toda la serie (cuando menos de momento). En una escena, además, el terrateniente habla con el teniente coronel y le dice que duda de que Sanjurjo sea el jefe ideal, y le insta a buscar otro militar más capaz (en lo que podría entenderse como una referencia a Franco... o, en los tiempos de la serie, mejor a Mola); pero, entonces, rigiéndonos por esta escena, el tiempo tendría que ser posterior, no anterior, al golpe del 32. Por lo tanto, ¿de qué golpe de Estado estamos hablando? Nadie lo sabe ciertamente.

Parece que hay también una célula anarquista que dice querer matar al presidente de la República, Alcalá Zamora. Pero entonces ya no estamos en los mismos principios de la República, como parecía insinuarse de las escenas de recordatorio del final de la serie anterior, puesto que en los primeros meses de la República, los preconstituyentes, Alcalá era presidente del Gobierno.

La indefinición en que se mueve el guión de la serie es tal que sólo se nombran dos partidos políticos: el PSOE, y la CNT (que ni siquiera es un partido). La mayor parte de los minutos de la serie transcurren en el domicilio o en la finca de una familia pudiente (una finca secularmente perteneciente a la familia de los Osuna, apellido de la esposa, y que, inexplicablemente, está al lado de Madrid, pues los personajes van y vuelven de ella en coche en muy poco tiempo; uno de los personajes, de hecho, se corre un juergón por Madrid la nuit y en la mañana siguiente ya está allí con su padre); esta familia es claramente de derechas, pero no sabemos si pertenecen a Renovación Española, o a los agrarios, a la CEDA, si son albiñanistas, o qué. La serie no hace el más mínimo esfuerzo por hacer describir al espectador del 2011 en qué consiste el espectro político de la época. Del padre se dice que una vez fue asesor de Antonio Maura; pero es que el maurismo, en 1931, ya no es nada (cosa que tal vez los guionistas desconozcan, claro), puesto que los supervivientes del viejo orden en la República son muy pocos y, además, representantes del ala más izquierdista de la Restauración (el propio Alcalá-Zamora, Melquiades Álvarez, Santiago Alba o el Conde de Romanones).

La confusión continúa con alguno de los elementos troncales de la trama. Uno de esos elementos es la decisión de los terratenientes de no sembrar sus tierras ese año. Insisto en que no sabemos a qué año se refiere, y es un dato importante; de hecho, sin él es difícil valorar dicha decisión.

El marido de la familia dice que ha decidido no sembrar porque tiene miedo de que «esos rojos», en referencia a los anarquistas, les quiten las tierras; lo cual no hace sino abrir dudas: ¿en qué medida lo va a impedir dejando de sembrar?

De nuevo, además, nos encontramos ante una referencia temporal sumamente equívoca. La acción revolucionaria anarquista para la ocupación de tierras no se produjo con virulencia y frecuencia hasta que los anarquistas no se sintieron engañados por la reforma agraria de la república. Pero resulta que la reforma agraria de la República no se comenzó a discutir hasta mayo del 32, y no se aprobó hasta septiembre de dicho año y, de hecho, las grandes movilizaciones anarquistas contra la misma se produjeron en el 33. Otra vez, ¿en qué fecha vivimos exactamente? Como digo, la fecha tiene que ser anterior a la segunda mitad del 32, puesto que fue en ese momento cuando, en respuesta por lo que el gobierno consideraba apoyo decidido al golpe de Sanjurjo, se aprobó la enmienda por la cual la reforma incluía la expropiación de tierras de los grandes de España (en una escena, el marido le recuerda a la mujer que ella es una grande de España). Pero, como digo, el hecho de que los Osuna no tengan aún miedo de ser expropiados por ser grandes de España y que al tiempo los anarquistas ya estén deseando quemar propiedades de los señoritos no cuadra. Las escenas están escritas tomando notas, a la vez, de la página 150 y la 700 de la Historia de la II República que se haya consultado.

Existe otra posibilidad, a mi modo de ver más plausible. Veamos: la reforma agraria, aparte las tierras de los grandes de España, tenía como objetivo primordial las tierras baldías. Pero, en ese caso, la decisión de los señores de la serie de no sembrar sus tierras es como echarle gasolina a la hoguera; si el gobierno quería demostrar que las tierras eran baldías, los propietarios se lo ponen en bandeja no sembrando. La razón más lógica de que no siembren es la Ley de Términos Municipales, es decir la ley por la que se impidió que se pudiesen contratar jornaleros de otros pueblos mientras quedasen parados en la pedanía de la finca; ley que encareció notablemente los salarios (que eran bajísimos antes) y que encabronó, en efecto, a los propietarios.

Sin embargo, ni la Ley de Términos Municipales, ni sus consecuencias, se citan en la serie; lo único que vemos es a un señor que está emperrado en no sembrar y, en realidad, no sabemos por qué. Da la impresión de que los guionistas de la serie tratan de que el espectador piense que no siembra, simple y llamanente, porque es un cabrón. Y aquí entramos en otro capítulo, que es el sesgo ideológico.

Porque lo hay. El único activista campesino que se ve es un tipo de chaqueta de cuero, anarquista, que además siempre va solo a los mitines; extrañamente, ni siquiera se hace acompañar de otros ácratas de la zona. De esta forma se obvia o esconde el hecho, palmario para cualquiera que estudie dos minutos serios de Historia de la República, de que el activismo campesino no fue sólo anarquista; que, de hecho, el ugetismo era muy fuerte en el campo, hasta el punto de tener provincias enteras, como Jaén, que le pertenecían; y que fue el ugetismo el que, por cierto sin participación de los anarquistas, montó una huelga en el campo en el 33 en la que incluso algún terrateniente fue asesinado en su finca.

Otro hecho que yo atribuyo al desconocimiento ideologizado (esto es, a la voluntad de no profundizar demasiado por causas ideológicas) es el propio montaje argumental de la serie, en la cual tenemos: unos terratenientes riquísimos (hay que ver cómo viven) por un lado, y por otro a sus sirvientes, sus jornaleros, un anarquista de cuero y una angélica socialista sobre la que ya me detendré. Punto pelota. La República, por lo tanto, se convierte en un enfrentamiento entre terratenientes y radicales anarquistas. ¿No pasaba nada en las ciudades, entonces? ¿No había fábricas? ¿No había clases medias, políticos burgueses? ¿No había Iglesia Católica? ¿No había radicalismos de derecha, incluso antes de ser fundada Falange? Y, sobre todo y por encima de todo, aquella república, ¿acaso no tuvo gobierno? Porque yo no sé si se han dado cuenta los visionarios de la serie, pero el gobierno republicano no merece ni un comentario en las tertulias políticas que se reproducen...

La verdad es que esta visión simplista y casi bobalicona, la de una República de unos y ceros que se dieron de hostias, le es muy querida a mucha gente, y da la impresión de que los guionistas han buscado darles precisamente lo que quieren, sin grandes profundidades.

Con todo, las manipulaciones son burdas y hasta estúpidas.

En una escena, un grupo de hombres y mujeres discuten sobre el voto de la mujer. Se destaca una fémina que está en contra de dicho voto, porque, dice, «dadle el voto a las mujeres y se lo habréis dado a sus confesores». Hasta ahí, bien. Pero, en ese momento, aparece una de las protas de la serie, dice que ella no tiene confesor, que está totalmente a favor del voto femenino y que por eso, entre otras cosas, está afiliada al Partido Socialista.

El PSOE no sólo no lideró la cruzada por el voto de la mujer, sino que la combatió. El PSOE republicano no quería que las mujeres votasen, precisamente por el argumento-concesionario. Poner en boca de una militante socialista una pretendida ultrailusión por el voto femenino es faltar a la verdad histórica, dicho sea sin detrimento de que pudiese haber mujeres socialistas a favor del asunto.

El guión trata de resolver este desaguisado con otra escena posterior en la que la misma prota habla con correligionario que le advierte de que en el PSOE hay quien está en contra del voto femenino, y ella apostilla algo así como: «sí, ya sé, Margarita Nelken...» Sinceramente, no sé bien quién pretenden los guionistas que es la tipa de la serie (una vez más, su estatus, sus funciones, su labor, son apenas bosquejadas, dejadas en la penumbra), pero para tener un estatus superior a la Nelken tendría que ser Largo Caballero travestido.

Dicho de otra forma: la escena equivale a que, dentro de 70 años, alguien haga una serie televisiva sobre la España actual (llamada, digamos, Amar en tiempos de crisis sistémica) y sitúe una escena en el 2011 en la que aparezcan dos socialistas, con el siguiente diálogo.

SOCIALISTA 1: Creo que es absolutamente fundamental que se aclare hasta las últimas consecuencias todo eso del bar Faisán.

SOCIALISTA 2: Pero hay gente en el PSOE que no parece tan partidaria...

SOCIALISTA 1: Sí, ya, Rubalcaba...

Hurtando, pues, la información de que Rubaldaba no es cualquier Rubalcaba, no es ningún militancillo del partido sino el vicepresidente del Gobierno (en el caso de Nelken, era diputada y voz cantante socialista en el tema del voto femenino), se consigue dar la impresión de que la opinión de una socialista recién llegada a Madrid, que ni siquiera es diputada, es más valiosa que la de Margarita Nelken; y, de paso, se hace creer que el PSOE fue lo que no fue, es decir partidario del voto femenino.

En otra escena, por cierto, encontramos a esta socialista trabajando (escribiendo un artículo sobre el voto femenino). Alguien que la viene a ver le dice que no para, y la socialista contesta: sí, es que la votación está cerca. Como de costumbre en estos guiones, no se nos dice a qué votación se refiere, aunque, por el artículo que está escribiendo, se supone que se refiere al voto femenino. Pero entonces, las fechas vuelven a bailar again, y una vez más nos volvemos a preguntar a qué tiempo se refieren los hechos.

Más temitas. Un grupo de jornaleros va con antorchas a quemar la casa de los señoritos. La guardia civil llama a la casa de éstos y el pater familias da la orden de que los repriman («Sargento, haga lo que tenga que hacer para proteger mi casa»). ¿Cóomor? La Guardia Civil, ¿a quién presta obediencia? ¿Qué tal el gobernador civil o el ministro de Gobernación? Pero, ¿verdaderamente se creen los guionistas de esta serie que pueden llamar mañana por la tarde al puesto de la Guardia Civil de Viveiro y ordenar la detención de un pollo que les caiga mal y que viva allí? En pobre concepto, desde luego, tienen a la legalidad republicana creada en el 31...

En fin, aceptando barco como ribosoma lamelibranquio, puede que el señor de la casa, en su condición de ex asesor de Antonio Maura (un cargo muy fuerte), tenga un predicamento suficiente ante la Guardia Civil como para darle órdenes. Pero para ello hará falta, digo yo, que gobiernen las derechas. Cosa que no pasó hasta noviembre del 33. Una vez más, nos quedamos sin saber en qué día vivimos.

Otro, buenísimo: voz en off de una conspiradora ácrata, que dice que habla alemán pero lo canta como si se acabase de aprender las palabras cinco minutos antes y pronunciándolo con acento de San Roque, Cádiz. Habla de que es necesario incrementar la escalada terrorista. Y dice: «basta ya de quemar pequeñas iglesias». ¿Pequeñas? ¿El Colegio de Areneros es pequeño? ¿La iglesia de los jesuitas es pequeña? Menos mal que los famosísimos incontrolados no encontraron estopa suficiente en mayo del 31; si la encuentran, queman la catedral de Santiago y el Museo Vaticano...

Existen, por lo tanto, elementos propagandísticos en la serie; pero lo que existe, a mi modo de ver, es torpeza, o mejor desinterés por realizar una adecuada ambientación histórica. Esta serie transcurre en la II República como podría transcurrir en el descanso de un Levante-Real Sociedad. En dos horas, más o menos, que he pasado viéndola, ha pasado, como reza el título, de menuda serie, a serie menuda.

miércoles, febrero 02, 2011

Ficcionar la Historia (Anexo: la II República)

Un amable lector de este blog me ha enviado algunos enlaces a unas declaraciones de un diputado del Partido Popular, Ramón Moreno, quejándose del presunto sesgo ideológico de una serie de la tele pública que se llama 14 de abril, la República. Según este señor, que tiene la ventaja sobre mí de haber visto lo emitido de la serie (yo estoy demasiado ocupado intentando que Romano Pontífice, que así se llama mi jugador creado en el NBA 2K11, y que está en su año de rookie, se abra un hueco como alero titular de los Spurs), en la serie hay diálogos y cosas que, en realidad, están hechas a la mayor gloria del partido gobernante. Su opinión se puede encontrar aquí.

Este asunto plantea, de nuevo, un temita sobre el que ya escribí en su día unas notas, cuando salió la serie de Antena 3 sobre Viriato. Todo lo dicho en su día es aplicable aquí. El primer problema, y eso es algo de lo que Moreno no habla porque no es un problema político sino de márquetin y audiencias, es que en una serie de televisión lo que manda es el atractivo. El pobre Viriato, que probablemente sería un tarugo de metro y medio con pelos hasta detrás de las orejas, ha de ser convertido en un George Clooney con denominación de origen Piel de Toro para que la gente lo vea.

Yo no sé si os habéis dado cuenta, pero hasta hace bien poco hemos vivido en un siglo, el XX, que bien podría ser considerado el siglo de la relativización de la verdad. Ha sido el siglo que ha defendido la idea de que la exigencia de veracidad para las cosas es una exigencia genérica; dicho de otra forma, si el conjunto de los hechos narrados son razonablemente veraces, en realidad que los detalles sean inventados no importa. Hijos de esta teoría son los libros de nuevo periodismo que pululan por las librerías, que te cuentan la historia de, un suponer, Zapatero, y van y te cuentan hasta lo que tiene en el cajón de su mesilla de noche. Se lo inventan, claro. Pero es que lo importante es que el libro en su conjunto sea veraz; si en tal o cual paginita se cuela una coña inventada, qué más da.

Así las cosas, los guiones históricos, en el cine y sobre todo en la televisión, parecen armados como tiendas de campaña. Hay cuatro o cinco o siete puntos de apoyo sólidos, que son las cuatro, cinco o siete cosas que da por hechas el historiador de turno que asesora a los guionistas, y luego éstos ponen la lona encima, y lo mismo fabrican un tipi comanche que la jaima de Gadafi.

Cuando una serie histórica de la tele lo que hace, en realidad, es relatar situaciones universales (chico ama a chica, Fulatino tiene problema con padre Fulanote porque es un carca, etc.) que sitúa en un determinado entorno histórico, la cosa es más fácil de hacer. En mi gusto personal, en este terreno es absolutamente canónico el ejemplo de Upstairs, downstairs, serie británica en la que hasta los acentos y el vocabulario de los personajes (sobre todo de los sirvientes) están trabajados para reproducir el ambiente social e histórico de la época; basta con medio minuto de diálogo en la cocina, por ejemplo, para apreciar la notable diferencia existente entre el mayordomo Hudson y el resto de la servidumbre. Que no hay cosa más estomagante que encontrarte un día en la tele con un concurso cualquiera presentado por un actor, y días después ver a ese mismo actor haciendo de tornero-fresador en la Cataluña de 1854 (eso suponiendo, que yo tengo mis dudas, que en 1854 hubiese tornero-fresadores), y encontrarte con que habla exactamente igual. En todo caso, como digo, son series más fáciles de hacer porque, en realidad, el entorno histórico es sólo un velo.

La segunda categoría serían las series en las que la Historia es protagonista. Aquí, la verdad, la única manera de hacer las cosas bien, que comprendo que es jodidilla para los productores que quieren tener un full control sobre las historias para poder hacerlas virar según los gustos de la audiencia, es atarte con cadenas, o bien a los hechos si son suficientemente conocidos y contrastados (lo que ocurre pocas veces); o bien a una versión concreta de dichos hechos. Es lo que hace, por ejemplo, I, Claudius, serie que, by the way Robert Graves, está basada, casi al milímetro, en los chascarrillos que cuenta Cayo Suetonio en su famoso libro sobre los doce césares. Las historias de Suetonio son más que cuestionables, porque su libro, en realidad, es un libro político de un escritor que tenía dos poderosas razones (ser miembro de la nobleza ecuestre, y ser republicano) para poner a parir a los emperadores (sin ir más lejos, buena parte de las cosas que dice de Tiberio hoy se cuestionan, y mucho). Pero, bueno: es un escritor clásico, es una versión, por así decirlo, cerrada, yo la cojo, la adopto y hago una serie. Pues miel sobre hojuelas.

Dice bien Moreno cuando dice que en la tele pública parece haber cierta obsesión por historiar la República y el franquismo en sus series. Lo que pasa es que a mí, así, en principio y en frío, no me parece mal. Sin embargo, el matiz que hay detrás, y en el que ya no tengo las cosas tan claras, es si verdaderamente se puede hoy, en España, hacer series históricas sobre esos años y hacerlas medio bien. Algo bastante dudoso.

Hay tres barreras para esto. La primera es la ideología. En la España de hoy, casi todas las visiones de la guerra de los propios historiadores son visiones bastante preñadas de ideología. Por ejemplo, como ya tuve la ocasión de comentar cuando glosé al personaje, probablemente la peor manera de acercarse a un juicio ponderado de Lluis Companys es fiarlo a la historiografía catalana. En realidad, a mi modo de ver en la interpretación de la República ha habido en España dos tsunamis historiográficos; el primero, obviamente, fue el franquista, y se basó en la construcción de una versión de los hechos en la que las dos palabras clave eran Terror y Rojo; todo lo que no cupiese en esa faja, simplemente, se negaba. El segundo tsunami es de signo exactamente contrario y se basa, fundamentalmente, en la defensa de tres grandes ideas:

* La guerra civil fue impulsada por los intereses y privilegios de unos pocos (negación del efecto rebote o hartazgo frente a los desafueros de los sucesivos gobiernos republicanos).

* Los únicos hechos calificables como represión organizada son los producidos en el bando franquista (o lo que yo llamo teoría de los incontrolados: todos los errores cometidos en el bando republicano lo fueron por grupos o personas que obraban individualmente y sin control).

* Todas las fuerzas políticas y sociales que apoyaron el alzamiento eran antidemocráticas (lo cual probablemente es, cuando menos, estadísticamente cierto); y todas las que apoyaron a la República eran democráticas (lo cual es menos cierto que la afirmación de que San Pablo nació en Catoira).

Desde 1945, por poner un año en el que más o menos comienza la reconstrucción histórica de la República y la guerra civil, hasta el momento presente, los esfuerzos españoles, y muchos extranjeros, por historiar la guerra civil, no han podido superar la visión binaria en la que uno y otro tsunami nos sumergen. Unos y ceros. Blanco y negro. Uno tiene que ser enormemente bueno, y el otro enormemente malo.

La única serie de la época de la tele que he mirado alguna vez es Amar en tiempos revueltos. Recuerdo un episodio relativamente reciente en el que un personaje, un hombre de negocios falangista y, por supuesto, del régimen, visita la embajada, creo que de Guatemala, donde hay una recepción de negocios. El tipo se toma unas copas y se pone alegre (hasta ahí todo muy creíble, muy español) y se dedica a perseguir a la esposa del agregado de negocios de la embajada (punto en el que la historia empieza a ser un tanto acojonante: hasta un retrasado mental sabe que tratar de violar a la mujer del jefe no es la mejor forma de hacer negocios con él). En fin, al final el marido, o sea el encargado de negocios, se lo lleva para salvar a la mujer, y se produce un diálogo sencillamente alucinante entre ambos. Cada una de las intervenciones del falangista está repleta de desprecio hacia los guatemaltecos, a los que moteja de indios atrasados; una vez más, el guionista que escribió este diálogo no ha tratado nunca de hacer negocios, porque si lo hubiera hecho sabría que todo aquel que trata de vender lo que hace es dorarle la píldora al posible comprador, no despreciarlo.

Por lo tanto: falangista = putero, machista, borracho, chulo, racista. La escena, a mi modo de ver, viene a demostrar que los guionistas se apoyan en la ideología para escribir. Porque si se apoyaran en la Historia, en los datos, les resultaría veinte mil veces más sencillo, y creíble, poner a parir a Falange y a los falangistas sin tener que convencer al mundo de que eran todos puteros, machistas, borrachos, chulos y racistas. Que, por cierto, no todos lo eran.

La segunda barrera, tras la ideología, es el objetivo último que buscan estos guiones. Porque el objetivo último de los guiones no es describir la Historia, sino juzgarla. Y juzgarla, además, con los ojos de hoy. Esto es lo que hace que, en estas series sobre la República y el franquismo, yo siempre tenga la sensación de estar viendo como una historia en la que una serie de personajes de hoy han sido abducidos y llevados en una máquina del tiempo al pasado. O sea, el bedel de ministerio Imanol Arias de Cuéntame no es un bedel de ministerio de los sesenta, sino un bedel del 2011 al que alguien, como por casualidad, ha colocado en los años sesenta. Creo que ya lo he escrito alguna vez; yo dejé de ver Cuéntame el día que pusieron un episodio en el que Ana Duato, que cose pantalones con bastante pericia, es contactada por unos tipos, creo que de El Corte Inglés o así, que quieren que cosa para ellos... y la mujer se va, sola, a una cena de negocios mientras el marido espera en casa. Señores guionistas: eso será lo que pasaría hoy; en los años sesenta, en una familia además de extracción baja como los Alcántara, la mujer se iba a ir a cenar sola con otros hombres por los huevines treinta y tres.

Otro ejemplo son los policías angélicos de Amar en tiempos revueltos. Qué razón tienen los guionistas. En los años cuarenta y cincuenta, los delincuentes estaban deseando ser detenidos para poder charlar de nuevo con gentes tan simpáticas y democráticas (aparte del detalle estúpido de que, en las escenas en la comisaría, se ve casi siempre un policía en posición de firmes en el pasillo... ¿qué es aquello, la comisaría de Chamberí o el despacho oval?)

Por lo demás, en todas las series sobre el franquismo siempre falta un elemento: el miedo. Y, visto lo visto, tiene su lógica. Como los guionistas que las escriben tienen treinta y tantos, viven en el 2011 y no tienen miedo, pues sus personajes tampoco.

La tercera y última gran barrera es, cómo no, el desconocimiento. Ambientar un momento histórico es una cosa muy jodida cuando es ambientable (hay veces que no, evidentemente; nadie sabe con certitud, yo qué sé, cómo funcionaba la administración del palacio de un faraón). Hay detalles, historias, movidas mil, que hacen que sea imposible no fallar. Ya he contado en este blog que los freaks de The Godfather han detectado que, en la escena de la primera parte Michael Corleone (Al Pacino) llama desde una cabina para ver cómo está su padre, pasa por detrás un Volkswagen que se comenzó a fabricar dos años después del año en que supuestamente está ocurriendo la escena. Este tipo de cosas quedan para los muy muy aficionados. Pero, lamentablemente, los errores no siempre son tan sutiles. Y el caldo de cultivo es el desconocimiento general sobre aquellos tiempos. Este fin de semana me ha llamado la atención ver en la tele informaciones sobre una pequeña manifestación en Barcelona por la retirada el último monumento franquista de la ciudad. Había allí gentes con banderas catalanas y banderas republicanas, y yo me preguntaba: ¿cuántos de éstos sabrán que la Generalitat de Cataluña, defendiendo la bandera bibarrada, se levantó en golpe de Estado contra el gobierno que actuaba bajo la bandera tricolor?

En suma y por resumir. La posición del diputado del PP, además se servir a sus intereses políticos que eso es cosa suya, aflora, a mi modo de ver, un hecho interesante de estudiar, que es que, en el año 2011, cuando estamos prontos a celebrar el 80 aniversario de la proclamación de la II República, todavía en España somos incapaces de fabricar storyboards decentes sobre el tema. Y eso es algo que pasa después de que el franquismo, primero; y la democracia, después, hayan exprimido este limón en las pantallas de los cines hasta el hartazgo.

El tiempo que media entre el momento presente y la II República es básicamente el mismo que media entre el momento presente y la llegada al poder de Adolf Hitler en Alemania, y no parece que los alemanes sufran de la misma incapacidad que nosotros. Al fin y a la postre, la triste conclusión de estas notas es que, quizá, la diferencia entre nosotros y los alemanes es el largo periodo del franquismo. El franquismo es una enorme distorsión en la Historia de España, en sus usos de pensamiento, en su evolución social, y a día de hoy vivimos las consecuencias.

Porque nosotros pensábamos que el franquismo había distorsionado la cabeza de los franquistas. Pero, poco a poco, hemos acabado por darnos cuenta de que, también, ha distorsionado la de los antifranquistas.

lunes, enero 31, 2011

Mano negra, Mano Blanca (9)

El viernes, 17 de agosto de 1923, Ana Lonergan cumplió su sueño acariciado durante años. Mientras daba vueltas bailando con unos y con otros en el Patrick Mulhern Caterers de la Cuarta Avenida, la hermana de Pegleg Lonergan todavía no podía creer que, finalmente, su amor de toda la vida, Wild Bill Lovett, le hubiese dicho, finalmente, que sí. Los quince días de luna de miel de la pareja en el Catskill Mountain Resort Hotel sellaban, pensaba Ana, una época en la vida de su ya marido.

¿Por qué accedió casarse Lovett? No lo sabremos nunca con certeza. Es posible que se sintiese mayor, y también es posible que se sintiese, si era realista, menos poderoso que antaño. Para cualquier persona con dos dedos de frente era bastante claro que la Mano Negra estaba ganando la guerra. Que, igual que había ocurrido en Chicago, donde Al Capone estaba barriendo a las mafias originales, los italianos llevaban camino de hacerse con el crimen organizado en Nueva York. Y estaba la insistencia de Ana, enamorada de aquel hombre desde el Cretácico y decidida a cambiarle la vida.

De hecho, cuando la pareja regresó de su luna de miel, Ana impuso la búsqueda de su nueva casa fuera del entorno ya conocido de Brooklyn. Se fueron incluso fuera de Nueva York y allí, lejos de la gran ciudad, comenzó el lento pero constante proceso de convencimiento femenino para que Lovett abandonase la dirección de la Mano Blanca. En realidad, Lovett transigió por el hecho claro de que, retirado él, sería Pegleg quien le sucediese. De esta manera, él seguía teniendo vínculos intensos con la Mano Blanca.

La «dimisión» de Wild Bill Lovett se produjo el 21 de septiembre de 1923, en el garage de Baltic Street. De esta manera Richard Lonergan fue investido nuevo jefe de la banda.

Wild Bill y su mujer se fueron a vivir a un chalé a Little Ferry, New Jersey. Lovett se empleó como soldador en los astilleros de la ciudad, pero por el astronónico sueldo de 250 dólares a la semana. Los antiguos protegidos de la Mano Blanca pagaron parte de su tributo con aquel sueldo.

El 31 de octubre de 1923, Lovett llevaba ya como un mes en su nueva vida y daba la impresión de ser intensamente feliz. Probablemente, lo era. Ganaba más que la mayoría de los asalariados, vivía au dessus de la melée, tenía una mujer que le amaba, una casa envidiable, y ninguna de las preocupaciones inherentes a la dirección de una organización criminal. A su mujer no le extrañó que, aquel día, le dijese que se iba a acercar por Brooklyn para tomar una copa con sus viejos compañeros.

Así lo hizo. Lovett condujo hasta la Bridge Street, en cuyo número 25 había un local de expedición de alcohol llamado Lotus Club. Ningún miembro de la Mano Blanca estaba allí, pero eso no le importó a Lovett, quien se dedicó a beber en compañía de Joe Flynn, un estibador al que conocía. Pasaron tres horas bebiendo juntos sin parar hasta las 10,30, hora en la que Flynn se marchó del local, más reptando que andando.

Una vez que se quedó solo, Lovett se dio cuenta de que no podía volver a casa. Estaba al borde del coma etílico, así pues la opción de conducir era implanteable. Así pues, puesto que conocía bien el local, se arrastró a la trastienda, buscó un banco de madera que había allí, y allí se acostó a dormirla.

Media hora después, a eso de las once, ya no quedaba nadie en el local, excepto John Flaherty, el encargado. Al comprobar el local antes de irse, Flaherty descrubrió a Lovett, profundamente dormido en la trastienda. No quiso molestarlo. Con una sonrisa comprensiva, decidió marcharse dejando al irlandés dentro.

Al salir se encontró con el portero de la finca, el italiano Antonio Maglioni, que también hacía de barrendero en el local. Le comentó, más como un chiste que como otra cosa, que Lovett se quedaba dentro.

Una confesión inocente que selló su destino.

Maglioni se quedó barriendo el local una hora más. Después, se marchó a su casa, en la Cuarta Avenida, muy cerca del garage de la Mano Negra. De hecho, tenía que pasar por delante de él y, cuando lo hizo aquella noche, quiso la casualidad que Willie Altierri lo saludase. Maglioni ni era un chivato ni quería la muerte de Lovett. Él se limitó, como Flaherty, a comentar algo inusitado, como era el hecho de que Lovett se hubiese tenido que quedar a dormir en el Lotus. Pero, obviamente, Altierri hizo una lectura completamente diferente del dato.

Altierri fue a buscar a Augie The Wop y a Silk Stocking Guistra.

Los tres llegaron al Lotus a la una y cuarto de la madrugada. Allí encontraron a Lovett, y le dispararon catorce veces. Lo que ocurrió es que los italianos venían tan mamados del garage de la Mano Negra que, increíblemente, pese a disparar contra un objetivo dormido y quieto, sólo le dieron tres veces, y ninguna de ellas mortal. Lovett acabó por despertarse y, cuando se dio cuenta de lo que pasaba, comenzó a buscar su arma. En ese momento, Dos Cuchillos apartó por un momento los velos del alcohol para terminar el trabajo con uno de sus cuchillos, para siempre.

Lo que siguió a la muerte de Lovett es lo más parecido a una guerra en las calles que se puede imaginar. En poco más de un trimestre, 19 italianos y 21 irlandeses fueron asesinados. El 4 de noviembre, apenas unos días después de la muerte de Lovett, el primero de la lista fue Antonio Maglioli, es decir el portero que, casi sin querer, había dado la pista sobre Lovett; fue atropellado mientras se dirigía a la boda griega de la hija de un amigo suyo. La Nochebuena de 1923, fue Eddie «Ducky» Callaghan, primo de Eddie Lynch, quien fue asesinado.

La guerra siguió, con distinta intensidad, hasta finales de 1924. Terminó porque Yale hizo un movimiento maestro. Atendiendo a las peticiones de Al Capone, Frankie Yale y algunos de sus guardaespaldas viajaron a Chicago y, allí, dispararon y mataron a Dean O'Bannion, el líder de la mafia irlandesa de la ciudad que todavía luchaba por la supremacía de la ciudad con Capone. Aquellos eran otros tiempos y los jefes mafiosos no eran todos tipos que viviesen en mansiones o en plantas de hoteles de lujo (como Capone), sino que tenían la fachada de una simple vida honrada. La de O'Bannion era su presunta profesión de florista, y a su tienda fueron los italianos a verlo y a matarlo.

Como contraprestación por este trabajo, Capone apoyó la candidatura de Frankie Yale al frente de la Unione Siciliana, lo que años después cristalizaría en el Sindicato del Crimen, lo cual le dio contactos con organizaciones italianas de todo Estados Unidos. Pegleg Lonergan y su menguante Mano Blanca no podían contra algo así.

En la noche del sábado, 17 de enero de 1924, se produjo una escena casi increíble: Pegleg Lonergan, Eddie Lynch y Ernie The Scarecrow, entrando por la puerta del Club Adonis. El propio Yale les había invitado. Se firmó la paz mediante la demarcación de las correspondientes comunidades autónomas. Yale y Lonergan se repartieron Brooklyn como buenos hermanos. Los italianos se quedaron los llamados Green Docks, mientras que los irlandeses se quedaron los Greenpoint Piers.

La paz duró cinco meses. Hasta que los irlandeses se dieron cuenta de que, oh casualidad, el tráfico de Greenpoint Piers, mayormente internacional, decaía constantemente, mientras que en los muelles de los italianos, casi todos dedicados al tráfico interior, se mantenía. Es difícil que Yale previese este hecho, pues para ello habría tenido que ser un experto economista; pero el hecho es que ocurrió, y que los irlandeses se sintieron engañados por ello. Así las cosas, Lonergan ordenó comenzar las actividades en los muelles de los italianos como si no hubiese habido acuerdo. El viernes, 19 de junio, Augie The Wop Pisano y Silk Stocking Guistra se encontraron en uno de estos muelles, el de las Intercoastal Shipping Lines, con Ernie Skinny Shea y Wally The Squint Walsh. Los irlandeses intentaron defenderse, pero Guistra fue especialmente rápido y dejó seco de un tiro a Walsh. Como respuesta, en los días siguientes la Mano Blanca acabó con tres soldados de la Negra: Antonio Abondando, Victor Cerullo y Michael D'Onofrio.

La guerra, sin embargo, no tuvo esta vez color. En diciembre de 1925, le había costado ocho vidas a la Mano Negra, y 26 a la Mano Blanca. La derrota se mascaba entre los irlandeses. Lonergan seguía apoyando una estrategia de enfrentamiento, pero la sensación de que iba a perder hizo que algunos comenzasen a pensar en arreglar las cosas por su cuenta.



En la tarde del 12 de diciembre de 1925, Eddie Lynch, uno de los principales lugartenientes de la Mano Blanca, hizo saber a Frankie Yale que quería verle.


Comenzaba el último acto de la guerra entre la Mano Negra y la Mano Blanca.

viernes, enero 28, 2011

Mano negra, Mano Blanca (8)

El funeral por Antonio Gibaldi se celebró en el cementerio de Cypress Hills. Al día siguiente de las exequias, su hijo Vincenzo se presentó en una tienda de objetos deportivos de la calle Fulton y compró un rifle de aire comprimido Daisy y varias cajas de balines. A partir de entonces, el arma y las balas fueron sus compañeros, junto con los escritos de un sheriff de Kansas reconvertido a periodista, William Barclay Masterson, quien le había enseñado a Gibaldi, a través de la lectura, que el pistolero ha de tener tres grandes características: coraje, habilidad con el arma y sangre fría. Estas son las tres cosas que Vince Gibaldi comenzó a educar apenas unas horas después de haber enterrado a su padre. En abril de 1923, coincidiendo con su cumpleaños, se compró un revólver del 38.

Dos días después de la adquisición, el 17 de abril, Vincenzo le pidió prestado a su hermano Frank su Chevrolet marrón. Luego fue a una armería en la zona comercial de Brooklyn, donde compró una caja de balas del 38. De allí condujo al local de la calle Furman que había estado vigilando discretamente los últimos quince días. Encontró rápidamente lo que esperaba encontrar ahí: un LaSalle negro. Miró el reloj. Eran las nueve y cuarto de la noche.

Alguien salió del McGuire's, la taberna de la calle Furnam, y se subió al LaSalle. Condujo hacia el sur, precisamente al lugar donde, realizando el cambio de sentido, habían encontrado la muerte Irish Eyes Duggan y Pug McCarthy el 26 de junio del año anterior. El LaSalle tomó dirección hacia la avenida Flatbush, hasta llegar a las instalaciones del ferry que cruzaba el río hasta Fort Lee, en New Jersey. Ambos coches entraron en el barco. Gibaldi aparcó el suyo justo a la derecha del LaSalle. Cuando el ferry atracó en New Jersey, Gibaldi siguió al coche negro. Finalmente el coche llegó a su destino, y su conductor salió de él. Por la actitud en la salida, Gibaldi se dio cuenta de que para entonces su perseguido ya no las tenía todas consigo, y algo sospechaba. Él también salió del Chevrolet. Sin esperar más, Vince Gibaldi, recordando el consejo de Bat Masterson de que quien dispara primero dispara dos veces, levantó el revolver, y apretó el gatillo.

Pum. La primera bala estalló en el pecho de la víctima, quien se echó hacia atrás. No había caído aún cuando ya Gibaldi le había disparado otras dos veces. Y tres más ya en el suelo. Fríamente, Gibaldi recargó el revolver con otras seis balas, y las disparó parsimoniosamente en diversas partes del cuerpo de su víctima. Repitió la operación dos veces más, hasta dispararle 24 veces.

En el suelo, Jimmy The Bug Callaghan, uno de los asesinos de Antonio Gibaldi, yacía muerto. En la mano derecha, alguien le había dejado unas monedas, tres níqueles con la cabeza de un indio. La firma de su asesino.

Mucha gente en Nueva York, al leer este detalle en los periódicos, pensó en la firma de un asesino en serie. Todos, menos uno: Frankie Yale. Para ser un buen jefe mafioso hay que tener inteligencia para cosas como ésta. Yale fue, que se sepa, la única persona que se dio cuenta del significado de estas tres monedas, que con el tiempo se convertirían en la firma de Gibaldi como pistolero profesional.

En el local de Carmine Balsamo, limpiar los zapatos costaba tres níqueles.

El jefe de la Mano Negra de Brooklyn hizo llamar urgentemente a Vincenzo Gibaldi. Cuando lo tuvo enfrente, le informó a bocajarro de que se había dado cuenta de que él había sido el asesino de Callaghan. Si Gibaldi tuvo miedo tras esa confesión de que Yale fuese a castigarlo por haber realizado una acción así, su temor se disolvió pronto. Yale, con una sonrisa, le ofreció emplearse en la Mano Negra como asesino profesional. El joven Gibaldi no le hizo ascos a la propuesta pero, dijo, antes tenía un par de cosas que hacer.

Yale entendía, obviamente, que la intención de Gibaldi era ir a por los asesinos de su padre. Así pues, razonó que su siguiente víctima sería Joey Bean. Pero se equivocó. En realidad, el joven Vicenzo tenía mucha más sangre fría, y mucha más ambición, de la que nadie, incluso Yale, había imaginado.

A las nueve de la noche del sábado 12 de mayo de 1923, Wild Bill Lovett se enconbtraba en su casa de Front Street, cambiándose de ropa. A las diez habían quedado en ir a buscarle para llevarle a una sala de fiestas llamada Buckley's. Lovett iba allí casi cada sábado.

Lovett vivía entonces en un edificio de tres plantas que por la parte de atrás tenía una escalera de incendios cuya solidez había comprobado ya Gibaldi en sus visitas furtivas a la zona. Por allí escaló silenciosamente Vincenzo. El joven entró en el edificio con mucha cautela y entró en el piso de Lovett en el justo momento en que éste se encontraba frente al espejo... con los pantalones bajados.

Gibaldi levantó con tranquilidad su revólver, apuntó al pecho del irlandés, y disparó. Le acertó en la mitad derecha. El topetazo del disparo dio con Lovett en el suelo, pero el irlandés era una persona experimentada en esas lides. Cualquiera de nosotros se había quedado quieto, pero él comenzó a reptar por el suelo hacia la cama, para intentar llegar a su propia arma, que estaba colgada de uno de los extremos de la cama, enfundada.

El pistolero, que no había esperado fallar en su primer disparo, hizo otros dos más a la figura moviente de Lovett. Uno le acertó en un hombro y el otro en un muslo. Cada vez más nervioso, disparó tres tiros más que no le dieron. En ese momento, se dio cuenta de que no podría matar a Lovett. El revólver estaba vacío, debía recargarlo, y el irlandés estaba cerca de su arma. Así pues, se acercó a la ventana y, antes de huir, cogió un níquel y lo tiró en la habitación.

Lovett fue ingresado en el hospital Cumberland, operado de urgencia e ingresado como paciente durante dos semanas. En ese tiempo, el mando sobre la Mano Blanca recayó en Pegleg Lonergan, quien estaba, lógicamente, convencido de que el atentado contra Lovett era una acción de la Mano Negra como respuesta a la agresión sobre Yale. El 18 de mayo por la noche, cuando Lovett aún estaba en el hospital, recibió el soplo de que Two Knife Willie Altierri estaba jugando al póker en la calle 18 de Brooklyn. Eddie Lynch y Joey Bean irrumpieron en el piso con las armas en la mano. Cuando Altierri estaba ya pensando en que aquellos eran los últimos segundos de su vida, Inazio Amadeo, el dueño del lugar donde se celebraba la partida, perdió los nervios, se levantó, y se fue contra Joey Bean, quien le disparó en el pecho a bocajarro. Justo el tiempo que necesitaba Altierri para huir por una ventana.

A las nueve y media del 20 de mayo, un Chevrolet marrón recorrió la Dean Street. En la esquina de esta calle con la quinta vivía Joey Bean. Gibaldi entró silenciosamente en la casa y encontró al irlandés a punto de entrar en el dormitorio para unirse con su mujer. Le disparó seis balas seguidas. La mujer de Bean comenzó a gritar mientras el asesino abandonaba el lugar lentamente. En la puerta de la casa, se volvió y tiró hacia adentro un níquel con la figura de un indio.

En apenas 33 días, un joven de 19 años había acabado con dos pistoleros de la Mano Blanca y había estado a punto de hacer lo mismo con su líder. Nadie en la Mano Negra podía exhibir un curriculum como ése.

Al Capone visitó a Frankie Yale en Nueva York. Bebieron en el Adonis Club. Scarface había oído hablar de aquel Vincenzo Gibaldi, y quería saber cuáles eran las intenciones de Yale respecto a él. Pero el jefe de la mafia de Brooklyn ya no estaba interesado en el chico. Tras la acción de Lovett, había llegado a la conclusión de que era demasiado impulsivo; el típico pistolero que puede meterte en problemas a base de meter los pies en los charcos. Le dio vía libre a Big Al. Capone hizo llamar a Gibaldi, y le ofreció 300 dólares a la semana.

Y fue así como Vincenzo Gibaldi, apenas un mes después de la muerte de su padre, un mes después de comprar su primer rifle, se fue a Chicago y se convirtió en «Machine-Gun» Jack McGurn, uno de los principales pistoleros de Al Capone.

miércoles, enero 26, 2011

Y Cayo Mario dijo: ¿por qué no yo?

En los mejores tiempos de la República romana, los políticos tenían que seguir un camino, el denominado cursus honorum, rígidamente estipulado, y que establecía el lento escalar por el complejo organigrama del poder romano. Teóricamente, no se podía ser una cosa sin haber sido antes la otra; de esta manera, el sistema político republicano se garantizaba a sí mismo en su pervivencia, pues los candidatos al poder, en realidad, eran muchos menos de los que parecía.

El otro gran elemento de limitación en el acceso al poder era la riqueza. Para acceder al cursus honorum y ascender por él era necesario demostrar determinado nivel de riqueza. Teóricamente, ello se hacía para garantizar que el político (el senador, el edil, el cuestor, el cónsul) no tenía que trabajar para vivir, así pues se podía dedicar de lleno a la res publica. En realidad, sin embargo, aquella medida censitaria tenía como función mantener el poder en manos de una determinada clase, la de los patricios, de modo y forma que éstos, es decir las familias romanas de toda la vida, pudiesen, cuando les petase, dar alpiste a la nobleza ecuestre, a los tribunos de la plebe, a los itálicos o cualesquiera otros electrones de ese átomo llamado Roma y cuyo núcleo eran ellos. La República romana, por mucho que elementos como Suetonio o el emperador Claudio Druso Nerón Germánico imaginado por Robert Graves la recordasen como un régimen de libertades, no es sino el germen del Imperio. Pues el Imperio no es sino el resultado de una República en la que las circunstancias obligaron a dar a uno un especial poder sobre los demás: Mario por los galos, Sila por Yugurta y otras cosas, Julio y Pompeyo por las suyas y, finalmente, Augusto.

Desde Roma, cuando menos, existe el problema, o si se prefiere la gran pregunta filosófica, de si el político debe ser:

* O bien un profesional de la política,

* o bien una persona que pueda permitirse dedicarse a la política,

* o bien una mezcla de ambas cosas: alguien que tenga un modo de vida, pero también se dedique a la política.


Egipcios y griegos, que vienen antes de los romanos, no tienen ese problema, a mi modo de ver, cuando menos en la misma intensidad. Y Roma, que en buena parte es la civilización que formatea el disco duro de Occidente para que a partir de ahí se vaya llenando de datos (pero siempre con la estructura inicialmente establecida), no lo resolvió en modo alguno. Durante muchos siglos después de su civilización, el ámbito público y el privado se han mezclado sin problema en un inaprehensible potingue de poder. Ambrosio Spinola, por ejemplo, fue al mismo tiempo el commander in chief durante buena parte de la guerra de Flandes y su banquero (aunque a la larga el negocio no le salió muy bien). El asunto de los ejércitos en guerra es el mejor ejemplo de que el ejercicio del poder en una nación ha estado hasta hace muy poco reservado a los pudientes. Cuenta Jorge Vigón en su libro sobre el arma de Artillería en España que la misma ostentaba en el siglo XIX con orgullo su apellido de Real, que otras armas no podían llevar, porque en las guerras renacentistas y posteriores era costumbre que las únicas fuerzas militares que aportase el rey (esto es, el Estado) por sí mismo fuesen las artilleras; así pues, mientras caballeros e infantes eran en realidad propiedad del conde de tal o el barón de pascual, los artilleros eran reales. Todo lo demás, pues, ejército prestado.

Al menos hasta la Restauración, según tengo leído en algunos debates de las Cortes, el cargo de diputado era no retribuido. Los componentes del legislativo, por lo tanto, habían de ser gentes que se buscasen la vida de otra manera. Este esquema, que puede parecer excelente a todas las visiones que hoy quieren recortar los derechos de los diputados, es, sin embargo, en buena parte responsable de la intensa corrupción de la vida parlamentaria española, que solemos conocer como caciquismo. El diputado de la época era un señor de negocios, rara vez un profesional, que llegaba al escaño comprando votos o condicionándolos gracias a su dominio sobre el área de voto, y que, una vez llegado al hemiciclo, no apreciaba problema alguno en aprovechar esa posición para favorecerse en su vertiente de creador de valor añadido. En las Cortes había, desde luego, algunos freaks que vivían de lo que sus organizaciones políticas les aportaban, pero eran eso que los problemas de física del colegio llaman un rozamiento despreciable.

La II República española supuso la entrada en tropel en el Legislativo de maestros, obreros, mediopensionistas et altera. Es casi la primera vez (antes puede haber habido otros casos pero, como digo, no son relevantes) en la que se plantea una nueva cuestión: la reacción de la persona que vive mejor siendo político que siendo lo que quiera que fuese antes.

Miguel Maura, político conservador que colaboró en la llegada de la República, fue ministro de la misma y acabaría renegando bastante de ella, cuenta en sus memorias que, en cierta ocasión años antes de la República, durante sus vacaciones veraniegas en su hotel (hoy decimos chalé) cercano a Villalba, en la sierra madrileña, oyó que le llamaban por su nombre. «¡Maura, Maura!». Él contestó la llamada, pero la voz siguió con la cantinela como si él no hubiese dicho nada. Finalmente, se levantó, salió al jardín y buscó la procedencia de la voz. Acabó asomándose a la valla baja que lo separaba del chalé de al lado, donde descubrió a la criada de Pablo Iglesias que buscaba al perro del líder del PSOE, al cual don Pablo, en un rasgo de fino humor, le había puesto el nombre Maura (aclaración: esta anécdota es equivalente a que, a día de hoy, Zapatero tuviese un perro que se llamase Aznar).

De esta anécdota aprendemos tres cosas: Pablo Iglesias tenía perro, tenía criada y veraneaba en un chalé en la sierra. Evidentemente, no lo pagaba con su sueldo de tipógrafo.

Con la única excepción de personas como Iglesias, casi nadie antes de la II República, ni Silvela, ni Sagasta, ni Cánovas, ni Narváez, ni Mendizábal, ni Cristo que los fundó, se encontró en la situación de tener que vivir de ser diputado. El padre de Miguel Maura, Antonio, líder conservador durante muchos años, reunía a sus correligionarios de las Cortes en su propia casa; lo cual nos da el dato interesante de que cabían, así pues no era cualquier casa.

El mundo contemporáneo, históricamente, se ha movido, pues, entre dos preguntas a la vez complementarias y contrarias. Una es: ¿acaso el político que no cobra lo suficiente no se corrompe? Y la otra es: ¿acaso el político que cobra mucho no tiene la tentación de profesionalizarse?

En las últimas horas ha declarado el diputado catalán Josep Antoni Durán Lleida que las medidas que se están proponiendo de obligar a los diputados a declarar sus patrimonios y actividades y tal vez recortarles las pensiones están abocadas a crear un parlamento de gente pobre. En realidad, se equivoca. A lo que pueden llevar esas medidas, y la Historia del parlamentarismo español lo demuestra, es a crear un Parlamento de cresos, ya que sólo éstos podrán atender las sesiones sin que sus hijos pidan teta y no tengan.

La sociedad española actual tiene una relación de amor-odio con sus diputados que viene de largo. La polémica sobre el sueldo de los diputados es como los brotes de gripe; surge cada dos o tres inviernos con una enorme virulencia, y se disuelve de repente. En la Transición, la sociedad española vivió una luna de miel con sus diputados y senadores, especialmente los españoles de izquierdas al ver a los exiliados regresar a la casa común e, incluso, encontrarse nada menos que a Dolores Ibárruri presidiendo el Congreso por razones de edad. Los hombres de la Transición, etapa cívica donde las haya, tuvieron el civismo de no recordarle que en aquellas mismas bancadas, un día ya lejano, aquella misma mujer había amenazado de muerte a otro diputado...

Esa euforia, sin embargo, duró poco, y fue sustituida por el lento goteo que, desde más o menos la primera victoria del PSOE, ha ido cristalizando en todas esas formas de pensar que sustentan frases como «todos los políticos son iguales».

Los diputados se sienten agredidos por quienes se meten con sus sueldos, con sus pensiones, con sus actividades y sus patrimonios, convencidos como están de que les asiste la razón. Y les asiste: como digo, el diputado que se sostiene por sí solo no es otra cosa que un representante público con patente de corso para corromperse. Pero, lamentablemente para ellos, no acaba ahí la historia. Hay más cosas, todo un mundo de conceptos que nuestros representantes políticos tienden a desconocer.

Las críticas a sueldos y pensiones no son otra cosa que una fiebre; no la enfermedad. La enfermedad es el extrañamiento entre los ciudadanos y las personas que los representan. Y este extrañamiento es algo que los politicos han buscado con ahínco, porque les viene muy cómodo.

En los años de la Restauración, los distritos electorales eran pequeñísimos. Se era diputado por Priego, o por Cabra. Los padres de la República vieron clarísimo que ahí residía la clave del caciquismo; el señor de tal o cual demarcación, el hombre que daba empleo a la mayoría de los ocupados en los campos de trigo de que formaba parte, era quien, al fin y a la postre, decidía a quién se votaba, o sea a él. Por eso, la II República reformó el régimen electoral para ir a las circunscripciones provinciales. Dominar el electorado de Córdoba o de Cuenca ya no es tan fácil.

A esta decisión, que como digo data de la II República, se une otra, producida ya durante la Transición, que es la opción por las listas cerradas y el voto a mogollón. Si vives en Madrid, en Barcelona, en Valencia, en Sevilla, para ti votar es votar a un par de decenas de señores de una vez, de los cuales apenas conoces a uno o dos, y eso con suerte.

Listas cerradas es una expresión absolutamente sinónima de profesionalización de la política. Las listas cerradas son la sopa de Oparin de donde nace el político profesional, el político que sólo es político porque, en realidad, es un señor cuya pervivencia en el puesto ya no depende de sus electores, sino de su jefe o líder, que es el que, al fin y a la postre, mece la cuna de la Comisión de Listas del partido que se trate.

Lo que ocurre en la España moderna es, pues, simple de formular: hemos cambiado el sistema por el cual el diputado lo era gratis et amore et corruptione; para mutarlo por un sistema en el que la inmensa mayoría de quienes tienen la posibilidad de ser diputados acceden con ello a un nivel de vida que no pueden pagar en su vida civil. Su nivel de vida, pues, se liga al hecho de que pervivan como Padres de la Patria, así pues están dispuestos a hacer lo que sea por permanecer. Votan disciplinadamente, critican lo que haya que criticar, hoy están en contra de A y mañana, cuando su líder cambia de opinión, apoyan A con la misma pasión con la que la atacaban 24 horas antes. Para muestra, las opiniones de tantos y tantos políticos socialistas sobre el desplazamiento de la edad de jubilación, que hace seis meses eran unas y hoy son las contrarias.

Contra lo que pueda pensar Durán Lleida, el sistema actual dista mucho de ser justo y mucho menos perfecto. Si las personas perciben que el diputado tiene privilegios no es tanto por la cuantía de éstos, sino por una absoluta falta de empatía hacia el representante público. Hoy, 2010, estamos como hace cien años, durante la Restauración, cuando los diputados, en puridad, no representaban a nadie salvo sus propios intereses y los de su partido (que, insisto, con listas cerradas, son la misma cosa).

A mi modo de ver, es importante que los representantes públicos entiendan esto. Entiendan que, lejos de encastillarse en que ellos tienen la razón, el hecho de que en un debate tan importante como el de las pensiones de lo que se hable sea de las que va a recibir un grupo de menos de 2.000 españoles, es algo a lo que conviene prestar atención. A mi modo de ver, prueba de lo desnortada que está la clase política española hoy es el orgullo con el que el propio Durán Lleida asevera que él no tiene otra actividad nada más que la de diputado. ¿Es eso una virtud? Para él, sí. Para mí, no. El día que el señor Durán sea colocado frente a la decisión entre una medida que puede salvar el empleo de 100.000 catalanes pero puede costarle el puesto (que es, como el mismo dice, su única fuente de ingresos), y otra más populista pero que a la larga los llevará al paro, ¿que motivo tiene exactamente para no elegir la segunda?

Como decía al inicio de estas reflexiones, estamos hablando de un problema irresuelto desde el lejano día en que Cayo Mario, un pijo de provincias sin pedigree patricio y con notable inteligencia militar, decidió romper con la pana del rígido sistema de representación pública de la República romana, y consiguió ser siete veces cónsul. Pero si la clase política no lo mira a los ojos, no reflexiona sobre él, no conseguirá otra cosa que extrañarse de sus votantes y acentuar el carácter de logia cerrada que ya tienen los partidos políticos, en grado sumo, en la hora presente. A mi modo de ver, esta crisis tan profunda, que lleva camino de cambiar tantas cosas, también debería provocar un cambio: el fin, o cuando menos la mutación, de la figura del español que es, de profesión, dirigente partidario y representante parlamentario.

Remember: la repugnancia hacia los partidos políticos fue siempre la principal gasolina de aquel motor que hoy llamamos franquismo.

domingo, enero 23, 2011

Mano negra, Mano Blanca (el otro 6, o sea 7)

Yale invitó al propio Masseria a la reunión de marzo del 22. El capo de la mafia de Manhattan, sin embargo, prefirió no ir (no le gustaba salir de su feudo), aunque envió a su lugarteniente Vittorio «The Proffesor» Pascale. Quien sí asistió fue Balsamo, acompañado por sus inevitables Mangano y Guistra; Two Knife Altierri, Augie de Wop, Tony Yale, Fury Argolia, Chootch Gianfredo y Glass Eye Pelicano. En realidad, Yale había convocado aquella reunión para responder al golpe con golpe, así pues quería hablar del asesinato de Joey Bean. Sin embargo, allí estaba Pascale, uno de esos personajes de la mafia dotados de mayor cultura y una mentalidad más estratégica. El profesor, entre frases alambicadas que algunos de sus oyentes tenían dificultades para comprender, propuso otra derivada distinta, derivada que inmortaliza el guión de la tercera parte de The Godfather cuando hace decir a Michael Corleone: «cuando vienen, vienen a por lo que más quieres».

Frío, calculador, se diría que divertido, Pascale propuso el asesinato de Petey, el hermano de Joey Bean.

El 8 de agosto de 1922, domingo, en efecto, Petey Bean murió, aunque lo hizo en unas circunstancias bastante extrañas que, a mi modo de ver, no permiten asegurar que fuera la mafia quien lo mató. Todo ocurrió, como digo, de una forma muy extraña. A las tres de la tarde, las nubes habían comenzado a descargar una potente tormenta sobre Nueva York. Una hora y media después de la tormenta, Kathy Culkin, la hermosa mujer de un policía, le esperaba en Coney Island para irse juntos a casa después de que él volviese del trabajo. Quien llegó, sin embargo, no fue el marido, sino Petey Bean, que había recibido mientras bebía en McGuire's una nota en la que, supuestamente, Kathy le decía que le gustaba mucho y que quería que se viesen.

Petey se acercó a la chica con grandes confianzas, pero fue inmediatamente rechazado por ella, que, claramente, no había escrito nota alguna. Eso hizo que el irlandés se pusiera un tanto violento con la chica pero, finalmente, se retirase ante la reacción de las personas del entorno. Comenzó a llover de nuevo y Petey se refugió en algún lugar cercano. Durante ese tiempo, Dan Culkin, el marido, llegó para encontrarse con su mujer, la cual, entre lágrimas, le refirió la historia del acoso de que había sido objeto por un extraño irlandés. Culkin salió a buscarlo, y lo encontró. Declararía que ambos pelearon y que Bean resbaló, se cayó y se mató. Los forenses, sin embargo, dictaminaron que la grave fractura que presentaba el hueso frontal del irlandés no se la pudo causar cayéndose al suelo, sino por el impacto de algún objeto contundente. El Gran Jurado, sin embargo, dictaminó lo que el lenguaje procesal estadounidense denomina una «no-true bill», que es algo así como el dictamen de que el acusado no ha cometido un crimen. Esto fue así porque un médico asistente, el doctor M.E. Martin, declaró que había establecido que la causa de la muerte de Bean no había sido el golpe en la cabeza, sino un ictus cerebral que atribuyó a su alcoholismo.

¿Pudo la mafia organizar aquellos hechos? Posible, es. Por mucho que se dictaminase la muerte de Bean por causas naturales, nunca se consiguió dar una explicación plausible a la fractura de su hueso frontal. Y los italianos tenían contactos sobrados en la policía y entre los forenses como para haber arreglado un par de cosas.

Para colmo, más o menos en aquella época, un miembro de la Mano Blanca llamado Wally «The Squint» Walsh, consiguió algún que otro testimonio en la calle que le permitió situar a Willie Altierri en la escena del crimen de Charleston Eddie McFarland (sobre todo, logró averiguar, sin sombra de duda, la relación del italiano con la taquillera). Wild Bill Lovett no se lo pensó dos veces. A causa de las sospechas que tenía de que Bean había sido asesinado por la Mano Negra, y de las nuevas que le llegaron sobre el asunto del cine y el cuchillo, decretó la condena a muerte de Altierri, desencadenando una acción que tendría unas consecuencias inimaginables para el mundo del crimen organizado.

Estamos en el 28 de octubre de 1922. Dos y media de la tarde. Un Lincoln negro de 1921 dobla una esquina e ingresa en la Court Street, circulando despacio hasta pararse en la entrada del Veronica's Fruit & Vegetable Market. El coche va conducido por Eddie Lynch, que coloca el vehículo en punto muerto. En los asientos de atrás viajan Joey Bean y Joey «The Bug» Callaghan.

Los viajeros del coche discuten brevemente. Callaghan y Lynch creen que su objetivo aún no ha llegado. Pero Bean dice que no es verdad; que le ha visto ya sentado en el sitio donde se supone que lo van a encontrar. Recordemos, en este punto, que la acción contra Willie Altierri era una venganza por la muerte del hermano de Bean. Es posible que el irlandés estuviese impaciente por tomarse la justicia por su mano y que, por lo tanto, más que ver, quisiera ver.

Lynch, con un suspiro, metió la primera. Ésta era siempre la señal para los asesinos de abandonar el coche.

Junto a la puerta del mercado se encontraba el objetivo de la Mano Blanca aquella tarde: el Carmine's Bootblack, regentado por Carmine Balsamo, sobrino de Don Guiseppe. Ser hijo de la hermana de la madre del capo mafioso era su única relación con la Mano Negra. Carmine no realizaba labores de vigilancia para la Mafia, ni era corredor de apuestas, ni cobrador de préstamos, ni participaba en el tráfico de alcohol ilegal o en la prostitución. Carmine Balsamo era un ciudadano honrado que se ganaba la vida honradamente limpiando zapatos. Su tienda, en lugar de escaparate, tenía tres enormes sillones a media altura, donde sus clientes se sentaban, periódico en mano, mientras él les dejaba los zapatos como espejos. Los hombres de la Mano Negra solían frecuentar su local y le tenían gran cariño. De hecho, Gina Balsamo, hija de Carmine, era ahijada del mismísimo Frankie Yale. Esas amistades habían hecho que Carmine's fuese, de hecho, un monopolio. Todos los limpiabotas que habían intentado establecerse en Brooklyn habían sido «convencidos por las circunstancias» de cerrar sus negocios.

Los dos irlandeses se quedaron de pie frente a un cliente que estaba sentado mientras Carmine le limpiaba los zapatos. El dueño de la tienda se volvió y, nada más verlos, entendió. Gritó algo, se levantó y saltó hacia el interior de la tienda. El cliente no tuvo tiempo para eso. Sólo pudo mirar a los extraños y negar con la cabeza, antes de recibir una lluvia de balas en el pecho.

Bean y Callaghan huyeron del lugar con rapidez, convencidos de dejar atrás lo que dejaron: un cadáver. En el coche, iban exultantes y seguían estándolo en el garage de Baltic Street, donde contagiaron su alegría a Wild Bill Lovett. Habían matado a Willie Altierri. Dos Cuchillos había pagado por lo de McFarland, y quién sabe por cuántas cosas más. En muy poco tiempo, habían herido gravemente al propio Yale y se habían cargado a una de sus manos derechas.

La euforia les duró hasta los periódicos de la tarde.

El muerto no era Willie Altierri. Bean se había equivocado. La persona que estaba limpiándose los zapatos no era Dos Cuchillos, aunque la verdad es que se le parecía. Pero, como digo, no era él. Era un mafioso a tiempo parcial, mayormente un ciudadano de todo respeto, padre de seis hijos, llamado Antonio Gibaldi.

Antonio Gibaldi no estaba llamado a hacer carrera en la mafia. Estaba llamado a ser un italiano más de Brooklyn, dedicado a labores honradas, con conocimientos, sí, entre los soldados de la Mano Negra; pero quién, en aquellos barrios, en aquellos tiempos, no los tenía. Su pecado fue ir a limpiarse los zapatos al mismo sitio que lo hacían los mafiosos (lo cual tiene su lógica, porque era el único sitio disponible en la zona). Hasta aquel día de octubre de 1922, el destino decía que Gibaldi sería un típico pequeñoburgués de principios de siglo, y sus hijos los típicos burgueses italoamericanos que algún día tendrían hijos y nietos que podrían ser incluso alcaldes de Nueva York. Todo eso, sin embargo, se fue a la mierda.

En Carmine's se presentó un joven de 18 años, espigado y contrito. La policía, a indicación del propio Carmine Balsamo, lo dejó pasar. Era Vincenzo Gibaldi,el hijo mayor de Antonio. En aquel momento, es muy probable que Gibaldi hijo jamás hubiese tocado un arma. Pero la visión de su padre descerrajado contra el sillón del limpiabotas lo cambio todo. Algo nació en él. Algo que cambiaría su vida toda.



La vida de Vincenzo Gibaldi, desde el momento en que vio el cadáver de su padre envuelto en sangre en plena calle y el día en que, siendo ya uno de los principales pistoleros de Al Capone, hiciese para él trabajos muy especiales, daría, ella sola, para una película.

martes, enero 18, 2011

Mano negra, Mano Blanca (6)

Poco tiempo después de la muerte de Charleston Eddie McFarland, Giovanni Desso murió a causa de una ensalada de disparos que recibió entre la tercera y 21. Desso no era un asesino, ni siquiera un soldado de la Mano Negra. En realidad, no era nadie.

La muerte de Desso había empezado a fraguarse el 18 de junio de 1921, en una reunión de la cúpula de la Mano Blanca para diseñar un nuevo atentado contra sus enemigos. Poco tiempo antes, Frankie Yale había adquirido un café llamado Sunrise, situado entre la 14 y la 65. El nuevo negocio del italiano era una especie de provocación, puesto que estaba a un tiro de piedra de dos bares ilegales de los irlandeses. Como Yale no podía llevar el negocio él solo, pensó en Anthony Desso. Desso trabajaba en el Adonis de Fury Argolia, donde primero fue portero y luego camarero y era el hombre ideal para levar el negocio. Argolia no le podía negar el traspaso.

Los irlandeses decidieron matar a Tony Desso por esa razón. Encargaron su vigilancia a Edward «The Fart» O'Toole. El Pedo se había ganado ese sobrenombre a causa de su afición desmedida hacia las baked beans, que consumía a todas horas del día (hecho éste inexplicable para el autor de estas notas), y que por ello le producían una repugnante flatulencia casi continua. O'Toole vigiló y marcó a su objetivo, proceso en el que aprendió que todos los domingos visitaba a su hermano Giovanni en el muelle 21, donde trabajaba. Lovett encargó a Pug McCarthy y Needles Ferry el asesinato del gerente del Sunrise. Los dos asesinos, sin embargo, se equivocaron al realizar la acción, y mataron al hermano, cuya única experiencia mafiosa había sido dar un par de manos de hostias a estibadores del muelle que se habían retrasado al devolver los préstamos de la organización.

A las ocho de la noche del día siguiente al asesinato, Giuseppe Balsamo, su número dos Vincenzo Mangano y su asesino preferido, Silk Stocking Gistra, se personaron en el café Sunrise de Yale. Frankie fue directo al tema: quería devolver el golpe, y quería, además, contratar los servicios de los hombres de Balsamo, para ello. Para los mafiosos de Little Italy, ésta era una oportunidad de oro, y no la rechazaron. Aceptaron sin pestañear la petición de Yale de recibir en préstamo a Pietro «Shotgun» Mormillo, Dominick «The Gee» Mormillo y «Bloddy Nino» Mormillo. Los tres hermanos Mormillo eran unos especialistas en camuflarse y disfrazarse para cometer sus acciones.

El domingo, 26 de junio de 1921, a la 1,30 de la tarde, Augie The Wop Pisano recogió a los hermanos Mormillo en la esquina entre la Cuarta y Sackett Street. En un Buick Sedan negro de 1920 (el coche mafioso por excelencia), se dirigieron a Union Street y se pararon frente al mercado de pescado de San Antonio. El mercado estaba cerrado, pero en una de las tiendas les esperaba su dueño, Antonio Fugetta. En la pescadería de Fugetta recogieron la artillería que les hacía falta. Luego Pisano condujo hacia Furman Street.

Una hora antes, Nick Glass Eye Pelicano había telefoneado desde su puesto de vigilancia informando de que Pug McCarthy y Irish Eyes Duggan estaban en el Salón McGuire's, en Furnam. El Buick llegó, y esperó. Hasta que los dos irlandeses salieron y tomaron su propio coche, un Ford Coupe. La calle Furnam era estrecha pero de dos direcciones, y terminaba en los muelles. Para ir hacia Brooklyn, los irlandeses deberían conducir hacia los muelles y una vez allí dar media vuelta por la misma calle. Los italianos los bloquearon allí. Para cuando el Buick se cruzó, los Mormillo habían saltado ya al piso. Escupieron una lluvia de balas sobre el Ford, como dicen los médicos, incompatible con la vida. Luego, entre todos, empujaron al agua el coche con sus muertos dentro.

Habían pasado 11 meses desde que la guerra comenzase. Desde entonces, los italianos habían perdido cuatro miembros, y los irlandeses nueve. Pero, extrañamente, pasaron ocho meses sin represalia alguna. Muchos pensaron que se había producido un alto el fuego.

Lo cual no era verdad. Wild Bill esperaba el momento de su gran golpe.

El líder de la Mano Blanca quería precisamente que los italianos creyesen que se había producido un alto el fuego tácito. De hecho, es lo que Fankie Yale se había permitido pensar en la cena del 7 de febrero de 1922, martes. Yale tomaba en su Sunrise un buen filete en compañía de dos de sus soldados del sector de Bay Ridge: Gino Ballati y Miguel Dimesico. En los últimos tiempos, Ballati y Dimesico se habían consolidado como guardaespaldas del jefe, completando el equipo del que ya formaban parte Augie Pisano y Frenchy Carlino como conductor. Aquella tarde, sin embargo, Yale sólo tenía a la mitad del equipo porque tenía proyectado estar en un lugar bien protegido. Tenía la intención de visitar a Joe «The Boss» Masseria, el jefe de la mafia de Lower Manhattan, y que ese día celebraba en una fiesta en Duane Street, a la que había invitado a Frankie. Hacía poco tiempo, de hecho, que Masseria había sucedido a Inazio Sietta, conocido como «Lupo the Wolf», que había quedado impedido tras un accidente.

Los tres italianos subieron al Cadillac de Yale. Dimesico tomó el volante. Cruzaron el puente de Brooklyn hacia Manhattan. En la curva de Park Row, Dimesico dio un respingo al volante y señaló a Yale a un tipo en la calle. ¡Era Wild Bill Lovett! Los guardaespaldas miraron al jefe en procura de instrucciones. Pero Yale hizo un rictus de desprecio con la boca y ordenó seguir hasta la fiesta. Si era Lovett (que lo era), poco podía hacer en territorio de Masseria.

Aparcaron el Cadillac unos metros más allá, en el aparcamiento de Duane Street. Salieron del coche y se dirigieron lentamente, entre los coches, hacia el baile.

En la puerta del local les recibió una lluvia de balas del 38.

Dos de los proyectiles se quedaron a vivir en el cuero cabelludo de Dimesico. Los 130 kilos de matón se fueron contra la pared, chocaron con ella, y cayeron al suelo como el peso muerto que ya eran.

Ballati y Yale se tiraron al suelo. El guardaespaldas trató de ganar un mobiliario urbano de piedra tras del cual protegerse, pero en el movimiento se llevó una bala en el hombro. Fríamente, sin embargo, el experimentado soldado de la mafia había sido capaz de localizar la ventana en el segundo piso de un edificio de enfrente desde donde se producían los disparos. Pero no podía contestar. El balazo le había dejado inútil para la lucha. Yale, por su parte, estaba pegado al suelo, ofreciendo un blanco lo más difícil posible, sin mover ni un pelo del culo. Esperó interminables segundos, creyendo que los hombres de Masseria, oyendo los disparos, saldrían a la calle en tropel. Pero no contaba con que el baile ya había comenzado. De hecho, dentro de la sala había tal follón que nadie, absolutamente nadie, había oído los disparos.

Cuando se dio cuenta de ello, Frankie Yale se dio cuenta de que tenía que ganar la puerta del salón de baile, o era hombre muerto. Así que preparó el movimiento y, finalmente, saltó lo más ágilmente que pudo hacia la puerta. Cuando agarró el pomo, sintió la primera bala chocar contra la madera de la puerta, a unos centímetros de su cabeza. La segunda le dolió bastante más cuando, viajando desde su espalda, se alojó en su pulmón derecho.

Cuatro médicos intervinieron a Yale durante cuatro horas en el Gouvernour Hospital.

La policía hizo pleno en sus sospechas. Detuvo a Garry Barry y Joey Bean, que de hecho eran quienes dispararon desde el segundo piso; a Pegleg Lonergan, que era el marcador que había vigilado la llegada de los italianos. Y a Wild Bill, que había ordenado la operación y que si estaba por las cercanías era para asegurarse que el trabajo se hacía. Pero cuando los policías llevaron al hospital a los cuatro irlandeses, Yale se mostró indignado y les preguntó cómo se atrevían a traer a su amigo Lovett en calidad de sospechoso.

El 1 de marzo, Yale abandonó el hospital, no sin entregar cien dólares a cada uno de los cirujanos que le habían operado y veinte a cada una de sus enfermeras. Aunque los hechos tienen un pálido paralelismo con los sucesos contados en The Godfather es, como digo, pálido. Yale nunca estuvo en peligro de ser rematado en el hospital por los irlandeses. La policía temía esa posibilidad, y se ocupó de no permitirlo. Se pongan Mario Puzo y Coppola decubito prono o decubito supino, lo cierto es que no hay policía en el mundo, al menos de un país democrático, que pueda soportar el escándalo de que a alguien contra quien se ha atentado en la calle sea rematado en el hospital.

Masseria quería una vuelta rápida de Yale a Brooklyn. En Manhattan ya había demasiados tiros a causa de su guerra con los llamados turcos, es decir Salvatore Maranzano, Joe Profaci, Thomas «Three Finger Brown» Luchese, Joseph «Joe Bananas» Bonano, o Stefano Maggadino. Yale regresó a su barrio sano y salvo, y allí se enteró, por Willie Altierri, de que la policía tenía algunos indicios que identificaban a Joey Bean como uno de los autores de los disparos contra él.

La Mano Negra convocó una reunión de alto estado mayor en la tarde del 22 de marzo de 1922.

lunes, enero 17, 2011

Cohesión salarial de España

Como ando un poco liado y no he podido terminar de peinar aún el siguiente capítulo de la lucha entre la Mano Negra y la Mano Blanca, os dejo aquí unos apuntes que lo único que tienen de histórico es que se remontan quince años atrás.

El 30 de diciembre pasado, o sea casi en las últimas horas del año que curraron, el INE colgó en su página web los últimos datos de la Contabilidad Regional de España. Entre otros datos, publicó la cuenta macroeconómica de las comunidades autónomas españolas con datos homogéneos desde 1995 hasta el 2009. La Contabilidad Nacional es siempre muy jugosa por las enormes facilidades que tiene de hallar ratios y magnitudes medias o globales que permiten hacerse una idea de la evolución dinámica de la economía, en este caso desde el punto de vista geográfico.
Me pregunté en qué medida se podían sacar consecuencias de esas cuentas sobre la batallona cuestión de la convergencia regional de rentas o, si lo decimos de otra forma más coloquial, en qué medida las regiones pobres se acercan a las ricas en materia de bienestar y riqueza.
Decidí tomar como dato base el salario por asalariado. Ambos datos, es decir los ingresos por salarios y el número de asalariados, son facilitados en la Contabilidad Regional, así pues sólo había que hallar la relación.
Hecho esto, lo que hice fue deflactar las cifras obtenidas con el IPC, para obtener cifras reales. Esta operación debe hacerse con el IPC de cada comunidad. En términos generales, el crecimiento de los precios por regiones es bastante homogéneo, pero llega a haber diferencias sustanciales; en el periodo 1995-2009, el aumento de los precios llega a tener una diferencia de diez puntos porcentuales entre la comunidad más inflacionista (La Rioja) y la que menos (Canarias).
El resultado es el que «está» en la siguiente tabla, expresada en euros del 2009. Si «se ve» ampliándola, eso dependerá de Blogger y del humor que esté hoy.

Estos datos ya, de por sí, permiten estimar que el periodo 1995-2009 ha sido prolijo en convergencia económica regional, cuando menos en lo que al salario por asalariado se refiere. En dicho periodo tres comunidades: Cataluña, País Vasco y Navarra, habrían tenido una evolución negativa del salario per cápita en términos reales (esto es, una pérdida de poder adquisitivo macroeconómica); y cabe recordar que estamos hablando de tres de las regiones con más alta renta media, según las estadísticas.

El resto de las regiones ganaron poder adquisitivo, pero las que más lo hicieron tienden a ser las más pobres: Extremadura con casi un 26%, Castilla La Mancha un 17%, y Galicia un 15%, son las tres comunidades con ganancias de dos dígitos.

Para poder expresar la convergencia de una forma más visible, se me ocurrió hallar la desviación típica del conjunto de los valores de cada comunidad autónoma, y hallar el porcentaje que supone esa desviación típica respecto de una media media, para lo cual he tomado la mediana, aunque los resultados respecto de la media son prácticamente iguales.

Esta ratio ha pasado de casi un 12% en 1995 a prácticamente la mitad en el año 2009, mostrando, además, una tendencia descendente tan constante como regular, con un pequeño frenazo en el año 2007; la tentación es a adjudicarlo a los primeros coletazos de la crisis pero, dado que la tendencia no se consolida cuando dicha crisis se hace más grave y presente, creo que habría que ser cautos en la conclusión.

Cuando menos en lo que a esa vertiente fundamental de las rentas que son los salarios, pues, puede decirse que el periodo reciente de la Historia económica de España puede haber sido, tal y como sugieren las cifras, un periodo de intensa convergencia de rentas entre las regiones más pobres y las más ricas. Si la evolución tiene visos de continuar, si tiene un suelo o no, son cosas que le dejo a los econometras.