Cuando Harry encontró a Frankie
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¿Democracia?
La ultraizquierda en la Casa Blanca, y el tenaz grupo de pecadores en el exilio
Ya no somos tan amigos
Quiero la Luna
Un jarro de agua fría
Si hay que romper, se rompe
… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó
los pantalones
... Sí, ya sé que os prometí que, tras la serie Cómo conocí a vuestro Führer, os aplicaría otra sobre el conflicto germano-polaco. Pero, qué queréis, soy un hombre enigmático.
El caso es que estas últimas semanas, en las que tan de moda ha estado, y yo creo que volverá a estarlo, el tema de las bases americanas en España y tal, he pensado que tal vez sería interesante abordar una nueva serie Franco y..., para abordar la relación, militar por supuesto, del caudillo con los Estados Unidos.
Así que aquí estamos, zarpando.
La Guerra Fría es la guerra más compleja de la Historia de la humanidad. Por la cantidad de frentes en los que se libró (en realidad, el mundo entero); por la cantidad de estrategias que implicó (militares, ideológicas, económicas, energéticas, culturales, de relaciones públicas); y por la cantidad de tiempo que duró (algunos dirán que desde 1945 hasta el día de hoy).
La Guerra Fría empezó en el momento en que Franklin Delano Roosevelt,
un poco antes de morir físicamente, murió como POTUS, por mostrar una incapacidad
bideniana de ejercer el cargo. Harry Truman, su vicepresidente, no se le parecía
en casi nada, como suele ocurrir con los ticket presidenciales exitosos (y
demuestra el fracaso de tantas parejas basadas en la identificación, tipo Biden-Harris). Harry Truman
sabía que Estados Unidos no podía regresar a la postura elegantemente aislacionista
de la que Roosevelt había salido arrastrando los pies, y a la que hubiera deseado
volver. Hasta un tipo de entendederas tan limitadas como el general George Marshall
había llegado a comprender que la guerra dejaba pendiente otra guerra. Que Stalin
había pactado con Hitler, en 1939, soñando una conflagración entre países no comunistas,
larga y estragante, que los dejase arrasados para que él pudiera hacer suya Europa
entera. De alguna manera, la segunda segunda guerra mundial terminaba con el mismo final que la primera.
Las guerras todas se parecen en una cosa: una vez estalladas,
nadie le hace ascos a un aliado.
Éste fue el mensaje fundamental que entendió el general Francisco
Franco. Tuvo, las cosas como son, una ayuda: los
republicanos españoles en el exilio. Este grupo heterogéneo de gentes, a quien
solemos llamar Frente Popular aunque nunca fueron un frente, fueron escasamente
populares y además tras perder la guerra ya no eran ninguna de ambas cosas; esta
gente, como digo, en 1947, cuando echó a andar el proyecto querido de Roosevelt,
sus Naciones Unidas, tuvieron el viento claramente a favor. El mundo estaba por
aislar al régimen franquista por su repugnante pasado (y presente) fascista. Bien es verdad que,
las cosas como son, estar en contra de Franco no necesariamente significaba, de
hecho no significó, estar a favor de aquella caterva de personajes que tenían su
cuota de responsabilidad, y mucha, en la deriva que había llevado a España al marasmo.
Pero, aun así, su momento era muy bueno.
A partir de ahí, tanto se empeñó el exilio republicano por fallar
aquel penalty, como Franco de pararlo. Un proceso en el que el general encontró
su piedra filosofal: su anticomunismo, combinado por el hecho de que, en aquel momento,
cuando los dólares del Plan Marshall todavía estaban empezando a fluir, Washington
no las tenía todas consigo con el tono político en Europa: en Francia los comunistas
tocaban gobierno, en Italia eran también muy poderosos, en Grecia había una liada
parda de cojones, y el destino final de países como Países Bajos o Alemania tampoco estaba
tan claro. Así las cosas, en diversos planteamientos estratégicos, los Estados Unidos
se ponían a pensar en países que se podían caer de su nómina de aliados y, consecuentemente, pasaban a descontar bases, y no les salían las cuentas. Y ahí fue donde apareció
el general bajito. Paca la Culona al rescate.
En 1947, el annus horribilis del franquismo, éste comenzó
a negociar la cooperación bilateral con los Estados Unidos. Había, como digo, una
confluencia de intereses. El de España era el interés del apestado a quien no quería
nadie. El de Estados Unidos era el interés de la potencia mundial que no sabía,
a ciencia cierta, cuantos álfiles tenía colocados en el tablero europeo.
Estados Unidos dejó a España fuera del Plan Marshall, consciente
de que haber regado el franquismo con fondos Next Generation habría sido un escándalo
de proporciones excesivas; máxime cuando un aliado con todo el derecho a disfrutar
el dinero, la URSS, se había negado a recibirlo. Este apartamiento, sin duda, fue
un disgusto muy grande para Franco y los franquistas, quienes muy probablemente
habían contado con aquellas transferencias para labrar el desarrollo económico de
la nueva España. Eso sí, los estrategas de Franco estuvieron rápidos a la hora de
darse cuenta de que, si no era posible la cooperación política y económica, entonces
deberían probar la militar. La mayor parte de los gobernantes de Franco llevaban
uniforme; y eso, a efectos de lo que estamos contando, fue una ventaja, porque muchos
de ellos eran hombres capaces de entender que por ese portillo se podían colar cosas.
Así pues, desde finales de los años cuarenta ya se estaba pensando,
en España, en el modelo que se haría evidente unos veinte años después, cuando se
comenzase a pasear la idea de integrarse en la Comunidad Económica Europea. Ése
siempre fue el objetivo (incluso antes de que la CEE existiese); lo que ahora se
comprendió es que había que hacerlo por pasos: primero España debía ser un socio
militar bilateral sólido de los Estados Unidos; después, esa calidad le permitiría
entrar en la OTAN y en Naciones Unidas; y, luego, en el tercer paso, llegaría el
Gordo. En el particular juego de la oca del franquismo, la última casilla era Bruselas; pero las ocas intermedias eran Washington y la OTAN.
Como he dicho, buena parte de los militares que rodeaban a Franco,
especialmente los muy buenos y tenía varios, sabían que Estados Unidos, sin estar
desesperado, necesitaba algo así. Con Francia e Italia bailando la conga comunista
en días alternos, Washington sabía que tenía la esquina suroeste del continente
europeo un poco con pinzas. Los estrategas estadounidenses sabían que lo que Stalin
había intentado en la guerra civil: hacer caer a España del lado de las fidelidades
comunistas, lo podía volver a intentar. El hecho de que España fuese una dictadura militar, más que tranquilizar en Washington, movía a la preocupación. Los Estados Unidos temían una pinza sobre
los Estados atlánticos, que pudiera producirse por la defección de España, de Portugal
o, años más tarde, de Marruecos. Necesitaba, pues, integrar a España en la defensa
atlántica; pero hacerlo sin que el tema le saliese muy caro ni se viese mucho. Se trataba de realizar eso que Han Solo definió como "un vuelo indiferente".
Tras el final de la segunda guerra mundial, las cosas como son,
para Estados Unidos la suerte de España no era uno de los temas fundamentales a
considerar. El bloque occidental tenía mucho pico y pala pendiente en la Europa
central, y la mediterránea perdió peso (además de que España perdió peso dentro
de los intereses mediterráneos). La jugada de Truman fue bastante suya. Al presidente
estadounidense la persona de Franco, su régimen y sus planteamientos ideológicos
no es que le entusiasmasen; pero digamos que se identificaban bastante con esa frase
tan de moda hoy en día de “ni tan mal”. Hacer, no hizo nada por cargarse a Franco;
pero tampoco se puede decir que se aplicase a sostenerlo. Eso sí, en 1947, cuando
comenzaron los contactos entre Madrid y Washington, se había resignado ya a que
Franco no se iría de El Pardo; pues para entonces, como
ya os he contado, los que se supone que eran la alternativa estaban dejando
claras sus divisiones internas, su desconexión con las gentes de interior en España,
y lo fantasmagórico de sus ideas sobre el régimen futuro del país.
Que Truman aceptase que Franco no iba a caer, sin embargo, no
quiere decir que estuviese a favor de sacarlo del aislamiento internacional en que
se encontraba. Haber estado en la Casa Blanca (o cerca, para ser exactos) durante
la conflagración mundial le había enseñado que dar ese paso podía ser muy peligroso.
Era necesaria una conversión por su parte, y ésta llegó, en gran parte, gracias
a Mao Zedong. El estallido de la guerra de Corea, un proyecto más del presidente
chino que de Stalin, convenció a Truman de que la Guerra Fría no necesariamente
iba a ser tan fría. Hasta la guerra de Corea, en lo tocante a España, y cuando era interpelada, Washington había contestado,
más o menos, “lo que digan París o Londres”. Truman consideraba a Franco un asunto
interno europeo. Pero cuando la invasión de Corea del Sur por Kim Il Sung dejó claro
que donde menos lo esperas va y salta la liebre, comenzó a acojonarse. Empezó a pensar que el tema era demasiado serio como para dejarlo en manos de dos tuercebotas como Macron y Starmer (que, vale, eran De Gaulle y Attle; pero tanto monta, monta tanto, porque las cosas no han cambiado).
Antes de Corea, Truman había deseado que Franco se marchase en
un proceso más o menos pacífico (lo que podríamos denominar “el sueño británico”);
o que, en su defecto, el general aceptase evolucionar hacia un régimen más liberal
y presentable. Pero, claro, todo eso tenía que ocurrir sin que la guerra civil estallase
de nuevo y, por lo tanto, el comunismo volviese a tener cuartelillo histórico en
la piel de toro. En este tono, y mientras no se produjo la guerra de Corea, Truman
estuvo encantado con el aislamiento de la España franquista. Nada más terminar la
guerra, otorgó sin problemas su aval a la intención británica de liderar la política
respecto de España, basándose en el principio de no intervenir en los asuntos internos
del país. Esto duró hasta 1947 y la doctrina Truman, que marca el momento en el
que Estados Unidos se hace consciente de que necesita tener una política europea propia,
de la que el Plan Marshall es la expresión mayor.
En ese momento, sin embargo, en la Administración estadounidense todavía había partidarios de la caída de Franco. El más importante de ellos fue John Dewey Hickerson, además de Paul Culbertson (que sería encargado de negocios en la embajada de Madrid; Hickerson fue embajador en Finlandia y en Filipinas; pero España, como no empezaba por F, no le tocó). Hickerson consideraba que Franco era una baza para los soviéticos (con lo que yo creo que se demuestra que no lo conocía). Por lo demás, Londres reaccionó con cajas destempladas cuando se enteró de que en Washington se hablaba de echar a Franco. Y la Casa Blanca, ponderando amistades, decidió olvidarse de aquel tema, sobre el que, en todo caso, carecemos, cuando menos yo, de información precisa sobre cómo pretendía Truman empujar a Franco al abismo de Mordor.
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