miércoles, marzo 25, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (12): El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”


 


Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over

 

La Alemania de Weimar, por lo tanto, se convirtió en algo nuevo. No fue una Staatenbund o federación de Estados, como había sido en los tiempos del Sacro Imperio; como tampoco fue un Bundesstaat o Estado Federal, como había sido bajo el káiser; sino un Estado central unitario cuyo poder emanaba del pueblo alemán en su conjunto, o Volksstaat (lo cual quiere decir, automáticamente, que, según la teoría de los iluminados "España no existe hasta la Constitución de 1812", Alemania no existió hasta 1919, y Bismarck fue canciller de una cofradía rociera). El principal problema que se desplegaría pronto es que resulta demasiado arriesgado crear un Estado en el que manda el pueblo, obviamente a través del parlamento, si luego dicho parlamento acaba siendo un sudoku proporcional.

La culpa, básicamente, fue de los socialdemócratas. Es cierto que el SPD se sentía muy malquisto con los tiempos del kaiserismo, puesto que su importancia electoral había sido siempre reducida y escamoteada. Sin embargo, no supieron ver que su condición de partido más votado de Alemania no quería decir que les otorgase la condición de mayoritario; son dos cosas diferentes. De alguna manera, la apuesta del SPD fue que la escisión creada en el partido por el USPD fuese un fenómeno de corto alcance, que provocase la desaparición de la disidencia y el regreso de los votantes al redil. Pero ésta era una lectura demasiado simple del partido. El SPD no supo darse cuenta de que la revolución de octubre, es decir, la pronta existencia de un modelo en el que mirarse: Rusia, daba alas tanto a los políticos de la izquierda radical como a sus votantes. El USPD no desapareció. Y, al no desaparecer, abocó al SPD a tener que cogobernar, no a gobernar. Alemania se convirtió en una almoneda política.

Un tema interesante de la Constitución de Weimar era el régimen relativamente sencillo que preveía para la celebración de referendos. Un referendo podía ser convocado por el presidente, por el Reichsrat, en el caso de que alguno de ellos se opusiera a una ley aprobada por el Reichstag. El Reichstag, por su parte, podía convocar un referendo para someter la continuidad del presidente; podía, pues, impulsar una forma de impeachment. Por último, toda petición de enmienda a una ley o de la Constitución impulsada por más del 10% de los electores debería ser sometida referendo.

Un capítulo batallón, por el que Preuss pasó de puntillas, fueron los símbolos nacionales. De nuevo, los impulsores de la Constitución sabían que no podían ser muy rompedores y, por esta razón, conservaron el águila tradicional, aunque cambiando su diseño y desnudándola de símbolos imperiales. Los socialdemócratas y liberales propusieron que la vieja bandera del imperio alemán: negra, blanca y roja, fuese sustituida por una bandera negra, roja y dorada, que se había paseado por las calles durante la revolución de 1848. Dado que la derecha consideró que esto era sacrílego, pronto las organizaciones paramilitares utilizarían las banderas propias para demostrar el reto al poder constituido, y constitucional; un poco al estilo de lo que hacen en España quienes portan en público banderas aconstitucionales con el águila de San Juan, o los colores rojo, amarillo y morado de la II República. Éste y otros detalles provocaron la temida por Preuss desafección de las derechas respecto de la nueva Constitución; el Reichstag, de hecho, jamás fue capaz de ganar una votación para declarar el 11 de agosto día feriado. Y eso que un día tocándose los huevos nunca le ha sonado mal a nadie.

Dos semanas después de la aprobación de la Constitución de Weimar, el 25 de agosto, comenzó en Lechfeld un curso de propaganda para miembros del ejército basado en el adoctrinamiento ultranacionalista y anti bolchevique. Lo había organizado el departamento del capitán Mayr, lo cual quiere decir que Adolf Hitler estaba allí. La mayoría de las conferencias fueron rabiosamente antisemitas.

El 12 de septiembre, al final de la tarde, Hitler visitó una pequeña cervecería en el centro de Munich, la Sterneckerbräu. Fue allí por orden de Mayr. El capitán quería que observase bien una reunión que se iba a celebrar allí de una pequeña organización que comenzaba a hacer ruido en Baviera. Se trataba del Deutsche Arbeiterpartei o DAP, el Partido de los Trabajadores Alemanes. Este partido había sido fundado unos meses antes, el 5 de enero de 1919, en el Fürstenfelder Hof. Su fundador y factótum se llamaba Anton Drexler, un mecánico ferroviario; en compañía de Karl Harrer, periodista y miembro de la SociedadThule. Drexler había militado años atrás en un partido antisemita, el DVLP. Su idea era captar a los obreros alemanes en una lucha en pro de las reformas sociales, pero siempre bajo la bandera del ultranacionalismo germano. Justo la plaza de párking ideológica que Hitler soñaba, o más bien soñaría, con ocupar.

Anton Drexler definía el DAP como una organización socialista. De ahí que su partido acabase por legar una S al acrónimo del nazismo alemán; pues la suya era una ideología que no “era” socialista; pero sí tenía elementos del socialismo, como ya veremos.

El mitin de 12 de septiembre tuvo lugar, finalmente, en la trastienda de una cervecería llamada Leiberzimmer, y al mismo acudieron 41 personas. El conferenciante invitado era un viejo conocido de Hitler: Gottfried Feder, el economista que pensaba que los judíos habían inventado los tipos de interés para someter al resto de la Humanidad, y que era ya miembro del DAP. Disertó sobre Cómo y de qué manera puede eliminarse el capitalismo. Tras Feder habló Adalbert Baumann, maestro de escuela y presidente de la Bürgervereinigung, un club político que sostenía la idea de que Baviera tenía que separarse del Reich. Esta conferencia, según la propia descripción de Hitler (que en este punto es, en mi opinión, totalmente creíble) provocó que el futuro canciller alemán tomase violentamente la palabra para negar cualquier posibilidad de separatismo bávaro.

Drexler quedó muy impresionado por la intervención de Hitler. Cuando hubo terminado el acto, se acercó a él y le entregó un panfleto que era algo así como su Mein Kampf. Invitó a Hitler a volver en el siguiente encuentro y a apuntarse al partido.

Inicialmente, Hitler no se sintió muy impresionado por aquella oferta. En aquel momento, en Munich estaban surgiendo grupos nacionalistas por todas partes. El DAP le pareció uno más. Sin embargo, cuando empezó a leer el panfleto de Drexler, cambió de idea. Según confesaría años después, pasó toda aquella noche, en su litera en el cuartel donde dormía, leyéndolo. Si la tesis de Feder de que el capitalismo y el semitismo estaban aliados contra la Humanidad le había parecido brillante, ahora el esquema defendido por Drexler: la combinación del nacionalismo radical con las ideas socialistas y anticapitalistas, le pareció lo mismo. El objetivo, decía Drexler en el folleto, era contrarrestar la atractiva llamada del marxismo entre las clases obreras.

Según cuenta en Mein Kampf, Hitler estaba ya dándole vueltas a crear un partido político con este planteamiento ideológico. Por ello, cuando días después recibió una esquela de Drexler invitándolo a unirse al comité del DAP, aceptó. Era el séptimo miembro de aquel comité, y pronto fue encomendado de las labores de propaganda y captación de militantes.

El capitán Mayr dejó dicho que, en realidad, el gesto de Hitler de aceptar entrar en el DAP no fue suyo; fue, al parecer, una orden del propio Mayr, quien quería crear una red de formaciones satélite del propio ejército.

Si las cosas son así, lo cual es muy probable, no cabe duda que tanto Mayr como Drexler acertaron de lleno. En apenas unas semanas, aquel DAP que era poco más que una tertulia de frikis se convirtió en una pequeña maquinaria política en pleno funcionamiento; y el demiurgo que realizó ese cambio no fue otro que Adolf Hitler. Un hombre, no me cansaré de repetirlo, en quien todo el mundo quiere ver tan sólo el loco paridas que era cuando se dejaba llevar por la ira (pero quién no lo es en esos casos); pero que, en realidad, era un organizador frío y eficiente, un orador brillante y, como demostrarían los tiempos más allá de los que se van a relatar en esta serie de notas, un hombre con gran sabiduría en el terreno fundamental de todo líder político, que es el dominio de los tiempos.

El 16 de octubre, el joven austríaco se ocupó de organizar por primera vez un acto del DAP. Las 41 personas que habían atendido la reunión en la que él había estado por primera vez, ahora eran 111. Hitler habló en segundo lugar, y no se dejó ni uno solo de sus mantras: los judíos, los criminales de noviembre, el tratado de Versalles. Tuvo un éxito casi arrollador. Pero había una persona que le estaba cogiendo gato: Karl Harrer. El periodista cofundador del DAP siempre había querido que el partido fuese una especie de grupo semi clandestino, muy al estilo de la Sociedad Thule. Aquella exhibición pública no le gustaba nada; temía sus consecuencias y, además, había llegado a la conclusión de que Hitler era un megalómano (que, la verdad, no sé de dónde pudo sacar esa idea...) Las consecuencias fueron inmediatas: en diciembre de 1919, Hitler convenció al resto de los miembros del comité del DAP para que le retirasen todo poder a Harrer, quien dimitió el 5 de enero siguiente.

En aquellos meses en los que por fin Hitler había encontrado un sitio en el mundo civil: el DAP, el futuro canciller alemán había pulido de forma especial uno de los elementos de su pensamiento: el antisemitismo. El 16 de septiembre, a causa de una consulta que había recibido Mayr, Hitler recibió, por primera vez en su vida, el encargo de poner por escrito sus ideas sobre la cuestión judía. En ese primer paper está ya todo, salvo la solución final, obviamente. Los judíos, decía Hitler en su pequeño ensayo, no eran una religión, sino una raza; una raza que permanece fiel a sí misma y no a los países donde residen. Esto los convierte, decía, en una “tuberculosis racial” (hoy diríamos un cáncer racial) que se convierte en una barrera crucial para la unidad nacional. Su estrategia es manipular la opinión pública mediante su apoyo a ideologías cosmopolitas y el control de la Prensa. Consecuentemente, decía, los judíos deben ser apartados de la sociedad, no mediante la violencia sino a través de discriminaciones legislativas y promoviendo su emigración.

Como se puede ver, en ese momento Hitler no era, o por lo menos aparentaba que no era, violento. Pero si andaba a la búsqueda de razones para cambiar ese punto de vista, pronto las encontraría, pues el país avanzaba muy deprisa en este terreno.

El 8 de octubre de 1919, Hugo Haase, el líder del USPD, o sea un poco el Pablo Iglesias Turrión de su tiempo, caminaba hacia la entrada del Reichstag, donde tenía programado un discurso. Ese discurso iba a ser muy polémico, pues Haase quería denunciar que el presidente Friedich Ebert colaboraba en secreto con Rüdiger von der Goltz, que era un general de los Freikorps, que se dedicaba básicamente a romper testículos comunistas en la costa báltica. En el momento de comenzar a subir las escaleras, un activista de derechas nacido austríaco, pero que no era Hitler sino que se llamaba Johann Voss, le disparó tres tiros que le dieron en el estómago, un brazo y un muslo. Haase fue llevado a un hospital y sometido a varias operaciones; pero el 7 de noviembre la gangrena pudo con él.

El entierro de Haase fue una monstruosa manifestación proletaria. Sin embargo, Voss, su asesino, fue declarado loco, enviado a un siquiátrico, y nunca fue juzgado.

Semanas antes de la muerte de Haase, en agosto, el Reichstag había puesto en marcha una comisión de investigación sobre las circunstancias del fin de la guerra, con el objetivo de conseguir demostrar la falsedad de la teoría de la responsabilidad única de Alemania en la misma. El 18 de noviembre comparecieron ante el comité las dos principales figuras del Ejército alemán: el mariscal de campo Paul von Hindenburg; y el general Erich Ludendorff. Se acordó que Hindenburg pasaría por un careo dirigido por el diputado del DDP Eberhard Gothein. Hindenburg, sin embargo, se saltó ese paso, en medio de las protestas vivas de Gothein, y leyó una declaración que tenía preparada. Traducción libre, con mis mayúsculas.

Nuestras llamadas repetidas para el mantenimiento de una estricta disciplina y una estricta aplicación de la ley no han encontrado resultados. Nuestras operaciones, en consecuencia, fallaron, como no podía ser de otra manera, y el colapso se hizo inevitable. La revolución fue sólo la gota que colmó el vaso. Como un general inglés ha reconocido honestamente, EL EJÉRCITO ALEMÁN HA SIDO APUÑALADO POR LA ESPALDA. Es más que evidente quién es el culpable de esto. Si hiciera falta alguna prueba más para demostrarlo, no hay sino que buscarla en la extrañeza de nuestros enemigos ante su victoria.

Tras haber leído estas líneas Hindenburg, que ya os he dicho que siempre fue un cobarde, arguyó que era un viejo cansado y que, por lo tanto, no creía que fuera a volver a acudir a aquella comisión. Detrás de él habló Ludendorff, que no hizo otra cosa que confirmar las ideas de su jefe.

La declaración de Hindenburg en el Reichstag fue enormemente dañina para la república de Weimar. La teórica de la puñalada en la espalda, hasta aquel día, no había pasado, que ya era mucho, de ser una idea sostenida por grupos de derecha nacionalista. Ahora, sin embargo, todos esos grupos, y muchos alemanes conservadores más o menos indecisos, tenían sobre la mesa el dato de que el mariscal Hindenburg, uno de los mayores héroes de la guerra, era un firme creyente de esa idea. Hindenburg, pues, operó aquel día como eso que creo que los químicos llaman un catalizador: ese compuesto que es necesario para hacer que una reacción química se produzca. Si Alemania quería pensar que, en realidad no había perdido la guerra; que, en realidad, no tenía por qué satisfacer los pagos que pronto se le exigirían; que, en realidad, no tenía que pedir perdón por nada; si quería pensar todo eso, ahora tenía un argumento de autoridad para ello.

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