martes, marzo 24, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (11): El sueño erróneo de Hugo Preuss


 


Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over

 

Ni qué decir tiene, el conocimiento en Alemania de las condiciones de los aliados provocó un tsunami de encabrone. El tema no sólo era el futuro de blood, toil, sweat and tears al que estaba abocado el país; algo de lo que muchos de sus ciudadanos todavía no eran muy conscientes, pues toda sociedad moderna está básicamente poblada por especímenes del homo sapiens que están convencidos de que el dinero brota de los árboles y que “los ricos” lo van a pagar todo. El peor problema era la sensación de que los aliados habían traicionado a la Alemania buena, pacifista y amigui que había surgido en la república de Weimar.

El 12 de mayo, en una sede no habitual (el salón de actos de la Universidad de Berlín), la Asamblea se reunió para discutir los términos de la rendición. En dicha reunión, Sheidemann himpló que las condiciones de Trianon eran inaceptables, no ya para un alemán, sino para cualquier persona decente. El hacer esa distinción, hay que reconocerlo, lo honra.

Los alemanes trataron en los días siguientes de hacerse un Pedro Sánchez y conseguir regresar de Versalles con algún hueso. El SPD y el DDP eran contrarios a la firma del tratado. Zentrum, sin embargo, adoptó una posición más pragmática, arrastrado sobre todo por Matthias Erzberger, quien había estado de pico a pico con el mariscal Foch y sabía bien que los franceses estaban esperando cualquier detalle para invadir Alemania, en todo o en parte; y, si podían, destrozarla para siempre.

Lo realmente importante de todo esto es que la eclosión de un régimen democrático en Alemania y teóricamente alejado del militarismo kaiserista (teóricamente porque, como hemos visto, luego se apoyaba en el ejército cada vez que lo necesitaba) no causó ningún tipo de emoción entre los vencedores de la contienda. Lo que Weimar esperaba, que era una especie de “con este tipo de alemanes no hay que ser tan duro”, no pasó. Los franceses, bien conscientes de que un alemán no es sino un francés con un poquito más de modestia y bastante más dinero, sabían lo que sabían de sí mismos: que un alemán siempre es un alemán, lleve un uniforme militar o la blusa proletaria.

Así las cosas, tras arduas negociaciones, lo único que sacó la delegación alemana fue un compromiso aliado, arrastrando el escroto, en el sentido de que se haría un referendo en la Silesia septentrional. El 18 de junio, la delegación alemana, consciente de que no iba a haber Next Generation ni Next Pollas, recomendó al gobierno germano no firmar el tratado. El gobierno consultó a los líderes militares. El mariscal Hindenburg, con ese sobradismo que tienen siempre los que ni pisan ni van a pisar un campo de batalla, le dijo a Ebert que prefería honra sin barcos a barcos sin honra.

Sheidemann decidió hacer una contraoferta. El día 19 de junio, le dijo a los aliados que, si quitaban la cláusula de responsabilidad bélica, se dejaban de tonterías con el tema de los criminales de guerra y modificaban las cláusulas económicas, Alemania podría firmar el tratado. En otras palabras: en lugar de una oferta, lo que ofreció fue una enmienda a la totalidad; lo que podríamos denominar una negociación modelo procés: o me das lo que quiero, o lo que quiero me das. Lo curioso del asunto es que Alemania no tenía puto nada con lo que apuntalar su postura.

En las horas inmediatamente siguientes al telegrama de Sheidemann, algo pasó. Algo que no sabemos qué fue, por lo menos yo no lo sé, pero que es fácil de imaginar. Es obvio que a Scheidemann le llegaron, de palabra, obra u omisión, señales claras de que los aliados no iban a abrir sus nalgas para dejar entrar su teutón pene. Porque el caso es que no esperó al resultado formal de su oferta: al día siguiente, dimitió, argumentando que él no era capaz de firmar ese meconio llamado tratado de paz. Ebert, tras recibirlo, aparentemente decidió ir detrás; tenía claro que la república de Weimar iba a colapsar bajo el peso de una decisión tan hondamente impopular como la que se iba a ver abocada a tomar. Sin embargo, los camaradas del SPD le convencieron de que se quedara, probablemente argumentando, cosa cierta, que si el presidente de la república dimitía, entonces de la propia república ya no quedaría nada; y muy pronto de lo que no quedaría nada, sería de Alemania. Hay que tener en cuenta que aquel país no llevaba ni un siglo unificado. La primera jugada maestra de los franceses, además de quedarse, en connivencia con los polacos por el otro lado, con la Alemania fabril y minera, podría ser resucitar la nación de principados independientes que siempre había sido el Imperio. Que algunos de esos reinos terminarían por ser repúblicas bolcheviques ni cotizaba.

El 21 de junio, un señor que parecía el primo de Francisco Franco con ligero hipotiroidismo, el ministro de Trabajo del gobierno, Gustav Bauer, fue nombrado nuevo canciller. Este Yolando Díaz formó un gobierno con lo que tenía, que era poco, pues sólo incluyó ministros del SPD y del Zentrum; el DDP rechazó totalmente su presencia en cualquier Ejecutivo que siquiera se pudiera plantear la firma del tratado de Versalles.

En consecuencia de la dimisión de los dedeperos, Bernhard Dernberg fue sustituido como vicecanciller y ministro de Finanzas por Matthias Erzberger; Hugo Preuss, ministro del Interior y autor de la Constitución de Weimar, fue sustituido por el socialdemócrata Eduard David; y Georg Gotheim, ministro del Tesoro, fue sustituido por el zentrista Wilhelm Mayer. El conde Ulrich Graf von Brockdorff-Rantzau también dimitió como ministro de Asuntos Exteriores, y fue sustituido por el socialdemócrata Hermann Müller.

Bauer se fue a la Asamblea y les dijo: nos van a meter el pepino por el culo; y a quien no le guste, que proponga una solución. La respuesta de los diputados fue aprobar, por 237 votos contra 138, una resolución que afirmaba la voluntad de la república de firmar el tratado, pero no los artículos 227 y 231. Contra la aceptación del tratado estaban el DNVP, el DDP y el DVP. El gran aval de la firma, pues, estaba en el SPD. Pero no en todo él, puesto que Ebert seguía estando en contra. De hecho, el presidente le preguntó al general Gröner si sería posible una resistencia armada. Gröner le dijo que no mamase. Hindenburg, enterado de estos cabildeos y del pesimismo del jefe militar efectivo, ofreció su dimisión. Siempre fue un cobarde.

El 28 de junio de 1919, en el quinto aniversario de la ascensión de Franz Ferdinand al austro-Cielo, muy parecido al húngaro-Infierno, se firmó el tratado de Versalles. Se firmó en el salón de los Espejos del palacio de Versalles; el mismo en el que se había proclamado el Imperio Alemán. El 9 de julio, la Asamblea alemana lo ratificó por 209 votos contra 116. Herman Müller (SPD) y Johannes Bell (Zentrum) se convirtieron en los dos tristes políticos que estamparon su firma al pie del documento.

La firma era inevitable; tan inevitable como sus consecuencias. La primera y más importante, que sustantivaba la decisión de los aliados que más haría, en mi opinión, por traer a Adolf Hitler. Que no es exactamente exigir las reparaciones de guerra, sino algo más general. Me refiero al principio de que no existía diferencia entre el káiser y quienes lo habían echado. Éste fue, en mi opinión, el gran error de los aliados; el gran error de Francia, asistida por Italia, aunque Italia no mandaba en esto una mierda. El concepto de que con la república de Weimar no había que construir algo nuevo, sino exigir las viejas deudas. El tratado de Versalles, en efecto, plantea un problema de derecho internacional que nunca se ha resuelto. Por ejemplo: si en un país (como ocurrió en Argentina, por ejemplo) se declara una devastadora dictadura militar que aplasta cualquier derecho de los ciudadanos y, al tiempo, colapsa la economía generando un enorme volumen de deuda externa, y luego esa dictadura cae y es sustituida por un gobierno democrático, ¿qué fuerza moral existe para exigirle a este nuevo gobierno la amortización de dicha deuda? Pero, al mismo tiempo, si aceptamos que el nuevo gobierno no es responsable de empréstitos que ni él ni la nación adquirieron, ¿dónde quedan los derechos de los acreedores?

Que este paso por parte de los aliados es la clave de bóveda del nazismo alemán lo demuestra el hecho de que fue en el momento de la aprobación de la firma del tratado cuando la derecha alemana acuñó para los líderes de Weimar la expresión, que sería repetida hasta la saciedad por Hitler, de “los criminales de noviembre”. Nada hizo más por abonar la teórica de “la puñalada por la espalda”.

Para el gobierno alemán, en todo caso, lo que era urgente, era estabilizar la economía. El 7 de julio se presentaron en la Asamblea las denominadas Reformas Financieras Erzberger, que llevan el nombre del entonces ministro de Finanzas. Básicamente, lo que Matiitas había parido era una reforma fiscal centralizadora, más que recentralizadora, en la que el Estado federal central adoptaba la mayor parte de las competencias fiscales en detrimento de los länder; que, no se olvide, a diferencia de otros casos de regiones que reclaman difusos derechos históricos, habían sido, hasta antes de ayer por la tarde, incluso monarquías propias. Se creó, por lo tanto, una especie de Agencia Tributaria federal. La segunda medida que se tomó fue incrementar la progresividad del sistema, aligerando las cargas de los ingresos bajos y medios, e incrementándolas en los altos. Alemania reguló por primera vez el Impuesto de Sucesiones (torpedo en la línea de flotación de los von und von und von und von) y una especie de impuesto de las grandes fortunas que era, más bien, un impuesto de las grandes riquezas (cosa que parece lo mismo, pero no lo es). Como consecuencia de esta reforma, en marzo de 1921 se introduciría el IRPF alemán, con progresividad. Erzberger también creó el Deutsche Reichsbahn, dado que hasta entonces cada Estado iba a su bola con el tema del ferrocarril. Las sinergias derivadas de centralizar el sistema ferroviario en un país tan grande  fueron inmediatas. El Reichsbahn se convirtió, en no pocos años, en un cuerno de oro; motivo por el cual lo veremos implicado, en lo peor de la crisis económica alemana, en forma de aval.

A pesar del debate sobre el tratado de Versalles, sin duda el principal momento del verano de 1919 fue la ratificación de la Constitución de Weimar, la obra de Hugo Preuss, y que fue ratificada el 31 de julio por 262 votos contra 75. La Weimarer Werfassung entró en vigor el 11 de agosto, el mismo día que Ebert la firmó.

Como toda Constitución democrática, la de Weimar era el producto de la transacción entre todos los que habían entrado en el juego de redactarla. Preuss, que era un fino jurisconsulto (una especie de Alcalá-Zamora germano, pero sin sus ambiciones de poder) tuvo siempre muy claro que Weimar no podía romper nada. Sin embargo, no podía ligarse al kaiserismo. Así las cosas, el buen profesor decidió dejar en muchas esquinas de la nueva Constitución un fuerte aroma a la Constitución bismarckiana, y a la llamada Constitución de Frankfurt, es decir, el texto propugnado en la revolución liberal de 1848, y que nunca estuvo en vigor. Con estas cosas, que se ven en detalles como que la república siga llamándose Reich, Preuss intentaba que las capas más conservadoras, y de mayor edad, de la sociedad alemana, pudieran sentirse identificadas en el nuevo texto. También tuvo claro que debía mantener el Estado federal, para así contentar a los Estados católicos del sur y a Prusia.

La Constitución de Weimar no está dividida en tres partes como la Galia, sino en dos. La primera, con 77 artículos, es la que me parece más importante y desarrolla el tema de la gobernanza de la república. En esta primera parte es donde Preuss dejó el tema que sería, de largo, el más polémico de toda la Constitución. Preuss, ya os lo he dicho, era un experto jurisconsulto, un buen conocedor de la Historia y del alma de su país, era también militante de un partido de tamaño medio, de ésos que llamamos “bisagra”. Era perfectamente consciente de que, con un sistema electoral proporcional como el alemán, la República de Weimar iba a ser eso que, siguiendo la expresión de Alfredo Pérez Rubalcaba, podemos llamar una república Frankenstein; o, si lo queréis ver positivamente, una república de grandes coaliciones.

En un país, reflexionó Preuss, donde será muy difícil que un partido pueda gobernar con mayoría única y cómoda, la república puede convertirse en rehén del Parlamento. Imaginó, pues, un futuro en el que, por hacer un símil que los hispanos podamos entender, un Gabriel Rufián, un Puchimón, cualquier mercader jelkide o incluso un solo militante de Coacción Canaria pueda condicionarlo absolutamente todo. Para evitar esto, hacía falta crear un contrapoder. Y ese contrapoder es el ultra polémico artículo 48 de la Consti.

En términos generales, el contrapoder al parlamento que encontró Preuss fue el presidente de la Repu. Por esta razón, la Constitución de Weimar es fuertemente presidencialista. El presidente nombraba al canciller y aprobaba a todos los miembros de su gobierno. Asimismo, era el jefe de las Fuerzas Armadas. El mentado artículo 48 le otorgaba poder para nombrar o cesar gobiernos, usar al ejército, suspender derechos civiles en aquel tiempo que la propia Presidencia definiese como de emergencia nacional. De alguna manera, pues, Preuss venía a confiar en que el presidente de la nación de Weimar siempre sería un demócrata pues, de otra manera, el artículo 48 le daría amplios poderes para no serlo. Por esta razón la Constitución de Weimar funcionó tan bien con Ebert como mal con Hindenburg.

Aquí está la clave: con todo y que a veces se dejaba llevar por cierto cesarismo, yo creo que inherente a todo político de izquierdas que pasa demasiado tiempo en el poder, Ebert nunca usó el artículo 48 para trabajar contra la república; Hindenburg, sin embargo, lo usó repetidamente precisamente para eso, orillando al Parlamento y generando una situación de poder personal de facto que, de alguna manera, acostumbró a muchos alemanes a un sistema político basado en el principio The winner takes it all.

Se ha dicho, con bastante buen ojo en mi opinión, que el gran defecto de la Constitución de Weimar es que regulaba una democracia avanzada en un país, en ese momento, de escasa cultura democrática. Sus impulsores querían tener la Constitución más igualitaria del mundo; querían, muy particularmente, saltar el listón colocado por los Estados Unidos. La decisión de los padres de Weimar, pues, fue un poco como ésa de un hipotético primer ministro que se empeñare en ser el primer gobernante de la Historia en cuyo país toda la energía procediese de fuentes renovables, obviando el hecho de que su sistema eléctrico no está hecho para soportar sólo fuentes no asíncronas, y provocando con ello un apagón general. Aquí hablamos de lo mismo. Los socialdemócratas alemanes querían salir en los periódicos del mundo diciendo que Alemania se ponía a la vanguardia de las libertades. Para hacer eso, tuvieron que diseñar un Parlamento todopoderoso. Pero para poder equilibrar ese poder, tuvieron que crear un presidente demasiado poderoso. Cebaron una bomba que, en las manos equivocadas, podía hacer mucho daño.

En el fondo estaba la convicción, tan común en este tiempo contemporáneo, de que los pueblos son sabios por definición. Los riesgos del montaje de Weimar, decían los defensores del sistema, no son tales, porque tanto el Parlamento como el Presidente, los dos poderes que se miran y se controlan el uno al otro, son elegidos por el sufragio de los alemanes. Y los pueblos nunca se equivocan.

Cien años más tarde, todavía hay gente, mucha gente, que sigue en ese guindo.

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