jueves, febrero 12, 2026

Indonesia (13) : La espiral violenta

 


No es nada personal, son negocios
Los primeros pasos
El nacimiento de Perhimpunan Indonesia
Mano dura
Japón, esa nación herida
¡Es el petróleo, estúpidos!
En dos días, seré comida para los peces
¿Amigo o enemigo?
Las semillas del odio
Le odio, pero no quiere decir que te ame
Independientes por la gracia de Nos
Que vienen los británicos
La espiral violenta
La batalla de Surabaya
Negociemos
Linggadjati
Raymond Westerling, el franquista de las Célebes
Los malos acuerdos generan malas soluciones
La invasión
Negociación de buenos oficios
Madiun
Yo no voy a ser Salvador Allende
Julianos aislados
... y Sukarno comenzó su meccano
La invención de un líder mundial
La misa-romería de Bandung


Por muy claras que fueran las intenciones de Mountbatten, la realidad conspiraba en otra dirección. Los meses finales de 1945 fueron testigos de un proceso por el cual, si bien los portavoces del nacionalismo indonesio seguían dominando el discurso, ya no eran ellos, sino el movimiento pemuda o 15M indonesio, el que dominaba la calle. Conforme los británicos iban desembarcando más tropas en las islas, la oposición real en las aceras se iba haciendo más numerosa, y violenta.

Las cosas como son, los indonesios tenían sus razones para reaccionar de esa manera. A mediados de septiembre, los británicos sentaron sus reales en Bandung, Magelang y Surabaya; pero no vinieron solos. Traían a funcionarios de la NICA; lo cual, es evidente, lanzaba el mensaje de que estaban por la reconstrucción del status quo existente antes de que comenzase la guerra.

El 19 de septiembre, hubo una gran manifestación de jóvenes en Yakarta. No fue animada por los líderes formales del proceso de independencia, sino por gentes más radicales como Chaerul Saleh o Adam Malik. Formalmente, Sukarno estuvo en la manifestación e incluso dirigió unas palabras a los manifestantes. Pero él no quería estar ahí. Saleh había sido el gran impulsor del oscuro episodio en que él mismo y Hatta habían sido secuestrados; por otra parte, temía a aquellos jóvenes más que confiaba en ellos, por mucho que supiera que, sin ellos, sus proyectos eran papel mojado. La manifestación fue vigilada de cerca por tropas japonesas convenientemente armadas; pero los nipones hicieron lo que mejor se les daba en ese momento, que era poner cara de gato escayola.

Sukarno le dijo a los manifestantes que, si confiaban en él (cosa que ellos bramaron que era cierto, aunque sólo lo era a medias), que se fuesen a casa y esperasen tranquilamente instrucciones. El futuro presidente de Indonesia no quería una revolución, por mucho que el proceso de independencia liderado por él se llame así. No quería un proceso en el que los beneficios le fuesen debidos a una masa mayoritaria, radicalizada y manipulable; porque sabía bien que, como dijo una vez José María Aznar, cuando te alías con los pancarteros, sabes cómo empiezas, pero no puedes saber cómo vas acabar. Dicho en términos históricos, Sukarno temía ser una especie de Kerensky asiático-oceánico.

El giro definitivo de la situación se dio en Surabaya. El mismo día en que se estaba produciendo la manifestación de Yakarta, allí había otra, aunque en sus inicios era menos populosa y más pacífica. Pero el tema es que el día anterior habían llegado a la ciudad unos paracaidistas británicos que venían acompañados de holandeses. Su misión era liberar los campos de prisioneros que todavía mantenían los japoneses. Pero es obvio que los uileminos locales, conforme se fueron viendo liberados, se vinieron arriba y se convencieron, fuese eso cierto o no, de que aquella tropa venía para reimponer el poder holandés en las islas. Esto, como digo, muy probablemente no era cierto; la misión que había aterrizado estaba formada, tan sólo, por ocho hombres. Pero, como digo, la mayoría de las personas suele vivir en un programa de La Sexta: escucha lo que quiere escuchar, y cree lo que quiere creer.

Un uilemino que claramente se vino arriba se fue a uno de los edificios principales de la ciudad, el Oranje Hotel, se subió al tejado, e izó en su mástil la bandera tricolor holandesa. Era una bandera muy grande y el edificio imponente, por lo que pronto esto fue visto desde vecindarios incluso distantes de Surabaya. Los jóvenes indonesios se fueron calentando poco a poco, y reuniéndose en diversos lugares. Pronto formaron una compacta masa de varios miles que se presentó frente al hotel gritando turunkan bendera, quiten esa bandera.

La reacción holandesa fue la típica: ciega y sorda. Los holandeses tienen muchas virtudes, como todo el mundo; pero el gusto por los matices no es una de ellas. La situación objetiva era clara: estaban rodeados por una multitud vociferante, que era mayoritaria. En Surabaya no había tropa aliada que pudiera con aquello, ni tampoco perspectivas de poder traerla de algún lugar cercano. Lo que se hubiera impuesto habría sido una retirada a tiempo, inteligente y sensible: quitar la puta bandera. Tal vez, quitando la bandera podrían conseguir que el mástil quedase huero, lo cual en el fondo habría sido una victoria táctica, ya que en ese punto procesal, lo que los pemuda querían no era sólo quitar la bandera uilemina, sino también izar la suya bicolor. Pero transigir no fue lo que hicieron.

Lo que hicieron los holandeses fue elegir entre ellos al más bestia y, hemos de suponer, no muy inteligente: un boxeador profesional llamado Víctor Ploegman. Ploegman salió a la puerta del hotel con un bastón y se lio a hostias con los primeros indonesios que vio. Pero, claro, eran diez mil. Pocos segundos después, estaba huyendo hacia dentro del hotel y, de hecho, no terminó el día, ya que alguien, finalmente, lo apuñaló. El detallito no hizo sino poner más bestias a los pemuda, que entraron en el hotel, lo okuparon, subieron al tejado y, una vez allí, en un interesante gesto de economía de medios, arrancaron de la bandera la banda azul.

Los disturbios de Surabaya marcan un antes y un después porque fueron, en mi opinión, el pistoletazo de salida para una competencia entre los pemuda y los británicos. Los jóvenes indonesios tuvieron claro que los europeos habían llegado para reimponer el status quo colonial; y, por ello, decidieron no esperar, como les recomendaba Sukarno, a que se produjese un proceso reglado e internacionalmente sancionado de traspaso de soberanía. En un proceso medio calculado, medio espontáneo, los indonesios comenzaron a tomar los edificios oficiales y, entre otras cosas, tomaron el control de la red de transporte. Su objetivo era gobernar el país de facto antes de que alguien les designase gobernadores de iure.

Para Mountbatten, todo este proceso fue una gran, gran molestia. Un cambio de planes fundamental. Ya a finales de septiembre, le dijo a Van Mook y a Carlos de la Hostia (Charles van der Plas), su adjunto, que el gobierno británico había decidido que la función de sus tropas en Indonesia sería desarmar a los japoneses y liberar los campos de prisioneros. Pero que no asumirían el reto de controlar toda Indonesia a la espera de los holandeses. Les vino a decir, pues: si queréis controlar el archipiélago, montaros un ejército, y que tengáis suerte. 

En lo práctico, esto significaba que las tropas de Su Graciosa Majestad se asentarían en un grupo muy pequeño de ciudades portuarias desde las que podrían evacuar a los japoneses; en esas ciudades garantizaban el poder de la NICA; pero, más allá, el problema era de los neerlandeses en su propia mismidad. Mountbatten, por otra parte, le sugirió a los hombres de la NICA que negociasen con Sukarno; un consejo que no estaba mal dado, pero que también revela que el inglés, o no conocía, o no quería conocer, la realidad concreta del archipiélago, puesto que Sukarno ya no controlaba todo lo que decía controlar.

Mountbatten decidió nombrar al general Sir Alexander Frank Philip Christison, cuarto baronet Christison, como comandante en jefe del South East Asia Command. De camino a su curro, en Singapur, Christison le dijo a los periodistas que Gran Bretaña no tenía la menor intención de inmiscuirse en los asuntos internos de Indonesia, y se mostró partidario de que neerlandeses y locales iniciasen una negociación. En La Haya se pusieron como el puma de Baracoa. Los holandeses, que poco menos que inventaron la socialdemocracia, obviamente esperaban que otro trabajase por ellos; las declaraciones del nuevo comandante en jefe de las tropas aliadas en la zona les descubrieron que no; que ese río se lo tenían que remar solos.

El 29 de septiembre comenzó el desembarco en Yakarta de la primera brigada de Infantería India del Ejército británico. Eran unos 4.000 efectivos y, como se ha dicho, eran mayoritariamente indios. Aquel desembarco puso muy nerviosos a los indonesios, ya que en toda Asia las tropas indias del ejército British, y muy particularmente los gurkas de Nepal que iban en ellas, tenían un poco la misma fama de crueles que tenían las tropas moras en nuestra guerra civil. Aquel gesto, pues, extendía la sensación de que británicos y holandeses se estaban poniendo el cuchillo de capar gorrinos entre los dientes.

Para colmo, aquellas misiones británicas eran, en la percepción de los locales, como huevos Kinder rellenos de mierda. Con los soldados llegaron el almirante Helfrich; el teniente general Rudolf Hendrik van Oyen, comandante en jefe del KNIL; y Van Mook. Y no sólo eso: en las semanas siguientes, desembarcaron siete compañías del KNIL, casi todos venidos de Australia, aunque también había una formación de antiguos prisioneros de guerra que se había formado en Singapur.

A principios de octubre, Yakarta era una ciudad sin ley. En la excelente película El año que vivimos peligrosamente, se puede ver a indonesios en manifestaciones y por la calle con una cinta roja en la cabeza. Obviamente, el mensaje connotado es que aquélla fue una práctica generada por los comunistas indonesios; pero eso es inexacto. Los que empezaron a llevar una cinta roja en la cabeza fueron los pemuda, en el otoño de 1945. Buscaban ser claramente identificados por todos como lo que eran; y, de hecho, entonces no paraban de gritar, a cada momento, ¡bersiap!, es decir, ¡firmes! (algo así como el “José Antonio, ¡presente!”, que gritaban los falangistas después de la guerra). Los enfrentamientos comenzaron a ser continuados, con tiroteos en las calles.

En aquellas semanas fue cuando se produjeron los hechos más oscuros de la independencia de Indonesia. Muchos de los pemuda habían sido, apenas adolescentes, adoctrinados por los japoneses, que no son unos tipos que prediquen precisamente la paz mundial y el buen rollito general; y, para colmo, habían sido armados y formados en la ética militar en los diferentes cuerpos que habían creado los nipones. Japón, buscando jugar la carta del nacionalismo panasiático, convencido como estaba de que gobernaría sus océanos durante mil años a contar desde mediados del siglo XX, no se dio cuenta de que, además de darle de comer a las dos de la mañana, estaba duchando al gremlin. Y, probablemente, para cuando se dio cuenta, lo reputó una ayuda más que un problema, puesto que le generaba un obstáculo inesperado a quienes le habían vencido.

Como consecuencia de todo esto, los pemuda, por sí mismos o tal vez porque también alguien se lo susurrase al oído, se convirtieron, muy rápidamente, en una organización sádica y, se podría decir, genocida. Una organización que, además, y para más inri, cuando menos inicialmente no se cebó con los holandeses, pues los holandeses todavía estaban en los campos de prisioneros; la tomó con los indoeuropeos, que se llevaron la peor parte.

Los pemuda, como digo, practicaron una violencia gratuita y extremadamente cruel. Secuestraron, torturaron y asesinaron a familias enteras, muchas de las cuales, en puridad, no les habían hecho nada. Mataron niños reventándoles la cabeza contra la pared. Violaban a las niñas, les clavaban lanzas de bambú en la vagina y luego ya, en un gesto de generosidad, se las apiolaban. Se estima fueron miles sus víctimas, aunque es difícil de saber cuántos.

Por supuesto, siempre hay una manera de ver las cosas. La historiografía, de hecho, existe para eso. Los licenciados en Historia te dirán que la historiografía existe para descubrir y describir la verdad histórica; pero no es verdad. La historiografía, como el periodismo, como la literatura y las artes incluso, es, pura y simplemente, una herramienta de poder, y del Poder. La historiografía sirve para condenar lo que no le gusta al poder, y justificar aquello que no quiere ver condenado. Por eso, los historiadores más honrados te dirán que la Historia sólo lo es cuando han pasado por lo menos de 300 a 500 años entre el punto temporal en que describes el momento y dicho momento; es la única manera de que se pueda aspirar a que la ponzoña de los intereses del Poder no lo salpique todo. Y, la verdad, observando gilipolleces como los debates actuales sobre la Leyenda Negra o la Reconquista, la impresión es de que incluso esos esquemas se quedan cortos.

En torno al tema del periodo Bersiap, como muchas veces se lo denomina, yo creo que existen dos grandes visiones. La visión indonesia tiende, nos ha jodido, a ser bastante blanda. Como no puede negar los hechos, porque ahí están los cráneos aplastados y las vaginas hechas pulpa de niños de doce años, tiende a considerar que aquello fue una explosión que tuvo sus causas (nos ha jodido; en la Historia nada cae del cielo); para, automáticamente, pasar a cargar contra dichas causas, entre las cuales la primera, obviamente, es la ceguera uilemina. Ésta es una actitud que no es nueva: se produce mucho hoy en día cuando se juzgan los problemas de Oriente Medio (los palestinos son terroristas porque Israel no les ha dejado otro camino) y, de hecho, dominó la historiografía del siglo XX (la URSS reprime a su pueblo; pero de eso la culpa la tiene el aislamiento internacional de la Guerra Fría).

Del otro lado, están los holandeses. Gentes que, aunque por lo que sé ya van haciendo esfuerzos bastante notables (ésta es una de las pocas cosas bonitas que cabe agradecerle al tsunami woke), por lo general son una sociedad muy, pero muy, reacia a reconocer sus errores en las Indias Neerlandesas. Así las cosas, su capacidad a la hora de dotar a los factores que provocaron la violencia pemuda la importancia que sin duda tienen, es muy baja. 

Más allá, está el hecho de que el asunto del colonialismo holandés no suele interesar mucho más allá de los círculos nacional y culturalmente cercanos al mismo. Por no mencionar que a muchos licenciados en Historia, interesarse por este tema les supondría tener que desmontar su chiringuito. Si el día de mañana, a un historiador de la Universidad de Guanajuato se le ocurriese especializarse en el colonialismo holandés en Asia, en dos o tres años estaría saliendo a la calle con una bandera rojigualda a cantar Yo soy español, español, español, lolololo

Y, claro, no es plan.

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