No es nada personal, son negocios
Los primeros pasos
El nacimiento de Perhimpunan Indonesia
Mano dura
Japón, esa nación herida
¡Es el petróleo, estúpidos!
En dos días, seré comida para los peces
¿Amigo o enemigo?
Las semillas del odio
Le odio, pero no quiere decir que te ame
Independientes por la gracia de Nos
Que vienen los británicos
La espiral violenta
La batalla de Surabaya
Negociemos
Linggadjati
Raymond Westerling, el franquista de las Célebes
Los malos acuerdos generan malas soluciones
La invasión
Negociación de buenos oficios
Madiun
Yo no voy a ser Salvador Allende
Julianos aislados
... y Sukarno comenzó su meccano
La invención de un líder mundial
La misa-romería de Bandung
Desde enero de 1944, el jefe del NEFIS era Simon Spoor, quien con el tiempo sería nombrado comandante del Ejército neerlandés en Indonesia. Spoor, esto es lo importante, creía que la voluntad independentista indonesia era una fabricación japonesa.
El 28 de mayo de 1945, la comisión creada para estudiar las vías de la independencia indonesia se reunió por primera vez en Yakarta, mientras el puerto de Surabaya era bombardeado por los aliados. Eran sesenta y seis miembros, de los que sesenta eran indonesios, cuatro chinos, uno árabe y otro indoeuropeo, además de ocho japoneses que eran meros asesores.
El principal trabajo de la comisión durante aquel verano fue perimetral, es decir, fue definir los territorios que deberían considerarse parte de Indonesia. Cuestiones como si Malasia formaba parte de aquella unidad territorial o si lo era todo Borneo o solo Kalimantan; por no mencionar si Timor Oriental debía seguir siendo portuguesa, o la cuestión, siempre espinosa, de Nueva Guinea. Finalmente, tras mucho discutir, se optó por la solución más práctica: adoptar las fronteras de las Indias Neerlandesas.
El 1 de junio, Sukarno presentó ante la comisión una propuesta de, por así decirlo, armazón ideológico y patriótico de la nación resultante. Dictó cinco principios: nacionalismo o unidad estatal; internacionalismo o implicación internacional; formas democráticas; justicia social y distribución equitativa de la riqueza; y monoteísmo. A esto lo llamó Pancasila, es decir, los cinco pilares. Cinco principios que estaban pensados para darle algo a todos: nacionalistas, islamistas y comunistas.
Sukarno se preocupó muy especialmente por integrar a las ideologías. Pero, en realidad, el problema que tenía no era ideológico, sino generacional. Como líder experimentado que había visto crecer a todas las tendencias políticas dominantes en Indonesia, Sukarno las conocía y comprendía; pero lo que no alcanzaba a comprender era que en Indonesia había toda una generación: la generación de los que tenían más o menos entre 14 y 16 años cuando la guerra comenzó; gente a la que no conocía de nada.
Este indonesio entonces joven, digamos errejoniano, era un personaje que, primero, se había formado e ideologizado muy deprisa. La suya no era la historia de alguien que se pasa años leyendo hasta que llega a una síntesis. Eran jóvenes que habían pasado de cero a cien en cinco segundos, y cuya principal fuente de inspiración no era la reflexión, sino la vida. Habían vivido, en cuatro o cinco años, más experiencias de las que es normal vivir en una vida entera; y las habían vivido, digámoslo sin ambages, en un momento de sus vidas cerebrales en el que el ser humano es, básicamente, un retarded.
La consecuencia de todo ello era que a aquellas generaciones les pasaba, en realidad, lo mismo que a sus mayores. Igual que sus mayores no podían, por mucho que lo pensase la Uilemina, aceptar sin más un juego revuelto y la vuelta al estado colonial tras la guerra, los jóvenes tampoco podían aceptar la integración sin más en los movimientos y las disciplinas comandadas por sus mayores. Todos eran nacionalistas, islamistas o comunistas. Pero, por lo general, los jóvenes tendían a pensar que sus teóricos jefes eran demasiado pactistas y, sobre todo, habían sido demasiado blandos, cuando no directamente unos tragapenes, respecto del odiado japonés. Ésta era una crítica de la que Sukarno era el que menos se libraba; de la cúpula ideológica indonesia, en realidad, el único que se libraba, por haber sido más bien tibio con el dominador nipón, era Sjahrir (y lo pagó).
A todo esto hay que unir un factor crucial: muchos de esos jóvenes habían sido armados por el Ejército japonés, encuadrados en estructuras militares, y allí habían encontrado alimento perfecto para su autoestima. La juventud, por lo general, no está nunca dispuesta a aceptar el principio de que le falta experiencia para valorar según qué cosas. En las circunstancias vitales de aquellos jóvenes, esa cerrazón era total. Su sentimiento era claro: a ellos ningún pollavieja con gorrito les iba a decir cómo actuar, ni qué pensar, ni cuándo pensarlo.
Dijo una vez Jim Morrison: we want the World; and we want it now. De haberla conocido, tal vez ésta habría sido la divisa de aquellos jóvenes indonesios de posguerra. Independencia, hoy, ahora, en la mañana mejor que a la tarde. Éste fue el leiv motiv de un congreso juvenil celebrado en Bandung a mediados de mayo de 1945. Salieron de allí gritando Merdeka atau mati, es decir, independencia o muerte. Había nacido el movimiento pemuda, un término que, probablemente, no conoces, y eso es así porque, básicamente, existe una coalición oculta, formada por Indonesia y los Países Bajos, que no tiene ningunas ganas de que lo conozcas; y, sobre todo, porque nunca encontrarás una sola persona situada más o menos en el ámbito de la izquierda ideológica a quien este tema parezca interesarle.
Los pemuda estaban por todas partes en el ámbito político y militar de aquella Indonesia. El PETA estaba petado de ellos, obviamente, como lo estaban el Barisan Pelopor y el Barisan Hezbolá, y el Seinendan, y el Keibodan, o los heiho. En todas partes, cada vez que algún adulto decía algo, aparecía siempre cuando menos uno de esos jóvenes sudorosos que, moviendo una mano como un rapero, comienza a escupir argumentos como si fuesen ositos Haribo. Un último detalle sirvió para incrementar su crecimiento, y fue la decisión de MacArthur de olvidarse de Indonesia tras Morotai, para dirigirse a Filipinas. Aquello aplazó la llegada de los aliados a las islas, algo que les dio alas.
El día que se lanzó la bomba sobre Nagasaki, 9 de agosto de 1945, Sukarno y Hatta estaban tomando un avión. Viajaban a Saigon, sede de la comandancia general japonesa del sudeste asiático. Iban para entrevistarse con el comandante, conde Hisaichi Terauchi. Terauchi, obviamente, sabía entonces que Japón había perdido la guerra; y, si no sabía, sí se maliciaría que la rendición estaba muy cercana. Así pues, desplegó ante los indonesios un trampantojo de generosidad: el gobierno nipón había decidido conceder la independencia a Indonesia.
Sukarno y Hatta regresaron a Yakarta el 14 de agosto. Disolvieron la Comisión Preparatoria de estudio de la independencia, y crearon una nueva Comisión Preparatoria, más pequeña, para que se metiese en harina de verdad. En la misma había un asesor especial, trece javaneses, cuatro sumatranos, cinco naturales del resto de islas y un chino; todos bajo la presidencia de Sukarno y la vicepresidencia de Hatta. Se reunieron por primera vez el 18 de agosto.
Esta comisión, no lo olvidéis, todavía estaba, digamos, vigilada por los japoneses. Fueron miembros de la misma: Sukarno y Hatta; los javaneses K. R. T. Rajiman Wediodiningrat, R. Oto Iskandar di Nata, Abdul Wahid Hasyim, Ki Bagus Hadikusuma, B. K. P. A. Soerjohamidjojo, B. P. H. Poerbojo, Mas Studarjo Kertohadikusumo, R. P. Suroso, y R. Abdul Kadir. Por Sumatra: Muhammad Amir, Teuku Muhammad Hasan, Abdoel Abas y Rahmah el Yunusiyah. Por el resto de las islas: Sam Ratulangi (Célebes), Andi Pangerang Pettarani (Célebes), A. A. Hamidhan (Borneo), I. Gusti Ketut Pudja (Pequeñas Islas Prostáticas, también llamadas Islas Menores de la Sonda, donde está Bali), Johannes Latuharhary (Molucas). Y, finalmente, el chino Yap Tjwan Bing. Posteriormente, y sin la aquiescencia japonesa, se añadieron: Achmad Soegardjo, javanés y futuro ministro de Exteriores, como asesor; Sayuti Melik, javanés; Ki Hajar Dewantara, también javanés; R. A. A. Wiratakoesoema, medio javanés medio de la Sonda; Kasman Singodimedjo, javanés; e Iwa Koesoemasoemantri, también medio javanés, medio sondado.
Pero claro, en esa reunión tal vez varios de los alegres indonesios no alcanzaban a saber que, tres días antes, el 15, Hiro Hito había dicho hasta aquí llegó la broma.
Todo parece indicar que, cuando menos para la mayoría de los hombres implicados en la independencia indonesia, la rendición les pilló por sorpresa. Todo el mundo esperaba que Japón aguantase más. El día antes de la rendición, Sukarno, Hatta y Shjarir se habían reunido. El tercero de ellos era partidario de proclamar la independencia ya, sin la autorización de los japoneses; Sukarno y Hatta, sin embargo, querían ir de la mano de Tokio, a quien ya tanto le habían sacado. El mismo día en que el emperador se estaba rindiendo, Sukarno y Hatta se fueron a ver al almirante Tadashi Maeda, un militar que tenía bastante simpatía por la causa indonesia. Fue él quien les informó de la rendición. La noticia les pilló con los pantalones bajados. Las cosas como son, aunque ahora no mole mucho decir esto, Sukarno, el líder de la independencia Indonesia, había apostado fuerte, y seguía apostando el 15 de agosto, por conseguir la independencia de Indonesia de manos de una potencia fascista imperialista invasora como era Japón; algo de lo que, obviamente, se habría de olvidar muy pronto, cuando invitó a Bandung a las potencias dizque no alineadas.
Sukarno quería una independencia formal, ratificada por un aplauso asambleario. Pero la pinta que tenía el tema ya no era ésa. Los pemuda, conforme se fueron enterando de la rendición y la cercanía de la independencia por Radio Macuto, o simplemente porque se oliesen la tostada, comenzaron a acaparar cuchillos y hachas en las casas, para tomar lo que era suyo de la forma que ellos querían: escrachando.
Una delegación de jóvenes visitó a Sukarno. Le dijeron que estaban dispuestos a morir por la causa y todo eso; pero, la verdad, en esa entrevista el único que mantuvo la cabeza fría, tal vez por llevar un ventilador escondido en el gorrito, fue Sukarno. El futuro líder de Indonesia tenía las cosas claras: aquellos tipos lo que querían era repetir la revolución comunista de 1926; y terminarían igual. Les dijo: vale, tomaréis Yakarta. Pero, ¿habéis mirado el puto mapa, aunque sólo sea de la isla de Java? Este tipo de matices, al alegre grupo de tuiteros licenciados en Historia que habían ido a verle, le importaron un cojón. Le dijeron que debía proclamar la independencia aquel mismo día.
A las cuatro de la mañana del día 16, otro grupo de pemuda visitó a Sukarno y Hatta. Entre los visitantes se encontraba uno de los líderes nacionalistas más radicales, Chaerul Saleh. Los visitantes informaron de que la revolución estaba a punto de comenzar. La comisión de pemuda estaba allí para tratar de salvarlos; lo cual nos da el dato de que los propios impulsores de la revolución sabían que no podrían controlarla y que, por lo tanto, los líderes nacionalistas, en tanto que conniventes con el japonés, también podrían ser objetivo de la violencia. Sukarno, que horas antes, en la entrevista previa con los pemuda se había mostrado muy gallito (incluso les había ofrecido chulescamente el cuello para que se lo cortasen), esta vez no se lo pensó, y se tiró en plancha al coche que le habían preparado, junto con Hatta. Los llevaron a una ciudad llamada Rengasdengklok, el Eibar de los indonesios puesto que allí los PETA ya habían proclamado la república indonesia.
Lo cierto, sin embargo, es que aquello fue el famoso fuese y no hubo nada cervantino. En Yakarta no hubo levantamiento; y , a la vista del giro nada dramático de los acontecimientos, Sukarno y Hatta permanecieron impasible el indonesio en la idea de que la independencia había que proclamarla con el nihil obstat japonés (o sea, el hantai suru mono wa nani mo arimasen).
Habréis observado que los pemuda no habían encontrado necesario sacar a Sjahrir de Yakarta. Este detalle aumentó las suspicacias del padre de la patria indonesia hacia su compañero de fatigas; de hecho, pensó que todo había sido una añagaza de Sjahrir. Poco a poco, se fue dando cuenta de que estaba más secuestrado que protegido. Pero su ventaja fue que los japoneses sabían que estaba allí; tras unas horas, Maeda lo hizo liberar.
En la noche del 16 al 17, Sukarno y Hatta se reunieron de nuevo con Maeda y otros altos oficiales japoneses. Maeda les explicó a los atribulados indonesios que las cosas no eran exactamente como ellos imaginaban. La capitulación de Japón era un texto muy extenso en el que, además de la rendición militar, había otras cláusulas. Los aliados, ganadores de la guerra del Pacífico, no podían aspirar, con la misma capacidad que habían tenido en Europa, a llegar simplemente a los territorios de los alemanes y comenzar a dominarlos ellos. Esto, en realidad, ni siquiera fue cierto en Europa, ya que en el brezal, de Luneburgo se pactaron condiciones por las cuales hubo unidades alemanas que siguieron armadas, encomendadas ahora del orden público.
La capitulación de Japón le impuso al Imperio la misma condición: debía mantener el statu quo de los territorios que había ocupado. Esto suponía, interpretaba Maeda (e interpretaba bien) que ya no había margen para declarar la independencia. Ítem más: la capitulación había declarado disueltas todas las instituciones creadas por el poder japonés; y eso incluía a la comisión preparatoria de Sukarno. Literalmente, pues, la situación era: la capacidad que tenían los Países Bajos de retomar lo que una vez fue suyo era muy relativa; pero la capacidad de quienes sí estaban sobre el terreno de actuar en consecuencia e izar la bandera bicolor era de la misma condición.
Quedaba, ciertamente, una opción: justo la que no le gustaba a Sukarno y Hatta, pero sí a Sjahrir; y esto no es tema baladí, porque aquí ya se estaba jugando, y todos lo sabían, el ajedrez de quién estaría en el poder de la Indonesia independiente. Esa opción era que los indonesios se alzasen por ellos mismos y se hiciesen una independencia L'Oreal. El general Takuma Nishimura, gobernador militar de Sumatra, presente en la reunión, vino a decirles a los indonesios que, en el momento en que planteaban esa opción delante de un japonés, dejaba de ser posible, porque el poder nipón no tendría otra que impedir ese movimiento. Eso sí, dijo cínicamente, si esto ocurriese sin su conocimiento, ya sería otra cosa. Esto era todo lo que los japoneses ofrecían: hacer como que tenían los ojos cerrados; que no deja de ser algo que, la verdad, se les da muy bien.
Aquella noche la pasó Fatwamati, la esposa de Sukarno, cosiendo la primera bandera nacional; mientras que los dirigentes pulían, hasta la madrugada, el texto de un discurso. Dieron muchas vueltas, pero al final se decidieron por algo directo y sin adornos: Nosotros, el pueblo de Indonesia, declaramos por la presente la independencia de Indonesia. Los temas relacionados con el traspaso de poder y otros asuntos se ejecutarán de manera ordenada y en el menor tiempo posible. El documento iba firmado por Sukarno y Hatta. Se situaba en Djakarta, que es el topónimo japonés de Yakarta; y se fechaba el 17/8/5, en alusión al año 2065 del calendario imperial japonés. Los redactores, pues, hicieron todo lo posible por lanzar la idea de que Japón estaba en el ajo; pero sin declararlo, cosa que Nishimura nunca les habría permitido.
Este texto es lo que se conoce como la Proklamasi; y si hay un indonesio que no sabe lo que es, eso será porque ha vivido toda su vida en un agujero.
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