miércoles, febrero 11, 2026

Indonesia (12): Que vienen los británicos


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¿Amigo o enemigo?
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Le odio, pero no quiere decir que te ame
Independientes por la gracia de Nos
Que vienen los británicos
La espiral violenta
La batalla de Surabaya
Negociemos
Linggadjati
Raymond Westerling, el franquista de las Célebes
Los malos acuerdos generan malas soluciones
La invasión
Negociación de buenos oficios
Madiun
Yo no voy a ser Salvador Allende
Julianos aislados
... y Sukarno comenzó su meccano
La invención de un líder mundial
La misa-romería de Bandung


 

Indonesia es uno de los grandes desconocidos de la segunda guerra mundial. Las Naciones Unidas han estimado que la conflagración provocó cuatro millones de muertos en el archipiélago, de una población de sesenta y ocho millones. Esto supone que puede calcularse que la guerra dañó a la población indonesia tanto como si la guerra civil española hubiese durado desde 1936 hasta finales de los años sesenta. Indonesia es el quinto país del mundo con más muertes (tras la URSS, China, Alemania y Polonia); pero, ojo, es el primero en muertes de civiles. En la URSS, y es una tasa brutal, el 58% de las muertes soportadas lo fueron de civiles; en China, fueron del 81%; en Polonia, el 96%. Pero en Indonesia el 99,7% de los muertos fueron civiles. Indonesia, por lo tanto, no luchó en una guerra; tan sólo la soportó. En otras palabras: no existe en el ámbito de los pueblos de la posguerra mundial uno solo en el mundo que mereciese más el acceso a sus derechos y, por lo tanto, a su independencia. Sin embargo, igual que pasó en todo el sudeste de Asia, el mundo occidental no tenía demasiadas ganas de reconocer esos méritos.

En los primeros albores de la paz, el principal báculo con que contaban los Países Bajos, no sólo en Europa sino muy particularmente en Asia, era Reino Unido. Los británicos llevaban desde la primavera de 1944 realizando acciones para liberar Sumatra. Esta isla era su objetivo porque es la que hace pandán, por así decirlo, con Malaca, Birmania y Singapur, que eran los verdaderos puntos de anclaje de Su Graciosa Majestad en el área. El resto del archipiélago se lo dejaba Londres a los verdaderos combatientes de la guerra del Pacífico, es decir, los estadounidenses.

Como ya hemos dicho, tras obtener unos primeros y prometedores éxitos en Nueva Guinea, MacArthur había decidido cambiar de senda y liberar Filipinas. Atacar las Filipinas era una acción mucho más lógica vista desde el punto de vista del Estado Mayor de Washington. La presencia e influencia estadounidense en las islas ya venía de atrás, para empezar; EEUU podía aspirar a conseguir en Filipinas un recio aliado en la zona, situado además en el patio de atrás de Japón, por lo que el país ofrecía indudables ventajas, tanto bélicas a corto plazo, como geopolíticas a largo plazo. Las Indias Neerlandesas, sin embargo, le presentaban a los estrategas estadounidenses muchas más incertidumbres. Los Países Bajos eran un país aliado, y si reclamaba lo suyo sería difícil negárselo; mucho menos para construir una especie de protectorado estadounidense.

Así las cosas, la Casa Blanca consideró que lo más lógico era decirle a Lord Mountbatten, entonces el jefe militar supremo en el sudeste de Asia, que el tema indonesio era cosa de los británicos. Aquella oferta fue un caramelo envenenado para Londres. Los británicos (el mismo problema que tuvieron los franceses en Viet Nam) tenían relativamente pocos efectivos destacados en Asia; pero no podían pensar en cambiar eso, porque en un Reino Unido que estaba levantándose de la guerra, dictar una nueva leva, además para irse a servir a donde Cristo perdió las memorias de Miguel Lacambra, habría sido totalmente impopular. Todo eso, sin mencionar que el inesperado cambio de gobierno, inesperado para cualquiera menos para los británicos, por el cual Winston Churchill fue sustituido por el laborista Clement Attle, hacía el tema todavía mucho más difícil.

Reino Unido, sin embargo, tenía su orgullo. No podía decir que no. Decir que no habría retrasado el final de la guerra del Pacífico, puesto que habría supuesto una dilución de la fuerza que EEUU estaba poniendo en juego frente a Japón; y lo que es más importante, habría deteriorado el prestigio internacional de una nación que, en ese momento, vivía prácticamente de eso, ocultándole al mundo durante décadas que se había convertido en el cubo de basura improductivo y dividido que es a día de hoy, y que, a causa de una cosa llamada Brexit, ya no puede esconder.

En consecuencia, cuando los aliados se reunieron en Postdam, en julio de 1945, la zona de operaciones británica en Asia fue ampliada. Los franceses, siempre tan cucos, habían conseguido situarse en Yalta dentro de la nómina de potencias ganadoras de la guerra (cosa que es una puta mentira de mierda, y para cuyo apuntalaje se inventaron mitos de cartón-piedra como el de la Guesistans); pero en Postdam, cuando llegó el momento de pagar parte de la comanda, dijeron que se habían dejado la cartera en casa. En consecuencia, el SEAC, o South East Asia Command, es decir el ámbito de mando británico, y que abarcaba Malaca, Birmania y Sumatra, fue ampliado a la Indochina francesa, Tailandia, las Islas Neerlandesas y el Timor Oriental portugués. Londres, en corto, se convirtió en el matón de las potencias coloniales en Asia. El traspaso de este mando se produjo con efectividad el 15 de agosto; es decir, el mismo día que Japón se rindió.

Encontrarse, el 16 de agosto, con un Japón derrotado, un archipiélago bajo responsabilidad británica, y unos nacionalistas interiores que habían declarado la independencia, dejó en shock a los uileminos. Las cosas como son, los holandeses, que son unos socialdemócratas de puta madre y, consiguientemente, tienen la esperanza permanente de que el trabajo lo haga otro, no sabían muy bien qué pensar de la nueva situación. Su ciudad de referencia ahora era Londres, pero ellos habrían preferido Washington. En Londres estaba un señor, el calvo Attle, al que le faltaba el canto de un duro, si es que le faltaba, para ser un anticolonialista decidido; mientras que en Washington quien estaba era un señor que, cada día que pasaba, daba más la impresión de estar dispuesto a hacer lo que hiciese falta para ponerle cortafuegos al comunismo; y en ese tablero, La Haya podía poner muchas fichas. 

Washington, además, tenía mucho más poder militar que Londres; y no se olvide que estamos hablando de domeñar más de 10.000 islas. Las cosas como son, en Brisbane la NICA, y su jefe el político-bocina, siempre habían creído que serían los Estados Unidos los que partirían la nuez moscada en la Indonesia de posguerra. Eran las amistades americanas las que habían cultivado, y de hecho Van Mook y MacArthur se llevaban bastante más que bien, a pesar del carácter básicamente arisco del general (bueno, los holandeses por lo general suelen ser bastante ariscos, así que ahí había base). Ahora, sin embargo, todo ese trabajo tragapénico se iba a la mierda. El piso resultó tener otro casero, bastante más estirado y que, por lo general, estaba, como dicen los franceses, sur la paille.

Ni qué decir que Países Bajos, como todos los demás aliados que no eran el trío de la bencina, no había estado en Postdam. Ni siquiera como observador, o para retirar los ceniceros. Tampoco tenía ejército, como no fuera la gente que había reclutado en Europa, más unos cuantos más que logró entrenar en Australia y Estados Unidos.

En Indonesia, el general Takuma Nishimura había cumplido su palabra. Sobre el papel, la declaración de independencia que Sukarno leyó a la puerta de su casa se había producido sin conocimiento de los nipones; así pues, no hizo nada. Con el tiempo, se sabría que Maeda le había prestado a Sukarno alguna imprenta, teléfonos y telégrafos, para difundir su proclama. Pero esos detalles no cambiaban el retrato general. Japón tenía 300.000 efectivos en el archipiélago, 60.000 en Java; pero, como digo, no hicieron nada y se quedaron como Quevedo, que ni sube, ni baja, ni está quedo. Aunque cierto es que, una semana después de la Proklamasi, desarmaron a los PETA y a los heiho, en parte porque se lo exigía el espíritu de los acuerdos de capitulación, en parte para evitar males mayores.

La noticia llegó a Bandung justo después de comer el día 17, y en la tarde comenzó a ser radiada. Pero todo eso no cambió los planes de Mountbatten. El comandante en jefe había decidido que sus esfuerzos se centrarían en lo que verdaderamente le interesaba como inglés, es decir Malaca y Singapur; que luego cumpliría sus compromisos con los putos franceses entrando en Indochina y Tailandia; y sólo después sus tropas pondrían proa hacia el sur. Mientras tanto, los japoneses deberían mantener las cosas a raya. La consecuencia fue que las tropas británicas, excepción hecha de alguna hormiguilla que llegó antes, no comenzaron a desembarcar en Indonesia hasta casi dos meses después de la Proklamasi, el 4 de octubre. Durante todo ese tiempo, Van Mook se desgañitó solicitando de los británicos un cambio de calendario.

La lentitud británica, sin embargo, no cambió la idea de que la función de los aliados en las Indias Neerlandesas sería mantener su statu quo de antes de la guerra. En el mundo había muchas cosas que estaban cambiando después de la guerra; pero esos cambios, por así decirlo, eran mucho más urgentes que los de unos puñeteros aceitunados perdidos en una esquina del mapamundi. En realidad, la única solidaridad occidental que recibieron los indonesios que se pueda calificar como tal fue la de sus vecinos pálidos, los australianos. Muy especialmente, los sindicatos australianos, llegados a la causa nacionalista indonesia a través de sus ideas sobre la solidaridad y todo eso, comenzaron a presionar, boicoteando en los puertos los envíos para las Indias Neerlandesas. Esto, sin embargo, no hizo sino agravar la situación, puesto que con los japoneses silbando, los británicos sin llegar, y los suministros bloqueados, Indonesia se encontraba en una especie de agujero negro.

Sukarno y su gente, sin embargo, no se quedaron quietos. El 18 de agosto, un día después de proclamar su independencia, el comité preparatorio de dicha independencia aprobó el texto de una nueva Constitución, preparada durante los años de dominación japonesa. La decisión con mayor calado fue la de convertir Indonesia en una república unitaria y no federal, que es lo que probablemente habría sido más lógico mirando el mapa. Sukarno y Hatta, para sorpresa de nadie, fueron elegidos presidente y vicepresidente. El 19 de agosto se crearon ocho provincias. El 21, Sukarno hizo un llamamiento para que en todas partes se creasen una especie de mezcla entre juntas revolucionarias y soviets, es decir grupos de afinidad destinados a asistir a la Administración general. El 22 de agosto se fundó el Badan Keamanan Rakyat, BKR, o Cuerpo Nacional de Voluntarios. El 27 se reunió por primera vez el KNIP o Komité National Indonesia Pusat o Comité Nacional Central Indonesio, embrión de parlamento. El 31 de agosto se formó el primer gobierno. El 1 de septiembre, Sukarno decretó que la bandera bicolor ondease en todos los rincones del país.

Hasta aquí, la jugada de Sukarno le había salido genial. Los japoneses, presentes en las islas, contemplaban todo el proceso con total indiferencia, y sólo se mostraban dispuestos a reaccionar si, por algún casual, a alguien se les ocurría atacarlos. Los británicos ni siquiera eran una delgada línea en el horizonte. Los holandeses residentes seguían teniendo una vida en semi reclusión, y desde luego no hacían el mínimo gesto de tratar de retomar sus antiguos puestos y posesiones. Estaba claro que había habido un vacío de poder que Sukarno había sabido llenar; y el gesto había colmado los deseos de los pemuda, que ahora lo amaban.

Así vivieron hasta el 1 de septiembre. El 2, se produjo la firma formal de la rendición japonesa, y también los primeros movimientos británicos en Indonesia.

El 8 de septiembre, cuatro paracaidistas británicos aterrizaron en Kemayoran, el aeropuerto de Yakarta. Llegaron para trabajar con los prisioneros de guerra, algunos de los cuales estaban en muy mala situación. Una semana más tarde, en Tanjung Priok, atracó el primer barco británico; poco después, atracó uno holandés, que venia literalmente cargado de burócratas. Para entonces, hacía días que Mountbatten y Van Mook se habían entrevistado en Ceilán. El miembro de la familia real se comprometió ante el uilemino a que los británicos asumieran el desarme de los japoneses, el cierre de los campos de prisioneros, y la puesta a punto del país, por así decirlo, para el regreso de la Administración. Únicamente dejarían fuera de su zona de acción las islas más orientales del archipiélago, que serían asumidas por británicos de vocales abiertas, es decir, australianos.

El problema de aquella entrevista es que los dos interlocutores estaban muy pobremente informados; especialmente Van Mook, quien en ese momento vivía en unos mundos de Yupi uileminos que ríete tú de la actitud de las derechas conservadoras francesas en ese mismo momento con el tema de Indochina. Van Mook apenas sabía nada del movimiento pemuda en Indonesia; y Mountbatten, aunque algún que otro episodio había visto en Netflix ya, no había prestado mucha atención. Ambos interlocutores, de hecho, estaban básicamente influidos por el dato, incontestable, de que en Morotai MacArthur había entrado como un cuchillo caliente en la mantequilla. Pero Morotai estaba en la periferia de Indonesia. Aquello era como juzgar la actitud de la ciudad de Madrid basándose en datos sacados en Lugo. Ambos, pues, se tomaban la Proklamasi como una especie de jueguecillo de tronos entre politicastros más bien torpes. Pensaban que en cuanto dos o tres paracaidistas ingleses se mostrasen por las calles de Yakarta e hinchasen bíceps, allí todo el mundo se iba a acojonar. 

Van Mook sabía que en las islas más exteriores, que habían sido rápidamente liberadas porque allí la presencia japonesa nunca había sido intensa, la bandera tricolor había vuelto a ondear sin problema, y los nativos cantaban el Wilhelmus. Y, como os digo, pensaba que en todas partes iba a ser igual. Sabía, desde luego, que Sukarno y Hatta habían declarado la independencia. Pero, en una conexión mental que no cabe criticarle porque lo cierto es que tiene plena lógica, consideraba que los dos políticos indonesios no eran sino colaboracionistas con los japoneses. En consecuencia, apostaba por que, cuando llegasen los británicos e impusiesen su poder y su justicia de posguerra, Sukarno y Hatta, y con ellos su Proklamasi, habrían de caer en el pozo de la ilegalización, cuando no de la exigencia de responsabilidades penales.

Mountbatten, sin embargo, fue más fino. Cuando Van Mook le vino a decir que esperaba que invalidase la independencia, le contestó echa el freno, Madaleno. Código de Hammurabi en mano, le dijo el inglés, no soy yo quien tiene que disolver esa mierda: son los japoneses. En otras palabras: yo no me como marrones que no son míos. Yo, a mis soldados, los he llevado a Yakarta para que se tomen unas buenas birras y conozcan a chicas bonitas mientras toman posesión de oficinas, archivos y arsenales. Pero no los he enviado a que se tengan que dar de hostias con un pueblo.

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