lunes, febrero 09, 2026

Indonesia (10): Le odio, pero eso no quiere decir que te ame


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El nacimiento de Perhimpunan Indonesia
Mano dura
Japón, esa nación herida
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En dos días, seré comida para los peces
¿Amigo o enemigo?
Las semillas del odio
Le odio, pero no quiere decir que te ame
Independientes por la gracia de Nos
Que vienen los británicos
La espiral violenta
La batalla de Surabaya
Negociemos
Linggadjati
Raymond Westerling, el franquista de las Célebes
Los malos acuerdos generan malas soluciones
La invasión
Negociación de buenos oficios
Madiun
Yo no voy a ser Salvador Allende
Julianos aislados
... y Sukarno comenzó su meccano
La invención de un líder mundial
La misa-romería de Bandung


Los uileminos nunca fueron muy listos en su gestión en Indonesia. Pero lo cierto es que imputarles a ellos la desgracias de los nativos tras la invasión japonesa, y muy especialmente de los javaneses, es notablemente injusto. No fueron los holandeses, al fin y al cabo, los que crearon el ejército de romusha, de trabajadores forzados sin derechos, muchos de ellos carne de tortura diaria, que los japoneses emplearon para sus proyectos de infraestructuras. Y, de hecho, a menudo se olvida que, en su labor de atraer a los batallones de trabajo a una población que era obviamente renuente a ello, tuvieron un aliado en Sukarno, quien no paró de llamar a la población a participar en aquel proyecto que segó centenares de vidas de los suyos, haciéndose incluso fotos en las que, pretendidamente, participaba él mismo en las labores (en plan Feijóo apagando montes con vaqueros de Pierre Balmain).

Era sólo cuestión de tiempo que la ilusión japonesa se disolviese y, una vez disipada la niebla, cuando menos algunos indonesios comenzasen a verlos como lo que verdaderamente eran. Esto comenzó a ocurrir a principios del año 1944. En Tasikmalaya, una ciudad, más que mayoritaria, aplastantemente musulmana, los ulemas comenzaron a predicar contra el sistema impositivo japonés, el régimen de los romusha y el trato hacia las mujeres, entre otras cosas (los ulemas criticando el trato a las mujeres; ahí tienes la medida de cómo se portaban los japoneses con las tías). En una de esas sesiones de los viernes, la Kenpeitai tuvo la gran ocurrencia de presentarse en el interior del templo. El resultado de la merienda-cena que siguió a su entrada fue la muerte de dos japoneses. 

Al día siguiente hubo manifestaciones con casi un centenar de muertos y unos 800 detenidos, entre los cuales 23 fueron ejecutados. En Java occidental también comenzó a haber muchos problemas, con su consecuente represión. En octubre de 1944, la situación se hizo especialmente dura en Emplawas, una ciudad costera al norte de las Molucas, en la isla de Babar. Babar vivía, fundamentalmente, de plantar tabaco; pero el tabaco se había desplomado de precio. Aquel octubre, un comerciante japonés se presentó en Emplawas para llevarse un cargamento de tabaco para el Ejército nipón que había adquirido. Ya en el puerto, parece ser, el japonés dijo que pagaría un precio que sus surtidores no consideraban que era el que se había pactado. Una cosa llevó a la otra y, al final, los íncolas de Babar le cortaron al japonés los dedos de las manos y de las piernas, le rajaron la lengua, le metieron una lanza por el culo y lo colgaron de un árbol. Conscientes de lo que habían hecho, tomaron a sus mujeres y niños y los internaron en la selva, mientras enviaban mensajes a otras poblaciones vecinas, donde el personal se rebeló y acabó matando a dos militares japoneses.

Los japoneses acabaron por volver, claro. Detuvieron a centenares de hombres, a los que sometieron a constantes sesiones de tortura antes de asesinarlos. Luego lograron convencer a las mujeres de que podían volver de la selva, pero era un engaño. Cuando las mujeres volvieron, seleccionaron a las veinte que estaban más buenas y al resto se las apiolaron allí mismo. De las veinte tías buenas no se volvió a saber. En total, asesinaron a 500 de los 700 habitantes de la isla.

Todas aquellas cosas pasaban, como siempre en las situaciones bélicas y en buena parte de las no bélicas, en medio de una censura total en la que este tipo de temas no se publicitaban. Los Niponrrondos de turno, obviamente, nunca se enteraban de nada. Pero eso casi nunca le ha pasado a la gente, y todo se acaba sabiendo. Los indonesios, pues, a pesar de ser muchos de ellos miembros de poblaciones rurales aisladas, en no pocos casos emplazados en islas con comunicaciones deficientes, acabaron por darse cuenta del muy mal negocio que había supuesto plegarse al “liberador” asiático; más que nada porque todos percibían un claro deterioro en su calidad de vida. Esta convicción, cada vez más generalizada, también tenía, por lógica, que afectar a quienes habían apostado por el japonés; y nadie había apostado más que Sukarno. Por eso, el líder nacionalista indonesio comenzó una discreta política de acercamiento a la resistencia, tratando de amigarse en lo posible con los aliados; consciente de que, con las opciones estratégicas que había tomado, si los aliados hubieran tomado Indonesia en 1944, la independencia habría sido totalmente imposible, ya que apenas habrían contado sino con el apoyo de los uileminos, pasando completamente de la población local.

Para entonces, la Kenpeitai estaba convencida de que elementos del viejo poder holandés y elementos politizados indonesios estaban conspirando conjuntamente. Por eso, escalaron la represión indiscriminada, con unas 1.500 ejecuciones para las que no hubo sumario, juicio, ni sentencia, en Kalimantan. La única rebelión militar se produjo en febrero de 1945. En dicha fecha, unos 400 efectivos de los PETA en Blitar, dirigidos por un suboficial llamado Soepriadi, decidieron usar sus armas para liberar a unos centenares de presos. Aquel movimiento fue contrarrestado y reprimido por los japoneses; pero de una forma relativamente suave (seis ejecutados nada más). Claramente, a Tokio le había impresionado el dato de haberse encontrado con una resistencia armada desde las propias unidades que había creado. Aquello era una señal de que el sentimiento anti japonés era demasiado amplio. Apenas dos semanas después, en la capital de Japón se creó un grupo de trabajo para el estudio de alguna forma de independencia para las islas indonesias.

Soepriadi, que es un héroe nacional indonesio, estuvo en su rebelión en contacto con Sukarno, quien para entonces, como ya os he dicho, colaboraba con los movimientos de resistencia. Tanto es así que, dado que nunca se encontraron pruebas de la muerte de Soepriadi, que fue visto por última vez el 14 de febrero de 1945 en la ladera sur del monte Kelud, cuando formó su primer gobierno indonesio, Sukarno nombró a Soepriadi ministro de Defensa Nacional, se especula que buscando que apareciese; pero eso nunca pasó. En consecuencia, la mayoría de fuentes históricas serias señalan el 14 de febrero de 1945 como su muerte; pero, al tiempo, las fuentes oficiales indonesias insisten en que fue nombrado ministro el 17 de agosto de dicho año. Soepriadi, pues, sobrepuja al Cid. Pues si Rodrigo Díaz de Vivar logró ganar una batalla después de muerto, Soepriadi logró algo bastante más complicado: ser ministro.

En Londres y en 1944, el gobierno holandés en el exilio había creado la NICA o Netherlands Indies Civil Administration, con sede en Brisbane, Australia. Más o menos al frente de todo ello estaba Van Mook, el hombre a quien los uileminos habían encargado la formación de una especie de vanguardia funcionarial, que debía tomar el control de las Indias Neerlandesas una vez que los japoneses fuesen desalojados.

La pinza sobre Indonesia comenzó en abril de 1944, cuando el general Douglas MacArthur comenzó a atacar Hollandia, en la costa norte de Nueva Guinea. El 22 de abril, 50.000 solados aliados desembarcaron allí. Los japoneses, que meses después se harían famosos por su resistencia numantina, en ese momento estuvieron más moderados, y decidieron huir a la selva. Dos días después de los militares aliados, fundamentalmente estadounidenses, llegó la NICA. Los japoneses huían más hacia el norte, atravesando la selva; pero allí fueron atacados por los papúas, que estaban, cuarta arriba, cuarta abajo, hasta los cojones de ellos, además de tener la costumbre de atacar a todo aquél que hollaba sus selvas. Los papúas, las cosas como son, han sido de toda la vida bastante fieros y cabrones.

El factor fundamental de aquella hostilidad, sin embargo, era que la NICA les había prometido 25 céntimos por cada japonés que le trajesen ya escabechado; aunque, para facilitar la transacción, todo lo que tenían que traer los papúas era una oreja del finado. La consecuencia de todo esto es que, de los 11.000 soldados japoneses que huyeron a las selvas, salieron de ellas poco más de un millar. Los padecimientos de los japoneses en aquel ejercicio real de supervivencia fueron muchos y, entre las cosas que hubieron de hacer, también se contó el canibalismo. Esto es algo que los japoneses estuvieron mucho tiempo sin querer saber, más que desconociendo. Aunque ese silencio fue roto por una película documental, El ejército desnudo del emperador sigue marchando, de 1987. Una peli que os recomiendo vivamente, empapada como está de esa honda tristeza asiática de los poemas chinos y japoneses.

En junio de 1944, pocos días después del desembarco de Normandía, MacArthur conquistó la isla de Biak. Puede parecer poca cosa, pero no lo es: con ello, adquirió terreno para construir aeródromos, que le eran muy necesarios. A lo largo de julio y agosto, Nimitz tomó Saipan y Guam, dos de las Marianas desde las cuales los estadounidenses adquirieron la capacidad de llegar a Japón en rango de bombardero B29. De hecho, la pérdida de las Marianas fue un golpe tan duro para los japoneses que Tojo (o sea, el primer ministro japonés; no el de Comisiones Obreras) tuvo que dimitir. Impasible el americano, el ejército USA siguió avanzando, y en septiembre estaba en Morotai, la isla moluca situada más al norte; desde allí, si tiras un lapo, le das en el ojo a un filipino.

En Morotai, los estadounidenses montaron una gran base militar. Y no es para menos. Tenía que ser la punta de lanza para tomar Filipinas; pero también, cosa que nos importa mucho más para las notas que aquí redactamos, para tomar Borneo. En Morotai, sin embargo, hay una estatua dedicada a un japonés: Teruo Nakamura. Nakamura no quiso entregarse al enemigo y por ello inició la retirada. A pesar de ser una persona con teórico escaso fervor patriótico (era de Taiwan, y había sido reclutado a la fuerza), Teruo se adentró en la selva. En realidad, quizás fue su falta de patriotismo lo que le salvó, pues la actitud lógica de un combatiente japonés que lo viese todo perdido debería ser suicidarse. A Teruo, como digo, tal vez suicidarse por el puto tenno le pareció gilipollez; así que decidió, sin saberlo, iniciar un episodio de Naked and afraid que, lejos de durar 21 días, duró 30 años.

Inicialmente, Nakamura no estaba solo. Varios soldados habían huido con él. Sin embargo, éstos fueron muriendo o desapareciendo. Finalmente, se construyó una choza, se acostumbró a la mordedura de las hormigas, y comenzó a alimentarse de plátanos y raíces.

Teruo Nakamura fue encontrado en diciembre de 1974. Estaba prácticamente desnudo y extremadamente flaco. Lo encontraron los indonesios, que tuvieron la inteligencia de, una vez que lo espotearon, acercarse a él ondeando la bandera del sol naciente y cantando el himno nacional japonés. O sea, que si hubiera sido español habrían cantado el lololó ése que canta la gente cuando empieza un partido de La Roja. Fue el último soldado de la segunda guerra mundial que se entregó.

Como es bien sabido, en la primavera de 1945, el Ejército alemán fue capitulando en diversos territorios europeos, hasta llegar al final de la guerra en Europa. En mayo, la reina Uilemina retornó a su país. Todos, y todos son todos, los hombres y mujeres que la rodeaban, y ella misma, estaban convencidos de que el tema de las Indias Neerlandesas estaba claro: las reclamarían, y se las devolverían. Punto pelota. Pero eso, obviamente, no era lo que pensaban los indonesios.

Éstos, además, hacía mucho que habían dejado de ser pro japoneses. En 1942, ciertamente, los indonesios, e incluso los indos (indoeuropeos) y chinos, podían haber visto la situación con buenos ojos, ya que aquéllos a los que Japón enjaretó eran los blanquitos neerlandeses. Los jóvenes indonesios, de hecho, con Japón tuvieron acceso a la educación que les había negado el estratificado sistema holandés, así como a organizaciones juveniles. La mancha imperialista, sin embargo, acabó salpicando, primero a los indos, después a los chinos, y finalmente a todos los indonesios. Los únicos que quedaron en pie fueron los miembros de la estrecha clase indonesia cultivada, representada por Sukarno.

En mayo, en el puerto de Surabaya, los japoneses incautaron un submarino alemán que estaba allí surto. Italia y Alemania eran, para entonces, aliados derrotados; del Eje ya sólo quedaban ellos. Políticamente hablando, sabían que Indonesia era una caldera a punto de estallar. El 7 de septiembre de 1944, en el Parlamento nipón, el primer ministro, Kuniaki Koiso, había hecho una vaga declaración sobre los derechos de Indonesia para la independencia. Pero era una independencia relativa: se trataba más bien de una comunidad autónoma dentro del Imperio, como Birmania y Filipinas. Una semana después, se creó un cuerpo militar, el Balisan Pelopor o Cuerpo de Pioneros, al frente del cual fue situado Sukarno. A pesar de sus veleidades con la Guesistans, los japoneses lo seguían viendo como su hombre en La Habana. Se apuntaron unos 80.000 jóvenes nativos. En diciembre, se sumó el Balisan Hizbullah o Hezbolá como lo hemos castellanizado, y que ya habréis adivinado que era una milicia de mojamés, y que llegó a 50.000 miembros. Esto se completó con la Angkatan Moeda, un movimiento de jóvenes sobre todo de izquierdas. Así pues, de nuevo nacionalistas, islamistas y comunistas marchaban en la misma dirección, pero cada uno por su cuenta, como en Sumar.

Los indonesios, sin embargo, no eran los únicos que se estaban alistando. Unas semanas antes de la liberación, desde Londres se había llamado a una movilización para seguir luchando tanto en los Países Bajos como en las Indias Neerlandesas. Se presentaron 160.000 voluntarios, de los que unos 30.000 eran mujeres. Por su parte la Iglesia católica neerlandesa, con el apoyo del príncipe Bernardo, propuso el envío a las Indias de 4.000 jóvenes ex miembros de la SS para que de esa manera se rehabilitasen. Eso de exportarle nazis a los oscuritos lo dice todo de la ética boer, la verdad.

El problema para los europeos, y esto incluye a la PI indonesia, era que todo lo que hacían, lo hacían sin información. Todos habían perdido el contacto con las islas muchos meses atrás, así pues desconocían la situación. Ciertamente, los holandeses habían creado en Australia el NEFIS, Netherlands Forces Intelligence Service, que envió varios espías indonesios a las islas. Sin embargo, aquéllas fueron operaciones realizadas torpemente y con muy pocos medios, y la inmensa mayoría de los informadores fue rápidamente capturada por los japoneses. Eso sí, para todos era evidente que el odio al invasor se había generado en todas las islas; pero de ese dato los uileminos sacaron la errónea conclusión de que los indonesios querían la vuelta del status quo; querían, de nuevo, la colonia. Lo cual demuestra que la industria de los matices nunca ha sido muy próspera en las Provincias Unidas.

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