No es nada personal, son negocios
Los primeros pasos
El nacimiento de Perhimpunan Indonesia
Mano dura
Japón, esa nación herida
¡Es el petróleo, estúpidos!
En dos días, seré comida para los peces
¿Amigo o enemigo?
Las semillas del odio
Le odio, pero no quiere decir que te ame
Independientes por la gracia de Nos
Que vienen los británicos
La espiral violenta
La batalla de Surabaya
Negociemos
Linggadjati
Raymond Westerling, el franquista de las Célebes
Los malos acuerdos generan malas soluciones
La invasión
Negociación de buenos oficios
Madiun
Yo no voy a ser Salvador Allende
Julianos aislados
... y Sukarno comenzó su meccano
La invención de un líder mundial
La misa-romería de Bandung
En los años de la conferencia de Versalles estaba entrando en la política un japonés de alcurnia, miembro nada menos que del poderosísimo clan Fujiwara, y que se llamaba Fumimaro Konoe, aunque normalmente lo conocemos como el príncipe Konoe. Era muy joven entonces, apenas comenzaba la veintena; pero los no-resultados de la conferencia de Versalles lo marcarían para el resto de su vida. Por eso, cuando fue primer ministro, cosa que pasó varias veces, siempre se destacó por tener una posición abiertamente anti occidental; algo que colaboraría mucho en la deriva de Japón en aquellos años críticos.
Los indocumentados de siempre se
saben muy bien la lección de la humillación que experimentó Alemania en la
conferencia de Versalles, y suelen repetir como loros esa fórmula según la cual
hay una completa correlación entre dicha humillación y el ascenso del nazismo.
En fin: ni siquiera eso es del todo cierto. Pero un buen síntoma de lo poco que se sabe
de la conferencia de Versalles es que casi nadie sea capaz de decir cuando
menos dos palabras sobre la humillación sufrida por Japón. Humillación que,
además, venía a ser una humillación doble, ya que Alemania, por lo menos, había
perdido la guerra; pero resulta que Japón la había ganado y, aún así, aún a
pesar de ser la quinta contribución económica más elevada a la Sociedad de
Naciones, se le negó la condición de coleguita ganador.
La lección que sacó Japón de todo ello fue sencilla: sus grandes aspiraciones imperialistas las debería conseguir por sí solo; nadie le iba a conceder la vitola de gran potencia asiática en la mesa de un despacho. Japón no llegaría a la condición de gigante geopolítico con la ayuda de un Negreira; necesitaba meter más goles que los demás.
Así que Japón salió de Versalles un poco como Joey Zasa de
la reunión de mafiosos de Atlantic City, cuando dice eso de: If you don't give, I will take.
En otras palabras, Japón se convenció de que su futuro era militarizarse a
marchas forzadas, y desconfiar siempre de occidente. Un rencor que estalla y se
quintaesencia en ese momento de la obra maestra A bridge over the river Kwai, cuando el coronel Saito espeta: I hate the British! You are defeated but you
have no shame. You are stubborn but you have no pride. You endure but you have
no courage. I hate the British!
Quienes tanto dicen saber sobre
lo mucho que hizo el tratado de Versalles por alimentar el nazismo podrían
decir alguna palabra (si la supieran, claro) sobre lo que hizo el mismo tratado
(que aquí sí que lo hizo, además) por
alimentar a la derecha japonesa ultranacionalista, racista, imperialista
panasiática, que en realidad era un movimiento propio, aunque muy pronto habría
de confundirse con el fascismo por dos razones: primera, porque verdaderamente
se parecen mucho; y, segunda, porque buena parte de la Historia la escribimos
los occidentales, y necesitamos colocar el vino en odres que comprendamos.
En 1931, Japón ocupó Manchuria. Una tierra que consideraban
suya por derecho de conquista (el racismo, y el calculado desprecio derivado de
que ellos sabían que China había sido durante siglos la gran potencia asiática,
les ayudaba a considerar que aquello era poco menos que terra nullius); tanto, que hasta la rebautizaron como Manchukuo. Aquel
mismo año, Tokio anunció su salida de la Sociedad de Naciones, y en 1937 volvió
a invadir China. Una acción en la que se perpetró la conocida como Masacre de
Nanjin. Un hecho histórico poco conocido en occidente y que, de hecho, el
lenguaje impuesto por nuestra historiografía, siempre tan importante, reduce
los hechos, por así decirlos, a la categoría de masacre. Lo cual no deja de
tener su coña. Nosotros, los europeos, que tan dados somos a hablar de “genocidio”
cuando uno de nuestros malos bombardea una población de buenos y mata a 200 o
300 personas, consideramos que en Nanjin ocurrió sólo una “masacre”; cuando la
cosa es que un cuarto de millón de
personas fue asesinado y, detallito sin importancia, decenas de miles de mujeres fueron violadas. La “masacre” de Nanjin
es, probablemente, el hecho histórico de la era contemporánea más cruel con la
mujer. Es por eso que las feministas lo recuerdan casi a cada minuto y medio.
La presión del fascismo en la segunda guerra mundial, que en
Asia fue más bien presión del imperialismo racista panasiático japonés, cambió
mucho las cosas. Uno de los cambios que provocó fue la, por así decirlo, mandelización (de Mandela) de los líderes indonesios
presos, los cuales, por lo general, se abonaron a la idea de que lo urgente no
era enfrentarse al poder holandés para eliminar el colonialismo, sino luchar
contra el fascismo. A este fenómeno ayudó el nombramiento en 1936, como gobernador
general, de Tjarda van Starkenborgh Stachouwer, un hombre mucho más dialogante y
liberal que De Jonge. Los partidos no demasiado radicales fueron permitidos, y
en el Consejo Popular se dio relativa manga ancha para decir lo que se pensase.
Este movimiento estratégico por parte de La Haya y los
uileminos era consecuencia de la debilidad. La metrópoli quería ceder presión
en sus Indias, sobre todo, porque no tenía nada claro cuál iba a ser el futuro
de la propia metrópoli. El fascismo arraigaba en su seno y, por lo demás, cada
vez estaba más claro que los Países Bajos estaban en el puto medio del camino
que emprendería Hitler si algún día abría un frente occidental. Algunos
políticos en La Haya pensaban en las Indias como el posible refugio en el caso
de que las cosas saliesen mal (en plan De Gaulle en Argelia); pero tampoco
podían olvidar que sus Indias tenían sus propias presiones, porque allí estaba
el actor japonés cerrando el círculo de la presión fascista.
En mayo de 1939, a las puertas de aquel verano que vivimos
peligrosamente, se creó la Gaboengan
Politik Indonesia o Federación
Política Indonesia. Todavía era un paso muy primario. Incluía únicamente a las
organizaciones templadas que el régimen se avenía a soportar, y apenas se
contentaba con manejar ideas como la formación, algún día, de una asamblea
representativa. Aquella formación, en todo caso, fue creada, en buena medida,
para estructurar la colaboración entre indonesios y holandeses en previsión de
que ocurriese lo que ya era casi totalmente evidente que ocurriría. Tres
semanas después de haberse producido la invasión de Polonia, todavía en
septiembre de 1939, la Gapi, efectivamente, publicó un manifiesto en el que
abogaba por una colaboración entre indonesios y holandeses. Los locales, sin
embargo, no perdieron el tiempo, y trataron de dejar claro que la colaboración
no era gratis. De hecho, el manifiesto se tituló Indonesia berparlemen, es decir, “Por un parlamento para
Indonesia”.
Los promotores de la Gapi eran Mohamed Husni Thamrin, Amir
Sjarifuddin y Abikoesno Tjokrosoejoso, todos ellos de perfil moderado, aunque
de ideologías diferentes. Tenían un modelo, que eran los niveles de autonomía
que habían conseguido las Filipinas de parte de los Estados Unidos. Sin
embargo, la Administración neerlandesa no estaba en condiciones de escuchar
aquellos cantos de sirena. De hecho Thamrin y un activo miembro del Consejo
Popular, Soetardjo Kartohadikusumo, visitaron en secreto el consulado estadounidense
en Batavia. Querían saber si, en el caso de que Alemania invadiese los Países
Bajos, los Estados Unidos aceptarían ejercer un protectorado sobre el
archipiélago. Washington no se tomó la propuesta ni medio en serio.
Finalmente, con el amanecer del 10 de mayo de 1940, el
ejército alemán comenzó a pasearse por los pólders. El 14 de mayo, como
llevaban prisa, bombardearon Róterdam para dejar claro quién mandaba. Ese día,
el gobierno uilemino capituló. Un día antes, la reina uilemina y el gobierno
habían dejado clara su acendrada valentía cogiendo el Falcon en dirección a
Londres; pues es un hecho que, cada vez que okupan una casa, los felpudos son siempre los primeros que se largan. En los meses por seguir, se llegó a hablar de que la reina Uilemina se
estableciese en las Indias Neerlandesas; pero yo creo que la dieta especiada no le hacía
pandán. El gobierno en el exilio hizo todo lo posible por dejar claro que las
Indias seguían siendo su responsabilidad; pero sin moverse de Londres. Aprobó su presupuesto por decreto
emitido desde Londres; y con el tiempo (1942), incluso nombró al primer y único
ministro indonesio de su gobierno: Adipati Soejono; pero que tampoco os
sobréis: en realidad, la función de Soejono en aquel gobierno era explicarle a
los aliados, y muy especialmente a los estadounidenses, que el gobierno
neerlandés sobre las Indias no era nada reaccionario (noniná).
El nombramiento de Soejono había sido el empeño personal de
un personaje muy importante para la historia que estamos contando: Hubertus
Johannes van Mook. El político-bocina era uno de los mejores exponentes de la
estrecha casta de neerlandeses inteligentes y situados en su siglo que
entendían que lo de Indonesia tenía que tener una evolución muy parecida a la
que tuvo; máxime con el cambio de tablero que estaba forzando esa cosa llamada
segunda guerra mundial. Mook
era director del Departamento de Asuntos Económicos en las Indias Neerlandesas
y, cuando logró llegar a Londres, lo nombraron fantasmagórico ministro de
Colonias en el gobierno exiliado. Desde allí fue donde hizo presión en favor de
Soejono. El nombramiento se produjo en contra del criterio de la mayor parte
del gobierno en el exilio, y también de la Uilemina, que no acababa de entender
qué hacía allí el sucio moro aquél con el molde de flan en la cabeza. Soejono, en todo caso, estaba excelentemente bien
situado para poder pilotar la operación de independencia de Indonesia. Pero,
para suerte de Sukarno, falleció de forma inesperada en 1943.
La noticia de que los Países Bajos estaban ahora en manos de
la Orden Teutónica Chucrut llegó a las Indias como un mazazo. Y lo cambió todo.
De repente, incluso dirigentes anticoloniales que estaban condenados a cadenas
perpetuas en las cárceles malolientes de pequeñas islas del archipiélago
hicieron manifiestos mostrando su solidaridad con el gobierno neerlandés, y
llamando al resto de activistas a hacer lo mismo. La solidaridad con La Haya
fue prácticamente total. No obstante, el gobernador Van Starkenborgh ni siquiera se molestó
en firmar el recibí de los burofaxes.
Esto, sin embargo, es lo que afecta a los responsables
políticos; en su mayor parte, miembros de la estrecha clase de indonesios que
habían recibido educación superior, en muchos casos en neerlandés; y no pocos
de los cuales colaboraban con la Administración neerlandesa. El pueblo llano
era otra cosa.
Volvamos a A bridge
over the river Kwai. Esa película es una obra maestra por muchas razones. Y
una de ellas es que, como suele ocurrir con las obras maestras, está llena de
pequeños guiños colaterales que completan la historia. Recordaréis que en el
escenario de la película, la parte central del campo la ocupa la residencia del
coronel Saito. En la puerta de dicha residencia hay un nativo local, un hombre
anciano, que está sentado tirando constantemente de una cuerda que mueve el
ventilador que, dentro, mueve el aire, refrescando el ambiente en el que vive y
trabaja el coronel. A lo largo de la película, son varias las tomas que o bien
se le dedican a este hombre, o bien hacen que aparezca en el espacio de la toma
(creo que eso se llama tiro de cámara; o tal vez no). Y su actitud es siempre
la misma. Allí pasan cosas: el coronel japonés agrede al británico, luego le
mete preso, luego lo saca, etc.; pero la actitud del anciano del ventilador es
siempre la misma; sigue tirando de la cuerda indolentemente.
Yo podría invertir líneas y párrafos en tratar de describiros cuál fue la actitud de Juan Indonesio cuando se enteró de que, allá en Europa, los alemanes habían invadido su metrópoli. Pero la mejor forma de hacerlo es pediros que recordéis al viejo en la puerta del coronel Saito. Ésa fue la actitud.
Eso sí, no fue la del gobierno uilemino. Se decretó el estado
de emergencia; las reuniones políticas quedaron prohibidas; y los personajes
especialmente significados fueron detenidos. En las islas, por otra parte,
vivían 2.800 alemanes, que fueron internados en campos de prisioneros sin
siquiera preguntarles qué opinaban de Karl Liebnecht; como lo fueron unos 500
neerlandeses considerados más de ultraderecha que el confesor de Abascal. Los
neerlandeses practicaron una política tan generalizada y exenta de matices que
incluso internaron en los campos a alemanes que eran judíos huidos de Alemania.
O sea, lo que se dice huir de las garras de un cabestro para caer en las garras
de un imbécil. En lo que se refiere a los inquilinos de Boven-Sigul, es decir
Hatta, Sjahrir y Sukarno, el gobierno les dijo que, como no aparecían nuevas
ofertas en Trivago, tenían que seguir en ese hotel. La única grieta en ese muro
se produjo en enero de 1941, cuando falleció en su arresto domiciliario
Thamrin, en ese momento la voz más crítica del Consejo Popular. Su entierro fue
una auténtica manifestación popular.
Unos días después de la invasión, Japón había movido ficha.
El ministro de Comercio de Tokio, Ichizo Kobayashi (aunque algunos de vosotros,
los de más confianza de la familia Nunoya, lo mismo lo conocéis como Itsuo;
igual que todo el mundo sabía que a Mandela le llamaban Madiba, o a Gabriel
García Márquez, Gabo) le comunicó al gobierno neerlandés que Japón agradecería
el detalle de que las Indias Orientales le suministrasen un millón de toneladas
de petróleo crudo al año (el doble que lo que estaba comprando hasta entonces);
y que, de hecho, Japón aspiraba a que se le concediesen algunos pozos
directamente. Eso, además de 250.000 toneladas de bauxita, 150.000 de níquel,
100.000 de chatarra, 100.000 de sal, 50.000 de manganeso, 20.000 de caucho,
5.000 de cromo (que no de cromos), 4.000 de semillas de ricino, 3.000 de
estaño, 100 de molibdeno y 600 de corteza de quina. Aquellos de vosotros que
seáis ingenieros es probable que ya hayáis deducido que todo eso no lo querían,
precisamente, para jugar al Quimi Cefa. Semanas después, Japón comunicó que la
petición había pasado a ser de tres millones de toneladas, y durante cinco
años.
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