miércoles, enero 28, 2026

Indonesia (4): Mano dura


No es nada personal, son negocios
Los primeros pasos
El nacimiento de Perhimpunan Indonesia
Mano dura
Japón, esa nación herida
¡Es el petróleo, estúpidos!
En dos días, seré comida para los peces
¿Amigo o enemigo?
Las semillas del odio
Le odio, pero no quiere decir que te ame
Independientes por la gracia de Nos
Que vienen los británicos
La espiral violenta
La batalla de Surabaya
Negociemos
Linggadjati
Raymond Westerling, el franquista de las Célebes
Los malos acuerdos generan malas soluciones
La invasión
Negociación de buenos oficios
Madiun
Yo no voy a ser Salvador Allende
Julianos aislados
... y Sukarno comenzó su meccano
La invención de un líder mundial
La misa-romería de Bandung



Mientras ocurrían estas cosas en la metrópoli, Sukarno estaba en Bandung, estudiando arquitectura en una universidad neerlandesa. Allí fundó, en 1927, una especie de La Sexta Xplica oceánica. Pero lo realmente importante fue una serie de artículos que escribió con el título Nacionalismo, Islam, marxismo, en los que ya barruntaba con claridad las tres grandes tendencias que estaba adoptando el movimiento anticolonial en las Indias Orientales; y su voluntad de coordinarlos todos de alguna manera. Con esta intención, aquel mismo 1927 fundó el Partai National Indonesia o PNI. El volumen de afiliados en Bandung creció muy deprisa. Sukarno, bebiendo de la fuente de Tjokro, supo atraer a las clases medias y media-bajas.

Como ya os he dicho unos párrafos más arriba, el anticolonialismo indonesio, sin embargo, pronto adoleció del mismo tipo de tensiones que tuvo el exilio republicano y la oposición de interior durante buena parte del franquismo. La Perhimpunan, allí en Leiden, contemplaba los esfuerzos de Sukarno como el que ve a un chimpancé (bueno, en este caso, un orangután) jugar con dos pistolas. Sukarno les parecía un tipo demasiado incendiario en su retórica, y soberbio en sus presupuestos tras ideológicos. A ello hay que añadir que de los tres vértices de la política anticolonial: nacionalismo, islamismo y marxismo, el que peor se le daba a Sukarno era, sin duda, el último. Décadas después del momento que relatamos ahora, el ya líder de Indonesia se las acabaría teniendo blandas con Moscú y tiesas con Pekín; y en parte todo fue por su dificultad a la hora de comprender las sutilezas de la revolución proletaria mundial.

En aquellos años, la Perhimpunan había cogido algo de peso intelectual con el fichaje de un nacionalista, Sutan Sjahrir. Sjahrir era, como digo, una persona de cierto perfil intelectual, estudiaba Derecho en Leiden, y, aunque no era marxista, tenia muy claro que la independencia de Indonesia tenía que llegar mediante un movimiento de masas. De hecho, era lector impenitente de clásicos marxistas. Era, en este sentido, una especie de esquerrero indonesio; fue el primer primer ministro de la Indonesia independiente. Pero en ese momento procesal, Sukarno le caía bastante mal e, incluso, lo consideraba tóxico para el proceso que creía que se tenía que producir; que era un proceso, esto lo tenéis que entender, completamente distinto del que finalmente fue; pues la descolonización asiática es un proceso totalmente condicionado por la segunda guerra mundial; conflicto en el que, en 1927, no creía nadie.

El PID no le perdía la pista al PNI, en todo caso. En 1929, la policía hizo un registro en casa de Sukarno, y se lo llevó detenido. Era gobernador general de las Indias Andries Cornelis Dirk de Graeff, quien, cuando menos, ordenó que Sukarno fuese juzgado. El tribunal, finalmente, le cascó cuatro años de prisión y la disolución del PNI. En este proceso, sin embargo, hay elementos, como la existencia de garantías judiciales y la sentencia relativamente lenitiva, que nos están demostrando claramente que De Graeff estaba tratando de aplicar una política más taimada por parte neerlandesa. Inspirándose en la estrategia en otras zonas cercanas, pues los franceses practicaban más o menos lo mismo en Indochina, trató de fomentar los derechos de los nacionalistas moderados locales. Gentes partidarias de la co gobernanza, más que de la independencia. Le dio la vuelta al Consejo Popular, el cual, desde 1931, pasó a tener mayoría local. Estas medidas, sin embargo, generaron una reacción. Los neerlandeses colonialistas crearon una organización conservadora, el Club Patriótico, que llegó a tener 9.000 afiliados y se convirtió, de hecho, en la organización política neerlandesa más importante en las Indias.

La profunda crisis económica mundial producida desde 1929 golpeó de forma durísima a las Indias Orientales. El archipiélago vivía de las exportaciones de alimentos; pero los precios internacionales de estas cosechas se desplomaron como consecuencia de la deflación.  A todo esto, el gobierno de La Haya añadió gasolina a la hoguera con su decisión de no seguir a Gran Bretaña en el abandono del patrón-oro, lo que hizo que sus exportaciones dejasen de ser competitivas.

En medio de esta crisis económica, Sukarno fue puesto en libertad con antelación, después de dos años en el maco. Su libertad prácticamente coincidió con la llegada de Sjahrir a Indonesia. También regresó Hatta, ya licenciado como economista. Lo que había pasado era que tanto Sjahrir como Hatta habían sido expulsados de la PI, dado que esta organización había sido colonizada por los comunistas.

Hatta y Sjahrir seguían alejados de Sukarno. A pesar de haber sido expulsados de su organización por no ser lo suficientemente comunistas, ambos abrazaban el concepto básico del marxismo de que una revolución ha de hacerse cuando ha de hacerse; y que eso, muchas veces, debe llevar al revolucionario a aceptar una fase previa de educación (léase difusión de bulos) que cree las condiciones necesarias para la acción revolucionaria (léase que prepare a las personas para odiar a los que no son como ellas). En ese entorno, Sukarno les sobraba. Crearon un movimiento llamado Pendidikan Nasional Indonesia o Educación Nacional Indonesia; con la intención de formar cuadros revolucionarios. Sukarno fundó un partido rival, el Partai Indonesia.

El 2 de enero de 1933, un acorazado neerlandés, De Zeven Provinciën zarpó de Surabaya. Lo hizo en el marco de una política de duros recortes del gasto militar dictados por La Haya, donde las estaban pasando canutas con la crisis económica. Se anunció un fuerte recorte en la tripulación de los barcos que generó grandes protestas. La solución que encontró finalmente el gobierno fue mantener casi incólume la plantilla de marineros holandeses mientras hacía una masacre entre los morenitos. El 4 de febrero se lio tan parda en la base naval de Surabaya, que se produjeron medio millar de arrestos. En ese momento, el De Zeven Provinciën estaba anclado al noroeste de Sumatra; escucharon la noticia por la radio y, en solidaridad con los arrestados, se hicieron un Potemkin y tomaron el barco; varios marineros y oficiales blancos participaron en la movida. Tras aislar y arrestar a los mandos, levaron anclas y tiraron para Surabaya, a dar por culo.

Desde 1931 era gobernador general de la Indias Orientales un peso pesado de los halcones: Bonifacius Cornelis de Jonge. A De Jonge, la política de palo y tentetieso era, por lo general, lo que le pedía su sistema límbico. Pero es que, además, se sentía respaldado por el primer ministro, Hendrikus Colijn. Colijn era una persona de corte conservador, aunque no comulgaba con eso que solemos llamar ultraderecha; sobre todo con la ultraderecha con la que se tuvo que enfrentar en aquel tiempo, que era una ultraderecha de verdad. Aunque consiguió que los Países Bajos no se convirtiesen en uno más de los países europeos que acabara cayendo bajo el peso de un movimiento fascista nacional (cosa que estuvo a punto de pasar), obviamente ese impedimento no lo consiguió a base de montar un 15-M, sino de todo lo contrario; abogado del orden, las buenas costumbres y las tradiciones, con un perfil así conseguía que muchos neerlandeses no sintiesen la necesidad de ponerse a marcar el paso de oca por las calles. Esto, sin embargo, tuvo sus consecuencias para las Indias Orientales. En la práctica, Colijn se convirtió en un José Luis Rodríguez Zapatero de la vida (o un Pedro Sánchez, si se quiere); y, en consecuencia, tuvo el gesto de apoyar a un gobernador como De Jonge, que sabía bien tenía el cuchillo de capar gorrinos entre los dientes; y le dio la típica instrucción zapateril: tú contrólame el gallinero indonesio como sea. Colijn, probablemente, era mucho más consciente que Zapatero y Sánchez de que decir como sea tiene sus consecuencias. Pero, en realidad, dio igual, porque las consecuencias vendrían en cualquier caso.

De Jonge conminó al De Zeven para que retornase el control a sus mandos. El barco respondió diciendo que no lo iban a hacer; que, eso sí, el barco estaba tomado temporalmente; que navegaban hacia Surabaya para solidarizarse con sus compañeros represaliados; y que no eran, ni de lejos, un movimiento comunista. De hecho, en el barco, cada día de la okupación, se izó la bandera tricolor; los oficiales fueron servidos en sus camarotes; y se mantuvieron colgados los retratos de la Uilemina.

Así las cosas, De Jonge envió un crucero, dos destructores, dos submarinos, cinco hidroaviones y tres bombarderos contra el barco. Al parecer, la orden de De Jonge fue lanzar una bomba desde un avión delante de la proa como advertencia. Pero el caso es que el piloto, o se vino arriba, o tenía presbicia, o se había sacado los galones en una FP de Manresa sin hablar catalán; porque el caso es que le dio al barco en todos los huevos, mató a 19 personas y dejó 18 heridos, de los que cuatro murieron en los días siguientes. La Prensa local (neerlandesa) reaccionó, más o menos, como esa gente que, después de que una mujer haya sido violada en grupo por 400 hombres, viene a decir que la culpa fue suya por llevar un top de tirantes.

El régimen, de hecho, no tuvo piedad con aquel motín. Hasta 164 marineros fueron condenados en los tribunales a fuertes penas de hasta 18 años. Los quinientos arrestados de la base de Surabaya fueron despedidos y condenados también a prisión. En agosto de 1933, De Jonge hizo arrestar a Sukarno, y lo desterró a la isla de Flores sin juicio. Un año más tarde, Hatta y Sjahrir fueron enviados al matadero de Boven-Digul., aunque un año después fueron trasladados a Banda Neira.

Las Indias Neerlandesas se convirtieron en un Estado fuertemente controlado por el mando colonial, y en el que las organizaciones anticolonialistas pagaban las consecuencias de su bisoñez y su división. Pasado 1933, la paz social aparente llegó al archipiélago; aunque, en realidad, existía un proceso  creciente de alienación, por el cual la mayor parte de los indonesios comenzaron a construir sus vidas completamente ajenos de lo holandés; y, de hecho, muchos desarrollaron cierta connivencia con los japoneses, que en un número relativamente importante se estaban estableciendo en las islas, sobre todo como comerciantes.

Las cosas, sin embargo, estaban a punto de cambiar muy significativamente. A menudo, como los hechos luego fueron los que fueron y, en la posguerra mundial, todo el mundo se aplicó a dejar de lado sus pecadillos, olvidamos lo verdaderamente cerca que estuvieron los Países Bajos de recibir a las tropas alemanas entre vítores. El fascismo tenía muchos partidarios en el país, y el NSB (Nationaal-Socialistische Beweging, Partido Nacional-Socialista Neerlandés) tenía muchos partidarios. De hecho, conforme Hitler fue ganando poder en Alemania, en las Indias cada vez eran más los periódicos y las corrientes de opinión que soñaban con un NSB isleño. El NSB local pronto tuvo unos 20.000 miembros; lo cual, teniendo en cuenta la magnitud de los holandeses e indoeuropeos del archipiélago, da bastante medida de la importancia que llegó a adquirir. Y ni siquiera era la única organización. Estaban también el Club Patriótico, la Organización de Fascistas Neerlandeses de las Indias, el Frente Negro del Fascismo Popular de las Indias Neerlandesas, o la Unión de Razas Ario-Indias.

En el año 1935, Anton Mussert, cabeza del NSB, visitó las Indias Neerlandesas; lo cual, las cosas como son, lo convierte en el único máximo mandatario de un partido político neerlandés que jamás las visitara como tal. El gobernador De Jonge lo recibió dos veces. La constatación evidente para cualquiera de que la clase dirigente neerlandesa en las Indias había desarrollado un perfil mucho más conservador y colonial que la metrópoli, que ya de por sí era para echarle de comer aparte, hizo que cualquier propuesta o tentativa de reforma o autonomía, por tenue que fuese, recibiese el silencio o la negativa.

La cerril resistencia de los neerlandeses tuvo, como he dicho, el curioso efecto; curioso, pero importante teniendo en cuenta lo que había de venir, de la cercanía con los japoneses. En ese momento, el fascismo holandés no sentía ningún tipo de solidaridad con los japoneses; el factor que impulsó el establecimiento de nipones en el archipiélago fue económico. Eran años en los que el yen había perdido buena parte de su valor y, como consecuencia, muchas operaciones de comercio exterior que hasta entonces habían sido prohibitivas, ahora eran posibles. Como consecuencia, muchos japoneses decidieron establecerse en las islas y aprovechar estas ventajas.

Japón, además, tenía buena imagen como actor al alza en el teatro asiático. En 1895, un país modernizado a marchas forzadas durante la llamada Era Meiji salió vencedor de un conflicto con China en torno a la península de Corea. En 1905, un hecho que fue en su momento todo un notición a nivel mundial, venció sin ambages al imperio ruso en la lucha por las islas Sajalin. En 1910, se anexionó Corea. En 1914, al llegar la Gran Guerra, escogió el bando adecuado. En 1918, había sido miembro fundador de la Sociedad de Naciones.

Japón se había convertido en uno más del entorno de potencias mundiales; pero no era uno más, dado que sus habitantes no eran lechosos y con ojos de dibujo manga. Todo esto lo sabía muy bien la delegación japonesa que fue a Versalles a diseñar el mundo después de la guerra; y fue por eso que tomaron, en solitario, la bandera de la igualdad racial. Japón quería que este concepto formase parte de los principios fundacionales del nuevo mundo que se estudiaban en aquella conferencia; pero el resto de países blanquitos le dijo que se columpiase un rato. El primer ministro Georges Clemenceau quintaesenció el desprecio europeo por la idea con una frase por la que hoy, supongo, hubiera tenido que dimitir: “No paro de pensar en todas las mujeres rubias que hay fuera de aquí; mientras tenemos que estar aquí encerrados con estos japoneses tan feos”. William Morris, normalmente conocido como Billy, Hughes, primer ministro de Australia, fue más claro cuando dijo que preferiría entrar desnudo en el Folie Bergère que aceptar la igualdad racial. La propuesta japonesa ganó los votos necesarios en la votación país por país; pero el presidente Wilson, adjudicándose poderes que formalmente no tenía y anunciando el status hoy conocido de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, rechazó la enmienda y la clasificó por la B de Varios.

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