viernes, enero 23, 2026

Indonesia (1): No es nada personal, son negocios

 


No es nada personal, son negocios
Los primeros pasos
El nacimiento de Perhimpunan Indonesia
Mano dura
Japón, esa nación herida
¡Es el petróleo, estúpidos!
En dos días, seré comida para los peces
¿Amigo o enemigo?
Las semillas del odio
Le odio, pero no quiere decir que te ame
Independientes por la gracia de Nos
Que vienen los británicos
La espiral violenta
La batalla de Surabaya
Negociemos
Linggadjati
Raymond Westerling, el franquista de las Célebes
Los malos acuerdos generan malas soluciones
La invasión
Negociación de buenos oficios
Madiun
Yo no voy a ser Salvador Allende
Julianos aislados
... y Sukarno comenzó su meccano
La invención de un líder mundial
La misa-romería de Bandung


Lo que nosotros conocemos como Indonesia, que es una realidad a la que concedemos mayor unidad de la que en realidad ha tenido históricamente, es una especie de escalera. Se trata de un conjunto enorme de islas entre India y China; su presencia, de alguna manera, es, como digo, una especie de escalera para el navegante que se dirige de oriente a occidente, o al revés. Viene a ser una doble hilera de islas menguantes; más al este, más pequeñas. Sumatra, una isla cuya enormidad nos cuesta entender incluso mirando el mapa, casi toca Malasia; a partir de ahí se van sucediendo Lombok, Sumbawa y otras. Al norte de esta fila está la que forman Borneo, las Célebes y las Molucas.

Hablamos de un total de 13.466 islas. Indonesia, pues, no tiene territorios insulares; es mejor describirla diciendo que nos los tiene continentales. Cinco de las trece islas más grandes del mundo (Nueva Guinea, Borneo, Sumatra, Célebes y Java) están en Indonesia. Nueva Guinea y Borneo son islas compartidas, como Santo Domingo en Centroamérica: la primera, con Nueva Guinea; la segunda, con Malasia. Java es la isla del mundo más poblada.

Indonesia tiene más de 140 millones de habitantes y, si le quisiéramos comprar un cinturón, tendríamos que buscar en Amazon uno de talla 5.000 kilómetros. Así las cosas, es un país que gestiona tres husos horarios (“son las doce; las once en Canarias, y las diez más allá de Canarias”). Como es de plena lógica, en un territorio así, que además es una escalera, es decir un lugar de paso, no ha de extrañar que convivan más de 300 grupos étnicos que hablan unos 700 idiomas más o menos. Muchos de esos idiomas son seculares, aunque la lengua oficial del país, el bahasa, es una lengua relativamente joven basada en el malayo.

Indonesia fue propiedad de los Países Bajos, o más propiamente hablando de Holanda, durante tres siglos y medio, de 1600 a 1942. Aunque lectores españoles y latinoamericanos deben entender que esta frase no se debe entender, exactamente, como se entiende entre nosotros. España tuvo un imperio al que luego se le empezaron a caer tejas, y cuyo tejado se vino a derrumbar en su práctica totalidad a principios del siglo XIX. En el caso de las Indias Holandesas o Neerlandesas, debemos de pensar, más bien, en una dominación que, durante todos esos siglos, estuvo permanentemente en construcción; de hecho, La Haya sólo consiguió consolidar todo el territorio que normalmente se conoce como sus colonias cuando, en realidad, apenas quedaban unos años para que lo perdiese.

Otra característica importante, que espero poder describiros en estas notas, es que resulta paradójico que, siendo Holanda, con Inglaterra, uno de los centros reconocidos de esa exitosa campaña de imagen que conocemos como Leyenda Negra Española, casi nadie conozca la Leyenda Negra Holandesa; leyenda que, de hecho, no existe, y recién ha comenzado a ser construida por cierta historiografía local. Se podría decir, en efecto, que en los últimos años España y Países Bajos viven procesos totalmente disímiles; ambos, justos. Mientras en España tendemos a sacudirnos las mentiras de la Leyenda Negra, en Países Bajos cada vez se tiende más a revisitar el pasado colonial holandés destacando lo que tuvo de dominación colonial, en ocasiones, repugnante; y, en todo caso, muy, pero muy, sectario y clasista.

La aparición más estelar de Indonesia en nuestras vidas es la pregunta de Trivial, que la mayoría suele fallar, de cuál es el mayor país musulmán del mundo. En efecto, Indonesia tiene más musulmanes que nadie en el mundo, algunos de ellos, como los activos en Aceh, bastante radicales. Pero siendo como es un lugar de paso, por sus puertos han entrado todo tipo de creencias. Ya en el siglo V, en Borneo se importaron sacerdotes brahmánicos. Palembang, la capital de la Sumatra sureña, fue la capital del reino de Srivijaya, de creencia budista, que duró nada menos que seis siglos. En Burodubur se alzó en el año 800 la mayor construcción budista del mundo. A medio centenar de kilómetros, se puede visitar un enorme santuario hinduista en Prambanan.

Indonesia estuvo básicamente unificada antes de los holandeses. El Imperio Mahapahit, en el siglo XIV, combinaba las fes hinduista y budista, y abarcaba de Malasia hasta Nueva Guinea, es decir, más o menos la extensión actual de Indonesia. Los colores de este reino son el rojo y el blanco, y son también los de la bandera indonesia actual en su recuerdo (o sea, más o menos como el color morado de la bandera republicana española, que está ahí para recordar el pendón de Castilla). En aquel reino tuvieron gran influencia cultural los grandes poemas indios, el Majabharata y el Ramayana, que fueron adoptados a la idiosincrasia local creando la más impresionante expresión cultural indonesia, que es el teatro de sombras que usa las increíbles marionetas wayang.

Como puede verse y es totalmente lógico, el hecho de que entre Sumatra y Malasia no quepa apenas la barriga de Bertín Osborne hizo que la influencia malaya en las islas fuese incontestable. Sin embargo, pronto se produjo, también, la importante influencia china. En 1405, el almirante eunuco Zheng Ze lideró varias expediciones marítimas hacia el sur.

A partir del siglo XIV, es decir de forma lógicamente bastante tardía, el Islam comenzó a llegar a Indonesia. Como religión abrahamánica que es (igual que el cristianismo), el Islam siempre porta un cierto mensaje igualitario, que prende con facilidad en sociedades, sobre todo en sociedades empobrecidas. Todo el archipiélago acabó siendo islámico, salvo Bali y Papúa.

Cuando los holandeses llegaron a la zona, no iban buscando conquistar tierras, ni evangelizar a nadie. Iban buscando especias. En aquel entonces, las especias, y muy particularmente las dulces, eran muy apreciadas en las mesas de Europa; y, cuando más rico el comensal, más las apreciaba. Habéis de tener en cuenta que la división salado-dulce actual (o, si lo preferís, la institucionalización del postre) no se comenzó a producir en Europa hasta el siglo XVII.

El problema para los holandeses era llegar. En un océano Pacífico que pronto sería conocido como El Lago Español, el tema estaba jodido. Así que decidieron intentarlo por la ruta menos intuitiva: el norte. La estrategia era navegar hacia el Polo hasta que se terminase Rusia, y entonces tirar a la derecha. A finales del siglo XVI, Wilhelm Barents lo intentó tres veces. En la última encallaron y poco les faltó para que se los merendasen los osos polares.

Así las cosas, la única ruta disponible era la portuguesa, bajando todo África. El primer holandés que completó aquella ruta fue Cornelis de Houtman. En 1596, llegó a Java occidental. Luego siguió hacia Bali, siempre acumulando especias. Dos años después, estaba en Amsterdam. En 1602, los Estados Generales que coordinaban a los denominados Países Bajos decretó que aquella explotación comercial era una cuestión de Estado, así pues todos los neerlandeses irían unidos en la movida. Se creó la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (VOC: Vereenigde Oostindische Compagnie), con derechos monopolísticos. Era mucho más que una compañía del Ibex; podía firmar tratados internacionales, reclutar soldados y levantar fuertes, entre otras cosas. Fue, además, la primera empresa del mundo por acciones, lo cual quiere decir que sentía en su nuca el aliento de quienes querían beneficios. Fue una especie de inmenso fondo buitre con poderes estatales. Por lo tanto, los holandeses, durante mucho tiempo, no quisieron tomar tierras, ni dominarlas, ni colocarlas bajo su bandera. Ellos estaban allí por la pasta. Sin embargo, para poder hacer eso, hubieron de dejar personal en las islas. Por eso, entre otras cosas, en 1605 se hicieron con el fuerte portugués de Ambón.

Los holandeses, pues, estuvieron en Indonesia desde 1600 aproximadamente; pero eso no quiere decir ni que quisieran controlar el territorio, ni que lo controlasen. En los primeros cien años de presencia neerlandesa, de hecho, el mantra de La Haya, o sea de la VOC, era: cuanto menos territorio tengamos que administrar, mejor. Así, el establecimiento fue bastante más que modesto: el fuerte de Ambón, y luego las dos islas moluqueñas de Ternate y Banda Neira. Ternate era entonces la única fuente existente de clavo, y Banda Neira de nuez moscada. Fue Jan Pieterszoon Coen, en 1619, quien se dio cuenta de que situar la presencia holandesa tan hacia el este y en islas pequeñas era poco eficiente; y, por eso, propuso cambiar el centro de gravedad tres mil kilómetros al oeste, a Java occidental. A la bahía de Jayakarta, al norte de la isla. Allí estaban asentados los británicos, pero Pieterszoon los echó de allí y, de hecho, destrozó su asentamiento, creando uno nuevo que bautizó Batavia. Pero no tenía ninguna intención de amenazar al sultanato javanés de Banten, en occidente; ni de Mataram, en el centro de la isla.

Una vez que comenzaron a asentarse, los holandeses habrían de importar más de medio millón de esclavos en los siguientes 300 años. Que, en esto del esclavo apaleado, unos se llevan la fama y otros cardan la lana; y tiene muy especiales huevos que, según a quien le escuches o leas (como a los licenciados en Historia woke), resulta que España fue esclavista.

El tono relativamente liberal (sobre todo para los hombres libres) que había adoptado la presencia, que no dominación, neerlandesa en las Indias, cambió en 1621. Ese año, Peterszoon Coen, que se había convertido en el gobernador general de Batavia, descubrió que en Banda Neira, los locales le vendían nuez moscada a barcos no holandeses. El gobernador general envió una expedición a la isla, expedición que perpetró una masacre de dimensiones que España nunca, y nunca es nunca, ha perpetrado contra pueblo alguno: entre 10.000 y 15.000 muertos; aunque obviamente no hay datos demográficos, cabe pensar que eran un porcentaje bastante altito de la población total. Aquel genocidio dejó media isla libre, tierras que fueron ocupadas por miembros de la VOC, los cuales, además, las explotaron usando esclavos. Pero, oye, nosotros le robamos a los indios sudamericanos, y somos los únicos que hemos hecho cosa tal.

Banda Neira fue la primera vez que la VOC tomó el control, no de los emplazamientos comerciales, sino de las tierras de cultivo directamente. Y se puede decir que a los neerlandeses les gustó la movida. En 1625, cuando la VOC se enteró de que en una isla (Seram) estaban empezando a plantar árboles de clavo para hacerles la competencia, llegaron a la isla y talaron 35.000. En 1650, para actuar sobre la demanda y forrarse, la VOC ordenó que las tres cuartas partes de los árboles de clavo de las Molucas fuesen taladas. Pero, por supuesto, el que inventó el cambio cismático, cambiando la faz de la España en la que una ardilla blablablá, fue Felipe II construyendo galeras. Te tienes que reír.

El siglo XVI, de hecho, es el siglo de la lucha entre la VOC y los británicos, que querían hacer negocio con las especias y, muy particularmente, con la nuez moscada. A finales de siglo, ambas partes prefirieron dialogar, un poco hasta los huevos de luchar, y teniendo en cuenta que aquello no dejaba de ser un diálogo entre mafiosos (porque, no me cansaré de repetirlo, España y Portugal avanzaron por el mundo adelante para difundir la palabra de Dios; pero Holanda e Inglaterra lo hicieron para servir a otra divinidad más terrenal). Así que llegaron a un acuerdo. Los británicos controlaban una isla llamada Run, en el archipiélago de Banda Neira, donde al parecer la nuez moscada crecía con la misma facilidad que las citas de negocios en la agenda de Begoña Gómez. La VOC la quería (la isla, no Begoña Gómez), y los británicos aceptaron dársela en un canje. Un canje que, estoy seguro, los holandeses aceptaron descojonándose de la risa por lo imbéciles que estaban siendo los británicos. Porque el otro elemento del cambio era una isla feraz y llena de indios, que la llamaban isla de Manhattoes; aunque los europeos dieron en llamarla Manhattan.

Con la llegada del siglo XVIII, las cosas cambiaron. Los gustos culinarios cambiaron. La cocina de inspiración medieval, súper especiada, agridulce y todo mezclado, comenzó a estratificarse y a organizarse. Muy particularmente, el azúcar fue progresivamente exiliado de los principales platos del menú. La diferencia entre salado y dulce se hizo más neta.

Aquello pudo acabar con el interés de los europeos por las tierras antípodas. Pero no fue así. El interés por los productos de la otra esquina del mundo, simplemente, se desplazó más allá de las mesas de comidas y cenas. El azúcar, el café, el té, el cacao y el tabaco comenzaron a tener su momento. En España, por ejemplo, muy pronto, como atestiguan testimonios como las obras de Galdós, tomar chocolate caliente se convirtió en la bebida chic a deshoras. Además, poco a poco comenzó a producirse esa realidad tan nuestra, pero que no ha existido siempre: los restaurantes y cafeterías.

El cacao era un producto americano (por eso se hizo tan popular en España); pero el resto de los nuevos objetos de deseo del europeo venían de Asia. A principios de siglo, la VOC comenzó a plantar café y té en Java, y en menos de una generación era el mayor productor mundial. Este hecho desplazó para siempre el centro de gravedad del archipiélago desde las Molucas, las reinas de las especias, hacia Java y Sumatra.

El problema es que el café es un cultivo extensivo. Necesitaba grandes haciendas. Así pues, la VOC se hizo con la mitad de Java, y penetró en Borneo, Sumatra y las Célebes, la mayor parte de las veces a través del vasallaje más o menos directo de los príncipes locales.

Para entonces, Batavia tenía 120.000 habitantes, de los cuales sólo el 5% eran europeos. Había riqueza, pero también mucha insalubridad, con una tasa de mortalidad muy elevada entre los europeos.

En el segundo cuarto del siglo, Batavia comenzó a experimentar la competencia internacional. La caña de azúcar había llegado a las colonias españolas y portuguesas en América, que se habían puesto a ello a tope; estaban, literalmente, dando caña. En consecuencia, la oferta se multiplicó y el precio se desplomó. Para los holandeses, que tenían fletes muy elevados porque llevaban el producto desde la otra esquina del mundo, aquello se convirtió en un problema muy gordo. Sobre todo, porque el cultivo de caña de azúcar estaba prácticamente monopolizado por los chinos. La solución que encontró la VOC fue muy holandesa: apiolarse a los chinos, un mínimo de 4.000. Pero, vaya, que seguro que fueron los Tercios de Flandes, cuyos fantasmas, como en El Señor de los Anillos, seguro que salieron de una cueva e hicieron el trabajo. Porque los malos, por supuesto, somos nosotros. Además, qué coño, la culpa es nuestra, por bajar el precio del azúcar, ¿no?

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