No es nada personal, son negocios
Los primeros pasos
El nacimiento de Perhimpunan Indonesia
Mano dura
Japón, esa nación herida
¡Es el petróleo, estúpidos!
En dos días, seré comida para los peces
¿Amigo o enemigo?
Las semillas del odio
Le odio, pero no quiere decir que te ame
Independientes por la gracia de Nos
Que vienen los británicos
La espiral violenta
La batalla de Surabaya
Negociemos
Linggadjati
Raymond Westerling, el franquista de las Célebes
Los malos acuerdos generan malas soluciones
La invasión
Negociación de buenos oficios
Madiun
Yo no voy a ser Salvador Allende
Julianos aislados
... y Sukarno comenzó su meccano
La invención de un líder mundial
La misa-romería de Bandung
Lo que nosotros conocemos como Indonesia, que es una realidad a la que concedemos mayor unidad de la que en realidad ha tenido históricamente, es una especie de escalera. Se trata de un conjunto enorme de islas entre India y China; su presencia, de alguna manera, es, como digo, una especie de escalera para el navegante que se dirige de oriente a occidente, o al revés. Viene a ser una doble hilera de islas menguantes; más al este, más pequeñas. Sumatra, una isla cuya enormidad nos cuesta entender incluso mirando el mapa, casi toca Malasia; a partir de ahí se van sucediendo Lombok, Sumbawa y otras. Al norte de esta fila está la que forman Borneo, las Célebes y las Molucas.
Hablamos de un total de 13.466 islas. Indonesia, pues, no
tiene territorios insulares; es mejor describirla diciendo que nos los tiene
continentales. Cinco de las trece islas más grandes del mundo (Nueva Guinea,
Borneo, Sumatra, Célebes y Java) están en Indonesia. Nueva Guinea y Borneo son
islas compartidas, como Santo Domingo en Centroamérica: la primera, con Nueva
Guinea; la segunda, con Malasia. Java es la isla del mundo más poblada.
Indonesia tiene más de 140 millones de habitantes y, si le
quisiéramos comprar un cinturón, tendríamos que buscar en Amazon uno de talla
5.000 kilómetros. Así las cosas, es un país que gestiona tres husos horarios
(“son las doce; las once en Canarias, y las diez más allá de Canarias”). Como
es de plena lógica, en un territorio así, que además es una escalera, es decir
un lugar de paso, no ha de extrañar que convivan más de 300 grupos étnicos que
hablan unos 700 idiomas más o menos. Muchos de esos idiomas son seculares,
aunque la lengua oficial del país, el bahasa, es una lengua relativamente joven
basada en el malayo.
Indonesia fue propiedad de los Países Bajos, o más
propiamente hablando de Holanda, durante tres siglos y medio, de 1600 a 1942.
Aunque lectores españoles y latinoamericanos deben entender que esta frase no
se debe entender, exactamente, como se entiende entre nosotros. España tuvo un
imperio al que luego se le empezaron a caer tejas, y cuyo tejado se vino a
derrumbar en su práctica totalidad a principios del siglo XIX. En el caso de
las Indias Holandesas o Neerlandesas, debemos de pensar, más bien, en una dominación
que, durante todos esos siglos, estuvo permanentemente en construcción; de
hecho, La Haya sólo consiguió consolidar todo el territorio que normalmente se
conoce como sus colonias cuando, en realidad, apenas quedaban unos años para
que lo perdiese.
Otra característica importante, que espero poder describiros
en estas notas, es que resulta paradójico que, siendo Holanda, con Inglaterra,
uno de los centros reconocidos de esa exitosa campaña de imagen que conocemos
como Leyenda Negra Española, casi nadie conozca la Leyenda Negra Holandesa;
leyenda que, de hecho, no existe, y recién ha comenzado a ser construida por
cierta historiografía local. Se podría decir, en efecto, que en los últimos
años España y Países Bajos viven procesos totalmente disímiles; ambos, justos.
Mientras en España tendemos a sacudirnos las mentiras de la Leyenda Negra, en
Países Bajos cada vez se tiende más a revisitar el pasado colonial holandés
destacando lo que tuvo de dominación colonial, en ocasiones, repugnante; y, en
todo caso, muy, pero muy, sectario y clasista.
La aparición más estelar de Indonesia en nuestras vidas es
la pregunta de Trivial, que la mayoría suele fallar, de cuál es el mayor país
musulmán del mundo. En efecto, Indonesia tiene más musulmanes que nadie en el
mundo, algunos de ellos, como los activos en Aceh, bastante radicales. Pero
siendo como es un lugar de paso, por sus puertos han entrado todo tipo de
creencias. Ya en el siglo V, en Borneo se importaron sacerdotes brahmánicos.
Palembang, la capital de la Sumatra sureña, fue la capital del reino de
Srivijaya, de creencia budista, que duró nada menos que seis siglos. En
Burodubur se alzó en el año 800 la mayor construcción budista del mundo. A
medio centenar de kilómetros, se puede visitar un enorme santuario hinduista en
Prambanan.
Indonesia estuvo básicamente unificada antes de los
holandeses. El Imperio Mahapahit, en el siglo XIV, combinaba las fes hinduista
y budista, y abarcaba de Malasia hasta Nueva Guinea, es decir, más o menos la
extensión actual de Indonesia. Los colores de este reino son el rojo y el
blanco, y son también los de la bandera indonesia actual en su recuerdo (o sea,
más o menos como el color morado de la bandera republicana española, que está
ahí para recordar el pendón de Castilla). En aquel reino tuvieron gran influencia
cultural los grandes poemas indios, el Majabharata
y el Ramayana, que fueron
adoptados a la idiosincrasia local creando la más impresionante expresión
cultural indonesia, que es el teatro de sombras que usa las increíbles
marionetas wayang.
Como puede verse y es totalmente lógico, el hecho de que
entre Sumatra y Malasia no quepa apenas la barriga de Bertín Osborne hizo que
la influencia malaya en las islas fuese incontestable. Sin embargo, pronto se
produjo, también, la importante influencia china. En 1405, el almirante eunuco
Zheng Ze lideró varias expediciones marítimas hacia el sur.
A partir del siglo XIV, es decir de forma lógicamente
bastante tardía, el Islam comenzó a llegar a Indonesia. Como religión
abrahamánica que es (igual que el cristianismo), el Islam siempre porta un
cierto mensaje igualitario, que prende con facilidad en sociedades, sobre todo
en sociedades empobrecidas. Todo el archipiélago acabó siendo islámico, salvo
Bali y Papúa.
Cuando los holandeses llegaron a la zona, no iban buscando
conquistar tierras, ni evangelizar a nadie. Iban buscando especias. En aquel
entonces, las especias, y muy particularmente las dulces, eran muy apreciadas
en las mesas de Europa; y, cuando más rico el comensal, más las apreciaba.
Habéis de tener en cuenta que la división salado-dulce actual (o, si lo
preferís, la institucionalización del postre) no se comenzó a producir en
Europa hasta el siglo XVII.
El problema para los holandeses era llegar. En un océano
Pacífico que pronto sería conocido como El Lago Español, el tema estaba jodido.
Así que decidieron intentarlo por la ruta menos intuitiva: el norte. La
estrategia era navegar hacia el Polo hasta que se terminase Rusia, y entonces
tirar a la derecha. A finales del siglo XVI, Wilhelm Barents lo intentó tres
veces. En la última encallaron y poco les faltó para que se los merendasen los
osos polares.
Así las cosas, la única ruta disponible era la portuguesa,
bajando todo África. El primer holandés que completó aquella ruta fue Cornelis
de Houtman. En 1596, llegó a Java occidental. Luego siguió hacia Bali, siempre
acumulando especias. Dos años después, estaba en Amsterdam. En 1602, los
Estados Generales que coordinaban a los denominados Países Bajos decretó que
aquella explotación comercial era una cuestión de Estado, así pues todos los
neerlandeses irían unidos en la movida. Se creó la Compañía Neerlandesa de las
Indias Orientales (VOC: Vereenigde
Oostindische Compagnie), con derechos monopolísticos. Era mucho más que una
compañía del Ibex; podía firmar tratados internacionales, reclutar soldados y
levantar fuertes, entre otras cosas. Fue, además, la primera empresa del mundo
por acciones, lo cual quiere decir que sentía en su nuca el aliento de quienes
querían beneficios. Fue una especie de inmenso fondo buitre con poderes
estatales. Por lo tanto, los holandeses, durante mucho tiempo, no quisieron
tomar tierras, ni dominarlas, ni colocarlas bajo su bandera. Ellos estaban allí
por la pasta. Sin embargo, para poder
hacer eso, hubieron de dejar personal en las islas. Por eso, entre otras cosas,
en 1605 se hicieron con el fuerte portugués de Ambón.
Los holandeses, pues, estuvieron en Indonesia desde 1600
aproximadamente; pero eso no quiere decir ni que quisieran controlar el
territorio, ni que lo controlasen. En los primeros cien años de presencia
neerlandesa, de hecho, el mantra de La Haya, o sea de la VOC, era: cuanto menos
territorio tengamos que administrar, mejor. Así, el establecimiento fue
bastante más que modesto: el fuerte de Ambón, y luego las dos islas moluqueñas
de Ternate y Banda Neira. Ternate era entonces la única fuente existente de clavo,
y Banda Neira de nuez moscada. Fue Jan Pieterszoon Coen, en 1619, quien se dio
cuenta de que situar la presencia holandesa tan hacia el este y en islas
pequeñas era poco eficiente; y, por eso, propuso cambiar el centro de gravedad
tres mil kilómetros al oeste, a Java occidental. A la bahía de Jayakarta, al
norte de la isla. Allí estaban asentados los británicos, pero Pieterszoon los
echó de allí y, de hecho, destrozó su asentamiento, creando uno nuevo que
bautizó Batavia. Pero no tenía ninguna intención de amenazar al sultanato
javanés de Banten, en occidente; ni de Mataram, en el centro de la isla.
Una vez que comenzaron a asentarse, los holandeses habrían
de importar más de medio millón de esclavos en los siguientes 300 años. Que, en
esto del esclavo apaleado, unos se llevan la fama y otros cardan la lana; y
tiene muy especiales huevos que, según a quien le escuches o leas (como a los
licenciados en Historia woke), resulta
que España fue esclavista.
El tono relativamente liberal (sobre todo para los hombres
libres) que había adoptado la presencia, que no dominación, neerlandesa en las
Indias, cambió en 1621. Ese año, Peterszoon Coen, que se había convertido en el
gobernador general de Batavia, descubrió que en Banda Neira, los locales le
vendían nuez moscada a barcos no holandeses. El gobernador general envió una
expedición a la isla, expedición que perpetró una masacre de dimensiones que
España nunca, y nunca es nunca, ha perpetrado contra pueblo alguno: entre
10.000 y 15.000 muertos; aunque obviamente no hay datos demográficos, cabe
pensar que eran un porcentaje bastante altito de la población total. Aquel
genocidio dejó media isla libre, tierras que fueron ocupadas por miembros de la
VOC, los cuales, además, las explotaron usando esclavos. Pero, oye, nosotros le
robamos a los indios sudamericanos, y somos los únicos que hemos hecho cosa
tal.
Banda Neira fue la primera vez que la VOC tomó el control, no
de los emplazamientos comerciales, sino de las tierras de cultivo directamente.
Y se puede decir que a los neerlandeses les gustó la movida. En 1625, cuando la VOC se enteró de que en una
isla (Seram) estaban empezando a plantar árboles de clavo para hacerles la
competencia, llegaron a la isla y talaron 35.000. En 1650, para actuar sobre la
demanda y forrarse, la VOC ordenó que las tres cuartas partes de los árboles de
clavo de las Molucas fuesen taladas. Pero, por supuesto, el que inventó el
cambio cismático, cambiando la faz de la España en la que una ardilla
blablablá, fue Felipe II construyendo galeras. Te tienes que reír.
El siglo XVI, de hecho, es el siglo de la lucha entre la VOC
y los británicos, que querían hacer negocio con las especias y, muy
particularmente, con la nuez moscada. A finales de siglo, ambas partes
prefirieron dialogar, un poco hasta los huevos de luchar, y teniendo en cuenta
que aquello no dejaba de ser un diálogo entre mafiosos (porque, no me cansaré
de repetirlo, España y Portugal avanzaron por el mundo adelante para difundir
la palabra de Dios; pero Holanda e Inglaterra lo hicieron para servir a otra
divinidad más terrenal). Así que llegaron a un acuerdo. Los británicos
controlaban una isla llamada Run, en el archipiélago de Banda Neira, donde al
parecer la nuez moscada crecía con la misma facilidad que las citas de negocios en la
agenda de Begoña Gómez. La VOC la quería (la isla, no Begoña Gómez), y los británicos aceptaron dársela en
un canje. Un canje que, estoy seguro, los holandeses aceptaron descojonándose
de la risa por lo imbéciles que estaban siendo los británicos. Porque el otro
elemento del cambio era una isla feraz y llena de indios, que la llamaban isla
de Manhattoes; aunque los europeos dieron en llamarla Manhattan.
Con la llegada del siglo XVIII, las cosas cambiaron. Los
gustos culinarios cambiaron. La cocina de inspiración medieval, súper
especiada, agridulce y todo mezclado, comenzó a estratificarse y a organizarse.
Muy particularmente, el azúcar fue progresivamente exiliado de los principales
platos del menú. La diferencia entre salado y dulce se hizo más neta.
Aquello pudo acabar con el interés de los europeos por las
tierras antípodas. Pero no fue así. El interés por los productos de la otra
esquina del mundo, simplemente, se desplazó más allá de las mesas de comidas y
cenas. El azúcar, el café, el té, el cacao y el tabaco comenzaron a tener su
momento. En España, por ejemplo, muy pronto, como atestiguan testimonios como
las obras de Galdós, tomar chocolate caliente se convirtió en la bebida chic a deshoras. Además, poco a poco
comenzó a producirse esa realidad tan nuestra, pero que no ha existido siempre:
los restaurantes y cafeterías.
El cacao era un producto americano (por eso se hizo tan
popular en España); pero el resto de los nuevos objetos de deseo del europeo
venían de Asia. A principios de siglo, la VOC comenzó a plantar café y té en
Java, y en menos de una generación era el mayor productor mundial. Este hecho
desplazó para siempre el centro de gravedad del archipiélago desde las Molucas,
las reinas de las especias, hacia Java y Sumatra.
El problema es que el café es un cultivo extensivo.
Necesitaba grandes haciendas. Así pues, la VOC se hizo con la mitad de Java, y
penetró en Borneo, Sumatra y las Célebes, la mayor parte de las veces a través
del vasallaje más o menos directo de los príncipes locales.
Para entonces, Batavia tenía 120.000 habitantes, de los
cuales sólo el 5% eran europeos. Había riqueza, pero también mucha
insalubridad, con una tasa de mortalidad muy elevada entre los europeos.
En el segundo cuarto del siglo, Batavia comenzó a
experimentar la competencia internacional. La caña de azúcar había llegado a
las colonias españolas y portuguesas en América, que se habían puesto a ello a
tope; estaban, literalmente, dando caña. En consecuencia, la oferta se multiplicó y el precio se desplomó. Para
los holandeses, que tenían fletes muy elevados porque llevaban el producto
desde la otra esquina del mundo, aquello se convirtió en un problema muy gordo.
Sobre todo, porque el cultivo de caña de azúcar estaba prácticamente monopolizado
por los chinos. La solución que encontró la VOC fue muy holandesa: apiolarse a
los chinos, un mínimo de 4.000. Pero, vaya, que seguro que fueron los Tercios
de Flandes, cuyos fantasmas, como en El
Señor de los Anillos, seguro que salieron de una cueva e hicieron el
trabajo. Porque los malos, por supuesto, somos nosotros. Además, qué coño, la
culpa es nuestra, por bajar el precio del azúcar, ¿no?
No hay comentarios.:
Publicar un comentario