jueves, enero 22, 2026

Nostalgia de un lenguaje

 

Este post que preparo aquí es un post nostálgico. Estos tiempos, que para Madrid son tiempos de internacionalización y cosmopolitismo, tienen muchas cosas buenas para la ciudad. Pero tienen una que, cuando menos en mi opinión, no es muy buena: la pérdida del carácter, y muy particularmente del habla, castizos.

Del modo de hablar de los madrileños, y sobre todo de los madrileños de baja extracción, cada vez queda menos. Hoy en día, el habla del habitante del Foro de extracción más bien humilde llega, en buena medida, del otro lado del charco. Y corremos el riesgo de olvidar, las generaciones más jóvenes de desconocer, un proceso que fue enormemente creativo y reivindicativo. Reivindicativo de una forma de hablar propia. El habla de los gachís de las zarzuelas, de las cerilleras. El habla de Lavapiés y de esas personas que, viviendo en el Puente de Vallecas, cuando veían por su barrio a un pijopera, le preguntaban si venía “de Madrid”.

Nadie fijó y, a su manera, dio mejor esplendor a aquel habla, que Carlos Arniches; al igual que los hermanos Álvarez Quintero fueron los grandes notarios del gracejo andaluz. Yo soy uno de esos españoles, no sé si seremos muchos, que sigue leyendo a Arniches. Sí, soy así de bestia: apenas leo ya a Baroja, pero sigo leyendo a Arniches. Claro, es que hay una cosa que Baroja no me puede dar, y Arniches sí: recuperar el contacto con mi abuelo y todos sus amigos, viejos parroquianos de su Bar Cristales, a tiro de lapo de la plaza de toros. El lenguaje de Arniches lo he escuchado yo mil veces en boca de los camareros de mi abuelo; el lenguaje de Baroja es sólo suyo y, de hecho, yo creo que no se lo he escuchado a nadie nunca.

Las notas que utilizaré para este texto las he sacado de un libro cuya lectura os recomiendo: Arniches y el habla de Madrid, del maestro (pongámonos en pie) Manuel Seco. Esta obra la tengo desde hace muchos años, y la releo siempre que puedo; es normal que la repase tras releer alguna pieza de Arniches. Son interesantes sus análisis y son interesantes sus reflexiones. La fundamental de ellas: eso que llamamos “lenguaje bajo” es la “reorganización” del habla hecha por personas con escasos recursos estilísticos; que, consiguientemente, practican una especie de “brutalismo del habla” en el que, todo lo que tocan, lo rebajan, lo resumen, lo desbastan. El habla popular es, pues, un habla directa, pragmática, perlada de atajos allí donde el habla culta se complica la vida y se empeña en circular por cincunvalaciones complejas. El habla popular tiene la rara belleza del arte esquemático de las cavernas. Y la extrema economía es su herramienta fundamental.

Por esta razón, quizá la herramienta más eficiente del castizo sea la fonética del habla; y, dentro de ésta, el terreno siempre resbaloso de los diptongos. El gachí madrileño practicaba un casi total genocidio de diptongos, haciendo su habla menos compleja, aunque con ello la hiciera más difícil de entender por otros. De ahí utilizar palabras como ruma (por reuma), trunfo (por triunfo), butre (por buitre), tútano (por tuétano) o retrúcano. En palabras como retrúcano, además, apreciamos el significado sarcástico del habla castiza; el chispero gusta de usar palabras del habla lo más culta posible (eso que El Ovejas, personaje de la comedia El Pueblo, llama tecnicismos); pero las trae a sus particulares reglas de economía, convirtiéndolas en otra cosa.

Mucho más comunes, y de vida larga, son los asesinatos de la i en el diptongo -ie. Aquí, quizás, no ha lugar a acudir a la nostalgia, pues son fruto de esa regla económica palabras como frega por friega, que se usa mucho; apreta o restrega (palabras ambas que usaban todos los mandos en el cuartel de Santa Ana de Cáceres, hace ahora unos 40 años). Arniches, que en buena medida usaba estas palabras para dar notaría de su existencia en el habla que reproducía, también utiliza conmova (por conmueva), consólate y el muy problemático degollan; que lo es porque tengo por mí que mucha gente que incluso usa el registro culto cae en el error de usarlo.

Una construcción que sí que ha sobrevivido a los tiempos en algunas personas es esa característica por la cual una vocal tónica pierde su acento por estar junto a una vocal más abierta. Es lo que pasa en las personas que, incluso hoy en día, pronuncian ahí colocando el acento tónico en la a. De este fenómeno, hace ciento y pico de años, surgió una expresión muy común entonces hoy perdida: Ta day! (alargando la pasión en la primera a), con significado de: ¡quita de ahí! A veces, la pérdida del acento se produce desplazándolo a la vocal abierta, o cerrando la vocal original, como en ¡Maldita sia!, o en un uso verbal extraordinariamente común en mi infancia: paice por parece. Aquí los asesinatos de letras son varios. Pero no es el único caso: ahí están ánde por adónde, o el súper popular señá por señora.

Sobre paice, todavía recuerdo bien unos versitos que los parroquianos de mi abuelo, taxistas, barrenderos y pintores de brocha gorda en su mayoría, decían mientras jugaban al tute o al dominó. Usaré las negritas para dejar claro dónde hay que poner los tonos.

Paice menti compi,
que tiendo bici,
vayas en tranvia a la Bombi.

O sea: parece mentira, colega, que teniendo bici, vayas en tranvía a la verbena.

Fenómeno todavía existente hoy en día, por lo menos en lo que oigo por ahí, es que la vocal tónica no pierda el acento, pero sí pierda la consonante que la separa de la vocal átona más abierta. El efecto más común de lo que dijo es decir, sobre todo en expresiones exclamativas, mía por mira. ¡Mía tú lo c'a pasao!

En términos generales, hay que decir que el habla no culta madrileña deshacía los diptongos mandando a freír gárgaras a la vocal más cerrada, por ser obviamente más difícil de matizar en la boca (las vocales abiertas son siempre más cómodas). Así, todas las palabras que comienzan por diez eran dez, como deciocho (pronúnciese robándole el acento tónico a la i y regalándoselo a la primera o, cosa que en todo caso hace mucha gente). Preguntaréis: ¿y si las dos vocales del diptongo son abiertas? Pues éste es un detalle en el que el habla popular se hace especialmente adorable, porque lo cierto es que la solución no es caótica, sino normativa: se sigue una regla que no han inventado los gramáticos, sino los propios hablantes. Esa regla es: si hay una a, será la dominante. Y si no la hay, entonces la segunda vocal domina. Así, todavía primero se convierte en toavía, pero acaba en tavía; adelante pierde la d, y ante el diptongo aelante se convierte en alante (construcción utilizada hoy en día incluso por la presidenta de Madrid con su expresión va p'alante); o geografía se convierte en jografía.

La regla, como buena regla, tiene sus excepciones. Por ejemplo, si el diptongo es au o eu, la a cede su mando total: utomático, utomóvil, Ulogio, custión, numático, nurastenia.

Decir que el habla popular tradicional madrileña le tenía asco a los diptongos, sin embargo, es injusto. Tan injusto como que, en ocasiones, lejos de huirlos, los creaba. En realidad, la principal víctima propiciatoria de las economías fonéticas son las consonantes. El lenguaje bajo suele triturarlas cuando le molestan, y esto hace que se creen, no sólo diptongos, sino hasta triptongos. Ocurre, por ejemplo, cuando el gachí se harta de decir “hubiera” y practica el asesinato de esa r que le molesta. Entonces, en boca de algunos, muy pocos, se crea un diptongo; la mayoría abrazan la regla de desplazar el acento tónico a la vocal átona abierta, y construye un diptongo: hubiá. Hubiá se decía muchísimo en el Madrid de hace un siglo y pico, igual que se decía quisiás por quisieras, supiás por supieras, hicián por hicieran, o quía por quiera. Hija del mismo proceso no consonántico-triptóndico-diptóndico es guas por buenas, que tuvo muchísimo uso: A las guas, guas noches, guas tardes. También se decía, entonces, fua por fuera, o pua por pueda.

En justicia, además, hay que reconocer que el habla popular no sólo destrozaba los diptongos, sino también los hiatos: cuete, cranio, espontanio, linia, terraquio, linal, antiayer [que el habla vulgar hispanoamericana ha convertido en antier]

Con todo, la gran herramienta fonética del habla popular es lo que los lingüistas llaman disimilación. La disimilación ocurre cuando cambiamos un sonido por efecto de la presencia de otro, intentando diferenciarnos de él. Es el proceso de, por ejemplo, la recepción en el idioma español de la palabra latina arbor, que pasa a ser árbol para distinguirse de la primera r y eliminar complejidades en la pronunciación. La disimilación de l por r es, de hecho, muy común en muchas hablas latinoamericanas, así que el fenómeno se puede decir que ha vuelto al habla madrileña, aunque con otros protagonistas.

En La vida por delante, una genial comedia de Fernando Fernán Gómez, Xan das Bolas, haciendo el papel de un camionero cerradamente gallego (cosa que era; camionero no, gallego), se queja ante un comisario de policía de que una mujer (Analía Gadé) le dijo a él y a su compañero del camión insultos muy fuertes; y añade: ¡si hasta nos llamó endeviduos!

Casi todas las disimilaciones del habla madrileña tienen por víctima propiciatoria a la i, y cuando está colocada al principio de la palabra: cevilización, creminal, creticar, desgusto, devino, fegurar, menistro... Todas estas palabras eran muy comunes en el Madrid castizo en vida de tus (bis)abuelos. Como digo, la i es víctima propiciatoria; pero también se produjeron disimilaciones de la e, sobre todo en términos que el habla castiza conocía por primera vez. Así, las cigarreras decían tiléfono o Zipelín. Mucho menos frecuentes son las disimilaciones de la o (urtografía).

Aunque el teatro más común de la disimilación es el inicio de la palabra, también se da más adelante: almenaque, amenistración, cometiva, estarnudao [ésta es preciosa], engratetú, monecipal.

La asimilación, que es lo contrario de la disimilación, era muy poco frecuente, quizás porque tiende a complicar la pronunciación en lugar de a facilitarla. Son algunos ejemplos miñique por meñique, o hestérico por histérico.

La proclividad por la economía del lenguaje se aprecia claramente en la voluntad del habla popular de resumir las palabras proparoxítonas. Ciertamente, hay toda una tendencia entre los hablantes del español a considerar que las palabras de este tipo tienen más caché, hasta el punto de inventarlas cuando no lo son. Esto lo hacen mucho nuestros políticos, y sobre todo el primer ministro, Pedro Sánchez, quien muy a menudo dice cosas como méjorar, cónsiderar, ímplantar o fínanciar; nuestros políticos, en efecto, parecen vivir convencidos de que un concepto tiene más fuerza si es esdrújulo o sobreesdrújulo.

El habla modesta es, o era, de la opinión exactamente contraria; y, en consecuencia, practicó un genocidio esdrújulo, sobre todo (y no por casualidad) en palabras superlativas: elegantismo, féisma, muchismos, tantismo.

En su afán por jugar con el idioma y de buscar la comodidad, el habla popular también practica un efecto fonético muy divertido que es la metástesis, es decir, el intercambio de sonido entre dos letras: cudiao, cuidaito, maniantal, naide.

Son muy pocos los casos en el habla madrileña de sacrificio de la vocal final; y es extraño, porque este tipo de asesinatos suelen ser muy comunes por simplificación de la pronunciación. Sin embargo, el ejemplo existente, aunque está solo, fue y es muy exitoso: por muy.

Más allá de estos ejemplos, encontramos otros de palabras que cambian total o casi totalmente. Es el ejemplo del pronombre os, que se convierte en sus, probablemente por un efecto de pretendido híper cultismo, y por influencia de otros pronombres, como se.

La gran manipulación que hace el habla madrileña en este punto es eliminar las e finales de los pronombres cortos, por economía del habla. Así, el castizo decía (y yo creo que muchos siguen diciendo), m'ha dicho, t'has empeñao o sá enfriao (que muchas veces es incluso sanfriao).

El habla madrileña, como ya he insinuado, tenía muchos elementos de híper cultismo afectado, que eran una forma de ridiculización del habla culta que se suponía que buscaba imitar. El chispero, la cigarrera, el gachí, hacían cosas que interpretaban como hacer su idioma más complejo para con ello tratar de “igualarse” con unos pijos a los que, por lo general, despreciaban. El propio Arniches cuenta que estando un día en una cafetería cerca del Rastro, en medio de un diluvio, un castizo entró en el local y saludó: “Buenas tardes, hipotéticamente”. Aquel hombre sabía muy bien que ese adverbio, en sus labios, sonaba extraño, sardónicamente descolocado; era exactamente el efecto que buscaba.

En ningún elemento del habla se ve este cultismo afectado más que en el uso de la u como conjunción. La conjunción en u, en esta visión, es cosa de pijos, de gentes que son híper sensibles con las cacofonías. Ya hemos visto que la u triunfa en el habla vulgar por la forma que tiene de convertir palabras en algo supuestamente de superior naturaleza. Un personaje de sainete le dice a un policía: “El muerto se encontraba decúbito prono, uséase acostao”. Los matices satíricos de la frase supongo que no se le escapan a nadie.

La u como conjunción se usa delante de palabras que empiezan por o. Pero la cigarrera la usa mucho más: ¿Es envidia u caridaz? U sacudes p'a otro lao, u me compras un impermiable. O éste, que me encanta: El filantrópico u, cuando menos, el bienechor.

Por supuesto, la economía de medios practicada en el habla vulgar realizaba escabechinas completas entre las vocales duplicadas, por lo que el castizo decía cordinar por coordinar. El campo fundamental de esta simplificación se daba en consonancia con la victoria más aparente del habla vulgar, que fue la destrucción de la d final de los participios. En efecto, en los tiempos de Franco todo el mundo, y sobre todo los políticos, decía cosas como planteao, abrasao o cambiao, en la que, como digo, fue la gran victoria del habla castiza. Ahora bien, el tema es que en un participio en femenino, lo que conseguía esta escabechina era generar una palabra con vocal duplicada, por lo que se hacía necesario un segundo asesinato. Así: criá, cebá, bofetá, ensalá, guarrá, posá o puñalá. Este efecto de vocal duplicada surgida por caída de consonante también se aprecia en una de las herencias más exitosas del habla castiza: ties por tienes.

El pretendido híper cultismo afectado y sarcástico es el padre de algunos cambios fonéticos que van en la dirección contraria de la economía, es decir, generando sonidos donde nos los había. Así las cosas, el chispero decía cosas como epsicológico, normalmente convertido en esicológico. A estos casos de prótesis se pueden unir otros de epéntesis (garanito). En un momento en el que no se hablaba prácticamente inglés en España, las palabras inglesas eran resueltas por estos hablantes mediante diversos lítotes de inclusión vocálica y, en algunos casos, haciendo una lectura fonética muy libre de la palabra original: estep por step, brovinin por browning, futubul [desapareció pronto, conforme el deporte se hizo popular ]. En este tipo de conversiones es muy frecuente el paragogue: esporte, lunche, intervieve, tickete.

Habría muchas otras cosas de las que hablar (en puridad, sólo hemos hablado de las vocales). Pero tampoco os quiero aburrir. Apenas unos apuntes para reivindicar un habla que hoy, en su gran parte, se ha perdido o se está perdiendo; pero que fue seña de identidad de los madrileños cuando ser madrileño era una identidad. Luego llegaron los tiempos en los que ser de Madrid era ser de cualquier otra parte. Tiempos que, por fuerza, tenían que hacer desaparecer esta prosodia que durante tanto tiempo reinó en los rincones del Rastro y del resto de la ciudad. Un Madrid perdido, pero que merece la pena recordar.

2 comentarios:

  1. Anónimo9:43 a.m.

    Es un disfrute leerlo y escuchar las palabras o decirlas si no las encuentro grabadas. Esperando la continuación de estas notas. Gracias por todo y feliz año.

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  2. Anónimo9:44 a.m.

    Soy Iván, que me daba error con la cuenta de google.

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