miércoles, septiembre 09, 2020

Franco y Dios (6: casi un acuerdo; casi...)

Como quiera que el tema de España, la República y la Iglesia ha sido tratado varias veces en este blog, aquí tienes algunos enlaces para que no te pierdas.

El episodio de la senda recorrida por el general Franco hacia el poder que se refiere a la Pastoral Colectiva

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Y ahora vamos con las tomas de esta serie. Ya sabes: los enlaces irán apareciendo conforme se publiquen.
Un acercamiento formal
Posiciones enfrentadas
Aquel agosto que el Generalísimo decidió matar a los curas de hambre
La tarde que el cardenal Pacelli se quedó sin palabras
O el cardenal no sabe tomar notas, o el general miente como una perra
Monseñor Cicognani saca petróleo de las dudas del general Franco
La nación ultracatólica que no quería ver a un cardenal ni en pintura
No es no; y, además, es no
¿Qué estás haciendo: cosas nazis?
Franco decide ser nazi sólo con la puntita
Como me toquéis mucho las pelotas, me llevo el Scatergories
Los amigos peor avenidos de la Historia
Hacia la divinización del señor bajito
Paco, eres peor que la República
¿A que no sabías que Franco censuró la pastoral de un cardenal primado?
Y el Generalísimo dijo: a tomar por culo todo
Pío toma el mando
Una propuesta con freno y marcha atrás
El cardenal mea fuera del plato
Quiero a este cura un paso más allá de la frontera; y lo quiero ya
Serrano Súñer pasa del sacerdote Ariel
El ministro que se agarró a los cataplines de un Papa
El obispo que dijo: si el Papa quiere que sea primado de España, que me lo diga
Y Serrano Súñer se dio, por fin, cuenta de que había cosas de las que no tenía ni puta idea
Cuando Franco decidió mutar en Franco


Los testimonios que yo tengo del padre Carmelo Ballester, que no son muchos pero sí todos coincidentes, hablan de un sacerdote más que aseado y bastante buena persona, como por otra parte suele pasar con los paúles, habitualmente menos taimados que otros de sus colegas en la salvación. Además, el padre Ballester es autor de una muy meritoria traducción del Nuevo Testamento, muy recomendable para frikis de la exégesis. Andando los años, de hecho, a Franco le acabaría gustando tanto aquel curita enjuto que lo haría procurador en Cortes. No obstante, en el momento procesal que relatamos, el nombramiento de Melo Ballester se enquistó.

El padre Ballester, y este es un detalle que cayó en el estómago del régimen de Burgos como fabada cocinada por un islandés, nunca había figurado como sacerdote español; estaba adscrito a la congregación lazarista de Aquitania y viajaba siempre con pasaporte galo. Los problemas con el padre Astérix, de hecho, venían de antiguo: ya la dictadura de Primo de Rivera había legislado exigiendo que los superiores de las comunidades religiosas de España fuesen españoles. A pesar de ello, Ballester había sido nombrado director de la provincia de las Hijas de la Caridad Francesas, lo que, en la práctica, lo hacía director también de las Hijas de la Caridad españolas. Ballester fue “acusado” entonces de haber complotado con otro personaje odioso para las fuerzas más conservadoras españolas: el nuncio Tedeschini, para realizar una secesión dentro de la sociedad de vida apostólica de los padres paúles en España. Con la ayuda de paúles catalanes, llegó a convencer a Roma, según estas versiones, de emitir un decreto que escindía a las Hijas de la Caridad catalanas, valencianas y baleáricas del resto de la provincia española, para unirlas a la provincia francesa. Magaz, entonces embajador en el Vaticano, se presentó ante Pío XI y montó la mundial, provocando que el Papa realizase un decretus interruptus.

Los nacionales, por último, no le perdonaban que hubiese dado permiso para que la superiora del hospital de San Luis de los Franceses en Madrid hubiese recaudado fondos para hospitales madrileños en Francia durante la guerra.

Cuando el Vaticano pensó en el nombramiento de Ballester, en las primeras semanas de 1938, los conspiradores en Burgos sacaron a relucir los viejos problemas e insinuaron que Gomá, quien al parecer aprobaba el nombramiento, estaba conchabado con Ballester para escindir a las Hijas de la Caridad.

Yo sé que hoy parece poca cosa; pero, en su momento, al bando sublevado este detalle le sirvió para salir del armario y cambiar su actitud de forma radical sobre el nombramiento de obispos. El día 13 de febrero, el gobierno se comunicaba con su encargado de negocios en el Vaticano para darle instrucciones de que aceptase el nombramiento como un hecho consumado, pero que protestase enérgicamente por el mismo.

Lo importante para nuestra historia es que esta protesta, que yo creo que fue un poco como que el Pisuerga pasa por Valladolid y voy y lo aprovecho, despertó la ambición dormida de Burgos por el Patronato Real. En su protesta, en efecto, Churruca sacó a pasear los términos en los que estaba redactado el Concordato de 1851. Y este texto obligó al Vaticano a posicionarse sobre un tema del que, claramente, no quería hablar. La Secretaría de Estado, en su respuesta al encargado español de negocios, habría de aducir razones que acabarían formando parte del centro de su posición sobre la materia: a partir de la doctrina desarrollada por Benedicto XV sobre los acuerdos concordatarios y los cambios de régimen, en el sentido de que los segundos acaban por invalidar los primeros, no cabía considerar como existente el Concordato de 1851 entre España y la Santa Sede. De hecho, el Vaticano dejó muy claro que, para poder negociar aquel tema, primero debería producirse por parte de España la retirada de la protesta presentada; pero eso no pasó.

El Vaticano acabó respondiendo formalmente a la protesta, puesto que ésta no se retiró, en los términos ya apuntados: en primer lugar, el papa Benedicto XV había establecido claramente que un cambio de régimen invalidaba los acuerdos concordatarios. En segundo lugar, el Privilegio Real era un privilegio otorgado a los reyes católicos y heredado por sus herederos, cosa que un general de Ferrol no era. En esas condiciones, continuaba el Vaticano, sólo en el marco de determinados acuerdos concordatarios se podía llegar al pacto de que los gobiernos fuesen consultados sobre nombramientos episcopales. En otras palabras, el Vaticano se abría a esa posibilidad tras una negociación.

Para cuando la nota de Roma llegó a Salamanca, el gobierno nacional tenía recién estrenada una sección del Ministerio de Asuntos Exteriores dedicada a las relaciones con la Santa Sede; sección que, por lo tanto, fue la encargada de analizar a fondo el texto. A la dicha sección, la respuesta le pareció suficiente para poder retirar la protesta, siempre y cuando se iniciase la negociación de un modus vivendi que incluyese el derecho el gobierno a vetar propuestas para el episcopado; acuerdo que sería la base de un nuevo Concordato, que ya limpiaría, fijaría y daría esplendor al acuerdo.

Era ministro de Asuntos Exteriores del gobierno español sublevado el general Francisco Gómez-Jordana Sousa, a quien, habitualmente, citamos como el general Jordana. Jordana tuvo un encuentro con Antoniutti, en el que el nuncio in pectore le confirmó los extremos desarrollados por la Secretaría de Estado de la nota; no sólo eso, sino que le dijo que Roma no pondría objeciones a una ley que obligase a los nuevos obispos a hacer juramento de fidelidad al Estado español (tema en el que, como veremos, o el curita se pasó de frenada o mintió descaradamente, pues acabaría por dar más de un problema). Sin embargo, el representante vaticano le volvió a soltar la teórica de Simeone y le dijo que siempre sería mejor ir partido a partido; primero el tema del nombramiento de los obispos, que ya habría momento para hablar del juramento.

El 14 de marzo, cabalgando estas ilusiones, el gobierno instruye al marqués de Aycinena para que se ponga en contacto con la Secretaría de Estado vaticana. La propuesta que debía presentar el encargado de negocios era muy sencilla y rápida: mediante un sencillo intercambio de notas, ambas partes implantarían un modus vivendi que incluiría el procedimiento previsto en el artículo 19 del Concordato vigente entre el Vaticano y el Estado italiano, si bien con un plazo para el estudio de candidaturas y eventual veto algo superior al italiano, por razón de que en este último caso no había distancias físicas entre los dos Estados firmantes. Asimismo, se le instruía de que, puesto que el artículo 20 de dicho Concordato también preveía el juramento que Burgos pretendía implantar entre los prelados españoles, el encargado de negocios debía intentar conseguir también esa reivindicación. El gobierno español, como deferencia, ofrecía la retirada de la nota de protesta.

Aycinena se estudió la oposición a fondo y contestó diez días después haciendo algunas apreciaciones en las que, tal vez, no habían pensado en el embrión de ministerio salmantino. En realidad, creo que una forma más precisa de decir las cosas es que fue el único que se coscó de por qué los prelados se estaban mostrando tan colaboradores y tan de buen rollo. El marqués, que era un buen católico y ahora mismo vivía rodeado de curas, probablemente había llegado a entender, mejor que nadie en la España nacional, que siempre que un cura te da la razón, lo mejor que puedes hacer es preguntarte por dónde te la está metiendo. Porque que te la está metiendo, es algo que queda fuera de toda duda.

El avispado encargado de negocios se había dado cuenta del trile: negociando un Concordato nuevo, España se abocaba a una situación en la que, todo lo más, lo que podría conseguir era lo que había en concordatos ya firmados por la Santa Sede con otros países católicos, como Italia. Concordatos, en su inmensa mayoría, inspirados por los tiempos del siglo XX o, para ser más precisos, los tiempos posteriores a la Gran Guerra, pues es con ésta con la que realmente terminó el siglo XIX a todos los efectos.

Los concordatos nuevos bajo esta terminología, razonaba Aycinena de forma muy acertada que demostraba sus habilidades como diplomático y canonista, se centraban en cosas como el derecho de informar a los Estados de los nombramientos eclesiásticos y, en casos, vetarlos. Pero el Patronato Real iba mucho más lejos. El Patronato Real reconocía el derecho de los reyes a proponer candidatos para las sedes. Hay una diferencia entre reconocer, o no, al candidato que te presenta un cura (y si no te gusta lo vetas; pero entonces te presenta otro, y otro, y otro. Y, creedme, a paciente nunca le ganaréis a un sacerdote, porque están literalmente acostumbrados a esperar una eternidad); y proponerlo. Churruca le dijo a su gobierno, literalmente: estamos conformándonos con mucho menos de lo que esperaban ellos.

Así las cosas, el encargado de negocios hacía una propuesta que venía a ser jugar en el mismo terreno que el contrincante: la paciencia. Dado que, en el marco de la polémica surgida sobre todo con el tema del padre Ballester, el Vaticano había dicho que no tenía intención de hacer más nombramientos a corto plazo, razonaba Churruca, lo que había que hacer ahora era abrir un compás de negociación; pero no ceder.

Nada más enviar esta carta, Churruca recibió otra de Jordana. El general había tenido una conversación con Antoniutti en el que el cura le había vuelto a envolver en su atmósfera de buen rollo y le había insinuado que el gobierno podría, en un clima tan favorable, reconocer la personalidad jurídica de los obispos. Ante la instrucción de hacer tan concesión, Churruca le contestaba a su jefe que no se precipitase. Reconocer la personalidad jurídica de los obispos venía a suponer reconocer su derecho a recibir recursos del presupuesto público. Si España cedía en un sistema de nombramiento con el que el Vaticano se sentía cómodo y además les aseguraba la pasta (porque la pasta, no me cansaré de escribíroslo, siempre es lo importante), ¿qué incentivos podría tener Roma para acordar un nuevo Concordato?

Fue, en definitiva, gracias a este cuarto a espadas de Churruca, que el gobierno español se centró, se dio cuenta de que no tenía que aceptar cesiones tan rápido y, sobre todo, que su principal baza estaba en defender algo que había estado a punto de abandonar de facto: la reivindicación de que el Concordato de 1851 seguía siendo una referencia viable para la negociación.

En marzo de 1938, el Vaticano, muy atento a las posibilidades de arrimar el ascua a su sardina, decide tomar otra decisión diseñada para ilusionar al gobierno español y obligarlo a ambicionar un acuerdo: comienza a lanzar señales hacia Burgos en el sentido de que estaría dispuesto a que la representación española ante la Santa Sede gane peso y simbolismo con el nombramiento de un embajador. Este movimiento, asimismo, se vería complementado con el gesto por parte del Vaticano de designar un nuevo nuncio apostólico y enviarlo a España. El Papa, pues, plenamente consciente de cuáles son las necesidades, los deseos y las ambiciones del general Franco, no hace otra cosa que enseñarle una oferta destinada a colmar una parte muy importante de éstos.

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