miércoles, mayo 22, 2019

El canto del cisne de la aristocracia española (o cómo echar a un rey a base de bailar)

En el Madrid del siglo XIX, además de algún que otro espectáculo notable como el teatro, la zarzuela o los toros, lo que se podía hacer, y se hacía, era visitar. Los españoles, y muy particularmente los madrileños, de aquella época, tenían una agenda establecida de días y horarios durante los cuales abrían los salones de sus casas para la visita de sus parciales, amigos y socios. En Madrid, las personas visitaban a las familias Fulano o Mengano, y visitar, esto es, ser admitido en según qué tertulias, almuerzos o cenas, era signo de estatus. De hecho, a finales del siglo XIX, lo más de lo más del reconocimiento social era comer en casa de Emilio Castelar. El político republicano no estaba casado y vivía en una casa amplia, creo que en la calle Serrano, con un extenso comedor en el que había una mesa imperial con capacidad exacta para doce cubiertos. Por lo demás, Castelar, hombre muy querido en toda España, tenía corresponsales por todo el país que no paraban de enviarle las mejores viandas, así pues su casa estaba siempre repleta de chorizos, cecinas, arroz, lentejas, la mejor fruta. Comer en casa de Castelar era comer bien y, además, poder contar que uno había sido visto en la mesa del prohombre. Así pues, las mañanas, sobre todo de diario, se consumían en un tira y afloja constante, una competición entre pivotes debajo de la canasta, donde se buscaba conseguir, a codazos o como fuera, uno de los once puestos de oro.

Casi todo lo bueno y lo malo que ocurrió en el país durante aquel tiempo se fraguó en aquellos conciliábulos en los que, si se celebraban en la tarde como era habitual, el chocolate a la taza era el rey, el chisme la materia prima, y los negocios y apaños, matrimonios incluidos, el resultado.
Todo el mundo que tenía un determinado nivel practicaba a su manera esta costumbre. El modesto burgués apenas acomodado recibía en su salón, tal vez con las ventanas de verano abiertas a la calle de alguna zona entonces periférica de Madrid, hoy gentrificada, a dos o tres personas a lo sumo pues los posibles de su vivienda no daban para más. Y el acendrado millonario, el asentado aristócrata, abría sus salones de ensueño para grandes encuentros donde aspiraba acopiar al todo Madrid. Toda esa gente, sobre todo los primeros, contaba con un salón más, al aire libre, formado fundamentalmente por el paseo del Prado. El paseo era bien ancho y arbolado, por ahí se podía circular a pie o en calesa o simón (y esto era importante, pues así se hacía ostentación de BMW); y estaba cerca de los lugares, situados un poco más arriba, en la zona de Sol sobre todo, donde muchos madrileños oían misa los domingos. Tras la misa, el paseo, el encuentro casual con los conocidos era obligado. La pasión por los chismes de aquellos paseantes era tan evidente que el lugar fue bautizado por los madrileños como el Tontódromo; en el hipódromo de la Castellana, se decía, corrían los caballos y allí, en el centro, los tontos.

La cumbre de todo esto era el baile. Aquél que tenía una casa y posibles suficientes para ello superaba el entorno del mero encuentro de tertulia para organizar un baile. Los bailes tenían un horario algo tardío para lo que se estila hoy, pues no pocos empezaban a las diez o incluso más tarde, y podían durar hasta la madrugada; lo cual no ha de extrañar en un Madrid que estaba acostumbrado a que la planta superior del Fornos nunca cerrase, o que las últimas sesiones del teatro Apolo se celebrasen prácticamente a hora de after hours. El madrileño decimonónico con posibles madrugaba poco y trasnochaba mucho. Fue más o menos por esa época cuando se comenzó a construir la moderna inquina hacia el personaje trabajador, austero, cumplidor, madrugador, centrado en sus labores y poco amigo de perderse en alharacas; personaje que, cuarta arriba, cuarta abajo, es tomado, según la ética del español average, por un pobre gilipollas, un pringao, un imbécil. En la España de hoy, el que no se va de botellón es tonto del culo; y esa forma de pensar no deja de ser, a su manera, la misma que tenían los decimonónicos. Resulta curioso, por cierto, que buena parte de los que piensan así luego vayan y se quejen de que España sea un país de camareros. Como si para servir botellones hicieran falta ingenieros aeronáuticos.

En fin, no nos desviemos. El acto social cumbre en la España del XIX era montar un baile; y el motivo más habitual, sobre todo entre los burgueses, era casar a la niña. Padre y madre hacían un esfuerzo económico intenso y poco habitual (que en los tiempos actuales se ha desplazado a la boda en sí, pero para muchos sigue siendo sustancialmente lo mismo) cuando llegaba el momento en que su hija alcanzaba la edad colocable.  Crónicas contemporáneas nos dicen  que, fácilmente, un burgués bien colocado podría fácilmente gastarse en un baile de estos entre 40.000 y 70.000 euros de hoy en día, según mis propios cálculos.

Eran tiempos, desde luego, ya modernos. En la segunda mitad del siglo XIX, las hijas se casaban ya, casi todas, por amor; prácticamente no había ya padres que concertasen el matrimonio de sus hijas como si fuera una fusión bancaria o un acuerdo entre cabreros de las montañas de Afganistán. La niña, pues, debía casarse con el hombre que le hiciese pandán; frase que, sin embargo, tiene sus reglas. Repase el lector, si ya la ha leído, la historia de la primera juventud de Ana Ozores, La Regenta, contada por Leopoldo Alas en la novela homónima, y encontrará un ejemplo muy bien descrito de lo dicho. Las mujeres se casaban por amor, cuando menos teóricamente, pero de ese amor se esperaba que se produjese en el correcto escalón social y que, al fin y al cabo, fuese un amor que contribuyese a los intereses familiares. Los padres burgueses esperaban de sus hijos, sobre todo de ellas, que con sus matrimonios, que eran para toda la vida, incrementasen el patrimonio familiar, lo consolidasen o, en algunas ocasiones, lo salvasen de la quema.

Para crear ese amor tan útil, ellos, los chicos, iban a bailes; ellas, las chicas, los organizaban para sí; o ambos se encontraban en los bailes puramente lúdicos, en la mayoría de los casos cotillones. Era un entorno híper competitivo en el que la eficiencia de cada una de las damitas era palpable y comprobable por cualquiera. Se habla mucho del carné de baile, esa tarjetita en la que cada mujer iba anotando con quién había comprometido cada pieza de las que iba a tocar la orquesta. En el Madrid decimonónico, sin embargo, eso del carné de baile no era el único sistema utilizado. Ciertamente, cuando el baile era en honor de alguna niña fresa, ésta llevaba un librito en el que iría anotando los bailes que había comprometido; pero eso no quería decir que fuese una moza muy solicitada, pues la ética social del momento imponía a los participantes jóvenes en el baile, e incluso a algunos no tan jóvenes, solicitarla aunque les repugnase; al fin y al cabo, era la anfitriona. Por lo tanto, la hija del matrimonio que se había gastado el sueldo de un obrero multiplicado por varias vidas en trufar su casa de flores y organizar una opípara cena colectiva solía tener el carné de baile a rebosar, pero eso no necesariamente quería decir que estuviese en el centro del huracán.

En bailes más desenfadados, como los cotillones, lo que se destilaba era que jóvenes y jóvenas desfilasen unos enfrente de otros, en plan rigodón, y que se entregasen signos de su voluntad de bailar juntos. Ellos les solían dar a ellas ramos de flores y ellas solían condecorar las pecheras de los muchachos. Esto hacía las cosas bastante humillantes para feos, pobres, atrabiliarios y desclasados en general, si es que el tema les importaba algo (que, si iban al baile, lo normal era que sí); pues a la evidencia de todos se presentaba el espectáculo de que hubiera chicas que apenas podían andar de tanto ramo de flores que llevaban, como también había muchachos que tenían el frac salpicado de lazos y escarapelas. Para los padres, en todo caso, la mejor recompensa para un baile, que como he dicho solía suponerles un desembolso extraordinario para el cual incluso habían de endeudarse, era que su hija saliese de él enamorada e ilusionada. La obvia selección de invitados era la que garantizaba que ese enamoramiento fuese un enamoramiento cooptado, dentro de la grey, adecuado a los objetivos.

Os recomiendo, en este punto, la lectura de un libro: Madrid, firmado por Eusebio Blasco; yo tengo la edición original de 1873, pero tengo alguna noticia de que se ha reeditado modernamente. Es un conjunto de crónicas escritas por los plumillas de la época, algunas de las cuales tratan directamente el tema de estos bailes. Más en concreto, si el tema costumbrista os interesa deberíais leer las estampas que dejó en su labor periodística Ramón Navarrete, sobre todo las que firmó con el seudónimo Asmodeo.

En la cumbre de la escala trófica social decimonónica estaba la aristocracia. Los aristócratas españoles del siglo XIX, sobre todo los grandes de España, conservaban todavía buena parte de su pasada riqueza. No pocos palacios seguían siendo suyos, e incluso muchos se construyeron otros nuevos en el Madrid que iba surgiendo. La posición de muchos les permitía tener decenas de criados y salones interminables, lo que les permitía organizar bailes multitudinarios. Aquella aristocracia había regido a su manera España durante siglos, pero en la segunda mitad del siglo XIX estaba ya de capa caída como clase social. Aristócratas seguirían siendo ministros, secretarios de Estado, embajadores y otras muchas cosas; pero ya lo serían sólo aquéllos de entre ellos cuyas familias supieron invertir bien lo conseguido en los tiempos anteriores, mientras que ellos mismos se esforzaban por ser buenos abogados, industriales, banqueros o políticos. La aristocracia, sin embargo, desaparecía rápidamente, en España como en otros países, como Estado, como clase política. Su identificación con los Borbones, notablemente con Isabel II, los había alejado de aquéllos que verdaderamente defendían un orden político de cosas donde hubieran seguido ostentando el poder, los carlistas. Y, en general, generación tras generación, los miembros del gotha iban comprobando cómo muchos de sus componentes se aburguesaban y se avenían a ser banqueros o industriales, y otros muchos, simplemente, se arruinaban.

El reloj de la Historia dictaminaba, pues, que había llegado el momento de que la aristocracia desapareciese, como tal, de la Historia de España. Sin embargo, dicen que todo cisne, sabiéndose morir, elabora un canto postrero que supera en belleza a todos los anteriores. Esto fue así, probablemente, con la aristocracia española, quien rindió un último servicio de primera fila en la Historia de España en el hoy ya distante año de 1872. Y lo rindió haciendo lo que sabía hacer: bailando.

Como ya hemos contado aquí, tras la revolución de 1868, y por iniciativa de su principal factótum Juan Prim, España se aplicó a una almoneda un tanto vergonzosa en la que el premio final fue la corona de España. Prim y sus conjurados liberales (por lo menos algunos) querían tener un rey constitucional, y la única condición que ponían era que no fuese un Borbón. La elección no fue fácil por los varios candidatos que, con buen criterio, rechazaron ser reyes de España; y porque rápidamente el hecho se convirtió en un duro problema de geopolítica, con Francia y Prusia frontalmente enfrentados en el tema de quién iba a ser el futuro rey del país. Así las cosas, el tema recayó en los hombros de un tercera fila, de un tipo bienintencionado pero, la verdad, bastante gafe, tirando a de escasas luces: Amadeo de Saboya.

En aquella España todo el mundo, y la aristocracia en primer lugar, aceptó el fait accompli de una revolución que pronto se convirtió en imparable. Sin embargo, las graves disensiones entre los revolucionarios, que llegaron al poder sin Plan B y, si lo tenían, lo perdieron porque estaba en la cabeza de Prim y a Prim lo asesinaron, unido al nuevo estallido de las hostilidades carlistas, hicieron pronto concebir esperanzas a los borbónicos españoles de que algún día se podría muñir una restauración.

La aristocracia española, nada más producirse los sucesos de 1868, lo que hizo fue ausentarse de sus capitales de residencia y, muy particularmente, Madrid. Dado que muchos de aquellos aristócratas tenían casa de verano en San Sebastián, puesto que era el lugar de veraneo de la reina, hacia allá se fueron, cerquita de la frontera francesa; y no fueron pocos los que, de hecho, la traspasaron, solos o acompañando precisamente a la exiliada Isabel. Aquélla fue una reacción previendo que Madrid pudiese acabar en manos de las turbas que se los llevasen por delante. Sus miedos, ciertamente, se adelantaron 70 años, pero no parece que tuviesen nada de exagerados. Pasado un tiempo prudencial, sin embargo, cuando la aristocracia comprobare que los temas se encauzaban de una forma más o menos racional (dentro de la demente coña que fue aquella primera república, véase aquíaquí y aquí), regresó a su ciudad, a sus palacios, a sus casas, y a sus salones. Eso sí, casi como un solo hombre, los aristócratas españoles se colocaron frente al rey Amadeo, al que consideran, sinceramente creo que no sin razón, como un pastiche infumable. La clase alta española, como lógica consecuencia de su militancia mayoritariamente canovista, se hizo restauracionista.

Muchos fueron los servicios reales prestados por algunos aristócratas a la causa borbónica y, muy especialmente, los de José Osorio y Silva, marqués de Alcañices y duque de Sesto, el principal apoyo financiero de la causa borbónica en España. Pero la aristocracia en su conjunto prestó uno muy concreto, que fue bailar. Y, bailando, echaron a Amadeo.

Es sobradamente conocido, yo lo he escrito ya varias veces en este blog, que los aristócratas españoles multiplicaron los desplantes hacia el rey italiano de España. No acudían a sus convocatorias, cerraban las contraventanas de sus calesas cuando se cruzaban con él o, como hacia Alcañices, al paso del rey ordenaban al servicio que cerrase las ventanas de sus residencias (el duque de Sesto vivía entonces en el palacio que estaba donde hoy el Banco de España en la calle Alcalá). Sin embargo, la forma de resistencia pasiva más eficiente contra el nuevo rey, en realidad contra el nuevo régimen, tiene un curioso paralelismo con los tiempos inmediatamente actuales, pues aquellos aristócratas inventaron, por así decirlo, la táctica del lazo amarillo que hoy conocemos tan bien en Cataluña. Ellos, sin embargo, no llevaban lazos amarillos: llevaban la flor de lis, símbolo borbónico donde los haya; y, en menor medida, lazos rojos (las mujeres; era distintivo de las damas de la reina); al parecer, algún significado político tenían también las peinetas y mantillas, pues el gobierno llegó a prohibir que se exhibiesen en la Castellana. En cualquier reunión social, en el teatro, en los toros, en una tertulia, era fácil localizar a los monárquicos restauracionistas, pues en algún lugar de su vestido o de su librea ostentaban una flor de lis, como signo de callada protesta contra la expulsión de los Borbones de España. El gobierno acabó prohibiendo la exhibición de la flor de lis en público.

No fue en modo alguno un movimiento espontáneo. Llegado Amadeo, la gran aristocracia española, animada sobre todo por Alcañices, tuvo una reunión presidida por el marqués de Molins, Mariano Roca de Togores. En dicha reunión se redactó una carta (que pronto sería filtrada a la prensa) que contenía instrucciones precisas sobre le modo de actuar ante la llegada del rey italiano.

Una de las normas que incluía esa carta era que la aristocracia no atendería a las invitaciones que le pudieran llegar de Palacio. Y como lo decía la carta, lo hicieron. El 5 de enero de 1872, Amadeo se estrenó como anfitrión en el Palacio Real con un cotillón de Reyes. Sin embargo, sólo asistió un puñado de mujeres aristócratas que, por diversas razones relacionadas con sus maridos, no podían faltar: las duquesas de Veragua, Fernán Núñez, Tetuán, de la Torre, las marquesas de Ugallares y de Cervera y la condesa de Almina. Siete señoras pertenecientes a un fondo de armario que, literalmente, tenía cientos de miembros y miembras. En total, a aquel baile no llegaron a ser ni treinta asistentes. Hay que contar, además, con que Amadeo tenía el problema de no poder construir su propia Corte, por así decirlo. La viuda de Prim, ella misma duquesa, había resuelto prácticamente no salir de casa tras la muerte de su marido; lo mismo hacía la mujer de Ruiz Zorrilla, que abominaba de aquellas catetadas. La mujer del general Topete, otro de los principales de la Gloriosa, era alfonsina hasta las trancas.

En estas condiciones, Amadeo, puesto que no podía encontrar una aristocracia española que se le acercase, tuvo que echar mano de ayudas extranjeras. El principal apoyo lo encontró en un personaje fundamental para que entendamos hoy buena parte de la Historia Antigua: Austen Henry Layard, el hombre que excavó Nínive y otras poblaciones asirias y que redescubrió para el mundo los palacios de Asurbanipal y, sobre todo, la biblioteca que éste había acumulado, en gran parte, como resultado de la enfermedad crónica y los miedos de su padre, Esarhadón.

Henry Layard, llegado a Madrid como representante diplomático inglés en la capital, abrió su salón para recibir todos los lunes en su residencia diplomática de la calle Torija. Sin embargo, el boicot que los aristócratas le hicieron al buen inglés fue tal que acabó pretextando una semana una ligera indisposición para no celebrar reunión, y ya no volvió a hacerlo. Otra que intentó la misma jugada, con el mismo éxito, fue Adela Weisweiler, hija del corresponsal de la banca Rotschild en España, en su casa de la carrera de San Francisco.

A finales de 1871, el banquero y aristócrata Antonio de Hoyos y Vinent, marqués de Vinent, comenzó el baile, nunca mejor dicho, en su residencia de la calle Barquillo (que había sido la de Manuel Godoy), con una promenade a la que asistieron más de cuatrocientas personas. Pero como una de las cosas que pretendía la aristocracia desde la famosa carta de Alcañices y Molins era que aquello fuese un no parar (Cánovas, siempre que abandonaba un baile, se despedía con un tajante "hasta luego"), al día siguiente, que era viernes, los marqueses de la Torrecilla, que tenían un palacio en la calle Peligros (hoy Alcalá; creo que es hoy parte del Ministerio de Hacienda, aunque lo que queda es la entrada), invitaron a los asistentes a descansar en su fiesta, para así, el sábado, poder ir todos a una serie de representaciones de teatro amateur en casa de Amalia de Llano y Dotres, condesa de Vilches; a la que, a pesar de que fallecería apenas tres años después, todavía podéis ir a visitar a día de hoy, pues su retrato, obra de Madrazo, está colgado de las paredes del Museo del Prado.

El clímax, sin embargo, habría de llegar en enero de 1872. Primero fue, ya lo hemos contado, el desplante al cotillón organizado por el rey. Y luego llegó el 23 de dicho mes, que era el santo de Alfonso, el Borbón que calentaba banquillo en París. Fue el baile en casa de los Heredia-Spínola, en su casa de la calle de Hortaleza (no confundáis esta residencia con el llamado Palacio de Zabálburu, también en Madrid, en la calle Salustiano Olózaga; se lo suele llamar a veces Palacio Heredia-Spínola, dado que la hija de Zabálburu casó con el conde del momento. Pero los Heredia-Spínola habían vivido, de toda la vida, en la calle de Hortaleza).

María de las Angustias de Arizcun y Heredia, condesa de Heredia-Spínola con grandeza de España, era uno de los grandes apoyos de la monarquía borbónica en Madrid. Su decisión fue la de convertir el santo del futuro rey en una manifestación alfonsina a la que acudiría toda la aristocracia, buena parte del estamento militar y todos los políticos conservadores. Para no hacer sombra a su acto tuvo que negociar con Pepe Alcañices, quien también quería celebrar el santo de Alfonso en su palacio y que, como veremos, aceptó desplazar algunos días su convocatoria.

Allí que se presentaron, aquella tarde, cientos y cientos de invitados, ellos de frac, ellas ampliamente engalanadas; y todos llevaban una flor de lis en alguna parte. Toda la casa fue liberada de sus muebles para hacer sitio, que fueron distribuidos entre el cercano hogar del marqués de Urbieta (padre de la condesa) y otros vecinos que se avinieron a hospedar las mesas, cómodas y escribanías durante unas horas. María de las Angustias lo organizó todo, ayudada por sus hijas, Angustias (quien casaría con Salvador de Zulueta, por lo que fue marquesa de Álava) y Narcisa (por todos conocida como Chichita, que casaría con José Osorio y Heredia, que la haría condesa de La Corzana o Lacorzana y era, curiosamente, el heredero del duque de Sesto). La verdad es que este post me está quedando que ni Josemi Rodríguez Sieiro...

Buena parte de aquella gente siguió bailando la noche siguiente en casa de los duques de Bedmar, y el 25 en la de los de Torrecilla. Sin embargo, el broche final llegó algunos días después, con el baile aplazado en el hoy Banco de España.

Estaba entonces llegando a Madrid la mazurca, así que Pepe Alcañices resolvió organizar una en su casa. Más de cuatrocientos invitados que empezaron a bailar a las diez y media de la noche, baile que interrumpieron algo después para cenar allí mismo.

Se bailó toda la noche y nadie osó marcharse. Se había corrido una voz, y se cumplió: al amanecer, Alcañices iluminó la capilla que tenía dentro de la casa, al fondo de uno de los salones; y allí mismo, las cuatrocientas personas que habían asistido a fiesta se arrodillaron para rezar por el regreso del rey Alfonso.

Se dice, y es hipótesis bastante sólida, que aquel mes de enero de 1872, ante el continuado espectáculo que dieron los grandes de España y sus amigos en sus repetidos bailes, fue el momento en el que Amadeo de Saboya decidió abdicar la corona. Él había asegurado, en su discurso a las Cortes, que nunca ceñiría la corona en contra de los deseos de los españoles. Tiene lógica que juzgase que los españoles habían hablado, alto y claro. Los aristócratas lo habían echado bailando.

Hoy en día que los aristócratas le conceden entrevistas a La Sexta, la cosa ya se ha quedado más para tertulias después del golf.

5 comentarios:

  1. He encontrado en ebiblioteca.org unos volúmenes editados por el Ateneo de Madrid sobre la sociedad idem del XIX. Están en pdf, por si le interesa a algún lectófago enfermo como yo.

    ResponderEliminar
  2. O sea, los grandes y los aspirantes a crecer llamaban a los Borbones, que les daria joyas como los siguientes Alfonsos. ¡Que manga de tarados! Como si en la guerra civil de USA hubiera ganado el general Lee. Otro caso donde los que gobiernan le cavan la tumba a los nietos.
    Hace poco, con motivo de la muerte de la duquesa de Alba, leia una anecdota donde le habia negado la invitacion a un baile a una hija de Franco y decia estar orgulloa de ese gesto regio. Parece que la estupidez se transmite geneticamente. Otro motivo para desconfiar de la monarquía

    ResponderEliminar
  3. Anónimo6:09 p.m.

    Antonio de Hoyos y Vinent, marqués de Vinent, nació en 1884. Con lo cual, resulta complicado que diese semejante fiesta.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Razón llevas. Tuvo que ser su padre, el Isidro.

      Eliminar