lunes, mayo 28, 2018

Sudáfrica (9: Mbeki)

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Los comienzos de Mandela
Biko
A pesar de todos los problemas que experimentó, y experimenta, el régimen de transición política comandado por Mandela en Sudáfrica, lo que probablemente fue un triunfo sin paliativos, un triunfo conseguido a pesar de las muchas dificultades que se le presentaban al proyecto, fue la construcción de una clase media negra. Era un proceso necesario porque la causa negra necesitaba de esas personas, razonablemente formadas, para tomar los puestos que ahora quedaban vacantes en la estructura estatal y relacionada con el Estado. Puestos hasta ahora reservados a los blancos y que ahora lo estaban a los negros.


Todas las estructuras sociales y económicas sudafricanas, presionadas por la necesidad de hacer ver que apoyaban las políticas de igualdad, se apuntaron a la tendencia de incorporar personas de raza negra en sus consejos de administración y sus estructuras de gestión. Lo cual creó un problema inmediato puesto que la política educativa afrikaner, aplicada durante décadas, provocó rápidamente que los candidatos se acabasen. Como consecuencia, el apoyo al emprendimiento negro hizo que los pocos que estaban en condiciones de aprovecharse de ese apoyo levantaron grandes fortunas en muy poco tiempo. No pocos de ellos vivían de los contratos públicos, pues éstos, por ley, venían obligados a discriminar positivamente a los participantes calificados como “discriminados en el pasado”.

Este éxito, sin embargo, puede ser visto como un fracaso, con sólo poner el frasco boca abajo. La creación de la clase media negra tendió a reducir la inequidad de riqueza entre negros y blancos; pero, al mismo tiempo, incrementó esa misma desigualdad entre negros. Los negros que hicieron riqueza, poco a poco, se fueron viendo atraídos por la vida que siempre habían criticado, la del amo blanco que pasa los domingos por la tarde tomando un mojito tras otro en el jardín con piscina de su chalé, despreocupado de que en otras esquinas del país la gente coma mierda. Se compraron chalés, coches de alta gama, y se hicieron socios de los elitistas clubs de golf. Una acción que no hizo sino provocar que la lucha en pro de los derechos de los negros se volviera un tanto esquizofrénica, en tanto que, hasta el momento, había sido también, y sin problemas, la lucha por los derechos de la gente, por la riqueza del bien común; pero, ahora, algunos de los impulsores de dicha lucha ya no parecían tener muchas ganas de mantenerla en los mismos términos.

Cuando Nelson Mandela llegó a la presidencia de Sudáfrica, tenía claro que, aunque la suya era una lucha de toda una vida, el suyo era un cargo con tictac. Al final de su mandato tendría 81 años de edad, y él mismo se consideraba demasiado valetudinario para continuar en el machito. Al mismo tiempo, el líder histórico del ANC era consciente de que muchas cosas que se hacían en Sudáfrica, se hacían por razón de su carisma personal, no el de su formación. Así pues, tenía que pensar en cómo sería la vida del país cuando él estuviese muerto o retirado.

No era fácil la cosa. En primer lugar, es que la propia figura de Mandela estaba sufriendo las consecuencias de la constante exposición al ambiente exterior. Al contrario de lo que parecen querer transmitir muchos de los cultiparlantes que lo tienen por un modelo a seguir, Mandela, como absolutamente todo dios, cometió muchos errores. El principal de ellos fue convertir su presidencia en un mandato personal, en el que casi todo lo que tenía valor salía de él mismo. Era un hombre de mucho carácter, una persona a la que las décadas de cárcel no le habían quitado el gusto por mandar. Y mandaba. Las cosas en su administración estaban montadas de manera que casi daba igual que un centenar de políticos y tecnócratas estuviesen de acuerdo en que había que pintar un edificio de amarillo; si llegaba él, él solo, y decía que de verde, el edificio se pintaba de verde. Otro defecto del presidente de la República, propio de personas que gobiernan incontestadas, fue su relativamente elevada tolerancia hacia la corrupción. Cuando algún miembro de su gobierno era acusado de corrupto siempre tendía a defenderlo, casi nunca a despedirlo. En el ámbito internacional, siempre conservó un ligero tono de aroma comunista, construyendo relaciones más que amistosas con personajes como Fidel Castro o incluso Muammar el-Gadafi, que no dejaron de despertar recelos en las cancillerías de los países cuya inversión se suponía que el país debía atraer. Sin embargo, el prestigio de Mandela continuó existiendo porque, por así decirlo, las reservas que tenía en la cuenta eran muy elevadas.

El resultado de este cóctel era un país que, literalmente, estaba acojonado ante la perspectiva de tener que jugar el partido sin su histórico Messi. Mandela redobló, en los últimos años de su presidencia, los mensajes amables en los que se consideraba a sí mismo un jarrón chino y recordaba que los mandos del Estado, en realidad, los llevaban otros que estaban más cualificados que él. Pero lo cierto es que los mercados de capitales y la moneda sudafricanos respondían a cada rumor sobre su salud metiendo la nariz en el pozo.

El feliz designado para suceder a Nelson Mandela fue Tabo Mbeki. Mbeki se había criado en el mismo caldo que Mandela, pero era una figura totalmente diferente. De alguna manera, consideraba que el camino de la reconciliación lo había pavimentado Mandela y que, por lo tanto, había que dar un paso más allá y cambiar la agenda en favor de otro objetivo, que era la construcción de una nueva sociedad en Sudáfrica. De hecho, cuando menos en mi opinión la actual Sudáfrica es más mbekiana que mandeliana.

La tesis de Mbeki será muy sonora para el lector español, pues contiene elementos de crítica hacia el proceso de reconciliación nacional que son muy parecidos a los que los nietos de la Transición política blanden ahora en España contra el abuelo. Decía Mbeki que la reconciliación y la igualdad serían, y seguirían siendo, palabras hueras mientras las diferencias de riqueza entre blancos y negros permaneciesen ahí. Y tenía sus razones evidentes para pensar eso: Mbeki era consciente de que él no tenía el capital político de Mandela, así pues las consecuencias de la desigualdad que a su antecesor no le estallaron en las manos, a él sí que le podían estallar.

Thabo Mbeki era hijo de un importante activista de la rama comunista del ANC, Govan Mbeki. Había comenzado su carrera política en las organizaciones juveniles del ANC, pero también había militado en el Partido Comunista. En 1962 fue enviado a estudiar fuera del país por el ANC y, de hecho, tardaría 28 años en volver.

En los años ochenta, Mbeki, que se había sacado una licenciatura en Reino Unido, se las arregló para aparecer ante muchos interlocutores occidentales como la cara amable y comprensiva del ANC. Se especializó, por así decirlo, en abrir canales de diálogo con personajes de la Sudáfrica blanca críticos con el apartheid. De esta manera, cuando regresó a Sudáfrica, fue el principal encargado de las misiones de negociación iniciadas por Mandela con diversos grupos, tanto los blancos como los negros zulúes.

Como adjunto al presidente Mandela, Mbeki ya se había responsabilizado de parcelas importantes del gobierno, notablemente la política económica. Como máximo gestor económico, fue el principal valedor de la estrategia de mejorar la capacidad de emprendimiento negro, lo cual lo llevó a abrazar políticas de libre mercado y liberalización. Esta estrategia lo congració con los grandes hombres de negocios del país (casi todos, si no todos, blancos) así como con el Fondo Monetario y las grandes instituciones internacionales; pero, sin embargo, lo divorció de sus tradicionales aliados, notablemente los sindicatos y los comunistas (un proceso muy parecido al que le ocurrió al PSOE de Felipe González en los años ochenta del siglo pasado).

El primer mandato de Mbeki comenzó, en 1999, con unas elecciones en las que el ANC ganó todavía con una mayoría más aplastante (le votó el 66% del electorado). Las perspectivas no podían ser mejores. Sin embargo, como en política todo cambia con mucha rapidez, en menos de un año el flamante presidente de Sudáfrica estaba enfangado en una polémica muy fea. Una polémica que, en realidad, ya hemos comentado parcialmente en este blog: la discusión sobre los orígenes delSIDA.

Como averiguará el lector en el post que aquí le he dejado enlazado, Mbeki fue uno de los conspicuos jefes de gobierno africanos que prestaron oídos a las teorías de los homeópatas de turno, que pretendían hacerse ricos (algunos lo consiguieron) a base de contarle a la gente movidas raras sobre el SIDA; una enfermedad, esto lo digo para los lectores más jóvenes, de la que en los ochenta y noventa del siglo pasado todo el mundo sabía algo, porque estaba en el mismo centro del debate mundial.

Con una irresponsabilidad que nunca destacaremos lo suficiente, demagogia en estado puro, Mbeki se apuntó a las teorías peripatéticas sobre el origen del SIDA y sobre la forma de curarlo, retrasando el reloj de la prevención. Como ya he tenido ocasión de comentar en el post recensionado, en otro ataque de soplapollez rampante y desinformada, la reacción en muchos países de Occidente, España incluída, fue encontrar un culpable más acorde con la figura de culpable: el Vaticano. El Papa, se dijo, era el culpable de la extensión del SIDA en África por su manía de decirle a la gente que no se pusiera condón. Una teoría que fue aceptada de forma acrítica por la mayoría de quienes la escucharon (y cuanto más progres, más la aceptaban, claro), a pesar de tener bastantes agujeros. El primero, que el volumen de católicos obedientes de la Iglesia romana en África es más bien bajo; lo cual quiere decir que si un Papa le dice a los africanos que deberían soplar pitos, ellos, en su mayoría, seguirán soplando las insoportables vuvucelas. El segundo, que a quienes sí obedecían muchos africanos era a sus ministros de Sanidad, a sus presidentes y portavoces, que en no pocos casos les dijeron que el SIDA era una coña marinera que se curaba con dos de pipas, y bla. Notable el éxito de la sociedad occidental, que se pasó años culpando al Vaticano de culpas que no eran suyas mientras el Vaticano ocultaba sus finanzas y los tres o cuatro casos mal contados de pederastia entre su grey.

El calendario de la extensión de SIDA en África deja bien claro que quien primero tuvo que enfrentarse a la pandemia no fue el gobierno negro, sino el blanco. Las autoridades afrikaners, de hecho, lanzaron políticas de educación sexual tendentes a reducir la extensión del SIDA, que era exponencial. Sin embargo, las organizaciones contra el segregacionismo se posicionaron desde su inicio en contra de estas medidas. El ANC y otras organizaciones consideraron que todo aquello no era sino una movida montada por el gobierno blanco para reducir la capacidad de natalidad de los negros. De hecho, solían decir que el significado de AIDS (SIDA en inglés) era Afrikaner Invention to Deprive us of Sex.

Mandela quiso hacer de la lucha contra el SIDA un elemento importante de su administración; pero como ya hemos dicho apenas tenía pasta, así pues, en realidad, hizo poco. Intentó generalizar la educación en torno al SIDA mediante un musical, Sarafina II; pero la exhibición del mismo fue muy polémica. En 1998, el ministro de Sanidad, el médico Nkosazana Dlamini-Zuma, echó más gasolina a la hoguera al anunciar que el antirretroviral azidotimidina o AZT no estaría disponible en el país a causa de su elevado coste. El AZT reducía en un 50% el riesgo de transmisión vertical del SIDA de madre a hijo, y su fabricante había aceptado reducir su precio de forma significativa.

Para cuando Mandela se retiró, el SIDA había matado a medio millón de sudafricanos, y cuatro millones más estaban ya pidiendo pista.

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