lunes, julio 17, 2017

Trento (25)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio. Concilio que convocó, aunque no sin dificultades.

Con estos mimbres, todo el mundo en Europa asumió que la continuación de Trento seguiría siendo un concilio únicamente católico. Lo cual es básicamente cierto, pero no debe esconder el hecho de que, en el tablero de los fieles a Roma, había diversos puntos de vista.


Los franceses, en primer lugar, se sabían un pueblo en el que la implantación calvinista era muy fuerte y, por lo tanto, ambicionaba, como lo había ambicionado antes el emperador Carlos, que ocurriese lo que ocurriese, su corolario fuese la reconciliación entre ambas escuelas cristianas. París quería una convocatoria lo más perentoria posible del concilio; si bien sus preferencias eran claras por un concilio nuevo que, además, se reuniese en una ciudad alemana. Francisco II consideraba que si Alemania no quedaba satisfecha del resultado del concilio, entonces no habría paz para el orbe católico.

Francisco II murió muy prematuramente, con lo que el país quedó de nuevo en manos de la reina madre, Catalina de Medicis, que era la regente de Carlos IX. La reina madre había sido siempre una firme partidaria del entendimiento con los hugonotes y, por ello, los cortejó todo lo que le fue posible. Tanto lo deseaba que incluso le solicitó al Papa que permitiese, incluso antes de comenzar el concilio, la celebración de la comunión de dos especies en toda Francia; idea para la que, por cierto, contaba con la aquiescencia de todo el episcopado francés. A cambio de esta transacción, la reina madre prometió enviar a Trento, con inmediatez, 35 de los principales obispos franceses, acompañados de embajadores del rey. Al mismo tiempo, usaba sus buenas relaciones con los protestantes alemanes para enviarles cartas y preguntarles qué ubicación les molaba más para el sínodo.

La postura de la reina madre de Francia era vista, sin embargo, con enorme recelo entre la Curia. Pío IV, sin embargo, llegó a decirle al embajador francés que él, personalmente, no veía problema en aprobar la comunión con el cáliz e incluso el matrimonio de los sacerdotes; como buen canonista, el Papa acertaba al recordar que ambos elementos, sobre todo el relativo al matrimonio, no forman parte del derecho divino sino del positivo, el fabricado por los hombres, pues no hay en la verdad revelada por Dios nada que diga que los curas no puedan casarse (bueno: en puridad, ni siquiera habla de los curas). Por lo tanto, todas estas movidas, igual que fueron atadas, se podían desatar, que ya se sabe que Jesús le dijo a Pedro que lo atado aquí quedaría atado en el Cielo y blablabla. Sin embargo, el Papa también añadía que, sobre una materia así, él no podía tomar decisiones personales y necesitaba el consenso de los cardenales (que, de toda la vida, ha sido la forma elegante que han tenido los papas de decir que no les sale de los cojones tomar una decisión).

Finalmente, Pío se dirigió al Sacro Colegio y les sometió la idea de llevar estos dos elementos fundamentales de la práctica protestante al futuro concilio. A partir de aquí, las valoraciones cambian. Hay quien piensa que fue un gesto honrado, que el Papa Medicis realmente quería intentar la paz con los protestantes por esa vía. Como también hay quien piensa (verbigracia, el presente amanuende) que, en realidad, Pío IV hizo lo que hizo porque sabía que era un gesto gratuito. Durante el cónclave que finalmente lo eligió había expresado personalmente su cercanía hacia la comunión de dos especies y el matrimonio de los sacerdotes, y había tenido que escuchar muy amargos reproches de luteranismo. De esa experiencia el Papa sabía bien que la propuesta nunca pasaría el filtro de los cardenales, y es por eso que la hizo: así se liberó de la responsabilidad de una negativa.

Los cardenales, además, recibieron un apoyo laico a su oposición: el embajador de España. Felipe II, en este punto, no parecía hijo de su padre; donde éste había sido conciliador y dialogante, aquél aparecía como renuente a todo acuerdo o transacción. Francisco Vargas, embajador en Roma de Madrid, se dirigió al jefe de la Iglesia para decirle que, en opinión del rey español, ceder en este punto sería criminal. Así las cosas, el Papa Pío, o bien aceptó a regañadientes la opinión de la mayoría, o bien la aceptó aliviado. El 10 de noviembre de 1561 respondió oficialmente a los franceses argumentando que no se podía decretar diferentes formas de tomar la comunión dentro del mismo orbe católico.

La respuesta de Pío no se tenía. Cabe recordar, ya lo hemos hecho alguna otra vez, que la comunión de dos especies había sido plenamente aprobada por esa misma Iglesia católica 130 años antes para contentar a los husitas; aprobación en la que quedó claro que la forma de tomar la comunión, la forma de celebrar la eucaristía, no era materia dogmática; no era algo que formase parte del hard core de la creencia cristiana. Así pues, el email del Papa cayó en París como una losa, y rebajó notoriamente las ilusiones de los franceses respecto del concilio. Así las cosas, el gobierno francés sacó a pasear de nuevo la idea de una asamblea de obispos y teólogos franceses, que serían encargados de analizar los puntos de desacuerdo entre católicos y protestantes y diseñar, por su cuenta y riesgo, las propuestas necesarias para tender puentes. Como consecuencia secundaria, el flujo de personal hacia Trento también se frenó. Se limitó a enviar tres embajadores, cuya misión no era otra que hacer propaganda del enfoque francés.

Los tres embajadores franceses: Louis de Saint-Gelais, señor de Lansac; Arnald du Ferrier, presidente del Parlamento de París; y Guido de Faur, señor de Pibrac y teniente senescal de Tolosa, llevaban instrucciones de demandar que el nuevo Trento fuese considerado un concilio nuevo y que, por lo tanto, negase de partida la continuidad con las decretales de las anteriores reuniones. Asimismo, también se llevaron la propuesta de transferir el sínodo a una villa imperial alemana, así como que se diese en las asambleas libertad total para que todo aquel que se quisiera acercar a ellas expresase su opinión. Estas condiciones ya eran, de por sí, casi imposibles de cumplir por Roma. Pero, refocilado en el cabreo, el gobierno francés decidió ir más allá y exigir la total desvinculación de los participantes en Trento respecto de la jerarquía papal y la influencia de sus legados. La función fundamental de ese concilio cuyas decisiones el Papa no tendría el poder de cambiar era reformar las costumbres de los hombres de Iglesia y de retrotraer a la institución eclesial al funcionamiento propio de la Iglesia primitiva. La reina madre recomendó, por último, a sus embajadores que, en la medida de lo posible, hiciesen pandi con los embajadores imperiales más proclives a las reformas.

En el imperio, por su parte, se encontraba Fernando, un gobernante nacido y criado en España, a los pechos del cardenal Ximénez de Cisneros y su equipo. En su adolescencia había sido un católico ferviente que renegaba de las ideas conciliadoras de su bro; además, le costó mucho que la cultura y la sociedad alemana le penetrasen, pues tardó mucho en aprenderse el idioma. Con los años, sin embargo, su approach fue cambiando. Tras retirarse su hermano y comenzar él a gobernar a fondo a los alemanes, prácticamente perdió la esperanza de que algún día retornasen al redil católico; y, desde luego, acabó por tener muy claro que encastillarse en un catolicismo irredento no era la mejor forma de avanzar en ese sentido. Tanto en Passau como en Ausburgo había comprado la paz a cambio de una libertad religiosa prácticamente total, y sus Estados austriacos le habían forzado a tomar en ellos decisiones muy parecidas. En resumen, Nando el Emperador era un católico convencido como lo podía ser Felipe II y, con seguridad, en la soledad de su alcoba soñaba con protestantes quemados en la plaza pública; pero como hombre político siempre entendió la necesidad de reformar la Iglesia, de cambiar su rumbo.

Maximiliano, su hijo mayor y formalmente rey de Bohemia era, sin embargo, protestante avant la lettre porque no lo podía ser de otra manera. Incluso, en una ocasión, un nuncio apostólico destinado en Viena se negó a darle la palabra porque, argumentó, ya sabía el tipo de burradas que iba a soltar. Maximiliano era un gran defensor de la comunión con hostia y vino, tanto que fue por él que su padre le llegó a sugerir al Papa que la aceptase. Como París, el emperador había sugerido la reunión en una ciudad alemana y que figurase en el orden del día tanto el tema de la comunión como el del matrimonio. Sin embargo, era la suya una posición mucho más feble, dado que, probablemente, la característica más marcada de Fernando era su volatilidad. Dado que su fe no era una fe desde el conocimiento sino que le nacía en el yeyuno, era una fe muy sentimental, era fácil verle cambiar de idea cada vez que algún hábil orador acertaba a soltarle un discurso convincente.

Cuando recomenzaron las sesiones de Trento, los primeros en pedir la palabra fueron los embajadores imperiales. Como ya habían hecho los franceses por carta, pusieron sobre la mesa, como primera y principal provisión, la idea de que aquel concilio no era continuación de los anteriores. Lo siguiente que hicieron fue solicitar del concilio que se abstuviese de discutir y acordar condena alguna hacia la confesión de fe de Ausburgo, así como que se garantizasen salvoconductos claros y diáfanos para los protestantes. Por último, afirmaron que se oponían enérgicamente a toda suspensión del concilio, o de limitación de sus libertades.

Fernando había conseguido marcar la agenda del nuevo Trento, y siguió por el mismo camino. No obstante, el emperador había cometido un error de colegial, pues no se preocupó de que entre los asistentes al concilio hubiese un portavoz con suficiente valía y prestigio para defender sus ideas. En buena parte, esto era así porque los protestantes, a pesar de todas las cartitas de Pío y tal, no aparecieron por Trento; y no cabe culparles de ello teniendo en cuenta que en Italia se estaba practicando entonces una auténtica limpieza étnica de reformados. Los príncipes católicos, viendo cómo iba la cosa, se apresuraron a informar al nuncio papal Giovanni Francesco Commendone que si el concilio seguía siendo una ful ellos no pondrían viandas en la barbacoa, por temor a que los protestantes de sus países o posesiones se soliviantasen.

Juan II de Hoya zu Stolzenau, obispo de Osnabrück, apareció para hacer la típica propuesta de centro y tal: convocatoria de concilios provinciales en Alemania que encomendasen a uno o dos obispos por cada provincia eclesiástica como representantes ante Trento. Juanfran, el nuncio, sin embargo, dijo que no, temeroso de la que se podía liar en esas asambleas.

Finalmente, en marzo de 1562, los tres electores alemanes de fe católica le anunciaron al emperador que no podían participar en Trento si no iban sus compañeros protestantes, puesto que, literalmente, temían que éstos les diesen de hostias. Con esa decisión, por lo tanto, el imperio entero permaneció ajeno a la llamada del Papa Pío, que se quedó como el gallo de Morón.

Fernando, viendo que Trento no iba a funcionar como él quería, optó por tirar por la calle de en medio e impulsó la formación de una comisión de obispos y teólogos que, en septiembre de 1561 le presentó una memoria sobre las reformas necesarias en la Iglesia. Aquel papel proponía cosas como recortar el poder de los cardenales hasta colocarlo por debajo del de los obispos; reducir el nombre de los purpurados y, además, repartirlos más equitativamente entre todas las naciones. Incluso se planteó la posibilidad de arrebatarles el derecho a elegir el Papa. Asimismo, proponía liberar los concilios de la disciplina papal y, en general, construir Iglesias nacionales más autónomas (que es el fondo de todo, la verdad). La memoria, que la verdad es un texto bastante centradito, sigue argumentando que es mejor que los curas formen matrimonios castos que no que anden en escandaloso concubinato. Por último, pide que se limiten al máximo las excomuniones.

Tras este trabajo, en la Corte imperial se había iniciado una inercia que era difícil parar. Fernando solicitó de sus expertos más propuestas. Fue como consecuencia de esta petición que Markus Singkhmoser y el teólogo Friedich Staphylus, protestante convertido al catolicismo que daba clases en Ingolstadt, parieron el llamado Libelo de la Reforma, un plan todavía más moderado que el de la comisión de expertos, que proponía que el número de cardenales no pudiera sobrepasar los 26, la abolición de las dispensas escandalosas y de otros beneficios eclesiásticos, de imponer a los sacerdotes la residencia en sus diócesis, así como medidas contra la simonía. Proponía la elaboración de nuevos libros de oraciones más sincréticos, el empleo de la lengua vulgar, la vida austera para los religiosos, la comunión de dos especies y el matrimonio de los sacerdotes.


El 22 de mayo de 1562, el emperador Fernando envió a Trento por Seur este memorial, como propuesta oficial de Viena para que el concilio la considerase. Claro, lo mismo podrás pensar que con eso condicionó el concilio. Pero es que te has olvidado de un personaje del que todavía no hemos hablado.

Te has olvidado de nuestro rey Felipe.