jueves, julio 20, 2017

Trento (26)

ecuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio. Concilio que convocó, aunque no sin dificultades.

El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio.

La llegada de aquel memorial, avalado por el muy católico emperador, para colmo en un momento en el que la muy católica Francia se mostraba también abiertamente sensible a argumentos muy parecidos a los que contenía, marcó probablemente el punto más alto de las posibilidades que tuvo la reunión de Trento de convertirse en una auténtica asamblea reformadora de la Iglesia. Sin embargo, a partir de ahí, en realidad antes incluso, las cosas comenzarían a descender; y la razón fundamental de ello es que el partido reformador, con las mismas que tenía las cosas muy claras, resultó ser también un lobby muy desunido y con incapacidad de generar posiciones y políticas monolíticas y coordinadas. Cosa que el Vaticano llevaba haciendo desde hacía siglos y para lo que, además, contaba en el ámbito temporal con un aliado no menos monolítico que él: el rey español.


Esto es más sangrante todavía si se tiene en cuenta la firme nómina de príncipes católicos que estaba por la labor de las propuestas defendidas por Fernando y Catalina de Medicis. El duque Alberto V de Baviera, que había sido el introductor de los jesuitas en su país, era a pesar de ello un firme partidario de la necesidad de una entente y quería, como Fernando, un concilio nuevo que reformase las costumbres de los sacerdotes y les abriese al matrimonio. Decía a todo el mundo que le quisiera escuchar que había hecho un pequeño censo en Baviera, en el que había concluido que había tres o cuatro sacerdotes en todo el territorio que no vivían en concubinato. Observaciones muy parecidas había hecho el duque de Clèves e, incluso habían ganado al nuncio Commendone. Se podría decir, sin temor a equivocarnos, que la idea de un nuevo concilio era la campeona al norte de los Alpes. Incluso el rey de Portugal elaboró un escrito de peticiones al Papa, en el que le sugería la reforma y disminución de los oficiales de la corte papal, la reducción del número de cardenales y la reforma de su nombramiento (no podrían serlo antes de los 30 años y no podrían ser designados por el Papa sin la aquiescencia del Sacro Colegio). También incluyó la obligación de residencia, la renuncia por el Papa a muchos de sus privilegios (terrenales). Y una mayor independencia de las iglesias nacionales.

Todos estos apoyos, sin embargo, se encontraron, en el ámbito temporal, con una oposición fabulosa: la de Felipe II, el rey de España. Aunque el rey escurialense se sentía, personalmente, contrario a la celebración de un nuevo concilio, se guardó mucho de ir por ahí diciéndolo, consciente de que era un clamor en toda Europa. Sin embargo, pronto comenzó a hacer llamadas a la cautela, sosteniendo que dicho concilio no debería ocuparse de discutir reformas en la Iglesia, por lo menos durante un tiempo (largo).

El Papa, sin embargo, a punto estuvo de romper esta alianza que sostenía con fragilidad sus planteamientos en Europa. Queriendo ganar para la causa católica al jefe de la casa de Borbón, que entonces era Antoine de Vendôme o, si lo preferís, Toño el Borbón, el pontífice le había reconocido como rey de Navarra; nación que llevaba cincuenta años ocupada por España. Este gesto encabronó fuertemente a Felipe quien, aconsejado para ello por el arzobispo de Sevilla, se resistió a aceptar para sí mismo y para el episcopado español la bula convocatoria del concilio. La disculpa que buscó era efectiva: ya hemos comentado que dicha bula fue redactada en términos flácidos para no tener que posicionarse sobre el tema de si se trataba de un nuevo concilio o de la continuación de los anteriores. Felipe, que todo lo que quería era un concilio continuador, adujo que puesto que eso no estaba claro, no atendería la bula. En marzo de 1561 envió a Juan de Ayala a Roma a explicarle todo esto al Papa.

Así estaban las cosas; pero cambiaron cuando se produjeron los anuncios de la posible celebración de un concilio nacional en Francia. Aquellas noticias cambiaron totalmente la posición del rey español. Ante la situación que creó el anuncio de los franceses se decidió por lo menos malo y, a partir de junio de 1561 se convirtió en un defensor cerrado de la convocatoria del concilio. No sólo aceptó la bula de convocatoria, sino que cursó una instrucción a sus obispos para que se presentasen en masa en Trento, para así poder hacer piña.

Felipe, en realidad, había hecho un análisis estratégico muy fino, y había decidido que lo que tenía que hacer no era, exactamente, aceptar el concilio, sino hacerlo suyo. Su intención era que el concilio se celebrase aceptando todas sus decretales anteriores, así como que prestase oídos sordos a las reformas y muy especialmente a cambios en las ceremonias católicas, así pues, una vez que aceptó el concilio, puso su máquina diplomática a trabajar a pleno rendimiento en pro de estas ideas.

En casi todos sus puntos ideológicos, el rey español se encontraba la sintonía de la Curia romana. En casi todos, pues ambas partes se enfrentaban frontalmente en lo atiñente al reparto de poderes eclesiales. España no quería ni oír hablar de una teocracia bajo la autoridad única e indiscutible del Papa. Felipe II era más católico que Rouco Varela, ciertamente; pero lo era a su manera, a la manera del siglo, a la manera que le había marcado su padre, esto es: reivindicando las libertades y autonomía nacionales, empezando por el propio concilio, donde cada Iglesia nacional debería tener el poder de expresarse por su cuenta con sus planteamientos. El rey español estaba dispuesto a apoyar que el concilio fuese presidido por legados papales; pero reclamaba que la asamblea permaneciese libre de toda injerencia romana. España, en este sentido, reclamaba la declaración diáfana de que el concilio representaría a toda la Iglesia universal, por lo que todo prelado o príncipe debería tener la libertad de expresar en el mismo las opiniones que quisiera; y que el Papa, por su parte, tuviese el poder de examinar, pero no de aprobar o bloquear la publicación, de las decisiones que se alcanzaren.

En este punto, pues, las tres grandes potencias temporales europeas: España, Francia y el Imperio, estaban de acuerdo. Sin embargo, fueron vencidos. Lo fueron, ya se ha dicho antes, por la incapacidad de diseñar una estrategia conjunta. El rey Felipe, en esto más inteligente que sus compañeros en el poder mundial, entendió que la mejor manera de hacer valer sus criterios en el concilio era enviar un ejército de obispos y teólogos a defender sus tesis. Pero esto es algo que, por ejemplo, Francia o no supo, o no pudo, o no quiso hacer, y el Imperio tampoco. No son pocos los historiadores que consideran que, de haber copiado París y Viena la estrategia de El Escorial, tal vez hoy estaríamos hablando de una Historia de la Iglesia (y de Europa, y del mundo) bien diferente. Sin embargo, al nuevo Trento prácticamente no acudió nadie de Alemania, e incluso la delegación francesa fue relativamente poco numerosa.

En política, lo saben muy bien los que saben de esto, lo importante es estar. Las espantadas y abandonos, por ejemplo de un parlamento, quedan muy bien ante los muy fieles, que te ven como alguien inasequible a las componendas y siempre dispuesto a defender tus postulados. Pero marcharte de un parlamento, como marcharte de un concilio, viene a suponer que le dejas a otros el poder de legislar a su placer. Esta posición sólo tenía sentido para aquellos, que eran muchos, que de todas formas no tenían intención de otorgarle al Vaticano mando alguno en sus vidas ni en sus creencias; los que estaban por la secesión pura y dura, por el rompimiento, por el ahí te quedas. Pero incluso en los territorios ya de mayoría protestante había importantes instituciones y representantes católicos que, con su extrañamiento de la convocatoria del concilio, distancia que fue permitida por sus reyes y emperadores, dejaron el campo libre a la Curia romana para que hiciese a su antojo. Luego, claro, sus hijos y nietos se han pasado siglos escribiendo libros y tuits diciendo que si en Trento la Iglesia se amorcilló en tablas, que si se convirtió en una institución facha y renuente al cambio; olvidando que, la verdad, fueron ellos los que permitieron que fuese así, pues en 1562 el Vaticano carecía de la fuerza suficiente como para impedir un concilio más abierto y conciliador. Oportunidad que ellos perdieron por incomparecencia.

Pío IV, de hecho, estaba para entonces acojonado con las naciones ultramontanas y sus intenciones. Su miedo fundamental era que todas esas naciones juntas prevaleciesen en Trento y le hiciesen un roto; sobre todo teniendo en cuenta que una parte significativa del episcopado italiano, puesto que veía en la asamblea un peligro para su modus vivendi, sentía repugnancia por la convocatoria y se resistía a atenderla. Así las cosas, Roma tuvo que vencer resistencias, obispo a obispo, a la asistencia a Trento. Pío sabía lo que sabía el rey español y los franceses y alemanes estaban olvidando: el que mece las votaciones, mece la cuna. La Paloma Muda, contra lo que dice el Antiguo Testamento, no manda terremotos ni derriba las murallas de las ciudades cuando los suyos van perdiendo. La Paloma Muda, como todo dios, acaba por apoyar al que más votos tiene.

Pío Medicis escogió cinco legados para Trento. Su intención primera era nombrar legado principal al cardenal Doble G Morone, que había sido siempre, como él, partidario de ciertas reformas. Pero Giovanni Girolamo se encontró con el muro del Sacro Colegio Cardenalicio, formado básicamente por prelados que consideraban que ese cabrón era capaz de avalar la pérdida de sus privilegios; así pues, obligaron al Papa a archivar su candidatura por la B de Varios.

El legado principal, en estas circunstancias, terminó por ser Hércules Gonzaga, cardenal de Mantua y hermano del duque de dicho Estado; un hombre, por otra parte, muy cercano al emperador. La lista la completaban el cardenal Jacobo Puteo, interesante canonista; Jerónimo Seripando, que había sido general de los agustinos y se había destacado en el primer Trento por su erudición y por mostrar posiciones moderadas en aquellas tormentosas sesiones (Carlos le había nombrado arzobispo de Salerno, y Pío IV lo había elevado al cardenalato). El cuarto legado era el cardenal Luis Simonetta, a quien podríamos considerar portavoz del partido conservador dentro de la Curia. Y, por último, en quinto lugar se encontraba Stanislas Hosius; procedente de una familia burguesa de Cracovia había estudiado en Padua y luego había sido obispo de Varmia, donde se hizo famoso por combatir la reforma. Luego fue durante muchos años nuncio apostólico ante el emperador, Hosius conocía muy bien a Fernando, así como la situación real de Alemania. Algunos meses más tarde, cuando Puteo cayó enfermo, Pío IV lo sustituyó por el hijo de su hermana, Marco d'Altemps, un tipo joven y absolutamente inexperimentado, hasta el punto que rápidamente se comentó la maldad (cierta) de que ni siquiera sabía recitar el padrenuestro en latín. Con esos mimbres Altemps, que era alemán de nacimiento, era obispo de Colonia, y fue en su origen germano en el que se apoyó el Papa para justificar un nombramiento que escandalizó, literalmente hablando, a todo dios.

Estos legados llegaron a Trento rodeados de un potentísimo equipo técnico, que diríamos hoy, formado por teólogos, canonistas y prelados. Los más importantes de ellos eran Gabriel Paleotto, auditor de la Rota, y Escipión Lancelotti, abogado del Colegio de Cardenales, hombres los dos de importante erudición y que, además, con los años acabarían por ser, ellos mismos, cardenales. Paleotto estuvo de hecho a un tris de ser Papa, pero algo le debió decir a la Paloma que no le gustó.

A partir del 13 de junio de 1561, que fue cuando Felipe II aceptó la convocatoria de Trento, el Papa renovó sus comunicaciones a las diócesis, sobre todo italianas, convocándolas para acudir a Trento. En ese momento, lo que más le importaba era ganarse al rey español, razón por la cual, entre otras cosas, rechazó la oferta del rey de Navarra para mediar entre ambos, consciente de que eso habría supuesto que Vendôme habría conseguido tratar de igual a igual al rey español, que era justamente lo que pretendía. El Papa, asimismo, le prometió a Vargas que Simonetta, que partió hacia Trento en noviembre de aquel año, llevaba ya la orden escrita de establecer la continuación del concilio. Cada vez llegaban más prelados a Trento, donde eran recibidos por Luis Madruzzo, el barón local y sobrino de Cristóbal Madruzzo, el obispo trentino al que ya hemos visto aquí trabajar en pro de la asamblea, y que para entonces había sido nombrado cardenal.

A la espera de la llegada de participantes de lejos, las sesiones del verano y el otoño se ocuparon de cosas más o menos chorras. A final de año, sin embargo, la asamblea era ya muy numerosa, aunque todavía no había llegado nadie ni de Francia ni de Alemania. El emperador obtuvo un aplazamiento de las sesiones para ver si mejoraba la respuesta en Alemania, pero finalmente el Papa dijo basta. La situación francesa era muy amenazante. Ya se había producido la asamblea del clero de Francia y, en paralelo a Trento, se celebraba el coloquio de Poissy que, según las noticias, estaba concluyendo ideas muy favorables a los hugonotes. El Papa entró en pánico y, por ello, de acuerdo con los legados (y la Paloma, se entiende) estableció el 18 de enero de 1562 para la primera sesión del concilio. Let's get ready to rumble!