lunes, julio 03, 2017

1453 (3)

(Vaya, he metido el dedo y he publicado esta toma, que era para el miércoles. Pues eso: que la disfrutes, y el miércoles viviré de las rentas...)

En la Transoxiana, al sur de Samarkanda, surgió en el siglo XIV un jefe guerrero. Era, probablemente, de origen mongol, pero había sido totalmente influido por la cultura turca. Su nombre era Timur, aunque todo el mundo lo conocía como Timur el Cojo, Timur Lenk, nombre que al parecer los europeos no podíamos pronunciar tal cual y, por eso, convertimos en Tamerlán.


Tamerlán fue un fórmula uno. Ese típico piloto pillo y listillo que no cuenta en las apuestas para ganar la carrera pero que, a base de mantenerse cerca de la cabeza, acaba por aprovechar los enfrentamientos entre los de cabeza para llevarse el gato al agua. Siendo como era una persona hábil y maniobrera, supo aprovechar las disensiones entre los reyes más importantes de la zona, así como los conflictos casi permanentes entre turcos y persas. Se ganó la confianza del sultán de Djagatai, Tukluk, quien lo hizo nombrar gobernador de toda la Transoxiana. Pronto, Tamerlán entró en lucha con su otrora mentor, así como con sus sucesores, hasta erigirse, en 1369, como rey del país.

A partir de ahí, Tamerlán comenzó una serie de rápidas conquistas; al norte hacia el Kipchak y al sur hacia Khorasán, Afganistán, parte de Persia. Llegó incluso al Indo, pero el centro de su imperio estuvo situado en Mesopotamia, además de Georgia, Armenia y el Kurdistán. Su imperio, por lo tanto, lindaba con los Estados de Bayezid.

Era prácticamente imposible que dos gallos de esa magnitud no se acabasen peleando. El primer motivo fue Erzindjan, un pequeño principado cuyo rey, Taherten, había aceptado ser vasallo de Tamerlán para protegerse de Bayezid. Pero el turco les invadió, por lo que Taherten acudió a Tamerlán. El mongol tenía ya de su lado a los príncipes de Kermian, de Meteché y de Aidin, todos ellos depuestos por el turco. Así pues, Tamerlán envió una embajada a Bayezid en la que le conminaba a reparar todos los daños hechos a estos príncipes. El turco, por toda respuesta, maltrató físicamente a los embajadores, que a punto estuvieron de morir, y los envió de vuelta con una respuesta insultante.

La respuesta de Tamerlán fue marchar hacia Sivas, una ciudad recientemente tomada por los turcos. Por una vez, no le importaba tanto el terreno como la gente que había dentro. Sivas resistió hasta más allá de la lógica, probablemente porque sabía lo que había si se rendía; y, efectivamente, cuando cayó Tamerlán, claramente como respuesta al agravio a sus embajadores, se desplegó con los supervivientes con una crueldad inusitadamente elevada. De hecho, encontró en la ciudad a uno de los hijos de Bayezid, Ertoglu, al que hizo matar. Prueba de que fue una acción destinada a mostrar su crueldad y no a ganar terreno es que, nada más tomar Sivas, las tropas de Tamerlán dieron la vuelta hacia Siria y Mesopotamia, donde tomarían diversas ciudades, entre ellas Bagdad.

En 1402, con las cosas al menos formalmente algo más calmadas, Bayezid y Tamerlán intercambiaron embajadas. Sin embargo, el turco pronto cambió de idea, y llenó a los embajadores del rey mongol de reproches y bravatas, para pasar inmediatamente a avanzar contra la ciudad de Tokat, en poder de los tártaros. Tamerlán se encontraba entonces en Sivas con un ejército que todas las fuentes coinciden en señalar era más numeroso que el turco. Con este ejército se dirigió a Angora y allí encontró a la armada turca. Fue toda una lucha familiar, pues en el lado mongol se encontraban cuatro hijos y cinco nietos de Tamerlán, mientras que en el ejército turco se encontraban los cinco hijos de Bayezid.

La batalla fue vibrante. Los jenízaros y el cuerpo de 10.000 auxiliares serbios que los turcos llevaban con ellos se portaron con especial valentía. Pero los tártaros eran muchos y, además, estaban significativamente reforzados por soldados de los principados que Bayezid había hecho suyos. Los serbios, al mando de Esteban Lazarevitch, tuvieron que cubrir la retirada de Solimán, el hijo de Bayezid. Otro de sus hijos, Mehmed, se refugió en las montañas, en Amasia. Un tercero, Isa, huyó hacia Karamania. Mientras tanto el sultán y otro de sus hijos, Musa, junto con la mayor parte de los jefes de unidades, cayeron presos de Tamerlán.

Esto fue lo que ocurrió el 20 de julio de 1402, en la que nosotros conocemos como la batalla de Angora y los turcos conocen como la batalla de Timur o Timur mouharebessi. Una acción bélica que, si hemos de creer que la Edad Media terminó con la toma de Constantinopla, amplió dicha Edad Media en aproximadamente medio siglo.

En principio, Tamerlán se portó con Bayezid con bastante comprensión. El turco, sin embargo, aprovechó la relativa laxitud de su encierro para intentar escaparse; momento a partir del cual, al parecer, se acabaron las coñas. El 8 de marzo de 1403 murió el gran sultán en la cautividad, en Adchehir. Su cadáver fue trasladado a Bursa.

Dueños de casi toda Asia Menor, los tártaros fueron a por Esmirna, ciudad dominada por los caballeros de Rodas, los de No Jodas. Tamerlán quiso dirigir el ataque en persona. Los caballeros se escabulleron por un pasadizo hasta el puerto, donde embarcaron en sus naves y huyeron. El pueblo de Esmirna no tuvo tanta suerte, puesto que fue masacrado por los tártaros.

Tamerlán repuso a los príncipes de Asia Menor a los que había depuesto Bayezid, buscando con ello claramente debilitar al imperio otomano. Considerando que con ello había construido un tampón con los turcos, se volvió hacia Persia, en la que tomó Samarkanda, la capital. Después de eso, se puso como labor conquistar la China, y yendo hacia allí con sus tropas murió, el 19 de febrero de 1405.

La muerte de Tamerlán le dio una oportunidad a los hijos de Bayezid que habían sobrevivido a la batalla de Angora. Solimán, que había huido hacia el mar, se estableció en Andrinópolis. Issa permaneció en Bursa, mientras que Mehmed lo hizo en Amasia. Ninguno de los tres había podido evitar la entrada en anarquía del imperio, cada vez más dividido entre señores de la guerra, a los que espoleaba todo lo que podía el basileus constantinopolitano, Manuel II.

Issa y Mehmed entraron en guerra en Asia Menor, en un enfrentamiento del que salió ganador el segundo de ellos; de hecho, el primero de los hermanos murió en batalla. Tras producirse esta novedad, Solimán decidió pasar a Asia y atacar a su herma. Pero en ese momento apareció en escena Musa, el hermano que había compartido el cautiverio de su padre el sultán y que había sido liberado a la muerte de éste. Aliado con Mehmed, Musa pasó a Europa y buscó la alianza con Mircea, el príncipe valaquio, con Esteban Lazarevitch y con los nobles búlgaros Frujin, hijo de Chichman; y Constantino, hijo de Stratsimir. Solimán, por su parte, buscó la alianza con Manuel tras casarse con una de sus hijas.

Musa fue vencido por los griegos muy cerca de Constantinopla, y hubo de refugiarse en Valaquia. Cuando se recuperó, atacó a Solimán en Andrinópolis. Solimán, abandonado por muchos de sus generales, huyó a Constantinopla, pero fue localizado y asesinado antes de llegar (1410). Musa, por lo tanto, se convirtió en rey y señor de las posesiones turcas en Europa. Pero cometió el error de atacar Constantinopla, lo que provocó que Manuel llamase en su ayuda a Mehmed, quien pasó a Europa y, aliado con la mayoría de los generales de Musa que estaban hartos de su tiranía, así como con la ayuda de los serbios, batió a su hermano cerca de Chamurlu (1413). Hizo ejecutar a su hermano muy cerca del campo de batalla.

Fue así como se convirtió en sultán Mehmed I Thelebi, esto es, el señor.

Mehmed I, sin embargo, duró poco como sultán. Una apoplejía se lo llevó en 1421. Su gran aportación geopolítica fue la consolidación de la alianza con los griegos, a los que entregó varias plazas en el Mar Negro y Tesalia. También se portó adecuadamente con todos los príncipes cristianos que habían aceptado el vasallaje respecto del turco. Fue, además, un sultán muy preocupado por la cultura. Fue el iniciador de la Gran Mezquita de Andrinópolis, y también erigió la llamada Mezquita Verde de Brusa. También hizo la guerra en Asia contra el siempre díscolo príncipe de Karamán, así como contra un reyezuelo de Esmirna llamado Djuneid. También guerreó contra el duque de Naxos, un jefe veneciano que poseía varias islas en las Cícladas. Venecia, sin embargo, infligió una derrota naval a los turcos cerca de Gallipoli, tras lo cual el imperio y Venecia firmaron la paz (21 de julio de 1418).

Mehmed tuvo que enfrentarse con el fanatismo religioso. Un anciano experto en leyes llamado Bedr el Din concibió el plan de atizar una rebelión religiosa, para lo cual se sirvió de un fanático asceta llamado Beureklidji Musfafá. Mustafá, a quien había gente que creía milagrero, trató de imponer una nueva creencia bastante parecida a la de los bogomilos, basada en un comunismo estricto entre los fieles. Buscaban, además, el entendimiento con los cristianos. Se establecieron alrededor del monte Stylarios, al sur del golfo de Esmirna, y pronto se hicieron muy numerosos y lo suficientemente poderosos como para rechazar a las tropas que se enviaron contra ellos. Bayezid Pacha, gran visir de Mehmed, tuvo que encabezar personalmente un gran ejército que consiguió someterlos y ejecutó a muchos de ellos, su mesías incluido. Bedr el Din, que estaba en Serbia protegido por antiguos nobles de la corte de Musa, fue también prendido y ahorcado.

Cuando se habían resuelto todos estos problemas, apareció de la nada Mustafá. ¿Quién era Mustafá? Pues, si habéis seguido este relato recordaréis que os dije que Bayezid fue a la batalla de Angora acompañado por sus cinco hijos, pero sólo os he hablado del destino de cuatro de ellos (Solimán, Issa, Musa y Mehmed). Pues bien: Mustafá era el quinto, nadie sabía qué había sido de él, pero el muy cabrón estaba vivo.

Mustafá se las arregló para arrimar a su favor a Mircea y a Djuneid, gobernador de Nicópolis. Fue perseguido y batido por Mehmed, tras lo cual se refugió en Salónica. Allí, el gobernador bizantino se negó a entregarlo de no mediar una orden del emperador en ese sentido. Por mucho que Mehmed, que era su aliado, porfió, Manuel siempre defendió el derecho de asilo de Mustafá, razón por la cual acabó trasladándolo a Constantinopla y de allí a Lemmos, donde lo ingresó en un monasterio.

Memhmed I, por último, dado que había estabilizado su situación en Asia tras los acuerdos firmados con Chahrok, hijo de Tamerlán, trató de mejorar sus posiciones en Europa, atacando Hungría, Valaquia y Estiria. Fue vencido en Radkersburgo, pero al mismo tiempo el siempre estratégico Mircea, dándose cuenta de que no podía estar toda la vida rechazando aquellos ataques, tomó la decisión de aceptar su vasallaje a cambio de unos aceptables niveles de autonomía (lo que podríamos denominar el cupo valaquio). Eso sí, cuando cometió el error de apoyar a Mustafá, Mehmed le tomó dos ciudades en la orilla valaquia del Danubio: Giurgiu y Turnu-Severin.


Cuando murió Mehmed, su hijo más maduro, Murad, apenas tenía 18 años y, además, estaba muy lejos de la capital, en Amasia. Por eso, la muerte del sultán fue ocultada durante cuarenta días, y así darle tiempo de llegar. Y llegó, y fue nombrado sultán como Murad II.