lunes, julio 03, 2017

Lectura: Killers of the Flower Moon


Qué: Killers of the Flower Moon. The Osage murders and the birth of the FBI.
Quién: David Grann.
Dónde: En la editorial neoyorkina Doubleday.
Cuánto: 9 pavetes y medio en el Kindle.
Nota: 7 sobre 10


Me compré este libro porque no es muy caro y porque leí un tuit de la universidad de Oklahoma en el que decía que era best seller en dicho Estado. Yo siempre he sido mucho de seguir los gustos de lectura de los oklajomianos. La verdad, lo confesaré, el libro electrónico ha introducido en la lectura unos precios razonables y eso, cuando menos para mí, supone que hago estos experimentos muy a menudo y sin miedo: compro, leo y, alguna que otra vez, a las veinte páginas lo dejo, paso el libro a una carpeta de basura que tengo en el Kindle, y a otra cosa.



El libro de Grann, sin embargo, lo he terminado. No sólo lo he terminado, sino que le otorgo una nota lo suficientemente elevada como para tratar de convenceros (para eso es una recensión las más de las veces) de que lo leáis. Es un libro sorprendente; bueno, el libro no: la historia que cuenta.

Los Osage, protagonistas de la obra, son una tribu india que, como otras muchas, hoy tiene casinos y todo eso. Como muchas otras tribus más y menos conocidas, fueron desplazados de sus tierras tradicionales por el hombre blanco. En este caso, esta tribu fue enviada al culo del mundo, una zona montañosa y al parecer bastante agreste de Oklahoma (la verdad es que nunca he estado, aunque se aceptan invitaciones). Allí los dejaron para que no diesen por saco. Sin embargo, a los Osage, sin comerlo ni beberlo, les tocó el gordo. Su tierra era una mierda, pero debajo la cosa cambiaba: estaban sentados sobre una fortuna en petróleo.

Más o menos en los años veinte del siglo pasado, pues, los Osage eran probablemente la colectividad cerrada, o la etnia, más rica de la tierra. Eran pocos y, en su mayoría, disfrutaban de derechos sobre el subsuelo de su tierra que eran ambicionados por las grandes petroleras, que cada año acudían a una subasta en la que los derechos de prospección acababan vendiéndose por cantidades astronómicas. Cantidades que financiaban el bolsillo de sus propietarios, que eran los indios. O no.

Estados Unidos, ya lo hemos contado en este blog en el curso de la superferolítica serie sobre la Historia de ese país al que todos odiados pero imitamos; Estados Unidos, digo, pasó en el primer tercio del siglo XX por uno de sus periodos más abiertamente racistas. Este momento histórico estaba ya situado lo suficientemente lejos de la guerra civil para que el esclavismo fuese cosa superada; pero al mismo tiempo estaba suficientemente lejos de la madurez social que trajo la igualdad entre razas. En esas circunstancias pagaron el pato los inmigrantes (ya que el flujo de llegada prácticamente se cerró) y todos aquellos que ya estaban jugando en el patio pero no eran WASP, white, anglo-saxon and protestant. Los indios estaban en la lista.

Los EEUU de principios del siglo XX le concedieron derechos a los indios (arrastrando los pies, y hasta el escroto); pero no por ello dejaban de considerarlos untermenschen, mongolitos que no tenían capacidad de gestionar sus propios asuntos. A esta impresión, para qué negarlos, no ayudó mucho lo aficionados que se habían hecho muchos indios con los años al agua de fuego, lo que les llevaba a mamarse con cierta periodicidad. El caso es que fruto de este sentimiento de superioridad racial del blanco sobre el indio fue que, en el caso de los Osage, los legisladores llegasen a la conclusión de que a un indio rico hay que protegerlo de su riqueza, puesto que, como es tonto, si le das las estampitas sin más, se las gastará en polladas (y esto lo dicen unos tipos que se gastan fortunas en comprar coches que dan botes como si estuvieran citando a un toro). La concreción de esta filosofía fue la creación de un sistema por el cual el indio debía de tener una especie de guardián blanco que vigilase por su dinero. Una especie de Tribunal de Cuentas individual con capacidad incluso de negarle al propietario del dinero su derecho a gastarlo. Y todavía hay cultiparlantes por ahí diciendo y pensando que Hitler vino del Infierno.

Éste es el entorno. ¿Y que es lo que pasa, y cuenta el libro? Pues, muy sucintamente, lo que nos cuenta el libro es que, un día, comienzan a morir indios e indias. Muchos de ellos mueren violentamente (habitualmente, alguien les mete un tiro por la nuca); y otros mueren enfermos, pero con enfermedades de éstas que no te explicas, porque resulta que eran personas jóvenes y sanas. La sospecha del envenenamiento está ahí.

Grann se centra en su libro en algunos de los asesinatos producidos, por dos razones. La primera de ellas, porque al fin y a la postre (no diré más para no destripar el libro), cuando esos asesinatos fueron investigados y esclarecidos, el resto dejaron de serlo.Y la segunda porque se trata de un grupo de asesinatos que tiene la característica de desaguar las muertes (y sus herencias, régardez l'argent) en una sola familia. En una sola rama del tronco Osage. Y ahí lo dejo.

Dice el autor que el libro va de las muertes y el nacimiento del FBI. En puridad, el FBI ya había nacido antes de que comenzasen los asesinatos, pero es un punto de vista bastante acertado. El repugnante escándalo provocado por un número tan innoble de muertes violentas centrado en una etnia pequeña llevó al que sería todopoderoso Juan Edgardo Aspirador a darse cuenta de que tenía que tomar cartas en el asunto, de que no podía dejar el tema en manos de la amateur policía local. En este punto, el libro comienza a contarlos la historia de Tom White, personaje central, un antiguo Texas Ranger apuntado al FBI que es enviado a Oklahoma a esclarecer los hechos.

No puedo contaros muchas más cosas del libro sin desvelar elementos de él que deberíais conocer leyéndolo. Sólo os diré que el relato de Grann alcanza un clímax muy de película estadounidense, con sus juicios y todo. Pasado ese clímax, uno cree encontrarse en las páginas finales donde se aportan dos o tres detalles antes de la despedida y cierre; aunque, en realidad, está comenzando otro libro.

Los asesinatos de los Osage fueron muchos. Demasiados para poder atribuirse a una sola mente o a un solo conjunto de mentes criminales. Es lícito preguntarse quién es, exactamente, responsable de una situación en la cual unos tipos morenitos que están rodeados de una gran mayoría blanquita se dedican a morir como chinches. De esto, tal y como yo lo veo, va la segunda parte del libro. Los componentes de un crimen son tres: arma, oportunidad y móvil. En el caso de los Osage, las armas están bastante claras, como lo están las oportunidades. Lo complicado está en el móvil. Quién, exactamente, lo hizo aparecer, es cosa que merece la pena un par de reflexiones.

Por ahí va el verdadero valor añadido de este libro.