lunes, julio 10, 2017

Trento (23)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar.

Conscientes todas las partes de que Trento estaba yendo para entonces como la rana, hasta el emperador se vio forzado de asumir, el 3 de marzo de 1552, la suspensión de la asamblea. A partir de ese momento, la decisión de disolver Trento estuvo, por así decirlo, tomada; pero, sin embargo, nadie quería aparecer como quien la tomase. De esta manera, Trento siguió formalmente abierto durante semanas perfectamente inútiles. Sin embargo, la situación comenzó a pasar factura. El 13 de marzo, como un solo hombre, todos los representantes sajones abandonaron la villa. Inmediatamente después lo hicieron los embajadores de Würtemberg y Estrasburgo, en medio de declaraciones muy amargas sobre el trato que habían recibido sus propuestas en la asamblea.


En esa misma época, las tropas sajonas, de Hesse y las del marqués Alberto de Brandemburgo-Culmbach estaban ya marchando para enfrentarse a Carlos. El 4 de abril, apenas unos días después de la salida de los embajadores, se hicieron con Ausburgo. Casi al mismo tiempo, el rey de Francia recibía las llaves de Metz y el elector de Sajonia estaba a las puertas del Tirol. Todos estos hechos inclinaron definitivamente la balanza hacia la suspensión del concilio.

El 28 de abril de 1552, la asamblea de Trento aceptó la propuesta de aplazar el concilio durante dos años ampliables. Los únicos que se opusieron fueron doce prelados españoles, que exigían la aquiescencia del emperador. Crescenzio estaba muy enfermo desde el 20 de marzo, y se hizo llevar a un lugar más propio, Verona, en una litera; moriría apenas unos días después, sin haber conseguido todas las recompensas que Julio III le había prometido. Cuando llegó a Trento la noticia de la entrada de Mauricio de Sajonia en Innsbruck y la huída del emperador, todos los padres del concilio abandonaron la villa.

Era el momento más bajo para Carlos: vencido en lo terrenal, y también en lo espiritual. Los éxitos de los ejércitos franceses y sus aliados en Italia habían colocado a los hombres de París ad portas de los Estados Pontificios, por lo que el Papa concluyó en abril una tregua con el rey francés que, a sus ojos, convertía en ese momento al emperador en un aliado inútil.

Las exigencias de los protestantes fueron ratificadas en los tratados de Passau y Ausburgo. Carlos, amargado por la marcha de la situación, deprimido por no haber logrado embridar a los protestantes y por las muchas traiciones que había sufrido de sus máximos padres espirituales, renunció a todos sus poderes en 1556 y se retiró al bellísimo monasterio de Yuste.

Con la retirada de Carlos I de España y V de Alemania, sacro emperador romano germánico, nadie en el orbe cristiano osó expresar la idea de que era necesario convocar sínodo alguno. En 1551 había estallado una guerra entre Francia y España que se tomaría ocho años, lo cual hacia la idea totalmente inconcebible.

En 1555, ahora que tenía en las manos el total poder sobre su Iglesia, el Espíritu Santo debió de decidir que Julio III algo había hecho mal, o tal vez que más necesario era en el Cielo, porque el buen Papa la espichó. El cardenal de la Santa Cruz, Cervino, por fin llegó adonde quería llegar pues fue elegido Papa con el nombre de Marcelo II. Pero la marcelada tampoco le debió molar a la paloma porque, de hecho, se lo llevó apenas tres semanas después de haber sido nombrado. Con Cervino, abandonó la sala de control de El Vaticano un tipo que a pesar de todo tenía bastante mano izquierda, y fue sustituido por una auténtica vacaburra del talibanismo católico: el cardenal Caraffa, enemigo acérrimo no ya de los protestantes, sino de cualquier idea que para entonces tuviera menos de medio siglo de existencia. Reinó como Pablo IV.

Caraffa, o Pablo IV como prefiráis, encerró en el maco a todo aquél que consideró hereje, y si era cardenal u obispo, la verdad es que se la sudó mucho. Hizo llamar a Pole a Roma para tenerlo controlado porque lo consideraba demasiado peligroso y, desde luego, no sintió, personalmente, ninguna tentación de convocar nuevas sesiones del concilio, que hemos de recordar formalmente no estaba disuelto sino aplazado. Además, Pablo fue un Papa muy temporal, con serias ambiciones sociopolíticas que le tenían bastante más interesado que los problemas teológicos. Le hizo la guerra a los españoles. Que fuesen católicos le importó poco, pues el otrora cardenal Caraffa odiaba a muerte a los Habsburgo, hasta el punto de negarse a aceptar la corona imperial para Fernando I tras la abdicación de su hermano. Los historiadores, sin embargo, suelen recordar, algunos de ellos con no poca sorna, que en realidad aquella política de Pablo IV hizo más por la extensión del protestantismo que los esfuerzos de los propios creyentes en el mismo. Su cerrazón papal preñó de argumentos y de fuerza moral muchos de los cenáculos reformados; y su empeño en hacerle la guerra a las principales potencias católicas, obviamente, debilitó las posibilidades de éstas de imponerse en Europa. Por lo demás, Caraffa se mostró tan arrogante y sobrado frente a María Tudor que le dio todos los motivos a Isabel I para, al acceder al trono en 1538, impulsar decididamente la separación for good de Inglaterra respecto del papado. Un lince, el tío.

Francisco I, al frente de un Sacro Imperio al que Roma le había puesto la proa y que estaba crecientemente amenazado por el turco, buscó, con plena lógica, el apoyo de los príncipes protestantes alemanes. Nueve décimas partes de la población alemana se apuntó a las nuevas creencias, además de amplias zonas de Bohemia, de Austria, de Hungría. Incluso Maximiliano, hijo de Fernando y emperador putativo si moría su padre, hacía evidente su apoyo del movimiento desde su corona bohemia. Incluso Polonia, que acabaría por ser un centro católico de gran importancia, convocó un concilio nacional tras el cual el protestantismo avanzó en su seno.

Pero, claro, el clima de ausencia de crítica en el que Pablo sumió a las jerarquías católicas acabó por desprestigiarlas definitivamente. En un documento demoledor, los padres teólogos de Lovaina, siempre defensores acérrimos del protestantismo, le describieron a Felipe II los muchos problemas a que se enfrentaba la Iglesia. Decían los teólogos que la Iglesia católica necesitaba “una reforma profunda y seria, para que la avaricia no reine más, después de que haya penetrado a todo el cuerpo de la Iglesia”. “Hoy en día”, continuaban los teólogos, “todas las cosas, igual sacras que profanas, se han vuelto venales, y le son ofrecidas al mejor postor; las leyes más necesarias son incumplidas a cambio de dinero”. “Es necesario”, concluían, “que el rostro de la Iglesia no se vea desfigurado por la conducta lasciva de los clérigos: ¿no es cierto que los padres que sirven a Dios nuestro Señor y que administran el sacramento de la misa ejecutan esos oficios divinos con las mayores negligencia e irreverencia, y viven escandalosamente como personas casadas acompañados de sus concubinas y sus hijos naturales? ¿No es menos cierto que monjes y monjas se entregan a la lujuria contra toda religión y contra los votos que han ofrecido a Dios? ¿Es que no se ha convertido el patrimonio de la Iglesia en pompas mundanas, en festines, vestidos, palacios, juegos de datos, perros, pájaros, mimos e histriones, mientras que los pobres mueren de hambre?”

Para corregir esta situación, le decían los padres de Lovaina a Felipe, no hay más que una salida: “observar los decretos de Pablo III contra los excesos de la Curia”.

Tanto Felipe II como el otro gran rey católico del momento, Enrique II de Francia, estaban, verdaderamente, un tanto acojonados con los avances del protestantismo en Europa. Lo estaban tanto que resolvieron terminar la guerra entre católicos (algo que el Papa no tenía ninguna intención de terminar, por cierto); y es por eso que, en la primavera de 1559, firmaron al pie de la Paz de Câteau-Cambresis, que no fue sino un medio para que cada uno de ellos pudiera concentrar fuerzas en descabezar la hidra protestante en sus propios reinos. Pero esa alianza, y sobre todo la magnitud de la lucha, les llevó a plantearse, de nuevo, que nada podría realizarse en el largo plazo si no se procedía a una reforma a fondo de las costumbres eclesiales y se restablecía el poder episcopal. Los grandes reyes católicos tenían importantes aliados, como el florentino Cosme I, uno de los grandes campeones en Italia de la celebración de un verdadero concilio reformador. Los príncipes imperiales que todavía seguían siendo católicos acordaron, en la Dieta de Aubsburgo de 1559, solicitar un concilio.

Desde luego, con el cachoperro Caraffa en el Vaticano todo eso no habría avanzado ni un milímetro. Pero aquel curita ambicioso y terco como una mula se encontró con el Espíritu Santo, que decidió cambiar un poco las cosas y, el 18 de agosto de 1559 se lo llevó. A partir de ese momento, la paloma cerró el pico, y dejó el terreno libre para los embajadores del poder temporal, que influyeron en aquel concilio en modo experto. La presión que llegó de Madrid, de París y de Viena fue de tal calibre que, en realidad, durante la celebración del cónclave prácticamente se hizo conditio sine qua non para cualquier papable el expresar el compromiso inequívoco de convocar un concilio e impulsar la reforma de la Iglesia si finalmente era elegido. A pesar de ello, la elección se tomó un huevo de tiempo. Después de cuatro meses de largas deliberaciones, el milanés Juan Ángel Medicis, súbdito de Felipe II por lo tanto, fue elegido Papa, eligiendo para su reinado el nombre de Pío IV


Que nadie se confunda: Medicis, nacido en 1499, se apellidaba Medicis, pero no era un Medicis. De hecho, había nacido pelao, y si había medrado en la vida había sido gracias a su hermano Juan Jacobo, un cruel guerrero con visión para los negocios. Juan Jacobo había llegado a general del emperador, quien le había otorgado el marquesado de Marignan. Fue el militar quien introdujo a su hermano en los ambientes cercanos al Papa en Roma. Emparentado con Pedro Luis Farnese a través de su mujer, una Orsini, Juan Jacobo hizo que Pedro, que recuérdese era hijo de Pablo III, nombrase a Juan Ángel cardenal. Allí había hecho bastante carrera, pero acabó enfrentándose con Pablo IV, dado que Medicis era partidario de no enfrentarse con el emperador sino hacerle aliado. Pablo acabó echándolo de Roma después de que Medicis desarrollase misiones ante el emperador en las que se había mostrado, a los ojos del Papa, demasiado blando. Se fue a vivir a Pisa primero y luego a Milán, donde llevó una vida tranquila. Si regresó a Roma fue para el cónclave en el que saldría elegido. Desde el primer momento se destacó por decir a quien quisiera escucharle que habia que acercarse a Alemania, que había que aceptar la comunión de dos especies y el matrimonio de los sacerdotes, que aquello no era ninguna novedad pues en Basilea ya se había prescrito para los bohemios. Fue, probablemente, este pragmatismo y espíritu, diríamos, liberal, el que hizo que finalmente despertase el interés de los embajadores que movían los hilos del cónclave, y que tengo yo por bastante cierto que lo hicieron Sumo Pontífice (bueno, quien quiera creer que fue la paloma, es muy libre de creerlo).