miércoles, abril 20, 2016

Born, de María O'Donnell


Qué: Born.
Quién: María O'Donnell.
Dónde: Ed. Sudamericana.
Cuánto: 13 lereles con 29 lerelitos en el Amazon, versión bit a bit.
Calificación: 7 sobre 10.




No podemos (qué bien queda este plural mayestático, radicalmente falso como casi todos) darle a María O'Donell y a su libro más que un 7. Es una limitación, diríase, estructural. Éste es un blog de Historia que, de vez en cuando, con el nemónico Lecturas, comparte con sus lectores algunos de los libros que se ha apretado su autor. El problema con Born es que es un gran reportaje; es un producto periodístico. La diferencia entre los libros de Historia y los grandes reportajes es que, mientras éstos hablan de los pájaros que surcan el cielo, aquéllos describen la atmósfera. Para un historiador, los hechos son la fiebre, el síntoma con que se manifiestan elementos profundos que son lo que quiere describir. El periodista, normalmente, lo que hace es tomarle la temperatura a los hechos que describe.

Es por esta razón que no le damos más nota a este Born. En un blog de libros periodísticos, sin duda la merecería.

Yo he estado en Argentina una sola vez en mi vida: en una primavera de principios de los noventa. Es evidente que no elegí el mejor de los momentos para los argentinos; en puridad, escogí el mejor de los momentos para mí, pues aquellas dos semanas son el único espacio temporal de mi vida en el que he sido, literalmente, millonario, y he vivido como un millonario. Me llevé mil dólares y no me gasté ni la mitad. A las 48 horas, los jubiletas que pululaban por las casas de cambio me habían enseñado los entresijos de saber esperar, entrar a vender dólares o australes según los caprichosos rebotes de la cotización. Invertía una hora y media cada mañana en esa actividad, que para mí era un juego divertido pero era algo en lo que mis compañeros de acera se jugaban el mes, la vida; y luego, con los resultados de mis especulaciones, me iba comer, tan sólo acompañado de mis compañeros españoles de viaje, en asadores corridos en los que los locales no podían ni soñar con entrar. Nadie tenía un duro, los coches quemaban gasolina que parecía refinada por los asirios, y todo el mundo parecía vivir del 30%; el 30% que cobraban, por ejemplo, los taxistas por llevarte a ese sitio donde se vendía el mejor cuero de la ciudad.

Lo que más me impresionó de aquella visita y me dejó, por así decirlo, pendiente la labor de entender algún día el laberinto argentino, fue una viñeta cómica. La leí en una revista. Aparecía una madre que paseaba un bebé en su cochecito. Del cochecito salía una nubecita de ésas que señala lo que un personaje está diciendo. El bebé decía: ¡Me voy del país! Y la madre, con lágrimas en los ojos, exclamaba: ¡Ya habla, ya habla!

Aquel Buenos Aires que yo vi era un monumento a la depresión, al pesimismo. No es que el argentino, de por sí, sea muy optimista que digamos (si lo fuera, cantaría sevillanas, no tangos); pero el espectáculo de un país donde todo el mundo parecía tener claro que quedarse era sinónimo de no poder irse me impresionó en lo más profundo, hasta el punto de no haber tenido demasiados deseos de repetir la experiencia. No, cuando menos, hasta entenderla. Y en ésas, me temo, me he quedado.

El libro cuenta la peripecia de un secuestro político-crematístico. El referente para un lector español probablemente será el secuestro de Emiliano Revilla, el de los chorizos, por los vascos de la ETA. Ambos casos se parecen bastante, aunque los Born soltaron bastante más pasta (bueno, ellos soltaron plata) que el embutidero. El secuestro de los Born, además, recuerda mucho a otro secuestro muy famoso (que la autora recuerda en el prólogo, y tiene lógica), que fue el de Paul Getty III, nieto de un magnate de petróleo que es tenido por uno de los tipos más avaros que jamás ha tenido dinero. Paul Getty, que tenía su mansión petada de terminales telefónicos de monedas para que el servicio no pudiese llamar por el jeto, se negó a pagar el secuestro de su nieto porque le parecía muy caro (aunque le hubiesen pedido cinco dólares se lo habría parecido); siguió negándose incluso cuando al niño le mocharon una oreja y se la mandaron certificada; y acabó pagando con mucha, muchísima renuencia. Al igual que en este caso, el magnate Born, Jorge Born II, padre de los secuestrados, también se negó a pagar porque no formaba parte de sus principios; de hecho, éste es uno de los elementos de gran valor del relato, tuvo que ser uno de los hijos secuestrados, Jorge (el otro, Juan, se enajenó por estar encerrado) el que, de alguna manera, asumiese la negociación de su propio rescate. Para que luego digan los argentinos que no son complicados.

Si te gusta leer buenos libros que te cuenten las cosas con ritmo y sin dejarse nada, que esto y no otra cosa es el buen reporterismo, no te dolerá gastarte la pasta en comprar éste. Especialmente si eres español y, como yo, en sus páginas es la primera vez que oyes (lees) hablar de la familia Born y del emporio empresarial Bunge y Born. Como siempre que alguien despliega ante ti una historia interesante sin cargársela a base de digresiones inútiles o polladas estilísticas, la lectura te enganchará. Pero más te enganchará todavía la segunda parte del libro. Porque si el reportaje es bueno cuando te cuenta el secuestro, lo que empieza después de que dicho secuestro ha terminado es todavía mejor.

Tras la rocambolesca liberación del último secuestrado, Jorge, en una rueda de prensa clandestina, la familia Born se extrañará de Argentina; pero nunca abandonará la idea de recuperar parte de los 80 millones de dólares que pagó. No se trata aquí de destripar el libro (la cosa es que lo leas, o no, como decimos los gallegos), pero lo que sí te diré es que la historia que María O'Donell desenrolla ante los ojos del lector, ligada a los movimientos orquestales en la oscuridad de políticos, ex-terroristas, ex-secuestrados, los cubanos, un oscuro banquero, los milicos, los fiscales, los radicales, los justicialistas, es atornillante, a ratos confusa de puro alambicada, a ratos, simple y puramente increíble. Siendo este libro el libro sobre un secuestro, valen mucho más las páginas que siguen al puro secuestro. Casi todo lo que ocurre es sorprendente; sorprendente a la argentina, además; que ya se sabe que hay quien piensa que Moisés, que tardó cuarenta años en guiar a su pueblo en una excursión que no demanda ni un mes, lo mismo era del Boca.

Hay una palabra que todavía no se ha escrito en esta recensión: Montoneros. Y existe una razón para ello. Una razón que tiene que ver con los pájaros, y con la atmósfera.

Los grupos terroristas, aunque convencen a sus militares de ser ideológicamente simples como el mecanismo de una cisterna, en realidad se asemejan a ese amasijo de cables que todos tenemos en algún rincón de la casa, y que hemos renunciado a desentrañar porque conforma un moderno nudo gordiano de solución imposible. Todo grupo terrorista es así; pero cuando, aun por encima, su elemento de referencia es un movimiento sociopolítico de mil cabezas, una especie de hegelianismo latino que lo mismo sirve para hacer la revolución comunista que para implantar la nación aria; cuando el punto de referencia, digo, es el peronismo, lo que tenemos delante es un acertijo guardado dentro de un laberinto que forma parte de un enigma.

Uno sospecha que para entender esa Historia, la argentina, que intenta absorber, debe entender los porqués del movimiento montonero; lo cual te obliga, claro, a entender el peronismo (ahí es nada, la pomada); lo cual te lleva a conocer con cierta meticulosidad los pasos dados por el país en los últimos 150 años.

Eso es la atmósfera.

Y aquí, como decía al principio de estas líneas, reside la limitación de este libro; que no es una limitación dictada por la pretendida estupidez o impericia de la autora, sino por el hecho evidente de que una rosa es una rosa es una rosa es una rosa. Estamos, lo he dicho, ante un libro-reportaje. Cada pájaro que vuela en la trama ve descrito su vuelo. Pero el libro, de alguna manera, cuenta con que tú, lector, algo sabes, antes de empezar a leerlo, de la atmósfera en la que vuelan los pájaros.

Tengo yo por mí, en este sentido, que se trata de un libro no explícitamente diseñado para el tipo de audiencia al que pertenezco yo. Pero, de verdad, aunque seas español, give it a try. No se puede tener todo en la vida; y, de todas maneras, de esta historia sacarás mucho, aunque no lo puedas sacar todo.

Se me quedan dentro de la cabeza, tras la lectura de Born, muchas preguntas. Hay reacciones y actuaciones en este libro que confieso que no he entendido del todo. Algunos personajes, repentinamente, han hecho o dicho cosas que yo no esperaba; la típica movida que ocurre cuando no tienes todas las claves. Al libro, tal y como yo lo veo, le faltan algunas claves, probablemente porque su lector average ya las tiene.

Hay que ver las cosas positivamente, en todo caso. Lo bueno de los libros es que te inviten a leer más. El día que encuentres el libro que te lo explique todo, vaya putada. Al día siguiente de terminarlo, no te quedaría otra que darte a la bebida.